01/01/2026

Los diarios de la boticaria 3 - 38



¡Feliz año nuevo!


Empezamos el año con un capítulo muy especial, de una parte que a mí personalmente me gusta mucho del anime. Siento que la novela ligera se ha saltado algunas escenas de la fortaleza del norte que me encantaron, como cuando Maomao sobrevive no sé cuánto tiempo encerrada con decenas de animales venenosos... pero bueno, cómo se detallan algunas cosas en estos párrafos también me gusta.

¡Disfrutad de la lectura! Tenemos boticaria para mucho tiempo más ^^

Por cierto, me estoy tomando la libertad de añadir algunas notas aclaratorias para que se entienda mejor la narración en algunas partes. Espero que no entorpezca la lectura y os ayude a meteros más en la trama.


-Xeniaxen



Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 38
Estrategia


Momentos antes...

Jinshi viajaba en un carruaje, mecido por el traqueteo del terreno, sentado frente a frente con una persona cuya compañía le resultaba difícil. Aunque se le denominara carruaje, aquel vehículo, tirado por diez caballos, se asemejaba más a una mansión sobre ruedas que a un transporte ordinario. El suelo se hallaba revestido con suntuosas pieles de animales y una mesa redonda presidía el centro de la estancia móvil.

Lakan, aquel oficial que solía lucir una sonrisa cargada de suficiencia, fijaba ahora la vista en el mapa con una expresión de profunda irritación. Tras él, su hijo adoptivo, Lahan, alternaba la mirada entre Lakan y Jinshi mientras jugueteaba con una factura que guardaba en su pecho, como si diera a entender: «Todo en el infierno depende del dinero. Actuaremos según dicte la situación».

Jinshi llegó a la conclusión de que Lahan era el hombre más avaro que jamás había cruzado en su camino, pero, en aquella coyuntura, agradecía sinceramente su presencia. Se hallaba en una situación tan tensa que no le habría extrañado recibir un golpe de Lakan en cualquier momento. Gaoshun, que aguardaba en un discreto segundo plano, permanecía alerta, con la mano presta a desenvainar la katana que pendía de su cinto.

Alzar la mano contra Jinshi implicaba aceptar el destino que Gaoshun decidiera imponerle; sin embargo, el Lakan de aquel momento parecía dispuesto a abalanzarse sobre el eunuco y molerlo a golpes, sin reparar en las consecuencias. De hecho, ya le había agarrado por el cuello antes de emprender la marcha. Fue cuando le comunicó que su hija, Maomao, había desaparecido del palacio interior. Lakan la adoraba con devoción, indiferente al hecho de que ella no lo reconociera como padre y lo tratara con más desprecio que a un gusano de tierra.

Jinshi recordó la reprimenda que Lakan le había espetado durante el banquete días atrás. Aún lucía el vendaje en la mano que se hirió en aquella ocasión, y parecía tener dificultades incluso para sostener el pincel.

Se presumía que Maomao se había unido a la fuga, o bien había sido secuestrada, por quien entonces era la Consorte Pura, Loulan. Al tratarse de una desaparición acontecida dentro del palacio interior, la responsabilidad recaía enteramente sobre los hombros de Jinshi.

Shishou y sus allegados ya habían abandonado su residencia; se creía que el clan al completo se había atrincherado en la fortaleza del norte.

Lakan, que había irrumpido en el palacio interior hasta en tres ocasiones solo para ser rechazado, no estaba dispuesto a mostrar clemencia alguna con Jinshi. Le había increpado tan de cerca que sus gritos aún resonaban en sus oídos, asegurando que nada de aquello habría sucedido si la joven hubiera estado bajo su tutela. Jinshi también compartía ese pesar. No pretendía eludir su culpa, aun cuando el pasadizo secreto del palacio interior no fuera conocido por ninguno de sus subordinados.

Respecto a dicho pasaje, se había interrogado con dureza a los contratistas que participaron en la construcción original para que confesaran cualquier irregularidad. Ninguno fue lo bastante íntegro para admitirlo de motu proprio, pero las pesquisas revelaron que un artesano ya fallecido podría haber ejecutado ese y otros trabajos clandestinos. Finalmente, hallaron el acceso, ingeniosamente camuflado en el suelo de un pequeño santuario consagrado a las damas de la corte que habían fallecido entre los muros del palacio.

Fue entonces cuando Lahan, el sobrino e hijo adoptivo de Lakan, intervino justo cuando este se disponía a golpear a Jinshi.

—Padre, solo por curiosidad... si alguien alzara la mano contra un miembro de la familia imperial, ¿las represalias se limitarían únicamente al agresor?

Aquel comentario, cargado de una sutil pero letal advertencia, detuvo en seco a Lakan. Atacar a Jinshi significaba la ruina absoluta de su linaje, Maomao incluida. (NT: Agredir a alguien de sangre real solía considerarse un acto de alta traición castigado con el exterminio de hasta tres generaciones del clan del agresor.) Lakan conocía la verdadera identidad de Jinshi; para alguien con su peculiar visión, no era sencillo engañarlo. Lahan tampoco era ajeno a la verdad. Jinshi sospechaba que el joven lo había descubierto durante sus negociaciones anteriores, y sus sospechas se confirmaron. Cuando Jinshi le inquirió cómo lo había deducido, Lahan ofreció una respuesta propia de las excentricidades del clan La:

—Porque su estatura y peso, así como las proporciones de su torso y cintura, arrojan siempre la misma cifra. No existen muchas personas con tales medidas.

Jinshi comprendió entonces que Lahan poseía una forma de percibir el mundo tan incomprensible para el común de los mortales como la de su padre adoptivo. (NT: Al igual que Lakan sufre de una forma de prosopagnosia que le hace ver rostros humanos como piezas de ajedrez o de Go, siendo Maomao la única a quien ve como una humana real, Lahan posee una obsesión numérica. Él ve a las personas como una serie de proporciones y medidas matemáticas exactas. Fue esta capacidad lo que le permitió identificar a Jinshi como un miembro de la Familia Imperial.) Por esa misma razón, lo había traído consigo para que asistiera a Lakan, a pesar de ser un mero funcionario civil.

El Jinshi de hoy no era el eunuco llamado Jinshi. Lucía un pasador de plata en su moño y, en lugar de su habitual túnica negra de oficial, vestía uno acolchado bajo una armadura de un color púrpura profundo. Sus tropas ya habían emprendido la marcha mientras, en el interior del carro, terminaban de perfilar la estrategia.

—¿Estás seguro de que el plan prosperará?

—Claro, no se preocupe —respondió Lahan.

El mapa desplegado mostraba los alrededores de la fortaleza, la cual se erguía con una cordillera protegiendo sus espaldas. Se trataba de un baluarte en desuso desde hacía mucho tiempo. El plano era antiguo, pero lo habían revisado y corregido consultando a oficiales veteranos que habían servido allí.

La edificación se situaba frente a una vasta llanura, con las montañas como parapeto natural. Lahan sospechaba que en su interior se fabricaban armas de fuego. La región era generosa en madera, un recurso forestal codiciado que el clan Shi había custodiado durante generaciones. Además, en las proximidades brotaban aguas termales de las que, según se decía, podía obtenerse azufre.

—¿Y qué hay del salitre? —inquirió Jinshi, refiriéndose al otro ingrediente esencial para la pólvora.

—Probablemente lo obtengan gracias a las aguas termales. Los animales pequeños hibernan allí con facilidad y se cuenta que existe una cueva gigantesca en las cercanías.

Se rumoreaba que en dicha cueva se acumulaban ingentes cantidades de excremento de murciélago, del cual es posible extraer el salitre necesario.

Jinshi frunció el ceño. Si iban a usar armas de fuego, no se limitarían a simples arcabuces; se centrarían en piezas capaces de hostigar a grupos enemigos desde las almenas. Si disponían de cañones, la contienda se tornaría muy compleja.

Lakan ya había previsto todo cuanto Jinshi imaginaba.El mapa que tenían extendido, para él, seguramente solo era un tablero de Go. El dedo del estratega señaló el acantilado detrás de la fortaleza.

—Teóricamente, es factible —afirmó Lahan con determinación.

—Si es factible, será el método más racional.

La estrategia de Lakan consistía en tomar el control sin permitir que el bando contrario empleara su artillería. La pólvora utilizada en los cañones es extremadamente sensible a la humedad; sospechaba que, salvo una pequeña cantidad de reserva, guardarían el grueso del suministro en el arsenal para evitar que se echara a perder.

La fortaleza se hallaba en una cota elevada, un terreno propenso a las nevadas. Según los exploradores, aquella noche la nieve caería sin tregua. Un avance convencional los convertiría en blancos evidentes: sobre un lienzo blanco, cualquier mancha resulta visible. Por ello, Lakan propuso asaltar primero el polvorín para inutilizar los cañones. Era un plan extravagante, pero lo aterrador de aquel hombre era que sus excentricidades resultaban siempre ejecutables.

—Creo que sería la forma más económica de proceder.

Jinshi sospechó que Lahan apoyaba la idea seducido primordialmente por el ahorro de costes. En poco tiempo, había llegado a conocer la naturaleza mercenaria de aquel joven más de lo que desearía.

—Debemos tomar el control rápidamente y rescatar a Maomao. ¡Papá se encargará de rescatarte, hija mía!

Jinshi estuvo a punto de esbozar una sonrisa irónica ante las expresivas palabras de Lakan, pero se contuvo. Se mordió el labio al recordar a la pequeña muchacha. No sabía si había sido tomada como rehén, si había ido por su propia voluntad, o si había otra razón. Simplemente, si se hallaba en manos del enemigo, quería rescatarla de inmediato. Tenía un cuerpo delgado y frágil, y no estaba en perfectas condiciones de salud. Tenso bajo su indumentaria de guerrero, apretó el puño con firmeza.

—Procederemos con ese plan.

—Espere, por favor —intervino Gaoshun, interrumpiendo la decisión de Jinshi—. Hay un problema —aclaró, arrodillándose con el semblante sombrío para presentar su objeción.

—¿De qué se trata?

Además de Jinshi, Lakan y Lahan también ladearon la cabeza, extrañados.

—¿Ha olvidado el propósito de esta marcha? ¿Acaso el Ejército Imperial va a lanzar un ataque sorpresa?

Jinshi se quedó sin palabras por un instante. El ejército que lideraban era una brigada, un número más que suficiente, considerando el tamaño de la fortaleza. Si el plan de Lakan salía bien, estimaban que sus bajas serían casi nulas.

Lentamente, llevó la mano hacia el pasador de su cabello, hacia la insignia imperial con forma de qilin. Tras tanto tiempo fingiendo ser un eunuco, a veces olvidaba su verdadera posición. En ese momento, él no era Jinshi, y Gaoshun no era un mero sirviente. Dada su posición, debía tomar la fortaleza con la dignidad que su estatus exigía. Lo sabía, pero las palabras que escaparon de sus labios fueron otras.

—Concuerdo con la opinión del Comandante.

—Entiendo...

Gaoshun se retiró con docilidad, pero su mirada se clavó en el hombre que aguardaba detrás. Era una mirada intensa, cargada de una severidad que parecía atravesar la nuca de Jinshi.

—Me alegra oírlo. No tengo por afición beber en copas hechas con calaveras —bromeó Lakan con un resoplido antes de abandonar el carruaje. Para los demás, carecía de toda gracia. (NT: Lakan hace referencia a una práctica de guerra extrema donde se aniquila al enemigo hasta el punto de convertir sus restos en trofeos. Al decir que no quiere beber en copas hechas de calaveras, está indicando que prefiere una victoria estratégica y limpia antes que una masacre total, que es lo que se esperaría de un ataque frontal del Ejército Imperial.)

Lahan continuó operando su ábaco, verificando que no hubiera ningún error en sus cálculos.

—Su Alteza... —lo interpeló de nuevo Gaoshun, pronunciando su verdadero título. Las arrugas de su se habían acentuado—. Debe cambiar el modo en que trata a esa joven de ahora en adelante —recomendó, con un tono que casi parecía el de quien consuela a un niño. (NT: Al recordarle que es «Su Alteza», Gaoshun le advierte que un príncipe no puede rescatar a una plebeya y mantener la misma relación informal o ambigua que solían tener antes en el palacio interior. Su estatus impone una distancia que Jinshi tendrá que gestionar si desea proteger a Maomao oficialmente.)

—Lo sé.

Jinshi exhaló profundamente y su aliento se tornó blanco en el aire gélido. Se estremeció levemente y se cubrió con un manto claro que le ocultaba por completo hasta la cabeza.


En el mismo momento, dentro de la fortaleza...

El fragor de la explosión reverberó más allá de la medianoche. Shishou se incorporó de un salto, desorientado. Su mano derecha buscó a ciegas la espada que tenía siempre junto a su almohada. Pese a haberse retirado, en aquel trance le resultaba imposible conciliar el sueño. A decir verdad, llevaba más de una década anhelando poder descansar por las noches. Como consecuencia, sus párpados lucían unas profundas ojeras; un rasgo tan marcado que en la corte le habían puesto el sobrenombre de «viejo mapache». (NT: A parte del parecido físico por tener los ojos más oscuros que el resto del pelaje, en la cultura oriental, el mapache se asocia con la astucia y el engaño. Shishou era conocido por ser un político astuto y escurridizo, pero ahora ese apodo solo refleja su decadencia física.)

Sorprendidas por el estruendo, las voces lascivas que resonaban en la alcoba contigua enmudecieron. Los clamores de las mujeres entregadas al deseo se convirtieron en un murmullo. Separada apenas por un tabique, su esposa, Shenmei, estaría bebiendo a grandes sorbos. Como si fuera un espectáculo, hacía que las mujeres del clan vistieran ropas indecentes y se divirtieran con hombres comprados con el dinero de la familia. Esa era la rutina de su esposa desde el nacimiento de su hija Loulan. Tal era la rutina de su cónyuge desde el nacimiento de su hija Loulan: se regodeaba en la lascivia, asegurándose de que Shishou fuera testigo de su degradación. Las mujeres que la secundaban, incómodas al principio, habían acabado por deleitarse en aquel juego. Shenmei solo invitaba a aquellas que ya habían cumplido con su deber de esposas y madres, gozando de ver caer a quienes antaño presumían de ser virtuosas.

«No siempre fue esa clase de mujer...», reflexionó Shishou mientras salía al balcón y miraba hacia afuera. Había pensado que se trataba de un ataque inminente, pero las luces del Ejército Imperial aún se divisaban en la lejanía. Aquel baluarte, erigido sobre un promontorio, permitía vigilar decenas de li a la redonda. Aún debían de tener margen para un breve descanso.

«Mmm...», Shishou se dio cuenta de un olor singular mezclado con el viento. «¿Azufre?», se preguntó. Comprendió que la pólvora que estaban fabricando en el sótano debía de haber explotado. «Era un desenlave previsible», pensó, mientras se ajustaba el cuello de su camisa.

Pese a saber que debía reaccionar, se sentía incapaz de mover un solo músculo. Era lamentable. Las fuerzas le habían abandonado. Aquel que fuera el favorito de la Emperatriz, el hombre a quien el propio soberano no osaba contrariar, el astuto «viejo mapache». El Shishou que intrigaba en la corte y el que ahora se hallaba allí eran sombras de hombres distintos. De ser honesto consigo mismo, no podía culpar a nadie de su ruina.

Con el vientre prominente que los años y los excesos le habían otorgado desde los cuarenta, avanzó con paso pesado. Para evaluar la magnitud del desastre, debía cruzar la alcoba de su esposa, un trance que le resultaba terriblemente doloroso.

La mujer que le había sido concedida por el Emperador anterior, o mejor dicho, la prometida que finalmente recuperó después de veinte años de ausencia, se había acorazado de espinas durante su estancia en el palacio interior. Cuando por fin regresó al hogar de Shishou, este ya tenía otra esposa y una hija: Shisui. La recién llegada, Shenmei, no solo trajo espinas, sino también veneno. Aquella ponzoña acabó con la vida de la madre de Shisui y, aún hoy, continuaba devorando a la joven. (NT: Shenmei fue enviada al palacio interior siendo joven, perdió veinte años de su vida y la oportunidad de casarse con Shishou en su juventud. Al regresar y encontrar que él ya tenía una familia, su mente se quebró, y eso hizo que volcara su resentimiento en orgías y castigos hacia la hija de la otra mujer: Suirei, o la verdadera Shisui.)

«Debo actuar rápido», se dijo a sí mismo, y por fin abrió la puerta de la estancia. Los mancebos de compañía se encogieron de miedo y las mujeres, movidas por un último resto de pundonor, se ocultaron bajo los embozos. Solo su esposa permaneció reclinada en el diván, consumiendo una pipa. En sus pupilas aceradas flotaba un desprecio manifiesto.

—¿Qué ha sido ese estruendo? —inquirió ella con voz lánguida, mientras exhalaba una nube de humo púrpura.

Justo cuando él se disponía a explicar su propósito, la puerta que daba al corredor se abrió con violencia. Allí apareció su hija, Loulan, tiznada de hollín.

—¿Qué clase de indumentaria indecente es esa?

—Me asombra que me lo recriminéis vosotras, «madres» —replicó Loulan con crudeza, recorriendo con la mirada a las mujeres que forcejeaban por cubrirse—. Precisamente, alguien que desatiende a sus propios hijos, sangre de su sangre, para entregarse al placer.

Ante tal afrenta, una de las mujeres, herida en su orgullo de madre, intentó abalanzarse sobre ella. No obstante, Loulan la detuvo con una bofetada certera. Los acompañantes, intuyendo el peligro, huyeron mientras la mujer caía al suelo de costado.

«¿Esta es mi hija?», se asombró Shishou. Siempre había tenido a Loulan por una joven sumisa, una mera muñeca que vestía y actuaba al dictado de su excéntrica madre.

Loulan avanzó sin vacilar hasta el fondo de la habitación y descorrió una puerta oculta tras una estantería. Al abrirla, quedó al descubierto una joven cautiva en ese espacio tan estrecho.

—Hermana, lo siento. No he podido venir antes.

La chica, temblorosa, estaba atada de manos y pies; había sido castigada. Su rostro guardaba un parecido asombroso con el de Loulan: era su otra hija, Shisui. El semblante de Shishou se contrajo de dolor. Sabía que estaba siendo castigada, mas no de forma tan cruel. Loulan liberó a Shisui y acarició su espalda antes de clavar su mirada en su padre, el «viejo mapache».

—Padre... —sentenció con una sonrisa gélida—. Asume tu responsabilidad, al menos esta última vez.

No tuvo tiempo de preguntar a qué responsabilidad se refería. Oyeron que un sonido sordo se acercaba gradualmente...

—¡...!

Una explosión distinta a la anterior sacudió los cimientos de la fortaleza. Shishou se apoyó en el muro para no caer y regresó al balcón para escrutar el desastre.

La nieve caía como polvo de cristal. El flanco oriental de la fortaleza estaba sumido en una blancura absoluta. Tras unos instantes de confusión, la cortina de nieve se raleó y la verdad quedó al descubierto: el edificio que debía alzarse allí yacía sepultado. Era el arsenal. Una avalancha lo había dejado en la mitad de su tamaño. (NT: La segunda explosión no fue pólvora, sino el plan de Lakan (mencionado anteriormente) para inutilizar el arsenal mediante un sabotaje que provoca que la nieve acumulada en las montañas sepulte el edificio.)

Loulan se volvió hacia un Shishou que seguía estupefacto.

—Sabías que no podías ganarles. Asume tu responsabilidad —aclaró, haciendo una pausa—. Yo asumiré la responsabilidad por Madre.

Su hija, con el cabello ligeramente quemado, se paró frente a su madre con una actitud imponente. «Asume tu responsabilidad», la frase resonaba en su mente como un tormento. Ante la cruda verdad proferida por su hija, Shishou apretó el puño con amargura.



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