08/01/2026

Los diarios de la boticaria 3 - 43




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 43
Aliento


Al recobrar el sentido, la presencia de un apuesto noble se cernía sobre ella. Por algún motivo, Jinshi se hallaba inclinado, con una de sus manos rozando la línea de su cuello.

—¡¿Q-Qué hace?!

Ante la mirada cargada de recelo de la joven, Jinshi agitó las manos con torpeza y balbuceó alguna disculpa inconexa. En circunstancias normales, Maomao le habría dedicado un gesto de profundo desprecio, mas reparó en que el noble lucía un vendaje en el rostro.

—Señor Jinshi... ¿qué le ha pasado? —preguntó mientras se recomponía el cuello de su vestidura.

—No es nada. Solo fue un rasguño.

Él se cubrió la lesión con la palma de la mano, tratando de ocultarla a su vista. Maomao frunció el ceño, impaciente.

—Déjeme ver.

—No es para tanto.

Aquel empeño en restarle importancia solo conseguía alimentar la inquietud. Maomao se incorporó y acortó la distancia, obligando a Jinshi a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared del carruaje. Allí, ella extendió la mano con deliberada lentitud.

—...

En aquel rostro que el mundo veneraba como un tesoro imperecedero, una herida diagonal surcaba la mejilla derecha. No solo la piel, sino también el tejido muscular había sufrido un desgarro profundo, ahora unido por una sutura de hilo finísimo. Pese a que la cura había sido ejecutada con esmerada destreza, era evidente que la cicatriz le acompañaría de por vida.

—¿Estuvo en el frente?

—No podía limitarme a ser un espectador en un lugar seguro.

—Sería mejor si solo fuera un espectador. Esa es su posición —sentenció Maomao con un deje de irritación—. Por favor, absténgase de marchar deliberadamente hacia el peligro. Si resulta herido, no hacrá sino causar problemas a quienes le rodean.

Ante el reproche, Jinshi se rascó la cabeza con una sonrisa forzada.

—Sí, lo cierto es que le hice pasar un mal rato a Bashin. Los puñetazos de Gaoshun duelen bastante.

Dicho esto, comenzó a enrollar de nuevo el vendaje de forma errática. Maomao le arrebató la venda de las manos y se encargó de fijarla correctamente sobre su herida.

—No era mi intención que me hirieran...

—Cualquiera lo diría.

—Accedí a una petición extraña —explicó, bajando las pestañas. Sus ojos de obsidiana se anegaron de una profunda melancolía—. ¿Eras amiga de Loulan...?

—Podría decirse que sí.

—¿De verdad?

—No lo sé muy bien.

Maomao no mentía; no lograba definir aquel vínculo. Probablemente fuera lo más cercano a una amistad que se podía entablar con alguien como ella, o al menos así lo sentía la joven boticaria, aunque ignoraba si el sentimiento era recíproco.

—Era una persona a quien realmente nunca alcancé a comprender.

—Yo tampoco... —convino Jinshi, ensombreciéndosele aún más el semblante—. Todo ha terminado sin que pudiera entenderla.

Maomao no era ajena al significado de esas palabras.

—Ya veo.

Era el desenlace que cabía esperar. Momentos antes de abandonar aquella estancia en la fortaleza, Loulan le había confiado una misión. Tras ello, se había marchado con una determinación inquebrantable. Lo único que podía hacer ahora era honrar aquella última voluntad, pero...

—Señor Jinshi, ¿por qué no descansa?

—Sí, tengo mucho sueño.

La tez de Jinshi estaba pálida. Su estado era, con toda probabilidad, mucho más precario que el de Maomao, quien al menos había permanecido confinada. Unas sombras violáceas se dibujaban bajo sus ojos. Sus labios, resecos, carecían de su brillo habitual. En lugar de retirarse a su propio carruaje para dormir, Jinshi se desplomó sobre las pieles donde Maomao había estado reposando. Ella no pudo evitar una mueca de evidente desagrado.

—Señor Jinshi, por favor, no duerma aquí.

—¿Por qué? Estoy cansado.

—¿N-No es evidente por qué...?

Maomao dirigió la vista a su alrededor. En el interior del carruaje descansaban cinco bultos envueltos en sábanas. Eran los infantes del clan Shi.

—Este lugar está lleno de infortunio.

—Lo sé bien...

—¿Entonces...?

Antes de que ella pudiera concluir, Jinshi apresó su muñeca y tiró de ella con firmeza. La mano que la sujetaba estaba gélida. La obligó a recostarse sobre el lecho de pieles, quedando ella atrapada a su lado.

—Si es así, ¿por qué estás tú aquí?

—¿Cree que yo no tengo compasión por los niños? —replicó Maomao, recurriendo a la excusa que había pensado de antemano.

—Tal vez sea eso. Pero hay algo que me inquieta —dijo Jinshi mientras ladeaba levemente la cabeza, aún recostado—. ¿No te dijo tu maestro boticario que no tocaras cadáveres?

«¡Lo recuerda!», se sorprendió Maomao, a punto de fruncir el ceño ante la agudeza de su memoria.

—No creo que alguien como usted pueda permanecer en un lugar así durante mucho tiempo.

Su intuición solía manifestarse en los momentos más inesperados. Maomao buscaba desesperadamente una forma de eludir la mirada de Jinshi, que permanecía clavada en ella. Mientras permanecía inmóvil en esa posición, la mano de él se alzó. Sujetó el cuello de la prenda de ella y lo desdobló con cuidado.

—¿Y a ti, qué te hicieron? —inquirió Jinshi, uniendo las cejas en un gesto de preocupación.

Sobre la piel expuesta de la joven se distinguía la fina línea escarlata de un corte de cuchillo. En el hombro y el cuello también se apreciaban marcas de mordiscos; si él llegaba a verlas, ¿cuál sería su reacción? Pese a que un asomo de vergüenza la invadió, Maomao decidió mantener la entereza.

—Fueron unos tipos miserables.

—¿Te agredieron...? —farfulló Jinshi; su voz se tornó fría.

—Lo intentaron —se apresuró a puntualizar Maomao. Aquel hombre mostraba una preocupación constante por la castidad ajena—. Les devolví el golpe y neutralicé temporalmente sus facultades viriles.

Los había pisoteado con saña, aunque no creía haber aplicado la fuerza suficiente como para que sus órganos masculinos estallaran. El rostro de Jinshi palideció al escuchar el relato.

—No, soy consciente de que se lo tenían merecido, lo sé, pero...

Como hombre, Jinshi probablemente podía simpatizar con el dolor ajeno en esa zona específica. Su expresión se tornó amarga. Con ese gesto de pesadumbre, extendió la mano y deslizó un dedo siguiendo el rastro de la herida, lo que provocó que Maomao se estremeciera involuntariamente.

—¿No te quedará cicatriz?

—Solo me cortaron una capa de piel.

Sintiéndose turbada por el contacto de sus dedos, intentó retroceder, pero la mano de Jinshi avanzó aún más. Maomao, viéndose completamente superada por la situación, se incorporó bruscamente y se ajustó el cuello de la ropa.

—Las cicatrices no son bonitas.

—¿Puedo devolverle esas mismas palabras?

Jinshi esbozó una amplia sonrisa ante las palabras de Maomao.

—Soy un hombre, para mí no hay problema.

—Señor Jinshi, considero que su figura trasciende eso.

—No me importa lo más mínimo.

—En ese caso, a mí tampoco me importa. Si mi valor desaparece por una sola cicatriz, que así sea.

—Eso dice mucho. ¿Soy yo un hombre cuyo valor ha descendido por una sola cicatriz? —preguntó Jinshi, apretando la mano que aún rodeaba la muñeca de Maomao. No la había soltado en ningún momento mientras permanecía acostado. Su mano, que hasta hacía poco estaba extrañamente fría, había recuperado algo de calor—. ¿No soy más que un recipiente con una cara bonita?

Ante esa pregunta, Maomao negó con la cabeza instintivamente.

—Incluso podría ser mejor con alguna herida más —se le escapó. Esa era su opinión más sincera.

Jinshi era demasiado hermoso; su mera presencia despertaba el fervor de cuantos le rodeaban, y la gente solía quedar deslumbrada por su apariencia exterior. Maomao pensaba que su verdadera naturaleza no era tan ostentosa como su envoltorio, sino algo mucho más honesto, un secreto que solo unos pocos privilegiados conocían.

Él exhaló suavemente y ella le dedicó una leve sonrisa.

—Creo que se ha vuelto más varonil que antes.

Entonces, Jinshi apretó los labios con fuerza. Miró a su alrededor con una inquietud manifiesta, parpadeó repetidamente y sacudió la cabeza, como si intentara asimilar el inesperado elogio.

—¿Qué le pasa? —preguntó Maomao.

Jinshi se rascó la nuca con la mano que le quedaba libre.

—Dadas las circunstancias... pensé que debería contenerme.

—¿Contenerse? Si tiene sueño, debería irse de aquí y...

Maomao intentó instarle a que regresara a su propio carruaje para a descansar. No obstante, justo cuando ella pensaba que él luchaba contra el sueño, Jinshi le apresó también la otra muñeca. La joven se vio obligada a sentarse frente a él, mientras él le sujetaba con firmeza ambos antebrazos.

—Cuando vi tu herida, creí que sería capaz de mantener la compostura. He logrado llegar mucho más lejos de lo que hubiera imaginado.

Con un rostro incómodo, Jinshi fue acortando la distancia entre ambos. Su aliento cálido rozó el rostro de ella.

—¿Eh?

En el preciso instante en que el rostro de Jinshi se aproximaba con lentitud y sus narices estaban a punto de rozarse, un sonido seco rompió el silencio. Ambos se sobresaltaron, como si hubieran recibido una descarga. El ruido procedía del rincón donde aguardaban los niños.

—¡...!

Maomao apartó a Jinshi de un empujón y se precipitó hacia el origen del sonido. Tomó la muñeca de cada uno de los vástagos envueltos en sábanas. «No... ¡No puede ser!», discurrió. Fue al tocar al tercer niño cuando...

—Agh...

La pequeña boca se contrajo con debilidad. Su pulso latía; era leve, pero constante. «Si estos niños fueran insectos, habrían sobrevivido al invierno», recordó entonces las palabras de Loulan. Aquellos insectos que cantaban como el sonido de una campana, cuya hembra devoraba al macho para luego perecer ella misma. Solo los hijos lograban sobrevivir al invierno. Loulan había comparado a su propio clan con esos seres. Y, con ello, le había entregado a Maomao una última clave.

El estramonio, la flor de datura, que poseía la dualidad de ser veneno y medicina a la vez. Aquello figuraba en el documento que Loulan le había mostrado y entregado. En tierras remotas, se empleaba en ocasiones como una poción arcana: una medicina capaz de conducir a una persona a las puertas de la muerte para luego devolverla a la vida.

Maomao recordó al exmédico que Shenmei había mantenido cautivo para obligarlo a destilar un elixir de la inmortalidad. Aunque tal proeza fuera inalcanzable, ¿habría investigado una sustancia que emulara ese estado? En el tratado que el médico utilizaba había una anotación aparte. En ella se mencionaban las aletas de un pescado, concretamente del pez globo. Para segar una vida bastaba con un veneno, pero al combinar diversas toxinas, estas podían llegar a neutralizarse entre sí. Se decía que, mediante ese equilibrio, una persona podía revivir incluso después de haber expirado.

—¡¿Están vivos?! —preguntó Jinshi, detrás de ella.

Maomao no tenía tiempo para atender sus dudas. Lo primordial eralograr resucitar a los niños frotándoles el cuerpo. Para eso, Loulan había traído a Maomao hasta allí. Ignoraba qué destino les depararía Jinshi una vez resucitados, pero no había margen para excusas.

—Señor Jinshi, por favor, ¡consiga agua caliente! ¡Agua caliente, rápido! ¡Y cualquier cosa que dé calor! Mantas, comida... ¡lo que sea!

—¿Aquellos que han muerto una vez...? —Jinshi soltó una risa contenida al recordar las palabras de Loulan—. ¡Me engañó!

—¡Señor Jinshi! —gritó Maomao, con la mirada encendida. Él murmuraba algo ininteligible, pero a ella poco le importaba en aquel trance.

—Sí, ¡de acuerdo! —respondió Jinshi con un tono que denotaba cierta alegría. Su semblante se apreciaba mucho más relajado que antes, aunque también velado por una pizca de decepción.

Maomao se entregó con fervor a la tarea de reanimar a los niños, que comenzaban a recobrar el aliento uno tras otro. Jinshi regresó con mantas y un cubo de agua humeante.

—¿Podremos continuar luego donde lo hemos dejado? —le susurró al oído antes de retirarse.

—¡Ah! ¡Sí, sí! —respondió sin pensar Maomao, absorta por completo en el cuidado de los pequeños.



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