18/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 9




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 9
El retrato

Finalmente, Jinshi accedió a compartir la cena antes de marcharse. Dado que las dimensiones de la botica resultaban excesivamente angostas para tal dignidad, se dispuso una de las estancias de invitados que esa noche permanecía desocupada. Sobra decir que Maomao incluyó en el servicio las langostas en conserva que aún custodiaba en su alacena. Por descontado, no abrigaba la intención genuina de que el noble las consumiera; se trataba de una sutil impertinencia, una pequeña travesura para pulsar su tolerancia. Su plan consistía en retirar el plato en cuanto advirtiera el más leve atisbo de contrariedad en el semblante de Jinshi. Además, la madame la asaeteó con una mirada fulminante, cuyo subtexto de advertencia era imposible de ignorar.

Sin embargo... ante las langostas que Maomao le ofreció con ademán lúdico, tras una vacilación apenas perceptible, Jinshi se llevó un ejemplar a los labios e ingirió el insecto. Maomao no pudo evitar que el asombro le desencajara las facciones. Al contemplar a Jinshi masticando la langosta con el entrecejo contraído por el esfuerzo, sintió que estaba profanando una imagen que jamás debió ser presenciada. Y no era la única víctima de tal estupefacción; todos los presentes permanecían paralizados, como si un rayo hubiera hendido el aire a sus espaldas. A Gaoshun le temblaban las manos con una violencia inusitada. La joven aprendiza encargada del servicio mostraba un rostro anegado en llanto, semejando a una niña cuya muñeca predilecta hubiera sido mancillada con lodo. Chue, que se había personado allí con la intención de mendigar algún bocado, torció el gesto y sacudió la cabeza mientras musitaba: «Eso no está bien...». Incluso la madame lucía un semblante desfigurado por el horror.

Ignorando la consternación general, Jinshi terminó de masticar y deglutió. Su expresión de repulsión permanecía invariable, mas fijó sus pupilas en Maomao con una intensidad que demandaba una respuesta inmediata.

—Gachas.

—A-Ah... Sí.

Maomao le tendió el cuenco de gachas, pero Jinshi no hizo ademán de tomarlo. Se limitaba a alternar su mirada entre el recipiente y la boticaria. «¿Se van a enfriar, sabe?», caviló ella. Tratando de desentrañar el deseo del noble, Maomao tomó la cuchara de cerámica. Pensando que quizás algún ingrediente no era de su agrado, recogió una pequeña porción para examinarla. En ese preciso instante, Jinshi se inclinó hacia delante y aceptó el bocado directamente de la cuchara.

—...

Ni que fuera un bebé. Se quedó sin palabras. Maomao quedó sumida en el mutismo más absoluto. De forma mecánica, volvió a cargar la cuchara y él, de nuevo, se aproximó. Ante el temor de que el caldo se vertiera, ella guió el utensilio hasta sus labios. Él aceptó el alimento una vez más. Con la mirada entornada por la incredulidad, la joven ensartó esta vez una langosta con los palillos y se la ofreció. Jinshi volvió a fruncir el ceño, mas no opuso resistencia y dio cuenta del insecto.

—¡Puaj! —exhaló Gaoshun en un grito ahogado.

Tras un ruido sordo, la aprendiza se desplomó en el suelo entre sollozos, mientras Chue intentaba brindarle algún consuelo. Maomao se preguntó si la estampa resultaba verdaderamente tan traumática; quizás para la sensibilidad de los más jóvenes, aquel espectáculo constituía un estímulo excesivamente perturbador.

—Pecosa, me la llevo un momento. Y usted, señor noble, debería hacerse responsable de lo que está haciendo.

—...

Jinshi aún tenía las mejillas hinchadas, esforzándose por tragar la langosta. Era evidente que el sabor le resultaba abominable. Aun así, persistía en su empeño. Chue escoltó fuera de la estancia a la aprendiza, que no cesaba en su llanto. «¿Habremos hecho algo malo?», se interrogó Maomao.

Dada su extraordinaria apariencia, Jinshi procuraba no dejarse ver en exceso por las dependencias de la Casa Verdigris. La propia madame fomentaba esta discreción, temerosa de que las cortesanas desatendieran sus obligaciones ante tal presencia. Por ello, la aprendiza asignada para servir la cena era una niña muda. Se rumoreaba que había sufrido crueles maltratos a manos de sus progenitores antes de ser vendida; las lesiones en su garganta eran permanentes e irreversibles. Pese a ser una criatura extremadamente asustadiza, desempeñaba sus tareas con una diligencia ejemplar, movida por el pavor a ser devuelta a su núcleo familiar. Chue, que poseía el instinto protector propio del líder de una banda de tunantes, solía amparar a la pequeña con frecuencia. Alegaba que lo hacía por considerarla una subordinada a su cargo, mas sus verdaderas motivaciones permanecían ocultas.

Tras concluir la ingesta de la langosta, Jinshi volvió a clavar su mirada en Maomao, aguardando con paciencia el siguiente bocado. «Vale, vale. Ya voy», aceptó ella resignada. Una vez más, Maomao condujo la cuchara colmada de gachas hacia los labios de Jinshi.



—Oye, pecosa...

Tras la partida de Jinshi, compareció Chue, quien acababa de concluir sus cuidados hacia la joven aprendiza. Por alguna razón que Maomao no lograba entender, el muchacho portaba entre sus manos papel y pincel.

—¿De dónde has sacado eso?

—Ah, me lo ha dado la vieja.

—¿Esa vieja huraña te ha dado algo?

Calificar a la madame de «huraña» era ser generoso. Parecía inverosímil que una mujer de su avaricia regalara, sin obtener rédito alguno, un artículo de lujo como el papel de escritura.

—Pues sí, me lo ha dado. A ti qué más te da. Venga, siéntate.

—¿Para qué?

Por su parte, el único deseo de Maomao era recoger sus pertenencias de la botica y regresar a su morada con presteza, intentando recuperar el tiempo que la cena le había arrebatado. No obstante, el muchacho parecía haber sucumbido a un capricho repentino. Cuando se disponía a despedirlo con desgana, una voz ronca emergió a sus espaldas.

—Venga, hazle caso a Chue. Quédate a dormir aquí hoy. Sería un engorro tener que encender el fuego al llegar a casa a estas horas. Ya te he preparado la ropa de dormir.

—Vieja, ¿te pasa algo? ¿Has visto algo raro y se te ha ido la cabeza?

Frente a tal amabilidad, el comentario brotó de sus labios de forma instintiva. Un puñetazo, ejecutado con una celeridad impropia de su edad, aterrizó sobre la cabecita de Maomao. Aquella vieja bruja, a pesar de sus años, poseía una estatura superior a la de la joven y la contundencia de su golpe casi la obligó a retorcerse de dolor.

—¡Ya basta! He puesto los futones en la habitación de antes. Date un baño antes de acostarte; aún debería estar caliente.

«Esto me huele a chamusquina...», reflexionó Maomao. Pese a sus recelos, decidió aceptar el ofrecimiento y entró en el cuarto. Mientras Chue desplegaba el papel, la madame se entregó a la tarea de preparar la tinta con una diligencia inaudita. «¿Encima con estas dos? Me huele a chamusquina total», dilucidó la boticaria. Por alguna razón, las hermanas Pai Lin y Joka se hallaban allí en calidad de espectadoras. Al parecer, en esta velada no contaban con clientes que requirieran sus servicios, mientras que el resto de las cortesanas atendían sus compromisos.

—Abuela, ¿no deberías estar vigilando el incienso?

—Se lo he dejado a Ukyou. Él sabrá apañarse.

Maomao se preguntaba qué motivo reunía a todas allí en plena jornada laboral, cuando Chue, tras preparar el pincel con parsimonia, fijó en ella una mirada escrutadora.

—¿Qué quieres?

—Pecosa, dime cómo sería tu hombre ideal.

—¿Eh?

¿A qué venía eso? Convencida de que se trataba de una soberana estupidez, asió la cesta con las ropas de dormir para dirigirse al baño. Sin embargo, la madame la retuvo por la manga, impidiéndole el paso.

—Venga, tómatelo en serio.

—Maomao, no le lleves la contraria a la vieja —añadió Pai Lin con tono conciliador.

Joka inhalaba el humo de su pipa con una expresión tan gélida como distante. Era la hora en la que el flujo de clientes resultaba más intenso, mas puesto que aquella habitación se reservaba para encuentros discretos de personas que preferían el anonimato, no era probable que apareciera nadie de forma fortuita. Por ello, la madame toleraba aquel comportamiento, a pesar de lo impropio del decoro.

—Bueno, ¿qué tipo de hombre gusta? ¿Alto, musculoso...? Tendrás alguna preferencia.

«¡Qué pesada! ¿A qué viene esa curiosidad ahora?», pensó la joven.

—Alto y musculoso no, prefiero alguien que no sea muy grande.

—Ajá, ajá.

Considerando que lo más juicioso era responder sin suscitar mayores altercados, Maomao se sentó sobre el lecho. Ante el frío que imperaba, refugió sus pies bajo el futón.

—Más que delgado, mejor que sea un poco rellenito.

Si fuera excesivamente alto, pensó que acabaría padeciendo dolores cervicales al mirarlo. Y si fuera demasiado flaco, le agobiaría que los demás pensaran que no le daba de comer.

—¿Con barba?

—Puede tener, pero que no sea muy frondosa.

Se decía que la barba era varonil, pero a ella le resultaba más bien sucia. Además, la visión de hombres que descuidaban su aseo, y no se daban cuenta cuando se les quedaban restos de comida en el vello facial, despertaba en ella una irritación profunda.

—¿Y de cara?

—En vez de rasgos afilados, prefiero que sean suaves. Y con las cejas algo caídas, supongo.

«Nada de ojos de zorro; eso sería lo peor», se afirmó para sus adentros.

—De acuerdo. Chue, encárgate.

—Hmm... Pues más o menos sería así.

Chue agitó el papel en el que había estado plasmando los rasgos descritos.

—Vaya, qué soso —opinó Pai Lin, cuya debilidad eran los hombres gallardos y de físico imponente.

—Tiene cara de no haber roto un plato en su vida —añadió la madame, otorgando una calificación mediocre al dibujo.

—¡Qué espanto! ¡Descartado! —sentenció Joka, cortando por lo sano.

Esta cortesana, una de las Tres Princesas, poseía un carácter adusto y profesaba un odio visceral hacia el género masculino. Para ella, casi cualquier varón era merecedor del desprecio. Entonces, Maomao fijó la vista en el retrato.

—...

—¿Qué pasa? —inquirió la madame ante el silencio de la boticaria.

—No, nada. Es solo que se parece muchísimo a alguien que conozco bien.

—¡Hala! Maomao, ¿no me digas que hay algún caballero que te guste?

Mientras Pai Lin se entusiasmaba ante la idea, la expresión de la madame no denotaba alegría alguna. Ciertamente, aquel hombre no era de su agrado.

—¿Qué tipo de hombre es?

—No, es que... más que hombre...

Se trataba de un eunuco. En el papel estaba trazado un hombre que era el vivo retrato del matasanos, el médico del palacio interior.



Tras aquella respuesta, cuya sobriedad resultó decepcionante para las presentes, todas abandonaron la estancia sin dilación alguna.

—Vaya, qué aburrimiento.

Pai Lin, quien albergaba la esperanza de que la conversación floreciera en confidencias románticas, fue la primera en retirarse al desvanecerse su interés. Dirigió una mirada fugaz y escrutadora a Maomao, mas la boticaria optó por fingir una absoluta apatía. La madame también se alejó con el semblante ensombrecido por el desencanto, mientras que Chue se encaminó hacia la estancia del baño. La última en permanecer fue Joka, quien continuaba consumiendo su pipa con parsimonia.

La cortesana desplazó suavemente el marco de la ventana, permitiendo que una ráfaga fría de viento se filtrara por la abertura. En un firmamento oscuro como el azabache, destacaban la media luna y un puñado de estrellas dispersas; a lo lejos, se divisaban otras ventanas de las fincas colindantes, donde las luces proyectaban las siluetas entrelazadas de hombres y mujeres. Aquella noche, como tantas otras en el distrito, nacerían romances efímeros destinados a evaporarse con el primer rayo del alba. Mientras exhalaba el humo violáceo, Joka fijó sus ojos en Maomao.

—Yo te entiendo. Con los hombres nunca se sabe cuándo van a cambiar de parecer. Y si es un hombre con poder, todavía más.

Joka depositó la pipa sobre su regazo. Su postura era lánguida, mas no por ello carente de una belleza aristocrática. Los clientes más refinados veneraban la vasta cultura y el agudo intelecto de la más joven de las Tres Princesas; se afirmaba, incluso, que aquel capaz de sostener un diálogo erudito con Joka poseía los conocimientos necesarios para superar con éxito los exámenes imperiales (las rigurosas pruebas para acceder al funcionariado del Estado).

—Si tuvieras el carácter de la hermana Pai Lin, no te detendría. Ella también está impaciente, pero me gustaría que entendiera que vuestras personalidades son distintas. Maomao, tú te pareces más a mí.

Maomao comprendía a qué se refería. Probablemente, hablaba de «aquello». (NT: Se refiere a la desconfianza instintiva que ambas tienen hacia el compromiso emocional y su reticencia a entregar el corazón a un hombre. Joka y Maomao una visión cínica y pragmática del amor, forjada por la observación de la fragilidad de las promesas masculinas.)

—No existe caballero cuyo corazón sea inmutable. Estando aquí, una llega a entenderlo hasta la saciedad. ¿De qué sirve creer en ellos? —Joka tomó de nuevo la pipa y dejó caer la ceniza en el silencio de la noche. Acto seguido, la rellenó con tabaco nuevo y tomó una brasa del brasero para prenderlo. Un velo de humo blanco la envolvió—. Al fin y al cabo, yo soy una cortesana y tú eres la hija de una cortesana.

Esa era la cruda realidad. Maomao contempló los rescoldos que se consumían en el brasero y contrajo levemente el entrecejo.

—Hermana, ¿no estás fumando demasiado?

—No pasa nada, de vez en cuando está bien. Esos oficiales puristas detestan que las mujeres fumen en pipa.

Aclaró que, al menos en ausencia de clientes, se permitía el lujo de actuar según su libre albedrío. Acto seguido, lanzó una generosa bocanada de humo hacia la inmensidad del cielo nocturno.



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