
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3
Tras el estruendo, sobrevino un inmenso alud. Maomao reconoció de inmediato que se trataba de una avalancha. La nieve se precipitaba como una cascada desde el acantilado que guardaba sus espaldas. El torrente se detuvo con presteza, sin alcanzar la posición de la joven, pero el área donde antes se erigía el taller de pólvora quedó sepultada bajo un manto gélido.
Contempló la escena desde el balcón. La explosión en el sótano había provocado la huida de la mayor parte de los operarios, mientras el resto se afanaba en sofocar las llamas. La avalancha, además, obligó a desviar aún más efectivos. Observó cómo los soldados apostados en los muros exteriores quedaban petrificados, incapaces de asimilar la magnitud del desastre.
Hubo quienes no desaprovecharon esa oportunidad. Hombres con abrigos blancos franquearon la muralla, ahora desprotegida. Estaban camuflados y eran difíciles de ver desde lejos. Sin embargo, vio cómo los soldados, presas del pánico, se enfrentaban a ellos y la sangre salpicaba sobre la nieve inmaculada.
Los de los abrigos blancos eran invasores. Al quitarse las prendas, revelaron su equipo militar. Maomao identificó al hombre que encabezaba la marcha. Le resultaba exasperante que su elegancia permaneciera intacta, aun habiendo trocado sus refinadas sedas por el uniforme militar. Su cabellera ondeaba con cada mandoble de su espada; se antojaba una danza de acero en mitad de aquel sangriento campo de batalla. «¿Acaso ha venido a tomar el mando?», se preguntó, incrédula.
La huida de una Consorte Superior del palacio interior equivalía a una rebelión. Si a ello se sumaba el atrincheramiento de su linaje en semejante baluarte, no cabía exculpación alguna.
Maomao escrutó con mayor detenimiento la indumentaria de Jinshi. Solo a unos pocos elegidos les estaba permitido vestir el púrpura oscuro. Que Jinshi se hallara allí en calidad de eunuco le resultaba del todo inverosímil. Sintió un leve alivio, mas comprendió que no podía bajar la guardia.
El aroma a azufre aún persistía. De permanecer allí demasiado tiempo, corría el riesgo de intoxicarse. Se preguntó cuál sería la situación en los niveles inferiores. Al ser una fortaleza de piedra y ladrillo, el incendio no se propagaría con facilidad, pero el humo representaba una amenaza real. Además, no podía descartar un arrebato de furia de Shenmei. Por el trato recibido, dedujo que la mujer probablemente ignoraba su parentesco con el excéntrico estratega militar, y sabía que Loulan no había revelado el secreto.
Aun así, si la situación se tornaba insostenible, planeaba saltar desde el balcón para aterrizar sobre la nieve y emprender la huida. Aquel sería su último recurso.
Maomao dirigió la mirada hacia los cinco niños que yacían en el lecho, sumidos en lo que parecía un sueño profundo. Sus pechos no se agitaban, carecían de pulso y la palidez de sus tegumentos hería la vista. «Deberían haber huido», discurrió. Aquel pensamiento, aunque dedicado a los infantes, se hacía extensivo tanto a Loulan como a ella misma. No alcanzaba a comprender las intenciones últimas de Loulan, pero creía haber descifrado el motivo por el cual la había conducido hasta allí. Por esa razón, ella no podía marcharse.
Se aproximaron pesadas pisadas y el tañido del metal resonó en el aire. Tras un golpe seco, la puerta cedió ante una patada. El primero en irrumpir fue un soldado ataviado con un abrigo blanco salpicado de sangre, formando un macabro patrón.
—¿Eres tú la...? —musitó el hombre, entornando los ojos mientras la escrutaba con evidente desconcierto.
—¿Eh? ¿Qué pasa? —una voz familiar se acercó desde el pasillo. El perro idiota que ella conocía, Lihaku, asomó la cabeza.
—¿Es esta? —preguntó el soldado a su superior, para confirmar su hallazgo.
Lihaku inclinó la cabeza, se cruzó de brazos y se aproximó con el ceño fruncido.
—Permíteme preguntar algo fuera de lugar. Me parece que te pareces a una chica que se llama Maomao, que trabaja en el palacio interior.
—Soy yo, imbécil.
Lihaku hizo una pregunta estúpida, ignorando que su porte era distinto al habitual; vestía una armadura militar en lugar de su uniforme de oficial y empuñaba un bastón.
—¡¿Y qué haces tú en este lugar?!
—Parece que me secuestraron.
El ángulo de la cabeza de Lihaku se inclinó aún más, casi de lado.
—Oye, ¿acaso tu padre es...?
—Probablemente ya lo imaginas, así que, por favor, no pronuncies su nombre. Con referirte a él como «ese viejo» será suficiente.
Lihaku accedió a la petición de Maomao y guardó silencio, aunque su rostro reflejaba un asombro mayúsculo. Tras unos instantes, asintió con una extraña lucidez, golpeando su puño contra la palma de la mano. Maomao ignoraba qué clase de conclusión habría alcanzado, pero le resultaba inquietante. Entonces, la señaló y sentenció:
—¡Es ella!
Su subordinado puso una mueca de extrañeza y sacó un silbato de su jubón para dar el aviso.
—Lo siento, lo siento. Si tú lo dices, debe ser verdad. De todas formas, ¡qué pintas llevas! ¡Estás llena de mugre! ¿Oh? ¿Te han herido en la oreja?
Seguía siendo tan grosero como de costumbre, pero su mirada destilaba una preocupación genuina. El oficial, dueño de un carácter que por alguna razón no resultaba odioso, desprendía un hedor metálico al acercarse, fruto de la sangre que debía de haber derramado.
—Nada de heridas, por favor. Ese viejo aseguró que vendría aunque no estuviera en condiciones de moverse demasiado. Y como era de esperar, ya no se puede mover.
Realmente usó «ese viejo» para referirse a Lakan. Maomao caviló que, con toda seguridad, aquel hombre había sido el artífice de la estrategia del ataque sorpresa. La avalancha, sin duda, también llevaba su sello.
Aunque Lihaku parecía ajeno a la tensión del momento, le ordenó a su subordinado que se quedara vigilando la puerta.
—¿Qué pasa? ¿Están durmiendo esos niños?
Maomao extendió los brazos para detener a Lihaku, que se acercaba con pasos pesados.
—No respiran. Parece que han ingerido veneno.
Lihaku torció el gesto ante tal revelación. Seguramente consideraba que era una escena de una crueldad insoportable. Sin embargo, aunque hubieran sobrevivido al asedio, solo les aguardaba el patíbulo. Por tan solo el intento de asesinato de una Consorte Superior, la persona involucrada fue ahorcada y su clan fue despojado de sus bienes y castigado en mayor o menor medida. En esta ocasión, la gravedad de los hechos era incomparable. Sin importar que fueran mujeres o niños, todos serían ejecutados. Mientras Lihaku mostraba una expresión compungida, Maomao quiso confirmar un detalle.
—¿Abandonarán aquí a los ejecutados?
—No lo creo. Los enterrarán en un cementerio especial. Pero los incinerarán antes.
—¿Sería posible, al menos, que reposaran junto a sus madres?
Ante la petición de Maomao, Lihaku mostró un semblante difícil de describir. Se rascó la nuca con brusquedad, emitiendo un hondo suspiro.
—No lo sé. No es competencia de mi cargo...
No obstante, Lihaku se acercó y tomó en brazos a uno de los pequeños. Le quitó la manta, la rasgó por la mitad y envolvió al niño con la delicadeza de un arrullo.
—Parece que estén dormidos. Creí que podría llevarlos a todos a la vez, pero pesan bastante.
Mientras hablaba, envolvió al siguiente niño con la otra mitad de la manta. Siguiendo el mismo procedimiento, rasgó las sábanas y los fue amortajando uno tras otro. Cuando parecía que no habría suficiente tela para el último, le arrebató el abrigo al subordinado que vigilaba la puerta.
—Oye, llama a otros dos —ordenó, mientras se acomodaba a los niños bajo ambos brazos.
—Señor Lihaku...
—No puedo garantizar que los entierren juntos, pero tampoco podemos abandonarlos en este lugar. Podemos enterrarlos discretamente cerca del cementerio —declaró con una sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos.
—¿No te castigarán por esto?
—Lo desconozco. Pero, en cualquier caso, tú te encargarás de interceder por mí.
—¡¿Cómo quieres que...?! —le recriminó Maomao con el ceño fruncido y las manos entrelazadas. Mas sabía que Lihaku había dado con una solución audaz.
—¡Oh! ¡Se me ocurre algo más!
—¿El qué?
Lihaku curvó los labios en una sonrisa pícara.
—Si llamas «papá» a ese viejo, ¿no crees que moverá cielo y tierra para concederte lo que pidas?
Huelga decir cuál fue la reacción de Maomao ante tal sugerencia.
—Lo siento, pero no... Olvídalo.
Lihaku se disculpó de inmediato, desviando la mirada. El semblante de la joven realmente fue aterrador.
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