30/12/2025

Los diarios de la boticaria 3 - 37




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 37
El significado de los insectos
(NT: El título original de este capítulo significa literalmente «La estirpe / El linaje de los insectos», pero esconde un significado que va más allá de su traducción literal y que merece ser aclarado en detalle. En primer lugar, es un juego de palabras. En japonés, el apellido del clan del norte es Shi. Aunque el carácter significa «hijo», es homófono de «muerte» y fonéticamente está cerca de la palabra «insecto» (mushi). Tal y como Maomao y Shisui han discutido alguna vez, el Clan Shi se comporta como ciertos insectos, como el grillo de campana o la mantis. La madre, Shenmei, solo se aprovecha de su marido para procrear y disfrutar de una posición adinerada, y simplemente entierra a su hija en un destino donde no puede elegir por sí misma. Por otro lado, el título haría una referencia más indirecta a la insignificancia ante el Imperio del Clan Shi, que a pesar de su rebelión, no deja de ser algo pequeño que puede ser aplastado, como un insecto.)



Se limpió el cuerpo, mas la sensación de asco persistía. Maomao se hallaba cubierta de sangre, si bien la hemorragia no era tan profusa como aparentaba.

Miró al hombre que yacía vomitando espuma. No era solo su sangre lo que impregnaba su piel. Había utilizado la pintura roja lacada que había en la habitación para simular el fluido vital. Al mezclar el pigmento con aceite, se obtenía un tinte de un carmesí vibrante. En la penumbra del cuarto, bajo el parpadeo de una única fuente de luz, había funcionado perfectamente como sangre falsa. La erupción que le había provocado al otro hombre también la había simulado con esa pintura. Fue todo un éxito.

La habían llamado venenosa muchas veces, pero no podía convertirse en algo que solo existía en los cuentos de hadas. Si hubiera consumido tanto veneno como para que su sangre fuera letal al tacto, ya habría muerto hacía mucho tiempo.

Parecía que la fortaleza estaba bien sellada; a pesar del paisaje nevado exterior, el interior conservaba una calidez agradable. Al romper la ventana y exponerse repentinamente al aire frío, el cuerpo humano se desequilibra y se resiente sin querer. Además de la piel de gallina, a veces puede aparecer urticaria.

Y había otra cosa. Al entrar en la estancia, el hombre había exclamado que ella estaba cubierta de sarpullidos. Que lo atribuyera a tal afección le hizo sospechar que él mismo habría padecido una reacción similar en el pasado. De ahí que, al rozar la mesa, reaccionara con espanto y retrocediera. El mueble estaba lacado, pero una laca ya seca es inofensiva. Sin embargo, quien ha sufrido los rigores de tal alergia suele desarrollar una aversión patológica hacia ella. Se dice que, en ocasiones, basta el mero pensamiento del contacto para que la piel florezca en erupciones. Por ello, se había servido de la laca para su falsa sangre.

A decir verdad, una reacción cutánea real habría demorado en manifestarse, pero la fragilidad psicológica es más aguda cuando se enfrenta a lo aborrecido. Aun sin comprenderlo, el aroma o algún otro estímulo evocan el recuerdo del malestar. En rigor, parte de su intención no era otra que amargarle la existencia para que padeciera más adelante. Maomao se había valido de tal flaqueza para encarnar el papel de alguien de sangre venenosa.

También había una explicación física para la incapacidad del hombre de ponerse en pie. Cuando alguien se sienta y se le aplica presión en la frente, la anatomía humana le impide erguirse. El gesto instintivo al levantarse es inclinar la cabeza hacia delante; si se frustra ese movimiento inicial, el resto del cuerpo queda anclado.

Aunque existieran otras formas de zafarse, el individuo, sumido en la confusión, reaccionó exactamente como ella había previsto. Le agradecía íntimamente que hubiera colaborado con tal docilidad. Si él no se hubiera ausentado, habría caído en manos del otro sujeto.

Así pues, tras extraerle la información necesaria, se limitó a pisotearlo en lugar de aniquilarlo.

Al abandonar la estancia, se cruzó con los hombres del siguiente turno. La debieron de confundir por una sirvienta o algo así, por lo que le permitieron el paso sin mayores contratiempos.

Había echado la llave a la puerta, mas el tiempo apremiaba. «¡Esto no es ningún juego!», se dijo, y chasqueó la lengua mientras echaba a correr por el pasillo. Se había revestido con la chaqueta que le había arrebatado al hombre y se había cubierto la oreja con un vendaje flojo a modo de disfraz.

Al saber que estaban fabricando pólvora, imaginó inicialmente un arcabuz (NT: Arma de fuego de avancarga, pesada y de cañón largo, precursor del fusil, que se disparaba con una mecha encendida.) o una ballesta de repetición. Ambos eran ingenios bélicos empleados desde la antigüedad. Sin embargo, aquel hombre había mencionado un cañón.

Un cañón: un arma que dispara proyectiles desde un tubo de dimensiones colosales. Tal pieza de artillería se conocía de antiguo, existiendo modelos tanto de madera como de bronce. No obstante, los que allí se fundían estaban destinados a disparar proyectiles de hierro.

Según lo que Maomao alcanzaba a saber, lo usual era emplear piedras como proyectiles. ¿Qué ocurriría si se utilizase hierro? Sus conocimientos sobre armamento eran escasos; no era más que una simple boticaria. Con todo, comprendía que el uso de balas de hierro uniformes incrementaría el poder destructivo en comparación con la irregularidad de las piedras. Podría tratarse de artillería de la más avanzada tecnología.

Aun así, aquello resultaba una insensatez. Por numerosa que fuera la guarnición de la fortaleza, sus dimensiones eran finitas. De haber contado con aliados que simpatizaran con el Clan Shi, el escenario habría sido distinto. Pero su plan ya había sido descubierto. ¿Cuántos se arriesgarían ahora a socorrer al Clan Shi? Y, pese a todo, estaban a punto de desatar un conflicto. «¿Serán conscientes de lo que les aguarda?», vaciló.

Maomao descendió por la escalera que conducía al sótano paso a paso. Pegada al frío muro de piedra, podía escuchar el fragor de la actividad que emanaba del interior.

Se asomó con cautela al taller de pólvora. Decenas de hombres, tiznados de suciedad, trabajaban con el torso desnudo. Un hedor singular le aguijoneó el olfato; evocaba más al estiércol fermentado que al azufre quemado. Divisó un montón de una sustancia negruzca. «¿Son excrementos de ganado?», trató de discernir. No, los fragmentos eran demasiado pequeños. Parecían excrementos de algún otro animal más menudo, tal vez un ratón. Había oído que los excrementos animales contenían salitre. Sin duda, los empleaban como componente base para la pólvora. (NT: El nitrato de potasio, también conocido como salitre, se descompone a altas temperaturas para proporcionar oxígeno a la reacción, lo que significa que la pólvora no necesita estar expuesta al aire para prender.)

El sótano resultaba sorprendentemente cálido, probablemente para propiciar que la pólvora se secara más rápido. Y precisamente por eso, era peligroso. Pese a que habían distanciado los braseros y guarnecido la zona con cortinas para contener las chispas, ¿qué pasaría si se incendiaba? «¿Serán conscientes de la temeridad que supone trabajar en un ambiente así?», se alarmó. Además, la exposición prolongada a aquel aire viciado no tardaría en provocar síntomas de intoxicación por inhalación. Las condiciones eran, a todas luces, deplorables.

Entonces vio cómo varios hombres trasladaban la pólvora ya terminada hacia otra salida. Si los seguía, ¿lograría alcanzar el polvorín? Pero, ¿de qué modo podría hacerlo?

Mientras deliberaba, el eco de unos pasos resonó a su espalda. Se ocultó tras un estante próximo. Su corazón latía con violencia. Temerosa de que el ruido pudiera delatarla, fijó la mirada en la figura que se aproximaba.

—...

Se quedó atónita al verla pasar. Era Loulan, caminando con el semblante de lo más serio. Vestida con ropas tan lujosas como las de su madre, era una figura francamente discordante en ese espacio oscuro y maloliente del sótano.

—Loula...

Maomao intentó llamarla, pero ella no la escuchó. Con una mirada muy resuelta, caminó hacia el centro de la sala. Los hombres que estaban trabajando a su alrededor se percataron de su presencia y empezaron a alborotarse. Uno de ellos, el que parecía estar a cargo, se adelantó tímidamente.

—Señori...

—Abandonad este lugar inmediatamente —resonó su voz imponente. Los hombres se miraron unos a otros, sin entender nada—. Esta fortaleza caerá pronto. Antes de que eso suceda, huid de aquí si queréis salvar vuestras vidas. Rápido.

Diciendo eso, Loulan extrajo un pesado fardo de entre sus ropajes y lo arrojó. Una lluvia de piezas de plata se dispersó por el suelo. Los hombres, obnubilados por tal fortuna, se precipitaron a recogerlas con avidez.

Tras cerciorarse de que casi todas habían sido cobradas, Loulan alzó la lámpara que portaba y también la lanzó con toda su fuerza. El objeto trazó una parábola en el aire y fue a caer justo sobre la pólvora que se hallaba en proceso de secado.

—Espero que podáis escapar.

Loulan esbozó una sonrisa cargada de aquella misma inocencia de antaño. Maomao se cubrió los oídos al instante y se encogió. Un estruendo ensordecedor reverberó a través de sus palmas hasta herirle los tímpanos. Los hombres, que emprendieron la huida en desbandada, arrollaron y pisotearon repetidamente a la boticaria. La explosión se extendió, propagándose hacia el carbón y el estiércol de animal.

«¡Debo huir de aquí cuanto antes!», advirtió. En ese momento, alguien dio con sus huesos en el suelo a su lado de forma estrepitosa. Una tela de una exquisitez sublime se empañó de suciedad bajo el incesante paso de los fugitivos. Maomao le asió la mano.

—¿Eh? Maomao, ¿qué haces tú aquí? —inquirió Loulan, con el pelo revuelto y con cara de asombro.

—Lo mismo digo —replicó ella con estupor. Loulan le acarició la mejilla y rozó su oreja derecha.

—Sangre. ¿He llegado demasiado tarde?

Por aquellas palabras, parecía que la razón por la que Loulan se había personado en aquel lugar y había provocado una explosión era socorrer a Maomao.

—Vámonos, deprisa...

Maomao cubrió la boca de Loulan con su manga y ambas salieron a gatas del sótano. Tiró de la aristócrata para alcanzar el exterior, consciente de que su estancia allí era ya insostenible. No obstante, Loulan se detuvo delante de las escaleras y subió un escalón.

—¡El fuego se está propagando!

—No importa. Debo atender un asunto arriba.

Loulan subió las escaleras, arrastrando su falda harapienta. El humo se elevaba con rapidez. El hedor pestilente hacía que los ojos le escocieran. Aun si las llamas no la alcanzaban, el humo podría intoxicarla y la conduciría inevitablemente a la muerte.

—¿Vienes conmigo?

—Desde luego.

En aquella tesitura, lo más sencillo para Maomao habría sido huir. Los hombres que habían escapado antes se habían dirigido directamente hacia la salida de la fortaleza, en los niveles inferiores. Seguramente habrían sustraído caballos o cualquier medio a su alcance para poner tierra de por medio.

—Si mi madre se entera, tendré graves problemas. Conociéndola, incluso si me quedo, me culpará por lo que ha pasado. Tendré suerte si solo me azota.

Loulan bajó la mirada al mencionar a su propia madre. Se detuvo ante una estancia en el tercer piso. Maomao oprimió con desolación el papel que guardaba contra su pecho. No había logrado rescatar ni un solo volumen de la habitación; tan solo había recuperado aquellos marcapáginas que había ocultado bajo el catre. Si se separaba de Loulan en ese instante, sus propósitos seguirían siendo un misterio. Y necesitaba confirmarlos.

—Oye... Shisui.

Maomao se detuvo un momento, dudando sobre cómo dirigirse a ella. Despojada de su rango de consorte, llamarla Loulan le resultaba ajeno, de modo que optó por su otra identidad.

—¿Qué sucede? —le correspondió Loulan, o más bien Shisui, sonriendo con la mano en el pomo de la puerta.

—Fuiste tú quien urdió que los abortivos circularan por el palacio interior, ¿no es así?

Tal vez se valió de Suirei, que se encontraba fuera del palacio interior, o de algún otro confidente. Shisui mantuvo su sonrisa inalterable.

—En efecto, para consumirlos yo misma —confirmó. La expresión de Shisui no se inmutó al abrir la puerta—. Eres muy perspicaz. Ha valido la pena traerte.

El grillo de campana hembra devora al macho para procrear. El insecto que Shisui le había entregado se negaba a ingerir los vegetales de su jaula, entregándose al canibalismo. Maomao había liberado al superviviente en el jardín. ¿Sería una hembra? Depositaba sus huevos en la tierra y después expiraba. Así lo relataban los volúmenes de la caja de paulonia.

Ahora lo comprendía. Shisui se veía reflejada en aquel insecto. Si concebía, devoraría al padre. La jaula de insectos representaba el palacio interior; los insectos machos y hembras, al Emperador y a sus consortes. Entendía también su afición por frecuentar el lugar donde encontraba y cazaba bichos. Tal vez aprovechaba para recolectar allí otras cosas además de insectos. El alquequenje y los dondiegos de noche, ingredientes abortivos, también brotaban en el palacio interior.

En el interior de la estancia aguardaba un catre de grandes dimensiones, donde cinco niños reposaban alineados. Aquellas voces infantiles que Maomao creyó escuchar días atrás debían pertenecerles.

Shisui abrió el ventanal que conducía a un pequeño balcón de barandilla labrada. El viento cargado de nieve irrumpió en la alcoba, agitando las cortinas.

—Debemos sacar a estos niños de aquí.

—No serviría de nada —dijo Shisui, esta vez con la voz de Loulan, mientras contemplaba el exterior con serenidad.

Se suponía que el paisaje era un vacío de tinieblas. Durante el día, la gélida llanura se extendía más allá de los muros, esa que Maomao solo había podido observar detrás de los barrotes. Pero ahora había hogueras encendidas. Un contingente de caballeros se aproximaba en formación, como una hilera de hormigas. Entonces, un estruendo formidable hizo temblar los cimientos.

—¿Qué ha sido eso?

¿Sería la explosión de pólvora del sótano, que había continuado combustionando? Maomao corrió hacia el catre para observar a los pequeños. Pese al fragor, todos permanecían inmóviles, sumidos en el sueño.

—¡...!

Maomao tomó la mano de uno de ellos. Su piel estaba gélida. Le buscó el pulso. Carecía de él.

—¡...!

Todos los niños estaban fríos y exánimes. Junto al lecho, una jarra de agua y varias tazas daban fe de lo ocurrido. Loulan acarició la frente de uno de los infantes con ternura.

—¡¿Lo has hecho tú?!

La hermosa dama del norte asintió con parsimonia. Con una mirada desbordante de afecto, acariciaba a los niños como si fueran sus propios hijos. Maomao ya no distinguía si se hallaba ante Loulan o Shisui.

—El desenlace de un acto tan flagrante es que exterminen a todo tu clan. Es inevitable.

Ambas eran conscientes de que incluso los niños entrarían en esa trágica ecuación. Los habrían conducido al cadalso sin que llegaran a comprender el castigo por los pecados de sus padres.

—Se lo di a beber mezclado con zumo de fruta dulce. Fue después de leerles un pergamino ilustrado bajo la luz de un farolillo. Ninguno se quejó. Algunos querían dormir con sus madres, pero es una pena. Ellas estaban divirtiéndose con mi madre.

Loulan esbozó una sonrisa amarga en la comisura de sus labios. Afuera resonó un nuevo ruido sordo muy fuerte, pero la expresión de la joven era demasiado cautivadora como para desviar la atencion.

—La nodriza dice que mi madre no era así antes, pero quién sabe. Para mí, ha sido así desde que tengo uso de razón. Se ensañaba con mi hermana cada vez que la encontraba. También con las damas de compañía más jóvenes. Les enseñaba a beber y a acostarse con hombres, y obligaba a sus parientes a presenciarlo. Mi padre nunca dijo nada; era incapaz de oponerse. Solo aguardaba el perdón de mi madre.

Su madre, Shenmei, estaba loca. Resultaba evidente a simple vista.

—Cuando nació su hija, devoró a su marido. Como un insecto. Pero los insectos son mucho mejores; lo hacen para que las crías sobrevivan.

Loulan odiaba la idea de ser madre. Hasta el punto de elaborar sus propios abortivos y consumirlos continuamente. Maomao creyó hallar ahí el motivo primordial de sus actos. No todas las madres eran como Shenmei, pero para Loulan, su madre era el único referente que había tenido.

—He indagado un poco sobre ti, Maomao. Tu historia se parece un poco a la de mi hermana.

El haber sido criada por un antiguo médico, el hecho de que su padre fuera un alto funcionario proscrito de palacio...

—Yo no tengo padre ni madre. Solo tengo un padre adoptivo.

—Ajá, ajá... Mi hermana decía algo parecido. Sí, tienes razón. Siempre aseguraba que no era mi hermana. Puede que sea verdad. Tal vez alguna mujer se la endosó a mi padre para fastidiarle.

Su tono cambió de nuevo. Maomao ya no sabía si la chica que estaba hablando era Loulan o Shisui, pero estaba tratando de entender lo que ella quería transmitirle.

—En realidad, no es mi hermana.

Que no fuera su hermana significaba que no estaba vinculada al Clan Shi. «Miente», dilucidó Maomao. Loulan y Suirei guardaban un parecido innegable, especialmente ahora, con ese semblante inexpresivo. En el fondo, Loulan amaba a su hermana, y sin embargo se refería a ella con cierto desdén.

—Si estos niños fueran insectos, habrían sobrevivido al invierno.

Y acarició de nuevo a uno de los pequeños. «Si fueran insectos...», Maomao reparó en otro detalle. Extrajo con cautela el papel que ocultaba en su cuello. Uno era el papel de datura que Loulan le había entregado; el resto eran los que ella misma había rescatado de los libros.

Tomó uno de ellos. Tenía pegada la aleta de un pez. Su favorito. Era delicioso comerlo acompañado de un buen sake. Maomao contempló a Loulan en silencio, sin decir nada. Las pupilas de la norteña se anegaron en lágrimas. Cuando la boticaria hizo el ademán de tenderle la mano, Loulan negó con la cabeza.

«Deberías escapar», pensó. Mas ignoraba qué rumbo tomar después de aquello. No sabía nada de política. No le interesaba. Había pasado toda su vida estudiando mucho sobre medicina, investigando y creando muchos remedios caseros. Solo eso. Aquello debería haber bastado. No le importaban los demás; ella misma era su única prioridad. «¿Qué crees que he tenido que pasar desde que me trajeron aquí?», le recriminó en su fuero interno.

Con todo, Maomao le había tendido la mano, y Loulan la había rechazado.

—Yo tengo mi propio cometido. No trates de detenerme.

—¿Acaso tiene algún sentido lo que estás haciendo...?

No sabía qué le esperaba, pero el final era fácil de imaginar.

—Mera obstinación, supongo.

—Entonces, ¿no podrías simplemente escapar?

Loulan sonrió con picardía ante tal respuesta.

—Oye, Maomao. Si hubiera un veneno desconocido y solo tuvieras una oportunidad de probarlo, ¿qué harías?

—Me lo bebería —respondió al instante. ¿Qué otro camino había?

—¿Lo ves?

Dicho esto, Loulan se puso en pie con una sonrisa. Abandonó la estancia con paso liviano, como quien sale a dar un paseo un domingo cualquiera.

—Te encomiendo el resto, por favor.

Cerró la puerta de golpe. El eco de sus pasos se tornó cada vez más tenue. Maomao se percató de que mantenía la mirada alzada. Los ojos le escocían y luchaba con todas sus fuerzas para que no se le derramara una sola lágrima.

Pero la contención duró poco. El edificio se estremeció bajo un fragor que ganaba intensidad por momentos. Dos lágrimas brotaron de sus ojos, humedeciendo la flor de datura prensada que aún sostenía entre los dedos.



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