13/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 4




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 4
Descanso


Tres jornadas más tarde, el noble enmascarado compareció finalmente en la botica en el preciso instante en que el sol alcanzaba el cenit.

—¡Bienvenido!

Ante el enérgico recibimiento de Maomao, Jinshi retrocedió sobresaltado. Tras él, Gaoshun permaneció con el semblante desencajado, incapaz de comprender la naturaleza de aquel arrebato.

—O-Oye, ¿qué te ocurre? ¿Te encuentras bien?

—Xiaomao, tal vez te confundes de persona. Quien está tras la máscara es el señor Jinshi.

Maomao puso un mohín. «¿A qué viene esa reacción?», pensó. Gaoshun dirigió una mirada de soslayo a Jinshi, consciente de haber proferido un comentario impertinente, mientras este le devolvía el escrutinio con escepticismo desde los huecos de su máscara.

El noble se adentró en la botica y se acomodó sobre un cojín de seda fina. Como el interior era muy angosto, Gaoshun solía aguardar en el umbral de la Casa Verdigris. En cuanto la puerta corredera quedó sellada, Jinshi se despojó finalmente de la máscara. Conservaba aquella belleza trascendental, aunque la cicatriz que surcaba su mejilla distorsionaba la armonía de sus facciones. Tras la retirada de la sutura, el aspecto de la herida ya no resultaba tan lacerante; no obstante, cualquier observador exhalaba un suspiro de pesadumbre ante el ultraje que tal marca suponía para semejante don.

En la ciudad, la gente comentaba con morbo la rebelión del Clan Shi acaecida el estío pasado. Los relatos solían estar protagonizados por el bellísimo Hermano Imperial —papel que Jinshi desempeñaba ahora tras abandonar su tapadera de eunuco— y la antagonista, la antigua Consorte Superior, Loulan. Resultaba paradójico que Shishou, el patriarca del clan, hubiera sido eclipsado por su propia hija; la razón, sin duda, residía en la herida de Jinshi. La mujer impía que osó marcar con una cicatriz indeleble aquella belleza que no parecía pertenecer al mundo de los mortales sería recordada por la eternidad.

Maomao extravió la mirada por un instante al evocar a la jovial dama de compañía que tanto amaba los insectos.

—¿No tenías algo de qué hablar conmigo?

Ante la interpelación de Jinshi, Maomao retornó al presente: «¡Es verdad!». Sacó del armario la enciclopedia ilustrada que había rescatado de la librería.

—¿Qué es esto?

—Parece que algún avispado lo robó de la fortaleza durante el caos y los está vendiendo.

Maomao optó por silenciar la existencia del desertor que se había refugiado bajo su amparo. Había confiado la custodia del hombre a Ukyou, el jefe de seguridad del burdel; si ella entregara al fugitivo por su cuenta, enfurecería al veterano guardia, quien se mostraba ferozmente protector con aquellos a quienes brindaba refugio en sus dominios.

El prófugo había adoptado el nombre de Sazen. La astuta boticaria le impuso aquel pseudónimo por extrema cautela, temiendo que Chue, el impertinente infante, pudiera rescatar algún fragmento de su memoria proscrita al escuchar el verdadero apelativo de ese pariente de su mismo clan. Al parecer, el sujeto no albergaba apego por su identidad pretérita y ya estaba aprendiendo el oficio del burdel bajo la tutela de Ukyou.

Este, haciendo gala de su red de contactos, había logrado recuperar todos los tomos vendidos en diversas librerías con una diligencia encomiable. Por fortuna, un conocido suyo tratante de mujeres —oficio que le permitía viajar con libertad— se dirigía a la ciudad donde se habían dispersado las enciclopedias restantes y, tras una breve negociación, las trajo de vuelta. No obstante, el enigma no estaba resuelto.

—Sospecho que el resto de esta colección permanece en la fortaleza. Desearía que sus hombres procedieran a su recuperación.

—¿Cuál es la razón de tu interés por reunirlos? —demandó Jinshi, que entornó un ojo con suspicacia.

Como respuesta, ella exhibió el verdadero motivo de su desvelo. Depositó ante Jinshi un cuenco que albergaba una montaña de insectos cocinados de aspecto repulsivo. El noble contrajo el rostro con asco y retrocedió instintivamente.

—¿Qué es esto?

—Son langostas glaseadas. Aunque, en su mayoría, son saltamontes.

Maomao cogió uno con los palillos y se lo acercó a Jinshi, quien incrementó la distancia con presteza.

—¡No voy a comer eso!

—No le he pedido que lo haga.

Maomao depositó el insecto sobre un plato y desplegó un papel con ilustraciones. Había dibujado un saltamontes y una langosta basándose en los ejemplares cocinados, logrando capturar sus rasgos distintivos con notable precisión.

—Parece que el año pasado hubo una proliferación masiva de saltamontes. ¿No ha llegado a sus oídos ninguna noticia de las zonas rurales sobre una plaga de langostas?

—En efecto... —confirmó él. Su semblante se ensombreció, se rascó la cabeza y exhaló un suspiro cargado de preocupación—. He recibido informes al respecto. Los daños son considerables en las aldeas agrícolas del norte.

Por el momento, no llegaba al punto de haber muertos por inanición. Por un azar del destino, el otoño se presentó inusualmente gélido, lo que facilitó la erradicación natural de gran parte de los enjambres.

—Los daños por langostas pueden durar varios años. ¿Qué pasará la temporada que viene?

Jinshi torció el gesto. ¿Acaso él también había vislumbrado el abismo de esa posibilidad? Al localizarse en el norte, la mayor parte de las tierras afectadas eran aquellas que antaño pertenecieron al dominio directo del Clan Shi. Tras su exterminio, la responsabilidad de su gobierno y bienestar recaía ahora directamente sobre el Emperador.

—En cuanto a la mala cosecha del año pasado, ya se han hecho gestiones para enviar las reservas del sur.

—Mas, si vuelve a ocurrir de nuevo, la situación se volvería un tanto difícil, ¿no es así?

Era probable que la administración aún no hubiera diseñado una estrategia para el futuro inmediato. Existía la creencia supersticiosa de que las plagas de langostas eran el reflejo de un Emperador que no gobernaba con rectitud. A menudo se restaba importancia al asunto por tratarse de meros insectos, pero los anales de la historia daban fe de naciones enteras que sucumbieron ante tales plagas. Si la calamidad golpeaba con fuerza justo un año después de aniquilar al Clan Shi, ¿qué juicio emitiría el pueblo? «Son supersticiones absurdas», se dijo Maomao. Sin embargo, el Emperador debía gobernar también sobre aquellos que creían en los presagios.

—La plaga de langostas es un fenómeno natural. ¿Qué pretendes que hagamos? ¿Encender hogueras para atraer a los bichos y aplastarlos uno a uno?

La lógica de Jinshi era aplastante. Eso no llevaría a ninguna parte.

—Por eso estoy buscando estos tomos —declaró Maomao, y le tendió la enciclopedia a Jinshi. Era la de insectos, la que tenía guardada Sazen, el fugitivo. Estaba llena de anotaciones manuscritas—. No es el único. En la fortaleza vi otro de insectos. En él se describía detalladamente todo lo referente a las langostas. —Maomao creía recordarlo, aunque en puridad se trataba de una corazonada. Durante su cautiverio, se centró en otros textos y solo ojeó aquel de forma superficial. No obstante, para fundamentar su petición sin mencionar a Sazen, no le quedaba otra alternativa—. Parece que el boticario que vivía antes en aquella fortaleza estaba investigando las plagas de langostas.

—¿Es eso cierto?

—No sé hasta qué punto habría avanzado. Pero creo firmemente que es necesario investigarlo.

—Mmm...

Jinshi meditó mientras se acariciaba el mentón con parsimonia. Finalmente, decidió abrir la puerta y convocar a Gaoshun, quien de inmediato transmitió la orden a un subordinado que aguardaba en el exterior.

—Los tendremos en unos días.

—Se lo agradezco.

Maomao exhaló un suspiro de alivio. El camino por recorrer aún era extenso, pero se sentía liberada tras haber compartido lo que le rondaba por la cabeza estos últimos días. En contraste, el semblante de Jinshi se ensombreció. Tras haber abandonado su papel como eunuco para asumir su verdadera identidad como Hermano Imperial, la fatiga parecía haber hecho mella en él con una severidad inusual. Las revelaciones de Maomao, lejos de ofrecer consuelo, solo lograban incrementar la onerosa carga de sus responsabilidades políticas.

—Parece cansado.

—Tranquila, es normal, es mi deber. Pero estoy bien.

Unas ojeras pronunciadas marcaban su rostro; no obstante, los oficiales y damas de la corte no interpretarían aquel signo como fatiga, sino como una suerte de melancolía aristocrática. A pesar de la cicatriz que ahora mancillaba su mejilla, su belleza sobrehumana permanecía incólume, provocando que los demás malinterpretaran sistemáticamente los sentimientos que albergaba en su interior.

«A este paso, se va a desplomar... —se preocupó la joven. Sabía bien que, cuando el agotamiento embota los sentidos, el individuo pierde la capacidad de percibir su propio límite. Ni siquiera Gaoshun, su fiel protector, lograría disuadirlo si Jinshi insistía en que estaba bien—. Debería dormir un poco». Ya que se había tomado la molestia de venir hasta aquí, lo mejor era ofrecerle un momento de sosiego en una habitación.

—Señor Jinshi, ¿no le gustaría recostarse un rato?

—¿A qué viene eso tan de repente?

—Prepararemos una estancia de inmediato; por favor, tiene que descansar.

Maomao miró fijamente a Jinshi. Estuvo tentada de analizar la precisión de la sutura realizada por su padre, Luomen, así como el ungüento aplicado, pero bajó la mirada por puro instinto profesional. Aunque la marca fuera permanente, le interesaba observar la celeridad de su cicatrización.

—¿Me estás invitando a dormir contigo?

—¿Es que no puede conciliar el sueño si no? —respondió instintivamente Maomao en tono burlón, mas se dio cuenta de que lo había tratado demasiado como a un niño—. Es broma...

—No, me cuesta mucho dormir solo.

Jinshi la interrumpió a mitad de frase cuando ella intentaba rectificar. Al parecer, la quietud del sueño solitario le resultaba abrumadora. «Ya veo...», pensó Maomao. Asomó la cabeza por la puerta de la botica y llamó a una aprendiza que pasaba por allí. Le pidió que convocara a la madame. Esta última compareció con su habitual desgana

—¿Qué quieres, niña?

Al ser informada, los ojos de la vieja, ocultos tras sus párpados arrugados, centellearon con una codicia renovada.

—Dame unos quince minutos.

«¿De verdad puede tenerlo listo en tan poco tiempo?», se cuestionó Maomao. Ignorando el entusiasmo inusitado de la regenta, la joven ofreció a Jinshi una infusión de hierbas medicinales destinada a mitigar el agotamiento.



Maomao guió a Jinshi hacia un lugar distinto. Lo condujo hasta la planta superior de la Casa Verdigris. En aquella estancia, rodeada del mobiliario más lujoso, se había dispuesto un juego de lechos de seda. El ambiente estaba impregnado de un aroma dulce, pues habían encendido incienso de alta calidad por toda la habitación.

—Es por aquí —anunció Maomao mientras abría la puerta—. Por favor, descanse. El trabajo es importante, pero el reposo también es vital.

La joven boticaria pensó que la madame intentaría timarla de nuevo, pero parecía que la vieja también tenía sus propios motivos, pues le había prestado la mejor habitación de forma gratuita. Era impresionante que hubiera logrado prepararlo todo en apenas un cuarto de hora; realmente era alguien aterrador. Quizás pensó que era una buena estrategia causar una buena impresión a un noble.

—Si desea bañarse, han preparado agua con hierbas medicinales. No sé si la ropa de dormir será de su talla, pero, por favor, póngase esto.

Maomao le entregó una prenda de dormir de algodón suave. La expresión de sorpresa de Jinshi se transformó gradualmente en una sonrisa apacible. Ya no era aquella sonrisa de doncella celestial, sino un rasgo de humanidad que conservaba su poder para cautivar a cualquier alma.

—Gracias. Sí, me tomaré un baño.

Jinshi se dirigió al cuarto de baño contiguo. La bañera, que las sirvientas habían llenado tras ir y venir cargando cubos de agua, debía de tener la temperatura ideal. Maomao soltó un suspiro de alivio. Incluso Gaoshun, que estaba en un rincón de la estancia, parecía haber relajado el ceño.

Sin embargo, en el instante en que Jinshi abrió la puerta que daba al lavabo, se quedó petrificado. Tras un instante, cerró de golpe y regresó junto a la boticaria con paso firme.

—¿Por qué hay mujeres ligeras de ropa en el baño?

—Son profesionales, así que no se preocupe.

Como era un señorito al que su niñera le pelaba hasta las mandarinas, Maomao no pensó que fuera a bañarse solo. Había dispuesto que le prepararan la muda tal y como ella solía hacer con el Emperador cuando se bañaba en el Pabellón de Jade y, ya de paso, pidió que le dieran un masaje.

—¿N-No le gustan los masajes...?

—¿Estás segura que solo será un masaje?

—En la mayoría de los casos, no.

Al tratarse de un burdel, había mujeres que, si el cliente lo pedía, realizaban servicios adicionales difíciles de mencionar, y otras que no. Era algo de sentido común en el barrio del placer, mas algo que Jinshi parecía rechazar de plano.

—¿Y el baño?

—Mejor paso.

—¿Y cómo se va a cambiar de ropa?

—Lo haré yo mismo.

Dicho esto, Jinshi se despojó de sus ropajes y vistió la prenda de algodón. «Está musculado», se sorprendió Maomao, no sin cierta sorpresa técnica. Fue una impresión honesta, sin ninguna emoción en particular.

La joven recogió con cuidado las ropas que el noble había dejado caer, las dobló con esmero y las guardó en el cesto de mimbre. Tomó una tetera que estaban junto a la cama, vertió el líquido en un cuenco y se lo entregó a Jinshi.

—¿Es algún tipo de somnífero? —preguntó él, tras probar un poco. Debía de tener un sabor extraño.

—No, es un tónico vigorizante.

Ante las palabras de Maomao, Jinshi escupió el té.

—¿Por qué vigorizante?

—He oído que es lo mejor para los hombres cuando están fatigados.

—¿Entiendes lo que estás diciendo...?

—¿Qué otra cosa podría ser?

Jinshi puso una expresión entre incómoda y cohibida. «Quizás ser tan directa ha sido un error... —consideró—. Por muy caballero que sea, debe de resultarle vergonzoso que le mencionen cosas fisiológicas de esa manera. Jinshi es aún joven. ¿Será que en esos aspectos no es tan maduro como aparenta?». Aun así, la reacción le pareció un tanto diferente a lo que esperaba, pero decidió no darle importancia. Maomao continuó hablando mientras Jinshi mantenía la mirada baja:

—Y bien, ¿qué tipo de chica prefiere?

Maomao dio dos palmadas y del fondo de la estancia aparecieron un total de cinco jóvenes resplandecientes. Todas eran encantadoras y conservaban un aire de inocencia. Además, como él solía mencionar a menudo el tema de la castidad y demás, se había encargado de reunir a chicas vírgenes. Al no tener enfermedades, era mucho más preferible. Como en la Casa Verdigris no había suficientes que cumplieran este requisito, había negociado con otros burdeles para que se las prestaran. La madame frunció el ceño, pero reunir a tantas en tan poco tiempo era complicado.

Las chicas, que solo sabían que el cliente era un codiciado noble, estaban bastante animadas. Soltaban suspiros ante la belleza de Jinshi, que se vislumbraba tras su máscara. En cuanto a él, se quedó estupefacto, con la boca abierta. Se embobó mirando a Maomao con un gesto de incredulidad que se percibía incluso tras la máscara.

En un rincón de la habitación, Gaoshun no solo se llevó las manos a la cabeza, sino que terminó apoyando la frente contra la pared.

—¿No hay ninguna de su agrado?

Quien reaccionó a la pregunta de Maomao no fue Jinshi, sino las cortesanas. Cada una dirigió hacia él los gestos que consideraban más atractivos.

—Todas son doncellas puras. La madame se encargó de comprobarlo debidamente —añadió, pero cómo lo comprobó era algo que es mejor no imaginar.

Con movimientos mecánicos como los de una muñeca, Jinshi miró detenidamente a Maomao.

—De momento, solo tengo sueño... Me tumbaré a descansar.

—Ah, claro.

Maomao bajó los hombros con decepción y pidió a las descontentas cortesanas que se retiraran. Fue entonces hacia Gaoshun, que todavía estaba más decaído, y le preguntó:

—¿Le gustaría alguna a usted en su lugar?

—En mi casa manda mi esposa y le tengo pavor —respondió él, con una ceja temblando.

Ciertamente, ofrecer cortesanas a un hombre casado era un tanto problemático. Como no estaba bien que el sosegado lacayo se quedara de pie, le pidió que se sentara en un cómodo sofá. Había otro juego de mantas y una habitación libre, pero él declinó la oferta cortésmente.

Maomao cubrió con esmero a Jinshi con la manta una vez que este se hubo tumbado. Cuando se disponía a salir de la estancia, él la agarró del brazo.

—Cántame una nana.

Le habría gustado negarse, pero esos ojos de cachorro que ponía a veces la miraban con insistencia. Además, hasta el momento, todos sus esfuerzos habían sido en vano y no parecía que el cansancio de Jinshi hubiera desaparecido.

—Canto fatal.

—No importa.

Maomao comenzó a entonar una canción infantil, de aquellas que las cortesanas cantaban a sus hijos, marcando el ritmo con suaves golpes sobre la manta. No pasó mucho tiempo antes de que la respiración pausada de Jinshi confirmara que, finalmente, el reposo lo había reclamado.



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