15/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 6




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 6
El tomo perdido


Fue Bashin, el hijo de Gaoshun, quien llamó a la puerta de la botica trayendo consigo varias de las enciclopecias. Maomao, siguiendo su inveterada costumbre, ofreció un cojín de aspecto deslucido al joven, que parecía estar de mal humor, y procedió a servirle un té.

—El señor Jinshi está ocupado.

Con eso, Bashin probablemente sugería que el noble carecía de la libertad necesaria para personarse en ese momento. El hecho de que continuaran refiriéndose a él como Jinshi, su antiguo nombre de eunuco, no solo obedecía a su uso como pseudónimo, sino a la estricta etiqueta imperial: el verdadero apelativo de un miembro de la familia del Emperador es una palabra sagrada que ningún plebeyo debe osar pronunciar, pues tal irreverencia se consideraría un ultraje a su alcurnia.

Las cortesanas de la Casa Verdigris escrutaban con pupilas ávidas a cualquier visitante que no fuera el apuesto caballero habitual o su fiel acompañante. Especialmente la madame, quien parecía realizar cómputos mentales con su ábaco con una discreción puramente mercantil en un rincón. A diferencia de las visitas de Jinshi, en esta ocasión la puerta de la botica permanecía abierta, permitiendo que la actividad del burdel se filtrara en el angosto recinto.

—Aquí tienes lo que solicitaste.

Bashin sacó unos libros de considerable grosor de un fardo de tela. Ante la vista de Maomao afloraron los manuscritos que ya conocía. Entre el volumen de aves, el de peces, el de insectos y el de plantas, esta vez tomó el de insectos. Su interés primordial siempre radicaba en aquello que pudiera poseer virtudes farmacológicas. Durante su estancia en la fortaleza del clan Shi, había escudriñado la enciclopedia de plantas con tal celo que parecía querer lamer sus páginas, pero la de insectos solo la había ojeado por encima.

«¿Estará aquí la respuesta?», se preguntó. Sazen había asegurado que en aquel bastión se investigaba la naturaleza de las langostas. El registro debía existir. No obstante, sus pesquisas resultaron infructuosas; por más que revisaba los folios una y otra vez, la información se le antojaba esquiva. Al final, incluso Bashin, contagiado por la búsqueda, comenzó a hojear los libros.

—¿Entonces no está...?

—No, no parece.

—Dijiste que estaría, ¿verdad?

Pese a la recriminación del joven, la realidad era inmutable: el contenido no estaba allí. ¿Qué misterio ocultaba tal ausencia? ¿Acaso Sazen la había engañado? Maomao desechó la idea; aquel hombre no obtendría beneficio alguno de algo así.

—¿No es posible que alguien se la llevara mientras estaban bajo custodia?

—¿Quién iba a tener interés en algo así?

—Alguien a quien le guste el tema, obviamente.

Mas tal hipótesis resultaba difícil de sostener. Si alguien se hubiera tomado la molestia de robar algo en aquel lugar, habría elegido objetos mucho más valiosos y fáciles de vender.

Mientras la boticaria se sumía en sus reflexiones, una sombra se proyectó sobre la estancia. Con un andar sinuoso y grácil, semejante al de un sauce mecido por la brisa, pero dueña de una anatomía exuberante, apareció su hermana Pai Lin. Maomao contrajo el gesto. Tras ella, la madame no hacía ademán de intervenir; era evidente que ya había concluido su tasación sobre el valor social y económico de Bashin.

Pai Lin era una cortesana de trato exquisito. Siendo la más veterana de la Casa Verdigris, su belleza no marchitaba y seguía hechizando a innumerables caballeros. El «perro fiel», el oficial Lihaku, era el mayor ejemplo de tal devoción. Gozaba además del prestigio de ser la bailarina más refinada de la capital y ejercía como una hermana mayor protectora para las aprendizas... No obstante, incluso una joya de tal calibre poseía sus imperfecciones.

Se deslizó con sigilo hasta situarse tras Bashin. Entonces, rozó con la yema de sus dedos, de una manicura impecable, la mejilla del oficial.

—¡¿...?!

Sobresaltado por un escalofrío repentino, el joven ejecutó un salto literal sin llegar a ponerse en pie. Fue una maniobra de una agilidad asombrosa: elevarse por el puro influjo del susto mientras permanecía sentado.

—Hermana...

—Ah, perdona. Es que tenía una mota de polvo en la mejilla.

«Mentira. Mentira podrida. ¿Qué necesidad había de tocarle la mejilla?», le recriminó Maomao en su fuero interno.

Cada movimiento de Pai Lin destilaba una feminidad calculada. Sus ojos simulaban una dulzura infinita, pero para Maomao no eran sino las pupilas de un depredador al acecho. En los últimos días, Pai Lin no había recibido clientela; se hallaba, por tanto, en campaña. No por falta de pretendientes, sino porque para una cortesana de su alcurnia, el exceso de actividad diaria se consideraba una vulgaridad. Pero personalmente, se advertía en ella una frustración latente.

—¡¿Q-Qué pasa?! ¡¿A qué viene esto?!

—Vaya, todavía la tienes. Vamos, quédate quieto, que yo te la quito.

Bashin retrocedía sobre su trasero por la estrecha botica mientras Pai Lin lo acosaba. Para evitar que tiraran nada accidentalmente, Maomao se levantó y puso el mortero y el instrumental en los estantes. Colocó el té y los dulces en una bandeja y los sostuvo entre las manos, observando la escena de pie con una impasibilidad absoluta.

«La primera vez suele dar un servicio de cortesía», pensó. Pero no, Bashin no estaba para bromas; tenía la cara de un color que no se sabía si era rojo o azul. «Si Lihaku apareciera ahora, esto sería digno de ver», se divirtió Maomao mientras salía al exterior y se metía en la boca uno de los dulces que había rescatado. Era típico de la madame sacar dulces de una calidad inferior a los que servía cuando venía Jinshi. Aun así, estos eran de buena categoría; las galletas de arroz con esencia de gamba eran de sus favoritos.

«Ostras... ¿Y si resulta que es virgen?», caviló mientras se apoyaba en el muro, degustando otra galleta con un sorbo de té. Sospechaba que así era, y ahora tenía ante sí la oportunidad de confirmarlo. Las aprendizas la observaban con envidia, pero la presencia de la madame le impedía compartir el festín. Con renuencia, guardó el resto de los dulces.

—¡Ah! ¡Basta! ¡Me voy! ¡Ya te he entregado lo que tenía que entregarte!

Arrastrando su propio fajín, que amenazaba con deshacerse del todo después de que seguramente Pai Lin se lo hubiera intentado arrancar, Bashin salió despavorido de la botica.

—Oh... —se lamentó Pai Lin, sentándose con un gesto de compunción—. Y eso que era una pieza tan fresca...

«En efecto. Seguro que era virgen. Si no fuera por estos impulsos irrefrenables, Pai Lin sería una hermana mayor excelente», meditó Maomao. Sentía que aquel apetito voraz de la cortesana iba a peor con los años.

—Y eso que, una vez que te prueban, eres el paraíso —añadió la madame con pesar.

«Eso no está bien, ¿sabes?», pensó Maomao. Consideró entonces que Lihaku debería redoblar sus esfuerzos de ahorro para sufragar la libertad de Pai Lin cuanto antes.



Sazen estaba en el exterior del burdel, barriendo el suelo. Mientras que su fuerza física no resultara suficiente para desempeñar las funciones de un vigilante de pleno derecho, se le encomendaban labores auxiliares, similares a las que realizaban las jóvenes aprendizas. Tal era el método de Ukyou, el jefe de seguridad: si un hombre aceptaba con pasividad tales tareas, demostraba carecer de la ambición necesaria para el oficio y terminaba siendo despedido; si, por el contrario, se indignaba ante la humildad del encargo y se esforzaba por aprender artes más complejas, Ukyou le brindaba su apoyo incondicional. A juzgar por la parsimonia con la que Sazen manejaba la escoba mientras tarareaba una melodía, parecía inclinarse peligrosamente hacia el primer grupo.

—Oye, tú.

—¿Eh?

Tras haber sustituido sus harapos por vestiduras limpias y haber rasurado su barba, Sazen proyectaba una imagen más rejuvenecida.

—Han llegado los libros y su contenido no coincide con lo que dijiste.

Maomao le mostró los ejemplares que Bashin acababa de entregarle, depositando el fardo sobre el suelo con un golpe seco. Sumando aquellos que Sazen ya poseía, la cuenta ascendía a catorce tomos. No obstante, en ninguno de ellos se hallaba mención alguna a las langostas. Maomao recordaba con nitidez que en aquella celda-almacén de la fortaleza del clan Shi había exactamente catorce volúmenes, así que la cuenta era correcta.

—No puede ser, es imposible —dijo Sazen mientras deshacía el fardo y comprobaba el contenido de los libros. Entornó los ojos y escrutó sus portadas—. Espera un momento, aquí no están todos.

—En aquella habitación solo había estos.

Maomao no era mujer dada al error en el recuento de sus pertenencias o hallazgos.

—No, este volumen en particular...

Sazen tomó el los de insectos. Eran dos tomos, numerados como «1» y «2», y en ninguno se describía el fenómeno de las langostas.

—De insectos debería haber tres.

—¿Cómo dices...?

Aquella revelación implicaba que el tercer volumen no se hallaba en la habitación desde el principio. Al menos, en el momento en que Maomao accedió a la estancia, alguien ya se lo habría apropiado.

—¿Y quién querría llevarse algo así?

—¿Tú, tal vez?

—No, yo no. Cuando el viejo estaba vivo, el libro estaba allí.

Con el apelativo de «el viejo», Sazen aludía al médico que antaño fue expulsado del palacio interior. Maomao recordaba haber oído que dicho anciano dedicaba sus días a investigar la inmortalidad.

—Igual lo metieron en el ataúd del viejo.

—¿Por qué crees que harían algo así?

—En mi tierra existe esa costumbre. Entierran a la gente junto con sus pertenencias más preciadas.

A Maomao le resultaba indiferente la tierra natal de Sazen, mas su interés se encendió ante la mención del médico.

—Ahora que lo pienso, ¿de qué murió?

¿Habría sucumbido ante el peso de los años? De seguir con vida, tendría más o menos la misma edad de su padre, Luomen, por lo que una muerte natural no resultaría extraña.

—Pues... parece que fue el resultado de un experimento fallido.

—¿Un experimento?

—Supongo que para destilar un elixir que venza a la muerte, hace falta experimenar, ¿no?

«Si es tal como dice...», reflexionó Maomao. Un pensamiento inquietante comenzó a cobrar forma en su mente. Se trataba de aquella medicina de la resurrección que emplearon con los infantes del Clan Shi. Chue padecía una parálisis residual como secuela; no obstante, un fármaco capaz de retornar la vida a alguien que ya ha muerto no es algo que se perfeccione sin una experimentación cruenta y reiterada. Maomao sospechaba que habrían sido necesarios innumerables ensayos para alcanzar siquiera un éxito parcial. ¿Y qué o quiénes habrían sido los sujetos de tales pruebas? ¿Animales? No, para tales fines, solo la carne humana resultaría reveladora.

—Oye, ¿qué te pasa? ¡Agh!

Sazen retrocedió con el semblante desencajado. Maomao se preguntó por un instante la causa de su espanto, mas lo comprendió enseguida: sus propios labios se habían curvado en una mueca de júbilo macabro, mucho más amplia de lo habitual. Estaba sonriendo de forma perturbadora.

—Dime, ¿dónde se deshicieron del cadáver?

—No lo sé. Normalmente de esas cosas se encargaba «esa persona».

—¿«Esa persona»?

Sazen se rascó la cabeza con violencia, como intentando forzar el recuerdo.

—No sé si te sonará una tal Suirei. Era la ayudante del viejo.

—¡Sí!

Sin poder contenerse, Maomao asestó una palmada sonora en la espalda de Sazen.

—¡Ay! ¡¿Pero qué te pasa?!

—¡Ahora todo cobra sentido! Tú sigue barriendo.

Envolvió los libros de nuevo, regresó con presteza a su botica y, con el pulso acelerado por el descubrimiento, se dispuso a redactar una carta urgente.



No hay comentarios:

Publicar un comentario