20/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 11




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 11
El espíritu de la serpiente blanca (parte II)

Inmersa en una profunda perplejidad, tratando de desentrañar qué clase de sortilegio acababa de presenciar, Maomao retornó a su ubicación. A su alrededor, la estancia estalló en vítores y exclamaciones; el entusiasmo de la concurrencia, exacerbado probablemente por los efluvios del alcohol, era casi palpable. No obstante, Jinshi y sus acompañantes aguardaban su regreso envueltos en un silencio expectante.

—Oye, ¿qué ha sido eso? —inquirió Bashin, incapaz de contener su curiosidad.

—¿Y yo qué sé?

—Tú... ¿No será que te han dado unas monedas para que fueras su cómplice?

Maomao juzgó aquel comentario como una insolencia de lo más vulgar. Acto seguido, un seco correctivo de Gaoshun cayó sobre la cabeza de Bashin, imponiéndole un silencio inmediato.

—No, no me han sobornado.

Maomao extendió las palmas de sus manos y mostró el revés de sus mangas para probar su honestidad.

—¿Alguien pudo observar tus trazos? —preguntó Jinshi con voz queda.

—No, nadie.

En el estrado solo permanecían Bai Suzhen y su asistente. Nadie pudo haber vislumbrado el número que trazó, y el cilindro donde depositó el mensaje debería haber sido un arcano indescifrable, pues ella misma lo ocultó bajo la tela. «¿Podría ser que...?», caviló la boticaria mientras dirigía una mirada inquisitiva hacia el escenario. Del techo pendían farolillos cuyas borlas carmesíes oscilaban con parsimonia. Consideró la posibilidad de que, mediante un juego de espejos, hubieran espiado su caligrafía, pero desechó la idea al instante. Resultaría muy difícil fijar tales ingenios en el techo y, sobre todo, se requeriría un espejo de una pureza excepcional. Con la densa bruma y la penumbra del local, cualquier superficie reflectante se empañaría. Incluso si no fuera de bronce y emplearan un espejo de lujo importado de Occidente, la visión sería nula. Y, por encima de todo, aquella doncella parecía padecer de una falta de visión severa; probablemente el mundo no fuera para ella más que un conjunto de sombras desdibujadas.

Mientras intentaba descifrar el mecanismo del truco, dio comienzo el siguiente número. Sobre el escenario apareció una mesa inédita con diversos utensilios. Bai Suzhen asió con unos palillos una lámina metálica, fina y pequeña, y dispuso un plato hondo. El ayudante tomó ambos elementos, los colocó en una bandeja y recorrió el teatro para que los asistentes los inspeccionaran. La lámina no parecía ser más que una simple pieza de cobre pulido, de ese tono rojizo tan característico. El plato poseía profundidad suficiente para que el líquido que albergaba no se derramara durante el trayecto.

Como es natural, el tiempo apremiaba y no pudieron ascender a la planta superior, lo que provocó algunas quejas airadas de los espectadores de arriba. Era la diferencia de precio entre los asientos, los más humildes debían conformarse con una visión lejana.

Bai Suzhen recuperó la lámina y el cuenco de manos de su subordinado. Sumergió el metal en el líquido y situó el recipiente sobre una llama que habían preparado con antelación. Tras la inmersión, comenzó a recitar lo que parecía un conjuro arcano mientras iniciaba una danza ritual. En aquella sala sumida en la oscuridad y saturada de neblina, su figura parecía emanar una luminiscencia sobrenatural. Al concluir el baile, la joven tomó los palillos y exhibió la lámina. «¡Ha cambiado de color!», se sorprendió Maomao. El tono cobrizo se había transformado en un brillo plateado.

Los espectadores más cercanos exclamaron conmovidos:

—¡¡¡Oh!!!

—¡Ha convertido el cobre en plata!

—¡¿De verdad?!

Los que estaban lejos no lograban apreciar el detalle, pero ante el clamor general, comenzaron a agolparse hacia el frente. Los guardias impedían el acceso al estrado, pero desde aquella cercanía el cambio era innegable.

Bai Suzhen lavó la pieza con un líquido transparente y la secó con un paño. Entonces, en un giro aún más asombroso, la expuso directamente al fuego. Los vítores alcanzaron un estrépito ensordecedor.

—¡¡¡Ahora la plata se ha vuelto oro!!!

El fulgor plateado había transmutado en un dorado reluciente. La joven agitó la pieza con los palillos para templarla y la depositó sobre un plato. El asistente realizó una nueva ronda para mostrar a la asamblea la lámina, que ahora brillaba con la nobleza del oro.

—¿Puedes explicar esto...? —preguntó Jinshi, que observaba con los brazos cruzados y el gesto grave.

—Luego —sentenció Maomao con los ojos encendidos por la fascinación—. ¿Por qué no se limita a disfrutar de la función?

Sinceramente, pensaba que sería un pecado apartar la vista en aquel instante. Incluso si aquella mujer no fuera una deidad descendida de los cielos, lo que estaba ejecutando ante sus ojos poseía un valor intelectual incalculable. La joben boticaria vaticinaba que aquello había sido una exhibición de alquimia práctica que involucraba el uso de zinc y sosa cáustica para crear latón.



Tras aquel prodigio, Bai Suzhen ejecutó una serie de artificios cautivadores. Dispuso una piedra humedecida sobre un pliego de papel y, tras declamar un salmo rítmico, el papel comenzó a arder de forma espontánea. Acto seguido, hizo brotar de la nada mariposas que emprendían el vuelo solo para estallar en lenguas de fuego, reduciéndose a cenizas antes de desvanecerse en el aire. Cada truco era acogido con un clamor de júbilo por parte del público.

Finalmente, como colofón de la velada, la doncella presentó un fluido de un brillo argénteo y magnético. Bajo la mirada atónita del público, que contemplaba aquel líquido misterioso, la joven lo vertió en una pequeña copa y lo ingirió de un solo trago. Maomao estuvo a punto de incorporarse bruscamente, presa de la alarma; sin embargo, se contuvo a mitad del gesto y permaneció en observación, con el cuerpo en tensión.

—¿Han disfrutado de la velada?

Sin que su sonrisa flaqueara, la doncella descendió del estrado. En el interior del teatro, donde el fervor no decrecía, los espectadores desgranaban con entusiasmo lo acontecido. Algunos albergaban un brillo febril en la mirada; otros contemplaban el escenario con una devoción casi mística. No obstante, en la mesa de Maomao, el ambiente era de una sobriedad absoluta.

—Se respira una atmósfera inquietante —observó Jinshi, alargando por fin la mano hacia su copa.

—Señor Jinshi.

Maomao, movida por el instinto, interceptó su mano.

—Qué insolencia —le recriminó Bashin con un gesto de desagrado ante tal falta de protocolo.

—¿Quieres probarla por si tiene veneno? —preguntó Jinshi mientras dejaba la copa de nuevo sobre la mesa.

—Sí.

Maomao cogió la copa que tenía delante. Olisqueó el contenido con cautela y dejó caer una sola gota sobre su piel para comprobar si existía alguna reacción adversa inmediata. Tras verificarlo, se la llevó a los labios y lamió el borde para degustar una mínima fracción del brebaje.

—No puedo asegurarlo con certeza, pero parece tener un efecto estimulante bastante fuerte... No creo que sea veneno.

El grado de alcohol era bajo. Era fácil de beber, casi como un zumo de frutas, pero bajo esa dulzura subyacía un regusto de matices complejos. Habían infusionado diversos ingredientes, entre los cuales Maomao detectó una sutil nota salina. Simplemente habían sofisticado la bebida para potenciar los efectos del alcohol a pesar de su ligereza. Eso era todo.

A ello se sumaba el hipnótico balanceo de los farolillos, la penumbra estratégica de la sala, la bruma enigmática y la presencia casi onírica de la doncella. El conjunto de fenómenos inexplicables era el caldo de cultivo idóneo para que los presentes cayeran en una fe ciega. «¿Qué proporción de los asistentes habrá sucumbido ya al engaño? —se preguntó mientras daba un sorbo—. Sigue resultando excesivamente salada». Justo cuando pensaba que el sabor mejoraría sin aquel toque de sal... De forma repentina, Maomao introdujo un dedo en el vino y trazó unas líneas sobre la mesa, empleando el líquido como si fuera tinta.

—¿Qué estás haciendo?

—Conque era eso...

Sin ofrecer respuesta inmediata a la duda de Jinshi, la joven examinó el entorno con renovado interés. «Si aquel truco tenía esta explicación, ese otro también debe de ocultar un mecanismo similar», razonó, embriagada por la curiosidad científica. Se lamentó de no haber inspeccionado con mayor rigor los alrededores cuando estuvo sobre el escenario. ¿Qué se ocultaría en las alturas? La bruma era más persistente en ciertos puntos, la temperatura era elevada, sintió una punzada en las sienes y su concentración se vio alterada por un zumbido imperceptible. «¡La niebla...!», dedujo entonces. Probablemente se tratara de vapor de agua liberado desde la tramoya, lo que justificaría el calor. ¿Y el dolor de cabeza? Aquella sensación de tener un insecto zumbando cerca... En el instante en que la hipótesis cobró forma en su mente, vislumbró a Bai Suzhen al fondo. Maomao se llevó un dedo a los labios y sopló con fuerza.

—¿A qué viene eso de ponerse a silbar? —preguntó Bashin, mirándola de reojo.

El sonido fue tenue y, dado el alboroto reinante, no debería haber tenido gran alcance. Sin embargo, Bai Suzhen pareció estremecerse y buscó con la mirada el origen del sonido. «¡Eureka! Así que era eso». Maomao esbozó una sonrisa de suficiencia y sugirió a Jinshi y al resto de la comitiva que era momento de abandonar el recinto.



El gélido frío del invierno calaba hasta los huesos. En circunstancias normales, lo idóneo habría sido buscar refugio en una taberna próxima para conversar; sin embargo, transitar por la vía pública con los rostros enmascarados habría resultado excesivamente sospechoso. Sin más alternativa, decidieron hacerlo en la intimidad del carruaje. Bien podrían haber aguardado hasta alcanzar la Casa Verdigris, pero Jinshi y sus dos acompañantes parecían consumidos por la urgencia de desentrañar los misterios de la velada.

Maomao comenzó disertando sobre el procedimiento para transmutar el cobre en plata y, posteriormente, en oro.

—Se parece mucho a lo que se llama «técnica de lo amarillo y lo blanco» —explicó, refiriéndose a la rama de la alquimia centrada en la producción de oro y plata.

Quizá si hubiera empleado el término genérico (alquimia), habría resultado más inteligible. La pólvora, de hecho, no era sino un subproducto accidental de este arte arcano. Dicha técnica consistía, en esencia, en la pretensión de elevar los metales viles a la categoría de preciosos. Aunque la alquimia germinó como una disciplina para dilatar la existencia humana, la mayoría de sus métodos no eran sino supercherías. Constaba en las crónicas que diversos emperadores de dinastías pretéritas habían entregado su vida por seguir preceptos erróneos en su desesperada búsqueda de la inmortalidad.

Ciertamente, el espectáculo guardaba similitudes con tales ritos, pero para establecer una analogía precisa...

—Me parece que es algo mucho más cercano a la alquimia de las regiones occidentales.

—¿Del oeste? —inquirió Jinshi.

—En efecto —afirmó Maomao—. Solo conozco lo que me contó mi padre adoptivo; es la primera vez que lo veo con mis propios ojos. Él tuvo ocasión de presenciarlo en persona y comprendió su mecánica. No es que el cobre mude su naturaleza a la de la plata o el oro. Simplemente someten la pieza a un recubrimiento galvánico y, al exponerla al fuego, la sustancia reacciona creando una aleación que simula el aspecto del oro.

A ella le habría complacido experimentar por sí misma, pero su viejo siempre se mostró reticente a revelarle el ingrediente primordial. E incluso de haberlo hecho, es probable que no fueran sustancias de fácil adquisición en una botica convencional.

—Si quiere saber los detalles, pueden consultar a Luomen. De paso, me encantaría que luego me lo enseñara a mí —añadió con un brillo de ambición científica en sus pupilas.

En cuanto al papel que combustionó de forma espontánea, era factible lograrlo empleando derivados del proceso anterior. Asimismo, el artificio de las mariposas resultaba plausible si se partía de la premisa de que estaban confeccionadas con un papel de seda extremadamente volátil. El público tenía la visión enturbiada por la neblina y, además, los sentidos aletargados por un alcohol estimulante. Si incluso Jinshi y los demás, que se mantuvieron sobrios, se sintieron desorientados, era natural que el resto no advirtiera el embuste. Por cierto, aquellas mariposas de papel evocaban una técnica de ilusionismo tradicional de las islas orientales conocida como Wazuma, donde se emplea la corriente de aire de un abanico para dotar de vida a figuras de papel.

—Entonces, ¿cómo es posible que adivinara lo que has escrito?

—Sobre eso...

Maomao solicitó a Gaoshun un estuche de escritura portátil y dos hojas de papel de fumar. Dispuso una sobre la otra y, con un pincel generosamente cargado de tinta, trazó un «7». Acto seguido, mostró a Jinshi la hoja inferior.

—Se ha traspasado la tinta.

Allí se apreciaba, pese a los trazos discontinuos, un «7» perfectamente legible.

—Exacto. A eso me refiero.

—Aunque digas eso, si el papel que usaste fuera de los que se calcan, se habría dado cuenta cualquiera.

—Efectivamente. Pero se calcó.

Bajo el papel que Maomao empleó en el escenario había una almohadilla negra. Al ser tan oscura, la tinta filtrada resultaba invisible al ojo humano. Recordó que, al facilitarle el pincel, este estaba saturado de una tinta extrañamente densa y granulosa.

—Creo que esa tinta contenía algo más que hollín.

Sal, por ejemplo. Disuelta en la tinta. Al escribir, el líquido se filtraba por el papel poroso y empapaba la almohadilla. ¿Qué sucedía tras la evaporación? La sal se cristalizaba en la superficie, revelando el trazo. Por supuesto, la sal no era sino una posibilidad, pero con un método análogo resultaría sencillo descifrar lo que se había escrito.

—¿Y cómo supo en qué tubo estaba el papel?

—Por el sonido.

—¿El sonido?

En el teatro, el clamor de los gongs y cascabeles era constante. No obstante, oculto tras ese estruendo, había otro sonido fundamental.

—Al subir allí, me empezó a doler mucho la cabeza. Seguramente se emitía un sonido de una frecuencia tan alta que resulta imperceptible.

Los sonidos de alta frecuencia pueden provocar malestar físico en los oídos. Aunque no lo identificara de forma consciente, Maomao experimentó una incomodidad instintiva.

—¿Un sonido agudo?

—Sí —Maomao profirió un silbido—. Esto es audible para todos, ¿verdad?

—Claro, no estoy sordo —repuso Bashin.

—¿Y esto?

Maomao ajustó el silbido hasta alcanzar el registro más agudo posible. Jinshi y Bashin permanecieron imperturbables, pero Gaoshun ladeó la cabeza tras un breve instante.

—Yo lo oigo.

—Yo también.

—Yo... también lo he oído.

La confirmación de Gaoshun llegó tras una ligera vacilación.

—Me alegro. Es una capacidad que se desvanece inexorablemente a medida que uno envejece. Cada persona percibe un espectro de frecuencias distinto.

Gaoshun quedó petrificado ante tal revelación. Pese a que su espíritu se sentía joven, el cuerpo no perdona el transcurso del tiempo. Incluso entre gente de la misma edad existían disparidades; del mismo modo que la agudeza visual varía, lo propio ocurre con la auditiva. Y aunque no sea una verdad absoluta, en ocasiones quienes padecen de una visión precaria desarrollan un oído más fino como mecanismo de compensación.

—Esa doncella debe de tener un oído extraordinariamente sensible.

Reaccionó al silbido de Maomao a pesar del ruido ambiental. Seguramente se entrenaba con tesón para distinguir las sutiles variaciones de silbatos específicos. Por ello no había instrumentos de viento en la sala; el centenar de tubos de la caja actuaban como una flauta de Pan. Al introducir el papel a presión, Maomao estaba, en efecto, obturando un orificio y alterando la resonancia.

—¿Insinúas que puede distinguir cien sonidos distintos? ¿Y quién sopla, si se supone que la caja es la flauta?

—Esa es una posibilidad, pero existe un método más infalible.

El sonido del gong y los cascabeles. Si se emplearan como señal para que un cómplice hiciera sonar un silbato, por ejemplo, diez veces seguidas. Como la caja estaba velada por una tela, el asistente podía manipular la entrada de aire desde un flanco sin ser advertido. No es preciso memorizar cien sonidos si se puede segmentar la búsqueda en grupos de diez.

—Y en cuanto a cómo soplaba, la neblina lo explica todo.

La neblina no era sino vapor de agua. Supongamos que calientan agua en las sombras para generarlo. ¿Y si canalizaran ese vapor a presión por debajo de la mesa? La atención de todos estaba cautiva por el tablero; nadie reparó en la estructura oculta del mueble.

—¿Les convence la explicación?

—Sí.

Jinshi y Bashin asintieron. Solo Gaoshun permaneció con la mirada perdida mientras se frotaba el pabellón auditivo con aire pensativo.

Por último, Maomao fijó su mirada en Jinshi con una seriedad absoluta y procedió a explicar la naturaleza del líquido plateado que la doncella ingirió al final de la función.

—Eso es un veneno mortal. ¿Sería posible que hallara la ocasión de exponerlo ante los altos dignatarios para evitar que cualquier incauto intente emular tal temeridad?



Jinshi poseía una agudeza intelectual suficiente como para entender mucho más de lo que se le exponía de forma explícita. Aun así, en esta ocasión, parecía que la otra parte les llevaba ventaja. Transcurridos apenas unos días, el espectáculo de Bai Suzhen se desvaneció de la capital sin dejar rastro alguno, como una exhalación en la noche. En su lugar, quedó una estela de inquietantes defunciones por envenenamiento que segaron la vida de varios comerciantes prominentes de la ciudad. ¿Cuál era el auténtico propósito de aquella doncella que simulaba ser la serpiente blanca? Partió hacia lo desconocido, legando tras de sí un enigma irresuelto. (NT: Maomao resolvió el «cómo», el «por qué» quedó en el aire. ¿Cuál era el objetivo final de esa puesta en escena? ¿Era simplemente una estafa para sacar dinero a los comerciantes? ¿Fue una maniobra política para identificar a altos cargos vulnerables? ¿Las muertes posteriores por envenenamiento fueron ejecuciones planeadas o efectos secundarios de sus artes místicas?)


Desde tiempos remotos, los poderosos de cada era perseguían con denuedo el elixir de la eterna juventud. En su ignorancia, ingerían como panacea aquella plata fluida que, pese a su naturaleza metálica, posee la ductilidad del agua, sin sospechar siquiera que tal práctica no hacía sino precipitar su propio ocaso. A esa sustancia argéntea y enigmática se la conoce en los tratados de alquimia simplemente como mercurio.

La boticaria se entregaba a la reflexión sobre el destino que habría aguardado a la doncella tras la ingesta de aquel metal. Si el mercurio atraviesa el tracto digestivo y se expulsa del organismo en su estado elemental y líquido, no resulta necesariamente letal. Sin embargo, si llega a inhalarse en forma de vapor o si se transmuta al combinarse con otros elementos, se torna en un veneno de una virulencia devastadora para el sistema nervioso. Al fin y al cabo, el veneno y la medicina son las dos caras de una misma moneda; su esencia reside únicamente en la dosis y la voluntad de quien los administra.Esa noche, Maomao contempló el rojo carmesí del cinabrio antes de depositarlo con suma cautela en el estante de los fármacos de su botica. (NT: El cinabrio es un mineral pesado, blando y de color rojo brillante, compuesto principalmente por sulfuro de mercurio, siendo la principal mena de donde se extrae el mercurio o azogue. Es muy apreciado históricamente como pigmento rojo intenso en arte, manuscritos y cosméticos, pero también se usaba en rituales funerarios y se le atribuyen propiedades energéticas.)



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