
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
(NT: La leyenda de la serpiente blanca es un famoso mito chino sobre un espíritu de serpiente blanca, llamado Bai Suzhen, que se transforma en una hermosa mujer y se enamora de un hombre mortal, Xu Xian, desafiando las convenciones y la oposición de un monje celoso, Fa Hai, para quien el amor prohibido entre un demonio y un humano es un sacrilegio, resultando en una historia de amor, sacrificio y la eterna lucha entre el destino y el deseo. Cuenta con numerosas adaptaciones en óperas, películas y series chinas.)
—¡Con razón me parecía que últimamente teníamos pocos clientes...!
La hermana Meimei, recostada con su habitual elegancia, alineaba las piezas sobre el tablero de Go. Frente a ella, la pequeña aprendiz a su servicio colocaba una ficha tras una prolongada deliberación; ambas se hallaban absortas resolviendo un tsumego, un complejo acertijo táctico del juego. (NT: Un tsumego es un problema de entrenamiento fundamental en el juego de Go en el que se ejercita la capacidad de visualizar en el tablero varias jugadas por delante y permite a los iniciados aplicar tácticas y estrategias en situaciones críticas de las partidas reales.)
—A esos grandes señores y altos dignatarios les pierde cualquier novedad, por extravagante que sea —comentó la hermana Joka mientras exhalaba el humo de su pipa.
Maomao, mientras tanto, se dedicaba a moldear la moxa para el tratamiento de moxibustiones que las damas le habían solicitado. (NT: La moxibustión es una terapia milenaria de la Medicina Tradicional China que usa el calor de la hierba seca de artemisa (moxa), en forma de puro o cono, aplicada directamente o cerca de puntos de acupuntura para estimular el flujo de energía y sangre, combatir el frío y la humedad, y equilibrar el cuerpo para tratar dolores, fatiga, problemas circulatorios y más. Se puede combinar con acupuntura y debe ser realizada por un profesional para regular el bienestar general y tratar dolencias específicas.) Puesto que ambas padecían de ciclos menstruales especialmente pesados, la boticaria solía estimularles ciertos puntos de presión mediante la cauterización con artemisa para mitigar las punzadas del malestar.
Al parecer, un cliente con el que Meimei había disputado una partida el día anterior le relató la aparición de una joven cuya estampa evocaba la de una doncella celestial; una figura más exótica y singular, si cabe, que las Tres Princesas de la Casa Verdigris.
—Al final va a resultar que nuestra edad ya empieza a incomodar. Con lo que nos han lisonjeado siempre, tratándonos como a las joyas más preciadas... —masculló Joka con un deje de amargura.
Maomao asintió en silencio mientras instaba a Joka a tumbarse sobre su vientre. Dispuso la pequeña pirámide de moxa sobre la piel y le prendió fuego. Un suspiro de matices sugerentes escapó de los labios de la cortesana mientras los dedos de sus pies se contraían por el calor. La boticaria sintió la tentación de comentarle que, a juzgar por su vigor, aún estaba en plena forma.
—Según cuentan, tiene el cabello completamente blanco. Si fuera solo eso, se podría decir que son canas, pero...
—Dicen que también tiene los ojos rojos —añadió Meimei.
«¿Cabello blanco y ojos rojos...?», meditó Maomao, y asintió reconociendo para sus adentros que, en efecto, se trataba de una apariencia excepcional.
Tras concluir con Joka, preparó la moxa para Meimei, quien asomó sus esbeltas piernas por debajo del dobladillo de su kimono. Maomao apartó la tela con suma delicadeza para evitar cualquier quemadura accidental, colocó la artemisa y le prendió fuego.
—Entiendo lo del pelo, pero ¿los ojos rojos? ¿Entonces es una albina?
—Eso parece —murmuraron las cortesanas al unísono.
La aprendiza que todavía no se había decidido por dónde colocar la ficha de Go no alcanzaba a comprender la naturaleza de tal condición y tiró con timidez de la manga de Maomao. Se trataba de Zulin, la pequeña que había roto en llanto días atrás al presenciar cómo Jinshi degustaba las langostas. Ella entornó los ojos con un leve fastidio, pero ante el gesto asustadizo de la niña, no tuvo más remedio que ofrecerle una explicación pedagógica.
—Es raro en humanos, pero a veces nacen niños que carecen de pigmento desde su nacimiento. Tienen el cabello y la piel blancos, y los ojos se les ven rojos porque se transparenta la sangre del fondo. A eso se le llama albinismo.
Era un fenómeno que también se manifestaba en el reino animal. A las serpientes o los zorros blancos se les consideraba mensajeros de buen agüero y se les veneraba como deidades, pero ¿cuál era el destino de los humanos? Se decía que en tierras remotas existía la lúgubre creencia de que estos niños de piel nívea eran una panacea viviente, llegando incluso a existir la costumbre de intentar ingerirlos para alcanzar la sanación. No obstante, tales historias no pasaban de ser patrañas supersticiosas. Maomao había aprendido de su padre, Luomen, que aunque tuvieran el cabello y la piel blancos, aquello no era más que una carencia de pigmentación; su interior no difería en absoluto del resto de los mortales. Ella misma había capturado una vez una serpiente blanca y recordaba que era una criatura de una belleza verdaderamente fascinante. En este caso, parecía que los caballeros de la capital estaban deificando a la joven como si fuera una doncella sagrada, obnubilados por su rareza.
—Seguro que esos necios se cansarán pronto.
—Ese es el tema... —repuso Meimei mientras estiraba la otra pierna—. Aseguran que realmente domina artes místicas.
Ante tal afirmación, la ceja de Maomao se arqueó de forma imperceptible.
Se afirmaba que aquella doncella poseía la facultad de escrutar el alma humana y de transmutar el metal en oro. Era un relato tan inverosímil que a uno le daban ganas de humedecerse la ceja con un poco de saliva, una antigua superstición para evitar que el embrujo de un zorro o un espíritu maligno te nublara la vista. Sin embargo, los curiosos e incautos sucumbían al engaño con pasmosa facilidad. Lo que comenzó como una exhibición en una modesta barraca de feria se había transformado, según los rumores, en un espectáculo de tal calibre que habían arrendado un teatro en el corazón de la capital.
Ricos y poderosos se congregaban para presenciar la función, que se celebraba una sola vez al caer la noche; no era de extrañar, por tanto, que el malestar cundiera entre las cortesanas del barrio del placer. Cuando los clientes regresaban tras una prolongada ausencia, no hacían sino deshacerse en halagos hacia la belleza sobrehumana de la doncella y elogiar sus dotes místicas, algo que a las damas de la Casa Verdigris no les hacía la más mínima gracia.
Con una merma en los ingresos cercana al veinte por ciento, incluso la madame golpeaba su pipa de largo mástil con inusitada violencia contra el cenicero. Si bien la afluencia de clientes para las cortesanas de rango medio no había fluctuado, la Casa Verdigris se distinguía por ser un burdel de alta alcurnia. El hecho de que los señores más refinados cruzaran o no su umbral marcaba la diferencia entre la opulencia y la austeridad en los libros de cuentas.
—Si no es más que un espectáculo, con verlo una vez debería bastar —murmuró Maomao para sí misma.
—No te creas —replicó Ukyou, el jefe de los sirvientes.
Aquel hombre, que ya rondaba los cuarenta, parecía exhausto tras lidiar con las excentricidades de Chue y Sazen. Estaba disfrutando de un breve resuello antes de que el encendido de los farolillos anunciara el inicio de la actividad nocturna, devorando con apetito un generoso bollo de carne. Maomao le sirvió un té preparado con las hojas de una tetera ya utilizada anteriormente y él, tras expresar su gratitud, apuró el cuenco de un trago.
—Conoces los secretos de la alquimia, ¿verdad?
—A buenas horas me lo preguntas.
La alquimia: el arte arcano de sintetizar el elixir para alcanzar la inmortalidad y convertirse en un sabio ermitaño. Era imposible que a Maomao no se le hubieran iluminado los ojos cuando su padre le habló de ello por primera vez, aunque recordaba vívidamente la advertencia inmediata de Luomen: «Jamás intentes emular tales prácticas». En definitiva, se trataba de una disciplina tan fascinante como sospechosa.
—¿Insinúas que quieren embaucar a los nobles con la promesa de la vida eterna?
—Bueno, a su insólita apariencia se suma el hecho de que, supuestamente, es capaz de leer las intenciones del corazón.
—Vaya, vaya.
¿Qué pensaría un alto dignatario que acudiera escéptico y viera sus secretos más íntimos expuestos? Sus burlas podrían transformarse en fe. Y quizá, en ese estado de sugestión, llegaría a creer que el elixir de la inmortalidad era una realidad tangible. «Como si tales estupideces pudieran ser posibles», refunfuñó Maomao internamente. Ella misma conocía la tragedia de alguien que, tras investigar la medicina de la inmortalidad, acabó descubriendo la de la resurrección. Debió de ser un médico excepcional, pero ahora, debido a los terribles efectos secundarios, no quedaba ni la sombra de lo que un día fue.
La joven apretó los puños con fuerza. Sabía que lamentarse no servía de nada, pero no podía evitar pensar que, con el intelecto de aquel hombre, se podrían articular medidas mucho más eficaces contra la plaga de langostas que asolaba el imperio. El desastre aún no había concluido; lo que se decidiera en este instante podría alterar el curso de la historia. Mientras Jinshi y sus allegados se consumían buscando soluciones para la catástrofe inminente, le provocaba un hondo suspiro ver a otros altos oficiales tan despreocupados.
No obstante, la curiosidad de Maomao empezaba a picar ante las supuestas artes de aquella doncella celestial.
—O sea, ¿que esa doncella atrae a los clientes usando como gancho el elixir de la inmortalidad?
—No sé hasta qué punto. Solo reproduzco lo que comentaban los subordinados de los oficiales —dijo Ukyou mientras engullía el último bocado del bollo y lo acompañaba con el resto del té.
Ya era la hora de que las lámparas de aceite comenzaran a parpadear en la penumbra.
—Si tanto interés te despierta, ¿por qué no vas a verla?
—No puedo permitirme el precio de una entrada tan cara.
—Pues pídele a alguien que te invite —sugirió Ukyou mientras le guiñaba el ojo derecho con pericia antes de retirarse a toda prisa.
«¿A quién iba a...?», se figuró Maomao, antes de soltar un bufido de desdén porque, como era de esperar, solo un rostro le vino a la mente.
Habría resultado mucho más sencillo que declinara la propuesta alegando una agenda desbordada por los asuntos de Estado. No obstante, en cuanto se le mencionó el asunto, mostró un interés genuino. Es más, al parecer los rumores sobre la doncella albina ya habían llegado a oídos de Jinshi y su curiosidad se había despertado de forma pareja a la de Maomao. Sin mediar más dilación, le ordenó que se dispusiera para partir de inmediato.
Con tal propósito en mente, ella se vistió con una sobrecamisa de algodón; una prenda de una calidad excepcional que había obtenido en la sastrería. Aunque el color de la tela resultaba excesivamente vívido para su gusto, habría sido una descortesía (y un despilfarro) no aceptarla sin coste alguno. Y sería un pecado aún mayor dejar que languideciera en un baúl sin darle uso.
Al salir al exterior debidamente pertrechada contra el frío, el carruaje ya aguardaba su llegada. Las sombras de la noche se habían adueñado del cielo, desde donde descendían copos de nieve tan densos y hermosos que recordaban a los pétalos de las peonías en plena floración. Maomao había actuado con sigilo; si se lo hubiera confiado a Chue, este habría insistido en acompañarla, de modo que dejó a su hiperactivo inquilino bajo la tutela de Ukyou mientras este le servía la cena.
—¿Nos vamos?
Ante la señal de Gaoshun, Maomao entró en el carruaje. Allí se encontraba Jinshi, quien ya se había despojado de la máscara que solía ocultar su identidad en ciertos círculos. Ella realizó una reverencia pausada y, tras recibir el gesto de asentimiento para tomar asiento, ocupó su lugar.
—Señor Jinshi, ¿va a ir con el rostro cubierto? —preguntó Maomao, con expresión de extrañeza.
—Así es —contestó Jinshi, por el contrario, con un rostro sereno—. No te preocupes. No habrá ningún problema.
Tras estas palabras, el carruaje inició su marcha, perdiéndose en la penumbra de la capital.
El teatro que servía de escenario a la doncella se alzaba en el corazón de la capital, orientado hacia el este, en la médula de la zona más próspera de la urbe. Era un distrito vibrante, cuajado de establecimientos comerciales y colindante con los barrios residenciales de la aristocracia. Resultaba paradójico que un recinto consagrado habitualmente a las artes escénicas albergara ahora el recital de un supuesto ser místico. «Vaya una doncella más mundana», reflexionó Maomao para sus adentros, restándole importancia al asunto.
Debido a su singular apariencia, la joven era conocida como Bai Suzhen, nombre que evocaba a la legendaria dama de la serpiente blanca de los antiguos mitos. Al descender del carruaje, una multitud considerable ya aguardaba en procesión. En la recepción, un hombre recaudaba el dinero de las entradas y guiaba con presteza a los asistentes hacia el interior. «Ya veo...», advirtió la boticaria al observar el proceder.
—¿Ves como no había problema?
Maomao percibió la complacencia en el rostro de Jinshi, a pesar de que este se hallaba oculto de nuevo tras la máscara. Gran parte de la concurrencia portaba antifaces o sutiles velos de gasa para preservar su anonimato. Sobre la cabeza de la joven, Gaoshun había dispuesto también un velo de procedencia incierta. Si la nobleza y los poderosos acudían a deleitarse con tales espectáculos, cabía pensar que se dejaban arrastrar por la frivolidad, o quizá solo buscaban el esparcimiento propio de las festividades. Una atmósfera de misterio e irrealidad amenazaba con envolverlo todo.
El teatro presentaba el escenario al fondo, frente al cual se distribuían decenas de mesas. La estructura era diáfana, permitiendo una visión clara desde la planta superior; el aforo superaba con creces el centenar de personas. Aunque las estancias del palacio interior poseían dimensiones más vastas, este recinto estaba diseñado con ingenio para que ningún espectador perdiera detalle de la función. Por ello, los relieves que ornaban columnas y vigas eran de una factura exquisita. De las techumbres pendían soberbias lámparas de aceite, cuya luz guiaba sus pasos a través de la penumbra reinante.
El lugar destinado a Jinshi era el segundo asiento por la izquierda desde el escenario. En la mesa central de la primera fila, un hombre corpulento se hallaba rodeado por un séquito de jovencitas.
—Mis disculpas. Me ha sido imposible asegurar los asientos de honor en el centro.
Quien pronunció estas palabras con tono de arrepentimiento fue un joven que se les había unido de forma casi imperceptible. Por el timbre de su voz, Maomao supo de inmediato que se trataba de Bashin, el hijo de Gaoshun, pese a la máscara que también cubría su rostro. La mesa estaba dispuesta para cuatro comensales, por lo que, con la presencia de Gaoshun, el grupo quedaba completo.
—No te atormentes. De hecho, hubiera preferido una ubicación algo más discreta —comentó Gaoshun.
Ciertamente, por muy herméticas que fueran sus máscaras, el mero hecho de ocupar los asientos más privilegiados permitía al resto de los presentes conjeturar sobre su estatus y fortuna. Por lo que se alcanzaba a distinguir, el individuo de la mesa central no parecía más que un advenedizo, un nuevo rico que hacía ostentación de sus caudales. Si la memoria no le fallaba, ¿no era aquel el mercader de telas que últimamente se daba aires de grandeza en el barrio del placer?
Apenas hubieron tomado asiento, unas camareras de sonrisa radiante les ofrecieron unas copas. Maomao, por puro instinto, las olisqueó.
—Es alcohol. ¿No vas a beber?
A ella no le disgustaba el licor, pero deseaba observar a aquella supuesta Bai Suzhen con los sentidos bien afilados.
—Lo tomaré después. ¿O prefiere que lo pruebe primero por si tiene veneno?
—No, no hace falta.
Jinshi imitó el gesto y dejó la copa sobre la mesa. Ante eso, a Gaoshun y a Bashin no les quedó más remedio que secundar a su señor. Por lo que veían a su alrededor, el vino de las copas parecía bastante bueno. «Pobrecillos, podrían habérselo bebido ellos», pensó la boticaria mientras dirigía su atención hacia el escenario.
Una neblina blanca inundó la estancia en sombras. Entonces, bajo el estruendo de un gong, la protagonista emergió de entre las cortinas como si irradiara una luz propia. Era una doncella de piel blanca y vestiduras inmaculadas, con una cabellera lisa del mismo tono albo descendiendo por su espalda. En medio de aquella palidez absoluta, sus labios teñidos de carmín y sus ojos destacaban con una fuerza hipnótica. Mientras el eco del gong resonaba, la joven se situó en el centro del escenario, ante una mesa preparada con sumo refinamiento.
La joven se apostó frente a ella y mostró un papel que aguardaba sobre la superficie. En él se apreciaba un diagrama con la disposición exacta de la sala y las mesas. Acto seguido, un hombre ataviado de blanco ascendió al estrado. Su cabello era negro como el azabache, pero en lo demás vestía de forma idéntica a la doncella, revelando su condición de subordinado. El hombre tomó el plano de las manos de la joven y lo fijó en la pared del fondo. Sin previo aviso, lanzó un objeto hacia el papel.
Debía de ser algún tipo de cuchillo arrojadizo. Aquel objeto elongado perforó el pliego y se hundió en la pared, la cual formaba parte de un decorado dispuesto con antelación para que cualquier objeto punzante se clavara en él con facilidad.
—Y bien, el cliente que se sienta en esta mesa es...
Había un agujero en el papel. Coincidía con exactitud milimétrica con el segundo asiento por la izquierda de la primera fila.
—Es aquí.
—Somos nosotros.
En efecto, se trataba del lugar que ocupaban Maomao y sus acompañantes.
—¿Qué hacemos?
—¿Y me lo pregunta a mí?
Jinshi no parecía tener la menor intención de atraer las miradas ajenas sobre su persona. Gaoshun, por su parte, ya no poseía la edad ni el temperamento para dejarse seducir por tales espectáculos. En cuanto a Bashin... el joven parecía debatirse en una silenciosa inquietud. Su semblante traslucía un anhelo contenido: «Me gustaría salir, pero me da apuro postularme yo mismo». Dada su naturaleza austera y circunspecta, le resultaba imposible ser honesto con sus propios impulsos. No obstante, ante la inmovilidad general, no quedaba otra opción.
—Entonces, iré... —comenzó a decir el joven.
—Ve tú —sentenció Jinshi, señalando a Maomao—. Es una oportunidad inigualable para observarla de cerca.
—...
A su lado, Bashin, que ya se disponía a incorporarse, se quedó petrificado, presa de la estupefacción. Le habría encantado delegar la tarea con astucia, pero su carácter no conocía tales dobleces.
—Está bien, iré yo.
Dejando atrás a un Bashin cuyos hombros se hundían bajo el peso de la decepción, Maomao ascendió al estrado. Bajo la luz vacilante de las lámparas de aceite, la doncella se antojaba aún más etérea y resplandeciente. Su piel poseía una blancura tan absoluta que permitía vislumbrar el sutil trazado de sus venas; no era, a todas luces, fruto de la aplicación de cosméticos para emblanquecerla.
—¿Podrías escribir un número del uno al diez? —solicitó con una voz tan grácil que parecía a punto de desvanecerse en el aire.
Para reforzar sus palabras, el asistente que la acompañaba repitió la instrucción con voz potente.
—Escríbelo de forma que yo no pueda verlo y dóblalo muy pequeño para que nadie más lo vea.
Tanto la doncella como su ayudante se dieron la vuelta, concediéndole privacidad. Maomao procedió a escribir el número con el pincel que le habían facilitado. El instrumento estaba excesivamente cargado de tinta, lo que dificultaba la caligrafía. Su trazo resultó algo tosco, señal de que la calidad del pigmento dejaba mucho que desear. Había una almohadilla bajo el papel para evitar que la tinta traspasara y manchara el mobiliario. Tras consignar el número, dobló el papel hasta convertirlo en un diminuto cuadrado.
—Ya está.
Al oírla, ambos se giraron. El hombre trajo consigo un ingenioso armazón rodante, mientras que la mesa anterior fue retirada tras las bambalinas. Sobre el carro reposaba una caja que contenía una multitud de tubos insertados: una matriz de diez por diez, en vertical y en horizontal, sumando un centenar en total.
—¿Podrías depositar ese papel en uno de ellos, por favor?
Una vez más, le ofrecieron la espalda. Era un gesto innecesario, pues el acto quedaría oculto tanto para el público como para ellos mismos. Maomao enrolló el papel aún más, reduciendo su tamaño, y lo introdujo en uno de los cilindros. El papel era dúctil, pero el diámetro del tubo era tan estrecho que la tarea le exigió cierto esfuerzo.
Al concluir, cubrió la caja con una fina tela para ocultar su contenido. El asistente desplazó nuevamente el artefacto, situándolo en otra mesa al borde del escenario. La gasa era tan liviana que ondulaba suavemente ante el menor movimiento de aire.
—Hecho.
En el instante en que pronunció aquellas palabras, el estruendo del gong vibró en toda la estancia. Maomao no pudo evitar que sus ojos se dilataran por la sorpresa, aunque agradeció que el velo ocultara su reacción. Sin embargo, por alguna razón, Jinshi lo advirtió desde la distancia y ella pudo ver cómo sus hombros se sacudían presa de una risa contenida. «Qué individuo tan irritante», gruñó para sus adentros.
La doncella esbozó una sonrisa y le tendió la mano. Maomao aceptó el gesto y sintió cómo una mano gélida y blanca aferraba su muñeca. En ese momento, el aire se llenó con el tintineo de unos cascabeles. La joven clavó su mirada en ella. «Ah, debe ser que es...», reflexionó la boticaria al percatarse de que la muchacha parecía no ver bien. Sus globos oculares realizaban movimientos erráticos de vez en cuando; algo lógico si se tiene en cuenta que, al carecer de pigmento en el iris, la luz debía de herirle los ojos con una intensidad insoportable. Mientras estas ideas cruzaban su mente...
—El número que has escrito es el siete, ¿verdad?
—¡¿...?!
—He acertado.
Sus labios carmesíes se curvaron en una sonrisa. Aquella expresión, unida a sus pupilas escarlatas, evocó en Maomao el recuerdo de la serpiente blanca que había capturado tiempo atrás. Cuando intentó asarla para probar su carne, su padre la reprendió severamente; le advirtió que no debía tocarla por ser una enviada de los dioses, aunque ella sabía bien que no había divinidad alguna en un reptil. Su padre a veces hacía gala de una moralidad exasperante, a pesar de compartir él mismo esa piel desprovista de color que nada tenía que ver con lo sagrado.
Justo cuando sentía que iba a ser absorbida por esas pupilas rojas, el gong y los cascabeles volvieron a resonar. Quizá fuera por la neblina que impregnaba el ambiente, pero empezó a notar un calor inusual y una leve punzada en las sienes. Justo cuando la irritación empezaba a aflorar, como si un insecto impertinente zumbara cerca de sus oídos... la doncella volvió a hablar.
—En la tercera desde arriba, el segundo por la izquierda.
—...
—¿Qué te parece?
El asistente retiró la gasa y mostró el contenido del artefacto al público. Extrajo el segundo tubo de la tercera fila superior e introdujo una varilla delgada en su interior para recuperar el mensaje. Al desdoblar el papel ante los ojos de todos, apareció nítidamente el número «7». No cabía duda: era el trazo que la mano de Maomao había escrito.
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