
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
No obstante, en un palacio interior donde el consultorio médico oficial resultaba a menudo inoperante, la existencia de un recinto como la enfermería se antojaba indispensable. Al parecer, aunque bajo la estricta supervisión de los eunucos, la clausura ha sido revocada recientemente. Sin embargo, todo el inventario que albergaba el lugar cuando Maomao fue sustraída del palacio fue confiscado por las autoridades, incluyendo la enciclopedia entomológica que la joven boticaria tanto anhelaba consultar.
—Con esto debería bastar, ¿no?
Jinshi le tendió el tercer volumen. Al parecer, en esta jornada finalmente se le había concedido un respiro de sus abrumadoras obligaciones. En el exterior de la botica, Gaoshun debía de estar aceptando el té que le ofrecía una de las aprendizas con su habitual cortesía.
—Con su permiso.
Maomao tomó el libro y comenzó a hojearlo con celeridad. Halló una sección densamente poblada de anotaciones marginales. Al abrirla con delicadeza, una profusión de documentos manuscritos se deslizó desde el interior. Dispuso la enciclopedia abierta sobre el suelo para que Jinshi pudiera examinarla y comenzó a alinear los papeles con meticulosidad.
—¡Eso es!
Ante ellos se desplegaba una multitud de ilustraciones de insectos trazadas con un celo encomiable. Eran dibujos morfológicamente similares, pero la inscripción «langosta migratoria» confirmaba su identidad. Había representaciones del espécimen completo, estudios detallados de las extremidades o las alas, e incluso diagramas de su anatomía interna. Aunque los pigmentos habían perdido parte de su intensidad, la policromía de los dibujos testimoniaba la diligencia científica del autor. Maomao los clasificó en dos grupos principales, o tres si se aplicaba un criterio más riguroso, mientras cotejaba las descripciones del tratado.
—Parece que esta es la langosta que se ve normalmente.
Señaló un ejemplar de tonalidad verdosa. En la vista general no se apreciaba con claridad, mas al examinar el detalle de las alas, estas resultaban sensiblemente más cortas en comparación con los otros especímenes.
—Y la que se cree que aumentará este año es esta. Según dice, es de la clase de las que provoca las plagas.
Jinshi poseía la capacidad de descifrar el texto por sí mismo, pero Maomao optó por explicarlo en voz alta de forma deliberada. Al verbalizar la información, los datos se grababan con mayor nitidez en su memoria. Supuso que el silencio de Jinshi obedecía a que comprendía y respetaba tal intención pedagógica. La langosta representada en tonos marrones poseía alas de una longitud superior a la verde.
—Y aquí dice que la pequeña plaga del año pasado podría haber sido causada por esta otra.
Tomó la ilustración de la langosta central. Presentaba una forma intermedia entre la verde y la marrón, y su coloración también se hallaba en un punto equidistante.
—Es decir, que tras pasar por varias fases, se convierten en esta langosta de color caqui, ¿no?
—Eso parece.
Cuando concurrían determinadas condiciones ambientales, las langostas alteraban la pigmentación de su cuerpo y la estructura de sus alas. Este fenómeno requería de varias generaciones, y en cada una de ellas su población se incrementaba exponencialmente. Las glosas en la enciclopedia añadían que el cambio morfológico era, en realidad, una consecuencia directa del aumento poblacional. En suma, las plagas a pequeña escala no eran sino el funesto presagio de un desastre de mayor magnitud.
—¿Insinúas que este año habrá una plaga mucho más grande?
—Así es, aunque no puedo calcular su alcance.
Lo que sí era seguro era que un error de juicio ante una plaga de langostas derivaría en una hambruna de consecuencias letales. No debían ser subestimadas por su humilde condición de insectos; en ocasiones, eran capaces de cubrir el cielo por completo y devorar hasta el último vestigio de cereal. Maomao, que se había criado en la capital, nunca había sido testigo de tal fenómeno, pero entre las cortesanas vendidas al distrito del placer desde las aldeas de regiones agrícolas, abundaban aquellas cuyas familias se habían visto absolutamente sin provisiones tras una plaga.
Además, el momento político no podía ser más inoportuno. La noticia del exterminio del Clan Shi el año anterior había resonado en todos los confines del imperio. Desde tiempos remotos, se decía que una plaga de langostas ponía a prueba la legitimidad del Mandato del Cielo. Por ello, no pocos súbditos creerían que, de aparecer la plaga, sería un castigo divino por las faltas del gobierno y una señal de que el Emperador había perdido el favor celestial. Que el incidente del Clan Shi y una catástrofe natural de tal calibre coincidieran en menos de un año resultaba altamente perturbador para la estabilidad del Estado.
Ahora bien, lo que tanto Maomao como Jinshi ansiaban descubrir no era solo el origen del mal. Si alguien había estudiado las plagas, también debería haber hallado el modo de conjurarlas. Pero... no figuraba anotación alguna sobre un remedio milagroso.
Maomao se sumió en sus pensamientos. Existía una relación de medidas preventivas que debían ejecutarse tras una plaga menor y antes de la eclosión de la siguiente. Todas ellas exigían una movilización humana masiva. Se enfatizaba la importancia de exterminarlas en su estado larvario y, para tal fin, se describía la elaboración de un insecticida que prometía eficacia. Al requerirse en grandes cantidades, la fórmula empleaba componentes de fácil obtención. Asimismo, en caso de que alcanzaran la fase adulta, recomendaba el uso de hogueras, siguiendo el método ancestral. «Como polillas atraídas por el fuego», reflexionó ella.
—No hemos obtenido información de gran relevancia sobre un remedio definitvo.
—Al contrario, si no lo hubiéramos sabido y lo hubiéramos dejado pasar, el desenlace habría sido catastrófico.
Jinshi se frotó las sienes con fatiga y desplegó sobre su regazo un mapa de vastas dimensiones. El pergamino abarcaba desde el corazón del imperio hasta los antiguos dominios del Clan Shi y las regiones del oeste. Diversos círculos rojos, trazados con tinta fresca, cubrían la geografía. Como detalle adicional, el centro se denominaba Provincia de Kaou (NT: Los carácteres que conforman el nombre de la Provincia Central, Kaou, significan «centro de la flor».), pero aún se desconocía bajo qué apelativo se designaría oficialmente al territorio del norte tras la caída de sus antiguos ocupantes.
—Son las ubicaciones de las aldeas que han informado de daños. ¿Puedes deducir algo con esto?
Maomao tenía entendido que las plagas solían eclosionar en las grandes extensiones de llanura. En efecto, todos los asentamientos marcados se situaban en las inmediaciones de llanuras aluviales.
—No soy una experta en el tema, pero... ¿Habrá tantas en las llanuras porque es más fácil que las langostas se críen allí?
—Es una deducción lógica. Pero en esta región no había ocurrido una plaga en décadas.
Jinshi circunscribió con el dedo una zona específica del mapa, colindante con los dominios directos del Clan Shi. Se trataba de un área agrícola de gran feracidad, flanqueada por densos bosques y macizos montañosos. Por alguna razón, Jinshi se puso a dar golpecitos en la zona forestal con un gesto de creciente irritación.
—Normalmente, si hay bosques cerca, los pájaros se comen a los insectos...
—Ese es el problema.
Aunque el norte era célebre por su riqueza maderera, parecía que los alrededores se habían transformado ya en páramos y cerros yermos. En el imperio, la tala indiscriminada estaba sujeta a una prohibición estricta desde el mandato de la Emperatriz Viuda. No obstante, tras el fallecimiento de esta, los hombres del Clan Shi se entregaron a la deforestación clandestina sin reportar actividad alguna al gobierno central. Enajenaban la madera en el mercado interno a precios desorbitados para ocultar el excedente y exportaban el resto a naciones extranjeras. Debido a este expolio sistemático, el ecosistema de la región se hallaba devastado.
—¿No será que... debido a eso, los pájaros desaparecieron y así se propició la plaga?
—Es muy probable.
Maomao percibió un rastro de amargura en el semblante de Jinshi. Quizás el desánimo del noble nacía de la esperanza de sufragar posibles crisis mediante los recursos forestales del norte. Tal vez planeaba que, si las cosechas sucumbían, se podría importar sustento con los réditos de la madera, pero ese pilar económico se estaba desmoronando. En ese instante, a ella se le ocurrió la razón política por la cual la Emperatriz Viuda impuso tales límites a la tala (posiblemente, para prevenir desastres naturales como este), pero decidió postergar tal reflexión.
Escrutó de nuevo la enciclopedia. Releyó las instrucciones para el insecticida y se incorporó para buscar un volumen en su propia estantería. Tras hojearlo, se lo presentó a Jinshi.
—Me temo que esta fórmula será insuficiente ante la magnitud del desastre. Aunque la eficacia disminuya, prepararé otras mezclas.
«¿Qué más se le ha ocurrido?», pensó Jinshi.
—¿Y si simplemente se queman los campos donde aparezcan las larvas? —propuso con pragmatismo.
—Mmm... Eso dependería del lugar. Pero sí, quemarlas sería lo más rápido, supongo.
Y la otra idea germinaba en la mente de la boticaria era...
—¿Y si se prohíbe la caza de gorriones?
Pese a que el vulgo los considera aves dañinas por consumir grano, los gorriones devoran una cantidad ingente de insectos. Si se actuaba antes de la maduración de la espiga, el perjuicio agrícola sería mínimo, aunque la medida despertaría las quejas de quienes comerciaban con ellos. No existían garantías sobre el éxito de tales acciones, mas el deber de un gobernante era mitigar las posibilidades adversas, aun cuando su labor no siempre sea reconocida por el pueblo.
—Prohibir la caza de gorriones... Si lo hacemos de repente, habrá una oposición feroz.
En los mercados de la capital, los gorriones asados eran una vianda común y asequible para las clases populares.
—Si hubiera algo que pudiera sustituirlos...
—¿Y si los platos de langosta fueran elevados a la categoría de cocina imperial? —sugirió Maomao como si fuera una idea brillante.
De ese modo, los insectos se transformarían en un ingrediente codiciado, el predilecto de la corte; la población se afanaría en su captura y, si el Emperador diese ejemplo consumiéndolas, los oficiales harían lo propio para granjearse su favor. No obstante...
Jinshi quedó petrificado. El hombre que habitualmente irradiaba un aura de colores vibrantes parecía ahora transmutado en una estatua de color grisáceo. «Este hombre...», pensó Maomao con incredulidad. Estuvo tentada de extraer las langostas en conserva que aún custodiaba para ofrecérselas en ese mismo instante. Cuando finalmente recobró el aliento, él alzó la vista, se presionó el entrecejo y emitió un gruñido sordo, librando una batalla interna contra su propio paladar. El veredicto fue:
—¿Podemos dejar eso como último recurso...?
—Bueno, si el plan funciona, no habrá problema —respondió Maomao, un poco decepcionada.
Lo único cierto era que Jinshi mostraba ahora una determinación renovada para pasar a la acción; tanto parecía aborrecer la idea de ingerirlas. Una leve sonrisa, casi imperceptible, asomó a los labios de Maomao. Al verla, el noble volvió a quedar paralizado, esta vez por la inusitada expresión de la joven.
—Ehm... Señor Jinshi.
—¿Q-Qué pasa ahora? —respondió él, con un titubeo en la voz.
—¿Qué le parecería quedarse a comer antes de irse? —ofreció Maomao con suma cortesía.
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