21/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 12




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 12
El gato calicó
(NT: Un gato calicó es un felino con un pelaje tricolor que combina predominantemente blanco, negro y naranja, con manchas bien definidas, y casi siempre es una hembra debido a la genética. No es una raza, sino un patrón de color que se puede encontrar en muchas razas, y sus marcas son siempre únicas, como huellas dactilares.)


El mercurio, debido a sus propiedades fascinantes, ha sido venerado desde la antigüedad como el componente primordial de los elixires destinados a alcanzar la inmortalidad. Su origen se halla en el cinabrio, una piedra de un rojo vibrante que se emplea tanto en la elaboración de pigmentos como para medicinas; al someter este mineral al fuego y condensar sus vapores, se obtiene el metal líquido. Los antiguos alquimistas creían que esa piedra, cuyo color evocaba la esencia de la sangre, se transmutaba primero en espíritu y finalmente en plata fluida, otorgando así el don de la vida eterna a quien la consumiera. Y aunque tales creencias parezcan propias de eras remotas, incluso en la actual China Imperial no eran pocos los que aún le atribuían facultades místicas.

Si a alguien carente de conocimientos se le mostraba semejante metamorfosis de la materia, lo más probable era que sucumbiera al asombro y abrazara la fe en lo sobrenatural. Las fórmulas de los medicamentos solían custodiarse bajo el más estricto de los secretos por parte de sus fabricantes; cuando de ese misterio dependen los beneficios y el prestigio, el hermetismo resulta la reacción más natural del mundo. De no haber mediado las rigurosas enseñanzas de su padre adoptivo, la propia Maomao sospechaba que ella misma, impulsada por su insaciable curiosidad experimental, habría terminado ingiriendo mercurio en busca de respuestas.

Tras la súbita desaparición de la enigmática Bai Suzhen, algunas de sus oscuras intenciones comenzaban a vislumbrarse. Al menos, resultaba evidente su deseo de sembrar la discordia y el caos en la capital. Se rumoreaba que varios mercaderes de renombre habían perecido ante lo que se calificó de intoxicación alimentaria, pero era casi seguro que hallaron la muerte al intentar emular a la doncella ingiriendo mercurio. La toxicidad de este metal varía drásticamente según su estado y vía de administración; al verla beberlo con aparente impunidad, aquellos hombres creyeron, en su fatuidad, que ellos también podrían hacerlo sin riesgo para su salud.

«¿Acaso quería perturbar la paz pública?», reflexionó Maomao. Existían individuos de tal calaña; sujetos excéntricos cuyo único deleite consistía en contemplar el pánico ajeno. Había quienes segaban vidas ajenas simplemente para probar el filo de una espada, y quienes entregaban bollos emvenenados a los mendigos bajo el manto de una falsa caridad. No obstante, Bai Suzhen había errado en la elección de sus víctimas. Atreverse a orquestar un simulacro de divinidad para atraer específicamente a la élite comercial y a los altos dignatarios, provocando muertes en las altas esferas, era un juego de una peligrosidad extrema.

La joven boticaria no lograba apartar de su mente el interrogante sobre su objetivo final. Además, le inquietaba el hecho de que la desconocida practicara una disciplina que, si bien seguía la corriente de la alquimia, presentaba rasgos inusuales. El empleo de artificios con papel propios de las islas del Este sugería una viajera errante, pero la alquimia que profesaba tenía su origen más bien en el Oeste. Sus sospechas crecían, pero Maomao sabía que desentrañar conspiraciones políticas no figuraba entre sus obligaciones. Jinshi y sus colaboradores debían de hallarse desbordados con los últimos flecos del caso del Clan Shi, las medidas contra la plaga de langostas y otros asuntos de Estado; lo más sensato era dejar la investigación en sus manos. Con todo, de nada servía si acaban muriendo civiles por el exceso de trabajo.

Por mucho que fuera su hermano menor, el Emperador sometía a Jinshi a una carga de trabajo excesiva. Si bien era su deber como miembro de la estirpe imperial, resultaba casi como si... «¡Casi como si lo estuviera preparando para ser su sucesor...!», se alertó Maomao. En ese punto, abandonó el pensamiento. En la actualidad, el Príncipe Heredero era el hijo de la consorte Gyokujou, de quien ya se rumoreaba que sería investida como Emperatriz. Además, la consorte Lihua también había dado a luz a un varón. El Emperador apenas superaba la treintena y seguía siendo un hombre de una robustez y salud envidiables. Mientras no surgiera contratiempo alguno hasta que el Príncipe alcanzara la mayoría de edad, la sucesión no debería ser motivo de inquietud.

Decidió desterrar de su mente aquellas cábalas perturbadoras. Con el propósito de despejarse, se dispuso a realizar algunas tareas de limpieza y abrió la puerta de la botica. Al hacerlo, divisó a un hombre de apariencia mediocre que avanzaba a trompicones. Era un sujeto menudo y de carnes generosas que le resultaba familiar. Al percatarse de su presencia, él agitó el brazo con vehemencia. Portaba un pesado fardo de telas a la espalda y una cesta en la mano.

—¡Muchachitaaaa!

Quien la saludaba con tal familiaridad no era otro que el matasanos, el médico oficial que debería estar cumpliendo sus funciones en el palacio interior. «¿Qué asuntos lo traerán por aquí?», se preguntó Maomao, antes de permitirle el paso al interior de la botica.



—Vaya, vaya. Por un momento llegué a temer que la dirección que me había dado Luomen estaba mal.

Exhalando un profundo suspiro, el médico del palacio interior, más célebre por su pusilanimidad que por sus dotes curativas, procedió a secarse el sudor de la frente. Debido a su generosa complexión, parecía que incluso bajo el rigor del invierno le bastaba un ligero trote para que su cuerpo entrara en calor. Maomao, con cierta intención, le sirvió un té que ya había perdido su tibieza, y él lo apuró de un solo trago con gratitud.

—Por cierto, ¿qué hace aquí...? Ah, mejor no me lo diga.

«Pobrecillo, al final lo habrán despedido», pensó ella. Ciertamente no albergaba maldad, pero dado que le pagaban por no ejecutar prácticamente tarea alguna, el despido era una consecuencia previsible. Maomao se disponía a mostrarse lo más indulgente posible, considerando la ordalía que supondría para un eunuco hallar un nuevo oficio en el mundo exterior, cuando...

—Muchachita, no sé si me estás juzgando erróneamente —dijo él, observándola con los párpados entornados y gesto suspicaz.

—No, no se preocupe. No tiene por qué avergonzarse de contarme esas cosas.

—Que no, que te digo que no es lo que piensas...

Mientras cruzaban aquellas palabras, un crujido sutil, como de algo que se agita en cautiverio, interrumpió la charla. Maomao fijó su atención en la cesta, la cual se sacudía con espasmos rítmicos. Y entonces...

—¡Miau! —un agudo maullido emergió de las entrañas del mimbre.

—¿Es un gato eso que trae...?

—Sí, un gato.

—¿P-Por qué?

El médico extrajo al animal de su encierro. Se trataba de un gato calicó, todavía en la flor de su juventud. El pequeño estiró sus extremidades delanteras en un gesto que recordaba a un saludo cortesano, exhibiendo ante Maomao sus almohadillas de un suave tono rosáceo.

—Es que no se pueden tener animales en el palacio interior.

—¿Y por eso lo han echado?

—¡Que te he dicho que no es eso! —exclamó el matasanos, frunciendo los labios y agitando la cabeza en señal de denegación.

El gato calicó, como si se contagiara de la agitación de su dueño, comenzó a patalear con sus extremidades traseras. El hombre reintegró al felino a la cesta y, para apaciguarlo, le ofreció unos pececillos secos a modo de recompensa.

—Verás, es que por fin me han dado permiso para volver a mi casa familiar unos días.

—¡Vaya! ¿Por fin puede retirarse en su aldea?

—Muchachita, lo dices a propósito, ¿verdad?

Advirtiendo que la conversación se hallaba en un punto muerto, Maomao optó por el silencio. Al parecer, puesto que Luomen se había reintegrado al servicio de la corte, al matasanos le habían otorgado un periodo de vacaciones. Aunque su padre adoptivo no solía ejercer en el palacio interior, lo habían destacado allí temporalmente para cubrir la ausencia del médico titular. Dado que el protocolo exigía la presencia ininterrumpida de un facultativo oficial en la consulta, el pobre hombre no había gozado de un solo día de reposo al ser el único destinado a tal efecto.

La benevolencia de Maomao se manifestó en su decisión de no añadir un comentario mordaz sobre cómo, en su caso, el trabajo consistía básicamente en ver pasar las horas con los brazos cruzados.

Entonces, ¿qué pintaba el gato en todo esto?

—Pues resulta que, nada más salir de palacio...

Se topó con unos niños que le suplicaron que se hiciera cargo del animal. Eran hermanos, de buena familia, que por lo visto habían estado criando al gatito en la a escondidas de sus padres. No obstante, un sirviente los descubrió y, de seguir así, el destino del pequeño felino sería el abandono en algún lugar remoto. Por tal motivo, buscaban desesperadamente a alguien con la solvencia y la bondad necesarias para custodiarlo.

Ciertamente, cualquier funcionario de palacio gozaba de un estatus económico envidiable a ojos de la plebe. Y si aquellos niños trataban de eludir a oficiales civiles de semblante severo o a militares de imponente planta, la aparición de un hombre bonachón, de facciones redondeadas y con cuatro pelos mal contados por bigote, debió de antojárseles una providencia divina. El matasanos era un trozo de pan personificado, tanto por fuera como por dentro.

—Me da pena por esos niños, pero como no puedo llevármelo al palacio interior, he pensado en llevármelo a mi casa. A mi hermana pequeña siempre le han encantado los gatos.

Parecía muy feliz de volver a su hogar después de más de diez años. Según recordaba Maomao, su familia se dedicaba a la fabricación de papel e incluso suministraba productos a la corte. Un gato podría ser un buen guardián para evitar que los ratones mordisquearan el papel.

—Ya veo.

Sin embargo, el viaje parecía largo. Maomao se preguntaba si el animal mantendría la compostura durante el trayecto cuando, súbitamente... ¡la tapa de la cesta saltó por los aires y el gato salió proyectado como una centella!

—¡Ostras! ¡Miaumiau! (NT: Lo hemos traducido como Miaumiau para diferenciarlo de Maomao, pero el nombre es el mismo en el original.)

—¡¿Cómo?! ¡¿Qué nombre es ese?!

—No, no... Es el nombre que le pusieron los niños.

El gato de nombre tan sumamente desagradable se escurrió por la rendija de la puerta de la botica y emprendió una veloz carrera en dirección a la entrada de la Casa Verdigris.

Maomao y el matasanos se calzaron a toda prisa y partieron en su persecución. Atravesaron estancias donde las cortesanas, recién salidas del baño matutino, lucían un aspecto desaliñado y natural; esquivaron las piernas de las sirvientas afanadas en recoger los lechos y, finalmente, alcanzaron el comedor. Allí se encontraba Chue, entregado con avidez a su desayuno. A su lado, la niña muda, Zulin, sorbía sus gachas en silencio.

—¿Eh? ¿Y este quién es?

Mientras mordisqueaba sus palillos, Chue se asomó a mirar al gato calicó. Zulin también fijó sus ojos redondos en el animal, parpadeando con curiosidad. El gato, haciendo gala de una confianza inaudita, había apoyado una de sus patas sobre la pierna de Chue.

—¿Quieres esto?

Chue ensartó un trozo de pescado azul con sus palillos, una pieza asada simplemente al carbón que, aun careciendo de aderezos complejos, conservaba el gusto de la sal marina.

—¡Miau! —manifestó el gato, y le arrebató el pescado a Chue de un zarpazo.

—¡Oye!

El pescado cayó de forma poco decorosa sobre el suelo de tierra apisonada y el animal comenzó a devorarlo con ansia.

—Miaumiau, no está bien hacer eso —lo regañó el matasanos, con la respiración entrecortada tras la carrera.

—¡¿Pero qué pasa con este gato?! ¿Y usted quién es? —preguntó Chue—. Además... ¿Miaumiau? ¿Qué clase de nombre es ese?

Chue soltó una carcajada cargada de sorna mientras lanzaba una mirada cómplice a Maomao. Zulin también se unió a la risa, ahogando un sonido que ni siquiera lograba articularse en voz. Con el ánimo sombrío, la boticaria atrapó por fin al gato calicó, que sujetaba el pescado con tal firmeza que no albergaba intención alguna de renunciar a su botín. Aunque Chue lamentaba la pérdida de su desayuno, observaba al intruso con creciente interés; comenzó a palpar las almohadillas rosáceas del animal y sus ojos se iluminaron de deleite.

—¡Hala! ¡Qué mono es!

Por su parte, Maomao solo deseaba devolver el felino al matasanos para que este prosiguiera su camino. No obstante, si se había personificado allí, debía obedecer a una razón de peso. Impartió instrucciones precisas para que no permitieran la huida del animal y lo confió al cuidado de Chue y Zulin, avisando de paso a una de las sirvientas para que vigilara que no cometieran ninguna travesura.

De vuelta en la botica, cuando Maomao inquirió sobre el motivo real de su visita, el médico comenzó a hablar mientras se atusaba el escaso vello de su bigote con aire pensativo.

—Ya sabes que mi familia fabrica papel, ¿verdad?

—Sí.

—En realidad, el motivo de volver esta vez es porque hay algo que me preocupa.

Tiempo atrás, la hermana del médico le había enviado una misiva expresando su alarma por el deterioro en la calidad del papel producido. Aunque aquel contratiempo debería haber sido ya subsanado, cabía preguntarse si habría surgido una nueva y más compleja dificultad.

—¿Se lo han pedido?

—No exactamente... No es que me hayan pedido directamente que vuelva, pero me gustaría que me acompañaras, muchachita...

«Hmm... ¿Y entonces?», se preguntó Maomao. Sin duda, el matasanos habría redactado alguna respuesta pretenciosa a su hermana para no perder el prestigio. Aquel eunuco, pese a su cobardía intrínseca, poseía esa tendencia a querer quedar bien. En suma, no se sentía capaz de ofrecer una solución adecuada cuando tuviera que enfrentarse al problema en persona.

—...

Maomao sentía cierta compasión por el médico, pero no se consideraba tan vinculada a él como para clausurar la botica y partir en su compañía sin una razón imperiosa. Al advertir su indiferencia, el matasanos se aproximó con los ojos llorosos, en un gesto suplicante.

—M-Muchachita... Te lo pido por lo que más quieras. No está muy lejos. En carruaje no se tarda ni medio día en llegar desde aquí.

Aun así, aquello implicaba el cierre de su negocio durante al menos tres días. Además, con la primavera a las puertas, deseaba comenzar la labor en su huerto medicinal. Pero, por encima de todo, existía alguien que jamás consentiría tal ausencia.

—Vaya... Eso sí que es un problema.

Como si hubiera estado aguardando entre las sombras, la madame hizo acto de presencia, apoyándose contra el marco de la puerta con gesto suspicaz.

—Esta chica tiene un negocio que atender aquí. Como no hay médicos por la zona, si se marcha y ocurre una emergencia, podríamos tener un disgusto —sentenció la anciana mientras masticaba un trozo de calamar seco que había extraído de algún recoveco oculto de su vestimenta.

—No diga eso, por favor.

El matasanos intentaba en vano mantener su dignidad como superior.

—Ya, pero es que...

Mientras hablaba, la madame lanzaba miraditas furtivas y cargadas de intención. «¡Ah!», Maomao comprendió de inmediato la maniobra de la vieja avara. Probablemente había escuchado la conversación desde el principio. Además, debía de haber reparado en que, últimamente, Maomao obtenía papel de envolver medicinas de excelente factura sin coste alguno.

—Vieja, ahora que lo pienso, ¿no decía que querías renovar el papel de las paredes?

—Pues ahora que lo dices, me suena que sí —repuso la madame, mirando hacia otro lado con una indiferencia fingida mientras seguía masticando el calamar.

—¿Y no decías también que no tenía buen papel para las cartas que envía a los clientes de alta cuna?

—También me suena, ¿verdad?

Dicho esto, Maomao y la madame dirigieron una mirada inquisitiva, casi predatoria, hacia el matasanos.

—¡Nuestro papel es de la mejor calidad! Servirá tanto para las paredes como para las cartas, ¡para lo que sea! —dijo apretando los puños con fuerza contra su pecho—. ¡Haré que os envíen todo el que queráis!

Maomao no pasó por alto la sonrisa de triunfo que asomó a los labios de la madame. Realmente, aquella mujer era una usurera consumada.



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