30/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 21




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 21
Irregularidades

En este mundo, los acontecimientos rara vez se pliegan a los deseos del individuo; de hecho, la realidad suele mostrarse esquiva a cualquier anhelo de armonía. Cuando los sentimientos humanos entran en liza, los asuntos no solo se desvían de su curso natural, sino que se retuercen y enmarañan hasta culminar en una confusión absoluta.

«Deberíamos considerar las cosas de una forma más distendida, simple y concisa», reflexionó Maomao. Mientras se entregaba a tales cavilaciones, observó el semblante rígido de Bashin. Se cuestionó si el surco que hendía su entrecejo no habría alcanzado hoy una profundidad inédita, superando incluso la severa marca que solía lucir su padre, Gaoshun.

Maomao sorbió el té con parsimonia mientras contemplaba a aquel hombre de expresión huraña. Para acompañar la bebida, habían servido zhimaqiu (NT: Popular pastel frito chino hecho de harina de arroz glutinoso, recubierto de semillas de sésamo y relleno tradicionalmente de pasta dulce de judía roja, loto o cacahuete.); el exterior estaba generosamente recubierto de sésamo, mientras que el corazón ocultaba una pasta de la misma semilla. El hecho de que el relleno no resultara empalagoso quizá fuera una deferencia hacia el paladar masculino de Bashin. Maomao halló aquel equilibrio de dulzor sumamente grato. Tomó la segunda pieza, la fragmentó con la cuchara de bambú y la degustó con deleite.

Se hallaban en la estancia de invitados del pabellón de retiro de Ah-Duo. Tras el altercado, la dama y sus guardias habían acudido con presteza para asegurar el perímetro. La dama de compañía principal de la consorte Lishu se apresuró a socorrer a su señora, de quien se presuponía un estado de postración y pánico. Lamentablemente, allí no aguardaba una consorte pálida y trémula, sino una muchacha en esa edad voluble en la que se sucumbe a las fantasías más románticas. Y el objeto de la fascinación de esa joven no era otro que el hombre que ahora se sentaba frente a la boticaria.

Maomao escrutó a Bashin con renovado interés. Tenía constancia de que su edad era pareja a la de Jinshi, por lo que debía de rondar los veinte años. A diferencia del noble, cuya belleza desafiaba el paso del tiempo, la apariencia de Bashin concordaba plenamente con su edad biológica. Su estatura alcanzaba los cinco shaku y siete sun. (NT: Aproximadamente, 1 metro y 70 centímetros.) Para un oficial militar, tal vez resultara algo menudo, mas cabía la posibilidad de que su desarrollo no hubiera concluido.

Sus facciones recordaban a las de Gaoshun, lo definían como un hombre de buen parecer, aunque carecía por completo de la sobriedad madura que caracterizaba a su padre. Le habría beneficiado mostrarse más sosegado, pues aún emanaba un aura de insensatez propia de la juventud. No obstante, Maomao reflexionó que esa era la norma entre los jóvenes de su edad. Por supuesto, considerando el nivel de excelencia de aquel a quien servía, tal madurez se antojaba insuficiente.

Como partido matrimonial, no era en absoluto despreciable. Pertenecía al linaje de los Ma y, por ello, su nombre incluía el carácter que denotaba su estirpe. (NT: El nombre de Bashin se escribe con el carácter «馬», que significa «caballo». Aunque en chino este carácter se pronuncia «Ma», en japonés se lee como «Ba». La autora eligió esta última para formar el nombre Bashin (馬閃), que significaría «destello de caballo», resaltando así su velocidad sobrehumana.) Además, la destreza marcial que había exhibido recientemente era encomiable. Neutralizar a mano vacía a varios oponentes armados con filos no era una proeza tan sencilla como pudiera parecer.

En primer lugar, el ser humano experimenta un miedo atávico; ante la visión de un arma blanca, el instinto de conservación advierte del riesgo de muerte, lo que genera vacilación en los miembros. Así se lo había instruido tiempo atrás uno de los guardias del barrio del placer. Sin embargo, Bashin había actuado sin rastro de vacilación, demostrando ser un combatiente de élite. «Es probable que por ese motivo... esté asignado a la protección personal de Jinshi», infirió la boticaria.

Comprendió que había errado al considerarlo meramente un asistente de carácter administrativo. Aunque en la actualidad desempeñara tales funciones, era obvio que no encajaban con su temperamento belicioso. A un hombre de su naturaleza le sentaría mejor el estamento militar. «Tal vez, sorprendentemente, se llevaría bien con alguien como Lihaku», caviló.

Mientras se hallaba absorta en sus pensamientos, Bashin alzó la vista y sus miradas se cruzaron. Maomao se sintió un tanto violentada y desvió la vista hacia el plato de los zhimaqiu.

—¿Sucede algo?

—No, no es nada... ¿Puedo comerme el último buñuelo?

—Claro, todo tuyo.

Puesto que había cinco buñuelos, Maomao acabaría consumiendo tres. A decir verdad, la saciedad la había alcanzado tras la segunda ración, mas se esforzó por ingerir la restante. Bashin dejó escapar varios suspiros impropios de su cargo mientras contemplaba el exterior. «¿Qué clase de atmósfera es esta?», pensó ella. Deseó que, al menos, les hubieran asignado a alguien más para amenizar la espera. En ese momento, incluso aquellos críos ruidosos le habrían parecido una compañía preferible.

Justo cuando tales pensamientos cruzaban su mente, Ah-Duo entró finalmente en la estancia. Nada más cruzar el umbral, realizó una profunda y solemne reverencia.

—¡¿P-Pero qué hace?! —exclamó Bashin, incorporándose alarmado.

A la vista de tal gesto, Maomao dedujo que, pese a ser una antigua Consorte Superior, Ah-Duo aún conservaba una autoridad incuestionable. Honestamente, ella no terminaba de comprender las jerarquías de rango; se limitaba a intuirlas por el aura de dignidad que desprendía cada cual.

—Te agradezco profundamente que hayas socorrido a la consorte Lishu.

—Es mi deber, lo comprendo perfectamente. ¡P-Por favor, alce la cabeza!

«Vaya, ha tartamudeado», observó. La boticaria miró a Ah-Duo, presintiendo que la situación se tornaba farragosa. La dama asintió hacia ella, dándole licencia para hablar, por lo que Maomao decidió romper el silencio reinante.

—¿Cuál fue el motivo para emplear a la consorte Lishu como señuelo? —inquirió sin rodeos, rasgando el velo de cortesía que envolvía la estancia.

—Eres perspicaz —replicó Ah-Duo, dibujando una sonrisa levemente asimétrica antes de tomar asiento con una parsimonia regia.

La prudencia dictaba a Maomao que no debía profundizar más en aquel laberinto de intrigas. Consideró, siquiera por un instante, la posibilidad de emprender la huida, mas sospechó que su voluntad resultaría irrelevante frente a la determinación de su interlocutora. Por ello, formuló la siguiente pregunta:

—¿Es seguro que yo permanezca aquí?

Ante tal interrogante, Ah-Duo esbozó una sonrisa radiante y apresó la mano de la joven con fuerza. Era evidente que no abrigaba la menor intención de permitir su retirada.



Las irregularidades del escenario habían sido manifiestas desde el principio. Pese a contar con el beneplácito imperial, resultaba anómalo que una Consorte Superior se hallara fuera de los muros del palacio interior. Además, Ah-Duo le había confiado un detalle tan sensible como su incursión en la ciudad a ella, quien, en teoría, era una figura ajena a estos asuntos. Para mayor gravedad, Lishu había sido efectivamente asaltada en un callejón, contando únicamente con la protección de dos guardias y careciendo de la compañía de la ex-consorte o de su dama de compañía principal. Si tal disposición no era la definición misma de una irregularidad, Maomao desconocía qué otro nombre otorgarle.

—Como has podido constatar, la vida de la consorte Lishu corre peligro.

Ah-Duo se disponía a servirse el té por mano propia, pero Maomao se adelantó para arrebatarle la tetera y escanciar el líquido. Quizá fuera consecuencia de la férrea disciplina que Hongnyang le había impuesto en el Pabellón de Jade, mas sus movimientos se ejecutaban ya de forma instintiva.

—Desconocemos la identidad precisa del adversario. No obstante, para disipar la ansiedad de la consorte, decidí aplicar una terapia de choque.

—Pues vaya terapia.

Al escuchar una réplica cargada con tintes de reproche, Maomao se cubrió la boca por instinto, temiendo haber sido ella la autora de tal osadía. Se equivocaba: la voz no había emanado de sus labios, sino de los de Bashin. El surco de su entrecejo continuaba desafiando los límites de la anatomía; la hendidura era tal que parecía haber grabado dos nuevas y profundas estriaciones en su rostro.

—¿Y por ese motivo ha tratado a una consorte tan frágil y encantadora como si fuera un simple cebo?

«Frágil y encantadora...», meditó Maomao. Ciertamente, Lishu era frágil. Y dado que su fisonomía era adorable, calificarla de encantadora no resultaba un exceso retórico. Sin embargo, que tales epítetos brotaran de la boca de Bashin era lo que causaba extrañeza. Precisamente él, que no había cesado de interrogarla sobre la idoneidad de la joven para desposar a su señor. Que fuera frágil era una evidencia, pero el uso del adjetivo «encantadora» resultaba, cuanto menos, inusitado en su boca. Y no solo eso...

—Los guardias asignados a aquel lugar no eran sino reclutas de primer año. Lo sabía, ¿verdad?

—Vaya, ¿tenías algún conocido entre ellos? —comentó Ah-Duo con una sonrisa teñida de diversión.

—¡Eran del todo inadecuados como escolta de una consorte! Y además... —Bashin vaciló un instante, midiendo sus palabras antes de proseguir—. ¿A qué se debe que, habiendo tantos vigías apostados en los alrededores, no intervinieran con mayor presteza?

Ante la aseveración de Bashin, Maomao abrió los ojos de par en par, sorprendida por la agudeza del joven.

—Vaya. ¿Así que te habías percatado? —asintió Ah-Duo mientras se acariciaba la barbilla con gesto meditabundo.

Aquel gesto recordaba vagamente al Emperador. Al fin y al cabo, ella fue quien compartió con el soberano el periodo más prolongado de vida conyugal, y era natural que ciertos gestos se hubieran mimetizado.

«Es decir, que había personal escondido observando la escena», discurrió Maomao. Ella no había advertido presencia alguna. Es más, ni los guardias novatos ni los propios maleantes se habrían percatado de que estaban siendo vigilados.

—¿No le parece un método excesivamente violento para desenmascarar al enemigo? —sentenció Bashin con una firmeza inamovible.

A pesar del profundo respeto que profesaba hacia la figura de Ah-Duo, el joven no dudaba en manifestar su opinión disconforme. «Esto es un punto a su favor», se dijo Maomao, cosa que aumentó la valoración mental que sostenía sobre el muchacho. Por el momento, su calificación rondaba un discreto sesenta sobre cien.

—De haber continuado así, ¡podrían haber puesto sus manos sobre la consorte!

Ante tal exclamación, Ah-Duo realizó un leve amago de movimiento. Lamentablemente, Bashin no poseía una naturaleza lo suficientemente sutil como para interpretar aquella reacción. De continuar la conversación bajo esos términos, lo más probable era que la dama persistiera en eludir las respuestas. «Esto son dos puntos menos», contabilizó la boticaria.

Deseando arrojar luz sobre el misterio, decidió acudir en su auxilio. Alzó levemente la mano y Ah-Duo, con un leve movimiento de cabeza, le otorgó la palabra.

—¿Me permite una pregunta?

—Adelante.

—¿Quién es, exactamente, el que busca atentar contra la consorte Lishu?

Ese era el núcleo de la cuestión. Honestamente, comprendería que el objetivo de un magnicidio fuera la consorte Gyokuyou o Lihua, pilares del palacio. Sin embargo, no hallaba razón lógica para atacar a Lishu, quien ni siquiera recibía las visitas del Emperador y cuya influencia política era, hasta el momento, marginal. Menos aún si se rumoreaba ya la posibilidad de que abandonara el palacio para contraer nupcias con un tercero.

—...

Un instante de reflexión fue suficiente para que Maomao vislumbrara una nueva perspectiva. ¿No sería precisamente ese el motivo que ponía en riesgo la existencia de la consorte? Incluso si las cicatrices marcaban ahora sus mejillas, la legendaria belleza de aquel noble no había menguado en absoluto; es más, era probable que aquel matiz de rudeza hubiera cautivado a un nuevo séquito de admiradoras. Como si hubiera descifrado el hilo de sus pensamientos, Ah-Duo dejó escapar una risa cristalina.

—Ja, ja, ja. Zui siempre ha tenido mucho éxito con las mujeres.

«¿Zui?», se cuestionó la boticaria. Mientras ladeaba la cabeza, sumida en la confusión sobre la identidad de aquel nuevo nombre, Bashin la sacó de su ensimismamiento con un discreto codazo.

—Se refiere al señor Jinshi —le susurró.

«Oh», memorizó Maomao con un leve asentimiento. Ciertamente, Jinshi no era sino un apelativo ficticio, pero se había habituado de tal modo a él que ni siquiera se había molestado en recordar el nombre de pila real del noble.

—Su éxito no se limita únicamente a este país —siguió Ah-Duo, y extrajo un papel doblado de su pecho.

Al desplegarlo, reveló un mapa cartográfico. En el centro se erguía el Imperio de Li, flanqueado por la nación insular del este, los estados vasallos distribuidos en los cuatro puntos cardinales y las potencias del norte y el oeste. Si se prolongaba la vista hacia el occidente, se alcanzaban las tierras donde Luomen había cursado sus estudios de medicina.

—Parece que hay naciones interesadas en estrechar lazos con nosotros. Nos ha llegado una propuesta formal de tomar a una mujer de linaje extranjero como esposa.

—¿Y qué hay de la consorte Lishu...?

—Precisamente. Para rechazar tal oferta, lo mejor es contar con una candidata de rango adecuado ya establecida. Ha sido una coincidencia de lo más oportuna.

—...

«Qué celeridad de movimientos», pensó Maomao. Se cuestionaba el propósito de aquellas cavilaciones sobre el enlace de días atrás si todo parecía ya resuelto. Sus interlocutores poseían una flexibilidad de espíritu envidiable, mas ella se sentía incapaz de seguir el ritmo de sus maniobras políticas. Quizá la unión con Lishu fuera una opción sopesada con anterioridad que los recientes infortunios no habían hecho sino confirmar.

—¿Y ya se ha informado de este asunto a la otra parte?

—Todavía no de forma oficial. Pero no me cabe duda de que la noticia ya habrá alcanzado sus oídos.

«Espías, pues», razonó la sagaz boticaria. Al parecer, la administración permitía el flujo de información de manera deliberada para observar las reacciones. Maomao reafirmó su convicción de que Ah-Duo era una mujer de una agudeza temible.

—Sin embargo, ¿no resulta demasiado impulsivo atentar contra su vida solo por eso? —insistió Bashin con vehemencia.

Maomao coincidía con tal apreciación. Aun si Lishu desaparecía del escenario, la corte podría designar a otra consorte como prometida. Además, no se trataba del Emperador o del Príncipe Heredero, sino del hermano del Emperador. A menos que la otra parte, la enviada del país occidental, hubiera desarrollado una obsesión personal por Jinshi sin haberlo conocido, tal violencia carecía de lógica política. «No puede ser...», descartó Maomao.

—Es por eso... —sentenció Ah-Duo con una voz pausada y profunda—. La sospecha partió de la propia consorte Lishu.

Lishu era, en rigor, una figura trágica. Huérfana de madre desde la infancia, hubo de presenciar cómo su padre introducía con presteza a una nueva esposa en el hogar. Dicha mujer, antigua concubina del padre, ya le había otorgado varios hermanastros. En un principio, los padres de Lishu eran primos segundos; su padre entró a formar parte de la familia de su madre, que constituía la rama principal del Clan U. Aunque la estructura del Clan U guardaba similitudes con la del Clan Shi, la distinción radicaba en el desdén que Lishu sufría pese a ser la hija de la esposa legítima.

—Parece ser que su padre siente un afecto mucho mayor por la hija de su segunda esposa. Al parecer, ha solicitado que, en esta ocasión, sea la hermanastra de Lishu quien ingrese en el palacio interior.

—¡¿Qué dice?! ¡Tal pretensión es una infamia! —exclamó Bashin, incorporándose con tal brío que la mesa estuvo a punto de zozobrar—. ¡¿Es que no tiene compasión alguna para con la consorte?!

«No, no, no», juzgó Maomao. Las desdichas de Lishu ya habían sido expuestas en su totalidad. Que ahora pretendieran suplantarla con una hermanastra en la jerarquía del palacio era una vuelta de tuerca que solo podía recibirse con resignada ironía. Se preguntó por qué Bashin manifestaba tal indignación en aquel preciso instante. Entonces, un segundo presentimiento funesto la asaltó. Presintió que, de profundizar en aquel asunto, la trama se tornaría farragosa y terminaría por arrastrarla consigo; por tanto, optó por la indiferencia estratégica. Por el momento, aparcó ese tema para retomar el hilo de la conversación.

—¿Por qué dices que la historia de la señorita Lishu es digna de lástima? Si apelamos a la compasión, podría decir lo mismo de la gran mayoría de las flores que habitan el palacio interior, ¿no es cierto?

Las palabras de Ah-Duo, quien fuera una de esas flores en el pasado, estaban cargadas de un realismo descarnado. Maomao comprendió que, si dejaba que Bashin llevara la voz cantante, la conversación se estancaría en lamentos estériles, por lo que decidió intervenir.

—¿Y qué relación guarda eso con el hecho de que la consorte se prestara como cebo?

—Ah, verás... —introdujo Ah-Duo, mientras bajaba su mirada teñida de melancolía —. Fue la propia Lishu quien sugirió, con el corazón encogido, que su propio padre podría estar instigando los atentados contra su vida —concluyó con una expresión imbuida de amarga ironía.



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