
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
«¿Cómo habrá llegado esto aquí?», se preguntó Maomao. Tenía constancia de que la fortaleza de Shishou —el bastión donde el clan Shi se había atrincherado durante su infructuosa rebelión— permanecía clausurada y bajo estricta vigilancia tras el asedio. Resultaba del todo anómalo que un objeto perteneciente a aquel lugar hubiera aflorado en los puestos de la capital. Incluso si se hubiera procedido a un traslado oficial de los bienes confiscados, el hecho de que circularan libremente por el mercado sugería una malversación flagrante o un expolio sistemático. «Mmm...», caviló tras un breve silencio. De confirmarse sus sospechas, ya vislumbraba el hilo del cual debía tirar.
No hubieron de transcurrir ni dos jornadas para que el culpable cayera en el lazo. La estratagema para su captura había destacado por su sencillez.
—No me llames solo para estas cosas, jovencita —manifestó Lihaku con tono de fastidio—. Tengo mejores cosas que hacer que perseguir a rateros de poca monta.
El oficial no lograba ocultar su impaciencia, dirigiendo constantes miradas hacia el interior de la Casa Verdigris. Se hallaban en la angosta botica donde Maomao dispensaba sus fármacos; la envergadura de Lihaku era tal que su presencia parecía desbordar el local. Sus ojos buscaban con anhelo, a través del tragaluz, algún rostro agraciado en las estancias superiores del burdel.
Lihaku, un oficial militar conocido suyo, profesaba una devoción casi religiosa por Pai Lin, una de las Tres Princesas que regían la belleza de la Casa Verdigris. No obstante, el acceso a una cortesana de tal alcurnia exigía una fortuna que un oficial de rango medio no siempre podía sufragar. Por ello, ante cualquier petición de Maomao, él acababa claudicando, con la esperanza de obtener, a cambio, un breve encuentro con su amada.
Ella le había pedido ayuda con el siguiente pretexto: «Han saqueado un archivo y es posible que los objetos robados aparezcan en el mercado; por favor, pide a tus hombres que lo vigilen». Un objeto tan inusual como una enciclopedia ilustrada era una pieza demasiado singular para pasar inadvertida; en cuanto alguien intentara negociar con un libro de este tipo en cualquier librería de la ciudad, el rastro sería evidente.
—Je, je. Deberías estarme agradecida; he estado vigilando desde el primer resplandor del alba.
—Veo que no se lo confiaste a tus subordinados.
Parecía que él mismo se había personado en la guardia, probablemente para quedar bien ante ella. Era encomiable que hubiera soportado la guardia en el rigor de una estación todavía tan gélida.
Lihaku le entregó un paquete a Maomao, antes de volver a escudriñar el patio interior. Parecía ser un presente, unos dango. (NT: Dulce tradicional japonés en forma de bolitas hechas de harina de arroz glutinoso, ensartadas en un pincho de bambú y servidas con diversas salsas dulces o saladas.) Su intención era clara: quería que compartieran un té con la esperanza de que ella mediara para atraer a Pai Lin a su presencia. No obstante, los asuntos del deber reclamaban prioridad.
—¿Y bien? ¿Dónde está el malhechor?
—Lo tienen fuera vuestros vigilantes. Está a buen recaudo, pero te aconsejo que no te acerques.
—Ya veo.
Maomao observó a través del ventanuco. Rodeado por dos de los miembros de seguridad del burdel, se encontraba un individuo flaco, de apariencia miserable y semblante turbio. Su rostro estaba cubierto de erupciones que acentuaban su aire sospechoso. «¿Quién será este tipo?», se inquietó ella.
Ignorando la alerta de Lihaku, la boticaria se calzó y se dirigió hacia los sirvientes. El ladrón, flanqueado por aquellos dos hombres corpulentos, parecía incluso más pequeño de lo que era.
—Ten cuidado, no te acerques demasiado —advirtió uno de los sirvientes veteranos, agarrando a Maomao por el cuello de su túnica con la familiaridad de quien trata a un felino doméstico.
Aunque le resultaba tedioso ser tratada de aquel modo, era una costumbre tan arraigada desde su infancia que no le quedaba más remedio que tolerar. En esa posición, Maomao escrutó al ladrón.
—...
—...
Sus miradas colisionaron. Lo que a primera vista parecían erupciones eran, en realidad, las secuelas de una reacción alérgica en fase de curación, marcas indelebles de un contacto con alguna sustancia. El hombre fijó su vista en Maomao y, súbitamente, su piel adquirió la palidez de la cera. Entonces...
—¡La chica venenosa! —exclamó, escupiendo saliva al hablar.
Maomao entornó los ojos mientras los dos guardias estallaban en carcajadas. «Este necio es...», confirmó al fin. Su memoria para los rostros solía ser esquiva y la irritación cutánea dificultó el reconocimiento, pero la certeza se impuso: se trataba de uno de los hombres que servían en la fortaleza de Shishou. Era el mismo al que ella, en defensa propia, le había restregado resina de laca por el rostro antes de neutralizarlo con un golpe certero en la entrepierna. «Comprendo...», dedujo. Aquel hombre era uno de los desertores que habían aprovechado el caos de la caída de la fortaleza para huir con parte del botín. Maomao se cruzó de brazos, sumida en una breve reflexión.
—¿Qué pasa, jovencita? —preguntó Lihaku,acercándose y fulminando al criminal con la mirada.
El hombre temblaba de forma incontrolable ante la imponente figura del oficial. «Vaya... Esto podría serme útil», pensó ella.
—Mis disculpas. Resulta que conozco a este individuo —sentenció Maomao con una indiferencia abismal, mientras le dedicaba una sonrisa cargada de sutil amenaza al cautivo.
Lihaku pareció advertir cierta anomalía en el comportamiento de Maomao; no obstante, en cuanto ella dispuso los dulces para el té y solicitó la presencia de Pai Lin, el oficial partió tras la cortesana agitando la cola con un júbilo casi canino. De este modo, la botica quedó reducida a la presencia de Maomao, el malhechor y una tercera figura que no accedía a retirarse.
—Oye, tú no tienes por qué quedarte mirando.
Maomao dirigió una mirada de reproche al guardia veterano. Mientras el resto del servicio se entregaba al asueto del té, aquel hombre permanecía a su lado, sosteniendo un dango con calculada oportunidad.
—Me es imposible proceder de otro modo. Si se te arrima cualquier bicho raro, tanto el señor «Zorro» como el señor «Enmascarado» descargarían su cólera sobre mi persona.
En cuanto al señor «Zorro», se refería al estratega del monóculo, y el «Enmascarado» debía de ser Jinshi. A pesar de las cicatrices que marcaban su piel, Maomao seguía teniendo un valor innegable para esos dos. La sola presencia de Jinshi en el barrio del placer resultaba ya de por sí una excentricidad peligrosa dada su alcurnia; alguien de su posición, el Hermano Imperial, no debería frecuentar tales parajes. No obstante, impulsado por una curiosidad insaciable, solía dejarse ver por allí cada diez días.
—Descuida. Yo me limitaré a comer mi dango en silencio. No pienso escuchar ni una palabra.
Dicho esto, el hombre se reclinó contra la pared. Se trataba de Ukyou. Rondaba los cuarenta y llevaba allí desde antes de que Maomao naciera. Era un individuo que ejecutaba sus tareas con una eficiencia impecable, siguiendo sin vacilación las directrices de la madame. Aunque asegurara que no escucharía, Maomao sabía que, si la vieja le interrogaba, Ukyou le reportaría todo con sumo detalle. Por tanto, debía medir sus palabras para no comprometerse. «No habrá consecuencias graves aunque lo descubra», caviló mientras observaba al hombre sentado frente a ella. Sobre la madera del suelo descansaban dos volúmenes: el recuperado en la librería y el que el cautivo había intentado vender ese mismo día.
—¿Dónde están los demás libros?
Ante la demanda de la boticaria, el hombre desvió su rostro con desdén. Era una reacción comprensible, pero ella no estaba para perder el tiempo. Si los libros llegaran a manos ajenas, el rastro de la información se perdería para siempre. Maomao asestó un golpe seco sobre el entarimado.
—Ese oficial militar de ahí participó en la toma de aquella fortaleza. ¿Quieres que le cuente que tú estabas en ese lugar? —le increpó con una voz pausada, cargada de una gravedad amenazante.
El semblante del hombre adquirió una palidez extrema. Al advertir que las erupciones de su rostro aún tenían un aspecto doloroso, Maomao sintió un leve aguijonazo de culpa; no obstante, recordando que su huida de la fortaleza no admitía contemplaciones, desechó cualquier arrepentimiento.
Ukyou se introdujo un dango entero en la boca y comenzó a masticar con parsimonia. El cautivo, con un gesto de amargura que denotaba su rendición, agachó la cabeza.
—Aún me quedan tres libros. Vendí dos en otra ciudad y el resto no pude traerlos.
Si el estallido de la pólvora no había consumido aquella estancia, cabía la posibilidad de que los libros abandonados aún fueran recuperables. El problema radicaba en los dos ya vendidos. Los ejemplares que tenía ante sí eran enciclopedias ilustradas sobre aves y peces.
—¿Vendiste el de los insectos?
—No, ese todavía lo tengo guardado.
«¿Solo uno?», reaccionó Maomao, y ladeó la cabeza pensativa. La enciclopedia de aves debía tener varios tomos. Si en el primero ponía «1», significaba que debía de haber, al menos, un «2».
—¿Puedes traerme ese libro ahora mismo?
—Si te lo traigo, ¿me prometes que no me vas a entregar?
—Eso dependerá de tu actitud.
Ante la postura imperativa de Maomao, el guardia veterano del burdel, que seguía de pie a su lado, soltó un profundo suspiro.
—Vamos, Maomao. Tus palabras rozan la coacción más absoluta —intervino Ukyo al fin, como para apaciguar el ambiente. Se levantó del suelo de madera de la estrecha botica, y le dio una palmada en el hombro al hombre—. Oye, colega, ¿no tienes hambre? Parece que has pasado por mucho, deberías relajarte un poco.
—...
El hombre no respondió, pero Ukyou salió de la botica sin decir palabra. Regresó enseguida con una bandeja y un cuenco rebosante de comida. Aunque el acompañamiento no era otra cosa que las sobras de las langostas glaseadas, en cuanto le tendió los palillos, el hombre se abalanzó sobre el cuenco con una ferocidad que asombró a Maomao.
—...
—Aún te falta mucho por aprender —susurró Ukyou, en lo que le dio una palmadita en el hombro a Maomao. El hombre, entregado a su comida, ni siquiera los miraba—. Por su aspecto, debe de haberle pasado de todo hasta llegar a la capital. Si ha vendido los libros, habrá sido por pura hambre, no le quedaba otra. Se nota que los ha tratado con cuidado. No creo que sea una mala persona.
—Ya veremos.
Para Maomao, cuya primera impresión del individuo fue drásticamente distinta, la cautela seguía siendo su mejor aliada.
—Hay que saber dar una de cal y otra de arena.
—Ya, ya lo sé.
Si la madame representaba la disciplina férrea de la Casa Verdigris, este jefe de los sirvientes era era el bálsamo que ponía la nota amable. Su estatura media y su rostro común ocultaban un carácter que le hacía bastante popular entre las cortesanas.
El hombre, que estaba devorando la comida ruidosamente, se detuvo. Ukyou lo miró con extrañeza.
—¿Eh? ¿Qué pasa?
—Sabe mal.
—¿No te gustan las langostas?
—Esto no son langostas —dijo el hombre mientras sostenía una con los palillos.
—¿Cómo dices?
—La gente de aquí puede que las llame a todas igual, pero los de campo las llamamos por otros nombres.
—¿A qué te refieres?
Maomao y Ukyou se inclinaron hacia él, intrigados. El hombre comenzó a separar los insectos con los palillos mientras los degustaba uno a uno, dividiéndolos en dos grupos con una proporción aproximada de ocho a uno.
—Esto es una langosta. Se puede cocinar y es comestible. Pero esto otro es un saltamontes. Se parecen, pero estos saben mal; son amargos.
—¿Tanto cambia el sabor? —inquirió Ukyou.
A decir verdad, Maomao no sabía que hubiera tal diferencia entre saltamontes y langostas. Ella también los metía a todos en el mismo saco sin pensarlo mucho.
—Al probarlos, se nota enseguida. Como les arrancan las patas para cocinarlos, no se distinguen por el color, así que la gente con mala idea se los encasqueta a los mercaderes ignorantes. Por eso hay quien piensa que las langostas saben mal.
Todo cobraba sentido: el «señor dueño» había resultado ser el cliente ideal para tal engaño. Una langosta por cada ocho saltamontes; tal era la razón de aquel sabor infame. Maomao probó una de las piezas señaladas como auténtica langosta y comprobó que, efectivamente, poseía mayor consistencia y un gusto más refinado. El hombre contemplaba ahora los saltamontes con una gravedad inusual.
—Si tienes algo que decir, suéltalo —solicitó Ukyou, en lugar de Maomao.
—Puede que este año haya hambruna.
Ante tal augurio, Maomao se abalanzó sobre el hombre.
—¿Tú también lo crees?
—No... No tengo pruebas. Pero el año siguiente a uno en el que los saltamontes aumentan mucho más que las langostas, la plaga de insectos suele ser terrible.
Considerando la proporción entre unos y otros, la sospecha era más que razonable. Maomao observó fijamente al hombre con renovado interés.
—Ahora que lo pienso, ¿por qué sabes tanto? No solo de insectos; creo que en aquella habitación había cosas que podrían haberte dado más dinero que unos libros.
Quizás no quiso llevarse los recipientes de laca por una cuestión de escrúpulos, pero cualquier persona movida por el lucro habría optado por objetos más fáciles de enajenar. El hombre se rascó la nuca con cierta timidez.
—En realidad no quería desprenderme de las enciclopedias...
—¿No le dijiste al dueño de la librería que volverías con más?
—Tuve que ser amable para que me las comprara a buen precio. Además, tenía la intención de recuperarlas si mi situación mejoraba. Nadie suele comprar enciclopedias ilustradas por gusto.
«Pues aquí tienes la excepción», pensó Maomao, aunque se guardó las palabras para sí.
Francamente, el hombre carecía de posesiones más allá de sus harapos. Como todavía era invierno no era tan grave, pero tenía la cara tan sucia de mugre que, sinceramente, a Maomao no le hacía gracia que hubiera subido a la botica.
—Ese anciano que vivía antes en aquella habitación de la fortaleza... Yo era quien le llevaba la comida. Me parece que lo trajeron para fabricar un fármaco nuevo o algo así, pero decía que también investigaba otras cosas.
Maomao abrió mucho los ojos ante aquella revelación inesperada.
—¿Como cuáles?
—Como esto —reveló, señalando con el índice al saltamontes—. Investigaba cómo evitar que ocurrieran las plagas de langostas.
Maomao tragó saliva, procesando la magnitud de la información. Y justo en el instante en que iba a abrir la boca para preguntarle algo más... la puerta de la botica se abrió de par en par con un estruendo.
—¡Pecosa! ¡¿Puedo comerme tus dango?!
Chue apareció con un dango en cada mano. El hombre parpadeó sorprendido.
—¿Eh? Señorito...
Antes de que terminara la frase, Maomao agarró un puñado de hierbas machacadas que tenía cerca y se las metió en la boca al hombre. Su cara parecía decir: «¡Qué amargo!». Lamentaba que el pobre se retorciera de dolor de nuevo por su culpa, pero como estaba a punto de pronunciar una verdad peligrosa, no le quedó más remedio que hacerlo. Ante el mundo, el Clan Shi debía haber sido exterminado por completo.
Chue observó con curiosidad al hombre que rodaba por el suelo.
—Toma el dango y lárgate de aquí —le ordenó Maomao.
—¿Qué pasa? Ni que fuera un animal callejero, para que me eches así.
El niño no parecía guardar recuerdo alguno del hombre, por lo que lo ignoró por completo.
—Chue, ¿quieres que te lleve a hombros?
—¡¿De verdad?! ¡¡¡Sí!!! ¡Súbeme, súbeme!
Agradeciendo internamente la intervención de Ukyou por haber sabido distraerlo tan bien, Maomao empezó a contar con los dedos. «No tengo pruebas, pero...», pensó que sería mejor dar un aviso de advertencia. Lo que estaba contando eran los días que restaban para la próxima visita de Jinshi.
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