09/01/2026

Los diarios de la boticaria 3 - Capítulo Final




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo Final
La boticaria del barrio del placer


A partir de entonces, fue un no parar. Jinshi guardó silencio. No instó a Maomao a que abandonara a los niños, ni le sugirió que sus esfuerzos serían en vano. Tampoco ordenó que los enviaran de inmediato al patíbulo. Por alguna razón que no alcanzaba a desentrañar, aquella omisión resultó ser una fortuna para ella.

Se entregó con desesperación a la tarea de reanimar a los pequeños. Fue providencial que se le permitiera pernoctar en una aldea durante el trayecto, en lugar de regresar a la capital sin dilación. El lugar, aunque ahora sumido en el declive, había prosperado antaño como un balneario termal, lo que lo convertía en un refugio ideal para la convalecencia.

Tras tanto revuelo demandando agua caliente y otros menesteres, y habiéndolos obtenido nada menos que del propio Jinshi, era inevitable que los presentes sospecharan que algo inusual acontecía. La curiosidad congregó a muchos oficiales alrededor del carruaje.

Gaoshun dictaminó que Maomao había caído enferma, pero incluso aquella explicación generó un revuelo. El aquejado Estratega Militar del monóculo, con su lumbalgia, se arrastró por el suelo con la tenacidad de un espectro hasta alcanzar el lugar. Resulta una anécdota tan verídica como inverosímil que, poco después, aquel excéntrico zorro terminó envuelto en un futón por obra de Lahan y otros subordinados. Le suministraron un somnífero y lo despacharon de vuelta a la capital en el carruaje más veloz. Maomao pensó que, si bien a Lahan le aguardaba una represalia amarga, sabría arreglárselas. Al fin y al cabo, conocía bien al hijo adoptivo de aquel hombre; poseía una astucia considerable a pesar de su apariencia.

Aprovechando la coyuntura, Maomao solicitó un nuevo favor y logró que trajeran a Suirei ante ella. Debido a su condición, Bashin la escoltaba en calidad de vigilante y permaneció en la aldea con ellas. El joven lucía una mejilla notablemente inflamada y un semblante más severo de lo habitual, pero la boticaria le agradeció que cumpliera con sus peticiones. Le pareció que el despliegue de guardias era excesivo, pero prefirió considerar que cuantas más manos ayudaran, mejor sería el resultado.

Al principio, Suirei se limitaba a observar con apatía cómo Maomao trataba de infundir calor a los niños. Ella, colérica por tal poca iniciativa, le cruzó la cara de un bofetón. La medicina no era una ciencia omnipotente. La dosis de veneno para los infantes, dado su escaso peso, era extremadamente difícil de calibrar. Como consecuencia, el último de los niños no lograba despertar. Si no abría los ojos pronto, la muerte sería inevitable.

—¿Seguro que lo preparaste tú? Eres una boticaria, ¿vas a admitir tan a la ligera que has fracasado?

Bashin se interpuso para proteger a Suirei, que se cubría la mejilla mientras un temblor recorría su cuerpo. El hecho de que ella, que pertenecía al Clan Shi, conservara la vida, indicaba que era de linaje noble. Y Maomao acababa de abofetearla.

—¡Eh, tú!

—¡No me estorbes! ¡Trae el agua caliente! ¡Venga! ¡Y el brasero!

Parecía que Shenmei había atormentado a su hijastra, pero a Maomao aquello no le importaba. No poseía una naturaleza tan caritativa como para conmoverse ante las desgracias ajenas. En realidad, Loulan seguramente deseaba confiar aquella tarea a su propia hermana, pero Suirei en ese momento no era más que un cascarón vacío e inútil. Loulan debió de prever tal contingencia y, por ello, trajo a Maomao como último recurso.

—Por tu culpa me he visto arrastrada a este lugar. Hazte responsable de tus actos.

Suirei reaccionó con un sobresalto y comenzó a moverse con torpeza. Se aproximó al niño que aún permanecía sumido en el letargo, examinó sus pupilas y observó su boca. Mientras tanto, Maomao se ocupaba del resto de los pequeños, que todavía se hallaban en estado crítico.



Tras superar no pocos reveses, los cinco infantes recobraron al fin el aliento. A causa del prolongado estado de muerte aparente, los niños se mostraban apacibles al principio, y hubieron de transcurrir varios días antes de que recuperaran la plena consciencia.

Los primeros en despertar preguntaron por su madre, mas el último permaneció sumido en el aturdimiento durante largo tiempo. Pese a ello, se alimentaba con apetito y respondía con claridad. Maomao dispuso que aquel niño convaleciera en una estancia apartada.

Suirei, cuya competencia como empleada de palacio había quedado más que demostrada en el pasado, fue quien prestó el auxilio más valioso. Bashin la vigilaba con recelo para prevenir cualquier maniobra imprevista, pero durante un tiempo pareció que no habría mayores contratiempos. Al menos, mientras estaba al cuidado de los niños, su semblante recuperó cierta serenidad.

Gracias a la diligencia de Suirei, Maomao pudo deleitarse con las bondades de las fuentes termales con la misma intensidad con que su compañera se entregaba a sus tareas. Bashin le reprochó que no holgazaneara, pero a ella no le importó lo más mínimo.

Transcurrió medio mes bajo esa rutina cuando la comitiva encargada de escoltarlos de vuelta arribó al fin desde la capital. Por un instante, Maomao pensó que quien había llegado era Jinshi, pero no fue así. La persona que había llegado era de menor estatura y no portaba cicatriz alguna en el rostro. Maomao la reconoció de inmediato. Sus facciones eran más dignas que delicadas.

—Señora Ah-Duo.

La antigua Consorte Superior había llegado al balneario en ruinas vestida de hombre. Las aldeanas y las señoras del lugar la contemplaban con ojos centelleantes, pues ninguna se había percatado de que, bajo aquella apariencia gallarda, se ocultaba una mujer.

—Él se encuentra algo atareado. He venido a buscaros en su lugar —dijo, dedicando a Maomao y a los demás una sonrisa radiante.



—¡Oye, pecosa! Quiero dim sum de merienda.

Un niño cuya voz aún no había cambiado irrumpió en la estancia tras abrir la puerta de par en par. Se llamaba Chue. Poseía facciones armoniosas, malogradas por la ausencia de sus dos incisivos superiores, lo que le confería un aire de tonto. Su naturaleza revoltosa se reflejaba en cada uno de sus gestos, a pesar de que apenas hacía unos días que había recuperado el vigor suficiente para corretear. Había permanecido sumido en el letargo durante tanto tiempo que verle moverse con tal energía obligaba a todos a preguntarse si aquel milagro se había debido a la resiliencia de su juventud o a un simple capricho de la fortuna.

Era el niño al que le dieron veneno y que estuvo a punto de no despertar jamás. Ese era Chue. Los niños que originalmente deberían haber subido al patíbulo con sus padres, recibieron otros nombres. Mientras que los otros cuatro fueron puestos bajo el cuidado de Ah-Duo como tutora, Chue halló refugio en los confines del barrio del placer.

Para bien o para mal, Chue había perdido la memoria. Además, aunque le quedaba una ligera parálisis en medio cuerpo, considerando el estado en el que estuvo, honestamente solo se podía pensar que tuvo suerte. En el peor de los escenarios, Maomao llegó a temer que el niño no volvería a abrir los ojos.

Pese al bofetón que le propinó en su día, Suirei demostró ser una boticaria de una destreza excepcional, hasta el punto de que Maomao consideró seriamente solicitar sus enseñanzas más adelante. Ella se encontraba ahora al servicio de Ah-Duo, consagrada al cuidado de los otros cuatro niños. Por razones desconocidas, se decidió que los niños que se salvaron serían criados por la antigua consorte. Se barajó la posibilidad de darlos en adopción por separado, pero Ah-Duo asumió la responsabilidad total, arguyendo que tal desgarro resultaría excesivamente cruel. Suirei también permaneció a su lado para velar por su salud. Por último, como Chue no tenía recuerdos, se decidió que lo más conveniente era criarlo lejos de sus antiguos parientes para asegurar su anonimato, y así fue como terminó en la botica.

Parecía haber un sinfín de intrigas políticas de por medio, pero Maomao prefería mantenerse al margen. No debía importarle. Sin embargo, aquel mocoso impertinente, por quien no daban un céntimo, se encontraba allí bajo su techo. Le habían asegurado que aquel era el lugar más seguro, aunque ella ignoraba qué clase de seguridad podía ofrecer un burdel. Sin contemplaciones, propinó un golpe en la coronilla al muchacho, que andaba hurgando sin permiso en el estante de las medicinas.

—¡¡¡Ay!!! ¡¿A qué viene eso?!

—Te tengo dicho que no comas sin permiso.

Maomao le arrebató el paquete de galletas caras que le habría obsequiado una de las damas y, en su lugar, le lanzó un terrón de azúcar moreno que descansaba en la misma estantería. Chue pareció darse por satisfecho con el trueque y abandonó la botica masticando el dulce. Seguramente buscaría a alguno de los clientes de buen corazón que solían entretenerse jugando con él.

Se dice que los niños poseen una asombrosa capacidad de adaptación, y en su caso era una verdad incuestionable. En lugar de afligirse por el vacío de sus recuerdos, parecía deleitarse dejándose mimar por las hermosas cortesanas y compartiendo juegos con los hombres que frecuentaban el establecimiento. La vieja madame parecía tener las arcas llenas, por lo que no pondría reparos a su presencia durante una buena temporada.

Maomao se dejó caer perezosamente sobre el suelo, dando cuenta de las galletas saladas. Dobló un cojín ajado para improvisar un apoyo bajo su nuca y se quedó tendida boca arriba.

Su padre, Luomen, no había regresado a la botica del barrio del placer, sino que permanecía desempeñando sus funciones en la corte. Nadie osaría declinar una petición personal del propio Emperador.

Por su parte, la consorte Gyokuyou había dado a luz sin contratiempos a un varón de pelo rojizo. En circunstancias normales, tal acontecimiento se habría celebrado con gran pompa, pero el palacio interior se rige por normas estrictas y Gyokuyou lo abandonó en secreto. Se rumoreaba que, si una consorte salía de aquel recinto, lo hacía para ser investida como Emperatriz y trasladarse a sus nuevos aposentos en el palacio principal. Por tanto, el significado de su partida era inequívoco. (NT: Gyokuyou deja el palacio interior, donde viven las consortes, para trasladarse al Pabellón de la Emperatriz. Salir del palacio interior simboliza que ya no es solo una consorte más, sino la elegida oficial del Emperador y la madre del heredero.)

«Tengo que ir a buscar ingredientes para las medicinas», recordó Maomao. Aunque su padre había dejado una buena provisión de fármacos antes de partir, las existencias se habían agotado hacía tiempo. El huerto también estaría reclamando su atención. Tenía ante sí una ingente cantidad de trabajo; probablemente más del que jamás tuvo en la corte.

Desde su regreso, no había vuelto a ver a Jinshi. Él no era alguien con quien una pudiera reunirse por simple capricho. Un hombre que había liderado al Ejército Imperial y que portaba una cicatriz indeleble en el rostro no podía retornar al palacio interior bajo el disfraz de eunuco. Había recuperado su verdadera identidad y su lugar en el mundo.

Incluso en ausencia de Maomao, no faltarían médicos eruditos para tratar sus dolencias, y su propio padre se encontraba allí para velar por él. Seguramente, ella poco podría haber aportado de todos modos. Al Jinshi de hoy, despojado ya de su disfraz, le resultaría imposible mantener a su lado a una muchacha de apariencia humilde y origen incierto. Ya no precisaría de sus servicios clandestinos.

Regresar a la botica del barrio del placer era, sin duda, la mejor opción. La vieja madame no albergaría intenciones de venderla ahora que Luomen se había marchado.

«Ah... ¡Qué sueño tengo!», meditó. Había pasado la noche en vela elaborando nuevos fármacos. La alquimia medicinal era una senda tortuosa; al combinar diversas sustancias para potenciar su efecto, a menudo se generaba una toxicidad imprevista. Había probado varias dosis practicándose incisiones en el brazo izquierdo, pero los resultados seguían siendo inciertos. Movida por la curiosidad, aplicó el preparado sobre la herida de su oreja, sin notar mejoría alguna. Debido a años de experimentación sobre su propio cuerpo, su umbral del dolor parecía haberse anestesiado casi por completo.

«Supongo que, si no profundizo más en los cortes, no podré obtener una prueba concluyente», se dijo. Observó su mano izquierda y rodeó el dedo meñique con un cordel para interrumpir el flujo sanguíneo. Lo alzó y extrajo un cuchillo del cajón de la alacena. «Bien...», sentenció para sus adentros.

Justo cuando se disponía a bajar el cuchillo...

—¿Qué pretendes hacer? —una voz cautivadora pronunció esas palabras.

—...

Al girarse, Maomao descubrió en el umbral de la puerta a un hombre oculto tras una máscara singular. Tras él, aguardaban un varón de mediana edad con semblante fatigado que le era muy familiar y la vieja madame, quien se frotaba las manos con una sonrisa rebosante de cortesía profesional.

—¿Ha terminado ya todo su trabajo? —inquirió Maomao mientras desataba el cordel de su dedo y devolvía el cuchillo al estante.

—¿No puedo tomarme un descanso de vez en cuando?

—Espero que pasen un buen rato —intervino la madame con una sonrisa astuta mientras servía el té de cortesía.

El té era de primerísima calidad: té blanco. Junto a él, les ofreció unos rakugan (NT: Tipo de confitería dulce tradicional japonesa, que se prensa en moldes de madera para crear formas decorativas y se usa frecuentemente en la ceremonia del té o como ofrendas. Se disuelve en la boca como un terrón de azúcar.), dulces de lujo reservados exclusivamente para los clientes de las Tres Princesas.

—¿Les parece bien quedarse aquí? —por algún motivo, la anciana dirigió esa pregunta a Gaoshun. Este asintió y ella, con un leve deje de decepción, cerró la puerta tras de sí.

«¿Qué estarán tramando?», intentó adivinar la joven boticaria. Finalmente, Jinshi se despojó de la máscara. Reveló así su rostro, digno de ser considerado un tesoro nacional, con la única excepción de la cicatriz que ahora lo surcaba.

Maomao mulló el cojín doblado y lo dispuso frente a él. Jinshi se dejó caer sobre el asiento con pesadez.

—Parece exhausto.

Ella colocó el té y los dulces ante él. Jinshi bebió un sorbo largo.

—Tenemos que hablar de un montón de cosas. Por un lado, mis deberes personales; por otro, los territorios del Clan Shi.

Dio un gran suspiro y frunció el entrecejo. «¿Será una fantasía mía o sus ademanes empiezan a asemejarse a los de Gaoshun?», se preguntó la muchacha.

Se rumoreaba que los miembros del Clan Shi ya habían sido ejecutados. La mayoría, aquellos capturados en la fortaleza. Su territorio pasaría a estar bajo la jurisdicción del Emperador. Las tierras del norte, ricas en recursos forestales, harían que el tesoro nacional se llenara en el futuro. Incluso si se redujera la tasa impositiva que el clan había estado cobrando, seguiría habiendo un gran excedente.

Si había madera, las posibilidades eran infinitas. «Ojalá la empleen para fabricar papel», deseó Maomao. Si la industria papelera prosperaba gracias a la abundancia de recursos, la calidad del papel mejoraría y su precio caería. Mientras cavilaba sobre si la tiranía del clan Shi había frenado aquel progreso, se percató de que ya estaba moliendo hierbas en el mortero por puro instinto.

—Oye... No me ignores.

—Lo lamento. Es una costumbre difícil de erradicar.

—Bueno, no importa.

Jinshi mordisqueó el rakugan y dio el último sorbo al té. Al ver la taza vacía, Maomao se dispuso a servirle más, pero él la retuvo apresando su muñeca.

—¡¿Qué quiere?!

Jinshi tiró de Maomao y la obligó a sentarse de nuevo. Ella miró fijamente el lado de su cara.

—¿No termina de sanar?

—Funcionalmente, no representa ningún problema.

Jinshi clavó la mirada en la oreja de Maomao, que aún lucía aquel corte triangular. «Huele dulce», pensó ella al acortarse la distancia. No era el aroma de las galletas, sino el del incienso. Recordó a Suiren, la astuta dama de compañía, y reconoció que seguía poseyendo un gusto exquisito.

En ese instante... el rostro de Jinshi se aproximó todavía más y Maomao percibió una sensación extraña en su oreja. Algo tibio y húmedo envolvió su cartílago.

—¡¿Q-Qué está haciendo...?!

—Dicen en los barrios humildes que las heridas se curan con saliva...

—No sabría decirle, pero a veces la saliva humana contiene veneno.

Al igual que una mordedura de animal podía infectarse si no se desinfectaba bien, podía ocurrir lo mismo con una mordedura humana. Cualquiera se habría espantado y se habría alejado, pero el vínculo que unía a esos dos era de una naturaleza distinta.

—Un poco de veneno no te afectará. Incluso podría convertirse en medicina.

Dicho esto, extrajo un fardo de su pecho y lo depositó en el regazo de la joven. Maomao lo abrió y sus ojos se iluminaron. Había algo parecido a una gleba amarilla dentro.

—¡¡¡Cálculo biliar de buey!!!

(NT: Es un ingrediente medicinal extremadamente raro y caro, utilizado en la medicina tradicional china para reducir la fiebre y desintoxicar. Para Maomao, este es el regalo más romántico que Jinshi podría hacerle, mucho más que joyas o vestidos.)

En cuanto Maomao se inclinó para tocar el preciado ingrediente, Jinshi la rodeó con sus brazos en un abrazo firme. Como resultado, su mano no llegaba a alcanzar el cálculo biliar.

—Primero, continuemos por donde lo dejamos.

Jinshi sonrió. Al mirarlo de frente, ella advirtió que aún no le habían retirado los puntos de la herida. La sutura parecía más meticulosa que antes, como si hubiera sido repasada. «¿Se lo habrá hecho mi viejo?», se preguntó. Sin darse cuenta, su mano se extendió hacia el rostro del noble. Él entornó los ojos con un gesto casi infantil. Entonces, él tomó la barbilla de Maomao y dijo:

—¿Tú también estás acumulando veneno?

(NT: La pregunta de Jinshi es una metáfora romántica y cínica a la vez. Él sabe que ella ama las sustancias peligrosas y tiene una personalidad mordaz. Jinshi acaba de lamerle la oreja, un gesto muy íntimo y atrevido, mientras que ella le responde con una explicación científica sobre las bacterias de la saliva. Al preguntarle eso, se refiere a si está guardando más rencor, vista esa actitud cortante después de todo lo que ha pasado con el Clan Shi. Es una forma de decirle: «¿Te has vuelto aún más difícil de tratar?». Por otro lado, tras la guerra, ambos han cambiado. Jinshi ha tenido que ordenar ejecuciones. Ese peso emocional es como un veneno que corrompe el alma. Por eso, él se pregunta si ella también está sufriendo o guardando ese dolor interno por las cosas terribles que ha tenido que vivir.)

Se escuchó un fuerte golpe que rompió el momento. La ventana, que estaba en el lado opuesto a la entrada y se usaba para la entrega de dinero y medicinas a los clientes, se abrió de golpe.

—¡Pecosa! ¡Mira! Es lo que querías, ¿verdad?

Allí estaba Chue, hinchando el pecho con orgullo. Tenía un lagarto en la mano, alzado en alto.

—¡Oh! Bien hecho.

Maomao se escabulló de los brazos de Jinshi, quien inclinó la cabeza derrotado, y tomó el reptil para depositarlo en un jarrón.

—¿Eh? ¿Por qué ese hombre se arrastra por el suelo?

—Está fatigado por el trabajo. Toma, tu recompensa.

Maomao le entregó otro terrón de azúcar moreno. Chue partió raudo y se fue a algún otro lugar.

—Debería haberlo enviado a la horca... —refunfuñó Jinshi con voz grave, como el gruñido de un perro callejero.

¿Sería por la cicatriz? El aura andrógina de Jinshi se había disipado levemente, dejando paso a una presencia más firme y viril. Al fijarse bien, Maomao notó un resquicio en la puerta y un ojo que espiaba. Al abrirla de golpe, se topó con la vieja madame y Gaoshun, que retrocedieron sobresaltados.

—Abuela, prepara un sitio para dormir. Y un incienso agradable, también.

—¡De acuerdo!

La madame chasqueó la lengua con fastidio y se dispuso a preparar la cama. Maomao contempló a Jinshi, que seguía postrado en el suelo.

—Gracias, señor.

La cara de Maomao se iluminó al sostener por fin el cálculo biliar de buey entre sus manos. Jinshi la miró estupefacto.

—Debe descansar como es debido.

—De acuerdo. Eso haré.

«Será lo mejor», pensó ella. Sin embargo, Jinshi no parecía tener intención de moverse.

—Señor Jinshi.

Maomao se arrodilló y lo sacudió por el hombro. «Por cierto, ¿está bien que siga llamándole Jinshi?», se cuestionó. Mientras pensaba eso...

—¡Voy a usarte como almohada!

La cabeza de Jinshi se posó sobre el regazo de Maomao, que estaba sentada de rodillas. Sus brazos rodearon su espalda, apoyando su corona contra su abdomen.

—S-Señor Jinshi...

—...

Él guardó silencio, sin que ella pudiera discernir si el sueño era real o fingido. La madame colocó con sigilo un edredón de seda y el incienso en un rincón antes de retirarse. Maomao suspiró y volvió a extender la mano hacia el mortero.

Mientras el aroma del incienso se fundía con la fragancia penetrante de las hierbas trituradas, la joven escuchó la respiración rítmica de Jinshi. «Se me van a entumecer las piernas», caviló, mientras retomaba la creación de un nuevo medicamento.



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