10/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 1




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 1
Langostas


Las mañanas en el barrio del placer eran lánguidas. Las aves enjauladas que habían estado gorjeando hasta casi el alba se despojaban de su máscara de amabilidad en cuanto los clientes se marchaban. En ese breve interludio antes de que el sol reclamara el horizonte, las mujeres caían en un sueño profundo, como si alguien hubiera cortado de súbito los hilos que sostenían sus cuerpos.

Maomao abandonó su barracón con un bostezo. Frente a ella, el vapor se elevaba desde la Casa Verdigris en columnas blanquecinas; las sirvientas debían de estar preparando los baños matinales. El aire, afilado como una aguja, le castigaba la piel, y su aliento se materializaba en vaho ante sus ojos. Bajo su túnica acolchada de algodón y el abrigo, el frío resultaba inclemente.

Había transcurrido ya un mes desde su partida del palacio interior. Tras el bullicio de las festividades de Año Nuevo, la calma comenzaba a sedimentarse de nuevo. Dado que su padre había regresado a la corte como oficial médico, Maomao se había guarecido una vez más en los dominios del barrio del placer.

Dentro de la casucha todavía dormía un niño. Sabía que, en cuanto despertara, el silencio moriría bajo sus exigencias, de modo que decidió prolongar su descanso un poco más. El infante se llamaba Chue. Era uno de los supervivientes del Clan Shi que, por avatares del destino, había acabado bajo su tutela. Pese a ser un vástago de linaje noble y poseer una lengua impertinente, Maomao no podía sino admirar su asombrosa resiliencia: tenía el cuajo de roncar plácidamente en una estancia donde las corrientes de aire campaban a sus anchas.

«Por cierto, la vieja quería verme hoy», recordó Maomao. Aprovecharía la audiencia para mendigar un baño; con aquel clima, la mera idea de asearse con agua fría le helaba la sangre. Estremecida, se acercó al pozo, liberó el cubo y tiró de la soga. Al recibir el impacto del agua gélida sobre el rostro, una mueca de dolor precedió a la claridad del despertar.



Al entrar en la Casa Verdigris, se encontró con las aprendizas afanadas en secar las cabelleras de las cortesanas que ya habían concluido su aseo.

—Vaya, hoy vienes temprano.

Quien la saludó fue Meimei, con el cabello aún húmedo. En los baños, el turno de entrada se regía por el rango de antigüedad de las cortesanas.

—Buenos días, Meimei. ¿Sabes dónde está la vieja?

—Está por allí, hablando con el dueño.

—Gracias.

Aunque la voluntad que gobernaba la Casa Verdigris era la de la madame, la propiedad legal pertenecía a otro hombre. Acudía aproximadamente una vez al mes para tratar los pormenores del negocio. Era un hombre de mediana edad que conocía a la vieja desde su infancia, razón por la cual jamás osaba contradecirla. Se rumoreaba que incluso podría ser el fruto de la unión entre la madame y el anterior propietario, aunque la verdad permanecía sepultada en el misterio.

Al parecer, además de gestionar burdeles, el hombre gestionaba otros negocios lícitos. A simple vista, poseía una apariencia ordinaria y un corazón benevolente. Su carácter era tan dócil que despertaba inquietud sobre su capacidad para sobrevivir en un mundo tan voraz; todas temían por el destino del establecimiento cuando la madame exhalara su último suspiro.

—¿No habrá venido a proponer algún otro negocio extraño, verdad?

—Quién sabe.

Justo en el instante en que Meimei se encogía de hombros...

—¡¡¡Serás besugo!!! ¡¿Pero qué has hecho?!

La voz de la madame retumbó con la fuerza de un trueno. Maomao y Meimei intercambiaron una mirada muda de complicidad inteligente.

—Parece que lo ha vuelto a hacer.

—Ya te digo.

Ambas se miraron preguntándose qué nuevo infortunio habría provocado aquella cólera. Poco después, la madame emergió del fondo, escoltada por aquel hombre de mirada mansa. En la Casa Verdigris todos le llamaban el «señor dueño», quizás para no olvidar que, sobre el papel, él era el amo. El hombre se acariciaba la coronilla con gesto adolorido; debía de haber recibido un testarazo contundente.

—Vaya, Maomao, ¿qué haces aquí?

—Me llamó usted, vieja.

—¿Ah, sí?

—Ya empieza a chochear...

Creía haberlo dicho solo para su fuero interno, pero al instante siguiente, un coscorrón certero descendió sobre su cabeza. El dueño la contempló con una piedad infinita. Maomao reflexionó entonces que, si el matasanos del palacio interior le resultaba vagamente familiar, era debido a su parecido con aquel hombre bondadoso. A veces, sospechaba que la vieja poseía alguna facultad mística para leer el pensamiento ajeno.

—En fin, por tu aspecto, supongo querrás darte un baño, ¿no? ¿Quieres quedarte a desayunar también? Puedes traer al chaval, si quieres.

—Qué generosa está hoy.

—Hasta yo tengo mis momentos.

Dicho esto, la vieja se encaminó hacia la cocina con pasos que hacían temblar las maderas del suelo.

—Bueno, pues hasta otra —se despidió el dueño, apresuradamente.

«Normalmente se queda a desayunar con calma... Algo habrá pasado», pensó Maomao mientras le dedicaba una reverencia de despedida.



—...

Todos los reunidos en el comedor se quedaron mudos. En la Casa Verdigris, se solía comer por turnos. Maomao se había mimetizado entre las integrantes de la primera tanda.

—¡Qué asco! —exclamó Pai Lin, sentada a su lado, con el semblante contraído en un gesto de repulsión.

Aunque se la contaba entre las tres flores que engalanaban el burdel, si sus clientes vislumbraran tal expresión, el desencanto sería inevitable. Su rostro reflejaba la misma repugnancia que despertaría el hallazgo de larvas bullendo en un charco de agua estancada.

Sobre la extensa mesa, dispuesta para veinte personas, reposaban cuencos de gachas, sopa y platillos individuales. Tres grandes fuentes presidían el centro a intervalos iguales. Lo habitual en la Casa Verdigris consistía en un cuenco de arroz y una sopa, acaso acompañados de algún humilde aderezo; hoy, ese honor recaía en unas verduras encurtidas. La presencia de las fuentes centrales debería haber conferido al banquete un aire de opulencia, pero...

En el interior de los recipientes relucía una sustancia de un negro azabache. Aquello que normalmente se consideraría una plaga devastadora para las cosechas reclamaba ahora su lugar como vianda. Eran langostas.

—Vieja, ¿esto qué es?

—Come y calla. Es un obsequio del señor dueño.

Maomao comprendió al instante el origen de la irritación de la madame. El propietario, más allá de los muros del burdel, llevaba la vida respetable de un comerciante de grandes almacenes. No obstante, su pericia para los negocios distaba mucho de ser brillante.

—Este año ha habido mala cosecha y, por lo visto, han acudido a él con lamentaciones —comentó la vieja con aspereza mientras vertía vinagre negro sobre sus gachas—. Pero no sé en qué piensa comprando al precio que le piden los otros. Y encima cosas que no se venden. Este año le han endosado todo esto.

El dueño comerciaba con grano. En este reino, las cosechas se recaudaban como tributo en especie y el Estado acaparaba una cuota fija; el negocio del propietario residía en la comercialización del excedente.

En las fuentes, las langostas se presentaban fritas y posteriormente glaseadas en una salsa de soja y azúcar.

—Dice que, de haber adquirido grano en exceso, este se habría malogrado por falta de conservación... Pero para malgastar azúcar en semejante despropósito, mejor habría sido desecharlas.

El azúcar era un producto de lujo. ¿Quién iba a querer comer bichos cocinados, por mucho que se use azúcar en abundancia? Como era de prever, las existencias sobrantes eran ingentes y habían terminado por recalar en la mesa de la Casa Verdigris. Al parecer, el dueño intentó consumirlas en su propio hogar, pero allí las complicaciones fueron mayores. Su esposa no veía con buenos ojos sus otras actividades mercantiles; sin duda, el hombre prefirió el rapapolvo y el testarazo de la madame antes que enfrentar el escrutinio de su mujer.

Maomao se rascó la nuca. Aunque estaba habituada a ingerir sustancias singulares, la visión de aquella montaña de insectos no estimulaba su apetito. Tras degustar un par de piezas, se sintió inclinada a dar las gracias y retirarse. Las cortesanas, cuyo aborrecimiento por tales manjares superaba al de Maomao, hacían muecas de desdén y ninguna se atrevía a aproximar sus palillos.

—¡Venga, comed ya! Son las verduras de las que tanto os quejabais. Que cada una se coma al menos cinco —sentenció la madame con impaciencia justo cuando los primeros palillos se aventuraron hacia la fuente.

«¿Eh?», se sorprendió Maomao. La primera persona en probarlas fue alguien inesperado. Masticó sin vacilar al bicho de aspecto inquietante.

—No están muy buenas. Están como huecas por dentro.

Quien comía mientras daba su opinión con total naturalidad era Chue. Maomao pensó que, al haberse criado como un señorito, tendría reparos en comer algo así, pero no era el caso. Quizás, al haber perdido la memoria, ha perdido también esos prejuicios, o tal vez ya las había probado antes, o simplemente es la adaptabilidad propia de un niño.

—¡Santo cielo! ¡¿Cómo puedes comerte eso?! —exclamó Pai Lin.

—No están deliciosas, pero se pueden comer. Aunque están muy, muy huecas.

«¿Cómo que huecas?», discurrió Maomao. Cierto era que a las langostas se les solía extraer el interior antes de su cocción, por lo que era natural que carecieran de sustancia. «Supongo que no sabe cómo se cocinan», pensó mientras tomaba una con escaso entusiasmo.

«¡¿Cómo?!», confirmó entonces. Ciertamente estaban huecas. Pero era una sensación más profunda de la que recordaba en otras ocasiones. Pese a estar cocinadas, en el paladar era como estar masticando únicamente el exoesqueleto. Si bien no eran criaturas cárnicas por naturaleza, le dio la impresión de que esta vez la carencia de carne era absoluta.

—Oye, oye, ¿quieres que me las coma yo por ti? A cambio de un pastel de luna cerramos el trato.

Maomao sujetó con fuerza la cabeza de Chue, que estaba intentando negociar con Pai Lin, y lo inmovilizó.

—¡Ay, ay, ay! —se quejó el niño.

La boticaria observó la langosta con fijeza entre sus palillos. Era su antiguo y pernicioso hábito: cuando algo despertaba su curiosidad, no podía evitar analizarlo una y otra vez hasta desentrañar su misterio.



—Por cierto, quería pedirte que fueras a comprar unas cosas.

Al terminar el desayuno, la madame recordó por fin por qué la había llamado. Le pidió que fuera a hacer unas compras al mercado que se montaba en la avenida central de la ciudad. Las cortesanas no podían salir del burdel y las sirvientas no eran muy espabiladas.

En el mercado solían aparecer productos inusuales, pero no faltaban los maleantes que intentaban estafarte. Al carecer de un establecimiento fijo, la lógica dictaba que debían vender a precios módicos; no obstante, la ausencia de un blasón que avalara su honestidad atraía a gentes desprovistas de escrúpulos. Para distinguir el género de calidad entre tanta impostura, se requería un ojo clínico y experto.

—Quiero que compres incienso. Del de siempre.

Se refería a la fragancia que, de manera sutil, impregnaba siempre la entrada de la Casa Verdigris. Al ser un artículo de consumo cotidiano, la madame quería obtenerlo siempre al menor coste posible, aunque no podía permitirse la quema de un producto mediocre.

—Entendido. ¿Y mi propina?

Cuando la joven extendió la palma de la mano, recibió un manotazo a modo de respuesta.

—El baño de esta mañana y el desayuno para los dos. ¿Te parece poco?

«Qué tacaña sigue siendo esta vieja», pensó la chica.


—¡Oye, pecosa! Cómprame eso.

—Denegado.

Maomao ignoró a Chue, quien tiraba de su manga señalando con insistencia un puesto de juguetes. A decir verdad, quería haber venido sola, pero el mocoso pataleó diciendo que la seguiría arrastrándose por el suelo si hacía falta, así que no tuvo más remedio que traérselo. Maomao agarró la mano del niño en plena rabieta y sí que lo arrastró, caminando tras ella.

En el centro de la capital se extendía la gran avenida donde se montaba el mercado a diario. Mientras los carruajes se cruzaban en un vaivén incesante, en la lejanía se alzaba la morada de los seres celestiales. Al contemplarla desde la distancia, se preguntó si el tiempo que sirvió en sus estancias no habría sido sino un sueño febril. Sin embargo, la presencia de Chue a su lado era la prueba irrefutable de que habitó en el palacio y de que, por ello, se vio envuelta en aquel incidente.

La insurrección del Clan Shi parecía haber dejado una huella profunda en el comercio. Pese a que el norte solía proveer cereales en abundancia y manufacturas de madera, Maomao percibió que tales puestos escaseaban más de lo habitual. En su lugar, predominaban los frutos secos y los textiles, géneros más propios de las regiones del sur o del oeste.

Y entonces, Maomao volvió a poner mala cara al encontrar algo. Vendían bichos cocinados. Una vez más, langostas.

—Eso tiene que estar malísimo. Seguro que no lo compra nadie —dictaminó Chue frente al puesto.

Maomao le tapó la boca y se lo llevó a rastras. Honestamente, la mirada del mercader le infundía temor. Solo liberó al niño cuando se hallaron a una distancia prudencial.

—¡¿A qué viene esto?! ¡Si era evidente que estaban malos!

—Tú calla.

Maomao clavó en el infante una mirada gélida. Era precisamente por este tipo de impertinencias por lo que no soportaba a los niños.

—Unos bichos con esa forma tan hueca tienen que estar malos a la fuerza. Este año ya se han echado a perder las cosechas.

—¿Qué acabas de decir...?

Maomao parpadeó, asombrada por las palabras de Chue.

—¿Eh? ¿Que tienen que estar malos a la fuerza?

—No, eso no. Lo de después.

—¿Que este año ya se han echado a perder las cosechas?

«¿Y eso a santo de qué? ¿Cómo lo sabe?», caviló mientras escrutaba fijamente al pequeño.

—¿Tú cómo sabes eso?

—Pues... ¿Por qué será...?

Chue se frotó la cabeza con vigor usando su mano derecha. La izquierda, que pendía inerte a su costado, sufrió un leve temblor. El infante había ingerido la medicina de la resurrección; cruzó el umbral de la muerte para luego retornar a la vida por medios inciertos. A consecuencia de ello, arrastraba secuelas físicas y había extraviado casi todos sus recuerdos.

—No me acuerdo muy bien. Pero me suena haber oído que, si los bichos están huecos, es que va a haber mala cosecha.

Se quedó pensativo, llevándose las manos a la cabeza. Maomao consideró que, si sacudía su cráneo, tal vez los recuerdos aflorarían, pero como era un niño y estaba a su cargo, no podía tratarlo con más brusquedad de la cuenta. Sin embargo, si lo que decía era cierto, aquello podría derivar en una crisis de extrema gravedad.

—A lo mejor me acuerdo de algo más...

—¿De verdad? Dime.

Cuando Maomao le preguntó, Chue dirigió sutilmente la mirada hacia un puesto. Era el de los juguetes.

—Si me compras algo, puede que me acuerde.

—...

Como respuesta, Maomao le estiró los labios hacia afuera con los dedos, deformando su maquiavélica expresión.



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