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Novela original en japonés por: 金斬児狐 (Kanekiru Kogitsune)
Re:Monster
Traducción: Xeniaxen
Traducción: Xeniaxen
Día 679
Actualmente, mis aclamaciones acumuladas ascienden a novecientas cuarenta mil. Solo me faltan sesenta mil para alcanzar el millón necesario para avanzar, una cantidad que parece factible amasar a lo largo del día. Según la información que he recopilado mientras compartía un licor de mazmorra e intercambiaba opiniones con otros exploradores en la taberna, parece que estoy acumulando las monedas a un ritmo considerablemente rápido.
Es algo positivo, desde luego, pero en el proceso, haber descubierto la existencia de ciertos artículos especiales que solo pueden canjearse por aclamaciones me ha sentado como una jarra de agua fría.
En lo que respecta a armamento, ya dispongo de los [Artefactos Divinos] que he ido obteniendo tras despejar varias mazmorras divinas, empezando por mi lanza carmesí. Por ello, no veo la necesidad de gastar aclamaciones en armamento; sin embargo, entre los artículos canjeables existen varias botellas de licor de mazmorra.
De haber sido opciones económicas los habría comprado sin falta, pero el licor de mazmorra de mayor categoría cuesta nada menos que quinientas mil aclamaciones por unidad. ¡Es un precio desorbitado! Como he podido comprobar estos últimos días, amasar semejante suma conlleva un esfuerzo considerable. No obstante, por lo visto, el sabor es insuperable en esa misma medida, y se dice que tomar tan solo un sorbo otorga efectos como alargar la esperanza de vida, incrementar drásticamente la reserva de fuerza mágica corporal y reforzar las aptitudes físicas. Por esa razón, parece que no son pocos los exploradores con capacidad para avanzar que sucumben a la tentación de este licor de mazmorra y terminan estancándose aquí.
Sentí la tentación instintiva de comprarlo sin dudarlo, pero me mantuve firme tirando de fuerza de voluntad. Mi prioridad absoluta en este momento es moler a palos a ese payaso bastardo cuanto antes y recuperar mis recuerdos por completo. No puedo permitirme el lujo de quedarme aquí. Además, una vez que lo pruebe, la tentación no hará más que volverse más fuerte.
En momentos como este lo mejor es mover el cuerpo. Hoy también opté por el combate en el escenario, haciendo aparecer a mi oponente sobre las tablas. Esta vez el contrincante era un hombre elefante sobre una pelota gigantesca: el Globe Elefario.
Medía unos seis metros de altura. Su piel grisácea lucía pinturas con patrones de estrellas doradas y espirales, y sobre su cabeza portaba un pequeño gorro de bufón. Lucía un paño decorativo rojo sobre los hombros y sus ojos eran pequeños y simpáticos, aunque la emoción que se ocultaba tras ellos era la de un cazador resuelto a abatir a su presa con frialdad. Montado sobre una enorme pelota metálica de rayas rojas y blancas, empleaba no solo las manos, sino también su larga trompa para hacer malabares con espadones y hachas a dos manos como si fueran simples cuchillos. Hacía malabares con ocho armas a la vez. Todas ellas parecían ser artefactos mágicos: algunas ardían con fiereza, otras estaban fuertemente electrificadas y la cantidad de varias de ellas aumentaba o disminuía en pleno aire.
En cuanto comenzó el enfrentamiento con el Globe Elefario, me arrojó sin dilación las armas con las que hacía malabares. Un espadón que ardía de forma estruendosa, un hacha mandoble electrificada, una lanza larga cuya punta estaba formada por tentáculos que no paraban de retorcerse, o un martillo de guerra que detonaba al contacto, un chakram gigantesco con un filo endiablado, unas tijeras de decapitar capaces de rebanar bloques de hierro con facilidad, un gran escudo sumamente pesado que combinaba ataque y defensa, o un pilote perforador capaz de atravesar rocas gigantes sin despeinarse. Tal era su variedad armamentística.
Dado que volaban hacia mí de forma rítmica, me dediqué a recibirlas y devolvérselas. Las ocho variedades de armas iban y venían de un lado a otro entre ambos. Desde la perspectiva del público, aquella estampa debía de parecer un pase de malabares a dos manos.
La reacción de los espectadores, los Stick Audience, fue muy favorable y no dejaban de llegarme vítores. Gracias a las bonificaciones, mi estado físico se encontraba en plenas facultades y fui incrementando progresivamente la cantidad de artículos con los que hacíamos malabares. Las variedades en juego pasaron de ocho a doce, hasta alcanzar finalmente las veinte.
Llegados a ese punto, el Globe Elefario perdió la compostura y le propinó una patada a la enorme pelota metálica de rayas rojas y blancas sobre la que estaba montado, mandándola directamente hacia mí. Detuve con el pie la pelota, que venía con un impulso digno del impacto frontal de un camión, y me subí a ella en su lugar. Mientras continuaba haciendo malabares sobre la pelota, el Globe Elefario comenzó a cometer fallos gradualmente hasta que las armas se le fueron clavando una tras otra en su cuerpo, terminando con una apariencia similar a la de una inquietante obra de arte moderno.
Hice la reverencia final de despedida, recogí su cadáver y, tras bajar del escenario, me tragué todas las armas y la pelota de una pieza. La piel y la carne eran gruesas, y los huesos, duros. La carne de elefante no estuvo nada mal, a su manera.
Habilidad [Juggling Soul] aprendida
Habilidad [Circo Octópodo] aprendida
Gracias a esto pude aprender dos habilidades, aunque ambas parecen estar relacionadas con los malabares. [Juggling Soul] otorga una mejora considerable a las funciones corporales y otros aspectos al realizar malabares o acciones similares. Por su parte, [Circo Octópodo] es una habilidad que permite generar libremente los utensilios empleados en los malabares (también llamados «atrezo»). Con esto puedo realizar espectáculos de malabares en cualquier momento y lugar, por lo que aquí resulta sumamente práctico.
Aunque amasé una cantidad respetable de aclamaciones, aún no era suficiente, por lo que continué librando combates aderezados con números artísticos. Para cuando cayó la tarde, logré superar sin contratiempos el millón de aclamaciones, reuniendo un total de un millón ochenta mil. Las aclamaciones necesarias para avanzar son un millón, por lo que me sobraban ochenta mil. Dado que se desvanecerían al continuar y considerando la hora, decidí descansar hoy en la taberna para avanzar mañana. Así pues, empleé las ochenta mil aclamaciones restantes para disfrutar de un licor de mazmorra tirando a caro en compañía de otros exploradores.
De tono ámbar, llamado [Pieronic], parecía ser un licor espirituoso. Al llevármelo a la boca, primero se extendía el dulzor de la miel dorada, las cerezas joya y el azúcar de plata tostado. Acto seguido, un sabor fino y chispeante estallaba en la lengua mientras un aroma a cítricos ascendía por la nariz. Ahora bien, en el instante de tragarlo, el sabor cambiaba por completo: el picor del jengibre de hierro negro y la pimienta de cobre negro quemaba la garganta, calentando de golpe lo más profundo del pecho. Para terminar, lo que perduraba era la intensa amargura de varias hierbas medicinales y pieles de fruta tostadas, seguida de un sutil toque salino.
Hace sonreír con el dulzor, enardecer con el calor y llorar con la amargura. Poseía un sabor digno de un licor que lleva el nombre de un payaso.
Tras devorar como desayuno a los incontables monstruos de mazmorra que abatí ayer, me dirigí a ver al Taquillero Suren con el millón de aclamaciones en mi poder. El lugar de encuentro era el escenario central, la parte correspondiente a la nariz del payaso. Un lugar donde nadie se había erigido durante los últimos días.
Al subir a las tablas, el inquietante Taquillero emergió del suelo como filtrándose a través de él. El esbelto monstruo ataviado con un frac negro se quitó el chistera haciendo una reverente inclinación y dijo: «Muéstrame la entrada». Aunque no sabía a qué entrada se refería, por lo pronto sujeté el collar que contenía las Monedas de Aclamación, y de él comenzaron a brotar a raudales el millón de monedas. Tras salir todas las doradas aclamaciones formando una pequeña montaña con un estrépito metálico, estas se fundieron en una masa viscosa que se comprimió hasta transformarse en una sola entrada. Una entrada dorada con los bordes rojos. En su superficie flotaban unas letras ardientes: «Entrada para la Función Especial».
Esta debía de ser la entrada que solicitaba el Taquillero Suren. Al tendérsela, extrajo un arma gigantesca de la nada.
Se trataba de un arma con forma de tijera, resultado de fusionar unas tijeras gigantescas de picar billetes con unas tijeras de ejecución. Medía unos dos metros de longitud total. Uno de los filos era una hoja de corte fina, larga y afilada; el otro era una hoja de troquelado con una fila de orificios circulares. Cada vez que abría y cerraba la tijera, producía un sonido seco, un «clac, clac», exactamente igual al de un revisor picando un billete en un control de accesos.
Utilizando ese artefacto, el Taquillero Suren picó la entrada que yo sostenía, y parece que aquello sirvió como señal. El escenario se iluminó desde el techo con focos, mientras que de los dispositivos instalados a su alrededor comenzaron a brotar fuegos artificiales. Surgió una música de la nada y, coordinados con ella, emergió la mayor cantidad de Stick Audience jamás vista, alzando ambos brazos.
Esta vez no aplaudían, no vitoreaban. No aún.
Tan solo una multitud de cabezas redondas observándonos fijamente a los dos, erigidos en el centro de aquel centenar de escenarios circulares. Era la mirada de un público que aguardaba con impaciencia el espectáculo que estaba a punto de comenzar.
Volví la mirada hacia el Taquillero Suren y, mientras hacía una profunda inclinación, dijo: «A continuación, dará comienzo el examen de admisión final». Acto seguido, abrió la gran tijera que sostenía en la mano y dijo: «Le rogamos que no abandone la sala antes de tiempo». Las hojas abiertas se cerraron.
¡Clac!
La gran tijera se cerró y esquivé el golpe por instinto. De inmediato, se produjo un corte profundo en el lugar donde me encontraba hacía un instante. Por la leve fuerza mágica que percibí, la gran tijera debía de ser un tipo de artefacto mágico capaz de generar un corte al cerrarse. Sin desfase temporal alguno y, por lo visto, la distancia parecía no importar siempre que fuera un punto designado.
Moviéndome a mayor velocidad que el sonido del «clac, clac» de la tijera abriéndose y cerrándose de forma continua, recorté la distancia que nos separaba.
A medida que me aproximaba, la velocidad de apertura y cierre de la gran tijera se aceleraba. Al acortar la distancia a diez metros, el sonido resonaba hasta diez veces por segundo. Mientras esquivaba por los pelos los cortes que se generaban a cada instante, empleé el [Ovation Cracker] que llevaba en la mano. Este artículo mágico obtenido aquí emite un destello y un estruendo direccional por la boca de su tubo. Dirigiéndolo hacia la cabeza del Taquillero Suren, desvié su atención por un instante. Aprovechando esa oportunidad, usé [Lanzar] para arrojar sistemáticamente las [Juggler Dagger] que tenía reservadas en grandes cantidades. Las [Juggler Dagger] son artículos mágics que se dividen en cinco con un solo lanzamiento, y en esta ocasión arrojé veinte. Es decir, cien dagas divididas cayeron como una lluvia sobre el Taquillero Suren. Potenciadas por [Juggling Soul], las [Juggler Dagger] que, en circunstancias normales solo habrían servido para hacer un mero rasguño, quedaron reforzadas hasta convertirse en armas mortales capaces de atravesar al enemigo. Como si hubiera percibido el peligro, el Taquillero Suren repelió los ataques empleando no solo la tijera de gran tamaño, sino también sus largos brazos, pero aproveché ese descuido para flanquearlo por la espalda. Aunque atacó a toda prisa con la gran tijera, antes de que pudiera hacerlo, las ocho clases de armas que generé con [Circo Octópodo] arremetieron contra su cuerpo.
Un espadón con llamas negras, un hacha mandoble convertida en un rayo negro, una lanza larga cuya punta recordaba a un ciempiés, un martillo de guerra que comprimía todo al contacto, un chakram transformado en una motosierra, unas tijeras de decapitar capaces de cortar metal mágico como si fuera agua, un gran escudo con los filos afilados que combinaba ataque y defensa, y un pilote explosivo capaz de atravesar dragones gigantes sin despeinarse.
A pesar de que todas esas armas estaban clavadas en su carne, el Taquillero Suren aún no había muerto, aunque no podía moverse. Sin desaprovechar esa oportunidad, saqué la lanza carmesí y le atravesé el corazón con una estocada a plena potencia. Su cuerpo no pudo resistir el embate y terminó derrumbándose, dejando un cadáver sobre las tablas. Desde los alrededores, los Stick Audience que observaban la escena rompieron en una atronadora ovación con aplausos y vítores.
Ha completado con éxito la cacería del jefe de área [Taquillero Suren]
Como bonificación por la primera cacería, se le concede el cofre del tesoro [Aclamación Dorada]
Sin tiempo que perder, devoré al Taquillero Suren junto a su gran tijera. Su carne era sorprendentemente tierna. Al morder, similar a una fina figura de caramelo, la epidermis se rompía de forma crujiente, dejando brotar de su interior un jugo de carne algo frío. La carne era parecida a la de pato y, aunque poseía un sabor intenso, la grasa resultaba ligera, permitiendo disfrutar del aroma tostado de mantequilla dorada y nueces ahumadas. Un poco más tarde, perduraba un dulzor similar al del caramelo y las manzanas rojas reducidas en vino blanco. El adorno en forma de entrada que llevaba en la pechera resultó ser crujiente como la masa de hojaldre espolvoreada con azúcar. Despedía aroma a canela y piel de naranja a cada bocado.
En cuanto a la gran tijera, las hojas eran parecidas a un caparazón fino y bien horneado. Al morderlas, se partían con un chasquido, extendiendo un profundo sabor umami similar al de los hígados de cangrejo junto a la fragancia de la sal ahumada. El mango, que presentaba detalles ornamentales dorados, era como un cartílago con cierta elasticidad, permitiendo disfrutar de una textura crujiente a cada bocado y de un sabor similar a la pimienta y la sal ahumada.
Dulce, aromático y con un leve toque amargo. Era un sabor idéntico a reunir en un solo plato una comida de carne y un postre.
Habilidad [Tijeras de Admisión] aprendida
Habilidad [Función Especial] aprendida
Definitivamente, los jefes de área están bien por lo exquisito y variado de su sabor.
Es algo positivo, desde luego, pero en el proceso, haber descubierto la existencia de ciertos artículos especiales que solo pueden canjearse por aclamaciones me ha sentado como una jarra de agua fría.
En lo que respecta a armamento, ya dispongo de los [Artefactos Divinos] que he ido obteniendo tras despejar varias mazmorras divinas, empezando por mi lanza carmesí. Por ello, no veo la necesidad de gastar aclamaciones en armamento; sin embargo, entre los artículos canjeables existen varias botellas de licor de mazmorra.
De haber sido opciones económicas los habría comprado sin falta, pero el licor de mazmorra de mayor categoría cuesta nada menos que quinientas mil aclamaciones por unidad. ¡Es un precio desorbitado! Como he podido comprobar estos últimos días, amasar semejante suma conlleva un esfuerzo considerable. No obstante, por lo visto, el sabor es insuperable en esa misma medida, y se dice que tomar tan solo un sorbo otorga efectos como alargar la esperanza de vida, incrementar drásticamente la reserva de fuerza mágica corporal y reforzar las aptitudes físicas. Por esa razón, parece que no son pocos los exploradores con capacidad para avanzar que sucumben a la tentación de este licor de mazmorra y terminan estancándose aquí.
Sentí la tentación instintiva de comprarlo sin dudarlo, pero me mantuve firme tirando de fuerza de voluntad. Mi prioridad absoluta en este momento es moler a palos a ese payaso bastardo cuanto antes y recuperar mis recuerdos por completo. No puedo permitirme el lujo de quedarme aquí. Además, una vez que lo pruebe, la tentación no hará más que volverse más fuerte.
En momentos como este lo mejor es mover el cuerpo. Hoy también opté por el combate en el escenario, haciendo aparecer a mi oponente sobre las tablas. Esta vez el contrincante era un hombre elefante sobre una pelota gigantesca: el Globe Elefario.
Medía unos seis metros de altura. Su piel grisácea lucía pinturas con patrones de estrellas doradas y espirales, y sobre su cabeza portaba un pequeño gorro de bufón. Lucía un paño decorativo rojo sobre los hombros y sus ojos eran pequeños y simpáticos, aunque la emoción que se ocultaba tras ellos era la de un cazador resuelto a abatir a su presa con frialdad. Montado sobre una enorme pelota metálica de rayas rojas y blancas, empleaba no solo las manos, sino también su larga trompa para hacer malabares con espadones y hachas a dos manos como si fueran simples cuchillos. Hacía malabares con ocho armas a la vez. Todas ellas parecían ser artefactos mágicos: algunas ardían con fiereza, otras estaban fuertemente electrificadas y la cantidad de varias de ellas aumentaba o disminuía en pleno aire.
En cuanto comenzó el enfrentamiento con el Globe Elefario, me arrojó sin dilación las armas con las que hacía malabares. Un espadón que ardía de forma estruendosa, un hacha mandoble electrificada, una lanza larga cuya punta estaba formada por tentáculos que no paraban de retorcerse, o un martillo de guerra que detonaba al contacto, un chakram gigantesco con un filo endiablado, unas tijeras de decapitar capaces de rebanar bloques de hierro con facilidad, un gran escudo sumamente pesado que combinaba ataque y defensa, o un pilote perforador capaz de atravesar rocas gigantes sin despeinarse. Tal era su variedad armamentística.
Dado que volaban hacia mí de forma rítmica, me dediqué a recibirlas y devolvérselas. Las ocho variedades de armas iban y venían de un lado a otro entre ambos. Desde la perspectiva del público, aquella estampa debía de parecer un pase de malabares a dos manos.
La reacción de los espectadores, los Stick Audience, fue muy favorable y no dejaban de llegarme vítores. Gracias a las bonificaciones, mi estado físico se encontraba en plenas facultades y fui incrementando progresivamente la cantidad de artículos con los que hacíamos malabares. Las variedades en juego pasaron de ocho a doce, hasta alcanzar finalmente las veinte.
Llegados a ese punto, el Globe Elefario perdió la compostura y le propinó una patada a la enorme pelota metálica de rayas rojas y blancas sobre la que estaba montado, mandándola directamente hacia mí. Detuve con el pie la pelota, que venía con un impulso digno del impacto frontal de un camión, y me subí a ella en su lugar. Mientras continuaba haciendo malabares sobre la pelota, el Globe Elefario comenzó a cometer fallos gradualmente hasta que las armas se le fueron clavando una tras otra en su cuerpo, terminando con una apariencia similar a la de una inquietante obra de arte moderno.
Hice la reverencia final de despedida, recogí su cadáver y, tras bajar del escenario, me tragué todas las armas y la pelota de una pieza. La piel y la carne eran gruesas, y los huesos, duros. La carne de elefante no estuvo nada mal, a su manera.
Habilidad [Juggling Soul] aprendida
Habilidad [Circo Octópodo] aprendida
Gracias a esto pude aprender dos habilidades, aunque ambas parecen estar relacionadas con los malabares. [Juggling Soul] otorga una mejora considerable a las funciones corporales y otros aspectos al realizar malabares o acciones similares. Por su parte, [Circo Octópodo] es una habilidad que permite generar libremente los utensilios empleados en los malabares (también llamados «atrezo»). Con esto puedo realizar espectáculos de malabares en cualquier momento y lugar, por lo que aquí resulta sumamente práctico.
Aunque amasé una cantidad respetable de aclamaciones, aún no era suficiente, por lo que continué librando combates aderezados con números artísticos. Para cuando cayó la tarde, logré superar sin contratiempos el millón de aclamaciones, reuniendo un total de un millón ochenta mil. Las aclamaciones necesarias para avanzar son un millón, por lo que me sobraban ochenta mil. Dado que se desvanecerían al continuar y considerando la hora, decidí descansar hoy en la taberna para avanzar mañana. Así pues, empleé las ochenta mil aclamaciones restantes para disfrutar de un licor de mazmorra tirando a caro en compañía de otros exploradores.
De tono ámbar, llamado [Pieronic], parecía ser un licor espirituoso. Al llevármelo a la boca, primero se extendía el dulzor de la miel dorada, las cerezas joya y el azúcar de plata tostado. Acto seguido, un sabor fino y chispeante estallaba en la lengua mientras un aroma a cítricos ascendía por la nariz. Ahora bien, en el instante de tragarlo, el sabor cambiaba por completo: el picor del jengibre de hierro negro y la pimienta de cobre negro quemaba la garganta, calentando de golpe lo más profundo del pecho. Para terminar, lo que perduraba era la intensa amargura de varias hierbas medicinales y pieles de fruta tostadas, seguida de un sutil toque salino.
Hace sonreír con el dulzor, enardecer con el calor y llorar con la amargura. Poseía un sabor digno de un licor que lleva el nombre de un payaso.
Día 680
Al subir a las tablas, el inquietante Taquillero emergió del suelo como filtrándose a través de él. El esbelto monstruo ataviado con un frac negro se quitó el chistera haciendo una reverente inclinación y dijo: «Muéstrame la entrada». Aunque no sabía a qué entrada se refería, por lo pronto sujeté el collar que contenía las Monedas de Aclamación, y de él comenzaron a brotar a raudales el millón de monedas. Tras salir todas las doradas aclamaciones formando una pequeña montaña con un estrépito metálico, estas se fundieron en una masa viscosa que se comprimió hasta transformarse en una sola entrada. Una entrada dorada con los bordes rojos. En su superficie flotaban unas letras ardientes: «Entrada para la Función Especial».
Esta debía de ser la entrada que solicitaba el Taquillero Suren. Al tendérsela, extrajo un arma gigantesca de la nada.
Se trataba de un arma con forma de tijera, resultado de fusionar unas tijeras gigantescas de picar billetes con unas tijeras de ejecución. Medía unos dos metros de longitud total. Uno de los filos era una hoja de corte fina, larga y afilada; el otro era una hoja de troquelado con una fila de orificios circulares. Cada vez que abría y cerraba la tijera, producía un sonido seco, un «clac, clac», exactamente igual al de un revisor picando un billete en un control de accesos.
Utilizando ese artefacto, el Taquillero Suren picó la entrada que yo sostenía, y parece que aquello sirvió como señal. El escenario se iluminó desde el techo con focos, mientras que de los dispositivos instalados a su alrededor comenzaron a brotar fuegos artificiales. Surgió una música de la nada y, coordinados con ella, emergió la mayor cantidad de Stick Audience jamás vista, alzando ambos brazos.
Esta vez no aplaudían, no vitoreaban. No aún.
Tan solo una multitud de cabezas redondas observándonos fijamente a los dos, erigidos en el centro de aquel centenar de escenarios circulares. Era la mirada de un público que aguardaba con impaciencia el espectáculo que estaba a punto de comenzar.
Volví la mirada hacia el Taquillero Suren y, mientras hacía una profunda inclinación, dijo: «A continuación, dará comienzo el examen de admisión final». Acto seguido, abrió la gran tijera que sostenía en la mano y dijo: «Le rogamos que no abandone la sala antes de tiempo». Las hojas abiertas se cerraron.
¡Clac!
La gran tijera se cerró y esquivé el golpe por instinto. De inmediato, se produjo un corte profundo en el lugar donde me encontraba hacía un instante. Por la leve fuerza mágica que percibí, la gran tijera debía de ser un tipo de artefacto mágico capaz de generar un corte al cerrarse. Sin desfase temporal alguno y, por lo visto, la distancia parecía no importar siempre que fuera un punto designado.
Moviéndome a mayor velocidad que el sonido del «clac, clac» de la tijera abriéndose y cerrándose de forma continua, recorté la distancia que nos separaba.
A medida que me aproximaba, la velocidad de apertura y cierre de la gran tijera se aceleraba. Al acortar la distancia a diez metros, el sonido resonaba hasta diez veces por segundo. Mientras esquivaba por los pelos los cortes que se generaban a cada instante, empleé el [Ovation Cracker] que llevaba en la mano. Este artículo mágico obtenido aquí emite un destello y un estruendo direccional por la boca de su tubo. Dirigiéndolo hacia la cabeza del Taquillero Suren, desvié su atención por un instante. Aprovechando esa oportunidad, usé [Lanzar] para arrojar sistemáticamente las [Juggler Dagger] que tenía reservadas en grandes cantidades. Las [Juggler Dagger] son artículos mágics que se dividen en cinco con un solo lanzamiento, y en esta ocasión arrojé veinte. Es decir, cien dagas divididas cayeron como una lluvia sobre el Taquillero Suren. Potenciadas por [Juggling Soul], las [Juggler Dagger] que, en circunstancias normales solo habrían servido para hacer un mero rasguño, quedaron reforzadas hasta convertirse en armas mortales capaces de atravesar al enemigo. Como si hubiera percibido el peligro, el Taquillero Suren repelió los ataques empleando no solo la tijera de gran tamaño, sino también sus largos brazos, pero aproveché ese descuido para flanquearlo por la espalda. Aunque atacó a toda prisa con la gran tijera, antes de que pudiera hacerlo, las ocho clases de armas que generé con [Circo Octópodo] arremetieron contra su cuerpo.
Un espadón con llamas negras, un hacha mandoble convertida en un rayo negro, una lanza larga cuya punta recordaba a un ciempiés, un martillo de guerra que comprimía todo al contacto, un chakram transformado en una motosierra, unas tijeras de decapitar capaces de cortar metal mágico como si fuera agua, un gran escudo con los filos afilados que combinaba ataque y defensa, y un pilote explosivo capaz de atravesar dragones gigantes sin despeinarse.
A pesar de que todas esas armas estaban clavadas en su carne, el Taquillero Suren aún no había muerto, aunque no podía moverse. Sin desaprovechar esa oportunidad, saqué la lanza carmesí y le atravesé el corazón con una estocada a plena potencia. Su cuerpo no pudo resistir el embate y terminó derrumbándose, dejando un cadáver sobre las tablas. Desde los alrededores, los Stick Audience que observaban la escena rompieron en una atronadora ovación con aplausos y vítores.
Ha completado con éxito la cacería del jefe de área [Taquillero Suren]
Como bonificación por la primera cacería, se le concede el cofre del tesoro [Aclamación Dorada]
Sin tiempo que perder, devoré al Taquillero Suren junto a su gran tijera. Su carne era sorprendentemente tierna. Al morder, similar a una fina figura de caramelo, la epidermis se rompía de forma crujiente, dejando brotar de su interior un jugo de carne algo frío. La carne era parecida a la de pato y, aunque poseía un sabor intenso, la grasa resultaba ligera, permitiendo disfrutar del aroma tostado de mantequilla dorada y nueces ahumadas. Un poco más tarde, perduraba un dulzor similar al del caramelo y las manzanas rojas reducidas en vino blanco. El adorno en forma de entrada que llevaba en la pechera resultó ser crujiente como la masa de hojaldre espolvoreada con azúcar. Despedía aroma a canela y piel de naranja a cada bocado.
En cuanto a la gran tijera, las hojas eran parecidas a un caparazón fino y bien horneado. Al morderlas, se partían con un chasquido, extendiendo un profundo sabor umami similar al de los hígados de cangrejo junto a la fragancia de la sal ahumada. El mango, que presentaba detalles ornamentales dorados, era como un cartílago con cierta elasticidad, permitiendo disfrutar de una textura crujiente a cada bocado y de un sabor similar a la pimienta y la sal ahumada.
Dulce, aromático y con un leve toque amargo. Era un sabor idéntico a reunir en un solo plato una comida de carne y un postre.
Habilidad [Tijeras de Admisión] aprendida
Habilidad [Función Especial] aprendida
Definitivamente, los jefes de área están bien por lo exquisito y variado de su sabor.
awesome i will let u know when alphapolis releases the next 10 day segment (since i have re:monster favorited they notify me each time)
ResponderEliminarThanks a lot! 😍 I have it bookmarked too, but I lost access to the email I registered with, so I'm manually checking it once a month or so. I'm such a mess. 🤣 Thanks again for your help!
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