
Los contratiempos acostumbran a presentarse siempre de la manera más intempestiva e imprevista. Dado que ya se vislumbraban ciertos indicios en las fronteras, cabía considerar la situación dentro de lo previsto; si bien la cruda realidad no dejaba de suscitar cierta perplejidad y preocupación al materializarse. ¿Qué era exactamente lo que había acontecido en las marcas del septentrión...?
—Los pueblos nómadas del norte han desencadenado una ofensiva armada —comunicó Baryou, con su impasibilidad característica—. A todas luces, su principal pretensión era apoderarse de las reservas de trigo.
Las refriegas menores en los límites territoriales constituían un suceso periódico y habitual. Por norma general, semejantes incidentes no trascendían más allá de una mera tanteada de terreno por parte de las tribus. No obstante, Baryou procedió a extractar los pormenores del informe remitido por los gobernadores provinciales para ilustrar a Jinshi sobre la verdadera gravedad del asunto.
—Era de esperar que intentaran algo así... —murmuró Jinshi.
Puesto que en las dependencias del despacho únicamente permanecían en ese instante Baryou y una sola persona más, su hermana Mamei, el noble respondió apoyando indolentemente la mejilla sobre la mano. De haber estado presente el veterano Gaoshun, a buen seguro que habría fruncido el entrecejo denotando una severa contrariedad por la falta de compostura de su señor.
Mamei continuaba consagrada al riguroso orden del papeleo oficial con encomiable presteza. Demostraban ser, a ciencia cierta, unos hermanos oficiales de lo más diligentes y eficientes en el servicio imperial. El otro hermano, Bashin, se hallaba a estas mismas horas entregado por entero a los severos adiestramientos en el estamento militar. Según tenía entendido Jinshi, el joven ejecutaba lances singulares con espadas de filo romo de forma ininterrumpida hasta cosechar una indiscutible derrota. Dado su carácter adusto y no muy dado a las afabilidades sociales, a Bashin no parecía aquejarle jamás una falta de voluntariosos contendientes para la lucha, lo cual concitaba cierta envidia en el ánimo del propio Jinshi, atrapado entre legajos de Estado.
Por más que aquellos asaltantes pertenecieran a pueblos nómadas, no dejaban de ser seres humanos con necesidades alimentarias básicas. Lejos de limitarse de forma exclusiva al consumo de leche de cabra y viandas cárnicas derivadas del pastoreo, también requerían ingerir hortalizas frescas y cereales para sobrevivir al crudo invierno. Careciendo por completo de labrantíos propios en sus áridas estepas, lo habitual era que comparecieran pacíficamente en los núcleos urbanos fronterizos con el propósito de permutar pieles finas y ganado por otros sustentos agrícolas. En las urbes inmediatas a la gran muralla, los intercambios comerciales con dichos pueblos no constituían rareza alguna; ahora bien...
—Se trata de una etnia cuyos asentamientos se sitúan en regiones considerablemente más septentrionales y apartadas —aclaró Baryou, hojeando el documento.
Si bien la corte había dispuesto un contingente notable de vigilancia y guarnición en los confines del norte, aun así apenas se había logrado la captura de unos pocos rezagados pertenecientes a la banda de asaltantes. Por lo visto en las indagaciones preliminares, lejos de acometer una agresión armada de forma súbita en primera instancia, el propósito inicial de los nómadas fue efectuar adquisiciones legales en otras urbes comerciales. Con todo, dado que la moneda que esgrimían para el pago correspondía en exclusiva a la divisa de la Unión del Norte, sin valor legal en los mercados del Imperio, sumado a las insuperables dificultades de entendimiento lingüístico entre las partes, las negociaciones monetarias terminaron por naufragar trágicamente, degenerando en el saqueo del grano.
—¿Acaso carecían por completo de comprensión de nuestra lengua? —inquirió Jinshi.
—Así parece —asintió el funcionario—. Aducen los oficiales que el acento de los forasteros resultaba en extremo cerrado e ininteligible, lo que dificultaba gravemente la comprensión mutua. Los posteriores interrogatorios a los cautivos han resultado ser una tarea de lo más compleja.
Ante la perspectiva de un conflicto fronterizo aderezado con barreras idiomáticas y problemas de abastecimiento, a Jinshi comenzaba a aquejarle un sordo e insidioso dolor de cabeza.
—Lo que cabe colegir es que, en condiciones normales, dichos pueblos se abastecían de cereales en otros lares —analizó Jinshi, hilando los cabos del informe militar—. No obstante, al verse privados de tal opción por el desabastecimiento, comparecieron en una urbe distinta y, al encallar nuevamente las negociaciones comerciales, se vieron en la desesperada tesitura de no poder regresar de vacío a sus tierras, lo que los impelió a arremeter por la fuerza contra nuestros asentamientos agrícolas. ¿Es esa la situación?
—Efectivamente, mi señor —corroboró Baryou—. Es la deducción más plausible a los hechos.
En el presente año agrícola, las cosechas de cereales en el Imperio de Li tampoco se antojaban especialmente copiosas. Si bien los únicos territorios que padecían una escasez de tal magnitud como para retraer las ventas e impedir el comercio exterior eran aquellos que sufrieron en sus campos los estragos directos de la plaga de langostas. Con todo, computando la producción global del resto de las regiones imperiales, aún restaba margen suficiente para suplir las deficiencias de los damnificados.
—¿Hemos recibido noticias en lo tocante al rendimiento agrícola de la batata en las provincias? —inquirió el noble.
—En efecto, ha llegado precisamente un legajo oficial remitido por el señor Lahan al respecto —informó la joven asistente. Mamei le tendió la misiva al instante con ademanes pulcros y fluidos, haciendo una vez más gallardía de su eficiencia natural sin la menor artificio—. Según consta en sus minuciosos cálculos, el volumen de la recolección actual se ajusta a grandes rasgos a las previsiones iniciales.
—Ya veo... —exhaló Jinshi.
Puesto que el noble había albergado en su mente el peor de los escenarios, respiró con hondo alivio. Restaban aún por dirimir los inconvenientes relativos a la correcta conservación del cultivo, su procesamiento alimentario y la logística de los medios de transporte, mas delegando tales menesteres administrativos en el pragmático Lahan, cabía dar por sentado que las operaciones marcharían por muy buen camino. A pesar de sus marcadas excentricidades y de su obsesión por los números, el contable demostraba ser un individuo sumamente eficiente y digno de confianza una vez que se desentrañaba la singularidad de su naturaleza. Le embargaba a Jinshi, no obstante, la sensación de haberle encomendado excesivas tareas de Estado en tiempos recientes, por lo que convenía refrenarse de incrementar su carga laboral en lo sucesivo para no agotar sus recursos.
Resulta siempre oportuno encomendar gestiones complejas a las personas de entera confianza, mas un desmedido exceso en tal sentido puede acarrear serios contratiempos. Jinshi albergaba la plena convicción de comprender y respetar dicho principio de prudencia política; sin embargo...
Fue en el preciso instante en que depositó los legajos recién leídos sobre la mesa de despacho. La pesada puerta de la estancia se abrió inesperadamente de par en par con un violento estrépito.
—¡Señor Jinshi!
—¡Bashin!
Mamei reprendió a Bashin por su intempestiva irrupción en el despacho. Con todo, el joven se plantó directamente ante el escritorio principal de Jinshi con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Vestía aún los bastos ropajes de lino propios de los adiestramientos militares, lo que denotaba a las claras que comparecía allí directamente desde el campo de prácticas sin haberse cambiado.
—¿Qué ocurre, Bashin? Tu conducta carece por completo de la debida consideración —reprobó Jinshi.
Ante el encendido semblante de indignación de su hermana Mamei, Jinshi adoptó asimismo un tono severo también. Sin embargo, por más que Bashin pecara a menudo de impetuoso, si se conducía con semejante premura, a buen seguro mediaría un motivo de verdadero peso de por medio.
—A-Al parecer... unos malhechores armados han irrumpido en la residencia de la señora Ah-Duo —alcanzó a revelar el joven.
—¡¿Qué estás diciendo?! —exclamó Jinshi, enarcando las cejas al instante con inocultable sobresalto.
—No he recibido notificación oficial alguna al respecto en los informes del día —intervino Mamei, revisando los legajos.
—Así es, no la hay —asintió el muchacho—. Yo mismo acabo de tener constancia de ello... P-Por puro azar, en el cuartel.
Puesto que su interlocutor apenas atinaba a articular palabra por la evidente falta de aliento, Jinshi dirigió una elocuente mirada hacia Mamei. Pese al profundo enojo que le inspiraba la falta de modales de su hermano menor, la eficiente oficial tendió de inmediato un cuenco con agua fresca a Bashin.
Bashin apuró el contenido del cuenco de un solo trago, tras lo cual se limpió con la manga y con suma presteza el líquido excedente que se le había desbordado por la comisura de los labios.
—Llegó a mis oídos de casualidad mientras entrenaba —explicó Bashin, recuperando parte del resuello—. Según parece, hace aproximadamente diez jornadas, unos individuos se infiltraron en el palacio campestre de la señora Ah-Duo. Y en el accidentado transcurso de su huida, provocaron un incendio en las dependencias.
—¿Estás seguro de la veracidad de tales afirmaciones? —inquirió Jinshi, demudado.
—En efecto, mi señor —aseguró el muchacho—. Al escuchar los rumores, les pedí cuentas sin ambages a los guardias del turno. Por lo visto, pesaba sobre ellos la orden estricta de guardar absoluto secreto; mas al captar yo los comentarios suspicaces que intercambiaban entre sus allegados, los interpelé con severidad.
Bashin apretó los puños con vehemencia al rememorar el incidente. Por más que a los centinelas se les hubiera escapado algún detalle imprudente en la conversación, resultaba inverosímil que hubieran expuesto los pormenores de un secreto oficial por su propia voluntad ante un oficial joven. Cabía la fundada sospecha de que Bashin hubiera recurrido a la intimidación física o a las malas artes para arrancarles la confesión a la fuerza.
¿Se trataría acaso de las burdas fechorías de unos vulgares ladrones de caminos? No, resultaba del todo improbable que unos delincuentes comunes escogieran el palacio de Ah-Duo como objetivo de expolio de forma deliberada. Al fin y al cabo, dicha finca constituía originariamente una residencia de descanso perteneciente al propio Emperador. Por más que se ubicara fuera de los confines amurallados de la corte, el contingente de vigilancia asignado a su custodia era notable y bien pertrechado. De tratarse de un simple latrocinio, se antojaría un plan potencialmente más sencillo asaltar la morada desprotegida de algún acaudalado mercader de la capital.
Y por si el rango de la antigua consorte fuera poco, allí en la residencia campestre también se hallaban bajo custodia secreta los niños supervivientes de las purgas del Clan Shi; Suirei, quien venía a ser en realidad nieta consanguínea del anterior Emperador; y la propia Sacerdotisa del Oeste, figuras de una relevancia política de primer orden cuya sola presencia convertía cualquier infiltración en un posible atentado de Estado.
—...
A buenas horas, pero Jinshi se reprochó agriamente a sí mismo haber dependido en exceso del amparo de Ah-Duo. La distinguida dama poseía una innegable perspicacia política y era digna de toda su confianza. No obstante, él albergaba la plena convicción personal de que no debía ampararse en ella en demasía... y, con todo, lo había hecho una vez más.
—A la mayor brevedad posible, me personaré en la residencia de la señora Ah-Duo —determinó el noble.
—¿Qué motivo oficial debo alegar en el registro para justificar la visita? —inquirió Mamei.
La funcionaria dispuso con pulcritud las tablillas de madera y el pincel impregnado en tinta. Gracias a la reciente y notable proliferación del papel de buena calidad en el Imperio, el uso tradicional de las tablillas de madera para la correspondencia oficial había decaído de forma considerable. Aun así, en ocasiones se empleaban aún de forma deliberada. En el caso particular de Mamei, diríase que profesaba una marcada predilección por las tablillas de maderas aromáticas, de las cuales se servía con asiduidad para los despachos más distinguidos.
—Consigna... que albergo el deseo de disputar una partida de Go con ella —ordenó Jinshi.
A buen seguro que a la naturaleza de Ah-Duo le habría seducido infinitamente más una invitación para practicar la cetrería a caballo, mas lo avanzado de la hora desaconsejaba por completo cualquier actividad al aire libre. Al echar una mirada a través de los ventanales del despacho, el sol comenzaba a declinar velozmente por el horizonte. El firmamento se teñía de tonos violáceos y anaranjados que anunciaban un inminente crepúsculo y la llegada de las sombras nocturnas sobre la capital.
—Señor Jinshi... —intervino una voz insistente.
—¿Todavía permaneces aquí, Bashin? —apuntó el noble, dirigiéndole una mirada impregnada de un matiz de evidente hastío.
—¡Le ruego que me permita acompañarle! —suplicó el joven guardia.
—Me temo que no será posible... —rehusó Jinshi con firmeza.
—¡¿Y cuál es el impedimento?! —protestó Bashin, alzando el tono.
Por más que el joven militar mostrara abiertamente su indignación, no era que Jinshi careciera de fundamentos para rehusar su presencia. Por lo demás, tanto Mamei como Baryou, presentes en el despacho, estaban perfectamente al tanto de la incorrección cometida por su hermano menor.
—Les arrancaste a esos guardias por la fuerza la información sobre la señora Ah-Duo, ¿verdad, hermano? —intervino Mamei con voz gélida—. Dime, ¿te cuidaste al menos de hacerlo lejos de miradas indiscretas?
Ante la acuciante interpelación, Bashin experimentó un visible respingo que le hizo estremecerse de pies a cabeza. Adolecía de una notoria falta de entereza y aplomo frente a las mujeres en general, pero tratándose de las dos figuras de autoridad en su familia (su madre y su hermana mayor), su vulnerabilidad resultaba absoluta.
—B-Bueno... Por lo pronto, me cuidé de llevarlos a rastras a la parte trasera de los barracones —balbuceó el muchacho, perdiendo la altivez.
—Conque no te cercioraste debidamente de asegurar el perímetro —lo reprendió Mamei con severidad inflexible—. Y para empezar, ¡¿a qué viene presentarse vistiendo semejante indumentaria de instrucción?! Desconozco si te hallabas en pleno adiestramiento militar o qué sé yo, pero apestas a sudor. ¿Lo captas? ¿Qué crees que pensará la servidumbre y el resto de los oficiales si te ven irrumpiendo en el despacho del señor de la luna cubierto de mugre? A todas luces deducirán que tramas algo sospechoso o de extrema gravedad, ¡¿no te resulta evidente?! Hasta un infante alcanzaría a comprender algo tan elemental. Es más, hasta un simio lo entendería. ¿Acaso tu limitado intelecto no da para más que el de un primate?
—...
El rostro de Bashin se contrajo en una mueca de lo más lastimera ante el implacable rapapolvo. Por su parte, su hermano Baryou le dirigió una mirada preñada de sincera compasión a través de la discreta rendija del biombo de la estancia. Las mujeres del clan Ma eran, sin excepción, de armas tomar...
—Es que ya te han calado por completo —continuó Mamei con desdén—. Lo tuyo definitivamente no son las misiones secretas. Manejar la discreción es algo que supera tus fuerzas. Precisamente por eso, el señor Jinshi va a personarse ante la residencia de la señora Ah-Duo bajo el pretexto de disputar una partida de Go.
—L-Lo sé... —musitó el muchacho.
—¡No sabes nada! Venga, aire. ¡Fuera de aquí! Apestas. ¡Puaj! ¿Es que acaso has desayunado ajo esta mañana o qué? Me acaba de llegar una bocanada de tu aliento que tira para atrás a cualquiera.
Mamei se cubrió delicadamente la nariz con la amplia manga de su túnica. La joven daba verdadero pavor en su faceta más mordaz. Aun tratándose de una actitud relativamente contenida por hallarse en la augusta presencia de Jinshi, no por ello dejaba de resultar temible.
Baryou compadecía sinceramente a su hermano menor en esa situación, pero era plenamente consciente, por experiencia, de que intervenir en su defensa solo le conduciría a una inevitable derrota compartida. Por ello, se limitaba a observar la escena inmóvil y en silencio a través del biombo.
—Como no pongas pronto remedio a ese horrendo hedor, te aseguro que no vas a tener el menor éxito con las mujeres de la capital —sentenció Mamei—. ¡Te van a aborrecer todas!
—¡¿A a-aborrecer...?! —exclamó Bashin.
Aquella cruda advertencia supuso una conmoción absoluta y un golpe demoledor para su orgullo.
—¡Anda! ¿Y esa desmedida reacción? No me digas que le has echado el ojo a alguna muchacha en particular. Vaya, vaya... Cuéntaselo todo a tu hermana mayor —demandó ella.
Los ojos de Mamei chispearon con viva malicia e insaciable curiosidad. A pesar de ser ya madre de dos hijos, apenas contaba con veintidós años de edad. Dado que se le presentó una excelente oportunidad de enlace, contrajo matrimonio formal a los prematuros dieciséis años, pero aquello no restaba un solo ápice a su infantil fascinación por las confidencias y los chascarrillos de índole amorosa.
—¡¿P-Pero qué sandeces estáis diciendo?! ¡Q-Que nos hallamos ante el señor Jinshi! —protestó Bashin, descompuesto.
Se atolondró por completo y perdió todo atisbo de aplomo. A ojos de Jinshi, aquella reacción delataba que la sospecha, lejos de ser infundada, se volvía por completo en su contra. Mamei, divertida, no cesaba de propinarle incisivos codazos a Bashin en el costado. A este paso de impertinencias, las deliberaciones sobre el viaje no avanzarían en absoluto.
—Mamei, concédele una tregua a tu hermano —intervino Jinshi con tono paternal—. A propósito, ya que se presenta la ocasión de la visita, estimo oportuno portar algunos obsequios gastronómicos. Haz el favor de verificar si Suiren puede disponernos a tiempo aquellos dulces horneados que tanto gustaron la jornada pasada.
—Entendido —asintió Mamei, recobrando al instante la compostura profesional.
La oficial envió de inmediato a un mensajero portando la correspondencia en la tablilla de madera aromática y ella misma se dirigió a las dependencias donde se encontraba la anciana Suiren. Liberado de la presencia de su hermana, Bashin dejó escapar un amargo suspiro de alivio.
—¿Y bien...? ¿De qué dama se trata? —inquirió Jinshi, inclinándose ligeramente con una sonrisa cómplice.
—¡¿Hasta usted, señor Jinshi?! —prorrumpió Bashin en un lamento de lo más desvalido y cómico.
La situación arrancó una sonora carcajada a Jinshi en medio de la tensión del día.
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