24/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 -19




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 19
Intrusos

El palacio de Ah-Duo respiraba la tranquila atmósfera de siempre, ajena al revuelo de la corte.

—Señora Ah-Duo, por favor, leénos un poco más del libro —suplicaron varias voces infantiles.

Se apiñaban alegremente en torno a Ah-Duo. Su estampa bajo la sombra de la glorieta, entregada con devoción a la lectura en voz alta para los pequeños, evocaba un lienzo refinado propio de las regiones occidentales.

Mientras Jinshi se debatía en la vacilación sobre cómo dirigirle la palabra sin perturbar tan idílica escena, pareció ser la propia Ah-Duo quien se percató primero de su presencia. Cerró el volumen con parsimonia, apaciguó con dulzura a los niños y se incorporó de su asiento.

—¿Cómo? ¿Ya se ha terminado? —protestó uno de los pequeños.

—Ja, ja, ja. Ya casi es la hora de la cena —dijo Ah-Duo con voz cálida—. Os leeré otro fragmento antes de dormir, pero antes de eso debéis cepillaros bien los dientes y lavaros las manos, ¿entendido?

Tras acariciar con ternura las cabezas de los menudos y despedirlos, la beldad ataviada con sus característicos y sobrios ropajes masculinos de montar se aproximó a Jinshi. Siempre había sido una persona de aspecto notablemente juvenil, mas a Jinshi le embargaba la impresión de que su semblante se había rejuvenecido y liberado aún más desde su traslado definitivo al palacio exterior.

—Señor de la luna, ha transcurrido un tiempo considerable desde nuestro último encuentro —declaró Ah-Duo.

Al instante, hincó la rodilla en tierra a la rigurosa manera de un oficial de la corte y entrelazó las manos para tributarle el saludo de rigor. Aunque sus ademanes rezumaban una exquisita reverencia protocolaria, Jinshi esbozó una sonrisa de amarga resignación ante la certeza de que, bajo aquel rostro servil e inclinado hacia el suelo, a buen seguro que la exconsorte se hallaba sacándole la lengua a hurtadillas con picardía.

—Me alegra constatar que no pareces aquejar novedad o contratiempo alguno —comentó el noble.

Jinshi le tendió la mano con delicada cortesía para que se levantara. Tomando el gesto como una señal inequívoca de confianza, tal y como él había previsto, Ah-Duo alzó el rostro mostrando fugazmente la lengua con guiño burlón antes de incorporarse del todo.

Para Jinshi, a quien la gran mayoría de las personas de la corte contemplaba siempre guardando una distancia temerosa y respetuosa, Ah-Duo constituía uno de los escasos y valiosos individuos que se conducían con él desde una posición de entrañable paridad.

En lo tocante a su escolta para esta visita, se había cuidado mucho de dejar atrás al quisquilloso y rígido Bashin. A pesar de no verbalizarlo nunca de forma explícita por respeto, el joven custodio no acostumbraba a exhibir un semblante de lo más complacido ante las visitas a esta residencia en particular.

Llegados a este punto de la marcha, Jinshi caviló que lo propio habría sido que el muchacho prestara mayor atención a las severas reconvenciones de Mamei. Su absoluta incapacidad para conducirse de tal modo denotaba que, a despecho de su innegable vigor y excelencia en el combate, Bashin adolecía de una flagrante falta de entereza de carácter. De tomar esposa en un futuro no muy lejano, Jinshi daba por sentado que el joven terminaría aún más dominado por su cónyuge que el propio Gaoshun en su matrimonio. «Bueno, a fin de cuentas, todo dependerá de la consorte que le toque en suerte...», caviló Jinshi para sus adentros con una sutil sonrisa irónica mientras observaba el entorno.

—¿Acontece algo de relevancia? —inquirió Ah-Duo al notar su ensimismamiento.

—No, nada en absoluto —repuso Jinshi, cobrando el tino.

Al ser conducido formalmente al interior del palacio, un embriagador y cálido aroma a destilado inundó de inmediato sus sentidos.

—¿De qué se trata? —preguntó Jinshi, deteniendo el paso.

Sobre el mostrador de madera alineaban con simetría diversos frascos de cristal con licor. A juzgar por la penetrante y densa fragancia que desprendían en la estancia, se trataba de bebidas espirituosas de una graduación alcohólica considerable.

—Esto es... —murmuró, mientras escrutaba los recipientes una vez más con marcada suspicacia.

—Su Majestad tuvo a bien remitirme una muestra de los refinados dulces horneados de Suiren —explicó Ah-Duo con una leve sonrisa—. El licor añejo empleado para su confección resultó sobremanera de mi entero agrado, por lo que solicité a las cocinas reales que se me dispensara una porción en exclusiva del destilado.

Habiendo quedado la escolta imperial estrictamente apostada en los pasillos exteriores de las dependencias, en el sobrio interior únicamente permanecían Jinshi y Ah-Duo. Libres de miradas ajenas, el tono formal de la antigua consorte se tornó de inmediato mucho más desenvuelto, cercano y despojado de protocolo.

—...

En ese instante de silencio, Jinshi rememoró con amargura la ocasión precedente en la que se había entregado al consumo de licor en compañía de Ah-Duo. Aquello debió de acaecer, a decir verdad, la víspera de que ella abandonara para siempre el palacio interior. Tras requerir con urgencia su presencia en privado, la dama le impelió a ingerir ingentes cantidades de bebida alcohólica hasta dejarlo aturdido para, a la postre, dar por sentenciada bruscamente la velada y ponerlo prácticamente de patitas en la calle antes del amanecer.

Sobre la mesa, dispuesto justo al lado de las botellas de licor, se hallaba también preparado un elegante tablero de Go. Ah-Duo tomó una fina pieza pulida entre los dedos y comenzó a juguetear perezosamente con ella antes de dar inicio al encuentro.

—Ha llegado a mis oídos que disputaste un lance de lo más regocijante hace unos días —comentó Ah-Duo, con una sonrisa atrevida.

—¿Acaso ha suscitado tantos comentarios en la corte? —repuso él.

Jinshi desvió la mirada sutilmente con cierta timidez. No albergaba sino un aciago presentimiento sobre el rumbo de la charla. Sin apenas percatarse de ello, los papeles protocolarios se habían invertido en la estancia y el tratamiento de Jinshi se había tornado considerablemente más informal y cercano hacia ella. Habiendo interactuado de forma tan estrecha durante tantos años en la intimidad del palacio interior, este modo de conducirse resultaba, en el fondo, el más natural y sincero entre ambos.

Aprovechando que gozaban de absoluta intimidad sin subordinados alrededor, resolvió proseguir con la conversación en idéntica tesitura de confianza.

—Y tanto —aseguró Ah-Duo—. Al tener constancia de que ese estratega excéntrico se había visto contra las cuerdas por tu causa, no pude por menos que prorrumpir en carcajadas. Siento una enorme curiosidad por saber de qué sibilinos métodos te serviste para acorralarlo.

A juzgar por el modo en que la dama hacía oscilar la botella provocando un leve y rítmico chapoteo del líquido, resultaba evidente que ya lo había desentrañado todo por completo en su mente.

—Bueno, a fin de cuentas, acabé cosechando una amarga derrota —admitió Jinshi, bajando el tono.

Una derrota era una derrota, al fin y al cabo. Doblegar al implacable Lakan... De haberlo logrado, con independencia del ardid mezquino que hubiera empleado, para Jinshi una victoria habría sido una victoria legítima.

—Con todo, las lenguas de la capital refieren que estuviste a un solo paso de alzarte con el triunfo definitivo.

—Así es, albergaba una certeza absoluta —confesó el joven noble—. ¿Quién habría de imaginar que, pendiendo su suerte de un finísimo hilo sobre el tablero, ese hombre lograría restablecer su posición de semejante manera?

Y aun así, Jinshi no se había permitido el menor descuido táctico durante el duelo. Con vistas a la esperada reanudación de la partida, había elucubrado en sus noches en vela toda suerte de movimientos probables. No obstante, todos y cada uno de sus escenarios fueron implacablemente desbaratados por la genialidad de Lakan.

«No considere a su contrincante como a un ser humano», le había aseverado en su día el maestro Kisei. Cabía colegir que la advertencia era una verdad incuestionable. Precisamente por esa razón, Jinshi se había esmerado en encadenar diversos subterfugios que bien pudieran tildarse de maquiavélicos, con el firme y desesperado propósito de maniatar a la fiera y asegurar el triunfo a toda costa.

Acaso presintiendo tal tesitura, Ah-Duo procedió a verter un licor de densa tonalidad ambarina en un pequeño recipiente de vidrio pulido. Una fragancia de lo más aromática y penetrante inundó las dependencias al instante.

—Y bien, con respecto a ese temible adversario a quien con tanto denuedo ansiabas derrotar... ¿Qué pretendías hacer con él una vez que te alzaras con la victoria en el juego? —inquirió ella, mirándole fijamente a los ojos.

—Ah... ¿Realmente quieres saber lo que pretendía hacer? —devolvió Jinshi la interrogante con otra pregunta.

Simulando un cómico semblante de fastidio ante su evasiva, Ah-Duo se sirvió primero una porción de licor para sí y luego le tendió el segundo recipiente colmado al joven noble.

—De haberme alzado con la victoria frente al insuperable señor Lakan, bajo la modalidad que fuere —explicó Jinshi con amargura contenida—, habría hecho menguar drásticamente el número de necios en la corte que me consideran un simple Hermano Imperial cuyo único mérito reside en la gracia de su apariencia.

—Como de costumbre, desbordas una fe ciega en lo tocante a tu imponente porte —comentó Ah-Duo con sorna—. Con semejante actitud, me privas por completo de la oportunidad de dirigirte mis habituales pullas.

—¿Debería acaso mostrarme agradecido con la madre que me trajo al mundo por su herencia genética? —respondió Jinshi, cargando las palabras de una tenue amargura.

El deslumbrante aspecto de Jinshi constituía un arma de doble filo de tal calibre que, en no pocas ocasiones de la política palaciega, devenía un serio e insoportable incordio.

—...

Ah-Duo permaneció en un denso e inusual silencio. «A buen seguro que, al mostrarme tan pagado de mi propia apostura, ha terminado por hastiarse de mis vanidades», caviló Jinshi para sus adentros. Intentaba verificar la reacción de su interlocutora, escrutando disimuladamente a través del cristal del vaso.

—¿Ah-Duo...? —inquirió al notar el vacío en la conversación.

Al otro lado del denso líquido ambarino, por alguna desconcertante razón, se recortaba el rostro profundamente compungido y melancólico de una mujer aquejada por el peso del pasado. Por un fugaz instante, distó sobremanera de la habitual y aguerrida beldad de ademanes firmes que solía vestir con soberbios ropajes masculinos.

—¿Acaso... te aqueja algún malestar? —preguntó Jinshi, frunciendo levemente el ceño.

—Oh. No es nada —repuso ella, recobrando el tino con asombrosa rapidez—. Ciertamente, debo admitir que este licor destilado es de una graduación alcohólica considerable.

Ah-Duo depositó con parsimonia el vaso sobre la superficie de la mesa. Aquel semblante compungido que acababa de asomar se había desvanecido por entero, cediendo de inmediato el testigo a una expresión gallarda y sobria que evocaba la apostura de un joven y digno oficial de la corte.

—A decir verdad, estimo que no precisabas desvelarte en noches de vigilia por infligir una derrota al tablero a ese estratega excéntrico —reflexionó ella en voz alta—. Aun sin la apremiante necesidad de granjearte semejante distinción, tras los convulsos sucesos que acabaron con la rebelión del Clan Shi, nadie en la capital te contempla ya como al flaco Hermano Imperial de naturaleza enfermiza y propenso al aislamiento en que te amparabas antes.

—Lo acontecido con el sometimiento del Clan Shi... No constituye mérito o hazaña alguna de mi propia cosecha —repuso Jinshi, bajando la mirada.

Más bien cabía deducir que se había visto sutilmente instrumentalizado en la sombra. Y precisamente por aquella joven ladina quien, tras fingir su muerte, ya no moraba teóricamente en este mundo a ojos del registro oficial de la corte.

A pesar de que Ah-Duo le había franqueado amablemente la copa de licor, Jinshi aún no se había aproximado el recipiente a los labios. Debía poner con firmeza sobre el tapete el asunto primordial que le había llevado hasta aquel palacio con anterioridad a entregarse a la bebida:

—Dejando a un lado tales consideraciones, Ah-Duo... Ha llegado a mis oídos que este palacio sufrió un ataque incendiario hace apenas unas jornadas —manifestó Jinshi, encarando finalmente el asunto.

—Vaya, qué presteza la de tus informantes —le devolvió el comentario con un tono de lo más despreocupado y una leve sonrisa.

—¡¿Cómo que presteza?! —exclamó Jinshi, frunciendo el ceño—. ¡Si ha transcurrido ya una decena entera de días desde que acaecieron los hechos sin que se diera parte oficial!

—¿Qué necesidad habría de dar parte a la corte? —repuso la dama con pasividad—. No trascendió de un intento de incendio de lo más insignificante que los sirvientes sofocaron al instante. Y lo que es aún más relevante: no se produjo sustracción de bienes ni pérdidas de ninguna clase.

—¿Por qué razón te abstuviste de notificarlo? —inquirió el noble, escrutándola.

Ah-Duo se limitó a esbozar una amplia y complaciente sonrisa a modo de respuesta.

—Haz el favor de no recurrir a esas sonrisas persuasivas para eludir el asunto de fondo.

—¿Conque ya no surte efecto en ti? —bromeó ella con ironía—. Por lo común, en mis tiempos, esto me bastaba para ganarme el favor de las damas de la corte y de los eunucos por igual.

—Para empezar, yo no soy ni una dama de la corte ni un eunuco y, por encima de todo... ¿es que te dedicabas a embaucar al personal del palacio? —la reprendió él.

—No estimo que tú te halles en posición de reprocharme nada al respecto, ¿no es así, señor de la luna? —espetó Ah-Duo con socarronería.

Jinshi se quedó sin palabras. A decir verdad, durante su etapa de infiltración en el palacio interior se había servido de su arrebatadora sonrisa hasta la saciedad para manipular voluntades y, todavía en la actualidad, recurría a ella en determinadas ocasiones diplomáticas.

—Y bien, ¿cuál es el motivo de tu silencio? —inquirió Ah-Duo, recuperando la gravedad.

—Tratándose de alguien tan perspicaz e informado como tú, a buen seguro que ya te lo habrás figurado, ¿no es así? —respondió el noble.

En lugar de responder de inmediato, Ah-Duo le ofreció una porción de jamón asado a modo de refrigerio para acompañar el destilado. Sosteniendo la fina loncha entre las manos, la jugueteaba perezosamente en el aire antes de llevársela a la boca. De haber presenciado la estricta Suiren semejante proceder tan poco decoroso en la mesa, no habría vacilado en amonestar a la exconsorte al instante.

—A todas luces, el intruso andaba tras los pasos de Suirei —sentenció Jinshi en voz baja.

Semejante deducción se ajustaba a grandes rasgos a lo que él mismo había conjeturado tras el informe de Bashin. Suirei era la nieta consanguínea del anterior Emperador y una de las escasas supervivientes del purgado Clan Shi. El hecho de que un individuo sobre el cual debiera haber recaído indiscutiblemente la pena capital por alta traición hallara secreto cobijo en el palacio exterior de Ah-Duo constituía un asunto de conspiración de Estado de una extrema y peligrosa gravedad...

—¿Y en lo tocante al estado de los niños? —inquirió Jinshi con tono pausado.

Además de los vástagos supervivientes del Clan Shi, en aquella residencia campestre también se criaba y acogía a infantes desamparados y huérfanos.

—Gozan de una existencia plena y saludable —explicó Ah-Duo con serenidad—. Dado que el conato de incendio acaeció en altas horas de la noche, ni tan siquiera se percataron de lo sucedido. Todos ellos son almas cándidas y de muy tierna edad. En lo que respecta a las amargas vivencias pretéritas que sufrieron, nos consagramos a forjar nuevos recuerdos desde ese preciso instante, con el firme propósito de disipar cualquier atisbo de tristeza en sus memorias.

Bastaba con que aquellos niños borraran por completo de su mente cualquier filiación de sangre o lealtad con el rebelde Clan Shi. De ser así, Jinshi y sus altos allegados en el gobierno imperial se verían eximidos de ulteriores desvelos y presiones políticas. De mediar la menor anomalía o brote de sedición en su conducta, se procedería de inmediato a su ineludible ejecución. Bajo esa estricta y piadosa capitulación, las vidas de aquellos infantes habían logrado prolongarse en la sombra.

Únicamente un niño, de nombre Chou, había padecido una amnesia absoluta de sus vivencias previas tras el trauma. Por consiguiente, como medida de carácter excepcional para garantizar su completa reinserción, se le había confiado al amparo del vulgo, concretamente en la Casa Verdigris, el emblemático establecimiento de placer que dispensaba sustento a Maomao y a sus allegados.

Si bien, al principio, en la corte albergaron ciertas reservas sobre la conveniencia moral de confiar un menor al cuidado de un burdel de la capital, en cierto sentido, aquel concurrido enclave constituía el emplazamiento idóneo para mantener sobre él una estricta vigilancia disimulada.

—Y por lo que respecta a Suirei, ¿dónde se halla en este momento? —preguntó Jinshi, mirando hacia el pasillo.

—A instancias de los pequeños, se entregó a la lectura en voz alta de un volumen de cuentos y terminó por conciliar el sueño junto a ellos en las dependencias infantiles —reveló Ah-Duo.

El rostro de Jinshi se contrajo en un gesto de absoluta incomprensión. Si de algo traía memoria en lo tocante a Suirei, la antigua sirvienta acusada de conspiración, era de una mujer de notable estatura que adoptaba por lo común sobrios ropajes masculinos y una frialdad inexpresiva. Tal estampa maternal resultaba difícil de concebir para él. Para empezar, se le antojaba del todo inviable que un ser de semblante tan imperturbable fuera capaz de entregarse al abnegado cuidado de la infancia.

—Durante las horas diurnas de hoy, le encomendé tareas de poda del arbolado del jardín, por lo que el cansancio físico debió de hacer mella en su ánimo —añadió Ah-Duo con diversión—. Cada vez que hacen acto de presencia las orugas entre las hojas, se pone a gritar despavorida.

Imponer labores propias de un rudo jardinero a una prisionera política de Estado que, en estricto rigor legal, debería permanecer sometida al más riguroso confinamiento... Ciertamente, resultaba un proceder insólito, pero de lo más propio del carácter heterodoxo de la ex consorte.

—Ah-Duo... —suspiró Jinshi.

Dispensar semejante trato cotidiano a la mujer que, en tiempos no tan remotos, había sembrado el caos y la conspiración en el mismísimo recinto de la corte imperial... Jinshi constató una vez más que le resultaba del todo imposible competir con el aplomo y la singular perspectiva de su veterana confidente.

—En suma, entiendo que, a pesar del asalto y la posterior huida de los malhechores, no se ha sustraído ninguna prueba comprometedora, ¿es así? —concluyó Jinshi, retomando la gravedad del asunto.

—En efecto, nada ha trascendido —corroboró Ah-Duo—. Y por lo que respecta al verdadero motivo de mi posterior silencio hacia ti...

Ah-Duo extrajo con pausada parsimonia un envoltorio de tela del interior de su vestidura. En su seno se hallaba resguardado un diminuto objeto oblongo, de una envergadura apenas comparable al tamaño de la yema de una uña.

—Esto es... —murmuró el noble, contemplando la pieza.

—Lo hallé caído en el suelo tras sofocar el pequeño incendio. Se encuentra ennegrecido por la pátina del hollín, mas bastará con que lo palpes con detenimiento para comprender su verdadera naturaleza.

—...

Jinshi procedió a verificar el fragmento con la yema de los dedos. ¿Se trataría acaso de vidrio pulido, a juzgar por la característica frialdad del material al tacto? Ofrecía la apariencia de una fina y alargada varilla de vidrio fragmentada. Ahora bien, al escrutar con meticulosidad su estructura interna a la luz de las velas, se percató de que era por entero hueca.

—Se trata de un abalorio —sentenció Jinshi, desconcertado.

Si bien los abalorios de cristal no constituían una absoluta rareza en calidad de ornamentos suntuarios, a ojos de él, la pieza en cuestión resultaba en exceso minúscula para un collar o pulsera convencional. Lejos de conformar una sarta exenta, correspondía al tipo de cuentas ornamentales que se aplicaban mediante minuciosa costura en el tejido de vistosas vestiduras o calzados de alta cuna.

Y Jinshi, cuya permanencia en el palacio interior se había prolongado de forma notable administrando el harén, conservaba intacta en la memoria qué consorte en particular solía lucir habitualmente atavíos guarnecidos con tan característicos abalorios.

—¿Acaso el intruso era alguien procedente de las regiones occidentales? —inquirió, hilando la procedencia del ornamento.

En los dominios del Oeste, el bordado fino constituía una disciplina indispensable en la instrucción tradicional de las damas nobles con vistas al matrimonio. Las impelía desde la infancia a ejecutar complejas labores de aguja o a incorporar diminutos abalorios en toda suerte de ropajes y complementos.

—A esa mismísima conclusión obedece mi silencio —reveló la ex consorte con gravedad.

Alguien oriundo del lejano Oeste involucrado en un asalto a una residencia imperial... ¿Cuántos estamentos de la corte reaccionarían con virulencia ante tan incendiaria revelación? En la actualidad, mientras Su Majestad se esmeraba en estrechar las relaciones diplomáticas y comerciales con las naciones de las regiones occidentales, las muestras de disconformidad y recelo por parte de las facciones conservadoras no eran en modo alguno escasas en la capital.

—Por mi parte, albergo la sospecha de que algún allegado del señor Gyokuen se halla detrás de esta incursión. ¿Cuál es tu parecer? —preguntó Ah-Duo con pesantez.

Gyokuen era el influyente padre de la actual Emperatriz Gyokujou, así como el gobernador regente de los dominios occidentales de Li. Según tenía entendido Jinshi, por los informes del consejo, el patriarca debía de hallarse pernoctando en la capital imperial en estos mismos momentos para atender asuntos de Estado.

—Mi posición no me faculta para formular aseveraciones a la ligera —respondió Jinshi con prudente reserva.

—Era de esperar semejante cautela de tu parte...

La mirada de Ah-Duo se posó en la fina loncha de jamón asado con la que jugueteaba; la partió en dos de forma tajante y se la llevó a la boca con naturalidad. Jinshi tomó asimismo una porción del plato y procedió a ingerirla. Era una carne curada de excelente calidad y sazonada con el punto justo de sal. Dado que Suiren propendía a disponerle casi siempre viandas excesivamente azucaradas a modo de refrigerio, a Jinshi no le resultaba desagradable variar de paladar de cuando en cuando.

—Sea como sea, una vez que has tenido constancia de ello, no media alternativa alguna en el tablero político —sentenció la dama.

Ah-Duo se enjugó las yemas de los dedos con un pulcro paño de lino y apuró el denso licor de su vaso de un solo trago.

—Pecas a menudo de una benevolencia en exceso acusada con tus semejantes. Por consiguiente, guárdate bien de cualquier descuido o exceso de confianza en la corte.

Tras pronunciar aquellas escuetas palabras de advertencia, Ah-Duo depositó el vaso de vidrio con firmeza sobre el tablón de madera. A causa de la brusca vibración del impacto, el contenido del vaso de Jinshi, el cual aún permanecía intacto, experimentó una tenue y rítmica oscilación. Sobre la mudable superficie ambarina del destilado, el reflejo de su propio rostro se dibujó por un instante de forma sutilmente distorsionada.






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