14/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 15




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 15
Jinshi contra Lakan

«Me da la impresión de que ya he presenciado una estampa similar en alguna parte...», discurrió Maomao en su fuero interno. Clavó los ojos en las dos destacadas figuras que se encontraban en esos momentos sobre el escenario principal, concitando la fascinada atención de todo el público reunido a su alrededor. Se trataba de Jinshi y del inconfundible sujeto del monóculo, Han Lakan. En medio de ambos, solo mediaba la austera superficie de un tablero de Go.

En la ocasión anterior, había sido la propia Maomao quien se había medido cara a cara con el excéntrico en una memorable partida de Shōgi. Si bien aquel duelo, concertado a cinco partidas, se saldó con la victoria de Maomao gracias al sabio uso de sus argucias con el alcohol... «¿Acaso pretende proceder exactamente de la misma manera?», se preguntó la boticaria. ¿Iba el desdichado estratega a caer de nuevo en la misma trampa? Por muy excéntrico e impredecible que fuera ese hombre, resultaba del todo inverosímil que tropezara dos veces con la misma piedra. Además, aquella estratagema previa solo había surtido un efecto pleno por el mero hecho de tratarse de Maomao, su propia y amada hija.

De no ser así, ¿significaba que Jinshi albergaba el genuino e intelectual deseo de disputar una partida de Go en igualdad de condiciones con el estratega? En tal caso, le habría bastado con desembolsar una cuantiosa suma de dinero en privado. Por consiguiente, ¿su verdadero propósito era, cuando menos, conferirle la solemnidad pública de un duelo formal ante la mirada de todos?

Hasta hacía escasos instantes, el excéntrico permanecía disputando simultáneas rodeado por varios contrincantes a la vez, pero, ante la imponente comparecencia de Jinshi en el recinto, todos ellos captaron la gravedad de la situación de inmediato y desalojaron sus asientos a toda prisa. Con toda probabilidad, esta contienda constituiría el enfrentamiento final y definitivo de la jornada.

Aunque a la distancia parecía que ambos hombres intercambiaban algunas palabras de cortesía previa, Maomao prefirió mantenerse al margen y se consagró por completo a la aburrida tarea de recontar los bollos al vapor desde su puesto en la recepción. Puesto que ya atardecía y la luz decaía en la capital, no era de esperar que se personase más público en la sala. Valía mucho más la pena llevarse los dulces restantes para que sirvieran de reconfortante refrigerio a Yao y Enen en la oficina médica del palacio; resultaría un soberano e imperdonable desperdicio dejarlos allí olvidados.

—Disculpa —una voz firme la interpeló desde lo alto del mostrador.

Al alzar despacio la vista, Maomao descubrió a una mujer de porte severo y mirada sumamente penetrante. A su lado, se hallaba una figura de rostro de lo más familiar para ella.

—Ah, Bashin y...

A la mujer que lo acompañaba no la conocía de nada. Era la primera vez que la veía en persona.

—Mi hermana mayor —espetó Bashin con su habitual brusquedad, instante preciso en el que la mujer le propinó sin contemplaciones un sonoro capón en la cabeza para corregir sus modales.

—Lamento sinceramente las molestias que te cause mi insensato hermano menor con sus modos —se disculpó la recién llegada—. Mi nombre es Mamei.

Al hablar, Mamei esbozó una afable y educada sonrisa, aunque sus afiladas facciones guardaban una innegable reminiscencia con la mirada vigilante de un ave rapaz. Al tratarse de la hermana mayor de Bashin, se deducía con facilidad que era la célebre hija de Gaoshun, el leal oficial de Jinshi cuando este se hacía pasar por eunuco. «Vaya, de modo que esta es la famosa hermana de la que se rumorea en la corte que trata a su propio padre con absoluto desdén», observó la boticaria para sus adentros con curiosidad. Puesto que no guardaba parecido físico alguno ni con el corpulento Bashin ni con el sobrio Gaoshun, era de presumir que la joven había heredado en su totalidad los rasgos de la estirpe materna.

—He acudido con el propósito de entregarte un objeto que el señor de la luna tenía bajo su custodia —explicó Mamei con tono ceremonioso.

Mamei le tendió un fino hatillo de tela a Maomao con suma delicadeza. De su interior emanó de inmediato una fragancia dulce, tibia y sumamente apetitosa. Tal y como Maomao recordó, Jinshi se lo había advertido poco antes al inscribirse: que su acompañante le traería los refrigerios más tarde.

La boticaria observó a Mamei con una mezcla de curiosidad y reserva. Puesto que venía acompañada por Bashin y era su hermana mayor, además de una funcionaria oficial asignada al despacho de Jinshi, en teoría no tendría por qué haber ningún inconveniente de seguridad. Ahora bien, debido a su inevitable deformación profesional como catadora de venenos, se planteó si era conveniente dárselo a probar a Jinshi de buenas a primeras sin realizar una comprobación previa.

—Si deseas proceder primero con la cata, adelante —le sugirió Mamei al notar su vacilación—. Es una creación en la que la señora Suiren ha volcado todo su ingenio y esmero, de modo que la excelencia del sabor está plenamente garantizada.

—Con tu permiso, pues...

Maomao desató el hatillo de tela sobre la mesa. En su interior, unos apetitosos dulces horneados del tamaño aproximado de la palma de la mano permanecían cuidadosamente envueltos en papel parafinado para conservar el calor. Extrajo delicadamente uno de ellos. Al retirar el fino envoltorio de papel, aquella apetitosa fragancia se intensificó todavía más en el aire, resaltando un poderoso y rico aroma a lácteos frescos, mantequilla y frutos secos.

La masa horneada se presentaba esponjosa y tierna al tacto; de haber ejercido demasiada presión con los dedos, se habría desmoronado al instante. A diferencia de la consistencia densa y pesada de un pastel de luna tradicional, se trataba de un postre liviano y refinado para el estómago y el paladar.

—Oh... —se le escapó a la boticaria en un murmullo.

Se le abrieron los ojos de par en par ante el primer bocado. Aunque profesaba una clara predilección personal por los manjares salados y picantes, poseía el criterio culinario suficiente para apreciar la altísima repostería. A su delicada y aérea textura se le sumaba un sabor profundo que había impregnado jugosamente la totalidad de la masa. El deje dulce de las pasas maceradas y el crujido de las nueces picadas resultaban una combinación sencillamente excelente. Y por encima de todo, el ingrediente secreto utilizado por Suiren surtía un efecto magistral en el conjunto.

Sin darse cuenta, colmada por la delicia, Maomao estuvo a punto de alargar de nuevo la mano para tomar otra porción de la bandeja, pero negó con la cabeza en el último segundo, exclamando para sus adentros un: «¡Vaya, qué flaqueza la mía!».

—Es una obra digna de la señora Suiren, desde luego —alabó Maomao—. Dudo que incluso entre los cocineros imperiales de los grandes banquetes abunden los reposteros que posean la destreza técnica necesaria para elaborar semejante delicia.

Aquel bocado había logrado arrancar un sincero elogio de la mismísima Maomao, cuyo exigente paladar se había refinado sobremanera a fuerza de ejercer como catadora oficial en los opulentos banquetes de las consortes de la corte interior y de probar exquisitas viandas en la refinada Casa Verdigris. Semejante dulce bien podría servirse sin desdoro en cualquier mesa de la más alta alcurnia imperial.

—En efecto, a mí también me obsequió amablemente con unas porciones para mi hogar —comentó Mamei, esbozando una sonrisa de indisimulado orgullo maternal—. Mis pequeños hijos se pusieron locos de contento al probarlos.

—Admito que Suiren tiene buen gusto para la cocina, ¿pero de verdad es para tanto? —intervino Bashin con tono escéptico.

—Si careces de paladar harías bien en guardar silencio —lo atajó Mamei con mirada severa.

—Tiene toda la pinta de que Bashin es de gustos más bien sencillos —añadió Maomao con mordacidad.

Al verse censurado de forma simultánea por ambas mujeres, Bashin mudó de inmediato el semblante a uno de sutil fastidio, cruzándose de brazos en silencio.

—En tal caso, haz el favor de alcanzárselo tú misma al señor Jinshi.

Dado que Maomao prefería evitar en la medida de lo posible cualquier aproximación al escenario donde se encontraba el excéntrico, pretendió encomendarle amablemente la tarea a la recién llegada. No obstante...

—Puesto que soy una persona ajena a la organización oficial del certamen, no creo que deba o pueda ascender al escenario principal —explicó Mamei con sobria firmeza—. Te ruego que se lo acerques tú en calidad de encargada.

—¿Y-Yo...? ¿Y qué tal si lo hace Bashin? —propuso Maomao con un hilo de voz, buscando una alternativa.

Estimando que al tratarse de un escolta oficial adscrito al servicio personal de Jinshi no habría objeción alguna por parte de la guardia, la joven le trasladó de inmediato la propuesta al muchacho.

—Pues voy yo entonces... —asintió Bashin, dando un paso al frente.

Sin embargo, Mamei volvió a propinarle sin contemplaciones un certero capón en la cabeza a su hermano menor, frenándolo en el acto.

—Haz el favor de llevarlo tú, Maomao —ordenó Mamei con tono irrebatible—. Así me lo encomendó explícitamente el señor Jinshi antes de comenzar la partida.

—Entiendo... —suspiró la boticaria, resignándose a su suerte.

Maomao dispuso con esmero una bandeja de madera y colocó el refinado dulce sobre un platillo de cerámica. Sosteniendo la bandeja firmemente entre las manos, se encaminó con paso pausado hacia la plataforma del escenario.

Abriéndose paso entre la abigarrada multitud de espectadores que observaba el duelo desde cierta distancia, descubrió que sobre las tablas se hallaban otras dos personas aparte de Jinshi y del maniático estratega. Uno de ellos era el calculador Lahan, quien, a diferencia de ella, sí dominaba a la perfección el complejo arte del Go y permanecía con la mirada fijada analíticamente en el tablero mientras se recolocaba los anteojos redondos sobre la nariz. Al otro hombre presente no lo conocía de nada; era la primera vez que se cruzaba con él. Se trataba de un anciano de indumentaria sobria pero impecable. A juzgar por la altísima calidad del tejido de sus ropajes, resultaba palmario que pertenecía a la alta alcurnia de la capital, aunque no desprendía el aire encorsetado ni rígido propio de un alto burócrata del gobierno. «Tiene un inconfundible porte de intelectual erudito», observó Maomao para sí. A su alrededor flotaba una atmósfera serena y distinguida, un tanto ajena a los banales asuntos mundanos.

El perímetro inferior del escenario se encontraba estrictamente custodiado por oficiales militares de la guardia que ejercían funciones de seguridad preventiva. A buen seguro que su principal cometido consistía en evitar que la multitud de las inmediaciones irrumpiera o entorpeciera el silencioso desarrollo de la partida decisiva.

Maomao hizo un discreto ademán con la mano a uno de los guardias para que llamaran a Lahan al borde de la tarima.

—¿Pasa algo? —inquirió este en voz baja al aproximarse a la boticaria.

—Le he traído los dulces solicitados al señor Jinshi —explicó Maomao, mostrando la bandeja—. A todo esto, ¿cómo se perfila la situación sobre el tablero en estos momentos?

Desde la lejanía y la posición baja de la recepción resultaba del todo imposible discernirlo. Y lo que era más importante: por más que mirara fijamente las piezas negras y blancas, Maomao era por completo incapaz de evaluar el rumbo técnico de la contienda.

—Todavía es prematuro dictaminar nada —analizó Lahan en voz baja—. El señor Jinshi se conduce con arreglo a las jugadas clásicas y ejecuta un planteamiento de lo más acertado. Por añadidura, al jugar con las piezas negras y habiéndose acordado disputar la contienda sin aplicar la compensación habitual del komi (NT: Los puntos adicionales que se le suman al jugador que tiene las fichas blancas para compensar la desventaja.), la ventaja teórica inicial debería ser suya, pero...

—¿Pero...? —inquirió Maomao.

El tono de la boticaria denotaba una imperceptible pero sutil predilección hacia la figura de Jinshi en esta disputa.

—Lo verdaderamente temible de mi padre adoptivo se manifiesta a partir de la mitad de la partida —explicó Lahan, ajustándose las gafas—. Lanza ofensivas demoledoras de manera del todo imprevista y, para más inri, recurre con frecuencia a movimientos anómalos que se apartan de los cánones y manuales establecidos. Con o sin la desventaja del komi, es un monstruo capaz de dar un vuelco absoluto a la situación más adversa en un abrir y cerrar de ojos.

Era algo que Maomao lograba comprender en cierta medida por experiencia propia. El estratega excéntrico no era la clase de jugador que basaba su maestría en el estudio concienzudo o el conocimiento exhaustivo de las tácticas convencionales, sino que más bien se guiaba por una impredecible improvisación y, por alguna razón de lo más arcana e incomprensible, sus estratagemas más absurdas resultaban ser siempre la opción tácticamente correcta sobre la madera.

—No obstante... —Lahan ladeó la cabeza con gesto dubitativo—. Me da la impresión de que se está demorando más de lo habitual en iniciar sus ofensivas.

—Ya veo.

A Maomao le resultaba por entero indiferente el resultado técnico. Carecía de la menor trascendencia para ella quién se alzara finalmente con la victoria en el torneo. Si bien consideraba que el triunfo de Jinshi resultaría sin duda más entretenido para el panorama general. Con todo, le inquietaba el impenetrable misterio que envolvía las verdaderas intenciones de este último al disputar semejante partida en la actualidad de forma tan pública.

—¿Quién es el anciano señor que se encuentra observando allí de pie? —preguntó Maomao, indicando al erudito de ropajes finos.

—Aquel distinguido caballero es el maestro Kisei —aclaró Lahan en un murmullo respetuoso—. Ejerce formalmente como el preceptor oficial de Go de Su Majestad, el Emperador.

Si la memoria no le fallaba a la boticaria, se trataba de la única persona en todo el territorio del Imperio de la que se afirmaba abiertamente que aventajaba en destreza y visión estratégica al propio excéntrico en los tiempos que corrían.

—¿Me es lícito ascender al escenario en este instante para servir los alimentos? —consultó la joven.

—Sí, sube y deposítalos en cualquier espacio de la mesa que se halle despejado —asintió Lahan—. Eso sí, evita aproximar la bandeja a los cuencos de las piezas de Go; no sea que a mi padre adoptivo le dé por confundir en su ensimismamiento una piedra con un dulce.

—Entendido.

Maomao subió los peldaños de madera con paso pausado y se internó en la tarima del escenario principal. Aunque su presencia parecía concitar la atención atónita del público de las primeras filas a su alrededor, el mero hecho de portar sumisamente una bandeja con té y dulces hacía que la multitud la identificara al instante como una simple sirvienta de la organización.

Con todo, el excéntrico Lakan le dirigió de reojo una mirada fugaz en cuanto la sintió cerca y esbozó en el rostro una grotesca mueca que pretendía ser una afectuosa sonrisa de lo más repulsiva, por lo que Maomao optó por volverle la espalda e ignorarlo por completo, cumpliendo fríamente con su cometido.

«Por más que me haya dicho que lo deposite en un espacio despejado...», se dijo con contenida frustración. No había el menor ápice de sitio libre sobre la superficie. Estaba el tablero de Go en el centro y, a ambos lados, los tradicionales cuencos de madera con las piezas, situados junto a la mano diestra de cada jugador. Jinshi los tenía a su derecha, mientras que el indeseable los tenía a su izquierda.

Puesto que los cuencos se hallaban distribuidos en aquel flanco, lo propio y lógico habría sido colocar el platillo a la derecha del excéntrico y a la izquierda de Jinshi, pero... La realidad era que una fuente enorme y desmesurada, rebosante con una montaña humeante de bollos al vapor y pasteles de luna, invadía por completo el espacio destinado a los refrigerios de Jinshi, bloqueando el acceso.

—...

Por más que intentara desplazar siquiera un poco semejante cumbre de dulces, no restaba hueco material alguno para posar con estabilidad el platillo de porcelana. Sin más alternativa viable, Maomao lo colocó de manera precaria en un diminuto resquicio del lado donde se encontraban los cuencos de las piezas de juego. Con el propósito explícito de evitar que el manjar se confundiera por error con una piedra de Go al asirla durante la partida, lo dispuso justo en un claro intermedio, pero...

En el preciso instante en que lo apoyó sobre la madera, una mano voraz se abalanzó sobre él con la velocidad de un felino. Dicha mano se dirigió sin la menor vacilación hacia unas fauces abiertas cubiertas por una barba descuidada, y el exquisito bocado horneado fue engullido de una sola y rápida dentellada.

—...

Aquello superaba con creces cualquier capacidad humana de asombro. El estratega excéntrico, con total y cínica naturalidad, se había zampado el dulce personal que correspondía a Jinshi. Masticó con desdén, tragó con avidez y, acto seguido, se lamió parsimoniosamente la grasa que le había quedado adherida a las yemas de los dedos.

Por más que el estratega mirara después a Maomao con un semblante de infantil insatisfacción, poco o nada podía hacer ella ante semejante despropósito.

—Maomao —la llamó de pronto Jinshi con voz contenida, pero con suma seriedad—. Haz el favor de traerme más dulces.

Las facciones del estratega se crisparon al instante al escuchar aquel nombre, mudando de inmediato a una expresión de severidad y celos. De un tiempo a esta parte, tras múltiples avatares en la corte, Jinshi por fin había comenzado a dirigirse a ella de manera habitual por su nombre de pila.

—D-De acuerdo... —respondió la joven, desconcertada por la escena.

«Total, para que se los devore ese insaciable sujeto...», pensó Maomao con amargura, resolviendo amontonar en el plato todos los que quedaran disponibles en la reserva.

A decir verdad, le habría encantado degustar otra porción de aquel manjar si hubiera sobrado alguna para ella, pero no había remedio ante semejante plaga. Se preguntó, de paso, si la respetada señora Suiren accedería algún día a instruirla en los secretos de cómo preparar aquella maravillosa repostería horneada en las cocinas del palacio.

Mientras descendía con lentitud los peldaños de madera del escenario, no podía dejar de desear con fervor que aquella enrevesada y extenuante contienda de Go tocara a su fin lo antes posible.



En un momento dado, los participantes que hasta entonces se encontraban en la plaza exterior también se habían congregado en el interior del teatro. «Ya no vendrá nadie más a disputar ninguna nueva partida», dedujo Maomao.

Fuera del edificio, el sol ya declinaba en el horizonte y no tardaría en anochecer del todo. Los asistentes de la organización se dedicaban a recoger con diligencia los tableros de Go de la plaza, mientras los tenderetes instalados en las inmediaciones también echaban el cierre a sus negocios.

Con todo, el fervor y la tensión de la multitud se mantenían intactos únicamente en el interior del teatro. Para más inri, se condensaban en el duelo singular que enfrentaba a Jinshi contra el estratega excéntrico sobre el escenario.

«¿Acaso estará todo el mundo cruzando apuestas clandestinas entre los asientos?», se preguntó la boticaria para sus adentros. De ser así la situación, habría deseado fervientemente que le permitiesen apostar unas cuantas monedas por Jinshi, que sin duda representaba la opción más improbable y jugosa.

Los hermanos Bashin y Mamei habían permanecido entremezclados con el público observando la jugada, aunque la hermana mayor se había retirado hacía unos instantes. Bajo la firme promesa de regresar al caer la tarde, debido a las obligaciones de su empleo actual al servicio de la casa de Jinshi, Maomao reflexionó con absoluto desapego que la vida de una mujer trabajadora y madre de familia debía de resultar harto compleja en la capital.

Yao y Enen también debían de haber concluido el grueso de la recogida de suministros en la botica exterior, puesto que se personaron allí en el patio de butacas para contemplar el desenlace de la contienda. Apasionada de la disciplina, Enen exhibía un vivo e indisimulado brillo en los ojos.

Maomao, por su parte, experimentaba una completa sensación de desalineación al constatar cómo la abigarrada multitud se entregaba con tanto fervor a una disciplina táctica por la que ella no sentía el menor interés personal.

Toda la concurrencia contenía el aliento en un silencio sepulcral, con la mirada firmemente clavada en el desarrollo del juego. De pronto, estalló en la sala un clamor unánime y atronador. «¿Habrá concluido por fin la partida?», se preguntó la joven. Con la firme determinación de retirarse a toda prisa a su hogar si ese era el caso, se encaminó hacia la plataforma del escenario, pero...

Para su sorpresa, ambos contendientes permanecían todavía acomodados en sus respectivos asientos frente a la madera.

Tras otear con la vista los alrededores entre la masa de gente, divisó a sus compañeras de la oficina médica, por lo que procedió a aproximarse a ellas.

—¿Ha finalizado ya el encuentro?

—Todavía no —respondió Yao con seriedad.

—En efecto —añadió Enen—. Sin embargo, la capitulación de uno de los dos podría ser inminente.

Enen señaló con la mano hacia la pared lateral del teatro. Un enorme pliego de papel blanco que reproducía fielmente las cuadrículas de un tablero de Go se encontraba adherido al muro para que fuera visible a todos. Justo al lado, el incombustible Lahan empuñaba un pincel impregnado en tinta con el claro propósito de ir dibujando en grande las correspondientes piezas conforme se jugaban. A buen seguro que se trataba de una astuta disposición de la organización orientada a facilitar el seguimiento del duelo a los espectadores que no lograban divisar el tablero real desde la distancia.

—¿Significa eso que el aspirante enmascarado ha cosechado una derrota? —preguntó la boticaria.

—No... Bien pudiera tratarse de la inminente victoria del señor de la luna —corrigió Enen, negando con la cabeza.

El hecho de que Enen se expresara con animadversión hacia Jinshi se debía, indudablemente, al amargo recuerdo de que en su día se había visto trágicamente separada de Yao por mediación de las órdenes del noble. Enen era, de hecho, uno de los pocos especímenes en el Imperio que guardaban un abierto recelo y antipatía hacia la augusta e influyente persona de Jinshi.

—Con el movimiento de hace unos instantes, estimo que el comandante Lakan ha incurrido en un error de consecuencias fatales —aseveró Enen con un ademán de la mano que denotaba una absoluta incredulidad.

Maomao tuvo que hacer de tripas corazón al escuchar la mención explícita de aquel odioso nombre tan profundamente molesto para sus oídos.

—¿Qué consecuencias?

—Por naturaleza, el comandante Lakan suele decantarse por estrategias sumamente arriesgadas. Por así decirlo, es como si avanzara a toda prisa por el camino más corto mientras camina sobre la cuerda floja. Por consiguiente, cuando cosecha una derrota, nunca se debe a que un rival lo aventaje en la ejecución del tramo final, sino a que comete un movimiento irracional y sin retorno que equivale a dar un trágico paso en falso en el alambre.

—Maomao... ¿tú logras comprenderlo? —intervino Yao, volviéndose hacia su compañera.

—En absoluto —repuso ella con rotunda frialdad.

A Yao tampoco parecía suscitarle gran interés el Go como disciplina. No obstante, las agraciadas facciones de Jinshi sí parecían llamar poderosamente su atención, puesto que, con las mejillas ligeramente encendidas de rubor, la joven negaba para sus adentros exclamando un silencioso: «No, no, no. De ningún modo debo distraerme con él». Por lo visto, en la actualidad Yao prefería consagrar su existencia entera al deber profesional en la cancillería médica. Al percatarse del rumbo de sus pensamientos, el semblante de Enen mudó a una expresión que denotaba un odio todavía mayor hacia la persona del joven noble.

—Sea como sea, para lograr un vuelco en la situación a partir de este momento, el estratega se verá obligado a recurrir a movimientos aún más agresivos y temerarios —prosiguió Enen —. Sin embargo, yo diría que el estado de salud y lucidez del comandante Lakan en la jornada de hoy es sumamente precario.

—...

Era tal y como apuntaba Enen. El estratega presentaba una palidez absoluta en el rostro. A su mal color de piel se le sumaba el hecho irrefutable de que parecía a punto de caérsele los párpados por el sopor. A buen seguro que el hombre se moría de sueño sobre la mesa de juego. «Para colmo, últimamente ha demostrado una diligencia asombrosa con sus obligaciones laborales, algo verdaderamente inaudito en su trayectoria», recordó Maomao para sí. Todo aquel despliegue de esfuerzo inusual lo había realizado con el único propósito de lograr la autorización oficial para celebrar este certamen de. Daba la impresión, además, de que Jinshi le había encomendado astutamente una ingente cantidad de tareas administrativas adicionales en vísperas del torneo. «Por añadidura, el tiempo que ha dedicado al descanso nocturno parece haber sido considerablemente menor de lo habitual en él», discurrió la boticaria.

Aun reduciendo sus horas de descanso, seguro que Lakan dormía al menos lo mismo que el común de los mortales. Maomao recordaba haberle advertido en no pocas ocasiones a Jinshi, cuando este encadenaba una agotadora noche en vela tras otra en el palacio exterior, que la falta continuada de sueño conllevaba una inevitable e inmediata merma en la capacidad de discernimiento cerebral. «Y desde el día de ayer, ese mentecato no ha cesado de disputar una partida tras otra de Go de manera casi ininterrumpida», añadió la joven para sus adentros. En múltiples ocasiones, incluso, llegando al extremo de medirse con tres o cuatro contrincantes a la vez en simultáneas. Tan ingente volumen de actividad mental terminaba por extenuar el cerebro de cualquier ser humano.

Y para rematar la faena... «Es probable que ese delicioso dulce horneado también haya tenido algo que ver en su decaimiento», sospechó, entornando los ojos. Maomao rememoró en detalle el refinado refrigerio que le había hecho llevar Mamei al escenario. Aquel manjar tan suculento, de masa tierna, mantecosa y jugosa, que albergaba en su interior jugosas frutas desecadas de un aroma intenso. La razón fundamental por la cual a ella, que jamás profesaba especial devoción por la repostería dulzona, le había parecido un bocado tan exquisito era... «¡El ingrediente secreto que Suiren añadió a la receta debe de ser un licor destilado de alta graduación!», adivinó entonces.

La sutil fragancia del alcohol se entremezclaba de forma magistral con el rico aroma a lácteos de la masa. Aunque buena parte del contenido alcohólico se habría evaporado inevitablemente durante el proceso de horneado, la porción concentrada con la que se habían macerado pacientemente las frutas secas aún permanecía intacta en el corazón del bizcocho.

Tratándose del estratega excéntrico, cuya tolerancia física al alcohol era nula, si bien semejante cantidad no sería suficiente para hacerlo desplomarse inconsciente, ¡a buen seguro que terminaría por adormecerlo y embriagar su agudeza mental! «Ese hombre...», se dijo Maomao, clavando la mirada en la figura serena de Jinshi. ¿Acaso se habría basado minuciosamente en la mismísima estratagema que ella misma había empleado contra Lakan en el pasado para ganarle al Shōgi? Aun siendo así, resultaba un método a todas luces enrevesado...

Llegados a este punto de sus deducciones, cobraba sentido otro pequeño matiz de la escena anterior. «No aproximes el plato a los cuencos de las piezas», le había advertido Lahan antes de subir... ¿No habría pronunciado aquel zorro de los anteojos semejante advertencia con el único fin de inducirla a depositar la bandeja justo al alcance de la mano diestra del estratega excéntrico? Conociendo el carácter infantil de ese sujeto, era de absoluto cajón que, en cuanto Maomao se presentara con el dulce en la mesa, se lo arrebataría de inmediato para zampárselo de una.

Maomao se llevó una mano a la frente, dejando escapar un suspiro de resignación. ¡La habían utilizado a la perfección como un peón inocente en aquella jugada! No es que el ardid le supusiera menoscabo personal alguno, pero no podía evitar sentir un agudo fastidio por haber sido manipulada de esa forma. Por más que Jinshi poseyera unas facciones celestiales, ¿hasta qué extremos insondables podía llegar la doblez y la astucia de su carácter? «No me quedaré a gusto en absoluto a menos que me compense adecuadamente con algún que otro ingrediente medicinal de alto valor...», decidió la boticaria para sus adentros.

Al mismo tiempo, le inquietaba profundamente el motivo de peso que le había impulsado a Jinshi a asegurar la victoria en este certamen público recurriendo a tan intrincados preparativos previos. Asumiendo que la figura del estratega excéntrico se hallaba de por medio como el objetivo final de la maniobra, por un fugaz instante Maomao albergó un aciago y helado presentimiento en el pecho. «No puede ser...», se estremeció, vaticinando con pavor el posible futuro político que Jinshi habría urdido en las sombras. A menos que mediara una poderosa y trascendental razón de Estado, resultaba del todo inverosímil que un hombre de su estatus involucrara a cuanta persona le rodeaba solo para llevar a cabo semejante propósito.

Mientras cavilaba en silencio al respecto con la mirada perdida, el estratega excéntrico, con la mano temblorosa pero firme, hizo restallar una pieza de Go con un sonido seco sobre la madera del tablero.

Fue en ese preciso instante.

Las pesadas puertas de madera del teatro se abrieron de par en par con vehemencia. Produciendo unas sonoras y apresuradas pisadas que retumbaron en la sala, un hombre de mediana edad y de porte autoritario irrumpió bruscamente en el recinto.

—¡¿Doctor Han?! ¡¿Se encuentra aquí el oficial médico Han?! —gritó a pleno pulmón con un ademán de lo más desconsiderado.

A la espalda de aquel alterado individuo, se alineaban dos rostros jóvenes prácticamente idénticos.

—Esos son... —murmuró Maomao al reconocerlos.

Se trataba de los conocidos trillizos de costumbres disolutas de la capital, a los que ella misma había tomado declaración en el pasado durante un incidente previo. Aunque, por lo que podía apreciar en ese momento, solo se hallaban presentes dos de ellos...

—¿Qué ocurre? —inquirió el viejo Luomen.

El anciano médico, que permanecía acomodado en una modesta silla a un flanco del escenario principal, se puso lentamente en pie al escuchar su nombre. Aunque avanzaba con pasos breves apoyándose con torpeza en su bastón de madera, el recién llegado se plantó ante él abriéndose paso a bruscos empujones entre el público reunido, como dando a entender que la parsimoniosa marcha del anciano le resultaba en exceso exasperante.

Maomao hizo un gesto instintivo de dirigirse hacia donde se encontraba su padre adoptivo para protegerlo, pero optó por detenerse al constatar la presencia disuasoria de los oficiales militares formados en las inmediaciones del escenario.

—¡Es por tu culpa! ¡Mi hijo...! ¡¡¡Mi pobre hijo...!!! —bramó el hombre con rabia.

—¿Podría concretar qué ha sucedido, buen hombre? —solicitó Luomen con voz pausada y serena.

En efecto, tal y como Maomao había observado, faltaba uno de los tres hermanos.

—¡Contempla esto! —exigió el padre fuera de sí.

Aquel hombre depositó un hatillo de tela ensangrentado sobre el mostrador de madera. Al desatar los nudos con torpeza, se reveló el escalofriante contenido que albergaba en su interior...

Eran dos dedos humanos cercenados.

Un coro unánime de alaridos horrorizados y exclamaciones de repugnancia se elevó de inmediato entre la abarrotada concurrencia del teatro.

—¡Más te vale dar de inmediato con el paradero de mi hijo! ¡Si mi hijo pierde la vida por tu culpa, dime, ¿qué piensas hacer para compensarlo, viejo tullido?! —exclamó el hombrecon feroz vehemencia, interpelando directamente al médico en un tono amenazante.





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