17/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 16




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 16
El dueño de los dedos

El hombre que acababa de irrumpir de manera intempestiva en el recinto resultó ser el progenitor de los consabidos trillizos. Al parecer, respondía al ostentoso nombre de Boen, un apelativo que evoca erudición y serena finura. Sin embargo, a despecho de lo que pudiera sugerir la nobleza de su nombre, el individuo poseía un carácter vocinglero y de lo más propenso a la agitación. El estruendoso revuelo que provocó su irrupción obligó a interrumpir la partida de Go de forma inevitable.

(NT: El nombre de Boen (博文) significa «persona sabia, culta, elegante y serena» o incluso, «amante de las letras y la cultura». Por tanto, su nombre sugiere que es una persona de modales educados, pero en realidad es un ser sumamente impulsivo, maleducado y violento, incapaz de guardar la compostura, que irrumpe gritando y empujando a la gente en medio del torneo de Go.)

Aunque pareció percatarse por un instante de la distinguida presencia de Jinshi y del estratega excéntrico sobre el escenario, mediaba una razón angustiosa para que tales consideraciones jerárquicas le trajeran por completo sin cuidado.

—¿Aseguras, pues, con total certeza que estos son los dedos amputados de tu hijo...? —inquirió el viejo Luomen con voz sobria y pausada.

A causa del dantesco alboroto y la visión de la sangre, el público general se había batido en retirada hacia el exterior. En el amplio interior del teatro solo permanecía el personal directamente implicado y los oficiales de guardia.

La contienda decisiva había quedado en suspenso sobre las tablas. El estratega parecía amagar con articular palabra desde su asiento, pero, antes de que nadie pudiera darse cuenta, su cabeza vencida por la extenuación se desplomó de golpe sobre el tablero, quedando al instante sumido en un sueño profundo e inquebrantable. A todas luces, el agotamiento físico de las jornadas y la paulatina embriaguez del dulce con licor habían hecho mella en él.

En un rincón de la tarima, sus oficiales subordinados se consagraron de inmediato a prestarle las debidas atenciones. Uno de ellos dirigió a Maomao una angustiada mirada que parecía implorar en silencio que ella misma acudiera a examinarlo en sustitución del cojo e impedido viejo, pero bastó con que la boticaria le clavara un dardo punzante: unos ojos entornados con gélida malevolencia, pupilas afiladas como navajas y un rictus de implacable advertencia que prometía un tormento peor si osaba dirigirle la palabra. El soldado, sobrecogido por el veneno implícito en sus pupilas, guardó un prudente y aterrorizado silencio.

En su lugar, fueron la diligente Enen y su compañera Yao quienes se aproximaron a inspeccionar el estado del estratega durmiente. Sintiéndose profundamente intrigadas por los sombríos pormenores del suceso que acababa de desencadenarse, ambas optaron por permanecer en el lugar.

Pese a sus esfuerzos por mostrar entera profesionalidad, la joven Yao se hallaba al borde del síncope ante la sobrecogedora contemplación de las extremidades humanas cercenadas y expuestas sobre la madera del mostrador. Por más que en la oficina médica ya hubiera adquirido cierto hábito en la materia de curaciones, resultaba de lo más comprensible que le causara un instintivo rechazo la visión de unos apéndices violentamente amputados.

Con semejante e intempestivo invasor de por medio y el estratega excéntrico durmiendo a pierna suelta sobre el escenario, la reanudación del encuentro de Go se demoraría considerablemente.

—Puesto que todo ha quedado debidamente registrado en la gráfica del mural, no hay mayor inconveniente —le comunicó Lahan a Jinshi en voz baja, sugiriendo con pragmatismo que retomaran la partida una vez que las aguas volvieran a su cauce.

Jinshi lucía en el rostro un semblante contrariado e indispuesto. Y no era para menos, considerando que se había valido de toda suerte de tretas mezquinas y preparativos minuciosos con tal de asegurarse una victoria incontestable sobre su rival. Instantes antes, de hecho, había llegado a exhibir una sutil e imperceptible mueca de triunfo en los labios al ejecutar la jugada final de su plan.

«A decir verdad, con una brecha tan insalvable como la que ha abierto en el marcador por el despiste del rival, resultaría del todo inverosímil que el excéntrico lograra alzarse con el triunfo aunque despertara», se dijo Maomao para sus adentros. A juzgar por el cariz que tomaban los acontecimientos y las facilidades otorgadas en la mesa, resultaba evidente que Jinshi incluso se había confabulado en secreto con Lahan. Tratándose de un contable calculador capaz de vender a su propio padre biológico y a su abuelo carnal si la ocasión lo requería, Lahan no dudaría lo más mínimo en hacer lo propio con un padre adoptivo si con ello satisfacía sus intereses.

«¿Debería pedirle cuentas por ello? —se preguntó la boticaria, observando a Jinshi—. No, indagar en ese asunto solo serviría para dilatar la conversación de manera innecesaria», resolvió al fin con desapasionada lógica.

A Maomao le inquietaba en mayor medida la agresiva actitud de Boen, quien continuaba increpando sin piedad a su viejo.

—¿Tendrías la amabilidad de esclarecer qué significa todo esto? —pidió el anciano médico con entera ecuanimidad.

Boen permanecía firmemente sujeto por sus dos vástagos para evitar una agresión física. Los tres hombres que acababan de irrumpir de forma intempestiva resultaban a todas luces desacomodados en la refinada atmósfera de aquel recinto. De haber intentado violentar al viejo, a los oficiales militares de la guardia no les habría quedado más remedio que reducir e imponer la fuerza sobre ellos.

Jinshi permanecía en el lugar con un semblante de lo más indescifrable. Ante una contienda de Go decisiva que había quedado trágicamente a medias, sus facciones denotaban una evidente y reprimida frustración.

—Agradecería que os explicarais con claridad —intervino Jinshi con gélida autoridad—. A fin de cuentas, habéis interrumpido nuestro proceder y la marcha del torneo. Es de suponer que mediará un motivo de imperiosa gravedad, ¿no es así?

A juzgar por su repentino sobrecogimiento ante la augusta presencia del joven noble, no parecía que los intrusos hubieran perdido el juicio hasta el extremo de osar contrariar las palabras directas de Jinshi. Puesto que el progenitor, ahogado por la cólera, no atinaba a articular nada sensato, uno de los trillizos que aguardaba a su espalda tomó la palabra en su lugar con voz trémula.

—Mi hermano... No logramos dar con el paradero de mi segundo hermano mayor.

«Mi segundo hermano mayor... Es decir, el mediano de los trillizos», dedujo Maomao en silencio. Tenía perfecto conocimiento de que, a raíz del vergonzoso incidente que el joven protagonizó durante la jornada de la gran tormenta, le estaban apretando las tuercas de lo lindo.

—Lleva tres días desaparecido. Y esta misma mañana, este macabro hatillo de tela ensangrentado ha sido entregado en nuestro domicilio.

Los apéndices expuestos correspondían sin duda a la anatomía de un varón adulto. Los familiares afirmaban con horror que pertenecían al segundo vástago, el que se hallaba en paradero desconocido.

—Haced el favor de permitirme examinarlos de cerca —solicitó Maomao, dando un paso al frente hacia el mostrador.

—¡¿Quién te has creído que eres?! —prorrumpió Boen en un grito fúrico y despectivo.

Bastó una sola y gélida mirada de advertencia por parte de Jinshi para que el hombre se retractara de inmediato y guardara un prudente silencio.

Aunque no se las podía considerar parte implicada en sentido estricto dentro de la disputa familiar, tanto Maomao como sus dos compañeras de la oficina médica estaban al tanto de los sombríos pormenores del caso por los antecedentes. No obstante...

«Me pregunto si es de verdadero recibo que ese anciano caballero también permanezca aquí presenciando un asunto privado», se dijo la boticaria para sus adentros. Se refería a aquel insigne individuo al que llamaban maestro Kisei, el preceptor imperial de Go que había estado contemplando fascinado la partida de Jinshi. El erudito se hallaba acomodado en una silla de la sala con total serenidad. Puesto que su augusto porte destilaba una dignidad inconmensurable, ni el ruidoso Boen ni sus vástagos se atrevían a formular la menor objeción sobre su presencia.

Aunque el desespero más absoluto les impelía a desahogar una multitud de caóticas quejas, la imponente presencia de Jinshi les obligaba a sosegar el ánimo a la fuerza para ofrecer una explicación coherente de los hechos. Tras inspirar profundamente para recobrar a duras penas la compostura, Boen prosiguió con su amargo relato:

—Por tu culpa —espetó con inquina, señalando al viejo Luomen—, mi hijo fue objeto de una denuncia y terminó bajo custodia de las autoridades. Y por si fuera poco, a raíz de aquel escándalo, se han sucedido en cascada las acusaciones de otras víctimas que sufrieron sus desmanes en el pasado.

Había cosechado con creces lo que él mismo había sembrado con su conducta, a fin de cuentas. El menor de los trillizos, presente en la sala, desvió la mirada con culpa. Con total seguridad, aquel muchacho habría cargado hábilmente las culpas de sus propias fechorías sobre las espaldas de su segundo hermano mayor, el mediano. El progenitor se desvivía ahora en tardías atenciones por su hijo desaparecido, pero semejante arrebato de paternalismo llegaba del todo a deshora. Si bien parecía haber amparado y encubierto los excesos de sus disolutos hijos hasta la fecha, ¿cómo era posible que no se percatara de que la raíz de todo el error radicaba en la defectuosa crianza que les había propiciado?

—¿Aseguras, entonces, que alguna de esas personas agraviadas ha secuestrado a tu hijo por venganza? —inquirió Luomen con serena precisión.

—¡Claro que sí! ¡Es de absoluto cajón que ha sido así! —bramó el hombre.

Ante la paciente interpelación del viejo médico, Boen propinó un soberano y violento puñetazo sobre el mostrador de madera a modo de fúrica réplica.

—¿Tienes sospechas fundadas sobre la identidad de alguien en concreto? —continuó el anciano.

—¡¿Cómo quieres que las tenga?! ¡¿Acaso se supone que debo vigilar cada paso que dan mis hijos?! —protestó el padre.

«Pues a la vista está que te habría convenido hacerlo», consideró Maomao para sus adentros con mordaz pragmatismo.

La joven criada en el barrio del placer procedió a examinar de cerca los apéndices cercenados. La superficie del corte limpio ya presentaba una clara tonalidad ennegrecida debido a la oxidación y el paso de las horas. «De haber recibido atención inmediata y en perfectas condiciones de conservación, tal vez habrían podido reimplantarse...», se compadeció en silencio. Con todo, antes de plantearse semejante proeza, cabía la sombría sospecha de si la amputación no se habría ejecutado en realidad posmortem.

Maomao tenía perfecto conocimiento de que se producían notables divergencias físicas en la retracción de los tejidos del cuerpo humano según si el seccionamiento se realizaba con el sujeto aún en vida o tras acontecer el deceso. El viejo Luomen sin duda poseía el criterio anatómico para discernirlo de un vistazo y, por encima de todo, la expresión de honda pesadumbre con la que contemplaba los restos expuestos resultaba de lo más elocuente.

A ello se le sumaba, además, otro inquietante detalle clínico. «Las uñas de ambos dedos presentan una nítida decoloración», observó la boticaria con mirada escrutadora. La parte central de la uña había mudado a un matiz pálido entre negruzco y azulado.

—...

Maomao tiró discretamente de las mangas de Yao y Enen para llamar su atención.

—¿Qué ocurre, Maomao? —inquirió Yao en un murmullo.

—Creo que la gravedad de la ocasión manda servir algún refrigerio a los presentes —les propuso en voz baja—. Haced el favor de ayudarme en la tarea.

—Ah, es verdad —asintió Yao, percatándose de la necesidad.

No es que se requiriera a tres personas para un menester tan sencillo, pero si convidaba únicamente a Yao, Enen iría tras ella de forma inevitable para no separarse, mientras que si solo se lo proponía a Enen, Yao mudaría de inmediato el semblante a uno de sutil fastidio por sentirse ignorada; de modo que a la boticaria no le quedó más alternativa que llevarse a ambas.

—¿Disponemos de más té? —consultó Yao.

—Sí, nos queda un poco, pero estimo que la ocasión requiere una variedad de mayor categoría —apuntó Enen, dirigiendo una rápida mirada furtiva hacia la distinguida figura de Jinshi.

Estando al tanto de su verdadera identidad como alto dignatario de la corte, Enen sabía que no era en absoluto de recibo ofrecerle un brebaje vulgar. Pese a no profesarle simpatía alguna al noble, ella demostraba ser una oficial médica lo bastante profesional como para guardar semejante deferencia.

—¿Es que ese caballero no abriga la menor intención de retirarse ya a sus aposentos privados? —murmuró Enen con leve reproche.

—Dado que profesa una particular devoción por inmiscuirse en asuntos ajenos, me temo que no nos queda más remedio que resignarnos a su presencia —repuso Maomao con pragmatismo.

Como cabía esperar, Enen no mostraba la menor indulgencia hacia el joven señor. A la boticaria le pareció un tanto severa al escucharla expresarse así, aunque al punto rememoró que ella misma solía referirse a Jinshi en términos prácticamente idénticos con bastante frecuencia.

—Por cierto, había una notable cantidad de zumos de frutas almacenados en el barracón trasero —intervino Yao—. Al parecer, fueron entregados por diversos admiradores como obsequio para el comandante Lakan durante el torneo.

—¿Zumos de frutas? —Maomao se acarició la barbilla con gesto reflexivo—. ¿Habría entre ellos por casualidad zumo de uva?

—Me parece que sí —afirmó Yao—. Estaba dispuesto en unas hermosas botellas de vidrio, por lo que la calidad del zumo debe de ser excelente.

—En tal caso, decantémonos por esa opción —determinó Maomao.

Sin perder tiempo, las tres se encaminaron hacia el almacén improvisado situado en la parte posterior del escenario principal.

—A todo esto, ¿es lícito que dispongamos de estos presentes por nuestra cuenta y sin su permiso? —inquirió Yao con un marcado semblante de preocupación ética.

—Ha recibido una ingente cantidad de presentes hoy —explicó Maomao—. Dado que permanece profundamente sumido en sueños, dudo mucho que se percate siquiera de la falta de una sola botella entre la montaña de regalos.

—Si Maomao dictamina que no hay inconveniente... imagino que podemos proceder sin reparos —concluyó Enen, zanjando las dudas de su compañera.

Puesto que Enen también se mostraba del todo conforme con la idea, las tres jóvenes resolvieron registrar con diligencia los numerosos presentes acumulados en aquel almacén.



Maomao y sus compañeras regresaron al recinto tras disponer el líquido en refinadas copas para todos los presentes. Sin embargo, las deliberaciones de la trifulca parecían encontrarse en un insalvable punto muerto.

Boen continuaba desgañitándose a gritos desaforados, mientras que el viejo Luomen escuchaba sus amargas palabras sumido en un estoico silencio. Jinshi permanecía sentado e inmóvil sin intervenir en absoluto en la disputa, aunque la yema de sus finos dedos mantenía la postura rígida de sostener una pieza de Go. Cabía preguntarse si el joven noble continuaría elucubrando mentalmente el siguiente movimiento sobre el tablero, ignorando por completo la escena. El rostro del anciano Kisei seguía resultando del todo indescifrable; nadie alcanzaba a comprender las razones de su prolongada permanencia en el lugar. Lahan, por su parte, continuaba allí por el momento, aunque parecía abrumado por los múltiples flecos administrativos pendientes tras la precipitada clausura del certamen. Al margen de las labores físicas de recogida, dado que al parecer ya había cobrado una generosa suma en concepto de anticipo de las clases, se afanaba en redactar a toda prisa una misiva para dilucidar qué procedía hacer respecto a las lecciones prometidas del estratega excéntrico.

—Servíos una copa, por favor —ofreció Yao.

Yao y Enen procedieron a distribuir con prestancia el dulce zumo de frutas. Por un instante, Lahan arrugó el entrecejo con marcada suspicacia, preguntándose en silencio si el brebaje contendría alcohol. Tras olfatearlo con disimulo, debió de percatarse de que se trataba tan solo de mosto. Al igual que su padre adoptivo, Lahan no poseía la menor tolerancia a la bebida. Puesto que la bebida se había servido en unos finos recipientes metálicos empleados con frecuencia para los licores de la corte, resultaba del todo comprensible su leve confusión.

En el preciso instante en que Enen tendió una copa al joven que se presumía el primogénito de los trillizos... Con un seco e intempestivo manotazo, este hizo que la copa saliera despedida. El líquido rojizo danzó por los aires en un arco escarlata. El recipiente metálico impactó ruidosamente contra la madera del suelo y rodó produciendo un agudo tintineo.

—Hermano... —murmuró el menor de los vástagos, exhibiendo una amarga mueca de tensión.

A pesar de recibir una repentina lluvia de gotas escarlatas sobre su rostro, las frías facciones de Enen no mudaron lo más mínimo.

«Menos mal que no ha sido a Yao», pensó la boticaria para sus adentros. De haber sido ese el caso, las consecuencias habrían sido verdaderamente temibles. Enen no se inmutaba en absoluto si el zumo manchaba sus propias vestiduras, pero cuando se trataba de su joven señora, su naturaleza protectora experimentaba una ira absoluta. Huelga decir que Enen jamás habría consentido que la delicada Yao se situara de pie frente a un varón de sabidas tendencias disolutas.

—Ruego que disculpe mi torpeza. Desconocía sus predilecciones —se disculpó Enen con helada cortesía.

La joven con tablas de sirvienta procedió de inmediato a retirar los desperdicios del suelo con ademanes del todo imperturbables y mecánicos. Maomao les había encomendado la distribución a ambas a propósito. «Es tal y como sospechaba desde un principio», advirtió la boticaria hacia sus adentros.

Las arrugas del fatigado rostro de Luomen se acentuaron todavía más por la pena. Sus cejas caían con una honda e inconfundible expresión de pesadumbre. Si la propia Maomao ya se había percatado del engaño, resultaba del todo inverosímil que el viejo médico no lo hubiera advertido desde el primer vistazo a los dedos.

Tras exhalar un leve y pesado suspiro de resignación, el viejo médico se incorporó lentamente de su asiento apoyándose en el bastón.

—¿Acaso te disgusta el zumo de uva? —inquirió con voz serena, interpelando directamente al supuesto primogénito.

—N-No... No es eso —balbuceó el muchacho.

Su atropellada respuesta careció por completo de convicción.

—¿No era tu zumo favorito, hijo? —Boen ladeó la cabeza con manifiesta extrañeza—. ¡¿A santo de qué viene esa absurda conversación en estos momentos?! Dejaos de una vez de minucias impertinentes y dad con el paradero de mi hijo desaparecido. De lo contrario...

—El paradero de tu hijo ya ha quedado plenamente esclarecido —lo interrumpió Luomen.

El viejo médico alzó la cansada mirada al tiempo que negaba suavemente con la cabeza, denotando una profunda y trágica tristeza.

—¡¿D-Dónde se encuentra?! ¡Habla de una vez, viejo tullido! —exigió Boen, fuera de sí.

—El hijo al que estás buscando de forma tan desesperada es el segundo de tus vástagos, el mediano, ¿no es así? —preguntó el anciano.

—¡Claro que sí! ¡Es el que falta en la casa! —bramó el padre.

Aun sin compartir lazo sanguíneo alguno con aquella familia, Maomao no pudo evitar experimentar una punzada de amarga melancolía ante la escena. «Es patéticamente incapaz de percatarse de la realidad que tiene ante sus ojos», se mofó con frialdad hacia sus adentros. Aquel molesto y ruidoso individuo llamado Boen albergaba la sincera convicción de que su segundo vástago se encontraba verdaderamente secuestrado en alguna parte de la ciudad. Sin embargo... «Ser incapaz de distinguir la identidad de tus propios hijos...», dilucidó la boticaria.

El viejo médico eunuco señaló con su bastón al supuesto primogénito, aquel que acababa de volcar la copa de un manotazo. O mejor dicho: al verdadero segundo de los hijos, que se estaba haciendo pasar hábilmente por su hermano mayor.

—¿Qué pretendes insinuar con semejante estupidez...? —farfulló Boen, desconcertado.

—El que verdaderamente ha desaparecido es tu primogénito —reveló Luomen con pesadumbre—. En lo tocante a su trágico paradero, estimo que obtendrás respuestas mucho más certeras si interrogas a los dos hijos que te acompañan en la actualidad.

Boen se incorporó de un salto con la evidente intención de abalanzarse sobre el anciano. No obstante, los oficiales militares de la guardia, que permanecían custodia en el lugar, intervinieron al instante para contenerlo con firmeza.

—¡¿Qué insensateces dices?! ¡¿Es que estás senil, viejo?! ¡No te atrevas a proferir más de estas sandeces contra nosotros! —gritó el joven acusado, tratando de mantener la fachada.

—Lejos de ser una estupidez. No es más que la pura realidad —sentenció una voz firme.

Sin poder evitarlo, las palabras afloraron repentinamente de los labios de Maomao. Nada más pronunciarlas con contundencia ante todos, la boticaria pensó con rabia: «Mierda. ¿Por qué me meto siempre donde no me llaman?». Retrocedió de inmediato medio paso, intentando ocultarse de nuevo tras las sombras.

—¿Tendrías la amabilidad de esclarecer la situación, Maomao, de modo que yo también pueda comprenderla? —tomó por fin la palabra Jinshi, rompiendo su silencio con voz serena.

A su lado, el anciano Kisei también asentía con la cabeza, mostrando un vivo interés.

—Boen, comprendo tu zozobra como padre, pero haz el favor de guardar silencio por un instante —intervino Jinshi con autoridad—. De lo contrario, no lograremos avanzar en el esclarecimiento del asunto. Y vosotros dos, los que os halláis a su espalda, ni se os ocurra abrigar la menor intención de daros a la fuga.

Los dos jóvenes trillizos quedaron paralizados e inmóviles ante aquella advertencia e intimidante orden de la guardia.

—Luomen —se dirigió Jinshi al respetado eunuco—, si le resulta doloroso o difícil de verbalizar la justificación, ¿me es lícito encomendar el relato a su discípula? A la vista de todos está que tan competente y aguda alumna ya ha alcanzado la resolución del enigma.

«Vaya manera tan impertinente de complicarme la existencia...», pensó Maomao para sus adentros ante aquella inoportuna intervención del noble.

—Y en caso de que incurra en alguna imprecisión —añadió Jinshi—, le bastará a usted con ejercer su magisterio para enmendar la respuesta.

—Maomao... —el viejo Luomen clavó los ojos en ella con una mezcla de disculpa y confianza.

Al constatar cómo las inquisitivas miradas de todos los presentes convergían de golpe en su persona, a Maomao no le quedó más remedio que dar un resignado paso al frente. Mientras cavilaba a toda prisa por dónde resultaría más conveniente iniciar la explicación, procedió en primer término a señalar formalmente los dedos cercenados sobre el mostrador. El legítimo dueño de tales apéndices debía de haber fallecido ya sin lugar a dudas; restaba por esclarecer si las causas exactas del deceso derivaban de una dolencia o si se trataba de un homicidio deliberado. Por consiguiente, convenía dar comienzo por ese extremo anatómico. Señaló con el índice las uñas decoloradas.

—Os ruego que prestéis atención a la pigmentación de estas uñas. Esta tonalidad constituye una evidencia inequívoca de la ingesta prolongada de alguna sustancia tóxica. Con toda probabilidad, estimo que podría tratarse de un derivado del arsénico, o bien de una envenenamiento por sales de plomo.

—¿Plomo...? —inquirió Jinshi, frunciendo el ceño.

A buen seguro que le resultaba un recuerdo todavía reciente la requisa de los licores adulterados en la corte. Maomao dirigió entonces su mirada acusadora hacia el desconcertado Boen.

—Tu primogénito profesaba una gran predilección por el zumo de uva fermentado, ¿no es así?

—Sí... Así lo creo —balbuceó el padre.

—Y me atrevería a aventurar que era asiduo a los de peor calidad y más económicos del mercado, ¿verdad?

Maomao rememoró los pormenores del caso anterior. En la ocasión precedente, cuando su padre adoptivo y ella se consagraron a tomarles declaración formal, el hijo mayor había testificado abiertamente que solía acudir a las tabernas más sórdidas de la capital a consumir brebajes de baja estofa. Y la incautación oficial del zumo de uva fermentado adulterado con edulcorante de plomo tóxico se había producido escasamente un tiempo antes de que se procediera a tomarles aquella declaración. Bien pudiera ser que en los puestos del mercado negro aún restaran botellas clandestinas que las autoridades no hubieran alcanzado a retirar a tiempo. De haber persistido el joven en su consumo diario, los nefastos estragos del veneno terminarían por manifestarse inevitablemente en la matriz de las uñas.

En el preciso instante en que se redactó el informe policial previo, el primogénito no presentaba todavía anomalía visible alguna. Cabe deducir, por tanto, que los síntomas agudos de la intoxicación afloraron con posterioridad. Y por consiguiente...

—¿No es verdad que falleció a causa del envenenamiento por plomo? —sentenció Maomao con firmeza—. Y precisamente ante la presencia directa de vosotros dos.

La boticaria clavó la mirada con severidad en los dos trillizos restantes.

—¿Q-Qué estás diciendo con esas calumnias? —farfulló uno.

—En efecto. N-No sabemos en absoluto a qué te refieres —secundó el otro con voz temblorosa.

«¿De qué les servirá retractarse o fingir demencia a estas alturas de la evidencia?», pensó la boticaria con mordaz desdén.

—Agradecería que me permitierais formular una pregunta —intervino el maestro Kisei, alzando una mano con elegancia.

—Adelante —autorizó Jinshi con un leve asentimiento.

—Hace unos instantes el honorable doctor ha aseverado que el segundo de los hijos se hace pasar por el primogénito —expuso, acariciándose la barba—. A juzgar por tus palabras, joven, parece ser que el tercero de los hermanos también está plenamente al tanto del engaño, ¿no es así?

—En efecto —asintió Maomao con aplomo—. Por más semejanza física que guarden los trillizos entre sí ante ojos ajenos, resulta del todo inverosímil que logren embaucar a otro miembro nacidos de su propio parto. Aunque el propio progenitor sea incapaz de advertir la diferencia...

La joven lanzó aquella implacable apostilla con el indisimulado y mordaz propósito de escarnecer públicamente la ceguera paternal de Boen.

—¿Sostienes entonces que ellos dos seccionaron fríamente los dedos de su hermano ya difunto para urdir su propio y macabro simulacro de secuestro...? —inquirió Kisei, escrutando la escena.

—Así es —confirmó la boticaria.

—¿Y con qué retorcido propósito habrían de comportarse de tal modo dos hermanos? —volvió a preguntar el sabio maestro.

«¿No será que en realidad él ya ha alcanzado a comprender la totalidad de la trama?», se planteó Maomao para sus adentros. Haciendo honor a su reputación como preceptor particular de Su Majestad, el veterano erudito daba muestras de poseer una agilidad mental encomiable. Con todo, la respuesta a dicha interpelación resultaba de lo más propicia para esclarecer de forma definitiva la situación ante el resto de los presentes en la sala. Bien pudiera ser que Kisei le estuviera brindando la réplica a propósito.

—Porque fingir el secuestro y la desaparición del segundo de los hijos les brindaba la oportunidad perfecta para saldar definitivamente sus cuentas con la justicia —reveló Maomao con gélida claridad—. ¿No es verdad?

La menuda boticaria fijó la vista en el supuesto primogénito, que en realidad no era otro que el segundo de los hermanos. Este le dirigió una mirada cargada de inquina, pero fue por entero incapaz de articular réplica alguna ante la contundencia de las pruebas. Se limitó a apretar los puños con vehemencia.

—¿D-De verdad es cierto lo que dice...? —farfulló Boen, desencajado, escrutando con angustia los rostros de sus dos vástagos.

—¿Acaso no te basta con contemplarlos para darte cuenta de quién es cada cual? —espetó Maomao sin contemplaciones—. ¿Es que no posees la básica facultad de distinguir a tus propios hijos?

—...

Boen clavó los ojos en los muchachos, aguzando la vista en un vano y tardío esfuerzo de discernimiento.

—Maomao... —la llamó el viejo Luomen con un suave tono de advertencia, reprendiendo sutilmente la dureza de sus palabras.

—Ruego que me disculpéis por la intemperancia —se disculpó la boticaria inclinando levemente la cabeza.

Acto seguido, dio un discreto paso hacia atrás para reincorporarse en silencio a su posición previa junto a sus compañeras médicas.

—Por consiguiente, vosotros dos tenéis pleno conocimiento del paradero exacto del primogénito, ¿no es así? —intervino Jinshi con voz grave y cortante.

Ante la perentoria interpelación del noble, a los dos hermanos no les restó más alternativa que romper de una vez el prolongado silencio. Las agraciadas facciones de aquel hermoso caballero desprendían en ese instante una severidad helada e imponente que no admitía réplicas ni evasivas.

—El cuerpo permanece sepultado en el jardín de nuestra casa... —confesó el más joven de los trillizos con un hilo de voz—. Nosotros no le arrebatamos la vida. Se hallaba consumiendo licor en la estancia cuando, de súbito, su proceder se alteró a uno de lo más errático y violento. Mudó el semblante a una palidez absoluta y su estado general se tornó de lo más insólito. Acto seguido...

El muchacho explicó a la sala que, tras prorrumpir en violentos ademanes y espasmos de forma del todo imprevista a causa del envenenamiento, su hermano mayor tropezó y sufrió un tremendo e impacto fatal en la cabeza contra la madera.

—Nuestra primera intención fue requerir el auxilio de alguien con presteza —continuó relatando con amargura el menor de los vástagos, dirigiendo la mirada acusadora hacia el segundo de sus hermanos—. Sin embargo, él... propuso que hiciéramos pasar la existencia del cadáver por la suya. Sugirió que, a partir de ese instante, él asumiría la identidad del primogénito para eludir las denuncias que pesaban en su contra.

Y para asegurar el éxito de semejante estratagema, estimaron más conveniente propiciar la incertidumbre sobre si el perseguido mediano conservaba aún la vida o no. Por ello, seccionaron los dedos del cadáver y los remitieron en un hatillo a su propio domicilio familiar, acompañados de una misiva de carácter amenazante exigiendo dinero o justicia.

—¡¿Es eso verdad?! ¡¿Habéis cometido semejante sacrilegio en mi propia casa?! —prorrumpió Boen en un grito desencajado.

El segundo de los hijos, acorralado y despojado de su disfraz, propinó un sonoro y violento puñetazo sobre el mostrador de madera.

—¡Toda la culpa es tuya, padre! —bramó el joven, encarando a Boen con rabia acumulada—. En cuanto constataste que las autoridades nos acorralaban y que resultaba inviable ampararnos a los tres ante la ley, pretendiste cargarme el mochuelo en exclusiva. ¡Pues que sepas que el que tenía las manos más largas era nuestro difunto hermano mayor! ¡Y tú también estás implicado! —acusó, dirigiéndose al hermano pequeño—. Nuestro hermano se encargó de encubrir discretamente el asunto cuando te propasaste en secreto con la concubina de nuestro padre. ¡Confiesa!

—¡Un momento! ¡¿Es cierto lo que acabo de escuchar?! —exclamó Boen, boquiabierto.

Bufando de pura indignación y fuera de sí, Boen se abalanzó salvajemente sobre el tercero de los hermanos dispuesto a pedirle cuentas por semejante revelación.

—¡Y tanto que es cierto! —escupió el segundo hermano con despecho—. Esa niña de tres años a la que tanto agasajas en la actualidad y a la que llamas hija... ¡Es en realidad el engendro fruto de las fechorías del difunto! Bien que la consentías por tratarse, según tú, de tu primera hija legítima, ¡¿a que sí, padre?!

—¡Hermano! ¡Se supone que habías prometido guardar silencio sobre ese asunto a cambio de mi asistencia para enterrarlo! —protestó horrorizado el hermano menor.

—¡¿Es eso verdad?! ¡¿De verdad es cierto todo este cúmulo de abominaciones?! —gritaba Boen, tomándose la cabeza con las manos.

«Qué soberana estupidez», se dijo Maomao con desprecio. Y a buen seguro que ella no era la única que albergaba aquel pensamiento, sino la totalidad de los allí presentes en el recinto.

«Por más que el primogénito ya hubiera fallecido, llegar al extremo de seccionarle los dedos al cadáver de un hermano...», elucubró Maomao en silencio. Ella era de la opinión de que, una vez sobrevenido el deceso de una persona, el alma se extingue y el individuo queda del todo ajeno a la suerte o al destino que corra su envoltorio. Con todo, al contemplar tan infame estampa familiar, no le restaba más alternativa que la estupefacción ante el final de una historia de lo más vil y detestable.

Echó una breve mirada hacia el ventanal del exterior; la luna llena ya resplandecía en el firmamento nocturno. La boticaria solo deseaba con todas sus fuerzas regresar al sosiego de su dormitorio lo antes posible y dar por concluida la agotadora jornada.


Xeniaxen: ¿Os habéis dado cuenta de que la autora nos explicó literalmente la trama de todo este tomo en el título del Capítulo 7: “Vino, dulces y Go”? Es magistral, la amo.





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