12/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 14




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 14
Torneo de Go - Día 2 (parte III)

El siguiente rival del hombre embozado (es decir, de Jinshi) resultó ser un individuo de mediana edad y de complexión más bien robusta. Aunque contemplaba con evidente recelo a aquel extraño oponente con el rostro completamente cubierto, procedió a disputar la ronda. Sin embargo, Jinshi se alzó con la victoria con pasmosa facilidad.

—Tenía entendido que poseía cierta destreza en las tablas, pero veo que me equivocaba por completo y que es sumamente bueno —apuntó Lahan, observando el tablero.

—¿Tú crees? —replicó Maomao.

Maomao había estado al servicio personal de Jinshi durante bastante tiempo, pero nunca le había parecido que este practicara el Go con especial asiduidad. Dado que era un hombre dotado de una brillante inteligencia natural, consideraba que simplemente poseía el nivel de un aficionado avanzado, algo ligeramente superior a la media corriente.

—¿No será más bien que ese vejestorio que tenía por contrincante era un completo incompetente? —inquirió ella.

Puesto que Jinshi se había impuesto con demasiada presteza en la mesa, afloraron de inmediato las sospechas en ella sobre las dudosas artimañas y atajos que aquel ser celestial habría empleado en la plaza para clasificarse.

—Eso parece. Ha tenido una excelente fortuna con el emparejamiento —asintió Lahan.

Jinshi inclinó la cabeza con elegancia ante el tablero y se encaminó con paso firme hacia su siguiente oponente en la sala.

—¿Y no vas a penalizar de ningún modo a ese vejestorio que ha logrado acceder al recinto principal haciendo trampas? —preguntó Maomao.

—¿Sancionar a un cliente habitual que, cada vez que cae derrotado, vuelve a abonar gustoso la cuota de inscripción para reintentarlo? —repuso Lahan con tono burlón.

—...

Era definitivamente un caso perdido en lo tocante a la ética mercantil.

—Es broma —aclaró Lahan, acomodándose los anteojos—. De todos modos, mientras apoque el dinero exigido, cualquiera tiene el derecho formal de medirse con mi padre adoptivo. No veo en absoluto dónde está el inconveniente.

—¿Acaso no se trataba en un principio de cobrarles una suma adicional desorbitada una vez que lograran clasificarse para la partida final...? —recordó Maomao.

—Una cosa es disputar una simple partida de competición y otra muy distinta recibir una lección de maestría personalizada —explicó el contable—. Aunque, a decir verdad, ignoro si mi padre adoptivo comprende siquiera el concepto pedagógico de instruir a alguien. Sea como sea, ya me encargaré yo mismo de que Enen se reúna con él en privado más adelante, en otra jornada más tranquila.

Mientras hablaba, Lahan no dejaba de dirigir miradas furtivas y calculadoras hacia la posición del estratega en el escenario.

—¡¿En otra jornada?! ¿No se suponía que iba a ser hoy mismo, la final del certamen? —inquirió Maomao con indignación.

—Bueno, me temo que mi padre adoptivo ya debe de estar rozando su límite físico —explicó Lahan con pragmatismo—. A juzgar por su semblante, en cuanto finalice formalmente el torneo se quedará profundamente dormido sobre el tablero.

El joven interventor comenzó a efectuar cálculos mentales en su ábaco imaginario, moviendo los dedos en el aire. Maomao recordaba haber escuchado de boca del viejo Luomen que el excéntrico estratega solía pasar durmiendo la mitad de los días. Eso de entregarse al sueño de forma fulminante en cuanto despachaba sus asuntos inmediatos lo asemejaba a un niño pequeño.

Había oído hablar de la existencia de una rara dolencia que provocaba accesos repentinos e incontrolables de sueño, pero, en el caso de aquel mentecato, la causa debía de ser harina de otro costal: pura extenuación por falta de hábito de trabajo.

—A quienes ya me han entregado el anticipo les diré que los visitará en otra ocasión... No, llevarlo a él a solas hasta sus residencias acarreará demasiadas complicaciones, de modo que tendré que ingeniármelas para que duerma un poco aquí y luego despertarlo... Aunque, pensándolo bien, será una empresa del todo imposible dada su terquedad... —cavilaba el contable.

—Maldito usurero insaciable —masculló Maomao entre dientes, dedicándole un acre semblante de reproche.

Entonces la boticaria desvió la mirada hacia la zona de juego donde se encontraba Jinshi. Al parecer, los organizadores ya le habían asignado a su siguiente contrincante de la ronda.

—Con ese competidor en concreto me temo que no va a poder alzarse con la victoria —apuntó Lahan con ojo clínico.

Se refería al hombre de mediana edad que había sido jugador profesional en el pasado y al que Maomao había divisado con anterioridad entre la multitud. Mientras se preguntaba qué se le habría pasado por la cabeza a un antiguo maestro caído en desgracia para inscribirse en un certamen de semejante ralea, la boticaria observaba los primeros movimientos de la partida desde la distancia. Puesto que el individuo embozado en la máscara llamaba poderosamente la atención por su porte y su enigma, el público no tardó en arremolinarse a su alrededor.

A diferencia del Shōgi, cuyas reglas conocía mejor, el Go era una disciplina compleja que ella no dominaba en absoluto. Optó por renunciar a entender el tablero y consagrarse a las discretas labores de recepción, así como a efectuar periódicas rondas de vigilancia para verificar si alguien sufría una indisposición por el calor.

«Ya podrían recoger ellos mismos sus desperdicios antes de marcharse», se dijo de pronto con disgusto. Al percatarse de que en numerosos asientos del patio de butacas se habían esparcido multitud de restos de comida, migas y envoltorios, procedió a retirarlos con paciencia mientras realizaba su ronda.

En aquel preciso instante, un coro ahogado de lamentos decepcionados llegó a sus oídos desde el centro de la sala. Emanaba del nutrido grupo de espectadores congregados en torno a la mesa de Jinshi. De hecho, a esas alturas de la tarde abundaban los participantes que, habiendo renunciado ya a la victoria tras caer eliminados, se entregaban por completo al deleite espectador de contemplar las partidas de los mejores jugadores.

Maomao se aproximó con sigilo a Lahan, quien se hallaba hábilmente entremezclado entre el público de la primera fila.

—¿Ha pasado algo? —inquirió en voz baja.

—No planteaba una mala estrategia, pero, indudablemente, se ha topado con un rival de cuidado —analizó Lahan en un murmullo—. Se la han jugado con una pericia encomiable.

—Ya veo. ¿Resulta compleja una remontada a estas alturas? —preguntó la boticaria.

Es lo que cabía esperar tratándose de un ex profesional. Maomao asintió para sus adentros.

—No es del todo inviable, pero, a menos que el adversario cometa un desliz garrafal, resultará imposible. Y ese veterano no es en absoluto el tipo de persona que incurra en un error tan rudimentario sobre la madera...

Justo en el preciso instante en que Lahan se disponía a concluir su afirmación, un murmullo repentino de expectación recorrió todo el recinto del teatro.

Con un leve y elegante ondeo, la máscara que cubría su rostro terminó por desprenderse del cordón. Una sedosa y opulenta cabellera de un tono azabache brillante danzó en el aire al liberarse, al tiempo que la embriagadora fragancia del refinado incienso con que se habían sahumado meticulosamente sus ropajes aristocráticos impregnó de golpe las inmediaciones de la sala.

—Ups...

Hubo numerosos espectadores que intentaron articular palabra para señalar el incidente, pero la voz se les ahogó por completo en la garganta al contemplar lo que la tela ocultaba.

Quien allí se revelaba con absoluta nitidez poseía la estampa de un ser onírico bajado a la tierra, una figura de una gracia tan irreal que a duras penas podría contemplarse fuera de las más delicadas ilustraciones de los pergaminos antiguos. Lucía una piel de porcelana impecable, unos labios levemente rosados y perfectos, y unos ojos almendrados y expresivos de una profundidad hipnótica que derramaban una belleza sobrehumana y perturbadora. Se trataba de una beldad tan exquisita que, por un fugaz instante, bien pudiera inducir a la confusión de tomarlo por una mujer de la realeza. No obstante, la presencia de la prominente nuez en su garganta y la notable envergadura de sus amplios hombros masculinos desmentían de inmediato tal asunción.

Entre el clamor silencioso que se produjo en el teatro, se entremezcló también entre algunos presentes un leve matiz de melancólica desilusión. La fina y pálida cicatriz que surcaba su mejilla derecha permanecía inalterable en su piel, como si viniera a escenificar a la perfección el consabido dicho popular de que no hay joya preciosa sin tacha.

A fin de cuentas, se trataba del mismísimo Jinshi; aquel hombre que, incluso en el palacio interior, rodeado por un crisol de flores y mujeres de los más diversos e icónicos colores, irradiaba una hermosura tan avasalladora que eclipsaba a todas las demás sin esfuerzo. Semejante revelación resultaba más que suficiente para dejar completamente estupefactos a cuantos le rodeaban en la sala.

«Lo había olvidado por un tiempo, pero posee una fisonomía tan deslumbrante que raya francamente en lo perjudicial para la salud pública», pensó Maomao, contemplando la escena con desapasionada objetividad.

Incluso el refinado ademán con el que sus largos dedos depositaban las piezas de Go sobre el tablero resultaba de lo más distinguido y teatral. Cada vez que el sonido de una pieza resonaba en la madera, un nuevo coro de exclamaciones ahogadas y admiradas se elevaba irremisiblemente entre el público cautivado.

Al margen de los motivos reales que le hubieran impulsado a despojarse del embozo, el verdadero damnificado de la situación no era otro que su desdichado contrincante. Pese a que hasta hacía escasos instantes gozaba de una posición claramente ventajosa en el tablero, en la actualidad su rostro presentaba una palidez absoluta y cadavérica. Cabía preguntarse si semejante mutación se debía a un vuelco inesperado en el desarrollo de la partida, pero la realidad era bien distinta.

Si en tiempos remotos aquel hombre se había dedicado a impartir lecciones de Go a las más altas esferas de la nobleza, era de suponer que poseía cierto conocimiento sobre la fisonomía de los más altos dignatarios de la corte. Restaba la incógnita de si ya había coincidido personalmente con Jinshi en el pasado o si, por el contrario, había sido capaz de deducir de golpe la ilustre identidad de aquel gallardo e inconfundible joven que lucía una cicatriz en su mejilla derecha.

«Con esto ya tiene la victoria asegurada», dedujo ella para sus adentros.

La multitud congregada en la sala aún no se había percatado en su totalidad de la verdadera identidad de aquel apuesto caballero. Si bien el rumor de que el Hermano Imperial había sufrido una herida de arma blanca en su mejilla derecha ya debía de circular de boca en boca por el vulgo de la capital, a nadie en su sano juicio se le pasaría por la cabeza que tan alto miembro de la familia real se encontraría disputando una partida de Go en un complejo público semejante.

Huelga decir que, además de su consternado oponente, hubo otros pocos presentes en las primeras filas que advirtieron de inmediato de quién se trataba. Todos ellos mudaban de color de manera frenética entre la palidez del pánico y el rubor de la vergüenza. Incapaces de articular palabra ante la augusta presencia, se limitaban a abrir y cerrar la boca de forma compulsiva como si de peces fuera del agua se tratara.

«A menos que cometa un desliz garrafal...», se dijo la boticaria recordando las palabras previas de Lahan. Y precisamente ese desliz garrafal fue el que acabó por acontecer en la madera. Aquel hombre, demudado por completo y con las gotas de sudor frío perlándole la frente, inclinó profundamente la cabeza ante el tablero en señal de sumisión.

—He... He perdido —pronunció.

Su voz era un puro temblor. Cabía la duda de si su agitación se debía al error táctico cometido o al pánico atroz de haber incurrido en un involuntario desaire hacia la persona de Jinshi. «Pobre infeliz», lo compadeció ella en silencio. Ante semejante e injusto panorama, a Maomao no le quedó más remedio que juntar las manos en una breve plegaria en señal de compasión.

Había que preguntarse, no obstante, con qué propósito se habría embozado Jinshi en primer lugar. Si su intención era mostrar el rostro para intimidar, bien podría haberlo hecho desde el inicio del certamen; a menos que hubiera recurrido a tal teatral estratagema con el único fin premeditado de desestabilizar psicológicamente a su adversario justo en el momento crítico. «Qué hombre tan sibilino», pensó Maomao, entornando los ojos con leve reproche.

Pese a todo, con esta ya sumaba dos victorias consecutivas en su haber en el recinto principal. Una victoria era una victoria, después de todo; no había conculcado norma alguna del reglamento oficial. Bien podía antojarse una táctica un tanto artera y poco ortodoxa, pero Maomao recordó que, por naturaleza, Jinshi era el tipo de individuo que no se detenía ante tales escrúpulos morales cuando deseaba alcanzar un fin. A fin de cuentas, en el palacio interior se había valido de su agraciado semblante en innumerables ocasiones para engatusar a damas de la corte y eunucos por igual en favor de sus intereses. El hecho de que ahora le sumara a ello una pizca de su poder político no era motivo suficiente para que ella se tomara la molestia de despreciarlo a estas alturas.

«Se lo ha tomado del todo en serio. Está resuelto a vencer a cualquier precio», infirió. ¿Tanto era su deseo de medirse en el tablero con el estratega excéntrico como para llegar a tales extremos teatrales? Maomao clavó en él una mirada inquisitiva, preguntándose si de verdad un hombre de su posición habría dado crédito a las vulgares patrañas difundidas por Lahan.

—¿¡...!?

De pronto, la joven del barrio del placer experimentó un vivo e intenso escalofrío que le erizó el vello de la nuca y la obligó a volverse instintivamente hacia atrás. Desde lo alto del escenario, aquel sujeto tuerto de barba descuidada, Lakan, mantenía sus orbes fijos e inalterables en la posición de la boticaria.

—Maomao, haz el favor de distanciarte un tanto del escenario —le sugirió Lahan en un murmullo, aproximándose a ella—. Mi padre adoptivo es incapaz de concentrarse en su partida si te tiene dentro de su campo de visión.

—Entendido —asintió ella con frialdad.

—Por cierto, ha adquirido recientemente la facultad de discernir con claridad la figura del señor de la luna, ¿sabes? —añadió Lahan con curiosidad.

—Faltaría más —repuso la joven—. ¿Acaso insinúas que antes era incapaz de reconocerlo?

Debía de resultar una empresa compleja para ese sujeto eso de desenvolverse en la alta política sin poder distinguir los rostros reales de las personas. Asiendo de nuevo sus bártulos de limpieza, Maomao regresó a su puesto asignado en la recepción.

En el mostrador aguardaba ya un joven competidor que acababa de clasificarse en la plaza exterior, a quien hizo entrega de los correspondientes dulces de batata y el cuenco de té. Su semblante denotaba una gran lozanía y vigor; a duras penas debía de haber alcanzado la veintena. Con los ojos rebosantes de determinación y el puño firmemente cerrado, el muchacho parecía proclamar en silencio su firme intención de alzarse con el triunfo definitivo a partir de ese momento...

Poco podía sospechar el desdichado joven que, en la siguiente contienda de la ronda, le tocaría medirse cara a cara con un coetáneo de una belleza celestial tan deslumbrante que le perturbaría por completo el ánimo hasta cosechar una derrota sin paliativos en el tablero.





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