
—¡Maomao! ¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó Yao, horrorizada.
—¿Qué quieres decir...?
Maomao depositó sobre la mesa el pequeño cuchillo con el que acababa de infligirse un nuevo corte en la mano izquierda. Su mirada resplandecía con un matiz turbio y desmedido, similar al brillo obsesivo de una mente desequilibrada por su propia fijación. Se hallaba ensayando la eficacia de un nuevo fármaco en la intimidad de su habitación. Para ella, el procedimiento de ensayo constituía una escena de lo más cotidiana y natural; no obstante, a ojos de una joven de buena cuna como Yao, debía de resultar una estampa completamente anormal y grotesca.
—No pasa nada. Tengo la cura preparada —la apaciguó.
Eso sí, en su fuero interno ignoraba si el preparado surtiría efecto. Al fin y al cabo, el desarrollo de un nuevo compuesto no era más que un riguroso proceso de prueba y error.
«Ojalá contara con algún otro sujeto de pruebas más con quien experimentar...», anheló en el más estricto de los silencios. Su padre adoptivo siempre mudaba el rostro a una severa desaprobación cada vez que la oía formular tal deseo. De vez en cuando, Maomao lograba probar sus remedios en algún oficial militar dotado de una constitución más robusta. Para su desgracia, esos sujetos tan idóneos para sus ensayos rara vez osaban regresar a su consulta tras la primera sesión. Tampoco en el palacio le permitían disponer de ratones para llevar a cabo sus investigaciones. Y cuando en una ocasión consideró la posibilidad de trasquilar a Miaumiau, el gato que merodeaba por el burdel, con el propósito de probar un tónico estimulante para el crecimiento del pelaje, todas las cortesanas y sirvientas de la Casa Verdigris la censuraron sin piedad. Y eso que ella albergaba la práctica intención de aprovechar todo el pelo retirado para confeccionar pinceles de caligrafía...
En consecuencia, no le quedaba más alternativa que valerse de su propio cuerpo a modo de laboratorio viviente.
—¡Idiota! —la regañó Yao.
—¿A qué viene este alboroto?
Al escuchar los airados vociferios de su señora, Enen acudió de inmediato. Yao sostenía con firmeza la mano izquierda lesionada de Maomao mientras continuaba reprendiéndola, al tiempo que Enen atestiguaba la escena apostada a un lado.
—¡Enen, dile algo a esta insensata, por favor! —suplicó Yao.
—¿Decirle qué? —inquirió Enen con placidez.
A juzgar por su atuendo, Enen debía de hallarse en mitad de los preparativos para la cena, puesto que sujetaba una generosa col china entre las manos. Quizá aquella noche la mesa se viera bendecida con baitang, el suculento caldo blanco que preparaba la joven a base de mariscos y sustanciosos huesos de cerdo hervidos a fuego lento. Poseía un sabor exquisito y reconfortante, con una densidad y concentración admirables. Maomao pensó que ya se deleitaría con un tazón un poco más tarde.
(NT: El baitang es un caldo tradicional de color blanco opaco y textura muy cremosa. Su nombre significa literalmente “sopa blanca”. Se obtiene al hervir huesos de pollo o cerdo a fuego muy alto y durante muchas horas, generalmente entre 4 y 8, para que la grasa y el colágeno se emulsionen por completo. Es la base de muchas sopas asiáticas y da origen al famoso estilo de ramen *tori paitan*.)
—¡¿Cómo que qué?! ¡Mira esto! ¡Mira cómo tiene la mano izquierda, lacerada y llena de heridas!
—Sí —asintió Enen sin inmutarse—. Seguro que estará comprobando el efecto de algún medicamento, como siempre.
—¡Pues claro! —afirmó Yao, exasperada.
—Exacto —corroboró Maomao.
Enen era de una perspicacia tan aguzada que ni tan siquiera había precisado presenciar el acto para percatarse de la situación.
—¡Entonces, si lo sabías, ¿por qué no la has detenido antes?! —protestó Yao—. Ya me parecía raro que esas heridas no terminaran de curársele, ¡pero resulta que se estaba infligiendo nuevas lesiones sobre las que aún no habían cicatrizado!
Hasta ese momento, ninguna de las dos había mencionado la presencia de las vendas en voz alta. No obedecía a que hubiesen pasado por alto el detalle; sencillamente, habían procurado no sacar a colación un asunto tan delicado por mera consideración hacia la boticaria.
—Señorita, es ella quien ha decidido hacerlo por voluntad propia —intervino Enen con serenidad—. No se trata de hacerse daño sin más; persogue un propósito, un fin científico, desarrollar nuevos medicamentos. Si existe una razón para ello, considero que no debemos impedírselo.
—Exacto. Todo esto tiene un riguroso sentido —se justificó Maomao de forma atropellada—. La frontera que separa a los medicamentos y los venenos está trazada por una línea muy fina. La única manera de averiguar cuál es la combinación adecuada es la experimentación directa.
Cualquier profesional dedicado al arte de la medicina debía comprender la importancia de los ensayos farmacológicos. En los anexos de la propia enfermería imperial se criaban diversas especies de animales precisamente con el objeto de probar la eficacia y toxicidad de los nuevos remedios. Yao contemplaba la tesitura con una expresión teñida de evidente incomodidad, mas se abstuvo de formular una protesta formal. En el fondo de su ser, era consciente de que la experimentación constituía una fase ineludible en el avance del saber médico.
Por tal motivo, Maomao juzgaba que Yao carecía de legitimidad para entrometerse en sus métodos de investigación. Sin embargo, pese a que la joven noble fruncía el ceño desbordante de inquietud, no daba muestras de hallarse dispuesta a capitular.
—Aun así, ¡no puedo quedarme de brazos cruzados! —exclamó Yao con tenacidad—. ¡No puedo tolerar que una amiga haga algo así!
Yao continuaba aferrando con firmeza la mano lesionada de la boticaria.
—...
Tanto Maomao como Enen abrieron los ojos de par en par, atónitas ante la revelación de su compañera.
—¿A-Amiga? Bueno... —musitó Maomao en voz baja—. Sí, supongo que, en rigor, podríamos catalogar nuestro vínculo como una amistad... Sí...
Enen dirigió a la boticaria una mirada impenetrable, en cuyo fondo se adivinaba un sutil y punzante matiz de celos.
—¿De modo que os consideráis amigas...? —farfulló la sirvienta.
Sopesándolo con detenimiento, en las últimas fechas no solo compartían extenuantes jornadas en la enfermería; también comían juntas sus viandas a la hora del almuerzo y se entregaban a tertulias ajenas a las obligaciones del servicio. A la luz de los hechos, en efecto, aquello podía calificarse como una incipiente amistad. Al verse constreñida a ratificar el alcance de sus palabras bajo la escrutadora mirada de sus dos compañeras, el semblante de Yao comenzó a teñirse de un vivo color carmesí.
—¡N-No! ¡No me refería a amigas en sentido estricto! ¡C-Compañeras! ¡Eso es, compañeras de profesión! —se desdijo atolondradamente—. ¡Y cuando una compañera se entrega a la práctica de experimentos de alta peligrosidad, se la debe disuadir de ello! ¿No es así, Enen...?
Enen permaneció sumida en sus cavilaciones durante un breve instante antes de dictaminar:
—Sinceramente... Tratándose de Maomao, cualquier tentativa de disuasión resulta infructuosa. Y, además, si tiene un propósito, considero que lo correcto es dejar que continúe.
Maomao asintió con vehemencia, respaldando sin reservas el criterio de la sirvienta.
—¡En tal caso, lo haré yo también! —desafió Yao.
—¡De ninguna manera! —sentenció Enen al instante.
La generosa col china que la joven sostenía entre las manos se le desprendió de los dedos, impactando ruidosamente contra el suelo de la estancia.
—¡Jamás consentiré que aparezca la más mínima cicatriz en tu hermosa y delicada piel, Yao! —vociferó Enen, fuera de sí—. ¡Es impensable, inconcebible, absolutamente inadmisible! ¡Y si aun así persistes en la insensatez de hacerte daño, me provocaría yo misma diez veces más heridas...! ¡No, cien veces más! ¡¿Aun así estarías dispuesta a hacerlo?!
Con el rostro rígido por una seriedad absoluta y articulando las palabras a una velocidad vertiginosa, Enen aferró a Yao por los hombros y comenzó a sacudirla con virulencia. Si bien daba la patente impresión de dispensar a Maomao un trato considerablemente más despectivo e indiferente, tratándose de la señorita Yao semejante desborde emocional resultaba del todo inevitable. Cuanto más profunda es la obsesión que un individuo alberga hacia otra persona, mayor es su propensión a ejercer un control absoluto sobre sus actos. Y con más razón si tales acciones implican la posibilidad de infligirse dolor físico.
Maomao inclinó la cabeza haciaa un costado y dejó escapar un pensativo:
—Mmm...
Le embargaba la vaga sensación de que aquella dinámica obsesiva le evocaba algún recuerdo... o tal vez no. «No, será más prudente que actúe como si no se me hubiera ocurrido semejanza alguna», determinó en su fuero interno.
Mientras continuaba sopesando la idea en sus cavilaciones, procedió a aplicarse la mixtura médica sobre la herida de la mano izquierda, la cual Yao por fin había liberado de su apretón, y volvió a vendarla con parsimonia. Acto seguido, recogió del piso la col china que a Enen se le había desprendido de las manos.
—Chicas... ¿No huele a quemado? —inquirió Maomao, al tiempo que aspiraba aire por la nariz.
—¡Mierda...! ¡He dejado la olla puesta en el fuego! —exclamó Enen, mudando el rostro a una expresión de horror.
—...
Las tres echaron a correr hacia la cocina presas del pánico.
Los shengjian mantou que también estaba preparando, además del caldo, se habían convertido en auténticos trozos de carbón. El recuento de las piezas arrojaba una cifra múltiplo de tres... Maomao deseaba abrigar la esperanza de que Enen hubiese contemplado una ración destinada a su persona, mas no le apetecía en absoluto llevarse a la boca semejantes amasijos calcinados.
(NT: El shengjian mantou, también llamado shengjian bao, es un panecillo pequeño y redondo de la cocina china, relleno de cerdo y caldo en gelatina, que se cocina en una sartén grande para lograr una base crujiente y una parte superior suave.)
—Más tarde fregaré la olla —suspiró Enen, dejando caer los hombros con profundo abatimiento.
Más que el lamento por haber desperdiciado tan nobles ingredientes, lo que verdaderamente parecía sumirla en la desazón era la perspectiva de tener que desincrustar toda aquella costra carbonizada e impregnada en el fondo de metal. «Eso sí que es un suplicio...», razonó Maomao para sus adentros.
Aquella noche la cena se redujo a unas sobrias gachas de arroz acompañadas del caldo, una colación considerablemente más austera de lo habitual. Maomao tomó una porción del líquido sirviéndose de la cuchara de porcelana. El baitang de rica factura que preparaba Enen resultaba francamente exquisito.
En una ocasión anterior, le había inquirido sobre el secreto de su elaboración, mas la joven se había negado tajantemente a revelarle los ingredientes de la receta. Eso sí, mientras declinaba la respuesta, esbozaba una sonrisa cargada de un matiz insidioso mientras contemplaba de reojo a Yao. A la luz de los hechos, acaso hubiese sido más prudente no insistir en el asunto. «¿Qué demonios de sustancia o condimento habrá vertido en el caldero...?», se cuestionó. A diferencia de Yao, Maomao no albergaba remilgo alguno frente al uso de ingredientes extravagantes o exóticos, de modo que resolvió no darle más vueltas a la cabeza.
Yao denotaba un leve ademán de decepción ante la acusada escasez de guarniciones en la mesa. No obstante, al atestiguar lo apesadumbrada que se hallaba Enen por el percance, juzgó oportuno guardar un prudente silencio. Si aquella singular relación entre ama y sirvienta funcionaba con semejante armonía, se debía con precisión a que Yao poseía la virtud de tolerar y acoger el afecto desbordante, y unilateral, que Enen le profesaba.
Maomao prendió con los palillos una vieira seca y se la llevó a la boca. Su concentrado e intenso sabor continuaba impregnando de forma pausada todo su paladar.
—Por cierto, Yao, ¿acudiste a mi habitación motivada por algún asunto en particular? —inquirió la boticaria.
Al fin y al cabo, la causa de que la olla hubiera terminado calcinada residía en que Yao había ido a buscarla a sus aposentos. Yao era una muchacha en exceso esquiva y vergonzosa como para presentarse en sus dependencias sin un motivo de peso que lo justificara.
—¡Ah! Se me había olvidado —reaccionó la joven noble.
Yao depositó sobre la mesa los palillos, los cuales sostenían un trozo de carne de cerdo cocida, y extrajo un pliego de papel de entre los pliegues de su vestidura.
—Toma. El calendario.
—¿El calendario?
En las dependencias de la enfermería resultaba una práctica sistemática la asignación de oficiales médicos para prestar servicio de guardia en los diversos actos que se celebraban en el palacio. Por tal motivo, al inicio de cada mes recibían un calendario detallado donde se consignaban todos los eventos en los que sus servicios profesionales podían ser requeridos.
Al desplegarlo, Maomao encontró un nombre que le resultaba familiar.
—La Fiesta del Jardín —leyó en voz baja.
Ciertamente. Antes de la llegada del invierno se celebraba aquella temida Fiesta del Jardín, un magno evento oficial que tanto desvelo e inquietud provocaba entre las distinguidas consortes del palacio interior.
—Los eventos de mayor relevancia son la Fiesta del Jardín y los rituales de fin de año; poco más.
Enen también se inclinó levemente sobre la mesa para echar un vistazo al documento.
—¿No llega un poco tarde la Fiesta del Jardín este año? —inquirió Maomao.
La última vez, la velada había acontecido aproximadamente un mes antes de la fecha fijada en esta convocatoria. A esas alturas de la estación, ya apenas quedarían flores vivas que admirar en los parterres reales.
—En efecto, este año va con retraso —admitió Enen—. Pero creo que esta vez lo de «Fiesta del Jardín» no es más que un pretexto. Seguramente aprovecharán para presentar oficialmente al nuevo «Portador de Nombre», cuya investidura había quedado en el aire.
Siempre excepcionalmente informada de los entresijos de la corte, Enen deslizó la yema del dedo sobre los caracteres pincelados en el pliego.
—¿El título de «Jade»? —dedujo Maomao.
«Jade» era el meritísimo título de soberanía concedido a Gyokuen, el influyente progenitor de la Emperatriz Gyokujou. Hacía ya casi medio año que el gobierno central había requerido en la capital imperial la presencia del Gobernador de Seito, la próspera región occidental de Li. La norma procedimental dictaba que su acreditación pública se hubiese oficiado mucho tiempo atrás; un trámite que se habría consumado sin dilación de no haber acontecido el aciago incidente del envenenamiento de la Sacerdotisa de Shaoh.
Al rememorar aquel trágico suceso, el color desapareció sutilmente de los rostros de Yao y de Enen. Ninguna de las dos albergaba la menor certidumbre de que la Sacerdotisa aún permanecía con vida en el más estricto de los secretismos. La dignataria de Shaoh había intentado consumar su propio suicidio ingiriendo un mortífero veneno, y Yao, en el desempeño de sus funciones como catadora oficial, había resultado gravemente emponzoñada y al borde de la muerte por aquella misma sustancia. A lo sumo, Yao acaso abrigara alguna remota sospecha sobre el desenlace real de la tragedia; mas Enen, desde luego, ignoraba por completo la verdad. De haber conocido que la Sacerdotisa sobrevivía, dada la ciega devoción que profesaba hacia su señorita, la joven ya habría desencadenado un colosal e incontrolable escándalo en las dependencias imperiales.
—Asimismo, han llegado a mis oídos rumores de que en las provincias del oeste han comenzado a reclutar de forma masiva nuevos efectivos militares —prosiguió Enen—. Y bien... no únicamente en el oeste, sino también en otras demarcaciones regionales.
«¿De dónde saca toda esa información?», se maravilló Maomao en su fuero interno.
—¿Un reclutamiento? —inquirió la boticaria.
—Sí. Es de esperar que solo sea para incrementar el contingente del ejército regular...
Resultaba manifiesto que la aguzada mente de Enen sopesaba en silencio posibilidades harto más alarmantes y siniestras. En cualquier caso, no se trataba de una coyuntura política en la que Maomao, una humilde auxiliar de la enfermería imperial, debiera meter las narices ni aventurar juicios temerarios.
—Enen, ¿puedo preguntarte una cosa? —inquirió Yao con gravedad.
—Dime.
—¿Se puede confiar en la gente de Seito?
La interrogante formulada por Yao había sido planteada con una franqueza tan desarmante y directa que Maomao no pudo por menos que dirigir una cautelosa mirada a su alrededor. El amplio comedor de la residencia se hallaba por entero desierto. A causa del incipiente frío del atardecer, tanto los ventanales como las pesadas puertas de madera permanecían herméticamente cerrados. En principio, nadie debía de estar escuchando sus palabras.
—Señorita... —advirtió Enen en tono quedo.
—Lo sé bien —interrumpió Yao—. Precisamente por eso formulo la pregunta aquí.
Yao distaba mucho de ser una insensata. Si se había atrevido a abordar un asunto de Estado tan delicado era porque en la estancia únicamente se hallaban presentes ellas tres.
—Es cierto que han llegado a mis oídos diversos rumores concernientes a la Emperatriz Gyokujou —prosiguió la joven noble—. Aseguran que se trata de una mujer de una belleza arrebatadora, mas sin caer jamás en la vanidad, y que prodiga un trato sumamente afable incluso a las más humildes sirvientas del palacio interior. Aunque, a decir verdad, de semejantes menesteres a buen seguro tú poseerás una mayor certidumbre que yo, Maomao.
—Gyokujou no es en absoluto una mujer perversa. Es incapaz de propiciar con sus encantos la ruina de una dinastía. Y tampoco estimo que Su Majestad sea un soberano que se deje cegar el juicio por los favores de una dama —manifestó la boticaria. En cuanto las palabras abandonaron sus labios, se percató de que se había excedido en su franqueza. Se apresuró entonces a ampararse en la figura del matasanos como fuente originaria de semejante aseveración—. Al menos, eso es lo que solía comentar a menudo el médico eunuco que prestaba servicio en el palacio interior.
Yao poseía constancia de que Maomao había servido en los dominios del palacio interior en el pasado, mas ignoraba por entero que se había desempeñado precisamente como sirvienta y catadora oficial en el Pabellón de Jade. Cabía la posibilidad de que Enen, dada su costumbre de indagarlo todo, sí que estuviera al tanto de tal detalle, pero la sirvienta parecía preferir guardar un prudente silencio sobre la cuestión. En caso de que le inquirieran directamente sobre su pasado, Maomao ya ofrecería las explicaciones oportunas.
—Dices que no es una mujer capaz de provocar la caída de un reino... —musitó Yao mientras tomaba una cucharada de gachas—. Sin embargo, me pregunto cuántas de esas bellezas fatales que pueblan los anales de la historia fueron en verdad villanas por convicción propia.
Las gachas resbalaron de la porcelana de la cuchara y cayeron de nuevo en el cuenco con un sordo y apagado chapoteo. Maomao comprendió de inmediato el trasfondo de la reflexión que atribulaba a su compañera.
—Por muy admirable que resulte la índole de la Emperatriz Gyokujou, semejante cualidad no nos faculta para presuponer que la totalidad de su estirpe comparta la misma nobleza de espíritu.
En realidad, Maomao apenas poseía datos ciertos sobre la verdadera naturaleza moral de su padre, Gyokuen. Por norma general, Yao tendía a guiarse más por impulsos que por la sobria reflexión. Ahora bien, de vez en cuando, sorprendía con razonamientos de una perspicacia verdaderamente asombrosa.
—En efecto —asintió Yao con amargura—. Solo espero que la Emperatriz no constituya para ellos más que una conveniente herramienta de ambición política.
—Señorita... —murmuró Enen, contemplándola con marcada preocupación.
¿Qué hondas tribulaciones no embargarían a una muchacha que había estado a punto de ser vendida como mera mercancía matrimonial por su propio tío, al contemplar el destino de una mujer abocada a convertirse en la más alta dama de la nación y transformada, al propio tiempo, en el más valioso instrumento para el encumbramiento de su clan?
Guardando para sí sus pensamientos, Yao volvió a llevarse una cucharada de gachas a la boca.
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