26/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 20




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 20
Flecha envenenada

En el recinto de la corte imperial se celebran festejos de lo más variopintos. Hoy, una vez más, una comitiva de individuos ataviados con vestimentas ceremoniales, similares a las de unos monjes, desfilaba solemnemente por los pasillos del palacio.

—Hay mucha más concurrencia de lo habitual, ¿verdad?

Maomao sacudió con energía las tiras de tela recién lavadas para escurrir el exceso de agua antes de tenderlas.

—El señor de la luna se encarga hoy de oficiar la ceremonia religiosa —explicó Enen con un tenue deje de irritación en la voz—. Se trata del rito sagrado que tiene lugar en el mausoleo adyacente a este emplazamiento.

—Estás muy bien informada —apuntó Maomao.

—Sí. Las damas de palacio no dejaban de hablar de ello durante toda la mañana, alborotadas y soltando grititos de entusiasmo.

«Ya veo...», caviló Maomao, comprendiendo la causa de tanta conmoción. Enen miró fijamente a su compañera como si quisiera escudriñar sus pensamientos.

—¿Qué ocurre?

—No, es que me asalta una duda... —vaciló Enen.

—¿De qué se trata?

Al parecer, deseaba guardar la máxima discreción sobre el asunto, así que hizo un gesto sutil a Maomao para que se acercara y le susurró al oído:

—¿Es que acaso a todas las mujeres del mundo les acaba gustando inevitablemente un hombre con semejante estampa?

—¿Cómo...?

Maomao no pudo evitar emitir un torpe sonido de estupidez ante la inesperada pregunta. Parecía que la pragmática Enen estaba hablando por una vez como cualquier muchacha en edad de merecer y, además, mostrando un gesto de genuina preocupación. «Ah, ya... Entiendo perfectamente por dónde van sus temores», comprendió la boticaria al instante. Se refería, sin atisbo de duda, a la fascinación que ejercía Jinshi.

Esta vez, fue Maomao quien se aproximó a ella para susurrarle al oído con total franqueza:

—Yao está tan absorta en su labor médica que dudo mucho que le interesen ese tipo de devaneos amorosos.

El tenso rostro de Enen se iluminó con un suspiro de alivio. «Ciertamente es una persona tan fácil de leer cuando atañe a su señora...», se dijo la boticaria para sus adentros. Al fin y al cabo, Yao ya había tenido ocasión de ver de cerca a Jinshi en más de una oportunidad oficial.

—Cuando ella señorita lo contempla —prosiguió Maomao, refiriéndose a Jinshi—, no se sonroja, ni se le acelera el pecho, ni le falta el aliento. Me da la impresión de que su mente está siempre ocupada de forma exclusiva en qué tarea profesional debe ejecutar a continuación.

—En ese caso... No hay de qué preocuparse —concluyó Enen, recobrando el aplomo.

—Sin embargo... —matizó Maomao, dejando la frase unos segundos en suspenso—. Si llegara a coincidir con él o con alguien de semejante apostura fuera del ámbito del trabajo, en la esfera de su vida privada, tal vez reaccionaría de una manera muy distinta...

Maomao conocía bien el percal. Es cierto que, por lo pronto, las probabilidades de que Yao estuviera prendada de Jinshi eran escasas. En efecto, lo eran, pero nadie podía augurar con certeza lo que depararía el futuro. Al fin y al cabo, Yao no dejaba de ser una muchacha joven e inexperta. No resultaba descartable que, en un momento de flaqueza, terminara cayendo rendida ante la abrumadora belleza de aquel rostro de hermosura tan empalagosa. El riesgo resultaba especialmente crítico al término de la jornada laboral, cuando la tensión del deber se disipaba por completo.

El estruendo del agua al salpicar sobre el suelo resonó bruscamente por toda la zona. Enen acababa de volcar el cubo de madera donde transportaba el agua limpia. Lucía el rostro completamente descompuesto por el pánico.

—¿Te encuentras bien, Enen? —inquirió Maomao.

—N-No... Con mi señorita, eso jamás... —balbuceó, aturdida.

—Tranquilízate... Las posibilidades de que Yao conozca a un hombre de ese calibre en su vida privada son prácticamente nulas.

Con el rostro lívido como el papel, los dientes castañeteándole por el sobresalto y el cuerpo entero temblando en un espasmo, Enen apenas podía mantenerse en pie. Maomao le acarició suavemente la espalda para infundirle calma y que recobrara el aliento.

—Chicas, ¿os pasa algo? —intervino una voz.

Un joven oficial médico, que se hallaba en las inmediaciones, se percató del anómalo estado de Enen y se aproximó a ellas a paso presto. Era digno de agradecer que reaccionara con semejante celeridad, una cualidad propia de un facultativo atento. No obstante, en ese preciso instante su presencia no resultaba necesaria.

—No pasa nada. Está bien. Solo necesita tomarse un breve descanso —aseguró Maomao.

Sosteniendo con firmeza a Enen por los hombros para evitar que se desplomara sobre el suelo húmedo, Maomao resolvió emprender el regreso junto a ella hacia la enfermería.



—Toma, aquí tienes.

Maomao le tendió una taza de té bien caliente a Enen, quien reposaba recostada en uno de los camastros de la estancia. Por fortuna, la jornada de hoy coincidía con uno de los días de descanso de Yao. Ni tan siquiera la devota Enen lograba hacer coincidir siempre sus turnos libres con los de su señora.

En las dependencias de la enfermería se hallaba presente el médico Liu. Maomao había temido en un principio que las reprendiera por desatender momentáneamente sus obligaciones. Ahora bien, en cuanto escrutó el semblante atribulado de Enen, este se limitó a conceder con sobriedad:

—Descansa un rato, por favor.

—No sé si me corresponde a mí juzgarlo, pero... Cuando se trata de Yao, ¿no crees que te dejas llevar por un celo desmedido? —comentó Maomao, expresándose con una mezcla de resignación y perplejidad mientras Enen apuraba el té.

—L-Lo sé bien... —admitió esta con un hilo de voz.

—¿Y qué piensas hacer el día en que ella decida contraer matrimonio?

—...

Maomao aguardaba que la joven volviera a mudar de color hasta quedar blanca como un papel. Para su viva sorpresa, Enen mantuvo esta vez un semblante de inesperada serenidad.

—Sé que llegará un día en que mi señorita deba tomar esposo. Cuando eso ocurra, estoy preparada para aceptarlo. Eso sí, me encargaré personalmente de examinar a conciencia si el varón que pretenda convertirse en su cónyuge resulta verdaderamente digno de ella. De hecho, ya lo hice una vez.

«¿Lo ha hecho en pasado?», caviló la boticaria para sus adentros al reparar en la inflexión de sus palabras.

—¿Te refieres a los candidatos que le procuró su tío? —inquirió Maomao.

Maomao recordaba haber oído mencionar de pasada que el padre de Yao había fallecido tiempo atrás, quedando la jefatura y administración de la estirpe en manos de su tío paterno.

—Sí —asintió Enen, endureciendo la mirada—. Ese viejo de mie… Quiero decir, el ilustre cabeza de familia, aprovechándose descaradamente de que mi señorita es de una belleza deslumbrante y ha alcanzado un espléndido desarrollo, lleva tres años presentándole una propuesta de matrimonio tras otra. ¡Y ahora que ha empezado a trabajar, no cesa de remitirle correspondencia a cada momento para apremiarla a aceptar entrevistas matrimoniales!

Tres años atrás, Yao apenas contaba con doce años de edad. Resultaba del todo comprensible que Enen albergara un profundo recelo hacia pretendientes adultos dotados de tan reprobable predilección por muchachas tan tiernas.

Maomao le retiró a toda prisa la taza de arcilla de las manos, la cual amenazaba con resquebrajarse ante la ciega presión de sus dedos.

—Enen, haz el favor de calmarte. Ya lo he entendido. Suelta la taza antes de que termine hecha pedazos —la aplacó la boticaria—. Pero... si no se tratase de un enlace concertado por la fuerza, sino de un matrimonio libremente proyectado por la propia decisión de Yao, ¿de verdad tendría algún sentido que interpusieras objeciones?

Ante tan incisiva pregunta, Enen inclinó la cabeza hacia el suelo. Comenzó a farfullar frases ininteligibles entre dientes, adoptando una rictus tenebroso que bien parecía el conjuro de una maldición. En los solemnes dominios del palacio imperial no podía tolerarse semejante espectáculo. Maomao se apresuró a taparle la boca con la mano para prevenir que algún oficial pudiera escuchar sus desvaríos. «Ciertamente, Yao no lo tiene nada fácil...», concluyó en su fuero interno, no sin experimentar cierta compasión hacia su compañera, abocada a lidiar con el pesado fardo de una sirvienta tan compleja.

—Bueno, yo vuelvo al trabajo, así que...

Estaba a punto de añadir «Descansa un poco más», cuando... ¡la pesada puerta de madera de la enfermería se abrió de un violento golpe!

—¡Eh! ¿Qué ha pasado?

El médico Liu, quien se hallaba de guardia en las dependencias, se dirigió de inmediato a los hombres que acababan de irrumpir en la estancia. Eran tres en total. Uno de ellos venía desplomado sobre una camilla improvisada.

Los tres no vestían los ropajes habituales de los funcionarios civiles ni militares, sino las vistosas y llamativas vestimentas ornamentales propias de los oficiantes de ceremonias rituales. El hombre al que transportaban respiraba con evidente dificultad y mostraba restos de vómito en las comisuras de los labios.

—Le ha alcanzado una flecha —explicó el oficiante que encabezaba el grupo.

Aquel hombre que acababa de tomar la palabra llevaba el brazo fuertemente vendado con una tira de tela, la cual se hallaba ya por entero empapada en sangre. Su semblante, además, denotaba un pésimo color.

Maomao corrió sin dilación a por la tetera que se calentaba al fuego. Entre tanto, el médico Liu retiró el vendaje provisional para inspeccionar la zona dañada. La herida provocada por la saeta presentaba una llamativa e inquietante decoloración violácea en la piel.

La boticaria regresó al instante portando agua caliente y un pequeño bisturí de hoja afilada. Calentó la hoja directamente sobre la llama del fuego para esterilizarla, la enfrió de inmediato y se la tendió al médico Liu.

—¡E-Espera! ¿Qué pretendes hacer? —exclamó uno de los acompañantes, alarmado.

—¿Qué voy a hacer? Abrir la incisión —repuso el facultativo con sequedad—. Las maniobras de primeros auxilios no han estado mal, pero si lo dejamos así, aún quedará veneno en la herida. ¿No ha tenido diarrea?

—C-Creo que no... —vaciló el hombre.

Dado que la parte inferior de sus ropajes ceremoniales se conservaba limpia, al menos el herido se había librado de sufrir tan humillante escena en público. Con todo, resultaba imperioso dejar fluir la sangre estancada para arrastrar el tóxico residual que aún permanecía fijado en el tejido.

—¿Maomao...? —murmuró una voz.

Quizá el repentino alboroto de la urgencia la había despertado de su aletargamiento, pues Enen acababa de hacer acto de presencia a su lado.

—Tranquila, no te fuerces —la apaciguó ella en voz baja—. Contamos con manos de sobra para atender este trance.

En adelante, solo restaba practicar la incisión en la carne para drenar, saturar la herida con aguja e hilo y suministrarle la correspondiente medicación. Los funcionarios que habían trasladado al herido sujetaron con firmeza al hombre, quien se revolvía entre espasmos de dolor mientras le extraían la sangre emponzoñada.

—¿Es veneno de acónito el que llevan las flechas? —inquirió la boticaria.

—Por los síntomas, probablemente sí —determinó Liu.

En semejante tesitura, no existía antídoto específico al que recurrir. Lo más prudente sería elaborar una medicina para prevenir la infección de los tejidos y prescribir un tónico reforzante que ayudara al organismo a regenerar el torrente sanguíneo perdido.

Mientras Maomao lo preparaba todo, irrumpió un nuevo visitante en la enfermería. Vestía el mismo atuendo ceremonial que los oficiantes, aunque confeccionado con tejidos de una calidad superior, y lucía una augusta corona adornada con un velo de cuentas de cristal. Se trataba de Jinshi...

Mientras todos los presentes en la estancia inclinaban la cabeza en señal de profundo respeto protocolario, el médico Liu concluyó la sangría del paciente. Maomao le tendió sin dilación una aguja enhebrada con hilo quirúrgico.

«Ciertamente, tiene la sangre fría, este médico...», caviló Maomao con sincera admiración. Incluso ante la magna presencia del Hermano Imperial, el facultativo daba absoluta prioridad al tratamiento de emergencia del herido. Si bien no alcanzaba la genialidad de su padre adoptivo, era un profesional extraordinariamente competente del que sin duda tenía mucho que aprender.

—¿Cómo se halla su estado? —inquirió Jinshi con voz grave.

—Ha tenido suerte, mi señor —repuso el médico Liu sin interrumpir su labor—. La flecha solo atravesó carne, así que no ha sido necesario raspar el hueso. Además, los primeros auxilios para extraer el veneno se realizaron con la suficiente rapidez.

—Ya veo. Para haber sido la primera vez que lo hacía, parece que la maniobra no me ha salido nada mal —comentó Jinshi con un leve deje de complacencia.

Por alguna singular razón, el herido, quien hasta ese instante lucía una palidez cadavérica, mudó de color y se sonrojó de repente ante las palabras del noble.

«¿Acaso ha sido él mismo quien le ha succionado la herida emponzoñada...?», se dijo Maomao, fascinada y atónita a partes iguales. Por un instante, la mente de la boticaria evocó la imagen de Jinshi realizando la succión en el cuerpo del aquejado, con las mejillas sutilmente ruborizadas. A buen seguro, los presentes que atestiguaron semejante estampa habrían quedado del todo extasiados ante la belleza del cuadro. Sin embargo, en el acto, un gélido escalofrío le recorrió la columna vertebral al percatarse de los devaneos a los que se estaba entregando su imaginación. Antes de que su mente pudiera siquiera procesar el asombro de semejante temeridad por parte del noble, su propio cuerpo reaccionó de forma instintiva. Agarró a Jinshi con firmeza por el refinado cuello de la túnica ceremonial y aproximó su rostro al suyo sin miramiento alguno. Ignorando por completo la expresión de desconcierto del joven noble, le sujetó las mejillas con ambas manos y le inspeccionó el interior de la cavidad bucal.

—¡Qué falta de respeto! —exclamaron los funcionarios, abalanzándose para apartarla.

Jinshi los detuvo de inmediato con un leve y firme gesto de la mano.

—Parece que no tiene ninguna caries... —murmuró Maomao tras el examen—. Y tampoco se aprecia que se haya cortado los labios ni que presente llagas en la mucosa bucal.

Sus dientes, alineados con una perfección que a la boticaria le resultaba casi irritante, relucían tan blancos como perlas pulidas. Sin duda, aquello era el pulcro resultado de los desvelos de la anciana Suiren, quien le obligaba a cepillárselos con esmero a diario desde la infancia.

—No, no tengo nada de eso —asintió Jinshi con voz ahogada por la posición.

Durante unos instantes permanecieron frente a frente, escrutándose en absoluto silencio a escasos centímetros. Entonces Maomao retiró las manos con parsimonia y procedió a preparar una mezcla a partes iguales de agua caliente de la tetera y agua fría para atemperarla.

—¿Se ha enjuagado bien la boca? —inquirió la boticaria, tendiéndole el cuenco—. Si por un descuido ha ingerido saliva mezclada con el veneno, toda la maniobra de extracción habrá resultado en vano y se habrá expuesto al tóxico.

—Me la he enjuagado concienzudamente —aseguró él—. Con todo, si aún te preocupa, prepárame un antídoto preventivo.

—Por desgracia, no existe ningún antídoto específico contra el veneno de acónito —sentenció ella con sobriedad.

En semejante coyuntura, lo prioritario era expulsar la sustancia del organismo por cualquier medio antes de que hiciera mella en el torrente sanguíneo. A la memoria de Maomao acudieron no pocos casos documentados en los que los pacientes se veían constreñidos a desalojar las toxinas de sus entrañas recurriendo a vías de evacuación... considerablemente menos ortodoxas.

—Entonces, este hombre se salvará, ¿verdad? —inquirió el noble.

—Sí, afortunadamente. Gracias a que su intervención fue inmediata, señor —respondió el doctor Liu antes de que Maomao pudiera articular palabra.

El facultativo ya había concluido la sutura de la herida y procedía a limpiar la zona afectada con un paño humedecido en alcohol.

—Se trata de un fiel servidor que ha arribado a arriesgar la vida para escudarme —manifestó Jinshi, aquejado—. Asegúrese de que reciba el mejor tratamiento médico posible.

El oficial herido, que hasta hacía apenas unos instantes se había retorcido entre violentos espasmos de dolor mientras le extraían la sangre emponzoñada, lucía en ese momento un semblante de absoluto e incauto arrobamiento. Tras haber recibido el auxilio directo de Jinshi, quien le había succionado el veneno directamente con la boca, el hombre parecía haber alcanzado el mismísimo paraíso terrenal con tan distinguida merced.

—Señor de la luna, le rogamos que a partir de este punto deje el asunto en nuestras manos —intervino uno de los funcionarios que componían su séquito —. No resulta conveniente que su augusta persona permanezca en un recinto de esta naturaleza.

Con aquella sugerencia, el oficial probablemente pretendía señalar que una estancia impregnada del espeso tufo a sangre no constituía un entorno apropiado ni seguro para alguien de su porte.

—No, me quedaré aquí un poco más —repuso Jinshi—. Resulta más prudente que desplazarme sin una necesidad imperiosa. Al menos en esta estancia no existen aberturas por las que pueda colarse otro proyectil.

La enfermería, concebida para la óptima conservación de la mayoría de las sustancias y plantas medicinales, era un espacio resguardado, fresco y de suficiente luz. Mientras mantuvieran las ventanas bien cerradas, no existía riesgo alguno de que otra saeta envenenada volviera a cruzar el aire para atravesar la habitación.

—En cualquier caso, cuando terminéis de prodigarle los cuidados necesarios, trasladadlo a un camastro para que descanse —dispuso Jinshi—. Y quiero que hagáis llegar de inmediato una misiva a Maamei.

Jinshi acompañó la orden con un leve gesto de la mano derecha. Con evidente desgana en el rostro, Maomao procedió a disponer sobre la mesa el papel, la tinta y el pincel. Escribió unas líneas con ágil rapidez y entregó la nota a uno de los funcionarios para su inmediato despacho.

—¿No sería mejor avisar al señor Bashin?

—Aunque el rumor de este incidente vaya a extenderse por la corte tarde o temprano —explicó Jinshi—, no hay necesidad de concederle a este asunto más repercusión de la necesaria.

Conociendo el particular carácter de Bashin, la boticaria no podía sino darle la razón al noble en su fuero interno. Si bien la lealtad del joven custodio era entera e incuestionable, tendía a pretender resolver cualquier crisis por la vía de la fuerza bruta antes que con el auxilio de la cabeza y la prudencia.

Maomao observó al funcionario encargado de trasladar la misiva mientras este abandonaba la estancia. Le embargaba la nítida impresión de que Jinshi estaba despejando la sala de forma deliberada y preconcebida.

—Vosotros también, retornad sin dilación a vuestros respectivos menesteres —ordenó el noble al resto de la comitiva con tono tajante—. ¿Queda claro? La ceremonia oficial ha concluido sin incidente alguno. Este percance ha acaecido con posterioridad a su término.

—S-Sí, señor —asintieron los presentes, inclinando la cabeza.

De ese modo tan calculado, no quedaría constancia ni registro oficial alguno de lo sucedido en los anales de la corte. Resultaba evidente que Jinshi prefería que aquel conato de atentado no trascendiera más allá de su círculo más íntimo.

Tras la marcha de la guardia, en la sala únicamente permanecieron dos de los funcionarios pertenecientes a su séquito personal. Si bien Maomao no conocía sus nombres de pila, sí le resultaban familiares sus rostros; el simple hecho de que permanecieran allí, impertérritos, dejaba traslucir que gozaban de la entera e incondicional confianza de Jinshi. Ella lanzó una mirada fugaz hacia la puerta de la habitación contigua.

—Entonces, si me lo permiten, yo también me retiraré... —insinuó la boticaria, haciendo el ademán de hacer una reverencia.

—Quédate —dispuso Jinshi.

—Pero... Enen está en la habitación de al lado... —objetó ella, aludiendo a la presencia de su compañera.

—No hay problema si es Enen —zanjó el noble.

Jinshi extrajo entonces con delicado celo un pequeño envoltorio de tela que llevaba cuidadosamente resguardado entre los pliegues de su ropa. En su seno se hallaba una punta de flecha partida. Sabedor de la desmedida e insaciable fascinación que Maomao albergaba hacia los venenos, había procurado propiciar este instante de complicidad entre ambos, aun cuando hubiese de desarrollarse con la presencia sobrevenida de varios actores secundarios en las inmediaciones.

—Quiero que le eches un vistazo a esto —solicitó, exponiendo el objeto.

Tan pronto como la pieza quedó al descubierto, el médico Liu alzó respetuosamente la mano para intervenir.

—Yo soy médico. Si se trata de una punta de flecha, ¿no sería más apropiado enseñársela a un funcionario militar?

—Sí, me consta que usted posee una habilidad excepcional en medicina —repuso Jinshi con gravedad—. Sin embargo, incluso el mejor especialista puede encontrarse en su camino con alguien que le supere en conocimientos dentro de un ámbito de estudio específico.

Entre tanto, Maomao permanecía con la mirada clavada en la punta de la flecha. Medía aproximadamente el tamaño de la yema de un pulgar y exhibía una forma triangular de contornos perfectos. Pese a hallarse profusamente manchada de sangre, su superficie parecía desprovista de rugosidades; era completamente lisa.

—¿Puedo cogerla? —inquirió la joven.

—Procura no hacerte ningún corte —advirtió Jinshi, con voz genuinamente preocupada por ella. Luego fingió un disimulado carraspeo.

Sujetándola con la mediación de un paño para no contaminar la muestra ni arriesgar la piel, Maomao limpió minuciosamente los restos hemáticos. Tal y como había conjeturado en un primer examen visual, la superficie del metal resultaba enteramente pulida y lisa.

—¿Qué clase de atacante crees que disparó esta flecha?

—...

Una vez más, el noble la estaba sometiendo a una calculada prueba de ingenio.

—Si alguien quisiera untar una punta de flecha con veneno, normalmente le haría muescas o hendiduras para que el líquido se adhiriera de forma óptima a la superficie. Si yo fuera una asesina profesional, eso es exactamente lo que haría —explicó Maomao con detenimiento.

Para asegurar el letal cometido, cabría mezclar el veneno con una resina adherente de pino o, incluso, servirse de esa misma resina a modo de fijador. Si un tirador transportaba consigo una punta de metal tan pulida y lisa como aquella ya impregnada de veneno en su carcaj, lo más probable era que, a causa del roce y la fricción del trayecto, la sustancia acabara desprendiéndose por completo antes de alcanzar su objetivo.

—Por consiguiente, lo más lógico es pensar que el veneno se aplicó justo unos escasos instantes antes de tensar el arco y disparar la flecha.

—En tal caso, ¿cabe la posibilidad de que el tirador que se dio a la fuga aún lleve el recipiente con el veneno encima? —dedujo Jinshi.

—Es una posibilidad, nada más.

—Válgame el cielo... —suspiró una voz a sus espaldas.

El médico Liu la observaba haciendo gala de un gesto de profunda y amarga resignación.

—Preferiría no seguir siendo partícipe de esta perturbadora conversación. ¿Me permiten retirarme? Y, por supuesto, rogaría que esta joven muchacha hiciera lo propio.

Si ambos se marchaban, la enfermería se quedaría quedaría por entero desprovista de asistencia médica. Jinshi estaba abordando un asunto de Estado de una extrema delicadeza frente al doctor Liu. No obstante, a buen seguro obraba así porque confiaba de manera incuestionable en que el veterano jamás cometería la vileza de traicionarlos.

—Doctor, es posible que aquí haya más vidas en juego. Precisamos esclarecer este entuerto con la mayor premura posible —le instó Jinshi, apelando a su deber.

—...

Puso en la balanza el peso de la vida de un miembro de la familia imperial frente a la de cualquier otra persona común. Reflejando en su rostro una expresión cargada de insondables y encontrados sentimientos ante el dilema, el facultativo alzó lentamente una mano en señal de claudicación.

—¿Estimas, pues, que el veneno empleado era acónito? —retomó Liu.

—No puedo asegurarlo. En ocasiones, también se recurre al veneno de adelfa para emponzoñar las flechas. Pero en tal supuesto, el cuadro clínico suele incluir diarrea, y no coincide con lo que acabamos de ver. En los territorios del sur acostumbran a emplear toxinas extraídas de las ranas, aunque los síntomas resultantes tampoco terminan de encajar con esto...

—¿Cuál es su opinión, doctor Liu? —le interpeló Jinshi.

—Si hay algo incorrecto en su razonamiento, lo señalaré. Pero yo soy un humilde médico consagrado a sanar, no un catador de venenos... ni mucho menos un sicario.

«Catadora de venenos sí, pero asesina no, desde luego», le corrigió la boticaria en su fuero interno. Al menos por el momento, resultaba evidente que el doctor Liu no albergaba objeciones sustanciales a las conclusiones extraídas por Maomao.

—Muy bien. Entonces dime, ¿qué clase de persona crees que disparó esa flecha? —insistió Jinshi, dirigiéndose a ella.

Era una pregunta cargada de una intención insidiosa. Para tratarse del utillaje propio de un asesino, aquellas herramientas transmitían una paupérrima intención letal. Y si el francotirador hubiese sido un avezado cazador, también habría prestado una atención mucho más rigurosa a la preparación de la punta al disponerse a emplear veneno. En consecuencia, por mero descarte de opciones...

Debía tratarse de un sujeto indudablemente diestro en el arte de la arquería, pero a quien ni tan siquiera se le habría pasado por la cabeza la necesidad de recurrir a la ponzoña en circunstancias normales. Por añadidura, si aquel atentado iba a perpetrarse en un enclave tan próximo al ámbito de la milicia palaciega...

—Un funcionario militar experto en el manejo del arco, supongo —aventuró Maomao.

Jinshi parecía haber anticipado su certera deducción antes siquiera de que las palabras abandonaran los labios de la joven.

—Y, además, alguien a quien han coaccionado para utilizar un veneno con el cual no se halla en modo alguno familiarizado. Quizá lo forzaron a hacerlo.

«Qué inmensa desgracia...», se sobrecogió la boticaria al imaginar la desesperación del tirador. Jinshi también debía de ser plenamente consciente de tal extremo. En el aciago instante en que la guardia imperial lograse capturar al culpable, su funesto destino quedaría sellado de forma irrevocable. Poco importaría que hubiese obrado movido por cruentas amenazas hacia él o los suyos; a los ojos implacables de la ley de la corte, la condena por alta traición seguiría siendo la ejecución capital.

«Bien podrían haber oficiado la ceremona en un lugar menos expuesto a posibles ataques», se le ocurrió pensar. Las palabras estuvieron a punto de escapársele de la lengua de forma impertinente, mas logró contenerlas a tiempo tras apretar los labios.

No... No se trataba de un mero descuido logístico en la planificación. Si los altos mandos habían escogido deliberadamente un emplazamiento donde resultara sencillo atentar contra su vida, era porque...

Jinshi era plenamente consciente de que su existencia representaba un insalvable estorbo para las ambiciones de sus encarnizados enemigos políticos. Y seguramente, en su maquiavélica perspicacia, habría llegado a la conclusión de que la maniobra más expeditiva para forzar al asesino a salir de las sombras era ofrecerse a sí mismo a modo de señuelo.

Maomao sintió cómo un torrente helado le recorría lentamente el pecho. Aquel imponente hombre también pertenecía al linaje de la familia imperial. Era alguien nacido para gobernar los designios de la nación... y, al mismo tiempo, un individuo lúgubremente incapaz de otorgarle el más mínimo valor a su propia vida. «Qué actitud tan despreciable...», reflexionó, frunciendo el ceño. Por mucho que lo intentara, no podía evitar experimentar un profundo rechazo hacia aquellas personas que transitaban por la vida como si tuvieran prisa por encontrar la muerte.





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