05/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 11




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 11
La jornada de Mamei

—Bueno, con esto ya hemos terminado la faena —dijo Mamei mientras se estiraba despacio tras concluir su ardua labor.

Había terminado de distribuir la ingente cantidad de documentos atrasados entre las personas que debían encargarse de resolverlos originalmente, por lo que el despacho del señor de la luna lucía considerablemente más despejado y ordenado que antes.

En estos momentos, en la amplia estancia solo se encontraban Mamei y otra persona. Se trataba de su hermano menor, Baryou, quien permanecía pacientemente instalado en una zona apartada y delimitada de la habitación por un biombo.

—Ryou, ¿estás a punto de acabar tú también?

Al hallarse a solas con él, Mamei empleaba un tono de lo más distendido y afectuoso.

—Terminaré en el transcurso del día de hoy —respondió el joven.

Dado que no había nadie más presente en la sala, Baryou también se expresaba con absoluta naturalidad. Al asomar tímidamente la cabeza por un lateral del biombo, reveló un rostro de facciones sumamente enjutas y pálidas. Tratándose de este reservado hermano menor, a menos que mediara una gran confianza previa con el interlocutor, no se dignaba a dirigirle la palabra a nadie y ni siquiera se dejaba ver en público.

—Había un escrito diferente entremezclado.

—¿Cuál? —inquirió Mamei.

Baryou le tendió un documento oficial con sumo sigilo.

—¿No corresponderá este asunto al negociado del comandante Han?

—¿Te refieres a Han Lakan...?

—Al miembro del clan Luo.

—Ah, el estratega excéntrico —comprendió Mamei.

Pese a la acusada misantropía de su hermano menor, este recordaba a la perfección el nombre, la jerarquía y el departamento asignado a cada individuo de la corte exterior. Huelga decir que Mamei sentía una lógica debilidad por su propia sangre, pero había que reconocer con justicia que el intelecto de Baryou era del todo intachable. Habría sido ideal sumarlo al vigor físico desmedido de su otro hermano y promediar sabiamente las cualidades de ambos.

—Si no requiere de una especial urgencia administrativa, ya se lo entregaré yo misma más tarde.

—¿Te parece bien dejarlo para después? —preguntó Baryou.

—De todos modos, estimo que sería un esfuerzo en vano aunque se lo llevase ahora a su despacho.

Mamei extrajo un papel del pliegue interno de su ropa con disimulo. En dicha hoja figuraban impresos los pormenores y el programa detallado del torneo de Go de la capital.

—Ah... Conque hoy se celebraba el acontecimiento.

—Dado que figura entre los organizadores, a buen seguro que estará desatendiendo sus obligaciones, ¿no crees?

—No habrá inconveniente alguno para nosotros, ¿no... ?

Ocultándose de nuevo tras el panel divisor de madera, Baryou se limitó a formular la pregunta con un marcado tono de preocupación. Al percibirse de inmediato el leve crujido de las hojas al pasarse con celeridad, resultaba evidente que el joven no albergaba intención alguna de descuidar sus propias tareas asignadas.

—Simplemente recibe lo que él mismo se ha buscado con su actitud, ¿no es así? —comentó Mamei con sobriedad.

Por lo visto, la relación entre el estratega excéntrico, también conocido en los cuarteles como el comandante Han Lakan, y el señor de la luna no era en absoluto armoniosa. Quizá por ese motivo de rivalidad, Lakan había sido el alto oficial que más tareas y papeleo impropio encasquetaba a este último. De un tiempo a esta parte, la labor de Mamei consistía precisamente en devolverle a su departamento la montaña de documentos debidamente clasificados.

Por lo visto, la comitiva del señor de la luna ya había intentado acudir en persona a protestar por la carga de trabajo en varias ocasiones anteriores, pero en cada una de ellas los colaboradores del estratega se las habían ingeniado para darles esquinazo con gran habilidad. Según decían en los pasillos de la cancillería, Lakan contaba con un subordinado de lo más escurridizo que siempre conseguía convencer a los emisarios con su hábil palabrería.

Al parecer, en la actualidad dicho inteligente subordinado había sido reclutado temporalmente por otro alto dignatario de la corte. Gracias a esa providencial ausencia, Mamei había sido capaz de hacerle entrega formal de los documentos al departamento de Lakan sin mayor contratiempo ni discusión.

Como era de esperar, semejante situación de retraso administrativo debía de tener profundamente contrariado al señor de la luna. Hacía unos días, le había planteado a Mamei la posibilidad de orquestar alguna artimaña para obligar al estratega a cumplir con sus obligaciones de manera rigurosa. Y por si fuera poco, le había indicado que los medios empleados no importaban en absoluto. Ante tal afirmación de su superior, ella disponía de una amplia variedad de métodos diplomáticos y coercitivos a los que recurrir.

El proceder más sencillo habría consistido en valerse del atractivo y el nombre del señor de la luna para manipular a las damas de la corte exterior y de los alrededores, pero optó por descartarlo de inmediato. A fin de cuentas, resultaba del todo inadmisible e indigno utilizar la imagen de su propio señor. Por consiguiente, se decantó por una estrategia mucho más certera que explotaba sin piedad los puntos débiles de Lakan.

El recurso principal no fue otro que recurrir al respetable tío de este, Han Luomen. Mostrando cierto apuro por la indisciplina de su sobrino, el anciano doctor había accedido a acudir a reprender a su descarriado familiar. Para colmo, al imponerle como penalización el consumo forzoso de amargas gachas de ginseng medicinal en caso de escaquearse de sus funciones, el implicado se había apaciguado y resignado considerablemente.

Huelga decir que las cosas no iban a marchar sobre ruedas durante mucho tiempo con tan poca cosa. Transcurridos escasos días, Lakan había comenzado a desbocarse de nuevo en la cancillería, obligando a Mamei a adoptar una medida de presión diferente.

Se trataba de la gestión del afamado torneo de Go que se celebraba en la jornada de hoy en la capital. En un principio, aquel extravagante hombre había pretendido habilitar el recinto propio de la corte exterior por iniciativa propia, ante lo cual el señor de la luna le había plantado cara firmemente por cuestiones de seguridad e imagen. Si bien los organizadores habían dispuesto un emplazamiento privado alternativo en su sustitución, el inconveniente estribaba en que, al desarrollarse en pleno casco urbano, se percataron de que la afluencia de público rebasaría con creces las previsiones iniciales.

Por tal motivo, Lakan había solicitado con urgencia hacer uso de la plaza pública colindante al recinto, una gestión administrativa que requería imperativamente de la correspondiente autorización estatal de la corte. Para colmo de males para el estratega, el encargado exclusivo de estampar el sello oficial pertinente no era otro que el señor de la luna, y la premura era máxima al restar escasos días para el inicio del certamen.

Como era de esperar, movido por el imperioso deseo de que el torneo bajo su patrocinio resultara un éxito rotundo, aquel hombre no había tenido más remedio que doblegarse ante la burocracia. Se le advirtió con severidad de que, de acumular tareas pendientes en su despacho militar, resultaría del todo imposible otorgarle la codiciada licencia de espacio público.

En consecuencia, durante los últimos días el estratega excéntrico se había entregado a sus labores con una diligencia tan inusitada que parecía que fuera a diluviar sobre la capital, sumiendo al estamento militar en un revuelo temporal sin precedentes. Tras interminables jornadas encadenadas de trabajo ininterrumpido sin despegar el pincel del papel, Lakan presentaba una expresión de demacrada exhaustividad: lucía unas ojeras violáceas y profundas, el cabello completamente desgreñado y una mirada apagada e inerte. Era la viva apariencia de un espectro consumido que apenas se mantenía en pie por pura fuerza de voluntad.

Gracias a ese sacrificio forzado, el señor de la luna logró por fin, durante unos días, retirarse temprano de sus dependencias oficiales. En lo tocante a la jornada de hoy y a la de mañana, Jinshi disfrutaba de un ansiado periodo de descanso después de Dios sabría cuántos meses de agobio incesante. Al abandonar su despacho la tarde anterior con el deber cumplido, el noble lucía una radiante expresión de satisfacción, esbozando una leve y elegante sonrisa mientras saboreaba la gloria de la libertad recuperada.

—Con todo, no deja de resultar extraño —apuntó Baryou.

—¿Qué es lo que encuentras extraño, Ryou? —inquirió Mamei, dirigiéndose a la voz que provenía del otro lado del panel.

—El motivo por el cual se ha decantado por un certamen de Go. Tenía entendido que el comandante poseía mayor destreza y predilección por el Shōgi.

—Supongo que también será ducho en el Go, ¿no es así...? —dedujo Mamei.

—Es sumamente bueno. Se rumorea que el único capaz de aventajarlo es el propio Kisei. Sin embargo... —Baryou guardó un breve silencio en la penumbra, como sumido en sus profundas reflexiones—. En el caso del Shōgi, no hay alma que pueda vencerlo. Es un auténtico monstruo.

—¿Un monstruo? —repitió Mamei.

Lo decía como dando a entender que las habilidades analíticas de Lakan en ambos juegos de tablero pertenecían a mundos del todo contrapuestos.

—A buen seguro que el comandante contempla un mundo muy diferente al nuestro —teorizó el joven con frialdad—. Un mundo complejo, estrambótico e inquietante. Tal vez por ello, las personas que le rodean le resultan de una estructura tan elemental que es del todo incapaz de distinguirlas entre sí.

—Hay que ver cómo hablas, como si lo supieras todo —comentó Mamei con afecto.

La hermana mayor asomó la cabeza por encima del panel para observar la silueta de su hermano. Rodeado de una ingente montaña de legajos administrativos, este despachaba los documentos oficiales uno tras otro con pulso impecable, sin detener un solo instante el ágil movimiento de su mano sobre el papel.

—En los exámenes imperiales abundan los sujetos de esa ralea —repuso Baryou—. Al lado de semejantes individuos, yo mismo me considero un hombre de lo más corriente.

—Si tú eres alguien corriente, ¿qué se supone que soy yo? —bromeó Mamei.

—Tú, hermana, eres una hermana, una esposa y una madre —respondió él con sencillez.

—¿Y acaso eso no es lo más normal del mundo? —sonrió Mamei.

Aunque en esos momentos se hallaba desempeñando sus funciones laborales en el despacho del señor de la luna, en su hogar la aguardaban sus queridos hijos. Puesto que estos sentían gran afecto por su nodriza y ya habían completado el proceso de destete, no existía inconveniente alguno para su ausencia. Su esposo era un oficial militar de la guardia y, a decir verdad, Mamei no tenía la certeza absoluta de si se encontraba cumpliendo estrictamente con sus deberes en los cuarteles o si andaba curioseando por el concurrido torneo de Go. No obstante, dado que había demostrado ser un hombre comprensivo al permitirle reincorporarse a la labor burocrática, optaría por no indagar más de la cuenta en el asunto.

—Lo normal es a menudo lo que resulta más complejo de alcanzar... Siento una profunda envidia —confesó Baryou con sinceridad.

El funcionario exhaló un hondo suspiro de cansancio, extrajo del cajón de la mesa un tubo de bambú barnizado que contenía té templado y se lo llevó a los labios. Empleaba dicho recipiente cilíndrico puesto que el uso de un cuenco tradicional de cerámica entrañaba el riesgo constante de sufrir un temible e irreparable derramamiento sobre los documentos.

—Por esa misma razón no logro comprenderlo... —añadió el joven, frunciendo el ceño tras beber.

Mamei estuvo a punto de inquirir a qué se refería exactamente con aquella duda, pero optó por refrenarse al verlo tan concentrado.

—¿Por qué un ser que ni siquiera parece humano se empeña en organizar un certamen público, algo que apela a los deseos de los demás? —se preguntó Baryou.

Dado que reanudó sus tareas de escritura con un semblante que denotaba no comprender en absoluto los verdaderos motivos del estratega, Mamei asomó la cabeza tras el panel con disimulo para despedirse.

—Tengo encomendada otra labor a partir de este momento, de modo que te vas a quedar solo, ¿está bien? Si aconteciera cualquier eventualidad o llegara alguna visita, no dudes en hacérselo saber de inmediato a los guardias del pabellón.

—Estoy al tanto, hermana... —asintió el muchacho.

Aun albergando cierta inquietud maternal por dejar a su reservado hermano, Mamei acomodó sus ropajes y abandonó con paso firme el despacho oficial.



Le habría gustado decir que sus obligaciones burocráticas concluían ahí mismo, pero todavía le restaba un último y delicado cometido por cumplir en la jornada. Se encaminó con paso firme hacia el palacio residencial del señor de la luna. Puesto que la ruta se aproximaba a las inmediaciones del palacio interior, tuvo que franquear varios portones custodiados y exhibir su salvoconducto ante la severa mirada de los centinelas.

Aquel palacio de líneas depuradas y simétricas bien podía antojarse sobrio a primera vista para tratarse de la residencia oficial del Hermano Imperial. Sin embargo, los materiales empleados en su arquitectura eran todos de la más exquisita y altísima calidad. Si algún funcionario advenedizo osaba mofarse en la corte tachándolo de excesivamente austero, no haría sino pregonar públicamente su propio mal gusto de nuevo rico y su absoluta falta de criterio refinado.

Se presentó ante la guardia del palacio y, tras las comprobaciones de rigor, le permitieron amablemente el acceso al recinto.

Nada más traspasar el umbral de entrada, un aroma dulce, cálido y sumamente apetitoso impregnó por completo el ambiente del pasillo. Siguiendo la pista de la fragancia, se dirigió hacia el área de las cocinas, donde una mujer de mediana edad se afanaba con esmero en hornear unos exquisitos dulces en un recipiente rectangular.

—Bienvenida —la saludó con una afable y afectuosa sonrisa Suiren, la abnegada servidora del señor de la luna.

—Lamento importunarle —Mamei saludó con rigurosa e impecable cortesía y clavó la mirada en los manjares que humeaban sobre la mesa—. Tienen un aspecto verdaderamente delicioso.

—Sí, la verdad es que han quedado muy bien —coincidió Suiren con satisfacción—. Pero estoy preparando unos cuantos más y dejándolos enfriar para la merienda. También tengo algunos listos y guardados desde hace unos días. Probémoslos juntas para comparar cuál de todos es el que ha quedado más sabroso al paladar.

—Vaya, qué excelente y afortunada oportunidad —celebró la visitante.

Para Mamei aquella degustación constituía todo un privilegio derivado de su cargo, pero sabía que no debía desatender sus obligaciones por mero deleite. Bajo ningún concepto debía plantearse si sería oportuno pedir unos cuantos como obsequio para sus pequeños hijos. Pese a la profesionalidad que intentaba mantener, no pudo evitar que el semblante se le dulcificara sutilmente al imaginar la inmensa alegría de sus niños si pudieran probar semejantes manjares.

—¿Sucede algo? —inquirió Suiren con curiosidad al notar su cambio de expresión.

—N-No, nada —disimuló ella de inmediato—. Observo que tiene unos preparados al vapor y otros horneados.

—En efecto, he querido probar ambas técnicas —explicó Suiren—. Los que se elaboran al vapor conservan mejor la forma original del molde, pero indiscutiblemente los horneados realzan mucho más ese aroma tostado tan apetecible.

Los que presentaban una apetitosa superficie dorada parecían haber sido cuidadosamente moldeados y horneados con la forma habitual de los tradicionales pasteles de luna. Suiren cortó una porción con el cuchillo con delicadeza y se la ofreció en un plato. El interior albergaba una rica variedad de frutas desecadas, aunque la consistencia de la masa difería de la de un pastel de luna tradicional.

—Toma, prueba este también —le animó la sirvienta.

Le tendió la porción cocinada al vapor. Esta variedad presentaba una consistencia esponjosa, ligera y suave, si bien, por contra, carecía de ese matiz tostado tan fragante que aportaba el fuego directo.

—¿No existiría la posibilidad de hornearlos de algún modo, pero manteniendo una textura suave similar a la de la cocción al vapor? —reflexionó Mamei tras probarlos.

—¿Verdad que sí? Justo en eso estaba pensando —asintió Suiren entusiasmada.

La mujer trajo consigo otro dulce que reposaba en un molde rectangular sobre la bandeja. Lo cortó con soltura y le entregó una porción a Mamei.

—Este de aquí es, sin duda, el idóneo.

A la funcionaria estuvo a punto de dulcificársele el rostro por completo de pura delicia al morderlo. Se presentaba esponjoso y suave en la boca, al tiempo que se le sumaba el contraste crujiente de las nueces picadas y el dulzor refinado de las azofaifas y las pasas afloraba de manera gradual. Junto al rico aroma a lácteos de la masa, se entremezclaba otro matiz especiado de lo más fragante.

—Pues ahora prueba este otro fragmento, que ha reposado tres días más en la alacena —le indicó Suiren.

Mamei se lo llevó a la boca con deleite. En esta ocasión, la maceración del tiempo había hecho que el concentrado sabor de las frutas impregnara la totalidad de la masa. A fin de evitar que el bizcocho se resecara con los días, se había pincelado cuidadosamente la superficie con un almíbar dulce, lo que le confería una textura de lo más jugosa, rica y suculenta.

—¿M-Me permitiría llevarme una pequeña porción para mis hijos...?

Las palabras se le escaparon de la boca de forma espontánea. «¡Vaya desliz!», pensó en su fuero interno, tapándose la boca de inmediato con la mano al percatarse de su atrevimiento ante la veterana sirvienta.

—Vaya, qué noble detalle. En ese caso, este específico que ha reposado no puede ser, puesto que está reservado —respondió Suiren con dulzura—. Pero de los que se encuentran en este lado de la mesa puedes tomar cuantos desees para llevar a tu hogar.

Cabía preguntarse cuántos dulces habría elaborado en total la mujer para el banquete. Al abrir la amplia alacena de madera, se divisaban perfectamente ordenadas multitud de variedades del pastel, confeccionadas meticulosamente mediante procesos de cocción bien distintos.

—La porción que estás degustando ahora mismo se la ofreceré mañana al señorito para su merienda —explicó Suiren.

—E-Entiendo... —asintió Mamei.

Albergando una leve decepción por no poder llevarse justo esa variedad, procedió a consumir con deleite el fragmento restante que le quedaba en el plato.

—Me embargaba la inquietud por no saber cuál método de horneado resultaría más adecuado para su paladar, pero con tu criterio queda felizmente resuelto el dilema —añadió la veterana servidora—. Te lo agradezco mucho, Mamei.

—No hay de qué, ha sido un placer. No obstante, ¿no habrá inconveniente alguno en que dé por concluida mi jornada laboral con esta prueba?

—En absoluto, puedes marcharte —aseguró Suiren—. Tómate un respiro y descansa de vez en cuando de los asuntos de la cancillería. Por más que tus pequeños hijos no den excesiva guerra con la nodriza, si no os veis las caras a menudo debido al trabajo, terminarán por olvidarse de ti.

Aquella advertencia maternal le dolió a Mamei en lo más profundo del alma. Le apasionaba su profesión de funcionaria en el palacio, pero, como es natural, profesaba una adoración absoluta por sus hijos.

—Disculpe, ¿y dónde se encuentra en estos momentos el señor de la luna? —preguntó.

En caso de hallarse presente en el palacio, Mamei consideraba oportuno saludarlo y rendirle pleitesía antes de retirarse a su hogar, pero Suiren negó suavemente con la cabeza.

—Hoy permanece consagrado al estudio intensivo durante toda la jornada bajo la estricta tutela de su preceptor. Haz el favor de no importunarlo en sus aposentos. Con vistas a los importantes acontecimientos públicos de mañana, procuraré que se entregue al descanso temprano esta noche, de modo que no hay de qué preocuparse por su salud.

—Tenía el firme convencimiento de que habría acudido ya a presenciar el torneo de Go en la plaza —comentó Mamei.

Puesto que estaba perfectamente al corriente de la abnegada dedicación al estudio y a la política de su señor, no le pareció una circunstancia en absoluto extraña que priorizara sus deberes.

—Ah... Ya veo. De momento no se ha dejado ver por allí. Al margen de eso, Mamei, ¿no considerarías la posibilidad de convertirte en una dama de compañía adscrita al servicio del señorito? Tu impecable desempeño profesional salta a la vista por lo temprano que este regresa últimamente a sus dependencias tras concluir sus obligaciones administrativas.

—E-Estimo que ejercer como dama de compañía resultaría una labor harto compleja para mi situación... A fin de cuentas, tengo hijos pequeños a mi cargo que requieren mi presencia —declinó Mamei con tacto.

De aceptar semejante y codiciada propuesta, se vería obligada a permanecer en constante compañía e instrucción de Suiren. En lo tocante a la imponente personalidad de esta veterana mujer, Mamei había escuchado infinidad de relatos legendarios y exigentes por boca de su propia madre, quien fuera en el pasado compañera de Suiren en las difíciles labores de nodriza del señor de la luna, por lo que consideraba que someterse a su tutela sería una empresa del todo inasumible.

—Vaya, qué verdadera lástima —dijo Suiren—. En tal caso, no me quedará más remedio que buscar a otra dama de compañía o a la persona que proceda para el puesto.

La mujer se expresó con un tono sereno que no denotaba una verdadera lástima ni sorpresa. Daba la absoluta impresión de que la sabia servidora ya tenía en mente a otra concreta candidata para el cargo.

Tras recibir de sus manos el hatillo con los deliciosos dulces debidamente envueltos en tela, Mamei abandonó el recinto del palacio del señor de la luna. Del interior del envoltorio emanaba una fragancia sumamente apetitosa. Sin embargo, por alguna extraña razón, le pareció que a aquel aroma le faltaba cierto encanto en comparación con el bocado de tres días que había degustado con anterioridad junto a la cocina. Sumida en tal reflexión, dirigió una mirada furtiva hacia el despejado firmamento sobre la capital.

—Parece ser que mañana también gozaremos de buen tiempo —murmuró para sí.

Mientras se preguntaba en silencio si aquel mentado certamen de Go organizado por el estratega habría resultado un éxito de público o un caos, clavó la mirada con afecto en el hatillo de los dulces horneados. La imagen mental de la alegría reflejada en los rostros de sus hijos al recibir el regalo propició que el semblante se le dulcificara de manera natural durante el camino de regreso.






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