10/08/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 13




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 13
Torneo de Go - Día 2 (parte II)

Hacia el mediodía, el balance del evento ascendía a tres personas indispuestas por el excesivo fervor demostrado ante el tablero de Go; dos individuos que habían armado un bochornoso alboroto al enzarzarse en una trifulca acusándose mutuamente de tramposos y un niño que había tropezado tras chocar torpemente contra la muchedumbre de curiosos.

El número de asistentes en el recinto principal del teatro fluctuaba constantemente, aumentando y disminuyendo por turnos según concluían los enfrentamientos. Entre ellos, había competidores que se presentaban por segunda o incluso por tercera vez tras haber sido eliminados y reincorporarse al torneo abonando de nuevo la cuota.

—¿No estará haciendo trampas? —comentó Maomao con recelo al ver regresar a la zona de juego a un mismo hombre por cuarta vez consecutiva.

—En absoluto, es del todo legítimo —repuso una voz a sus espaldas.

Quien reaccionó de inmediato a su apático murmullo no fue otro que Lahan, el auténtico cerebro y organizador de todo este multitudinario revuelo. Lucía un semblante de lo más complacido y satisfecho con las cifras de asistencia. Maomao entornó los ojos, clavando una mirada gélida en aquel calculador sujeto de pelo alborotado y anteojos redondos.

—Y a mí, mientras tanto, haciéndome trabajar de gorra —protestó la boticaria.

—Te abonaré tu estipendio como es debido al concluir la jornada. A estas alturas, ya está más que garantizada —aseguró Lahan.

Con razón se mostraba de tan pletórico y excelente humor.

—Ese hombre que acabas de ver pasar de nuevo es un antiguo jugador profesional de Go —explicó Lahan, acomodándose las gafas—. Aunque, en la actualidad, ha venido a menos y se limita a ganarse el sustento diario para sufragar sus vicios apostando en el rincón de alguna humilde taberna de la capital.

—Ya veo —respondió Maomao con absoluta frialdad.

La boticaria dio a entender con su tono que aquella explicación carecía del menor interés o relevancia para ella. Mientras, verificaba en la mesa las existencias restantes de bollos al vapor y el recuento de cuencos limpios.

—¿No podrías mostrar un poco más de curiosidad por el asunto? —se quejó Lahan con teatralidad—. Un «¡Vaya, qué increíble!» o un «¡Hay que ver, cuánto sabes!». Qué poco encanto tienes, de verdad.

—Si fuera yo precisamente quien te dedicara semejantes elogios, dudo mucho que te lo tomaras como un halago, ¿no crees? —repuso Maomao.

—Cierto es —admitió Lahan, esbozando una leve sonrisa—. En ese caso, consideraría sin duda que te estás mofando abiertamente de mí.

En resumidas cuentas, valía más abstenerse de formular cumplidos vacíos desde un principio.

—Por añadidura, estimo que cuanto más zalamera y aduladora sea una persona, más profundo recelo te infunde, ¿no es así? —añadió la joven.

—Cómo me conoces, hermana —se mofó él.

—...

Maomao optó por ignorarlo por completo, volviendo la vista hacia el recipiente de las bebidas. A fin de cuentas, Lahan era un hombre dotado de una verborrea inagotable y una astucia dialéctica exasperante. Por más que le rebatiera con argumentos sólidos, no haría sino replicar una y otra vez con pesadez. Al ver que la apática actitud de la boticaria no daba juego para continuar con la cháchara, el joven contable extendió expansivamente los brazos y se encogió de hombros con resignación.

—Si bien hoy en día es el tipo de persona que se gana la vida con las apuestas clandestinas de Go, en tiempos remotos se dedicaba a impartir enseñanzas profesionales a las clases altas de la corte —explicó Lahan.

El hecho de que hablara en tiempo pasado permitía presagiar, en cierta medida, el triste y amargo desenlace de su prometedora historia.

—¿Significa eso que perdió su empleo por haber sido vilmente machacado en el tablero por cierto ser insufrible que ya conocemos? —dedujo Maomao con agudeza.

—Premio. Un poderoso potentado de la capital que deseaba bajarle los humos a mi padre adoptivo concertó una partida privada entre ambos. El resultado fue una derrota aplastante para el maestro y ahí lo tienes ahora.

—Pobre hombre, qué amarga desgracia —murmuró Maomao.

Debía de ser un auténtico suplicio para alguien de su anterior estatus tener que clasificarse en la plaza y presentarse aquí una y otra vez de esa exigente manera para intentar recuperar el honor perdido. De pronto, Maomao albergó un muy mal presentimiento en su interior...

—¿No se deberá la ingente cantidad de aspirantes en este torneo a que se ha congregado toda la gente que le guarda rencor a ese mastuerzo...? —preguntó, uniendo cabos sobre la concurrencia.

De ser así, se explicaría a la perfección el porqué de tanto despliegue inusual de oficiales militares de la guardia para garantizar la seguridad del recinto.

—Medio premio —respondió Lahan con cinismo—. Para prevenir con éxito cualquier intento de apuñalamiento o agresión física por venganza, no descuidamos en absoluto la vigilancia en los pasillos. Además, a menos que le atraviesen el corazón con una daga y muera en el acto, mi sabio tío abuelo se las apañará para salvarlo con sus conocimientos médicos.

—¡¿Por semejantes sandeces has molestado al viejo?! —exclamó Maomao, indignada por el riesgo innecesario.

Incapaz de contener su irritación, le propinó un severo pisotón a Lahan con el talón justo en la punta del pie.

—¡Ay, ay, ay! ¡Para, por favor, detente! —chilló este de dolor, dando saltitos.

Dado que un aumento fortuito en el número de lesionados en la sala solo se traduciría al final en una mayor e innecesaria carga de trabajo asistencial para ella misma, Maomao retiró el pie.

—¿Y el otro medio premio por qué motivo es? —inquirió Maomao, retomando el hilo de la conversación con total naturalidad como si nada hubiera ocurrido.

Sosteniéndose sobre una pierna en el aire, Lahan se frotó la dolorida puntera del calzado de manera dramática.

—¡Ay, qué dolor...! El único maestro capaz de aventajar en estrategia a mi padre adoptivo es Kisei, el mismísimo instructor de Go de Su Majestad, el Emperador. Por lo tanto, aunque solo sea en calidad de modesto aspirante en un torneo público, obtener una sola victoria contra él implica que mi padre adoptivo se vea obligado a reconocer el mérito y la capacidad del vencedor.

—¿Reconocer el mérito? Ya... —asintió Maomao.

Tratándose de un hombre como Lakan, aquejado de una peculiar ceguera que lo incapacitaba para distinguir o recordar los rostros ajenos si no era bajo la forma conceptual de piezas de Go o de Shōgi, incluso un detalle tan nimio como ser reconocido en la mente de semejante estratega resultaba más que suficiente para que cualquiera pudiera usarlo como un poderoso e inestimable farol de prestigio ante las élites de la ciudad.

—Y ese rumor ha ido tergiversándose de boca en boca hasta el punto de que... —Lahan entornó aún más sus ya de por sí rasgados ojos tras los cristales de sus anteojos redondos—. Al parecer, ahora se dice que si consigues vencer a Han Lakan en una partida de Go, el estratega te concederá cualquier deseo que le pidas.

—...

Maomao se quedó atónita, con la boca ligeramente abierta y el rostro desencajado por el estupor. Sus ojos, desorbitados por el absurdo de la afirmación, parpadearon con incredulidad mientras su mente intentaba asimilar el calibre de semejante disparate.

—¿Y quién ha sido el insensato que ha difundido semejante soberana estupidez?

—Quién sabe... —repuso él con fingida inocencia.

Maomao tuvo la certeza absoluta de que, con una probabilidad de diez sobre diez, el origen de aquel desatinado rumor no era otro que el calculador sujeto que tenía justo delante. Lahan desvió la mirada hacia un lado con absoluta indiferencia. Puesto que había invertido un importante capital inicial en la logística del certamen, parecía plenamente dispuesto a valerse de cualquier artimaña o engaño con tal de recuperar su dinero con creces.

—Me resulta del todo inconcebible que existan personas en esta ciudad lo bastante ociosas como para dar crédito a semejante patraña...

—¿Es este el lugar indicado para formalizar la inscripción en el recinto principal?

Desde lo alto, resonó de pronto una voz terrenal pero sublimemente pulida, cuya cadencia melodiosa parecía extraída del mismísimo firmamento.

—...

Maomao alzó despacio la vista. Un hombre alto, embozado en una tupida máscara que se le antojaba de lo más calurosa e incómoda para la jornada, entornaba los ojos con un ademán levemente risueño. Pese al disfraz, sus ojos deslumbraban con una belleza sobrehumana: eran orbes de una profundidad cautivadora, enmarcados por pestañas tupidas, cuya sola mirada provocaba un inevitable e intenso cosquilleo en el pecho de cualquiera que los contemplara, infundiendo un turbador hechizo que pocos lograban sacudirse.

Sobre el mostrador de recepción reposaban ya pulcramente alineadas las tres placas de madera que acreditaban sus correspondientes y rápidas victorias en los tableros de la plaza.

A pesar de contemplar el abultado embozo con cierto descontento, Lahan clavó sus agudos ojos en el recién llegado. Por más que intentara ocultar su rostro tras la máscara, a buen seguro que el joven zorro de la contabilidad era perfectamente capaz de adivinar la ilustre identidad que se escondía debajo.

—Adelante. Aquí tiene su obsequio oficial de participación —dijo Maomao recuperando la compostura.

Maomao depositó un cuenco de té refrescante y un pastel de luna recién hecho sobre la mesa. Sin embargo, al soltar la losa del cuenco, sus dedos rozaron sin querer la yema de los dedos del recién llegado, que aún se hallaban depositando las placas de madera de sus contrincantes sobre la madera. Un escalofrío repentino e involuntario le recorrió a la joven toda la espina dorsal ante el contacto.

—Aceptaré complacido el té, pero no es preciso el dulce —repuso el enmascarado con tono sereno—. Mi acompañante traerá consigo los refrigerios que consideremos oportunos, de modo que haz el favor de alcanzármelos más tarde.

—Entendido... Siga esa hilera de asientos a la derecha y aguarde su turno para disputar la partida, por favor.

Dado que Maomao conocía la verdadera identidad de su distinguido interlocutor a la perfección, no le quedaba más opción que limitarse a asentir con la cabeza y acatar la orden con la debida reserva.

A su lado, Lahan lucía una amplia sonrisa que le iba de oreja a oreja. Tratándose de individuos de facciones hermosas y agraciadas, a aquel sujeto de los anteojos le daba exactamente igual que fueran hombres o mujeres. Carecía por completo de escrúpulos morales.

—Ya ves que abundan en la capital las personas ociosas que dan crédito a los rumores, ¿no es así, hermanita? —comentó Lahan con ironía.

Lahan exhibía sin pudor un descarado semblante de triunfo que parecía pregonar a los cuatro vientos un palmario: «¿Lo ves como yo tenía razón?». Colmada de paciencia, ella optó por propinarle sin contemplaciones otro severo pisotón en la punta del otro pie.





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