
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
Primero, fueron aquellos hombres que la vendieron como mercancía al palacio interior. Posteriormente, se vio envuelta en las intrigas de la sirvienta que resultó ser una pieza clave en la conspiración para aniquilar a su propio clan en las regiones del Norte. En ninguna de aquellas ocasiones Maomao había opuesto una resistencia activa: en la primera, comprendió que sus fuerzas eran nulas ante tales captores; en la segunda, su estado de salud era, por emplear un eufemismo, precario. No obstante, si pudiera elegir, preferiría el carruaje en el que la habían confinado en esta ocasión, pues exhibía una sofisticación que excedía sus expectativas.
—¿No tienen algo salado? —preguntó con la sólida desfachatez que solo se adquiere tras haber sobrevivido a múltiples infortunios.
Primero había dicho que quería té, y ahora pedía un refrigerio salado. Como resultado, las facciones de sus captores se contrajeron en un gesto de evidente exasperación.
—Oye, muchacha, ¿eres consciente de tu situación? —soltó uno de los individuos con aspereza.
Maomao asintió mientras trituraba un trozo de carne seca que le habían suministrado de mala gana.
—Precisamente porque soy consciente es por lo que me comporto así. Quienes parecen no tener ni idea de cómo tratar a su invitada son ustedes.
Había optado por un registro lingüístico formal y educado, intuyendo que tal cortesía le reportaría mayores beneficios tácticos. Ciertamente, aquellos hombres le habían conminado a acompañarlos sin concederle el derecho a réplica, pero el trato que le dispensaban conservaba un barniz de deferencia.
—Soy su invitada, ¿no es así?
Maomao fijó su mirada en el hombre que parecía liderar la comitiva, buscando una confirmación tácita. Aquel sujeto aparentaba ser el único de cuna distinguida, si bien su fisonomía evocaba la astucia desagradable de un zorro.
«¿Será de alguna rama secundaria del Clan Luo?», sopesó en silencio. Conocedora de la implacable lógica de aquel estratega, no le resultaría extraño que este hubiera abandonado a su suerte a los servidores del antiguo patriarca tras su defenestración. Por mucho que tales parientes intentaran medrar apelando a la consanguinidad, de carecer de un talento excepcional, aquel hombre los habría condenado al ostracismo sin pestañear.
El tipo torció el gesto, visiblemente frustrado, pero optó por el silencio, sabedor de que Maomao poseía un valor intrínseco para sus propósitos. Ella, por su parte, dio por sentado que no se vería sometida a la violencia física, al menos en la inmediatez de ese carruaje.
Por la cabina carente de ventanas, no podía escrutar el paisaje, pero la ausencia de sacudidas violentas le permitió deducir que transitaban por una calzada principal. Ignoraba el tiempo transcurrido y, ante el tedio del trayecto, decidió entregarse al sueño. Había solicitado un objeto que oficiara de almohada y terminó empleando una capa enrollada. La prenda exhalaba un sutil efluvio a incienso de alta calidad, lo que ratificaba que su propietario no pertenecía a la plebe. No obstante, en esta estación del año, la imposibilidad de ventilar el carruaje convertía el habitáculo en un horno de calor asfixiante.
—Ya hemos llegado.
Maomao emergió del letargo frotándose los ojos, aún enturbiados por el sueño, mientras el caballero le abría la puerta del carruaje. Descendió al exterior liberando un bostezo que no se molestó en disimular.
Frente a ella se erigía una mansión de porte aristocrático, aislada en mitad de una llanura silenciosa. El paisaje circundante se hallaba dominado por la extensión de los campos de labranza; en la distancia, algunas moradas campesinas se dispersaban con tal parquedad que resultaba imposible considerarlas un núcleo poblacional. «Comprendo la situación», razonó para sus adentros. La propiedad era imponente, pero su entorno era irremediablemente bucólico. Para un hombre que antaño ostentó las más altas dignidades oficiales en la capital, verse relegado a este retiro rural no debía de ser otra cosa que un cáliz de constante humillación. Reflexionaba sobre ello mientras, con una naturalidad que rayaba en la insolencia, se sentó directamente sobre la tierra.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió el hombre con un tono de pocos amigos.
—Nada, es que he visto unas campanillas chinas preciosas. (NT: La campanilla china es una planta perenne valorada por su uso ornamental y medicinal. Sus raíces son ricas en saponinas, utilizadas en la medicina tradicional asiática como antiinflamatorio, expectorante para tratar tos y resfriados, y para regular colesterol y azúcar.)
—¿Te interesan las flores?
—Son una buena medicina.
Observó que el jardín gozaba de un mantenimiento escrupuloso. Las campanillas exhibían sus pétalos en forma de estrella, mientras sus capullos, inflados como diminutos globos, aguardaban su momento. En su infancia, solía deleitarse reventándolos antes de su eclosión, travesura que siempre le valía severas reprimendas. Puesto que la raíz de esta planta es un componente esencial para diversos fármacos y los ejemplares eran de gran envergadura, calculó que se podría obtener de ellos una generosa cantidad de medicina.
—¿Puedes hacer el favor de entrar...?
El hombre amagó con profesarle una réplica más airada, pero terminó por contenerse. Maomao accedió al interior de la mansión tal y como le había sido ordenado.
—Por aquí.
Al final de la galería se encontró con una tríada familiar: un anciano y un matrimonio de mediana edad. Tanto el viejo como la mujer le dedicaron una mirada gélida, escrutándola como si intentaran tasar su valor real. El hombre maduro, por el contrario, poseía unas cejas caídas y oblicuas que dibujaban una expresión de pesadumbre permanente; un rasgo que evocaba una debilidad de carácter que a Maomao le resultó vagamente familiar.
—¿Eres la hija de Lakan?
—No —respondió ella al instante, con una impasibilidad absoluta.
El anciano torció el gesto en una mueca de disgusto. Sus arrugas eran surcos tan profundos que ni siquiera la profusión de su luenga barba lograba disimularlas; algunas eran el tributo lógico de la senectud, mas otras parecían haber sido cinceladas por la amargura de su propio temperamento.
—¡Oye, ¿qué habéis hecho?! —increpó el viejo a su subordinado—. ¡Dice que no lo es!
—¡N-No puede ser! ¡He traído a la persona correcta, estoy seguro! —replicó el hombre con un tono atropellado y servil.
Ante tal escena, la mujer se llevó con elegancia un abanico a los labios. Debió de poseer una belleza notable en su juventud, pero era de lamentar que la dureza de su carácter se hubiera traslucido con tal nitidez en sus facciones. Del mango del abanico pendía un cordón de seda blanca trenzada con maestría. Maomao entornó los párpados al advertirlo: la señora portaba un ornamento idéntico en el ceñidor de su túnica. La similitud con las shimenawa despertó su curiosidad, pero decidió postergar ese análisis para un momento más oportuno.
—Suegro, no es posible que mi hijo haya cometido semejante torpeza.
La lógica dictaba que aquel anciano no era otro que el anterior patriarca, el hombre cuya ambición había causado tantos estragos; no guardaba parecido alguno con la benevolencia de su hermano Luomen. Del mismo modo, era razonable suponer que el matrimonio de mediana edad eran los padres de Lahan. Siendo así... «Conque este es su hermano», meditó mientras observaba al hombre que la había secuestrado. Ciertamente, no había margen para el error: compartía esa inquietante fisonomía de zorro que caracterizaba a la familia.
Recordó haber oído que Lahan era sobrino de aquel estratega excéntrico, pero no había caído en la posibilidad de que tuviera hermanos. A juzgar por su edad, aquel hombre debía de ser el primogénito.
—Eres el hermano mayor, ¿verdad? —preguntó, para confirmar sus sospechas.
—¿Algún problema?
La respuesta ratificó su deducción. Maomao lo observó con detenimiento: el hermano de Lahan no carecía de inteligencia, pero su esencia era irremediablemente mediocre. En el mejor de los escenarios podría calificársele como un individuo apto, pero distaba un abismo de poseer una mente sobresaliente. Seguramente, por ello el estratega bicho raro prefirió adoptar al menor; más allá del temperamento, la decisión debió de basarse en las aptitudes naturales de cada uno.
«En cierto sentido, este tipo tuvo suerte», pensó Maomao. Tuvo la fortuna de no ser arrastrado al caótico mundo del estratega del monóculo, aunque para el interesado tal descarte fuera una herida abierta en su orgullo. Al oír la mención a su parentesco, el joven demudó el gesto, incapaz de ocultar su resentimiento.
—¿Y tú no eres Maomao, la boticaria de la Casa Verdigris?
—Ciertamente, así es.
Confirmó las palabras del anciano con una sequedad que no admitía réplica; sobre su identidad profesional no cabía disputa alguna.
—¿Entonces eres la muchacha que crió mi hermano Luomen?
—Sí.
Ratificó el vínculo, aunque en su fuero interno le producía una punzada de irritación que un hombre de tal calaña compartiera lazos de sangre con su padre adoptivo.
—¿Y no eres la hija de Lakan?
—Eso sí que no. Por ahí no paso.
Lo negó con una contundencia tan tajante que los presentes, desconcertados, ladearon la cabeza al unísono.
—Tenía entendido que aquel sujeto había engendrado una hija con una ramera —intervino el anciano, frunciendo el ceño—. Y que Luomen la estaba criando.
—Es verdad, yo nací del vientre de una ramera, pero siendo así, es imposible saber quién es mi verdadero padre.
—En eso tienes razón —comentó el padre de Lahan.
Era la primera vez que Maomao escuchaba su voz. Poseía una cadencia pausada, un ritmo melancólico que le resultaba familiar.
—Lakou...
El anciano pronunció aquel nombre con una gravedad ominosa, visiblemente molesto porque su hijo hubiera concedido la razón a la joven. Lakou se sumió de inmediato en el silencio. Al carecer de esos ojos de zorro tan característicos de su estirpe, este hombre resultaba mucho más cercano al espíritu de Luomen; sus facciones conservaban un aire de familia con la rama más bondadosa del clan.
De todos modos, menudo lío de nombres. Todos eran tan parecidos que cualquier genealogía era un laberinto.
—Poco importa la legitimidad de su cuna —sentenció la madre de Lahan, entornando los ojos con suspicacia—. Lo importante aquí es su relación con el hermano del Emperador. Sin embargo... no puedo evitar que este asunto me resulte del todo inverosímil.
Su mirada gritaba una pregunta que Maomao conocía bien: «¿Por qué el Hermano Imperial habría de elegir a una criatura semejante?». Ni recurriendo a la lisonja más hiperbólica podría afirmarse que ella estaba a la altura de un hombre cuya belleza poseía el poder de trastornar los cimientos de una nación. Ella misma era la primera interesada en desentrañar ese misterio.
—Siendo así, y puesto que se han equivocado de persona, ¿podrían dejarme marchar? Tengo trabajo que atender.
—No, eso no va a poder ser —sentenció el anciano, que la fulminó con la mirada mientras se acariciaba la barba blanca—. En esencia, lo que importa es que se establezca un vínculo con nuestro clan. Seas quien seas, mientras cumplas con ese cometido, no hay problema.
—Así es, suegro. Si los cielos me hubieran concedido una hija, no tendríamos que estar pasando por estos sinsabores.
«Ni en vuestras fantasías más audaces», pensó la boticaria. ¿Quién en su sano juicio desearía verse entrelazado con esta estirpe de mentes retorcidas? Estuvo a punto de exteriorizarlo, pero la prudencia sofocó el impulso. Si lo hacía, podrían interpretar que el interés de Jinshi no residía en el clan, sino en ella como individuo, arriesgándose a que se burlaran de su supuesta arrogancia. Decidió, pues, desviar el curso de la conversación.
—Por cierto, ¿están aquí el bicho raro de los ojos de zorro con el monóculo y su sobrino?
—¿De qué estás hablando...?
Por alguna razón, parecieron no entender su descripción, y le solicitaron que se explicara con mayor claridad.
—A ver, ¿me entienden mejor si digo el idiota de los juegos de mesa que no tolera el alcohol y el hombre del ábaco obsesionado con las proporciones áureas?
—...
Un silencio sepulcral se apoderó de la estancia. Maomao consideraba que sus descripciones eran de una precisión quirúrgica, pero ante la falta de respuesta, probó una última variante.
—¿Están aquí Lahan y su tío?
Evitó deliberadamente el término «padre adoptivo» por una mínima consideración hacia el padre biológico allí presente; un gesto de cortesía inusual en ella.
—¿Quieres verlos?
—No es necesario. Con la certeza de que conservan la vida y se hallan bajo este techo, tengo suficiente.
Ante tal indiferencia, los presentes volvieron a intercambiar miradas de extrañeza.
—Estoy cansada por el largo viaje, de modo que, ¿hay algún problema si me retiro a descansar? Si tienen un cuarto, les agradecería que me guiaran. ¡Ah! Y también les agradecería que me prepararan algo ligero de comer y agua caliente.
Cuando añadió que también precisaba vestiduras limpias para mudarse, sintió cómo las miradas se tornaban punzantes como agujas.
—Te lo repito: ¿eres consciente de tu situación? —espetó el hermano de Lahan.
—Lo soy plenamente. Precisamente por ello, les recomiendo encarecidamente que se esfuercen en darme de comer un poco para que tenga mejor aspecto.
Con aquella forma sutil de exigir un banquete, Maomao esbozó una sonrisa cuya superficialidad era casi insultante.
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