
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
—¡Qué pasada! ¿Y cómo se hace para caminar sobre el lago?
—Verás, solo tienes que poner el siguiente pie sobre la superficie antes de que el que ya has apoyado se hunda, y así, vas avanzando.
—¡¡¡Increíble!!!
—No te dejes engañar —increpó Maomao a Chue, propinándole un leve capón en la cabeza, mientras miraba a Kokuyou con los ojos entrecerrados. Aquel hombre parecía poseer una naturaleza inofensiva, pero era evidente que también cultivaba una faceta burlona—. ¿De verdad me vais a decir que algo así es posible?
—Me gustaría decirte que es una patraña, pero...
El viejo se mesó la barba enmarañada mientras su mirada se perdía en el exterior. Su semblante se tornó sombrío, habitado por una complejidad inquietante.
—Cuando era niño, llegué a ver algo parecido.
—¿A alguien caminando y danzando sobre el agua? —preguntó Maomao, ladeando la cabeza con incredulidad. Chue emuló el gesto y, por alguna razón inescrutable, Kokuyou también adoptó la misma postura.
«Qué individuo tan exasperante», pensó la boticaria antes de volver su atención al viejo médico.
—Sí. Fue antes de que yo me marchara de la aldea. Por aquel entonces, servir a la Diosa Serpiente era responsabilidad sagrada que recaía sobre la sacerdotisa.
Según relató, la estirpe del anciano guardaba un parentesco remoto con la del alcalde, y se designaba a una doncella de dicho linaje para ejercer el sacerdocio. Sin embargo, tal como él mismo había señalado, el santuario había languidecido en el olvido durante décadas. La razón de aquel abandono era de una naturaleza puramente administrativa:
—La última muchacha fue seleccionada en una de las levas imperiales destinadas a proveer de damas de honor al palacio interior.
Maomao no pudo más que asentir; la explicación poseía una lógica irrebatible. Debido a aquel reclutamiento, los ritos y misterios que se transmitían de forma oral de generación en generación se desvanecieron, condenando al santuario a caer en el olvido. Fue precisamente en esa época cuando el anterior alcalde asumió el mando. Puesto que aquel hombre carecía de fervor religioso, permitió que la maleza y el desprecio reclamaran el lugar. La aldea, que antaño constituía una unidad cohesionada por la fe, acabó fragmentada en tres asentamientos distintos, al igual que el bosque; se podría decir que la sacerdotisa era el vínculo que mantenía la armonía entre las tres comunidades y, al desaparecer ella, la unión se quebró. Ahora, aunque fuera por un mero respeto a las apariencias, el viejo había regresado para instalarse en aquella cabaña en calidad de custodio.
—¿Y la antigua sacerdotisa no regresó a la aldea tras terminar su servicio?
—¡Ja, ja, ja! Era una chica muy espabilada. ¿Crees que tendría alguna necesidad de volver a un sitio como este?
«Pues es verdad», se dijo. Maomao evocó la imagen de Xiaolan, su aliada en el palacio interior. Sus propios padres la habían vendido para tener una boca menos que alimentar. Xiaolan era plenamente consciente de su realidad y sabía que, de regresar, no hallaría más que rechazo; por ello, se afanó en buscar un empleo por su cuenta tras dejar el palacio. Cualquier muchacha con un mínimo de discernimiento buscaría una existencia superior a la que dejó atrás. En ese sentido, el palacio interior funcionaba también como un ascensor social para aquellas mujeres de cuna humilde que sabían jugar sus cartas.
—Antes de morir, el anterior alcalde no hacía más que lamentarse por aquello. Si tanto se iba a quejar, lo que tendría que haber hecho es ir a que lo viera un médico en condiciones —sentenció el anciano.
—Ja, ja, ja... Qué perspectiva tan mordaz. Pero el mundo está lleno de hombres así, ¿no?
Puesto que Kokuyou reía como si la tragedia ajena fuera un entremés divertido, el viejo le propinó un pescozón correctivo. Maomao, mientras tanto, contemplaba el paisaje exterior.
—Si no hay barcas, ¿cómo llegas al santuario, viejo? Se supone que tienes que velar por su integridad, ¿no?
Ante la pregunta de Maomao, el viejo dibujó un círculo imaginario sobre la mesa alargada.
—Dicen que las barcas desatan la cólera al señor del lago. Incluso las zonas de pesca están estrictamente delimitadas. Desde aquí no se ve, pero en el lado opuesto de la islita hay un puente. Si tienes curiosidad, puedes ir a echar un vistazo. Ya que vas, aprovecha para arrancar las malas hierbas mientras recoges tus plantas.
—¿Y por qué tendría que ponerme yo a desbrozar?
—Entrar en un lugar sagrado gratis te sale barato así, ¿no? Venga, Kokuyou, acompáñala.
—Jo... ¡Qué trabajera hoy!
Pese a sus lamentos fingidos, el joven ya preparaba la hoz con presteza. Maomao habría ignorado la petición de no ser porque Chue la observaba con ojos suplicantes y exclamaciones de asombro. Aquel niño últimamente se creía que con tirarse al suelo y patalear podía doblegar voluntades ajenas y conseguir todo lo que quisiera.
—En el santuario hay plantado tabaco. No toques las hojas, pero si ves que hay semillas, puedes llevarte unas cuantas.
—¡...!
Maomao clavó una mirada cargada de intención en el viejo, que no daba puntada sin hilo y asió la hoz con determinación.
Rodearon el lago por su vertiente posterior. Pese a la designación de lago, sus aguas carecían de transparencia; de haber sido de menor extensión, el término ciénaga le habría hecho más justicia. En la superficie flotaban hojas de una morfología similar a las de loto. Chue, que en un principio parecía amedrentado por las secuelas de la viruela en el rostro de Kokuyou, había hecho gala de su asombrosa adaptabilidad y ahora se mostraba plenamente encariñado con él. En un descuido, se había encaramado a sus hombros, aunque el médico caminaba con una inestabilidad que distaba mucho de la firmeza de los mozos del burdel.
—Mira, es allí.
Tal y como señalaba Kokuyou, efectivamente había un puente construido en la parte posterior de la islita. Era una estructura desprovista de ornamentos, con troncos hincados en el lecho del lago a modo de pilares rudimentarios.
«¿Será este armazón capaz de sostener nuestro peso?», se cuestionó Maomao mientras escrutaba la estructura con una desconfianza manifiesta. No es que ella fuera de esa clase de personas que golpean un puente de piedra antes de cruzarlo para certificar su firmeza, pero aquel paso elevado exhalaba un aroma a antigüedad que rayaba en lo precario. Resultaría un contratiempo mayúsculo que la madera cediera en mitad del trayecto, entregándolos a las aguas del lago.
—¡Ja, ja, ja! No pasa nada. Sorprendentemente, su resistencia desafía a los siglos.
Kokuyou bajó a Chue de sus hombros y, plantándose con firmeza sobre el tablero, propinó varios saltos. Ciertamente, el puente demostró ser menos vulnerable de lo que su apariencia sugería.
—¡Ah...!
Con un grito carente de toda dignidad, Kokuyou perdió el equilibrio y se precipitó al lago con un estruendo líquido.
—¿Pero qué haces, tío?
Chue extendió el brazo, con una prontitud inusual, para auxiliar al accidentado.
—Ja, ja, ja... Perdón, perdón.
Kokuyou se rascó la cabeza con las manos empapadas. Maomao razonó que, al estar privado de la visión de un ojo por el parche, su percepción de la profundidad y su equilibrio debían de estar mermados. El joven se despojó de la chaqueta empapada y procedió a escurrirla; en su torso enjuto se apreciaban diversas cicatrices, vestigios de un pasado que la boticaria consideró descortés escrutar. En su lugar, se puso de cuclillas para analizar el puente. Al golpearlo, el sonido resultante fue seco y rotundo; la madera poseía una densidad excepcional.
—Según los registros de la memoria local, construyeron este puente hace más de treinta años —comentó Kokuyou mientras se echaba la prenda húmeda al hombro.
La pasarela se situaba a una altura considerable sobre el agua, una medida de ingeniería elemental para prever el aumento repentino del caudal del lago debido a las lluvias torrenciales, que podrían haber socavado la estructura de estar más baja.
—Ciertamente, el tiempo no ha logrado corromper su fibra.
—Sí, se ve que usaron madera del sur. Probablemente sea un puente mucho más impresionante de lo que parece a simple vista. Debió de costar bastante dinero construirlo.
Tras estas palabras, Kokuyou reemprendió la marcha hacia la islita. Maomao lo secundó, pero una sensación de extrañeza comenzó a anidar en su mente. Al albergar el santuario, la isla presentaba una elevación notable respecto al nivel del lago, guardando simetría con la altura del puente. En la escalinata de piedra que conducía al recinto sagrado aún se distinguían las marcas de las avenidas de agua pasadas. En el cenit de la escalera, un pequeño santuario languidecía rodeado de una maleza voraz.
Entre la vegetación, Maomao identificó unas hojas de gran envergadura: eran, sin duda, las plantas de tabaco mencionadas por el anciano. En sus puntas asomaban los primeros vestigios de inflorescencia, pero aún no habían fructificado en semillas. «Ese viejo astuto...», resopló para sus adentros. Tendría que regresar en el futuro si deseaba obtener el preciado grano. Mientras tanto, recorrió con la mirada el perímetro del lago. El paraje, que antaño fue un bosque primigenio y uniforme, aparecía ahora fragmentado en tres arboledas distintas, al otro lado de las cuales se divisaba la aldea.
«Qué disposición tan singular», advirtió de pronto, identificando el origen de su inquietud. Se trataba de la ubicación del puente. Su emplazamiento carecía de sentido práctico: se hallaba en el punto más remoto de cualquiera de las aldeas y, para colmo, partía desde un lugar excesivamente distante de la propia orilla de la isla. «¿Acaso obedece a algún propósito arcano?», se preguntó. La lógica arquitectónica dicta tender el puente desde el punto más cercano a tierra firme para minimizar el esfuerzo y el material. Aquel acceso estaba lejos incluso de la cabaña del custodio; no parecía ofrecer ventaja alguna para la vida cotidiana.
Maomao ladeó la cabeza mientras observaba el santuario. Tras décadas de abandono, el deterioro era evidente; solo las shimenawa que lo rodeaban, de un blanco inmaculado, daban fe de una actividad reciente. Pensó que el anciano médico era un sujeto de una excentricidad fascinante: profesaba adoración a las serpientes y, sin embargo, rodeaba su morada de plantas destinadas a ahuyentarlas.
Puesto que Kokuyou comenzó a segar la maleza mientras tarareaba una tonada ligera, Maomao se vio compelida a colaborar en la tarea. Chue, por su parte, no mostró intención alguna de ensuciarse las manos; se consagró a la recolección de guijarros y a trazar garabatos en la tierra con un palo.
—¿Sabes una cosa? —habló Kokuyou, quebrando su propio monólogo musical.
—¿El qué?
—La verdadera historia de la sacerdotisa de esta aldea.
Maomao negó con la cabeza; ¿cómo iba a saber ella nada de eso?
—Me lo contó el abuelo. Al parecer, originalmente era una esclava.
—...
Kokuyou prosiguió el relato en un susurro, asegurándose de que sus palabras solo alcanzaran los oídos de la boticaria.
—Parece que, antiguamente, este era un lugar donde el río se desbordaba con facilidad. Hasta que lograron controlar las aguas, se ve que cada año los campos eran arrastrados y las casas quedaban sumergidas por la inundación.
En épocas de tal desamparo, cuando el hombre se hallaba inerme frente a los desastres naturales, la solución solía ser tan ancestral como cruel.
—Compraban esclavos para usarlos como sacrificio humano. Por supuesto, eso era cuando había dinero; si no, supongo que elegirían a alguna muchacha de la aldea para tal infortunio.
Bajo el pomposo título de sacerdotisa se ocultaba, en realidad, una condenada a muerte. No obstante, la leyenda cuenta que un día surgió una mujer dotada de facultades sobrenaturales; se decía que caminaba y danzaba sobre la superficie líquida sin hundirse. Los aldeanos, sobrecogidos por tal milagro, la elevaron a la categoría de deidad viviente. Posteriormente, la sacerdotisa contrajo matrimonio con un miembro del linaje del alcalde, dando inicio a la casta sagrada que se había mantenido hasta hacía poco.
«El viejo se ha abierto bastante con este tipo», meditó Maomao. Era la primera vez que escuchaba tal crónica. Supuso que el viejo médico, por su parentesco con la autoridad local, era depositario de tales oscuros relatos familiares.
—En resumen... si no tenías poder como sacerdotisa, nunca sabías cuándo te iban a convertir en sacrificio. Fuera un dios o el señor del lago, para la que acababa sacrificada la tragedia era la misma. Y cuando parecía que la muchacha de nuestra época se había librado de tal final, el destino la envió al palacio interior. En lugar de ser devorada por el lago, fue entregada al servicio del Emperador.
«Con razón su deseo de no volver era inquebrantable», pensó Maomao. Es más, no sería de extrañar que alimentara un rencor profundo hacia quienes estuvieron dispuestos a entregar su vida. Contempló distraídamente la superficie del agua. En la orilla, las hojas flotantes oscilaban con un ritmo hipnótico. Había ejemplares de loto de un tamaño tal que podrían sostener a un infante, pero Maomao descartó de inmediato la idea de que un adulto pudiera bailar sobre ellas sin sumergirse.
Fue en ese momento cuando... la boticaria, que hasta entonces permanecía en cuclillas, se incorporó de un salto, como si un resorte interno la hubiera impulsado.
—¿Qué pasa, pecosa?
Chue la miró con curiosidad. Ignorando deliberadamente la interpelación, Maomao descendió la escalinata de piedra con paso raudo. Su atención no se centraba en el tablero del puente, sino en los cimientos que lo sostenían. Se inclinó para escrutar los pilares sumergidos, aquellas robustas columnas que, pese a la pátina de algas y el abrazo constante del agua, conservaban una integridad estructural asombrosa.
—Como te escaquees, se lo diré al abuelo —le advirtió Kokuyou, alzando el manojo de hierbas que acababa de segar.
Ella esbozó una sonrisa cargada de una astucia casi depredadora.
—Tienes razón. Acabemos con esto rápido.
Y, sin añadir más, retomó su puesto con un celo renovado.
—Dame semillas de tabaco.
Fue la petición, directa y despojada de cortesía, que lanzó al anciano nada más regresar de su labor. El hombre estaba absorto sorbiendo fideos con una parsimonia tan extrema que parecía estar consumiendo sus propios cabellos blancos junto al alimento.
—Vaya, y yo que me preguntaba qué se te habría ocurrido. Si la estación no ha brindado semillas, tendás que conformarte con esa suerte.
Dicho esto, reemprendió su ruidosa masticación. Puesto que ella ya había anticipado tal negativa, se dispuso a jugar su mejor carta.
—¿Y si te dijera que ya sé cuál es el truco de la sacerdotisa y su danza sobre el lago?
Al percibir el susurro de Maomao en su oído, el anciano detuvo aquel desagradable estrépito bucal y soltó los palillos sobre la mesa.
—Oye, Kokuyou. Llévate al crío a jugar con esto.
El viejo sacó una pelota de un estante y se la lanzó al joven. Este intentó atraparla al aire, pero su mermada percepción visual le hizo fallar. La pelota rodó hacia el exterior de la cabaña y Chue salió disparado tras ella seguido de cerca por el médico.
Una vez que se quedaron a solas, el anciano señaló una silla, indicando a Maomao que tomara asiento. Ella obedeció y fijó la mirada en la superficie del lago a través del ventanal.
—Esa sacerdotisa... ¿verdad que apareció a mediados de verano?
—Así es.
—Es la época en la que las lluvias amainan y los arrozales necesitan más agua, ¿no?
En aquella región, la prosperidad de los cultivos dependía enteramente de la extracción de agua del lago. Aunque en ese momento las nubes fueran generosas, Maomao sabía que, en los meses venideros, el nivel del embalse descendería de forma drástica.
—Y la danza que hacía la sacerdotisa antiguamente, ¿no se celebraba también en esa época?
—Se oficiaba para implorar la lluvia... según tengo entendido —respondió el anciano, cuya expresión traslucía una creciente curiosidad por el rumbo de la conversación.
Maomao sumergió un dedo en el té que el hombre le había servido por mera etiqueta y, empleando el líquido como tinta, trazó un mapa esquemático sobre la madera de la mesa: el contorno ovalado del lago, la pequeña isla y la ubicación del puente. Al advertir que el dibujo era apenas legible, el viejo le tendió en silencio un pincel y un papel. Era una hoja de fibra tosca y superficie áspera, pero era suficiente para sus propósitos.
La boticaria comenzó a ilustrar su teoría, señalando la orilla en el punto más próximo al santuario.
—Tengo entendido que el ritual para pedir lluvia se celebraba por aquí.
—Exacto.
Era un emplazamiento cercano a la cabaña, perfectamente visible desde donde se hallaban.
—Normalmente, lo lógico sería pensar que construir un puente en este punto sería lo más sensato. ¿Por qué razón se descartó? —preguntó Maomao con intención.
—Ni idea. Déjate de rodeos y explícate de una vez.
Ella esbozó una sonrisa implacable ante la impaciencia del anciano.
—Es una suposición. Imaginemos que hay una zona en el lago donde la profundidad es mayor. Al principio intentaron tender el puente por aquí, pero al ver que el fondo era demasiado profundo, desistieron. Los materiales eran caros, pero sacarlos requería demasiada mano de obra. Así que dejaron los pilares bajo el agua y construyeron el puente en otro lugar. Ese habría sido el origen del puente que hoy conocéis. Hasta entonces, la comunicación con el santuario se realizaría exclusivamente mediante embarcaciones.
> ¿Y si esos pilares hincados bajo el agua todavía permanecieran en el lago? La madera utilizada en el puente era de esa clase resistente del sur. Si usaron el mismo material, deberían seguir ahí abajo. Y solo en la estación en la que el nivel del lago baja al máximo, quedarían a ras de la superficie. Si uno camina sobre ellos, desde fuera parecería que está andando sobre el agua. El ajuste fino del nivel se podría conseguir regulando la cantidad de agua que se desvía a los arrozales. Debido al agua turbia y a las plantas flotantes, nadie notaría la existencia de esos pilares a menos que mirara muy de cerca. Quizá incluso dejaron de usar barcas para no chocar con esos pilares.
Quizá tal engaño fue urdido por un artesano astuto al finalizar la obra. Para ocultar a los aldeanos que el plan original había resultado en un fracaso, se mantuvo en secreto la existencia de la estructura sumergida. Y la sacerdotisa de aquel entonces, con un pragmatismo digno de admiración, supo convertir un error de ingeniería en un milagro divino.
El anciano entornó los párpados, fijando en ella una mirada de una opacidad indescifrable.
—¿Acaso Luomen te crió para que hablaras basándote en meras conjeturas?
—Es precisamente para comprobar esa conjetura por lo que quiero inspeccionar el lago —replicó ella.
Tal era el motivo por el cual le había confiado sus deducciones. El viejo boticario la observó con severidad, pero terminó por incorporarse, indicándole con un gesto imperativo que lo siguiera.
—Yo no soy el más indicado para emitir juicios de valor, pero debo decir que tienes bastante poca sensibilidad.
El anciano llamó a los dos que estaban fuera jugando a la pelota.
—Id a comprar algo para la cena —ordenó, mientras depositaba unas monedas en la palma de Kokuyou—. Chavalín, a este le timan enseguida. Siento las molestias, pero ¿podrías acompañarlo?
—¡Claro! Déjamelo a mí —respondió Chue con determinación, y se marchó con Kokuyou.
—En marcha.
El anciano echó a andar con una escoba de cerdas rústicas en la mano. Condujo a Maomao hacia una sección del lago delimitada por un cercado, donde la superficie aparecía alfombrada por una vegetación flotante. Era un paraje desprovisto de muelles o plataformas de pesca; un rincón olvidado que nadie hollaba por mero placer. Ella contrajo las facciones ante la perspectiva de avanzar por el terreno lodoso. Se despojó del calzado, recogió los pliegues de su falda y comenzó a internarse en el agua; el anciano hizo lo propio con los bajos de su pantalón. El líquido, enturbiado por el limo, no revelaba vestigio alguno de lo que ella suponía eran pilares de madera.
—Toma.
El hombre le tendió la escoba. Maomao empleó el mango para tantear el lecho invisible bajo la superficie. Y entonces... un impacto seco detuvo el movimiento. Por la vibración que ascendió por el brazo, supo que había colisionado con un objeto de una solidez extraordinaria. No se trataba de la fibra elástica de la madera; la sensación era más pétrea, pesada y definitiva.
—A las muchachas las tiraban a este lago con el pretexto del sacrificio ritual —sentenció el viejo con voz cavernosa—. Les ponían peso y las arrojaban vivas al fondo.
Por más que se tratara de una costumbre ancestral dictada por la superstición, debió de ser un espectáculo atroz para los aldeanos que lo presenciaban. En un acto de fútil arrepentimiento, aquellos hombres buscaron el perdón de los espíritus por la sangre derramada.
—Erigieron pilares de piedra en el lago a modo de tumbas.
—...
—Es una estupidez. Como les dolía ver lo que habían hecho, los levantaron a una altura tal que quedaran justo por debajo de la superficie.
Con el transcurso de las generaciones y el cúmulo de víctimas, aquellos monumentos al remordimiento terminaron por alcanzar el nivel necesario para formar un sendero oculto hacia el santuario.
—Cuando se decidió quién sería el siguiente sacrificio, el hijo del alcalde de aquel entonces reveló a la muchacha la existencia de tales lápidas. Y así, usando a su favor la existencia del señor del lago, ella empezó a hacerse llamar sacerdotisa.
Parecía evidente que el anterior regidor ignoraba tales detalles. A juzgar por el hermetismo que reinaba en la aldea, era probable que el anciano fuera ahora el único depositario de aquella verdad sombría. Maomao clavó sus ojos en él.
—Si tu conocimiento sobre el asunto era tan vasto, imagino que ya habrás deducido la identidad de la supuesta emisaria actual, ¿no es así?
Aquel hombre lo sabía desde el principio; se había limitado a guardar silencio mientras ella exponía sus teorías. Maomao comenzó a sentirse un tanto tonta por haberse molestado en ofrecer una explicación que el otro ya poseía.
—No le he visto la cara, así que no puedo estar seguro.
Probablemente se tratara de alguien vinculado por la sangre a la antigua sacerdotisa que jamás regresó del palacio interior: una hija, una nieta o alguien que hubiera heredado el secreto de aquel camino de piedras. En cualquier caso, a Maomao no le incumbía tal intriga, y el anciano actuaba como si todo aquello perteneciera a un pasado cuya vigencia se había extinguido. ¿Habría tenido él algún vínculo personal con la mujer que partió hacia la corte hacía décadas? Aquella duda mundana cruzó su mente por un instante, pero decidió sepultarla. No deseaba que le recriminaran de nuevo su carencia de sensibilidad.
—Si esa mujer empieza a hacer algo fuera de lo común, revelaré el artificio —declaró el viejo mientras extraía un hatillo de tela de entre los pliegues de su túnica y se lo entregaba a Maomao—. Es el pago por tu silencio. Déjame gestionar este asunto a mi manera.
En el interior del envoltorio había unas semillas. Eran, sin asomo de duda, de tabaco.
—...
Maomao ya había obtenido la recompensa que codiciaba, por lo que no tenía necesidad alguna de profundizar en las sombras de la aldea. Guardó el tesoro botánico en su túnica sin mediar palabra y emprendió el camino de regreso hacia la cabaña.
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