
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
—Sí. En resumidas cuentas, dictaminaron que sobre mí pesaba una maldición y me invitaron a marcharme de la aldea... Qué crueldad, ¿verdad?
Sus palabras no sonaban crueles en absoluto. No se percibía en su voz el menor rastro de tragedia; más bien, su tono recordaba a la charla ligera de las mujeres que se congregan a chismorrear en torno al brocal de un pozo.
—Llevaba unos años establecido en el mismo lugar. Pero el año pasado sufrimos una plaga de langostas que causó estragos en las cosechas de la aldea. Entonces, de repente, al chamán del pueblo se le metió en la cabeza que aquello era fruto de una maldición...
Puesto que Kokuyou era el último en haberse integrado en la comunidad, terminaron por convertirlo en el chivo expiatorio de sus desdichas. Es bien sabido que médicos y chamanes rara vez profesan una mutua simpatía, pues la ciencia y la superstición suelen colisionar. Para Maomao, dar crédito a algo tan carente de fundamento como una maldición era propio de necios; sin embargo, comprendía que tal era el sentido común que imperaba entre el vulgo. Resultaba, a todas luces, indignante.
Pese a lo liviano de su conversación, el remedio contra el mareo demostró una eficacia superlativa; tanto fue así que Lahan pudo finalmente desprenderse del balde y participar en el diálogo. A ello contribuía también que la embarcación actual fuera de mayor envergadura y el balanceo hubiera remitido, pero Lahan se mostraba ostensiblemente satisfecho con el boticario.
—Ajá. De modo que te diriges a la capital en busca de empleo.
—Sí, así es —corroboró Kokuyou.
Lahan se acarició el mentón, sumido en sus cavilaciones. Era evidente que estaba realizando cálculos de rentabilidad, pero Maomao le propinó un codazo discreto. «No atraigas a extraños a tu hogar», le advirtió con aquel gesto. El hombre era, sin duda, peculiar, pero si sus dotes medicinales eran tan sólidas como sugería aquel ungüento, no tendría dificultad alguna para ganarse el sustento en la capital. Siempre y cuando, huelga decirlo, mantuviera ocultas las secuelas de la viruela en su rostro para no soliviantar a los aprensivos.
Lahan dirigió a Maomao una mirada de complicidad, dándole a entender que compartía su prudencia. Acto seguido, extrajo un pliego de su túnica y comenzó a escribir con caligrafía fluida.
—Si te ves en algún apuro, acude a esta dirección. Creo que podré ayudarte en cierta medida.
Lo que había escrito era la dirección de su residencia en la capital. Kokuyou aceptó el papel con una sonrisa radiante y despreocupada.
—¡Ostras! ¡Ja, ja! Qué ventura la mía al toparme con almas tan caritativas.
«No es benevolencia lo que le mueve», pensó Maomao. La naturaleza de Lahan era intrínsecamente calculadora; si le había entregado aquel salvoconducto era, sencillamente, porque juzgaba que aquel hombre poseía un valor económico potencial que él podría explotar en el futuro.
—Por cierto, ¿cuál fue el alcance de la plaga de langostas del año pasado que has mencionado? —inquirió Maomao.
Aunque ansiaba someterlo a un minucioso interrogatorio sobre sus conocimientos médicos, decidió que aquella cuestión gozaba de prioridad absoluta.
—Bueno... No se llegó al extremo de tener que comer raíces de árboles o de sacrificar a los recién nacidos. No obstante, los niños pequeños estaban debilitados por la falta de nutrientes y algunos acabaron falleciendo.
Kokuyou lo dijo con un semblante teñido de tristeza. La desnutrición los tornaba vulnerables a cualquier patología, y la misión de un médico es sanar, no observar la impotencia. Maomao se preguntó qué suerte correría ahora la aldea que había repudiado a aquel hombre.
—Si la cosecha de este año es buena, supongo que no habrá problema... Espero que, mientras tanto, todos en la aldea se ayuden mutuamente.
Maomao albergaba la sospecha de que la realidad no sería tan sencilla, y parecía que el propio Kokuyou compartía tal escepticismo. La ayuda mutua es un concepto que deleita al oído, pero exige una premisa ineludible: la solvencia para ejercerla. Uno presta auxilio cuando posee el excedente necesario tras asegurar su propia supervivencia. En la mayoría de los casos, la caridad opera bajo esta lógica; carece de sentido socorrer al prójimo si uno mismo expira de hambre en el proceso. Existen, ciertamente, necios capaces de entregarlo todo sin reserva, mas suelen ser santos de leyenda o, sencillamente, tontos de remate.
La convicción de Maomao era firme: si se pretendía que médicos y boticarios se comportaran como santos, se les debía otorgar un estatus que les permitiera serlo. Sin una estabilidad mínima, el ejercicio de la medicina resulta quimérico. Llevar una existencia de privaciones hasta enfermar y convertirse en un vector de contagio para los demás era, a ojos de la joven, del todo contraproducente.
Incluso si aquella aldea que lo expulsó anhelara el regreso del médico, el tiempo ya habría dictado sentencia. Sucediera lo que sucediera, el agua derramada no volvería jamás al cuenco.
Transcurridas varias jornadas, el periplo fluvial llegó a su fin y la delegación del Imperio Li franqueó finalmente las puertas de la capital. Al descender a tierra firme, el enigmático Kokuyou se despidió de la comitiva, alegando que tenía otros asuntos que atender.
En el instante del pago, Lahan intentó regatear los honorarios del boticario. Maomao intervino con firmeza, obligándole a desembolsar hasta la última moneda de cobre sin concesión alguna. Rickson contemplaba la escena con una sonrisa indulgente; ella seguía sin hallar la clave para descifrar a aquel oficial tan apuesto.
Tan pronto como el carruaje la depositó frente a la Casa Verdigris, una pequeña kamuro salió a su encuentro con premura. Era Zulin, la niña muda, que gesticulaba con ansiedad abriendo y cerrando la boca en un vano intento por comunicarse.
—¿Qué ocurre?
Ante la imposibilidad de la pequeña de emitir sonido, se limitó a tirar con fuerza de la manga de Maomao. Sin más opción que dejarse conducir, la joven entró en su botica. Zulin abrió las puertas de par en par. El espectáculo era dantesco: entre una marea de pergaminos dispersos se hallaba Sazen, afanado en la clasificación de hierbas. Pese a que ella se había esmerado en dignificar su aspecto antes de partir, el hombre lucía ahora la traza de un indigente, como el día en que lo rescataron de las calles. La barba descuidada, el cabello enmarañado y unas sombras violáceas bajo los ojos daban fe de su martirio.
Dado que iba a ausentarse durante un período prolongado, Maomao le había instruido en los rudimentos de la medicina para que fuera capaz de realizar preparaciones sencillas. A juzgar por el caos reinante parecía que, efectivamente, el hombre no había desatendido sus deberes.
Sazen la miró con los ojos vidriosos. Tras tropezar con la montaña de papeles que alfombraba el suelo, se abalanzó sobre ella sujetándola por los hombros con desesperación.
—M-Mao... ¡Maomao! ¡No me advertiste de esto! ¡No sabía que fuera a ser tan agotador!
Con los mocos colgando y las mejillas hundidas, su aspecto daba fe, ciertamente, de lo extenuante que había sido su labor. La boticaria consultó las notas de registro que descansaban sobre el escritorio. Al parecer, había tenido el triple de trabajo de lo habitual. No era de extrañar que las existencias de medicamentos preparados se hubieran agotado hacía semanas.
—Sí, bueno... Lamento haberte dejado tal carga.
Ante las palabras de Maomao, el extenuado Sazen mostró por fin una expresión de alivio y se desplomó allí mismo sobre el suelo. Ella le dio unos golpecitos para comprobar si seguía con vida y alcanzó a oír una leve pero rítmica respiración de sueño profundo. Sin más opción, le echó por encima una manta que había cerca. Puesto que su cuerpo obstruía el paso, decidió que lo trasladaría más tarde.
Al despojarse del calzado para entrar en la botica, sintió un impacto seco en la espalda. Al girarse, descubrió que el pequeño Chue le estaba propinando cabezazos.
—¡¿Qué quieres?!
—¿Cómo que qué quiero? ¡Has tardado demasiado en volver!
—Ya te dije que me iba lejos.
Durante su estancia en el oeste, había confiado la tutela del muchacho a Ukyou, el jefe de los guardias del burdel. Por razones que ella desconocía, el niño no cesaba en su asalto.
—¡Aparta! Molestas.
Maomao le sujetó la cabeza con firmeza. Chue mostró los dientes con un gesto de fastidio; sus incisivos superiores se hallaban ya a medio camino de su crecimiento definitivo.
—Por cierto, ¿qué es todo esto? —preguntó la boticaria para arrojar luz sobre la situación.
Zulin permanecía en silencio y las cortesanas de alto rango se hallaban entregadas al sueño tras la jornada nocturna, por lo que el burdel estaba sumido en una calma sepulcral.
—La vieja ha estado durmiendo aquí estos días. Dice que hay una epidemia de resfriados por la zona.
—Joder, ya veo.
Le parecía que no era la época más propicia para ello, pero precisamente por eso podrían haber escaseado las medicinas. Maomao tampoco había dejado una reserva excesiva de remedios para el resfriado o contra la tos.
—¿Y esto qué es?
La mirada de Maomao se clavó en una pila de papeles mal ordenados. No eran registros, sino misivas. En algunas de ellas habían adjuntado pequeñas ramas de árboles.
—¡Ah, eso! La mitad son del de siempre, el de la máscara. Pero la otra mitad... no sé de quién son.
El de siempre debía de ser Jinshi. En efecto, la caligrafía le resultaba familiar, pero al leer el contenido, no pudo evitar ladear la cabeza con estupefacción.
—Parece haber perdido el juicio, ¿verdad? Siempre que viene suele hablar del tiempo y cosas así... Normalmente no dice esas tonterías.
—¡¿Las has leído sin permiso?!
—¡Para practicar mi comprensión lectora! —replicó el niño sin asomo de remordimiento.
Maomao le revolvió el cabello con un gesto hosco. De tratarse de correspondencia importante, se la habrían entregado con mayor cautela; en realidad, parecían cartas de una banalidad absoluta. Resultaba extraño, pues Jinshi solo solía enviarle misivas cuando algún asunto engorroso requería su intervención.
—Además, venía a traerlas aun sabiendo que no estabas. ¿No le dijiste cuándo volverías?
A juzgar por la acumulación de papeles, Jinshi debía de haber venido al menos en cuatro ocasiones. En cuanto al resto de los escritos...
—¿...?
—¡Ja, ja, ja! Estas son divertidas, ¿a que sí? Son de esas cosas, ¿no? Cartas de amor.
Las ramas adjuntas pertenecían a flores de temporada. Los remitentes eran distintos en cada caso, pero el contenido era, a todas luces, el propio de una declaración romántica. Maomao, ladeando la cabeza con extrañeza, apiló las cartas a un lado y comenzó a proseguir con las preparaciones que Sazen había dejado a medias.
—No sé quiénes serán, pero parece que han acabado por oler el rastro —sentenció la madame mientras limpiaba su pipa—. Es culpa de ese excéntrico, que monta un escándalo cada vez que viene. ¡Qué cruz!
Huelga decir que, al mencionar al excéntrico, se refería al estratega Lakan, el hombre del monóculo.
—Se pone a gritar sandeces como: «¡No le entregaré a mi hija!», y claro, pasan estas cosas...
—...
«¿Pero qué demonios...?», reflexionó Maomao. La imagen de aquel hombre demente gritando frente a la Casa Verdigris era, por desgracia, una estampa bastante frecuente. No obstante, hasta ahora, el vecindario lo consideraba simplemente un cliente despechado a quien se le había prohibido la entrada al burdel.
El estratega era una figura de renombre, sí, pero en el barrio del placer la regenta de la Casa Verdigris no le iba a la zaga en influencia. Se creía que, por muy implacable que fuera Lakan en la corte, la vieja se bastaba para ponerlo de patitas en la calle. Al parecer, la madame le había advertido severamente que no utilizara términos comprometedores para referirse a Maomao; nadie debía saber que era su hija. Por una vez, el hombre había cumplido su palabra con rectitud, pero se ve que recientemente la había quebrantado.
Y el motivo no era otro que...
—Ciertamente, aquel encuentro fortuito con el caballero enmascarado devino en un espectáculo sin precedentes —comentó la anciana, con un deje de ironía.
Las misivas enviadas por Jinshi, que aguardaban en la estancia, hacían gala de una retórica tan críptica y unos giros tan rebuscados que su sentido resultaba casi inescrutable; sin embargo, todos los indicios apuntaban a que se trataba de declaraciones de tal naturaleza.
—¡Desde luego! Saltaban chispas entre ellos. Je, je... ¡Fue un divertimento de primer orden!
Pai Lin emergió de la penumbra para integrarse en la tertulia, luciendo una sonrisa burlona que a Maomao le resultó de lo más incómoda. «¿Pero qué locura es esta?», se cuestionó la boticaria.
Al sintetizar los diversos testimonios, la tesitura se perfilaba del siguiente modo: por un error de juicio del todo incomprensible, parecía ser que Jinshi le estaba proponiendo matrimonio a Maomao. Xeniaxen: La autora suelta esto y se queda tan ancha! ¡¿¡¿¡¿QUÉÉÉÉÉ?!?!?!?! Al tener noticia de tal pretensión, el demente estratega había acudido con asiduidad a la Casa Verdigris para protagonizar altercados de diversa índole. Como corolario, habían comenzado a propagarse rumores de que en aquel burdel residía una joven vinculada al excéntrico del monóculo. De este modo, ciertos oficiales de la corte, devorados por la ambición y dispuestos a arriesgarlo todo por medrar, habían concluido que, siguiendo el viejo adagio de que «para derribar al jinete, primero se ha de abatir al corcel», agasajar a Maomao era la vía más expedita para ganarse el favor del poderoso estratega. Por ello, habían comenzado a enviarle declaraciones románticas de forma sistemática.
—Y eso que traen las cartas pero, como no saben quién es la destinataria, se las dan a las kamuro. No sabíamos qué hacer con ellas, así que las fuimos echando en tu cuarto. Ah, aunque algún que otro cliente se quedó a gastar dinero, así que no nos vino mal —explicó Pai Lin con pragmatismo.
—Desde luego. Gracias a eso, parece que podré vender a dos de las nuevas aprendizas por un precio bastante alto —añadió la madame con una mueca de satisfacción.
La vieja se mostraba más que predispuesta a prolongar aquel equívoco en beneficio propio. Maomao se preguntó cuál sería el desenlace cuando la falacia quedara al descubierto, mas sospechó que, para entonces, la anciana ya habría instruido a las novicias con la maestría suficiente para mantener a los pretendientes bajo su hechizo.
Maomao rozó sus labios con la yema de los dedos de forma casi imperceptible, retirando la mano al instante como si el contacto le quemara. Inevitablemente, la calidez de aquel beso que Jinshi le había robado volvió a su memoria, una sensación perturbadora que contrastaba con la frialdad de su lógica científica. «Quién sabe qué tendrá en la cabeza ese tipo», se dijo. Evocando con cierta amargura el rostro de aquel noble de belleza sobrenatural, Maomao decidió refugiarse en la seguridad de su labor y prosiguió machacando sus hierbas.
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