02/02/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 24




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 24
Relaciones con el oeste (parte II)

El cónclave diplomático y mercantil estaba destinado a celebrarse al oeste de la capital, en una modesta provincia situada entre las regiones de Kaou y Josei. Maomao escuchó la designación del lugar, pero como no tenía intención de memorizarlo, no se molestó en hacerlo.

La expedición remontó el gran río en barcaza para luego transbordar entre diversos carruajes durante unos diez días. A pesar de que los indicios de la primavera se manifestaban ya con timidez, en aquellas llanuras de atmósfera árida apenas se percibía la transición estacional.

Le asignaron una estancia de notable decoro en la mansión que serviría de sede al encuentro. Puesto que la habitación resultaba excesivamente opulenta para una simple sirvienta, le dieron ropas más refinadas que las suyas habituales. Consideró aquel gesto como una extravagancia impropia de la tacañería de Lahan, hasta que comprendió que se trataba de un mero gasto de representación. (NT: Los gastos de representación son desembolsos que una empresa realiza para fortalecer su imagen, promover su marca y mantener/crear relaciones comerciales con clientes, proveedores o socios estratégicos, buscando un beneficio futuro, no una operativa directa.)

Había notificado a su entorno que su ausencia de la capital se prolongaría casi un mes. La expresión de la madame fue, en principio, severa; no obstante, en cuanto Maomao le hizo entrega de sus golosinas doradas favoritas, las facciones de la anciana se relajaron en una sonrisa de codiciosa satisfacción. Lahan sentenció que aquel soborno era un mal necesario, aunque su rostro reflejaba el pesar de quien se desprende de su tesoro más preciado.

La reunión con los mercaderes de Shaoh tendría lugar al día siguiente. Hasta entonces, Lahan deambulaba de un lado a otro con una actividad febril, y aquel hombre llamado Uryuu también parecía abrumado por sus responsabilidades. Según pudo espigar de conversaciones ajenas, Uryuu fue seleccionado como yerno adoptivo precisamente por su innata pericia para las finanzas. Al parecer, en aquel periodo las arcas de la rama principal del Clan U atravesaban una penuria extrema, por lo que emparentar con el segundo hijo de un magnate del comercio fue interpretado como una bendición del destino.

Maomao contempló el exterior a través del ventanal. Al hallarse en una tercera planta, la panorámica resultaba privilegiada. A diferencia de la capital, en aquel paisaje predominaban las construcciones de piedra y ladrillo. En el jardín se distinguía un estanque y vegetación lozana, pero más allá de los muros de la propiedad, el verdor se tornaba escaso. Hacia el oeste se extendía el desierto, y un viento seco acarició sus mejillas. No parecía un ecosistema propenso a albergar plantas interesantes para la boticaria. Por ello, se limitó a observar el horizonte con tedio.

«Quizá salga a cazar algún escorpión», meditó. Al parecer habitaban por la zona, y le habían advertido con rigor que revisara su calzado antes de ponérselo al despertar.

Fuera como fuere, la elección del enclave para la reunión resultaba singular. El contacto previo aconteció en la capital, mas no fue sino un preámbulo. Los verdaderos peces gordos de la negociación harían acto de presencia en esta ocasión y, por tal motivo, se resolvió celebrar el encuentro en esta ciudad fronteriza en lugar de en la corte.

Considerando las condiciones geográficas, Maomao estimó que la provincia de Josei, que contaba con un desarrollo superior, habría sido una sede más lógica, pero dedujo que algún asunto farragoso subyacía tras tal decisión.

«El Clan U, ¿eh...?», reflexionó. Para alguien como Uryuu, que persistía en su empeño de introducir a sus hijas en el palacio interior, la provincia de Josei debía de ser una espina clavada en el ojo. Aquella era la tierra natal de la consorte Gyokujou, quien acababa de ser encumbrada como Emperatriz. Maomao sospechaba que, en circunstancias normales, lo razonable habría sido delegar el asunto en ella, por lo que quizá un sentimiento de rivalidad impelía a Uryuu a personarse en la frontera.

Mientras observaba a Uryuu ultimar los preparativos con los mercaderes, un pensamiento acudió a la mente de la boticaria concerniente al linaje de la Emperatriz Gyokujou.

Al parecer, la casa de la Emperatriz era una familia a la que ni siquiera se le había otorgado un nombre de clan oficial. Quizá por su ubicación en una región tan remota, nunca gozaron de la oportunidad de que la Familia Imperial les concediera tal distinción. Por muy poderosa que sea una casa, la autoridad emanada del nombre del clan es un factor determinante en la jerarquía cortesana.

Gyokujou era conocida como la «Dama de Occidente», nacida en tal hogar, es decir, poseedora de sangre extranjera en sus venas, lo cual no estaba exento de controversia. Probablemente fuera hija de una concubina o una hija adoptiva acogida de una rama distante. En las tierras occidentales, la mayoría de los extranjeros solían ser mercaderes o artistas.

Maomao no albergaba duda alguna sobre las aptitudes de la Emperatriz. Era joven, apenas tenía veintiún años, y la boticaria conocía bien su sagacidad y su inteligencia. No obstante, en los círculos de poder no dejaría de existir un resentimiento latente por el nombramiento de una mujer tan manceba, sin nombre de clan y de ascendencia extranjera, como Emperatriz. «¿Qué motivo habrá impulsado tal decisión?», se preguntó. El soberano podría haber aguardado unos años más. Aunque hubiera nacido un Príncipe Heredero, este era aún un infante. A decir verdad, por mucha cautela que se extreme, los niños de corta edad son criaturas frágiles que sucumben con facilidad ante la enfermedad.

La boticaria no poseía un conocimiento profundo sobre política, pero incluso ella era capaz de discernir ciertas realidades. «Será porque están en la frontera, supongo», pensó.

Dedicar excesivo tiempo a desentrañar las intenciones de las altas esferas solo conducía al agotamiento. Se desperezó con indolencia y se reclinó sobre el lecho. La manta, tejida con lana de oveja, resultaba reconfortante. Dado que la temperatura descendía de forma drástica al caer la noche, agradeció su calidez.

Mientras remoloneaba en la cama, el sonido de unos nudillos golpeando la puerta la sacó de sus cavilaciones. «¡Ah! ¿Acaso ha llegado ya el momento?», pensó. Maomao se incorporó, alisó las arrugas de su vestimenta y abandonó la estancia dispuesta a cumplir con su deber.



—Continuad con el siguiente. Y con este también —ordenó uno de los mayordomos, coordinando el flujo de viandas con ademán imperioso.

Maomao observaba la escena mientras los alimentos eran dispuestos en los cuencos frente a ella. Los platos dispuestos en la bandeja lucían colores de lo más vivos. Habían utilizado verduras, que por estos lares constituían un lujo de valor incalculable, con el fin de dotar al menú de una vistosidad cortesana. La propuesta culinaria pivotaba, principalmente, sobre el consumo de carne de cordero.

Deslizó una mirada oblicua hacia los fogones. No detectó nada extraño en las materias primas, ni advirtió movimientos sospechosos durante la ejecución de las recetas. Ese era, precisamente, el objeto de su vigilancia.

Oficialmente, se le había permitido el acceso a las cocinas bajo el pretexto de profundizar en sus estudios sobre el arte culinario, mas la estratagema resultaba transparente para todos los presentes. Pese a ello, no era lícito declarar abiertamente: «Os observo porque me preocupa que añadáis algúna veneno a los alimentos»; y dado que los cocineros eran plenamente conscientes de su verdadera función, mantenían un silencio tenso que cargadaba el ambiente.

Las miradas que le dirigían eran, por tanto, tan afiladas como sus cuchillos, pero ella no permitía que tal hostilidad perturbara su juicio. «Ciertamente fascinante...», caviló. A regiones distintas corresponden tradiciones gastronómicas dispares; el análisis de los ingredientes le resultaba de un interés científico supremo.

El sustento básico era el pan, elaborado principalmente con trigo, también usaban arroz; sin embargo, en lugar de las gachas habituales en la capital, lo cocinaban junto a otros ingredientes para impregnarlo de aromas. Asimismo, cocían granos de trigo sarraceno como si de arroz se tratase, pero dado que era un sabor al que los paladares de la corte no estaban habituados, Maomao solicitó su exclusión del menú. Personalmente, prefería no tener otro susto como el de aquella vez tampoco. Se sirvieron fideos, guisados con la carne de cordero y acompañados de una profusión de hierbas aromáticas para mitigar el olor fuerte del animal.

Para ser sincera, la cocina de aquella provincia poseía un carácter sumamente peculiar. A ella no le desagradaba en absoluto, pero los dignatarios y oficiales no cesaban en su letanía de quejas. Lamentaban que el caldo elaborado con leche de cabra tuviera un sabor como de estar pasado o exigían carnes de mayor calidad. Maomao pensó que, de no mediar su presencia escrutadora, los cocineros habrían cedido a la tentación de escupir en la comida, hartos de tanto desdén.

Pese a todo, aquellos hombres eran profesionales que lidiaban con la escasez, y parecía que la jornada había sido generosa en suministros: aves de corral, pescado y una cesta colmada de frutos secos. Maomao consideró la proeza logística que debía de haber supuesto obtener pescado en una región tan alejada del litoral.

La cena quedó finalmente dispuesta y fue trasladada en un carro hacia el gran salón de la mansión. Maomao caminó tras el séquito de sirvientes, manteniendo una distancia prudencial.

El banquete se desarrolló sobre una alfombra donde los platos se disponían en el centro, un sistema que tampoco gozaba del favor de los invitados de la capital.

—¿Es esta la forma de comer de los bárbaros? —llegó a insultar alguno.

Probablemente se debiera a que el estilo de servicio compartido con fuentes comunes y la ausencia de mesas individuales se asociaba con los pueblos nómadas de las estepas, considerados incivilizados por la rígida aristocracia de la capital, que valoraba la etiqueta y el uso estricto de palillos.

Maomao tomó asiento junto a Lahan, quien ya se encontraba situado, colocándose medio paso por detrás de su figura. Si bien existía una tendencia cultural a excluir a las mujeres de las mesas principales, a ella se la trataba, formalmente, como a una invitada igual que el resto.

Al fondo presidía Uryuu y, en una posición de proximidad, el señor de la ciudad, un hombre de fisonomía viril y barba espesa cuyo nombre Maomao olvidó en el mismo instante de escucharlo. A su alrededor, diversas mujeres servían con diligencia. No obstante, Uryuu parecía carecer de apetito; apenas probó el arroz y el cordero, declinando cualquier ofrecimiento que no fuera una nueva ronda de alcohol.

Por su parte, Lahan se centró exclusivamente en el pescado, lo que pareció aliviar la tensión de los cocineros. Maomao también lo degustó: se trataba de pescado azul en salazón. Poseía un aroma penetrante, fruto de la fermentación necesaria para su conservación en el desierto, no de la putrefacción. Para un paladar acostumbrado a la frescura de la capital, resultaría insuficiente, mas para Lahan constituía un refugio frente al omnipresente olor a cordero.

Ella ingirió cada vianda sin hacer ascos. En banquetes de este estilo, donde los comensales comparten platos comunes, la cata de venenos tradicional pierde eficacia; por ello, era imperativo probar una pequeña porción de cada ingrediente al inicio para detectar cualquier anomalía. «A juzgar por esto, el banquete oficial será del mismo estilo», concluyó.

Shaoh era un territorio de fuerte herencia nómada, por lo que su cultura debía de guardar grandes similitudes con esta provincia. Dado que resultaba imposible predecir qué comensal tomaría qué porción, era vital vigilar a los sirvientes y conocer a fondo los ingredientes para no confundir una inocua hierba aromática con una planta ponzoñosa. Con esa determinación, Maomao comía mientras grababa en su memoria cada matiz, cada sabor y cada textura.

Mientras masticaba, se fijó en que alguiem había colocado discretamente una copa de vino cerca de ella. En un primer instante, lo atribuyó a la diligencia de algún sirviente, pero no tardó en comprender que el destinatario original era el caballero que ocupaba el asiento contiguo. Al parecer, le había sido servido alcohol por protocolo, pero él no albergaba la menor intención de consumirlo.

Era un hombre que rondaba la treintena, poseedor de un rostro enjuto y facciones de una innegable armonía. Con toda probabilidad, se trataba del subordinado del estratega Lakan, el demente del monóculo, a quien Lahan había hecho referencia anteriormente. Su nombre era... Maomao fue incapaz de rescatarlo de su memoria.

—Soy Rickson —se presentó él, como si hubiera leído su confusión.

—Un placer, señor Rickson —respondió ella con cortesía distante.

—Sin formalismos, por favor, señorita Maomao.

Al escuchar lo de «señorita», no pudo evitar torcer el gesto en una mueca de profundo desagrado. No obstante, ante la perspectiva de iniciar una tediosa corrección, se limitó a imponer una condición:

—Entonces, a secas, Rickson.

—Sea pues, a secas, Maomao. Soy abstemio, así que me harías un favor te bebieras esto por mí.

Ante tal ofrecimiento, la boticaria no halló argumento para el rechazo. «Sería un problema que el alcohol contuviera algo extraño, así que es mejor así», razonó. Se llevó la copa a los labios. Era vino de uva y poseía un grado alcohólico moderado. Dejando a un lado las particularidades de la gastronomía local, la bebida era de una factura notable. Con todo, Maomao sabía que no debía embotar su paladar prematuramente, pues de lo contrario su labor como catadora de venenos resultaría estéril.

Seguidamente, bebió agua para purificar sus papilas antes de proceder con el siguiente plato. Dado que los sirvientes dejaban a Maomao para el final, se vio en la necesidad de servirse ella misma.

—¿Quieres esto?

—Gracias.

Rickson le ofreció exactamente lo que ella pretendía degustar, sirviéndoselo con una meticulosidad encomiable y separando cada ingrediente con precisión quirúrgica. No estaba al servicio de aquel estratega por nada. Solo alguien dotado de una capacidad de observación tan extraordinaria podría tolerar el carácter errático de ese hombre.

También interceptaba a los sirvientes de forma intermitente, solicitando nuevas viandas o señalando con sutileza cualquier carencia en el servicio. Aunque a primera vista su trato pudiera antojarse exigente, Maomao advirtió que la mirada del chico se clavaba con fijeza en la fisionomía y el porte de cada empleado.

«¿Los está memorizando?», dedujo ella. Mejor; de ese modo, ella no precisaría malgastar sus facultades en recordar los rostros del servicio doméstico. Optó por delegar tal responsabilidad en Rickson y consagró toda su atención a memorizar la arquitectura de los sabores y la naturaleza de los condimentos.

Fue en ese preciso instante cuando el sosiego de la cena se quebró. El estrépito de la porcelana al hacerse añicos restalló en el salón. Al volver la vista, Maomao descubrió a una criada transida de terror y al padre de Lishu con la diestra aún alzada. A su lado, el señor de la ciudad lucía un semblante de absoluta estupefacción.

—¡Ya he dicho que no lo quería! —bramó Uryuu.

—L-Lo... Lo siento mucho —acertó a balbucear la mujer mientras recogía los fragmentos con manos trémulas.

El plato parecía haber sido proyectado contra el muro con violencia, esparciendo su contenido por el firme. «Qué desperdicio tan lamentable», reflexionó nuestra pragmática protagonista. Con toda probabilidad, la criada había pretendido, con excesivo celo, que el noble degustara el pescado que los cocineros habían preparado con tanto denuedo. Maomao comprendía la intención, mas para una subordinada, aquella insistencia constituía una extralimitación de sus funciones.

El señor de la ciudad susurró una orden al oído de un asistente mientras se acariciaba la barba con aire pensativo. Maomao sospechó que la infeliz criada se enfrentaba a un castigo físico inminente o a la pérdida de su sustento. Era una lástima, pero no había nada que hacer. Fiel a su realismo, ella continuó con su ceba, asumiendo que tales eran los rigores de la jerarquía.



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