01/02/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 23




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 23
Relaciones con el oeste (parte I)

El progreso en el espinoso asunto de la consorte Lishu se manifestó diez días después de la visita de Jinshi. El detonante, curiosamente, fue la comparecencia y propuesta de un individuo del todo inesperado.

—¿Qué quieres?

—Qué arisca. ¿Este es tu modo de hablarle a tu hermano mayor?

—Vaya. Que yo sepa, no tengo hermanos de ningún tipo.

Frente a Maomao se erguía un hombre de complexión discreta, cuyos rasgos apenas dejaban huella en la memoria: ojos de zorro, gafas circulares y un cabello perpetuamente encrespado. En condiciones normales, lo habría conducido a su botica, pero hoy se encontraba saturada de preparados medicinales en pleno proceso de maceración. En consecuencia, optó por ocupar el vestíbulo de la Casa Verdigris, cuyas puertas aún permanecían cerradas al público. No obstante, al hallarse en un espacio tan expuesto, no tardó en manifestarse un visitante inoportuno.

—...

—¿Qué pasa?

Maomao agarró a Chue por el cuello de la túnica con la misma indiferencia con la que se sujeta a un felino por el pescuezo. Él, por su parte, estrechaba contra su pecho a Miaumiau, el gato. Aquel animal, de apelativo sumamente irritante, se había instalado de forma permanente tras los sucesos previos; puesto que las cortesanas le habían profesado un afecto inmediato, su expulsión resultaba ya una quimera. Ambos, niño y bestia, le resultaban a la boticaria igualmente tediosos.

—Oye, ¿este es tu hermano, pecosa?

—¿Por qué lo dices?

«Acabo de negarlo tajantemente. ¿Acaso su capacidad auditiva es tan limitada como sus modales?», pensó.

—Se parece mucho a ti.

—...

Maomao entrecerró los ojos en un gesto de muda advertencia. Acto seguido, cargó con Chue y lo entregó a Ukyou, el jefe de los guardias del burdel, quien estaba coordinando a sus hombres para la jornada en la entrada. El pobre, abrumado por el sopor del turno matutino, bostezó y delegó el fardo en Sazen, el aprendiz de guardia. Este último hizo una mueca de evidente fastidio, pero dado el sorprendente aprecio que parecía profesar hacia Chue, aceptó custodiarlo sin mayor réplica.

Por el momento, el infante no mostraba indicio alguno de recuperar sus recuerdos, por lo que su presencia no se consideraba un riesgo. Sazen, por su parte, se había revelado como un ayudante bastante diligente; solía recolectar hierbas medicinales durante sus rondas, un gesto que Maomao valoraba muchísimo. De hecho, ya tenía planeado, tarde o temprano, acabar enseñándole a elaborar medicinas.

Lo que verdaderamente laceraba el orgullo de Maomao era la innegable similitud física entre ella y aquel joven, Lahan. Si los rasgos de zorro de aquel tipo tuvieran una curvatura más suave, se le despojara de las lentes y se alterara su sexo, el resultado sería el vivo retrato de la boticaria. Una coincidencia genética verdaderamente exasperante.

—Y bien, ¿qué quieres? —insistió, retomando el hilo.

Lahan solía dejarse caer por la Casa Verdigris como acompañante ocasional del estratega del monóculo. Para Maomao, él no era más que un accesorio subordinado a aquel desagradable sujeto. Si no mediaba un asunto de extrema gravedad, una interlocución breve en aquel vestíbulo debería ser suficiente.

—¿No tienes abierta la botica?

—Estoy preparando unas medicinas de naturaleza delicada y no puedo permitir que entre cualquiera.

Era mentira. Simplemente, le daba pereza ordenar el caos de su taller. Lahan vaciló un instante antes de extraer una bolsa de seda de entre sus ropajes y depositar varias monedas en la palma de Maomao.

—Con esta calderilla, la vieja de aquí no te dejaría ni acercarte al tejadillo.

—Menuda usurera.

«¿Y lo dices tú?», pensó. Sabía de sobra que Lahan era el mayor avaro del reino, superado únicamente por la madame. Debido a las excentricidades de cierto pariente, su estipendio como oficial resultaba insuficiente y se veía compelido a diversificar sus ingresos en múltiples negocios.

A regañadientes, Lahan añadió más monedas, pero Maomao persistió en su negativa con un leve movimiento de cabeza. Solo cuando la suma inicial se triplicó, ella asintió con parsimonia y convocó a una aprendiza para localizar a la regenta. La niña partió veloz hacia las profundidades del burdel y, al poco, compareció la anciana con su aspecto de rama seca y marchita.

—Vieja, vamos a alquilar una habitación.

—¿Por esta cantidad? Disponéis de una hora exacta —sentenció la madame con la pipa entre los labios. Prendió una varilla de incienso y la clavó en las cenizas de un pebetero para marcar el tiempo del encuentro.

—¿No es un poco caro?

—Pues no la uséis si no queréis. Eso sí, si te la llevas fuera del local, tendrás que pagar la tarifa correspondiente.

Maomao no era propiedad de la Casa Verdigris, por lo que la madame carecía de autoridad real para impedir su partida. Sin embargo, como el encuentro con Lahan se le antojaba tedioso, prefirió guardar silencio y ampararse en el protocolo del local. De cualquier modo, no tenía la menor intención de recoger su botica solo por complacerlo.

La habitación a la que los condujo la aprendiza era una de aquellas dependencias destinadas a las cortesanas de rango intermedio para recibir a sus clientes. Al hallarse desprovista de ocupantes en ese instante, presentaba un aspecto desolador; el suelo de madera apenas estaba cubierto por unas esteras dispuestas con un desapego casi protocolario. Anticipando que sentarse directamente ahí resultaría ingrato, Maomao se procuró dos cojines de su botica. Se dignó a ofrecerle a Lahan tal comodidad, pero no abrigaba la menor intención de ejercer como anfitriona ni de servirle té.

Las estancias de la Casa Verdigris habían sido erigidas con una solidez deliberada. Los muros poseían un grosor considerable, diseñado para que los gemidos de los encuentros nocturnos no trascendieran al exterior. Si bien existían clientes que exigían un silencio sepulcral, tales espacios también se arrendaban para reuniones confidenciales.

Tan pronto como la puerta quedó asegurada, Lahan extrajo un pliego de su túnica. En él se apreciaba un retrato trazado con la delicadeza de un pincel de punta fina.

—¿Conoces la identidad de esta persona?

Era el dibujo de una mujer de facciones armoniosas y juventud evidente. Maomao no habría logrado identificarla únicamente por los trazos, pero en el margen rezaba una anotación reveladora: «Ojos rojos, cabello blanco, tez blanca». Ante tal descripción, solo una persona acudió a su mente.

—Esto es... Si se trata de la Doncella Blanca, hay mucha gente además de mí que sabe de ella.

—Eso me imaginaba. Pero mira esto —añadió mientras le mostraba otro papel.

—¿Quién es?

Esta vez, la imagen correspondía a un varón. Sin embargo, los retratos suelen divergir de la realidad fisionómica y, por añadidura, Maomao no solía malgastar su memoria en rostros que no despertaran su interés científico o profesional. En resumen: no tenía ni idea de quién era.

Lahan dispuso ambos retratos en paralelo. Maomao experimentó esa punzada de reconocimiento que precede a la memoria, mas la imagen se resistía a cobrar nitidez. ¿Acaso aquel rostro se había cruzado en su camino con anterioridad?

—Hace unos días, este hombre se dejó ver en cierta reunión. Por supuesto, no era su propósito atraer las miradas; parece que se mantenía en un segundo plano, intentando no llamar la atención. Sin embargo, la mala fortuna le traicionó por un solo instante. Y, sobre todo, su mayor infortunio fue quién se hallaba allí para observarlo. Entre los subordinados de mi padre adoptivo hay uno que, una vez ve un rostro, jamás lo olvida.

—Anda —respondió la boticaria con una indiferencia estudiada.

Tratándose de los subordinados de aquel estratega demente, que era totalmente incapaz de distinguir las facciones humanas, poseer un talento tal resultaba, sin duda, una herramienta de valor incalculable.

—Como ese hombre es un ávido consumidor de crónicas sociales, asistió a las representaciones de la Doncella Blanca, por lo que el asunto le sirvió, al menos, como tema de conversación. Y dio la casualidad de que, habiendo solicitado yo sus servicios para una negociación, lo avistamos allí.

Aquel individuo, a pesar de ser un oficial, mantenía intereses en diversos sectores mercantiles. Debía de tratarse, pues, de una reunión de índole comercial.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace cosa de dos días.

Supuso que el primer día lo habría empleado en consultar al estratega demente. Luego habría gestionado la elaboración del retrato y su distribución por los canales pertinentes hasta que, finalmente, el rastro había desembocado hoy en sus manos.

—¿Y por qué vienes a mí? Esto no tiene nada que ver conmigo.

—Es que el otro bando de dicha negociación es un mercader procedente de Shaoh.

Shaoh era el país que se extendía más allá de la región desértica, al oeste del Imperio. A excepción de una zona montañosa al sur, su geografía lo situaba bajo la vigilancia constante de potencias mayores en sus tres flancos. A primera vista, su posición parecía precaria, pero habían sabido transformarla en una virtud, convirtiéndose en un enclave vital para el comercio.

El semblante de Maomao se ensombreció.

—¿No es eso peligroso...?

—Si apelamos a la lógica, claro que lo es.

Alguien que había sembrado el caos en la capital se hallaba ahora infiltrado entre los súbditos de una potencia extranjera. Incluso Maomao, ajena por voluntad propia a la política, comprendía la gravedad de que otra nación otorgara refugio a semejante prófugo.

—Además, por su idiosincrasia nacional, Shaoh se mantiene como un territorio inviolable. En otras palabras, aunque quisiéramos capturarlo como criminal, arecemos de autoridad para actuar de forma unilateral. Bajo circunstancias normales, la intervención sería inviable.

> Y si un mercader se toma la molestia de viajar hasta nuestras tierras, es difícil suponer que actúe al margen de su propio gobierno. Precisamente esa incertidumbre es la que nos sitúa en este aprieto.

Al fin y al cabo, el único sustento probatorio era el testimonio de aquel subordinado de memoria prodigiosa. Por más que él lo asegurara, si era el único testigo, la versión oficial se inclinaría hacia el error humano. Como resultado de ese estancamiento, la responsabilidad había recaído sobre Maomao.

—¿Y bien? ¿Qué quieres que haga?

—Quiero que me acompañes como catadora de venenos.

Se trataba, por tanto, de una transacción comercial de alta relevancia. Independientemente de la autenticidad del sospechoso, Lahan no podía eludir el compromiso. Pero, al mismo tiempo, ella deseaba salvaguardar su propia integridad. Si aquel hombre resultaba ser el criminal buscado, era altamente probable que la Doncella Blanca lo acompañara. En tal caso, existía el riesgo de verse expuestos a algún veneno exótico desconocido concebido mediante la alquimia.

—Te pica la curiosidad, ¿eh? Es una oportunidad única para entrar en contacto con venenos de una rareza excepcional.

«Qué jugada tan sucia —pensó —. ¿De verdad piensa arrastrarme al peligro usando mis propias inclinaciones como cebo?». No obstante, una duda persistía en su mente:

—¿Y qué hay de aquel hombre?

—Descuida, él no vendrá con nosotros ni le diré que vas a venir.

Maomao se refería, cómo no, al estratega problemático. Aun así, le resultaba irritante claudicar tan fácilmente.

—¿No está mi padre disponible?

Se refería a Luomen; bajo ningún concepto al chiflado. Lanzó la pregunta con una sonrisa teñida de malicia. Comparado con ella, su viejo poseía un conocimiento vastísimo sobre los preparados medicinales de las regiones occidentales.

—¿Estando mi padre adoptivo merodeando siempre por el departamento médico? Imposible.

En efecto, una cosa era contratar a la boticaria de los suburbios y otra muy distinta intentar extraer a un médico oficial de la corte; tal maniobra resultaba sencillamente inalcanzable. Por esa razón, Lahan había acudido a la boticaria de turno.

—Te pagaré.

—No puedo fiarme de lo que diga un tacaño.

—Te conseguiré medicinas de Occidente.

—No me queda otra.

Y así fue como Maomao, seducida por la promesa de nuevos conocimientos farmacéuticos, terminó por integrarse en aquella expedición.


—...

Maomao observaba la escena con la mirada perdida en el vacío, sumida en una suerte de letargo contemplativo. Allí, en el centro de la estancia, se hallaba un hombre de mediana edad, cuya complexión y estatura no poseían rasgo alguno que permitiera distinguirlo entre la multitud. Se encontraba enfrascado en una interlocución con Lahan.

—Y bien, señor Uryuu...

A Maomao le pareció que aquel nombre resonaba en su memoria con una familiaridad inquietante. Habría preferido que sus oídos ignoraran tal información, mas el nombre se repetía con una insistencia casi rítmica. Al parecer, él era el encargado de supervisar aquel encuentro diplomático y comercial.

«Todos estos tipos descuidan sus obligaciones legítimas para hacerse más ricos», reflexionó ella con amargura, aunque no ignoraba que los engranajes del mundo no se movían únicamente por la voluntad de los mercaderes. «Ojalá se envenenara y se fuera al suelo», pensó mientras miraba al hombre en cuestión. Exhaló un suspiro cargado de hastío mientras albergaba pensamientos ciertamente impropios para alguien cuya labor consistía, precisamente, en preservar la vida de su cliente frente a los venenos.




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