
-Xeniaxen
Transcurridas dos jornadas desde la finalización del cónclave, la delegación del Imperio Li, integrada por Maomao, Lahan, Rickson y el resto de la comitiva, inició finalmente el periplo de retorno hacia la capital. Vieron partir en primer lugar a Uryuu, quien, por motivos que escapaban a la comprensión de los presentes, parecía haber sido despojado de la vitalidad que antaño le caracterizaba.
Al considerar que tales cuitas no le concernían, Maomao desvió su atención y se entregó al estudio de la ciudad. Haciendo uso del estipendio que le había sustraído con astucia a Lahan, se aprovisionó de diversos géneros y especias cuya adquisición resultaba difícil fuera de los confines de aquella región occidental.
Se sentía hastiada ante la perspectiva de verse sometida una vez más al incesante traqueteo del carruaje; no obstante, se percató de que la ruta de regreso difería de la de ida. El sendero no resultaba familiar y, tras un tiempo de marcha, se hallaron frente a la ribera de un río de cauce generoso.
—He pensado que volveremos en barco —anunció Lahan con parsimonia.
Según explicó el oficial, durante el periodo estival el curso alto del río recibía el embate de la estación de lluvias, lo cual incrementaba el caudal y permitía la navegación de navíos de mayor calado. Era un fenómeno estacional, pues en la época de sequía el lecho podía quedar reducido a la nada.
En términos de distancia, el rodeo era considerablemente mayor que el trayecto a caballo; sin embargo, al navegar en favor de la corriente, no era imperativo realizar altos en el camino ni efectuar el relevo de las monturas, permitiendo así un avance ininterrumpido. Además, los vientos estacionales propiciaban una velocidad envidiable. Curiosamente, el viaje inverso (ascendiendo el río) resultaba inviable por la resistencia del agua y los vientos en contra, motivo por el cual el carruaje seguía siendo la opción más veloz para la ida.
«Un barco, ¿eh?», reflexionó Maomao con cautela.
Lahan abonó el importe del pasaje y se dispuso a embarcar. La tripulación estaba compuesta por hombres de facciones rudas y complexión robusta, algo consustancial a un oficio que exigía tal fortaleza física. Dado que contaban con sus propios escoltas, Maomao prefirió confiar en que los marineros no cometerían la felonía de despojarlos de sus pertenencias para luego entregar sus cuerpos a las profundidades del río. Al advertir la suspicacia en la mirada de la joven, Rickson esbozó una sonrisa conciliadora.
—Esta embarcación pertenece a uno de los socios comerciales de Lahan.
—...
En otras palabras, le estaba indicando que la tripulación era de absoluta confianza y podía embarcar sin temor a acechanzas. Sin otra alternativa, Maomao subió a bordo, dispuesta a dejarse mecer por las aguas.
—Oye, ¿no tendrás algo para el mareo?
Quien profería tales palabras, aferrado a un balde y con el rostro lívido, era Lahan. A escasa distancia, Rickson aguardaba con idéntico semblante cerúleo. Se hallaban confinados en un angosto camarote; dado que la nave apenas contaba con dos estancias de este tipo, el resto de los pasajeros se hacinaba allí, compitiendo en palidez unos con otros.
—Ya te lo di hace un rato, pero ha sido para nada.
Maomao se la había proporcionado con la mejor de las intenciones, pero el estómago de Lahan la había rechazado de inmediato, sin conceder tiempo a que los principios activos hicieran efecto. La boticaria había elaborado tónicos contra el mareo previendo los vaivenes del carruaje, mas nunca imaginó que el escenario de su administración sería el lecho de un río.
Lahan había argumentado que el avance ininterrumpido acortaría la travesía; sin embargo, ello implicaba, en esencia, que el balanceo no concedería tregua alguna. Resultaba paradójico que un hombre capaz de tolerar el trote de los caballos fuera vencido por el suave mecer de las aguas.
«En parte, comprendo su desdicha», reflexionó ella mientras acompasaba el movimiento de su cuerpo al vaivén de la quilla. En los ríos de caudal variable, no es infrecuente que las lluvias repentinas provoquen avenidas; en otras palabras, el cauce se mostraba inusitadamente turbulento.
—¡Uuuaaaagh!
Maomao inclinó su cuerpo hacia el flanco opuesto con presteza. El aire del camarote, saturado por el hedor de los vómitos, empezaba a resultarle insoportable. Anhelaba salir a cubierta, pero se le había conminado a permanecer en el interior; un paso en falso bajo aquel oleaje podría arrojarla sin remedio a las profundidades.
—¿Cómo es que tú permaneces impasible ante este suplicio? —inquirió Lahan con una nota de resentimiento.
—¿Tal vez se deba a que poseo la misma resistencia que demuestro ante el alcohol?
Lahan la fulminó con la mirada, carcomido por la envidia al ver que ella no mudaba el color. Aquel hombre, a decir verdad, carecía de la resistencia necesaria para beber más de dos copas de alcohol.
La embarcación descendía río abajo y, conforme el cauce ganaba en amplitud, realizaban transbordos a naves de mayor envergadura. Paso a paso, se aproximaban al gran río, repitiendo el proceso hasta alcanzar su destino.
—¡No volveré a subirme a un barco nunca más! —exclamaba Lahan con el rostro demacrado. Sin embargo, ante la imposibilidad de hallar un carruaje adecuado en aquellas latitudes, no le quedaba más opción que someterse al siguiente transbordo.
Fue precisamente durante los preparativos para abordar la tercera nave cuando un estruendo sordo rasgó el aire. Maomao, intrigada, divisó a un individuo desplomado sobre el muelle. Un marinero, movido por la duda, ayudó al accidentado a incorporarse. Se trataba de un hombre ataviado con un sobretodo ajado y castigado por el tiempo.
—Oye, muchacho, ¿te encuentras bien?
Al alzarle el rostro, el marinero ahogó un gemido de espanto. A juzgar por la nobleza de su perfil y el arco definido de sus cejas, aquel hombre debió de haber gozado de una gran belleza en su juventud. No obstante, la mitad de su rostro estaba devastada por las cicatrices de la viruela. Si sus facciones se inscribieran en un círculo, las marcas y la piel indemne dibujarían la silueta de un pez del ying y el yang.
El marinero soltó al desconocido casi con desdén, y este se puso en pie con pasos vacilantes.
—Te ruego que me disculpes... ¿Podrías dejarme subir a tu barco?
El hombre esbozó una sonrisa que deformaba aún más su semblante. En la mano que tendía, se apreciaba una bolsa de seda que tintineaba con el peso de las monedas. Era joven, un varón de unos veinticinco años.
—¡¿Tú?! ¿No tendrás alguna enfermedad contagiosa?
El marinero que lo había socorrido realizaba gestos bruscos, como si pretendiera sacudirse cualquier rastro del contacto con el hombre. El desconocido, sin perder su sonrisa bovina, se palpó el rostro desfigurado.
—Ah...
Asintió como quien comprende una verdad evidente y se acuclilló. Con la caída, se le había desprendido una prenda; a sus pies yacía un pañuelo. Lo recogió, lo dobló en forma de triángulo y se cubrió con él la mitad del rostro, simulando un parche improvisado.
—¡Lo sabía! ¡Eso es viruela! ¡Es la peste negra!
La viruela era una dolencia pavorosa que cubría el cuerpo de pústulas purulentas. Se decía que era capaz de aniquilar naciones enteras debido a su extrema virulencia y su facilidad de contagio a través del aire, incluso por la tos o los estornudos de los enfermos. El hombre soltó una risotada estúpida y se rascó la piel con descuido.
—Ja, ja, ja. ¡No hay de qué preocuparse! Solo son las secuelas. Padecí el mal hace tiempo, mas ahora estoy como un roble. ¡Mira, mira!
—¡¿Qué dices?! ¡Si acabas de caerte redondo! ¡Atrás, no te acerques!
Ante la advertencia del marinero, todos los presentes tomaron distancia. Maomao entornó los ojos, observando la escena con detenimiento boticario.
—¿Ocurre algo?
Rickson, que ya se encontraba a bordo tras haber estibado el equipaje con una diligencia que recordaba sobremanera a Gaoshun, se acercó para inquirir sobre el alboroto. La boticaria decidió apodarlo mentalmente «Gaoshun n.º 2».
—Aquel hombre del parche quiere subir, pero los marineros se niegan porque sospechan que está enfermo —respondió Maomao con parquedad.
Rickson observó al joven con un murmullo de curiosidad. De no mediar las marcas que desfiguraban su piel, se trataría de un varón de gran atractivo. Además, su forma de hablar resultaba inusualmente ligera para su aspecto.
—¿Hay algún inconveniente? ¿Acaso no tiene dinero suficiente para el pasaje?
—Parece tener dinero, pero tiene marcas de viruela en la cara y los marineros temen que siga enfermo.
—¿Y lo está? —inquiró Rickson, entornando los ojos con suspicacia.
—Hum...
Desde aquella distancia no se distinguía bien. Se apreciaban las cicatrices, mas estas no presentaban la supuración característica de la fase activa. Lo más probable era que el joven dijera la verdad: debían de haber transcurrido años desde que el virus abandonó su cuerpo. Ahora bien, Maomao sabía que, de intervenir para esclarecer la situación, solo cabía un desenlace: verse envuelta en otra complicación. Visto lo visto, el desconocido no parecía dispuesto a rendirse y se aferraba a las vestiduras del marinero.
—Por favor... ¡Dejadme subir...! ¡No seáis malos...!
—¡Suéltame de una vez! ¡Y no insistas más! ¡Que me vas a pegar tus pústulas!
—¡Qué crueldad! ¡Esto es discriminación! ¡Mi salud es de hierro!
En circunstancias normales, un hombre gallardo con el rostro marcado por la tragedia poseería un aura de melancolía poética, mas tal descripción resultaba ajena a este individuo. Se hallaba enredado en las rudas extremidades del marinero, negándose a soltarlo. El resto de la tripulación anhelaba socorrer a su camarada, pero el pavor al contagio los mantenía paralizados. A ese ritmo, el navío jamás soltaría amarras.
Rickson, quizá interpretando la resignación en el semblante de Maomao, le dedicó una sonrisa afable.
—Me gustaría que el barco zarpase pronto.
—...
Maomao dirigió la vista hacia la cubierta y divisó a Lahan, quien aguardaba con el balde en la mano mientras contemplaba el firmamento con desesperación. Al parecer, en aquel muelle tampoco habían hallado monturas disponibles que les permitieran proseguir por tierra.
Descendió del barco con desgana y se plantó frente al hombre del parche, quien seguía implorando con un patetismo poco decoroso, y el marinero, que parecía al borde de un ataque de nervios.
—Con su permiso.
—¿Eh?
Sin esperar una respuesta que pudiera considerarse afirmativa, Maomao retiró el pañuelo que cubría el rostro del hombre. Un solo vistazo bastó para confirmar que aquellas marcas eran vestigios de un pasado remoto. Al observar el globo ocular del flanco afectado, advirtió que no enfocaba correctamente; la asimetría de sus pupilas sugería que la visión de ese lado se habría perdido para siempre.
—Este hombre no está enfermo. Le han quedado las cicatrices, pero no contagiará a nadie.
Al menos, no tenía viruela. Si albergaba otra dolencia, Maomao decidió que ya no era de su incumbencia.
—...
El marinero, con un gesto de profundo desagrado, tomó la bolsa de seda con la punta de los dedos. Al volcarla, el tintineo de las monedas certificó la solvencia del extraño.
—¿Hasta dónde vas?
—¡A la capital! ¡A la capital, a la capital! —exclamó con el entusiasmo de un palurdo deslumbrado por las luces de la gran ciudad, agitando los puños con fervor—. ¡Y una vez allí, fabricaré un montón de medicinas!
—¿Medicinas? —preguntó Maomao, sorprendida. Fue la única que reaccionó ante sus palabras.
—¡Sí! Aunque mi apariencia no lo sugiera, ¡soy experto!
Acto seguido, extrajo un voluminoso fardo de entre su sucio sobretodo. Al abrirlo, una fragancia peculiar y compleja se difundió por el aire. Maomao tomó un recipiente de cerámica del interior y, al destaparlo, halló un ungüento. Ignoraba si la fórmula sería efectiva, mas la manufactura era de una exquisitez técnica absoluta: las hierbas estaban pulverizadas con una uniformidad magistral y la consistencia de la pasta era perfecta. Más allá de la alquimia de las plantas, tan esmerada elaboración garantizaba una estabilidad de calidad poco común.
Maomao volvió a observar al individuo con detenimiento. Este, con una sonrisa cándida, intentaba promocionar su mercancía ante el marinero:
—¿No quieres un poco? ¡Es bueno para el mareo!
Por supuesto, el marinero no albergaba la menor intención de realizar transacción alguna.
—¡Qué tacaño! Podrías comprarme algo, anda.
El desconocido entregó los fondos al marinero y, por fin, obtuvo permiso para embarcar. En ese instante, dirigió la mirada hacia Maomao y le sonrió con efusión.
—¡¡¡Muchísimas gracias!!! ¡Me has ayudado mucho! ¡Te daré medicina para el mareo como agradecimiento!
Su registro lingüístico era tan infantil que resultaba del todo incongruente con su fisonomía.
—No hace falta. Yo no me mareo.
—¿Ah, no? Qué pena.
Justo cuando el hombre se disponía a guardar su preciada medicina, un grito estentóreo restalló a sus espaldas:
—¡¡¡Espera!!!
Lahan venía corriendo del barco con una vitalidad inusitada, movido por la desesperación de la náusea.
—Dame... La medicina para el mareo... Dámela a mí, por favor —suplicó, jadeando por el esfuerzo del breve trayecto.
«Tiene buen oído cuando le conviene», pensó Maomao mientras regresaba al navío, dispuesta a reemprender la marcha.
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
Al considerar que tales cuitas no le concernían, Maomao desvió su atención y se entregó al estudio de la ciudad. Haciendo uso del estipendio que le había sustraído con astucia a Lahan, se aprovisionó de diversos géneros y especias cuya adquisición resultaba difícil fuera de los confines de aquella región occidental.
Se sentía hastiada ante la perspectiva de verse sometida una vez más al incesante traqueteo del carruaje; no obstante, se percató de que la ruta de regreso difería de la de ida. El sendero no resultaba familiar y, tras un tiempo de marcha, se hallaron frente a la ribera de un río de cauce generoso.
—He pensado que volveremos en barco —anunció Lahan con parsimonia.
Según explicó el oficial, durante el periodo estival el curso alto del río recibía el embate de la estación de lluvias, lo cual incrementaba el caudal y permitía la navegación de navíos de mayor calado. Era un fenómeno estacional, pues en la época de sequía el lecho podía quedar reducido a la nada.
En términos de distancia, el rodeo era considerablemente mayor que el trayecto a caballo; sin embargo, al navegar en favor de la corriente, no era imperativo realizar altos en el camino ni efectuar el relevo de las monturas, permitiendo así un avance ininterrumpido. Además, los vientos estacionales propiciaban una velocidad envidiable. Curiosamente, el viaje inverso (ascendiendo el río) resultaba inviable por la resistencia del agua y los vientos en contra, motivo por el cual el carruaje seguía siendo la opción más veloz para la ida.
«Un barco, ¿eh?», reflexionó Maomao con cautela.
Lahan abonó el importe del pasaje y se dispuso a embarcar. La tripulación estaba compuesta por hombres de facciones rudas y complexión robusta, algo consustancial a un oficio que exigía tal fortaleza física. Dado que contaban con sus propios escoltas, Maomao prefirió confiar en que los marineros no cometerían la felonía de despojarlos de sus pertenencias para luego entregar sus cuerpos a las profundidades del río. Al advertir la suspicacia en la mirada de la joven, Rickson esbozó una sonrisa conciliadora.
—Esta embarcación pertenece a uno de los socios comerciales de Lahan.
—...
En otras palabras, le estaba indicando que la tripulación era de absoluta confianza y podía embarcar sin temor a acechanzas. Sin otra alternativa, Maomao subió a bordo, dispuesta a dejarse mecer por las aguas.
—Oye, ¿no tendrás algo para el mareo?
Quien profería tales palabras, aferrado a un balde y con el rostro lívido, era Lahan. A escasa distancia, Rickson aguardaba con idéntico semblante cerúleo. Se hallaban confinados en un angosto camarote; dado que la nave apenas contaba con dos estancias de este tipo, el resto de los pasajeros se hacinaba allí, compitiendo en palidez unos con otros.
—Ya te lo di hace un rato, pero ha sido para nada.
Maomao se la había proporcionado con la mejor de las intenciones, pero el estómago de Lahan la había rechazado de inmediato, sin conceder tiempo a que los principios activos hicieran efecto. La boticaria había elaborado tónicos contra el mareo previendo los vaivenes del carruaje, mas nunca imaginó que el escenario de su administración sería el lecho de un río.
Lahan había argumentado que el avance ininterrumpido acortaría la travesía; sin embargo, ello implicaba, en esencia, que el balanceo no concedería tregua alguna. Resultaba paradójico que un hombre capaz de tolerar el trote de los caballos fuera vencido por el suave mecer de las aguas.
«En parte, comprendo su desdicha», reflexionó ella mientras acompasaba el movimiento de su cuerpo al vaivén de la quilla. En los ríos de caudal variable, no es infrecuente que las lluvias repentinas provoquen avenidas; en otras palabras, el cauce se mostraba inusitadamente turbulento.
—¡Uuuaaaagh!
Maomao inclinó su cuerpo hacia el flanco opuesto con presteza. El aire del camarote, saturado por el hedor de los vómitos, empezaba a resultarle insoportable. Anhelaba salir a cubierta, pero se le había conminado a permanecer en el interior; un paso en falso bajo aquel oleaje podría arrojarla sin remedio a las profundidades.
—¿Cómo es que tú permaneces impasible ante este suplicio? —inquirió Lahan con una nota de resentimiento.
—¿Tal vez se deba a que poseo la misma resistencia que demuestro ante el alcohol?
Lahan la fulminó con la mirada, carcomido por la envidia al ver que ella no mudaba el color. Aquel hombre, a decir verdad, carecía de la resistencia necesaria para beber más de dos copas de alcohol.
La embarcación descendía río abajo y, conforme el cauce ganaba en amplitud, realizaban transbordos a naves de mayor envergadura. Paso a paso, se aproximaban al gran río, repitiendo el proceso hasta alcanzar su destino.
—¡No volveré a subirme a un barco nunca más! —exclamaba Lahan con el rostro demacrado. Sin embargo, ante la imposibilidad de hallar un carruaje adecuado en aquellas latitudes, no le quedaba más opción que someterse al siguiente transbordo.
Fue precisamente durante los preparativos para abordar la tercera nave cuando un estruendo sordo rasgó el aire. Maomao, intrigada, divisó a un individuo desplomado sobre el muelle. Un marinero, movido por la duda, ayudó al accidentado a incorporarse. Se trataba de un hombre ataviado con un sobretodo ajado y castigado por el tiempo.
—Oye, muchacho, ¿te encuentras bien?
Al alzarle el rostro, el marinero ahogó un gemido de espanto. A juzgar por la nobleza de su perfil y el arco definido de sus cejas, aquel hombre debió de haber gozado de una gran belleza en su juventud. No obstante, la mitad de su rostro estaba devastada por las cicatrices de la viruela. Si sus facciones se inscribieran en un círculo, las marcas y la piel indemne dibujarían la silueta de un pez del ying y el yang.
El marinero soltó al desconocido casi con desdén, y este se puso en pie con pasos vacilantes.
—Te ruego que me disculpes... ¿Podrías dejarme subir a tu barco?
El hombre esbozó una sonrisa que deformaba aún más su semblante. En la mano que tendía, se apreciaba una bolsa de seda que tintineaba con el peso de las monedas. Era joven, un varón de unos veinticinco años.
—¡¿Tú?! ¿No tendrás alguna enfermedad contagiosa?
El marinero que lo había socorrido realizaba gestos bruscos, como si pretendiera sacudirse cualquier rastro del contacto con el hombre. El desconocido, sin perder su sonrisa bovina, se palpó el rostro desfigurado.
—Ah...
Asintió como quien comprende una verdad evidente y se acuclilló. Con la caída, se le había desprendido una prenda; a sus pies yacía un pañuelo. Lo recogió, lo dobló en forma de triángulo y se cubrió con él la mitad del rostro, simulando un parche improvisado.
—¡Lo sabía! ¡Eso es viruela! ¡Es la peste negra!
La viruela era una dolencia pavorosa que cubría el cuerpo de pústulas purulentas. Se decía que era capaz de aniquilar naciones enteras debido a su extrema virulencia y su facilidad de contagio a través del aire, incluso por la tos o los estornudos de los enfermos. El hombre soltó una risotada estúpida y se rascó la piel con descuido.
—Ja, ja, ja. ¡No hay de qué preocuparse! Solo son las secuelas. Padecí el mal hace tiempo, mas ahora estoy como un roble. ¡Mira, mira!
—¡¿Qué dices?! ¡Si acabas de caerte redondo! ¡Atrás, no te acerques!
Ante la advertencia del marinero, todos los presentes tomaron distancia. Maomao entornó los ojos, observando la escena con detenimiento boticario.
—¿Ocurre algo?
Rickson, que ya se encontraba a bordo tras haber estibado el equipaje con una diligencia que recordaba sobremanera a Gaoshun, se acercó para inquirir sobre el alboroto. La boticaria decidió apodarlo mentalmente «Gaoshun n.º 2».
—Aquel hombre del parche quiere subir, pero los marineros se niegan porque sospechan que está enfermo —respondió Maomao con parquedad.
Rickson observó al joven con un murmullo de curiosidad. De no mediar las marcas que desfiguraban su piel, se trataría de un varón de gran atractivo. Además, su forma de hablar resultaba inusualmente ligera para su aspecto.
—¿Hay algún inconveniente? ¿Acaso no tiene dinero suficiente para el pasaje?
—Parece tener dinero, pero tiene marcas de viruela en la cara y los marineros temen que siga enfermo.
—¿Y lo está? —inquiró Rickson, entornando los ojos con suspicacia.
—Hum...
Desde aquella distancia no se distinguía bien. Se apreciaban las cicatrices, mas estas no presentaban la supuración característica de la fase activa. Lo más probable era que el joven dijera la verdad: debían de haber transcurrido años desde que el virus abandonó su cuerpo. Ahora bien, Maomao sabía que, de intervenir para esclarecer la situación, solo cabía un desenlace: verse envuelta en otra complicación. Visto lo visto, el desconocido no parecía dispuesto a rendirse y se aferraba a las vestiduras del marinero.
—Por favor... ¡Dejadme subir...! ¡No seáis malos...!
—¡Suéltame de una vez! ¡Y no insistas más! ¡Que me vas a pegar tus pústulas!
—¡Qué crueldad! ¡Esto es discriminación! ¡Mi salud es de hierro!
En circunstancias normales, un hombre gallardo con el rostro marcado por la tragedia poseería un aura de melancolía poética, mas tal descripción resultaba ajena a este individuo. Se hallaba enredado en las rudas extremidades del marinero, negándose a soltarlo. El resto de la tripulación anhelaba socorrer a su camarada, pero el pavor al contagio los mantenía paralizados. A ese ritmo, el navío jamás soltaría amarras.
Rickson, quizá interpretando la resignación en el semblante de Maomao, le dedicó una sonrisa afable.
—Me gustaría que el barco zarpase pronto.
—...
Maomao dirigió la vista hacia la cubierta y divisó a Lahan, quien aguardaba con el balde en la mano mientras contemplaba el firmamento con desesperación. Al parecer, en aquel muelle tampoco habían hallado monturas disponibles que les permitieran proseguir por tierra.
Descendió del barco con desgana y se plantó frente al hombre del parche, quien seguía implorando con un patetismo poco decoroso, y el marinero, que parecía al borde de un ataque de nervios.
—Con su permiso.
—¿Eh?
Sin esperar una respuesta que pudiera considerarse afirmativa, Maomao retiró el pañuelo que cubría el rostro del hombre. Un solo vistazo bastó para confirmar que aquellas marcas eran vestigios de un pasado remoto. Al observar el globo ocular del flanco afectado, advirtió que no enfocaba correctamente; la asimetría de sus pupilas sugería que la visión de ese lado se habría perdido para siempre.
—Este hombre no está enfermo. Le han quedado las cicatrices, pero no contagiará a nadie.
Al menos, no tenía viruela. Si albergaba otra dolencia, Maomao decidió que ya no era de su incumbencia.
—...
El marinero, con un gesto de profundo desagrado, tomó la bolsa de seda con la punta de los dedos. Al volcarla, el tintineo de las monedas certificó la solvencia del extraño.
—¿Hasta dónde vas?
—¡A la capital! ¡A la capital, a la capital! —exclamó con el entusiasmo de un palurdo deslumbrado por las luces de la gran ciudad, agitando los puños con fervor—. ¡Y una vez allí, fabricaré un montón de medicinas!
—¿Medicinas? —preguntó Maomao, sorprendida. Fue la única que reaccionó ante sus palabras.
—¡Sí! Aunque mi apariencia no lo sugiera, ¡soy experto!
Acto seguido, extrajo un voluminoso fardo de entre su sucio sobretodo. Al abrirlo, una fragancia peculiar y compleja se difundió por el aire. Maomao tomó un recipiente de cerámica del interior y, al destaparlo, halló un ungüento. Ignoraba si la fórmula sería efectiva, mas la manufactura era de una exquisitez técnica absoluta: las hierbas estaban pulverizadas con una uniformidad magistral y la consistencia de la pasta era perfecta. Más allá de la alquimia de las plantas, tan esmerada elaboración garantizaba una estabilidad de calidad poco común.
Maomao volvió a observar al individuo con detenimiento. Este, con una sonrisa cándida, intentaba promocionar su mercancía ante el marinero:
—¿No quieres un poco? ¡Es bueno para el mareo!
Por supuesto, el marinero no albergaba la menor intención de realizar transacción alguna.
—¡Qué tacaño! Podrías comprarme algo, anda.
El desconocido entregó los fondos al marinero y, por fin, obtuvo permiso para embarcar. En ese instante, dirigió la mirada hacia Maomao y le sonrió con efusión.
—¡¡¡Muchísimas gracias!!! ¡Me has ayudado mucho! ¡Te daré medicina para el mareo como agradecimiento!
Su registro lingüístico era tan infantil que resultaba del todo incongruente con su fisonomía.
—No hace falta. Yo no me mareo.
—¿Ah, no? Qué pena.
Justo cuando el hombre se disponía a guardar su preciada medicina, un grito estentóreo restalló a sus espaldas:
—¡¡¡Espera!!!
Lahan venía corriendo del barco con una vitalidad inusitada, movido por la desesperación de la náusea.
—Dame... La medicina para el mareo... Dámela a mí, por favor —suplicó, jadeando por el esfuerzo del breve trayecto.
«Tiene buen oído cuando le conviene», pensó Maomao mientras regresaba al navío, dispuesta a reemprender la marcha.
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