
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
Tras quedar impresionada por las representaciones de la Doncella Blanca, Yakou buscó con ahínco el contacto directo. El fruto de su persistencia fue una audiencia en la que la doncella, supuestamente, le leyó el futuro.
—Hay algo a tu lado que te causará una desgracia —le advirtió—. Podría ser alguien cercano, o tal vez de tu propia sangre. Sí, es de tu familia, sin duda. ¿No tienes a nadie en mente?
Era una retórica de una ambigüedad calculada, diseñada con el único fin de escrutar la reacción de la víctima. Se trataba de un método común entre estafadores: ofrecer un abanico de posibilidades y, ante la mínima señal de reconocimiento del interlocutor, tejer el relato en esa dirección.
Quizá la ingenua Yakou ya albergaba sentimientos de profunda animadversión hacia la hija de la antigua concubina. En la intimidad del hogar, trataba a su hermanastra con un desprecio visible, temerosa de que, por un capricho del destino, la consorte Lishu lograra concebir un heredero del Emperador. La paranoia, una vez sembrada, tiende a ramificarse sin mesura, y la Dama Celestial se encargó de alimentar aquel terreno fértil. La historia, en suma, se repetía una vez más.
Tras evocar la figura de su hermana, Yakou pronunció un anhelo envenenado:
—Ojalá desapareciera...
Ante aquel susurro, la Dama Celestial le dedicó una sonrisa enigmática y, sin mediar palabra, le hizo entrega de un monigote de papel.
«Qué cosa más sutil», reflexionó Maomao. Quien rinde culto a la adivinación es, por definición, vulnerable a la sugestión de las maldiciones. Si la inocente Yakou tuvo noticia del atentado sufrido por la consorte Lishu poco después de recibir el amuleto, debió de creer que su maleficio había cobrado vida. Pero, ¿cómo pudo ignorar el riesgo de que Jinshi dirigiera sus sospechas hacia ella? «Su estupidez no conoce límites», determinó la boticaria.
A pesar de que la Dama Celestial había cesado sus apariciones públicas, los canales de comunicación permanecían abiertos para los iniciados. Yakou, tras informar con premura de que la sombra de la sospecha se cernía sobre ella, recibió una misiva detallada. En aquel pliego se consignaban, paso a paso, las instrucciones para su huida: debía abandonar la mansión camuflada entre las plañideras, bajo la promesa de que sería acogida por los acólitos de la profeta una vez cruzado el umbral.
Tras escuchar la exposición de los pormenores del asunto, quien mostraba un mayor agotamiento era el hermano de Yakou.
—¿No fuiste tú quien contrató a los sicarios...? —murmuró, con la voz quebrada.
El joven, bajo el temor de que el castigo por el ataque a la consorte Lishu fuera colectivo y aniquilara a toda su estirpe, colaboró en la fuga tal como su hermana le imploró. Fue él quien orquestó el despliegue de las plañideras para facilitar el engaño. En cuanto a Uryuu, el patriarca permaneció en un silencio imperturbable. Si se daba crédito a los testimonios, los cómplices se reducían a los dos hermanos; mas el hecho de que el padre identificara un cadáver ajeno como el de su propia hija planteaba una duda inquietante: ¿fue un error fruto de la premura o un acto deliberado para cerrar el caso porque ya sospechaba algo?
Maomao se había retirado de nuevo al rincón de la habitación, ocultándose de Uryuu y los suyos ahora que sus heridas habían sido tratadas. Ignoró las miradas furtivas que le lanzaba la joven. Si bien la práctica de la hechicería a la que había recurrido Yakou era una falta grave, su castigo dependía de la voluntad de quien dictara sentencia. Por fortuna, ni el Emperador ni Jinshi eran hombres dados a las supersticiones. Podía leerse la mala fe en sus actos, pero resultaba difícil tratarlos como una ejecución material del crimen. No obstante, existía un escollo insalvable:
—¿Así que le contó todo sobre la consorte a aquella mujer? —inquirió Jinshi, señalando otra falta ineludible.
El problema era la violación del deber de confidencialidad y el hecho de que todavía mantuviera vínculos con la Dama Celestial. Antes de que el noble pudiera profundizar en aquel punto, Uryuu tomó la palabra, interrogando a su hija con una pronunciación entorpecida por sus heridas:
—¿Y cómo te ponías en contacto con ella? —fue el padre quien interrogó a su hija. Tenía algunos dientes rotos, por lo que su pronunciación era algo confusa y sibilante.
—Es que... me dijo que no se lo contara a nadie.
—Si no lo cuentas, nos ejecutarán a todos.
Al oír la mención de la pena capital, Yakou sufrió un espasmo de terror que recorrió todo su cuerpo.
—P-Pero... la Dama Celestial me advirtió que no debía romper el silencio bajo ninguna circunstancia.
—¿Es que has olvidado la suerte que corrió el Clan Shi? —sentenció Uryuu, evocando la aniquilación total de aquella poderosa familia tras su rebelión contra el trono.
Yakou ahogó un grito de puro terror, mientras su hermano perdía el último rastro de color en su rostro. Jinshi, por su parte, mantenía una expresión amarga, cargada de una pesadumbre que no lograba ocultar del todo. Tras él, apostado en diagonal, se hallaba un subordinado distinto a Bashin, quien permanecía impertérrito en su puesto de guardia. Era de suponer que el joven Bashin recibiría más tarde una severa amonestación por parte de Gaoshun, debido a su desmedido arrebato de violencia.
Llegados a este punto, Maomao recordó haber oído que Uryuu era un hombre dotado de un talento excepcional para las transacciones y la estrategia; fue entonces cuando el mercader hizo gala de su verdadera destreza. Se acarició la mejilla deformada por los golpes, sumido en sus pensamientos. ¿Qué propósito perseguía al invocar el funesto nombre del Clan Shi en presencia del Hermano Imperial?
—Parece ser que todavía hay muchas cosas que se desconocen sobre esa supuesta Dama Celestial —dijo Jinshi.
El noble conservaba una serenidad imperturbable en su semblante, como si la gravedad de las implicaciones no lograra perturbar su ánimo, aunque Maomao sospechaba que, en su fuero interno, debía de estar conteniendo una risa cargada de cinismo.
—Yakou. Cuéntalo todo.
—P-Pero, padre...
—¡Suéltalo ya!
Ante la autoridad tajante de su progenitor, Yakou no halló más salida que asentir con un gesto trémulo. Jinshi entrelazó sus manos ocultándolas en las amplias mangas de su túnica y dirigió una mirada cargada de cierta altanería hacia Uryuu.
—No albergue la esperanza de que pueda exonerar a su familia de toda culpa basándome únicamente en la información que esta joven sea capaz de proveer.
En otras palabras, Uryuu estaba intentando orquestar una suerte de pacto judicial, utilizando el testimonio de su hija como moneda de cambio para mitigar la sentencia por alta traición. El mercader esbozó una sonrisa insondable en su rostro desfigurado; en aquel instante, sus facciones no eran las de un funcionario de la corte, sino las de un comerciante avezado que negocia su propia supervivencia.
—Sí, lo entiendo perfectamente. No obstante, permítame confirmar un detalle.
—¿Cuál?
—He oído que el año pasado la dama de compañía principal de la consorte Lihua abandonó el palacio interior de forma precipitada. ¿Podría decirme por qué motivo?
Uryuu había dado en el clavo. Aquel incidente referente a Fengming, quien fue hallada culpable de administrar los polvos de maquillaje tóxicos a la consorte Lihua, se gestionó bajo el más estricto secreto, mas los individuos dotados de una perspicacia superior siempre terminaban por desentrañar los hilos ocultos de la corte. Gracias a la benevolencia de la consorte, quien debería haber afrontado una ejecución por su negligencia, recibió como único castigo el destierro del palacio. Uryuu sugería así un precedente: si una falta tan grave se saldó con clemencia, su hija Yakou podría aspirar a una merced similar. Al fin y al cabo, conociendo el carácter dócil y abnegado de la consorte Lishu, resultaba improbable que la joven víctima exigiera la pena máxima para su propia hermanastra, por muy merecida que esta fuera. Ante tal audacia, la mirada de Jinshi se tornó gélida de repente.
—¿Y qué tiene eso que ver con lo que nos ocupa?
—Ninguna en particular. Le ruego que me disculpe. He hablado más de la cuenta.
Uryuu se retractó con cautela, mientras sus hijos sentían un escalofrío ante la frialdad que emanaba de Jinshi. Pese a los rumores que circulaban sobre él en los mentideros de la capital, resultaba evidente que este tal Uryuu poseía la astucia necesaria para ser un hueso duro de roer.
—Sobre el asunto de esa mujer apodada como la Doncella Blanca, relatarás todo cuanto seps sin reserva alguna —sentenció Jinshi, dirigiéndose a Yakou—. Si osas ocultar el más mínimo detalle, os aseguro que lamentaréis vuestra deslealtad.
—A sus órdenes —respondió Uryuu, ejecutando una profunda reverencia.
Sus hijos, aún presa de los temblores, imitaron el gesto paterno y abandonaron la estancia escoltados por los guardias para ser conducidos ante los interrogadores oficiales; allí debían revelar las rutas de comunicación que mantenían con los fanáticos de la Doncella Blanca antes de que la información pudiera filtrarse a otros funcionarios o cómplices.
—Salid vosotros también —ordenó Jinshi, dirigiéndose a los subordinados que aún permanecían en la sala.
Los guardias se retiraron con un gesto de resignación, dejando la estancia sumida en un silencio sepulcral, solo roto por la presencia de Maomao, que aguardaba en su rincón.
—Oye. Sal ya.
En cuanto la estancia quedó despojada de presencias ajenas, Jinshi convocó finalmente a Maomao. Ella emergió de su escondite con pasos cautelosos y sutiles.
—Más que un gato, pareces un ratón —comentó él, haciendo referencia a su nombre.
—No soy ni lo uno ni lo otro —replicó Maomao.
Jinshi, con la fatiga grabada en cada surco de su semblante, se dejó caer sobre la mesa. Mantenía las piernas extendidas en una postura de lo más descuidada, carente de todo protocolo.
—No es propio de alguien de su posición estar así; tendré que llamar al señor Gaoshun.
—Gaoshun vendrá pronto, pero para darle una tunda a Bashin.
Dicho esto, Jinshi señaló el asiento frente a él, invitando a Maomao a sentarse. Ella acató la indicación. A diferencia de la tensión eléctrica que impregnaba el aire momentos antes, ahora flotaba en la estancia una atmósfera de relativa distensión. Pese a hallarse a solas, ambos mantenían el tono de voz en un murmullo contenido.
—Siento lo de Gaoshun, pero, al menos, todo ha terminado bien.
Se refería al desenlace del conflicto con el Clan U. Analizado de forma aislada, el arrebato de violencia de Bashin podría tildarse de imprudencia, pero para zanjar las cuentas pendientes en este asunto, Maomao juzgaba que aquel incidente había sido providencial. Al fin y al cabo, la resolución que Jinshi dictaría respecto al clan estaba predestinada a la indulgencia.
—Desde el principio, el Emperador no deseaba imponer castigos. Y, por encima de todo, mi madre no lo perdonaría.
Era la primera ocasión en que Maomao escuchaba a Jinshi aludir a su madre de forma tan directa. Dedujo que se refería a la Emperatriz Viuda, aunque le resultó inusual percibir tal término de sus labios.
—Le dolió mucho lo ocurrido con el Clan Shi. Hasta el último momento, suplicó a mi hermano que les conmutara la pena.
Por más que una madre lo implore, eso resultaba imposible. Si se ejerciera una piedad mal entendida, podrían germinar nuevos focos de insurrección en otros confines, derivando en una tragedia de proporciones mayores. Aunque, pensándolo bien, comprendía que las semillas del conflicto son una maleza imposible de erradicar, por mucho que se intente desbrozar el camino.
Oficialmente, el Clan U no sería objeto de una sentencia draconiana. Sin embargo, tras haber oficiado un funeral tan pomposo, les resultaría imposible declarar que su hija aún pertenecía al mundo de los vivos.
«¿Qué destino le aguarda a esa joven?», se cuestionó Maomao. A diferencia de la consorte Lishu, Yakou parecía una doncella que había florecido entre algodones, por lo que su capacidad para afrontar las asperezas de la realidad era, cuanto menos, dudosa. «En fin, se lo ha buscado ella sola...», dictaminó en su fuero interno. Si viviría oculta para siempre en la mansión o si partiría hacia tierras ignotas para consumir sus días en el anonimato, era una cuestión que a Maomao no le incumbía en absoluto.
Bajo aquel barniz de calma, Maomao sintió que el cansancio comenzaba a reclamar su tributo y estuvo a punto de abandonar su compostura con un bostezo. La jornada lucía espléndida y la idea de entregarse a una siesta entre el frescor del jardín se antojaba un deleite irresistible. Por tal motivo, su deseo más apremiante era obtener la venia para retirarse, mas Jinshi continuaba desparramado sobre la mesa en un abandono tal que le impedía cualquier movimiento. «¿Se habrá quedado dormido?», caviló. Justo cuando se disponía a propinarle un toquecito para certificar su estado, el noble irguió la cabeza de forma súbita.
—¿No estarás intentando darme un capirotazo?
—No sé de qué me habla —replicó ella con presteza—. Por cierto, ¿puedo retirarme ya?
—Podrías quedarte un poco más —respondió Jinshi, observándola con los ojos entornados.
—No es que tengamos mucho de qué hablar.
«¿Por qué me escruta con esa mirada?», se cuestionó la boticaria. Jinshi adoptó entonces la expresión propia de un infante caprichoso, una mezcla de vulnerabilidad y demanda que a Maomao siempre le resultaba desconcertante.
—¿No tienes nada que contarme?
—¿Qué tipo de cosas quiere que le cuente, exactamente?
Si su intención era que ella lo amenizara con anécdotas ligeras, Maomao prefería que la dejara en paz. Para alguien como ella, cuyos chascarrillos procedentes de los burdeles del barrio del placer solían ser recibidos con incomprensión, tal petición resultaba excesiva.
—No sé, háblame del tiempo, o cuéntame qué has estado haciendo últimamente.
—Hoy hace un día soleado. El aire está seco, así que sería un día ideal para hacer la colada. En cuanto a mis quehaceres, últimamente me he dedicado a conseguir ingredientes para las medicinas que se agotaron durante mi ausencia, a prepararlas y a educar a Chue. Sus travesuras se están pasando de castaño oscuro, así que aprovecho la ocasión para solicitar un aumento de la pensión para su crianza. A ser posible, ruego que el estipendio me sea entregado de forma directa a mí y no a través de la Casa Verdigris. Y si puede ser, en lugar de dinero, preferiría medicinas del extranjero.
—Eso es un informe de trabajo —observó Jinshi con un matiz de ironía—. Y sobre la pensión, Gaoshun me notificó que le habíais pedido una cantidad desorbitada.
«Vaya con la vieja», reaccionó ella para sus adentros. Puesto que la madame confiscaba cualquier emolumento antes de que llegara a sus manos, ella ignoraba la cuantía exacta que se estaba percibiendo por la manutención del niño. Suponía que se trataría de una cifra unas tres veces mayor que su salario habitual, pero al parecer la anciana había tensado la cuerda mucho más allá. «La codicia acabará con ella algún día», sentenció Maomao.
—...
Jinshi, aún manteniendo su postura indolente sobre el escritorio, miraba a Maomao de reojo.
—¿Cómo puedes actuar con tanta normalidad?
—¿A qué se refiere?
Al reflexionar sobre ello, advirtió que hacía tiempo que no entablaba una conversación genuina con él. Hasta aquel momento, sus diálogos se habían limitado estrictamente al laberinto de intrigas del Clan U y a las precisiones técnicas del caso. No compartían un instante de tal intimidad desde aquel encuentro en la botica, poco antes de su partida hacia el oeste. Si permitía que su memoria rescatara lo que aconteció en aquella ocasión...
—Puesto que a mí no me preocupa lo más mínimo, no es necesario que se inquiete, señor Jinshi.
—¿Q-Que no te preocupa...? —la mirada de Jinshi se ensombreció, herida por una incredulidad punzante—. No, vamos a ver... ¿No te importó nada? ¿Indiferencia absoluta?
—Así es. ¡Ah! Gracias por el terciopelo de ciervo —añadió Maomao de forma abrupta, como quien cumple con un formalismo—. Ya lo he rallado y he empezado a macerarlo. Tal y como dicen de las medicinas milagrosas, su eficacia es asombrosa. Les di apenas un sobrecito a unos cuantos clientes exclusivos y parece que la voz se ha corrido; se está vendiendo muy bien. Puse un precio bastante alto, pero parece que hay muchos caballeros que ansían recuperar el vigor y están dispuestos a entregar cualquier suma. Si no es indiscreción, me complacería conocer el conducto por el cual lo obtuvo. ¿Podría decírmelo?
—¡Pero bueno! ¿Para qué propósito lo estás usando? Y además, ¡de repente te has vuelto mucho más habladora que antes!
«¿Acaso lo adquirió solo por su rareza, ignorando sus facultades como tónico viril?», reflexionó ella. En tal caso, decidió que pondría a la venta la porción que había reservado para el propio Jinshi; era evidente que, con su juventud y su actual estado de agitación, no precisaría de estímulos adicionales.
—¡No, no es a eso a lo que me refiero! —voceó Jinshi mientras erguía la cabeza. El carmín comenzaba a teñir el lóbulo de sus orejas—. ¿Es que no sientes ni un poco de... rubor ante la persona con la que te has... besado? —pronunció la última palabra con un leve y atropellado tartamudeo.
—Por más que insista en ello, si permitiera que me preocupara cada detalle así, no podría hacer mi trabajo.
En el barrio del placer, aquello era el pan de cada día. Era un lugar donde el apareamiento humano sucedía con una frecuencia superior al de los insectos; un intercambio de fluidos y suspiros que Maomao analizaba con la frialdad de quien observa una reacción química.
—¿Tu trabajo...? —repitió él, desconcertado.
—Si el pudor me hubiera atenazado ante la consorte Lihua, no habría podido cumplir con mi labor con éxito.
—¡¿Y qué tiene que ver aquí la consorte Lihua?!
Jinshi la escrutaba con una expresión de absoluto extravío. La boticaria, impasible, prosiguió con su explicación técnica:
—La consorte Lihua estaba postrada por la enfermedad y no podía comer por sí misma, ¿no se acuerda?
Puesto que la dama ni siquiera intentaba llevarse el alimento a los labios, Maomao tuvo que recurrir a medidas drásticas para asegurar su supervivencia. Jinshi, al imaginar el procedimiento empleado, golpeó la mesa con una vehemencia que hizo tintinear los tinteros.
—¡O-Oye! ¡La consorte Lihua es una mujer!
—Por eso mismo. De haber sido un caballero, el dilema ético habría sido de otra naturaleza.
—¡No, no es eso!
Maomao comprendía el matiz romántico que él buscaba desesperadamente, pero en aquel momento estaba desesperada. Si la consorte Lihua hubiera fallecido, estaba convencida de que su cabeza habría terminado adornando una pica. Mientras las damas de compañía proferían alaridos de histeria a su alrededor, ella se vio obligada a repartir algún que otro puntapié para despejar la estancia de estorbos y obligar a la enferma a recibir el nutriente.
—Gracias a eso se recuperó, así que el fin justifica los medios.
—...
La consorte Lihua volvía a sostener a un nuevo príncipe en sus brazos. ¿Quién habría podido imaginarlo dada la situación de aquel entonces? Maomao estaba convencida de que no se había equivocado en lo que hizo.
Jinshi volvió a dejar caer la cabeza con pesadez sobre la madera. En esa postura de rendición, hizo un gesto apenas perceptible para que ella se aproximara.
—¿Quiere que nos demos otro beso? —le consultó ella, con la misma naturalidad con la que ofrecería un té.
—¡No tengo ánimos para eso!
A pesar de su protesta, Jinshi rodeó suavemente la cintura de la joven y atrajo su cuerpo hacia sí. No hubo más pretensiones; se limitó a buscar refugio en un abrazo. Maomao pensó que parecía a cuando el mocoso impertinente se ponía mimoso en momentos de fragilidad. Aunque jamás recuperaría los recuerdos de su niñez perdida, el vacío de lo que se le había arrebatado parecía supurar en instantes como esos. Últimamente solía dormir abrazado a esa bola de pelo desagradable llamada Miaumiau para distraerse; después de todo, el animal poseía una utilidad que ella no había apreciado.
Maomao se preguntó si Jinshi, al igual que aquel niño de diez años, también sentía la necesidad de buscar consuelo en alguien.
—¿Durará mucho tiempo? —preguntó, sintiendo el calor del noble a través de las capas de seda.
—Espera hasta contar cien.
«Eso es bastante tiempo», razonó. El peso de la cabeza Jinshi sobre su hombro comenzaba a ser notable y la postura forzada amenazaba con entumecer sus extremidades. Aun así, decidió transigir ante el capricho.
—Uno, dos, tres...
—No cuentes en voz alta —protestó él con un hilo de voz.
«A ver si se aclara», le increpó mentalmente. La boticaria aguardó con paciencia, mientras su mente analítica empezaba a trazar un plan para encasquetarle la gata a Jinshi; pues el animal parecía ser bueno para cubrir su necesidad de afecto.
(NT: Hemos traducido el título como «Obra y servicio de la gata» porque, en el título original, que sería algo así como «Negociaciones y utilidad de la gata», la autora juega con el término de «gata» con un doble sentido: para referirse a Maomao y a Miaumiau. Lo vincula con el pragmatismo de la protagonista para la resolución del conflicto de la hermanastra de Lishu y con la mascota, que sirve de consuelo emocional para Chue. Esto se explica al final del capítulo, por eso hemos dejado esta nota para el final. Por otro lado, con la parte de «negociaciones», la autora aludía directamente a lo que el señor Uryuu intenta orquestar con Jinshi para salvar a su familia. Esta parte la hemos obviado en la traducción porque lo de la gata daba más juego.)
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