17/02/2026

Los diarios de la boticaria 6 - 11




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 11
El Clan Luo

Los problemas irremediablemente tediosos siempre suelen presentarse de la forma más repentina...

«Ya tengo el cupo más que lleno de complicaciones», reflexionó Maomao, aunque era plenamente consciente de que la hospitalidad forzosa era su única opción. Entornó los ojos y sometió a aquel individuo a un escrutinio implacable.

Rondaba la treintena y, pese a ser un hombre de porte distinguido y temperamento habitualmente sereno, en aquel instante carecía de su característica flema; se le veía exhausto. Su túnica, antaño impecable, se hallaba mancillada por el lodo y presentaba jirones que dejaban ver manchas de sangre, cuya humedad comenzaba a expandirse por el tejido. El corcel en el que había arribado, tras un esfuerzo que excedía sus fuerzas, se desplomó sobre el suelo, completamente agotado.

Que el hombre que ejercía como mano derecha del estratega militar del imperio se presentara en tal estado de degradación solo podía calificarse de anomalía alarmante. Debía de haber cabalgado impulsado por una urgencia desesperada, pues, tras él, no tardaron en aparecer los guardias de la puerta sur de la ciudad. Al haberse dirigido sin vacilación a la Casa Verdigris, era evidente que había irrumpido en el distrito sin detenerse ante autoridad alguna.

«¿Qué significa esto?», se preguntó. La boticaria había salido al exterior atraída por el estrépito de la conmoción, pero sabía que, en aquel barrio del placer, ella era el único vínculo de aquel hombre. Es decir, que había acudido expresamente en su busca.

Aquel oficial refinado, Rickson, cuya respiración era un estertor agónico, esbozó una efímera sonrisa de alivio y extrajo una misiva de entre los pliegues de su túnica. Acto seguido, la consciencia lo abandonó y se dejó caer sobre el suelo. Maomao recogió la carta mientras sus párpados se estrechaban en un gesto de sospecha.

—¿Qué debe de haber pasado...?

La madame hizo acto de presencia con el ceño fruncido en señal de irritación; parecía haber concluido su almuerzo recientemente, pues jugueteaba con un palillo entre los dientes. Maomao, por un instinto mimético, adoptó una expresión de idéntico desdén que la anciana.

—Oye, ¿puedes despachar de algún modo a esos guardias?

—¿Tienes dinero para darles? —replicó la vieja.

—Este debe de tener posibles. (NT: Maomao se refiere a que Rickson, que es un hombre de estatus en la corte, tendrá el dinero que la madame pide.)

Ante el comentario pragmático de Maomao, la regenta evaluó a Rickson con mirada de tasadora profesional. Confirmó que, bajo la costra de suciedad, la seda de la túnica era de una calidad suprema, y examinó la finura de sus facciones y la delicadeza de sus dedos. Había ladeado la cabeza con escepticismo inicialmente, pero pareció convencerse de la rentabilidad del asunto; emitió un gruñido de asentimiento y se dispuso a persuadir a los guardias con su particular elocuencia.

—Vaya, parece que vuelve a haber lío del bueno —comentó Ukyou a Maomao, mientras ella forcejeaba inútilmente para sostener el cuerpo inerte de Rickson.

El jefe de seguridad del burdel, compadecido, cargó con el oficial en su lugar y lo trasladó al interior de la botica.



Tras permitir que Ukyou lo acomodara en el suelo, Maomao procedió a despojar a Rickson de sus vestiduras con eficacia clínica. Le retiró la túnica y, cuando sus dedos se disponían a deshacer el ceñidor del pantalón, el guardia intervino para frenar su avance.

—Ten compasión y déjalo estar de cintura para abajo.

—Está inconsciente, ni se va a enterar. Además, aunque no tenga heridas abiertas, la ausencia de sangre no descarta que pueda tener contusiones.

A juzgar por lo que veía, las lesiones de Rickson eran heridas de flecha. Afortunadamente, solo le habían provocado laceraciones superficiales. La piel no mostraba signos de decoloración o edema, lo que reducía la probabilidad de que contuvieran veneno, pero Maomao no podía dejarlo así.

Ante la actitud imperturbable de la boticaria, que manipulaba el cuerpo del oficial como si de un fardo de hierbas se tratara, Ukyou se llevó una mano a la frente con resignación.

—Está bien... De acuerdo, yo me encargo de revisar la parte inferior. Terminaré enseguida, así que sal un momento.

—¿Pero qué te crees que soy? ¿Una damisela?

Maomao le dedicó una mirada impasible. ¿Realmente pensaba aquel hombre que ella, criada entre las sábanas sudadas de un burdel y familiarizada con las miserias más crudas de la anatomía humana, iba a morderse la lengua o a ruborizarse por un poco de piel masculina expuesta? Para ella, un hombre desnudo no era más que un mapa de músculos, vasos sanguíneos y posibles patologías; un objeto de estudio carente de cualquier aura pecaminosa.

—Este tipo es el subordinado del «señor zorro», ¿verdad? —insistió Ukyou—. Lo conozco. Si luego le acaban incordiando por esto, me daría pena el pobre. Además, ¿no deberías comprobar bien el contenido de esa carta?

Reconociendo la lógica del argumento, Maomao abandonó la botica con la carta que Rickson le había confiado. Se acomodó en la silla donde Lihaku solía tomar el té con las pequeñas aprendizas y rompió el sello. Lo que halló escrito era, una vez más, un asunto de lo más tedioso.

¿Cuál era el motivo por el que un oficial del ejército como Rickson buscaría refugio en un burdel cubierto de heridas? Sin duda, la capital contaba con puestos de guardia y facultativos oficiales a quienes implorar auxilio.

La misiva lo explicaba con claridad. Había sido redactada con antelación, previendo que, si el mensajero lograba alcanzar su destino, lo haría en condiciones tan precarias que no sería capaz de explicarse. La caligrafía delataba al autor al primer vistazo: era Lahan. Aquel hombre del ábaco escribía con una pulcritud que seguía una proporción matemática casi obsesiva. Era una letra excelente, de una elegancia académica, pero carente de cualquier rastro de calidez humana; su rasgo distintivo era precisamente esa perfección geométrica, fría como el mármol de un manual de escribas.

Al evocar a Rickson y a Lahan, una tercera figura, inevitable y sombría, emergió en su pensamiento. Maomao no pudo evitar que su semblante se contrajera en una mueca de vívido desagrado.

El contenido de la carta se resumía en una tragedia de errores: Rickson, Lahan y aquel otro, el viejo del monóculo, se habían personificado en cierta mansión. Una vez allí, fueron emboscados por los moradores de la casa y reducidos a la cautividad. Solo Rickson había logrado zafarse de sus captores para buscar ayuda, pero el núcleo del problema residía en la identidad de los señores de la casa.

Para Lahan, aquellos hombres eran su padre biológico y su abuelo; para Lakan, se trataba de su propio hermano y su progenitor. En definitiva, los captores no eran otros que los antiguos cabezas de familia que habían sido desterrados del Clan Luo por su ignominia. Con tal parentesco de por medio, era comprensible que hubieran optado por el auxilio discreto del barrio del placer en lugar de denunciar el asalto ante la justicia imperial, evitando así que el escándalo mancillara de nuevo el nombre del clan.



Rickson emergió del abismo de la inconsciencia dos horas después de que las curas concluyeran. Dado que las dimensiones de la botica resultaban insuficientes para albergar el reposo de un paciente, optaron por alquilar una de las estancias vacías de la Casa Verdigris; una hospitalidad que, con toda certeza, se traduciría más tarde en una factura considerable para el oficial. «Si el asunto excede mis límites de tolerancia, lo arrojaré al arroyo sin contemplaciones», sentenció la madame antes de retirarse, dejando a Ukyou encargado de poner orden.

—¡¡¡...!!!

Rickson entreabrió los ojos y, en un acto de urgencia refleja, intentó incorporarse con brusquedad. El movimiento debió de inflamar el dolor de sus heridas, pues contrajo el rostro en una mueca de agonía mientras buscaba consuelo frotando su brazo vendado. Maomao le extendió un cuenco de agua tibia que el oficial aceptó con avidez y apuró de un trago con una premura que contrastaba drásticamente con su habitual temperamento sereno. Una vez que el hombre logró estabilizar su respiración, Maomao tomó la palabra.

—He leído la carta...

Ante tales palabras, Rickson humilló la mirada y apretó los puños con una fuerza que hacía palidecer sus nudillos.

—Lo siento mucho... Soy un incompetente. Ha sido culpa mía.

Hasta ese instante, Maomao albergaba la convicción de que la culpa residía exclusivamente en aquel par de necios que habían osado aventurarse sin una escolta adecuada.

—Más allá de las culpas, ¿qué es lo que pretendes hacer ahora? Creo que eso es lo más importante en este momento.

El motivo por el cual Rickson había buscado amparo en la Casa Verdigris radicaba, presumiblemente, en el carácter doméstico de la disputa. Para ser francos, en los pasillos de la corte se murmuraba que el Clan Luo era un adversario que nadie en su sano juicio deseara cultivar; no obstante, tampoco eran aliados codiciados. Por ende, si solicitaran auxilio de forma oficial, era incierto que alguien moviera un dedo en su favor; de hecho, lo más probable era que una legión de detractores celebrara su infortunio en secreto.

Ciertamente, era un clan que parecía carecer de cualquier brizna de virtud humana. Quizá sería más preciso afirmar que todo el caudal de bondad fue absorbido por su padre adoptivo, Luomen, sin dejar siquiera las sobras para el resto de su estirpe. No obstante, parecía que la virtud de Luomen encontraba su contrapeso en una mala fortuna crónica.

Dado que Luomen residía en el departamento médico de la corte, era evidente que, por un proceso de eliminación desesperada, Rickson había terminado llamando a la puerta de Maomao, aun siendo esta la instancia incorrecta para asuntos militares. La boticaria razonó que, en su calidad de subordinado, el hecho de que Rickson hubiera logrado alcanzarla para pedir socorro no era una prueba de incompetencia, sino una hazaña más que meritoria. De haber estado en su lugar, ella probablemente los habría abandonado a su suerte, observando el desenlace desde una distancia prudencial para evitar verse salpicada por el escándalo.

—Dices que esos dos todavía están cautivos, ¿verdad? Pero yo no puedo hacer nada. ¿Qué es lo que ha pasado exactamente? —preguntó, pues la carta no entraba en tantos detalles.

Según relató, tras ser despojados de la jefatura del clan, el padre y el abuelo de Lahan se exiliaron de la capital para establecerse con discreción en una mansión de provincias. Se les había garantizado un nivel de vida confortable, acorde a su alcurnia, pero nadie anticipó que su resentimiento cristalizaría en una traición de tal calibre.

A pesar de su supuesta indiferencia, a Maomao le aguijoneaba la curiosidad por comprender cómo se había llegado a ese extremo. Fijó su mirada en Rickson, dispuesta a absorber cada detalle. A su flanco permanecía Ukyou, apoyado contra el muro con una actitud vigilante. El sobreprotector jefe de seguridad del burdel tendía a custodiarla de esa manera siempre que intuía que Maomao pretendía adentrarse en terrenos pantanosos. Rickson pareció dudar antes de hablar en presencia del guardia, pero al ver que no tenía intención de concederles ni un ápice de privacidad, comenzó su relato con resignación.

—En un principio... fueron ellos quienes solicitaron el encuentro.

El padre y el abuelo de Lahan habían solicitado una audiencia tras más de diez años sin mantener relación alguna. El pretexto argüido era el deseo de sepultar viejas rencillas y restaurar la armonía familiar. «Imposible», dictaminó Maomao para sus adentros. Era evidente que aquello no era sino una fachada burda. Le costaba creer que aquel par de intelectuales fueran tan ingenuos como para no detectar el engaño.

—Para Lahan, después de todo, se trata de su familia consanguínea.

Maomao se cuestionó si aquel individuo, cuya mente parecía sincronizarse con el ábaco con el que trabajaba, albergaría algo similar a un sentimiento filial. Ladeó la cabeza pensativa; al fin y al cabo, lo habían arrancado del seno materno siendo un infante para forzar su adopción por aquel estratega excéntrico. Lo natural sería que Lahan profesara un odio profundo hacia el hombre del monóculo, pero la naturalidad con la que interactuaban solía eclipsar esa realidad. Si aún conservaba algún rastro de afecto por sus padres biológicos, tal vez fue el propio Lahan quien instó a acudir a la cita. Y en cuanto a la elección de su protección, aquel par de eruditos descuidados no encontraron mejor opción que arrastrar a este pobre hombre como único escudo.

—¿No era tu día libre...? Podrías haberte negado, ¿no?

—De haberme negado, las consecuencias habrían sido peores... Cuando me quise dar cuenta, ya se habían marchado del despacho. Podrían haber buscado otra escolta aparte, pero ya conoces su carácter...

Pobre hombre. Le había tocado bailar con la más fea una y otra vez hasta terminar en este estado deplorable. Maomao reflexionó que deberían haber mostrado mayor prudencia; dada su alta posición, un intento de magnicidio no era una posibilidad remota, sino un riesgo constante.

Aun así, ¿de qué serviría capturar a ese par de gafotas? ¿Qué ganarían recuperando la jefatura del clan a estas alturas? Aquel individuo del monóculo era uno de los tres pilares fundamentales del estamento militar, pero tal dignidad era un cargo oficial, no un título hereditario que se transmitiera con el apellido. Incluso si, por un azar del destino, alguien lograra suplantarlo, la genialidad de Lakan había tejido una red de influencias y dependencias tan compleja que constituía un ecosistema propio dentro del Imperio. La estructura militar y política funcionaba gracias al genio específico de su persona. Si él desapareciera o lo sustituyeran por alguien mediocre, el sistema colapsaría. Sus enemigos no verían en su caída una oportunidad para heredar su poder, sino la señal perfecta para aniquilar al Clan Luo por completo. ¿Acaso el padre y el abuelo de Lahan eran tan obtusos como para no prever que, sin Lakan, el clan no era nada?

—Oye, oye, te estás olvidando de algo muy importante.

Quien intervino en ese instante fue Ukyou, el tercer integrante de aquella tensa reunión.

—¿Qué nos estamos olvidando?

Maomao ladeó la cabeza con perplejidad y Ukyou exhaló un suspiro cargado de exasperación.

—El hecho de que, en su desesperación, buscarán forjar alianzas, ¿no? Algún vínculo de poder incontestable que los proteja.

—...

En lugar de la boticaria, que permanecía sumida en un silencio reflexivo, fue Rickson quien se atrevió a poner palabras a la amenaza.

—Al parecer, su propósito no es otro que reclamarte como hija adoptiva. Su ambición es servirse de ti para tejer un vínculo con el hermano del Emperador.

Era evidente que, por algún conducto delator, les había llegado el rumor de las maniobras que Jinshi había estado urdiendo. Maomao contrajo las facciones en una mueca de profundo desagrado.

—Oye, para ya con esa cara —le espetó Ukyou en lo que, con un gesto familiar, la corregía con un toque en la frente.

—Confiar en un plan tan endeble es como querer vender la piel del oso antes de haberlo abatido.

—Es cierto —convino Ukyou—, pero en este mundo la gente acorralada es capaz de ejecutar las maniobras más peligrosas.

Esa clase de individuos existía, en efecto; sin embargo, Maomao habría deseado fervientemente que no brotaran con tanta lozanía precisamente a su alrededor.

—Para empezar, ¿no es culpa suya por no llevar escolta?

—Sobre eso no tengo nada que decir —respondió Rickson con pesar—. Pero incluso si hubiéramos llevado guardaespaldas, no sé si habríamos podido reaccionar correctamente ante la magnitud de la emboscada.

—Me encantaría que te dejaras de indirectas y fueras al grano —sentenció Ukyou, verbalizando la impaciencia que bullía en el interior de Maomao.

—Por alguna razón, tenían a su alrededor un séquito que no les correspondía. Incluso si hubieran contratado mercenarios, no deberían tener tanto dinero de sobra para sufragar tal despliegue.

En mitad de aquel escenario, el hecho de que solo este hombre de modales refinados hubiera logrado evadirse de sus captores resultaba, cuando menos, sospechoso. Casi inducía a pensar que se le permitió huir por un designio deliberado. Quizá incluso las flechas que silbaron a su alrededor fueron erradas con intención. Y si lo dejaron partir asumiendo que su lealtad lo conduciría sin demora ante Maomao...

La boticaria dirigió una mirada fugaz a través de la ventana. En el barrio del placer, al declinar el día, el flujo de transeúntes comenzaba a densificarse. No sería insólito que alguna sombra acechante se camuflara entre la multitud. Se rascó la nuca con energía y asomó la cabeza por el umbral de la puerta.

—¡Oye, Chue! —llamó al niño, que acababa de regresar de su recreo cubierto de barro.

—¿Qué pasa?

Chue sostenía una caña de pescar que probablemente le habría fabricado Ukyou y un cubo viejo. Dentro correteaban varios cangrejos de río. Al parecer, la jornada prometía un festín improvisado.

—Esta noche te quedas a dormir aquí. Meimei está libre, así que seguro que te deja dormir en su cuarto.

—¿Y eso por qué? ¿Así de repente?

—Tengo que preparar medicinas durante toda la noche. ¿Acaso podrías dormir con el olor del jugo de boticario metido en la nariz?

Ante tal argumento, Chue pareció dudar pero terminó por convencerse.

—¡Puaj! Pues yo también libro hoy.

Pai Lin, que se hallaba en las proximidades, se acercó y comenzó a restregar su mejilla contra la de Chue con un afecto invasivo. Como era habitual en ella, sus generosas curvas asomaban con descaro entre los pliegues de su túnica.

—Contigo no, Pai Lin. Todavía es muy pronto para que te lo comas.

—¡¿C-Cómo que comerme?!

Chue todavía no entendía esas cosas. Joka apareció de la nada al darse cuenta de que Pai Lin estaba atosigando al crío y tiró de la manga de la cortesana para que se alejara. A diferencia del niño, ella sí que parecía haber captado el matiz carnal de la advertencia.

—Oye, ¿pero cómo me va a comer?

—Tú simplemente ve con Meimei —sentenció Maomao.

—Oye... ¿y qué hay de mí? —protestó Pai Lin, sintiéndose desplazada de la diversión.

Ignorando las quejas de la cortesana, Maomao cruzó una mirada discreta con Ukyou. El jefe de los guardias asintió con un leve movimiento de cabeza. Resultaba reconfortante contar con un aliado de tal perspicacia, capaz de comprender que, tras la excusa de las medicinas, se ocultaba la necesidad de proteger a los más vulnerables ante la posible llegada de intrusos.



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