
¡¡¡Mi capítulo favorito hasta la fecha!!! ¡Ya era hora! Y pensar que la autora originalmente iba a eliminar a Jinshi de la novela... ¡Suerte que los fans reclamaron esta historia de amor imposible! ¡Daba saltos mientras lo leía!
Me encanta el número del capítulo, me encanta el título y me encanta cómo se narra. ¡No hay mejor manera de cerrar el mes de enero! ¡Ha sido una coincidencia perfecta!
-Xeniaxen
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
—Oye, Bashin...
—¿Qué sucede? —respondió él, fijando su mirada en Maomao sin abandonar su expresión de desagrado.
—A juzgar por tu actitud, parece que no albergas ya objeción alguna respecto a la consorte Lishu. Como pretendiente para el señor Jinshi, me refiero.
—A-Ah... B-Bueno, no... Esto... Todavía no estoy seguro, pero...
—Al menos, ¿no crees que hallaría una dicha superior de la que tiene ahora?
—...
Maomao omitió deliberadamente especificar si su alusión concernía a Jinshi o a la consorte Lishu. Le dedicó una sonrisa cuya artificiosidad resultaba palmaria, provocando que Bashin se mordiera los labios con fuerza. «A pesar de lo mucho que le gusta entrometerse en los asuntos ajenos...», meditó la joven, considerando que él debería ponderar el trastorno que ocasionaba a quienes le rodeaban cuando perdía los estribos por cuitas propias. Así, orillando sus propias faltas, resolvió lanzarle aquella advertencia.
El carruaje detuvo su avance frente a la Casa Verdigris. Aunque la residencia de la familia de Bashin se encontraba en una ubicación más próxima al pabellón de retiro, su montura había quedado en los establos del burdel. Maomao descendió del vehículo mientras evaluaba la posibilidad de exigir una compensación por lo que había dejado de ganar en la jornada de hoy. En ese instante, advirtió que había otro carruaje de porte distinguido estacionado ante el negocio.
—...
—...
Maomao y Bashin intercambiaron una mirada de mutuo desconcierto. Con un sudor frío recorriéndole el espinazo, la boticaria se apeó y se asomó con cautela por la rendija del mostrador de su botica.
Allí apostado, rodeado de una profusión de dulces de alta calidad y sorbiendo un té con una parsimonia inquietante, estaba el hombre enmascarado. «A decir verdad, todavía es demasiado pronto para su visita...», caviló. Precisamente por ello Bashin se había presentado hoy con tal premura. No obstante, la presencia de aquel noble en tales dominios era una realidad incontestable. Por la variedad y el volumen de las viandas dulces, resultaba evidente que su espera se había prolongado considerablemente.
Al parecer, Bashin también percibió la pesadez de aquella atmósfera. Su semblante palideció al instante; era plenamente consciente de hallarse en un aprieto, aunque ignorara la naturaleza exacta de la tormenta que se avecinaba. Se deslizaron de puntillas hacia la entrada principal de la Casa Verdigris, asomando la cabeza con el sigilo de quien teme despertar a una fiera.
Allí estaba Gaoshun, con el entrecejo surcado por una profunda y severa arruga, mientras el vivaz Chue se enredaba entre sus piernas con sus juegos. Pese a sus intentos por observar sin ser advertidos, la presencia de un guerrero de la talla de Gaoshun bastó para que los detectara al instante.
El veterano abrió los ojos de par en par, se incorporó y se aproximó a ellos con un paso firme que hacía vibrar el suelo. Bashin permaneció petrificado, despojado de toda capacidad de reacción. Su padre, envuelto en una indignación silenciosa pero palpable, dedicó una breve inclinación de cabeza a Maomao y, acto seguido, apresó la testa de su hijo con la mano derecha.
—Disculpadnos un momento. El señor Jinshi te aguarda. Ruego que te presentes ante él de inmediato.
—S-Sí...
Dicho esto, Gaoshun arrastró a Bashin hacia el interior del edificio. Maomao se cuestionó por qué la imagen no le evocaba a una perra transportando a su cachorro por el pescuezo, sino más bien a un ave rapaz que acaba de capturar a una liebre silvestre. Por si acaso, le dedicó a Bashin la misma mirada de conmiseración que se le reserva a un ternero encaminado al matadero.
Maomao entró finalmente en la botica. Al instante, percibió una mirada persistente y viscosa que recorría su figura; una de esas inspecciones que se sienten con nitidez incluso a través de una máscara.
—Has estado fuera un buen rato, ¿no?
«No tenía constancia de que fuera a venir», se justificó Maomao en su fuero interno. Ejecutó una reverencia pausada y se internó en la pequeña estancia. Los dulces permanecían intactos sobre la mesa. Dado que el mobiliario no ofrecía a Jinshi la comodidad que su rango exigía, ella le inquirió sobre el destino de los pastelitos, mas él las rechazó con un gesto displicente. Acto seguido, la boticaria se las entregó a Chue, quien aún merodeaba por allí. En un abrir y cerrar de ojos, un grupo de aprendizas emergió de la nada y dio buena cuenta de ellos.
—¿Dónde está Bashin?
—Gaoshun lo ha interceptado.
—Mmm... Ya.
Jinshi apoyaba la mejilla en su mano con actitud arrogante. La boticaria no lograba determinar si eran aprensiones suyas, pero el noble parecía de mal humor. Solo cuando ella aseguró la puerta, él se despojó finalmente de la máscara. Ella extrajo un ungüento de la alacena, fruto de una maceración de ingredientes medicinales que había reposado durante varios días; juzgó que la mezcla ya estaría lista para su uso.
—Con su permiso.
Maomao se puso de rodillas y tomó una pequeña porción de la pomada con la yema del dedo. La herida en la mejilla de Jinshi ya había cicatrizado, pero la marca persistía con una evidencia obstinada. Era una fina línea en su mejilla derecha; quizá debía considerarse afortunado de que no hubieran quedado marcas de sutura.
Aplicó el viscoso ungüento con una delicadeza extrema sobre la cicatriz. Contuvo el aliento para evitar que su exhalación rozara el rostro del noble. Él mantenía sus largas pestañas bajas; desde su posición, parecía que la mirada de Jinshi seguía con fijeza el recorrido del dedo de la boticaria mientras se deslizaba por su rostro. Al aproximarse para examinar la lesión, Maomao percibió el contacto de su aliento tibio.
«¿Acaso este hombre es la encarnación del espíritu de una flor?», pensó justo cuando le pareció percibir una sutil fragancia floral. Entonces recordó que el té que él estaba tomando era de rosas. «Ah, por supuesto. Es por eso», se dijo con cierto alivio.
El fármaco que le estaba aplicando era una receta que su padre solía prescribir a las cortesanas que conservaban estigmas de quemaduras. No era un remedio de efectos instantáneos, pero estimulaba el metabolismo celular y favorecía la regeneración cutánea. Aunque en la mejilla de Jinshi ya brotaba piel nueva, esta presentaba una tonalidad rojiza demasiado llamativa. Su intención era, al menos, atenuarla un poco.
«Bien podría aplicárselo él mismo», pensó. Jinshi siempre delegaba en Maomao la administración del medicamento. Se preguntó si en palacio también permitía que alguien como Suiren realizara tal tarea. De hallarse ella en su lugar, le resultaría una sensación tan cosquilleante que preferiría proceder por mano propia. Supuso que tales manías eran gajes propios de la alta alcurnia.
—¿Dónde habíais ido?
—A ver a la señora Ah-Duo...
Consciente de que Bashin terminaría revelando la información bajo la presión de su padre, Maomao optó directamente por la franqueza absoluta.
—Entonces...
—Sí, allí estaba.
Maomao pudo anticipar la pregunta que subyacía en Jinshi; el noble pareció comprender la situación sin necesidad de mencionar nombres propios.
—Parece que está pasando por muchas dificultades.
Maomao expresó sus condolencias, aunque enfatizando sutilmente que el asunto excedía su esfera de interés.
—Así es. Parece que aquel lado está tramando diversas cuestiones.
Probablemente se refería a la familia de la consorte Lishu. Por lo que Maomao había oído, el clan de Lishu poseía una estructura similar a la del Clan Shi, aunque con matices diferenciadores; ellos ostentaban el carácter «U», que simboliza al conejo en el zodíaco. Tenía entendido que las familias que habían recibido un carácter del horóscopo chino eran descendientes de los vasallos leales que fundaron la nación. Es decir, se trataba de un linaje tan antiguo como el del Clan Ma, al que pertenecían Gaoshun y Bashin.
Ahora que el Clan Shi había desaparecido, era lógico que el Clan U intentara expandir su influencia. Era comprensible que pretendieran introducir a otra hija en el harén para captar el favor imperial, o incluso que tramaran el desposorio de una Consorte Superior con el hermano del soberano, ya que no gozaba del afecto de este.
Sin embargo, existía un cabo suelto que inquietaba a la boticaria. «¿Por qué querrían atentar contra la vida de alguien de su propia sangre?», caviló. Ciertamente, aquello era algo que Lishu había afirmado por su cuenta, por lo que existía una alta probabilidad de que fuera un error de juicio. Pero el ataque era un hecho irrefutable. ¿Se trataría de una facción rival? ¿O tal vez algo más siniestro...?
Y había otro detalle: ¿por qué Lishu era objeto de tal aborrecimiento por parte de su propio padre? Respecto al hecho de que fuera obligada a compartir el lecho con el previo soberano, no podía sino ofrecerle su más sentido pésame. Conocidas las inclinaciones pedófilas del anterior Emperador, se comprendía el ofrecimiento de una muchacha joven, pero en aquel entonces el monarca ya agonizaba postrado por la enfermedad. Entregarla en tales circunstancias implicaba que apenas existían posibilidades de que él llegara a consumar la unión. Incluso como mero instrumento político, habrían podido hallar para ella un destino más provechoso.
—Oye, ¿en qué estás pensando?
Jinshi escrutó a Maomao con una sombra de suspicacia. «Qué inoportuno. ¡Es sumamente inoportuno que me distraiga pensando en todo esto ahora!», se reprendió. Este asunto no le concernía; interferir en tales intrigas sería una impertinencia mayúscula. Sin embargo... Suele decirse que la curiosidad mató al gato.
—Me gustaría hacerle una pregunta...
—Dime.
Había una cuestión que, a esas alturas, martilleaba su mente sin descanso.
—Es respecto a la señora Ah-Duo... Parece poseer una personalidad sumamente racional, ¿no es así?
Tanto por su forma de actuar como mentora del Emperador, pese a considerarlo su hermano menor, como por la diligencia con la que había gestionado el asunto entre Jinshi y Lishu. Para Maomao resultaba alguien fácil de tratar, pero comprendía que para otros hubiera aspectos de su carácter difíciles de asimilar. ¿Por qué una mujer así se tomaría la molestia de amparar a Lishu entre todas las flores que habitaban el palacio interior en aquel entonces? Seguramente habría otras jóvenes traídas por motivos similares, y protegerlas a todas habría excedido con creces sus competencias como consorte del Príncipe Heredero.
Solo cabía una explicación lógica para tal grado de benevolencia.
—¿Acaso la señora Ah-Duo y la madre de la consorte Lishu ya se conocían de antes? —inquirió Maomao, tratando de leer la verdad en los ojos del noble.
—Eres perspicaz, como siempre —respondió Jinshi, cuyo rostro se ensombreció con un gesto de ligera incomodidad—. En efecto, Ah-Duo y la madre de Lishu compartían una estrecha amistad.
—Ajá...
—Su Majestad también formaba parte de aquel círculo de confianza —añadió con voz queda.
—...
Al mencionar que el actual Emperador también integraba aquel grupo íntimo, una duda razonable y punzante asaltó el juicio de Maomao. Las sospechas más vulgares y terrenales están profundamente arraigadas en la naturaleza humana; si bien una camaradería entre personas del mismo sexo no suele despertar recelos, cuando el vínculo se establece entre sexos opuestos, la interpretación de los hechos se torna muy distinta. Más aún cuando el caballero en cuestión es aquel que ostenta la cúspide del reino. (NT: Maomao está elucubrando que la madre de Lishu podría haber estado involucrada en un triángulo amoroso con Ah-Duo y el actual Emperador. Motivo de más por el que el actual Emperador no quiera tocar a Lishu, pues vería en ella algo parecido a una hijastra que le recordaría permanentemente aquel romance prohibido.) Xeniaxen: Cuando crees que en este palacio no puede haber más líos de faldas, ¡la autora viene con nuevas sorpresas! Y esto no es todo: ya veréis.
Como si hubiera leído la expresión de la boticaria, Jinshi puso voz a lo que ella no se atrevía a formular.
—Por aquel entonces, ya se sabía que la señora Ah-Duo no podría concebir más hijos. (NT: Este es el motivo por el que la propia Ah-Duo también vería a Lishu como a una hija. Como ella no podía concebir, se entregó a cuidar de la hija de su amiga íntima como si fuera suya propia.) Además, el anterior Emperador yacía postrado por la enfermedad. El actual soberano, entonces Príncipe Heredero, no tenía más consortes.
> Se dice que la Emperatriz Viuda, siempre estratégica, planteó una propuesta al Clan U. Al parecer, bajo su propio agüero y con una frecuencia inusitada, convocaba a la madre de Lishu a las estancias privadas del entonces Príncipe Heredero.
> En aquella época, ella estaba casada con el hombre que nos está causando tantos problemas ahora, Uryuu, quien no era más que un yerno adoptado de una rama colateral para preservar el apellido. Mientras él se dedicaba a engendrar con diversas concubinas, la rama principal del Clan U parecía albergar planes mucho más ambiciosos para su descendencia.
Maomao sintió el impulso irrefrenable de taparse los oídos para ignorar aquella maraña de secretos. Para su desgracia, Jinshi se le anticipó con celeridad y sujetó sus manos, impidiéndoselo. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído con una voz aterciopelada que solo ella podía percibir. El aroma del incienso se amalgamó con el del ungüento recién aplicado, creando una fragancia singular que envolvió sus sentidos.
—¿Es esta una historia que alguien de mi posición deba escuchar? —intentó defenderse ella, mientras buscaba espacio en los flancos del noble.
—Son rumores —replicó él, casi rozándola—. No hay pruebas fehacientes que los sustentes.
No obstante, Maomao sabía bien que, para quien decidía otorgarles crédito, tales rumores poseían la fuerza de la verdad absoluta. Y si emanaban de alguien tan próximo al epicentro del poder, su naturaleza resulta doblemente ponzoñosa.
—¿Lo sabe la consorte Lishu?
—Sería una crueldad revelárselo.
La boticaria halló finalmente la pieza que faltaba en su razonamiento previo. Ahora comprendía el origen del desprecio que Uryuu profesaba hacia su supuesta hija. Sintió cómo una indignación sorda comenzaba a bullir en su interior. «Qué individuo tan detestable», sentenció para sí. ¿Cómo se permitía él tener descendencia fuera del matrimonio y, sin embargo, no toleraba la más mínima duda sobre la fidelidad de su esposa?
No obstante, no tenía forma de saber si los rumores eran ciertos. Si Ah-Duo recomendaba a Lishu ante el Emperador, ¿lo hacía porque los rumores carecían de fundamento o porque había decidido ignorarlos por lealtad a su amiga? Y si el Emperador evitaba compartir el lecho con Lishu, ¿era por la convicción de su paternidad ilegítima o por simple falta de inclinación? (NT: Es decir, Lishu podría ser fruto de la unión del actual Emperador con su madre. Por tanto, podría no ser hija de Uryuu en realidad. O, al menos, eso es lo que sospecharía su padre y por ello la odia tanto.)
De ser así, se preguntaba cuál sería el destino del compromiso con Jinshi. En las esferas de la alta sociedad, los lazos consanguíneos eran moneda corriente en las alianzas matrimoniales; mientras los apellidos difirieran, rara vez se interponían impedimentos, aunque el vínculo fuera el de tío y sobrina o el de hermanos de padre incluso. La boticaria no pudo evitar sentir una profunda lástima por Lishu, una joven que se veía arrastrada por los torbellinos de la política y el linaje sin ser consciente de las sombras que cernían sobre su origen.
—¿En qué estás pensando?
—Está demasiado cerca, señor Jinshi —respondió ella, tratando de mantener la compostura.
Los labios de Jinshi aún rozaban el oído de Maomao. El aroma del té de rosas todavía persistía en el aire denso de la estancia.
—Dime en qué estás pensando.
—En un futuro mejor para la consorte Lishu...
Estuvo a punto de decir «un futuro más feliz», pero juzgó que tal anhelo excedía sus competencias, por lo que se limitó a desearle un destino simplemente «mejor».
—Señor Jinshi, por favor... cuide de ella.
—¿Sabes qué...? Ahora mismo siento un impulso irrefrenable de agarrarte la cabeza y estamparla contra la pared.
La voz de Jinshi destilaba una profunda ira. Al mismo tiempo, sus dedos se enredaron en el cabello de Maomao con una fuerza tal que ella temió que fuera a arrancárselo.
—Si ha de castigarme, preferiría un corte. Solo le pido que evite las heridas mortales.
Con una incisión limpia, Maomao podría experimentar con un nuevo fármaco que acababa de elaborar; una herida abierta siempre resultaba más instructiva que un vulgar hematoma.
—Esa réplica es nueva en tu repertorio.
—Usted también se ha vuelto más rápido en sus respuestas, señor Jinshi.
Normalmente, tras un intercambio de tal naturaleza, el noble solía hundir los hombros en un gesto de derrota. Sin embargo, Maomao advirtió que su interlocutor se había transformado en un adversario mucho más complejo de doblegar.
—He aprendido que contigo los métodos convencionales carecen de toda eficacia.
Dicho esto, Jinshi empujó a Maomao contra la pared sin soltarle el cabello. Ella cerró los ojos, aguardando con resignación el impacto de su cráneo contra la madera.

Sin embargo, el golpe nunca llegó...
En su lugar, sintió un tirón seco y decidido que la obligó a inclinar el rostro, exponiendo su garganta a voluntad del noble. Y entonces, aconteció lo imprevisto: algo cálido y aterciopelado rozó sus labios. No fue un simple contacto; fue una presión firme y demandante que pareció querer arrebatarle el aliento. Maomao percibió la humedad de Jinshi, una suavidad que contrastaba con la violencia de su agarre previo. La fragancia embriagadora del té de rosas se filtró en sus sentidos, invadiendo sus pulmones como una exhalación prohibida. Fue un suceso fugaz, un relámpago de intimidad física que dejó un rastro de calor eléctrico en su piel.
Al abrir los ojos de nuevo, la distancia se había restablecido. Jinshi ya le daba la espalda, recuperando su porte imperturbable.
—...
Maomao contempló aquella silueta en silencio, sintiendo un latido errático en el pecho que se esforzó por ignorar. Sus labios conservaban una extraña sensación de hormigueo, un peso que no lograba desvanecerse. Se preguntó si aquel gesto era una nueva forma de castigo o una advertencia de que las reglas del juego habían cambiado para siempre. Sin volverse, Jinshi se ajustó la máscara con manos que, por un instante, parecieron vacilar, y abrió la puerta de la botica con un movimiento brusco.
—¡En marcha! Partimos de inmediato.
—S-Señor Jinshi...
—¿Q-Qué pasa?
Las voces de ambos se entrecortaron, aunque, bajo la máscara, era imposible adivinar la expresión que ocultaba su rostro.
—No olvide llevarse el ungüento, por favor —sugirió Maomao, bajando la mirada para ocultar cualquier rastro de turbación.
Envolvió el recipiente en un paño de lino y se lo entregó. Jinshi lo tomó casi arrebatándoselo de las manos, sin mediar palabra, y abandonó la estancia.
En el exterior aguardaba Bashin, con el semblante agotado tras haber recibido, con toda probabilidad, una reprimenda severa. A su lado, Gaoshun, a pesar de ser quien ostentaba el enfado, lucía aún más exhausto.
Tras cerciorarse de que el séquito se había marchado, Maomao cerró la puerta y exhaló un suspiro largo y cargado de pesadumbre. Deslizó la yema del dedo sobre sus labios, en un gesto mecánico, como si pretendiera borrar la huella de aquel contacto. «¡Qué problemático!», pensó. Se vio obligada a retractarse de su juicio previo: Jinshi demandaba ahora toda su cautela. El noble se había revelado como un adversario temible. A pesar de su pragmatismo habitual, Maomao sintió un nudo de inquietud en la boca del estómago; aquel beso no había sido un error de cálculo, sino una declaración de guerra contra su indiferencia, y eso era algo que ni el más potente de los venenos podría neutralizar con facilidad.
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