22/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 13




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 13
La aldea del papel (parte I)

A media jornada en carruaje, en dirección suroeste desde la capital, se encontraba la aldea natal del matasanos. El asentamiento se erguía al abrigo de un bosque, a los pies de una montaña, siguiendo el curso alto del gran río que fragmentaba el imperio en las regiones del este y el oeste. A lo largo de la ribera se extendía una red de acequias, aunque en los campos lo que brotaba guardaba un aspecto similar al de la maleza. Mientras Maomao escrutaba el paisaje con curiosidad, el médico, cuya naturaleza era ciertamente locuaz, se apresuró a ofrecer una explicación.

—Eso es trigo.

—¿Trigo? Tienen un sistema de regadío muy bien organizado.

Los canales circundaban los sembrados con precisión. Maomao ladeó la cabeza, asaltada por la duda de si el trigo requería realmente un aporte tan generoso de agua. A sus pies, el gato de nombre tan desafortunado, Miaumiau, parecía haber agotado su paciencia dentro de la cesta; ahora se dedicaba a ronronear sobre el regazo del matasanos o a asomarse con impertinencia por la ventana del carruaje.

—Eso es para el cultivo de arroz en verano. En esta comarca practicamos la rotación, obteniendo dos cosechas anuales: una de arroz y otra de trigo.

—Ajá.

—Con el arroz, a diferencia de otros cultivos, el suelo no se agota aunque se trabaje de forma intensiva.

En circunstancias normales, una doble cosecha anual despojaría a la tierra de sus nutrientes esenciales. Sin embargo, en los arrozales, el flujo constante del agua transportaba nuevos sedimentos y minerales, impidiendo que el sustrato se empobreciera.

Tras dejar atrás la campiña, el bosque se hizo presente. La aldea aguardaba en sus inmediaciones.

—Parece una tierra bastante rica, ¿verdad?

Daba la impresión de que, ante tal prosperidad agrícola, no habría necesidad de consagrarse a la manufactura del papel, pero quizá la realidad ocultaba otros matices.

—Cuando mi familia emigró aquí, las tierras cultivables ya tenían dueño. Por fortuna, nadie prestaba atención al bosque y lo tenían abandonado.

Relató que de las cumbres cercanas descendía un agua de manantial de pureza cristalina y que en aquel boscaje proliferaban los arbustos cuya corteza servía de materia prima primordial para el papel. Aunque la producción a gran escala resultaba inalcanzable, alcanzaron el éxito posicionando su producto en el mercado del lujo. Además, la proximidad al río facilitaba enormemente la logística y el transporte hacia la capital.

Sin embargo, hubo un detalle que perturbó la calma de Maomao. Sus ojos se cruzaron brevemente con los de un campesino que se dedicaba a la tarea del mugifumi, el acto de pisar los brotes de trigo para fortalecer sus raíces y evitar que crecieran demasiado rápido antes de las heladas. La mirada que les dirigió el hombre era de una agudeza gélida y sombría. Maomao fingió indiferencia y continuó asintiendo con cortesía ante las anécdotas del matasanos.



Al alcanzar su destino, fueron recibidos por una mujer que rondaba la cuarentena. La dulzura de sus facciones y sus cejas ligeramente caídas guardaban un asombroso parecido con las del eunuco. Sin duda, se trataba de su hermana menor. Al recibir la cesta, entornó los ojos con ternura y acarició a Miaumiau; era evidente que ya conocía de la llegada del felino.

—¡Vaya! Cuánto tiempo sin verte, hermano. Bienvenido a casa.

—Gracias. Sí, cuánto tiempo.

Aunque el médico aparentaba serenidad, sus ojos se empañaron por la emoción. Resultaba comprensible, pues estaba regresando a su hogar tras una ausencia de más de diez años.

—Me gustaría ir a visitar la tumba de nuestro padre y de los demás antepasados...

Probablemente fallecieron mientras él permanecía confinado tras los muros del palacio interior. El matasanos comenzó a sorberse la nariz, incapaz de contener el llanto.

—Sí, de acuerdo. Pero antes... —La mujer miró de reojo a Maomao y preguntó ladeando la cabeza—. ¿Quién es esta jovencita?



—Vaya, vaya. Conque eres su ayudante, ¿eh? Haberlo dicho antes, mujer.

«¿Así que ayudante...?», pensó Maomao. Una ceja de Maomao se arqueó involuntariamente ante las palabras de la hermana del matasanos. Se la habían presentado apenas unos instantes antes, pero como su rostro le resultaba tan poco familiar como su nombre, lo cierto era que no lograba retenerlo en la memoria. «Bueno, qué más da. La llamaré la tía simplona», se dijo. Por deferencia hacia el médico oficial y para no menoscabar su prestigio, resolvió no desmentir tal afirmación.

La simplona comenzó a cubrir la mesa con una sucesión incesante de viandas. Sirvió pescado de río al vapor, aromatizado con hierbas silvestres, baozi que aún exhalaban el vaho de la vaporera, y un arroz frito de un brillo dorado cuya fragancia resultaba embriagadora. Para Miaumiau dispuso con esmero una mezcla de gachas y despojos de pescado. El animal, a pesar de su corta edad, devoraba el alimento con una desfachatez pasmosa.

—Por un momento pensé que, aun siendo eunuco, te habías traído a una esposa tan joven.

—¡Ja, ja, ja! Qué ocurrencias tienes.

—Dios me libre —apostilló Maomao en un susurro casi inaudible, desviando la mirada con desdén.

Para cuando la mesa sucumbía bajo el peso de los platos, hizo acto de presencia el resto de la familia: un hombre de mediana edad con un pañuelo anudado a la sien y dos jóvenes que debían de ser sus hijos. El hombre, el marido de la simplona, saludó al matasanos con una consideración que denotaba un profundo respeto por su cargo en la capital.

—¡Cuñado! Cuánto tiempo sin verte.

—Cuánto tiempo, sí.

Tras el padre, uno de los jóvenes se aproximó a cumplimentar al eunuco, quien respondió con una sonrisa bonachona. Sin embargo, el otro ignoró por completo la presencia del invitado, tomó asiento y comenzó a engullir la comida con avidez.

—¡Oye! ¡¿Qué haces comiendo sin saludar ni nada?! —le regañó la madre.

—Hermano... ten un poco de respeto hacia el tío —murmuró el otro joven con una expresión incómoda.

Maomao dedujo que aquel era el hermano menor, y que el de modales groseros era el primogénito. El sobrino mayor partió un baozi humeante, revelando un relleno de carne de cerdo cuyo aroma hizo que las glándulas salivales de la boticaria se activaran.

—¡¿Respetar al tío?! Pero si es un eunuco que no ha vuelto en años. ¿De qué sirve que venga ahora? ¿Qué va a solucionar?

Ante tal agravio, el matasanos forzó su habitual sonrisa de compromiso, aunque sus cejas caídas traslucían una honda pesadumbre. Estaba habituado al menosprecio que conlleva su condición de castrado, pero que el desprecio emanara de su propia sangre debía de ser una herida difícil de cauterizar. Incluso Maomao sintió un ramalazo de irritación.

«Ni hablar de que este niñato se lo coma todo él solo», pensó y, con un movimiento decidido, tomó asiento a la mesa.

—Con su permiso. No quisiera que estas delicias perdieran su calor —sentenció mientras comenzaba a servirse de cada plato que el sobrino intentaba acaparar.

El joven la fulminó con la mirada, pero ella permaneció imperturbable. Maomao había lidiado con guardias del burdel y oficiales militares de una ralea mucho más temible que aquel muchacho de pueblo. La simplona, contagiada por la indignación, repartió las raciones de tal modo que el hijo mayor quedó privado de su cuenco de gachas y sopa. El padre y el hijo menor optaron por el silencio para evitar que la tensión derivara en conflicto.

Irritado por la hostilidad familiar, el primogénito asió otro bollo y abandonó la estancia con paso airado. Una vez recobrada la calma, el marido se rascó la cabeza y se disculpó con el eunuco.

—Lamento profundamente su actitud. Ese chico ignora todo lo que has hecho por la prosperidad de esta aldea, cuñado.

—No te preocupes, de verdad. Estoy curtido en estos lances —respondió el matasanos mientras sorbía sus gachas con gusto.

Aunque él intentó restarle importancia, el rostro de la simplona se ensombreció. Al fin y al cabo, su hermano se había sometido a la castración para aceptar el servicio del palacio interior y evitar así que ella fuera vendida como sirvienta. Seguramente sus padres habrían priorizado el valor del hijo varón sobre la hija, y aun así, él se sacrificó por ella.

—Cambiando de tercio... ¿no teníais un asunto de gravedad que exponerme?

—...

Ante la pregunta del matasanos, el silencio se adueñó de la familia. Maomao, que se consideraba una mera espectadora, no interrumpió su almuerzo; el pescado al vapor poseía el punto exacto de sal y las hierbas le conferían un matiz exquisito. De hecho, pensó en pedir la receta más tarde.

El marido dejó los palillos y clavó su mirada en el eunuco. Tras una breve pausa, inclinó la cabeza con solemnidad.

—Ha llegado a nuestros oídos que eres una eminencia en la capital, que has asistido personalmente en el alumbramiento de los hijos de Su Majestad el Emperador. Por eso, nos gustaría pedirte que intercedas directamente ante él por una cuestión que nos aflige.

—¡¿Cómo dices?!

«¡Asistir en el parto, dice!», se mofó Maomao en su fuero interno. La proeza pertenecía a Luomen, no a aquel hombre, pero supuso que el eunuco habría embellecido sus crónicas para deslumbrar a sus parientes. Conservó, no obstante, la prudencia de guardar silencio. El matasanos, por su parte, dejó de comer y sus cejas se arquearon en un gesto de alarma.

—Sería una temeridad imperdonable por mi parte pretender que el Hijo del Cielo preste oído a mis humildes palabras.

—¿Incluso después de haber velado por la salud de sus consortes favoritas?

Lo que solicitaban era una quimera. Incluso para los altos dignatarios, las oportunidades de dirigirse al soberano eran ínfimas; solicitar una audiencia directa sin el debido protocolo podía interpretarse como una ofensa capital castigada con la muerte. Maomao había conversado con el Emperador en diversas ocasiones, pero siempre bajo su venia expresa. Además, las consortes ya no ostentaban tal rango; una había ascendido a la dignidad de Emperatriz y, tras abandonar el palacio interior, su acceso a ellas era prácticamente nulo. Viendo que pretendían acorralar al atribulado matasanos, la joven decidió intervenir.

—Un facultativo que sirvió antaño en el palacio interior fue desterrado y sometido a un castigo físico por una falta de la que no era responsable.

—¡¿...?!

—Se rumorea que el motivo real fue que llegó a poseer conocimientos que no debían ser revelados.

Se refería a su padre, y su aseveración no carecía de fundamento. La simplona y su esposo palidecieron, hundiendo los hombros bajo el peso del desánimo. Al advertirlo, el matasanos gesticuló con nerviosismo y se inclinó hacia ellos.

—A ver, hablar con el Emperador es imposible, pero quizá exista otra vía, alguien de rango inferior que pueda atendernos. Contadme de qué se trata.

La tía y su marido intercambiaron una mirada preñada de dudas. Maomao consideró que su presencia podía resultar un estorbo, pero si no conocía el origen del mal, su viaje habría sido en balde.

—No hay problema con la muchachita. Es muy discreta —sentenció el médico, demostrando, por una vez, una inusual perspicacia para interpretar el ambiente.

—Verás... —comenzó a explicar el marido de la simplona, con el semblante ensombrecido por la gravedad del relato.

Según expuso, los terrenos que sustentaban la aldea no eran propios, sino arrendados. Un terrateniente vecino, poseedor de vastas extensiones que no alcanzaba a explotar, se las cedió por una renta exigua. Con el transcurrir de las décadas, los aldeanos, merced a su laboriosidad, comenzaron a adquirir parcelas en propiedad. Aquel antiguo señor era un hombre de espíritu magnánimo y la convivencia discurría en una paz inalterable. No obstante, tras su deceso hace unos años, su primogénito heredó el patrimonio familiar y, con él, sobrevino la discordia. El nuevo señor profesaba una aversión manifiesta hacia los forasteros. Asimismo, despreciaba el oficio artesanal y le irritaba sobremanera que la producción de papel de la aldea hubiera alcanzado el prestigio de ser proveedora de la corte.

La última vez que la calidad del producto decayó, el terrateniente se personó en diversas ocasiones para exigir con vehemencia el cobro de supuestas deudas. Según los términos del contrato suscrito con el anterior dueño, las tierras y el bosque anejo pasarían a ser propiedad plena de la aldea en un plazo de veinte años. Las cuotas se habían estipulado con claridad y los pagos se habían satisfecho sin demora alguna.

—Pero no para de ponernos pegas: que si ensuciamos el agua y por eso su cosecha de arroz ha bajado, que si no hay agua suficiente para su arroz porque la usamos nosotros... —intervino el hijo menor con un gesto de hartazgo que denotaba una paciencia al límite.

—Y esta vez su beligerancia ha sido peor que nunca. Exige que le paguemos todo el dinero restante ya mismo o que nos larguemos de estas tierras.

Aún restaba un lustro para que el plazo estipulado venciese. Exigir el pago de cinco años por adelantado constituía un abuso de poder flagrante. Sin embargo, él ostentaba la titularidad de los terrenos. Del mismo modo que Maomao se hallaba supeditada a los designios de la madame, los aldeanos carecían de medios para enfrentarse a él de forma directa.

—Si nos vamos, tendremos que dejar atrás las casas y las herramientas. Y quién sabe cuánto tardaríamos en encontrar tierras nuevas.

—Parece que su plan es quedarse con nuestra infraestructura para emprender él mismo la fabricación del papel.

—¿Y eso por qué? ¡Zapatero a tus zapatos! —dijo el matasanos, atusándose con aire dubitativo los escasos cabellos de su bigote. A sus pies, el gato, aburrido, lo observaba con el cuarto trasero inquieto, aguardando el instante preciso para abalanzarse sobre el vello facial de su protector.

—Es que... —prosiguió la simplona, negando con la cabeza en un gesto de amargura—, este año han subido de repente los impuestos sobre el grano.

—Y como en nuestro caso los impuestos sobre el papel han disminuido progresivamente desde hace dos ejercicios, su ira es todavía más virulenta.

Al escuchar tal confidencia, Maomao comprendió de inmediato la estrategia política tras aquellas medidas. La exención tributaria sobre el papel respondía al deseo de las altas esferas de abaratar su coste para fomentar la alfabetización del pueblo. En cuanto al grano, en una región bendecida con dos cosechas anuales, una subida de impuestos no debería conducir a la miseria extrema; su fin era, probablemente, constituir reservas estratégicas para el futuro. «Seguramente sea una medida de prevención contra la plaga de langostas», dedujo. Si se acopiaba el cereal de las tierras prósperas para socorrer a las regiones devastadas, se evitaría una mortandad masiva por inanición. Maomao intuía tras esto la mano de Jinshi; era una medida justa, mas para quienes sufrían la carga impositiva, resultaba un agravio difícil de digerir. Y esa frustración se estaba canalizando, de forma injusta, contra esta aldea de artesanos.

Sin embargo, tal como apuntaba el médico, no resultaba sencillo manufacturar papel de calidad por el mero hecho de confiscar un taller. Se requería un conocimiento empírico y una destreza que solo el tiempo otorgaba.

—Y por si fuera poco, nos enfrentamos al conflicto de mi hijo... Por razones que no vienen al caso, sus simpatías se inclinan hacia los agricultores de la zona.

El marido aludía, sin género de dudas, al joven de modales hoscos que se había retirado antes.

—Ah, mi hermano... —el menor sonrió con aire de disculpa.

El matasanos ladeó la cabeza, incapaz de comprender nada de aquello, pero Maomao estaba dispuesta a apostar sus ahorros a que el motivo tenía nombre de mujer.

—A decir verdad, el chico no tiene estudios. Se piensa que todos los que sirven al gobierno son iguales.

Por eso mezclaba a un eunuco con los funcionarios responsables de la subida de impuestos y descargaba su frustración sobre su propio tío.

—Así pues, lo que te pedimos es...

Pretendían que intercediera para obtener una reducción de los gravámenes. Esta aldea se hallaba en la Provincia de Kaou, un territorio bajo la jurisdicción directa del Emperador. Por eso pensaron primero en una petición directa. Sin embargo, tal solicitud era inviable. Si un gobernador corrupto hubiera incrementado los impuestos por codicia personal, habría margen de maniobra, pero en este caso se trataba de una necesidad de Estado. Y a pesar del incremento, no parecía que la situación fuera tan desesperada como para carecer de sustento.

El matasanos estaba en un aprieto. No era un conflicto que él tuviera potestad para dirimir. Sobre sus rodillas, Miaumiau le propinaba leves toques al bigotillo con una pata delantera; el pobre hombre ya lucía algunos arañazos en el mentón.

—Yo no soy más que un simple eunuco...

Ante la negativa, el desánimo se instaló en el rostro de los presentes. Aun así, el marido retomó la palabra.

—Entonces, al menos, concedednos tu compañía mañana. Tenemos concertada una reunión con el terrateniente. ¿Podrías ayudarnos con él?

—A eso sí, puedo ir.

«Aunque su presencia resultará del todo estéril», pensó Maomao mientras atrapaba a Miaumiau, que seguía arañando al médico.



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