
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
—Vaya, vaya con la joven aspirante. Menudo par de narices tienes, niña —dijo el terrateniente, dirigiendo una mirada cargada de sorna hacia la insolente joven que se alzaba ante él. Sus jornaleros, contagiados por el desdén de su patrón, estallaron en ruidosas carcajadas.
—Oye... ¿Hablas en serio?
El cuñado del matasanos y el resto de los artesanos observaban a Maomao con una mezcla de horror y desvelo. El facultativo imperial, incapaz de asimilar semejante despropósito, sucumbió al pavor y se desplomó sobre el suelo de la taberna. Su sobrino menor apenas tuvo tiempo de sostenerlo antes de que su cabeza impactara contra el pavimento.
—No hay problema. Pero antes, una pregunta: ¿cuánto les queda exactamente de deuda?
—¿Qué...? Eran mil monedas de plata al año. Este año ya han pagado algo más de la mitad, así que les quedan cuatro mil quinientas.
No se trataba de una suma que un prestamista fuera a conceder con ligereza. Por mucho que ostentaran el prestigio de ser proveedores de la corte, su producción no era masiva y el dinero no caía del cielo. Maomao tomó asiento con brusquedad.
—Entiendo. Ya que estamos, ¿qué tal si hacemos una apuesta?
—¿Una apuesta? Vaya, sí que apuntas alto. ¿Y se puede saber qué vas a apostar tú?
El terrateniente parecía albergar una confianza ciega en su resistencia a los vapores del alcohol y la menospreciaba sin disimulo.
—¿No es evidente? Se lo llevo señalando todo el rato —Maomao se dio unas palmaditas en el pecho de nuevo—. Si me venden a un tratante de mujeres, podrían obtener fácilmente trescientas monedas de plata por mí.
Varios de los hombres, sorprendidos en mitad del trago, escupieron el licor de la estupefacción.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Trescientas, dice! Cuánta consideración se tiene la cría. Oye, chavala, ¿tienes idea de cómo está el mercado?
«Y tanto que la tengo, por eso lo digo —pensó para sí—. ¿A cuántas chicas vendidas se cree que he visto desfilar por el distrito del placer?».
—Ni por la mejor pieza te darían cien. Y sin embargo, tú... ¡Alguien como tú...! ¡Ja, ja, ja, ja!
Le dio un ataque de risa tan fuerte que empezó a soltar salivazos mientras se desternillaba. La situación era idónea: el alcohol ya estaba obrando su efecto sobre el juicio del hombre. Al advertir su burla, Maomao esbozó una sonrisa de marcado desprecio. Ante aquel gesto de evidente provocación, la mitad de los presentes, ya nublados por el vino, la fulminaron con la mirada.
—Claro, si entregas un rábano lleno de tierra tal cual, es lógico que no te den ni cincuenta monedas. Es increíble que no sepan algo tan básico.
De pronto, el cuerpo de Maomao se sacudió. Alguien la había aferrado con fuerza por el cuello de su túnica, manteniéndola de puntillas. El insulto de «rábano»,un término peyorativo para referirse a las jóvenes de campo, toscas y de piel curtida, había herido su orgullo.
—¡Oye! ¡Atrévete a repetirlo!
El jornalero de mayor planta, con el rostro encendido por la furia, la sujetaba en vilo. Su puño alzado, ennegrecido por la labor en la tierra y cuajado de callosidades, poseía la fuerza necesaria para quebrantarla si descargaba el golpe. «La verdad es que me lo merezco por provocarlos», pensó. Pero no era momento de flaquear. El matasanos persistía en su desvanecimiento y los artesanos contemplaban la escena con el tostro desencajado por el miedo.
—No sabéis leer ni escribir. Je, je... Supongo que por eso no usaréis papel nunca.
—¡Déjala! Si la marcas, perderá valor.
Cuando el puño hizo ademán de iniciar su trayectoria, se detuvo en seco. Ante la orden tajante del terrateniente, el jornalero soltó a Maomao. El hombre había aludido a su valor de mercado. Es decir, acababa de aceptar la apuesta.
—Bien. ¿Quién empieza?
Los artesanos, atónitos, la observaban como si se hallaran ante una criatura de naturaleza incomprensible. El dueño y la dueña de la taberna contenían el aliento. El matasanos seguía postrado. Y entonces...
—¡Yo seré tu primer rival! —exclamó el hombre que la había agarrado instantes antes.
Era justamente el escenario que ella había orquestado.
¿Cuántas botellas vacías poblarían ya el suelo? Cuatro sujetos yacían desparramados y el quinto acababa de desplomarse pesadamente.
—Es una broma... ¿no? —inquirió con voz trémula el sobrino menor, que no cesaba de abanicar al matasanos para devolverle el sentido.
—Vaya. ¿Ya no quedan más?
Maomao apuró la copa que sostenía. Se trataba de un destilado que abrasaba la garganta, una mercancía de una calidad impropia para un establecimiento rural. No obstante, para ella, habituada a brebajes de una potencia devastadora, aquello no suponía un reto mayor. El error de los hombres fue recurrir al licor más fuerte pensando que doblegarían a la joven con presteza. Ellos, desacostumbrados a tal graduación, fueron sucumbiendo uno tras otro. Se hallaban sumidos en un sopor profundo, pero su vida no peligraba. Maomao no albergaba intención de mostrar clemencia; no sentía el menor deseo de acabar vendida a un burdel de la competencia.
—Ciento cincuenta.
Ese era el valor que, finalmente, le habían asignado. Dado que ella había exigido trescientas de inicio, la cifra le pareció aceptable. A fin de cuentas, los tratantes que buscaban el beneficio fácil a menudo adquirían a las doncellas de las aldeas por apenas veinte monedas de plata.
Habiendo ofrecido su propia libertad como aval, Maomao venció a su primer adversario con una solvencia pasmosa. No tardó en emerger el segundo contendiente. Bajo la vana premisa de que los jugos gástricos de la joven ya estarían saturados, cometió la imprudencia de apurar el licor de un solo trago, cayendo fulminado al instante. Así se sucedieron el tercero y el cuarto. Según la lógica más elemental, Maomao debería hallarse en una situación de extrema vulnerabilidad debido al alcohol acumulado; no obstante, para desdicha de sus rivales, su resistencia orgánica desafiaba cualquier previsión.
«Con este van cinco», computó mentalmente. Ciento cincuenta por el primero, trescientas por el segundo, seiscientas por el tercero... Tras doblegar a cinco hombres, Maomao ya había obtenido compromisos de pago por valor de dos mil cuatrocientas monedas de plata. Los supervivientes, con los rostros encendidos por una cólera impotente, no apartaban sus ojos de ella.
Aún restaba la mitad de la facción adversaria, pero a ella solo le bastaba una victoria de peso para disolver el conflicto. La deuda pendiente ascendía a cuatro mil quinientas monedas. Por fortuna, la embriaguez de sus oponentes facilitaba su labor; mediante una oratoria precisa y afilada, la boticaria había logrado que firmaran pagarés y documentos de compromiso improvisados sobre retales de papel. Seguramente ellos, viendo cómo su señor ignoraba con impunidad el contrato anterior de los artesanos, consideraban que aquellas actas no eran sino desperdicios sin valor jurídico.
Mientras los hombres refunfuñaban con el semblante descompuesto, el plato fuerte agarró finalmente la jarra.
—¿Me permites el honor?
El terrateniente de bigote prominente sonreía, mas su mirada conservaba una agudeza helada. Maomao se acarició el vientre con disimulo. «¿Podré prevalecer ante él?», se preguntó. Tras cinco rondas extenuantes, comenzaba a percibir los primeros efectos del alcohol. El terrateniente, habituado a los destilados de alta graduación, parecía conservar una entereza notable. Observó los pagarés con suficiencia mientras se mofaba de la fatiga que asomaba al rostro de ella.
Garabateó su firma y depositó el documento sobre la mesa con un golpe seco que resonó en toda la estancia.
—No me compares con estos alfeñiques. Mañana mismo haré que el tratante venga a por ti.
—Lo sé de sobra.
Simulando la resignación de quien carece de alternativas, Maomao extrajo un pequeño frasco de entre los pliegues de su regazo.
—¡Eh! ¡¿Qué es eso?! —saltó uno de los secuaces, poniéndose en guardia.
—Es que ya me he cansado del sabor de este licor. Solo quería darle un toque diferente.
Dicho esto, vertió el contenido del frasquito en su copa, teñida del tono ambarino del destilado. La reacción del terrateniente fue inmediata, movida por una mezcla de desconfianza y curiosidad.
—Espera un momento. Ponme un poco a mí también.
Maomao le entregó el frasco y el hombre vertió todo lo que quedaba en su propia copa.
—Espero que esto no sea ninguna medicina para que no se te suba el alcohol —dijo el hombre con sorna.
Con el rostro inexpresivo, la boticaria apuró su copa. El terrateniente, al ver que ella terminaba el trago y mantenía la compostura, sonrió con arrogancia y procedió a vaciar la suya de forma impetuosa. Bebió a grandes sorbos y, de pronto... se desplomó contra la madera.
Sus subordinados se apresuraron a socorrerlo, pero el hombre se hallaba sumido en una inconsciencia absoluta.
—¡Maldita seas! ¡¿Qué ponzoña le has echado?!
—¡Si yo he bebido lo mismo! —replicó ella con gélida calma.
El motivo de su desmayo no era otro que el alcohol.
—He ganado la apuesta.
—...
Ante el estupor generalizado de la taberna, Maomao se puso en pie y recogió los pagarés con parsimonia. Sin que su paso vacilara lo más mínimo, entregó los documentos al cuñado del matasanos y se dirigió a la dueña del local.
—Disculpa, ¿podrías indicarme dónde está el excusado?
—Al salir, a la derecha.
—Gracias.
Maomao abandonó la sala casi al trote. Por muchas jarras que uno sea capaz de vaciar, la necesidad fisiológica acaba por imponerse. E incluso para alguien de su temple, sufrir un percance de tal naturaleza ante una audiencia tan hostil habría resultado una ignominia insoportable.
—Dime una cosa, muchachita. ¿Qué es lo que has hecho? —preguntó el cuñado mientras doblaba con sumo celo los pagarés, tratándolos con la reverencia debida a un tesoro.
—Nada especial. Solo he añadido un poco de alcohol puro porque quería cambiarle el sabor.
Maomao solía llevar hierbas medicinales e instrumental médico entre los pliegues del cuello de su túnica. Entre sus pertenencias no faltaba el alcohol etílico destinado a la asepsia y desinfección. Al tratarse de un compuesto para uso médico, su graduación (cercana a los noventa grados) nada tenía que ver con la de un licor de consumo corriente. Cualquier persona de constitución ordinaria se habría desplomado con un solo sorbo, pero el terrateniente, movido por su propia soberbia, se había servido una cantidad generosa.
—¿Puedo preguntarte una cosa...?
—Dígame.
—Tú también has bebido esa mezcla de alcohol puro, ¿verdad? —cuestionó, mientras un ligero tic nervioso agitaba su semblante.
—Sí, sabía que esa cantidad aún podía aguantarla. Simplemente quería que esto terminara cuanto antes.
Maomao había razonado que, si realizaba un movimiento que despertara sospechas, su oponente mordería el anzuelo sin dilación. Se congratuló de que su ardid hubiera surtido el efecto deseado. Probablemente habría ganado de todos modos, pero a decir verdad, ignoraba si habría sido capaz de aguantarse las ganas de orinar hasta el final de la contienda.
—Menos mal que llegué a tiempo al excusado.
—Me alegro por eso, pero... No creo que esté bien apostar tu propia libertad por mucha confianza que tengas. Y menos por nosotros.
—No se confunda —aclaró Maomao, en lo que recuperaba los pagarés doblados de manos del cuñado con una sonrisa radiante, desprovista de cualquier asomo de altruismo—. ¡Esto es mi parte del botín!
—¡¿Eh...?! ¡Espera, muchachita!
El matasanos, que finalmente había vuelto en sí, tomó el relevo de su cuñado, quien permanecía sumido en el estupor.
—No seas tan desalmada, por favor.
—Aunque diga eso, no tengo tanta confianza con ustedes. Además, el asunto aún no ha terminado del todo.
Maomao desvió su mirada hacia el terrateniente, quien intentaba incorporarse con la ayuda de sus secuaces mientras se sujetaba la sien, presa del vértigo. A juzgar por los restos de vómito que mancillaban el suelo, debía de haber recuperado la consciencia de forma abrupta tras expeler el exceso de alcohol. El dueño del local observaba la escena con una expresión de profundo asco.
—¿No preferiría seguir durmiendo un poco más?
—¡Esa apuesta de antes no vale! —bramó el hombre.
«Vaya, la reacción esperada», caviló ella.
—No ha sido más que un entretenimiento propio de una borrachera. No iba en serio desde el principio.
—Pero aquí tengo los pagarés, debidamente validados con sus firmas y sellos. ¿Me va a decir ahora que su analfabetismo también os impide comprender su contenido?
—¡¿A mí qué me cuentas?! ¡Papel mojado, eso es lo que son!
Maomao se cruzó de brazos y, como quien no tiene otra opción, se plantó ante los barriles de alcohol de la taberna. Dio unas palmaditas sobre la madera de uno de ellos.
—Pues qué se le va a hacer. No me queda otra que informar a los oficiales de que están evadiendo los impuestos del alcohol.
Ante las palabras de la joven, se quedaron mudos y el ambiente se tensó. El terrateniente quedó boquiabierto y los jornaleros que aún conservaban la lucidez mostraron una agitación palmaria. Los dueños de la taberna parecían inquietos, mas al mismo tiempo traslucían cierto alivio. Los artesanos intercambiaron miradas de asombro antes de fijar la vista en Maomao. El matasanos, por su parte, se limitaba a ladear la cabeza, confuso.
—¿Qué es eso de evadir impuestos? —dijo el hijo mayor, el rebelde, siendo el primero en romper el silencio.
—Para fabricar alcohol se necesita permiso del Estado. Hacerlo para consumo personal es una cosa, pero suministrarlo a un establecimiento así está sujeto, sin género de duda, al impuesto sobre el alcohol.
En el ámbito comercial, siempre existían tributos, y la tasa se incrementaba proporcionalmente al tratarse de un artículo de lujo. Los impuestos de una taberna eran superiores a los de un restaurante, y en un burdel la tasa se tornaba exorbitante. La madame solía lamentarse de ello con frecuencia.
Maomao se había preguntado por qué aquel local cedía un espacio para la reunión al terrateniente. Supuso que quizá fuera su arrendador, pero el exceso de alcohol despertó su sospecha. Si un negocio lograba proveerse de tan abundante licor, de calidad aceptable y a bajo coste, su beneficio aumentaba considerablemente. Aunque el proveedor resultara un incordio, no podían permitirse despreciarlo. Dedujo que esa era la razón por la que no se sirvió el vino turbio cuando el terrateniente solicitó bebida. Seguramente empleaba a los jornaleros para fabricar el licor de forma clandestina, y no tenía sentido solicitar un brebaje del que ya estaban hastiados de consumir.
—Y me pregunto si no estarán desviando también la materia prima.
Para la obtención de alcohol se requería una ingente cantidad de grano, ya fuera arroz o trigo. En aquel licor parecía haberse empleado arroz. De pronto, Maomao recordó las acusaciones previas del terrateniente: «Ensuciáis el agua y por ello la cosecha de arroz ha bajado. No hay agua suficiente y el grano no prospera». La joven reflexionó sobre tal aseveración.
—Eso es mentira, ¿verdad? Al contrario, ¿no será que la cosecha de arroz es mejor que antes?
En el cultivo de arroz, el agua que desciende de los cursos superiores arrastra nutrientes procedentes de la descomposición de hojas y sedimentos, impidiendo el agotamiento del suelo. A menos que se vierta alguna sustancia tóxica, los residuos que se disuelven en el agua durante la fabricación del papel actúan, en realidad, como un fertilizante de excelente calidad.
Quizá por ese motivo el anterior terrateniente decidió vender las tierras en lugar de seguir alquilándolas. Es probable que ignorara la causa física exacta, mas no cabía duda de que la producción de arroz se había incrementado. Debió de resolver que asegurar la permanencia de los artesanos a largo plazo resultaría beneficioso para su patrimonio.
Y la boticaria supuso, por iniciativa propia, que en algún momento comenzaron a ocultar ese excedente de la cosecha para transformarlo en alcohol clandestino. La doble evasión fiscal, por el grano oculto y por el licor producido, solía castigarse con una severidad extrema. Se abstuvo de mencionar esto último, pues contravenía las enseñanzas de su padre, pero a juzgar por los semblantes lívidos del terrateniente y sus hombres, no parecía errar en su diagnóstico.
—¿T-Tienes pruebas de ello...? —balbuceó uno de los jornaleros, con la voz quebrada por la incertidumbre.
—¡Eso es! ¡¿Dónde están las evidencias?! —le secundaron los demás, intentando recuperar algo que en realidad se les escapaba entre los dedos.
—No se preocupen. Si son inocentes, los oficiales no encontrarán nada cuando registren sus casas.
Maomao pronunció estas palabras forzando una sonrisa cargada de ponzoña. Los jornaleros, que instantes antes protestaban con una energía desaforada, enmudecieron al unísono. La boticaria había hecho diana en el centro de sus temores.
—Eres muy valiente, muchachita —sentenció el terrateniente mientras se sujetaba la cabeza, aún víctima del vértigo—. ¿Crees que te vas a ir de rositas después de esto?
—Le devuelvo sus palabras. Al menos, tenga la lucidez de analizar su posición actual.
La joven se situó en un ángulo que le permitía escrutar al terrateniente desde una posición de superioridad física y moral. La mitad de sus huestes yacían por los suelos, vencidas por el alcohol, y él mismo no presentaba un estado mucho más decoroso. Los restantes, aunque permanecieran en pie, arrastraban una embriaguez que anulaba cualquier capacidad ofensiva; no se hallaban en condiciones de entablar batalla. En contraposición, el bando de los artesanos contaba con seis hombres robustos y en plena posesión de sus facultades. Al matasanos no lo incluía en su cómputo, pues su utilidad en una contienda era nula.
Los dueños de la taberna, por su parte, deseaban fervientemente permanecer al margen; su prioridad era simular ignorancia absoluta respecto a la procedencia del licor. Ella no abrigaba el deseo de recurrir a la violencia, pero si los agricultores osaban atacar, los artesanos responderían con la contundencia de quien ha soportado demasiadas calumnias infundadas.
Maomao esbozó una sonrisa de una vileza exquisita y rozó la mejilla del terrateniente con los pagarés, como quien acaricia a una presa con el filo de una daga.
—Si quiere, puede pedir ayuda... A cambio, nosotros enviaremos a alguien al galope para avisar a los oficiales —dijo con un tono cuya cadencia rozaba lo cantarín.
—Muchachita, ¿no tienes un aire un poco distinto al de siempre? —murmuró el matasanos, sobrecogido por la transformación de su fingida ayudante.
En ese momento, la puerta de la taberna se abrió de par en par. Para asombro de todos, apareció una joven ataviada con una túnica de una pulcritud inmaculada. Al contemplar el dantesco escenario, su rostro palideció. Corrió hacia el terrateniente caído pero, en lugar de prestarle socorro, se arrodilló e inclinó la cabeza con humildad ante los arrendatarios. Realizó una profunda reverencia.
—Sé que mi padre ha vuelto a hacer exigencias irrazonables. Pero, por favor, les ruego que no lleguen a las manos.
—No, nuestra intención no era... —empezó a decir el hijo menor negando con la cabeza, pero la joven seguía con la frente pegada al suelo, sin importarle que se le desordenara el cabello.
—Os ruego que nos perdonéis. Tened clemencia de mi insensato padre.
La chica no escuchaba a nadie y se limitaba a reiterar sus disculpas. Entonces, el que se adelantó fue el hijo mayor, aquel joven insolente.
—No vamos a hacerle nada... a papá.
Rodeó con suavidad los hombros de la joven para infundirle calma y la ayudó a incorporarse. Ella, con las pupilas empañadas por las lágrimas, buscó la mirada del joven y asintió con un leve movimiento de cabeza. Al presenciar tal escena, el terrateniente montó en cólera, poseído por una furia repentina.
—¡Oye, tú! ¡Desgraciado! ¡Aléjate de mi hija! —gritó e intentó levantarse, pero como aún le flaqueaban las piernas, volvió a caer al suelo.
—¡Padre!
—¡Suegro!
—¡Jamás consentiré ningún parentesco contigo!
«¿Qué coño está pasando aquí?», se sorprendió Maomao. El hijo menor observaba a su hermano con una expresión de absoluto escepticismo.
—¿Esto significa que...?
—Me temo que es exactamente lo que parece.
La flaca boticaria creyó comprender dos verdades: el motivo por el cual el primogénito mostraba simpatía hacia los labradores y la razón profunda por la que el terrateniente aborrecía a los forasteros y ansiaba su expulsión. Hallar la clave del misterio resultaba satisfactorio, mas habría preferido permanecer en la ignorancia. Se estaba desarrollando ante sus ojos un sainete digno de una comedia barata que, sinceramente, no tenía ganas ni de describir.
—Es que mi hermano es muy apasionado —comentó el menor, esbozando una media sonrisa mientras se tapaba la cara con una mano y desviaba la mirada.
—Pues si esa pasión conduce a la ruina de la aldea, vais listos —sentenció Maomao.
Dio voz así a los pensamientos del resto de los artesanos, que asintieron con gesto grave. Reflexionó que incluir al hijo mayor en la reunión había sido una decisión errónea, mas recordó que, al fin y al cabo, compartía linaje con el matasanos. Siendo de su misma sangre, era previsible que fuera un hombre desprovisto de prudencia. Maomao se dejó caer en la silla con desgana.
—Tráeme más alcohol, te lo ruego —solicitó alzando la mano hacia la dueña.
—¿Todavía conservas la compostura para seguir bebiendo?
—Aguanto lo que me echen.
Ante sus palabras, recibió una oleada de miradas estupefactas, pero no les hizo ni caso. Quizá los vapores del alcohol habían nublado su juicio más de lo que estaba dispuesta a admitir. No fue hasta que la sobriedad reclamó su lugar cuando advirtió que su lengua había estado mucho más ágil de lo que la discreción aconsejaba.
—Parecías una villana de las de verdad —le repitió el matasanos en sucesivas ocasiones durante el trayecto de regreso.
Al final, Maomao nunca llegó a percibir aquellas cuatro mil ochocientas monedas de plata de más. Por supuesto, de haberlas cobrado, habrían sido dinero sucio, y el resentimiento habría resultado un fardo demasiado oneroso para ella. En su lugar, consiguió la promesa de que enviarían ciento cincuenta dan de arroz gratis a la Casa Verdigris durante los próximos diez años. (NT: Un dan en China es una unidad tradicional de peso equivalente a 50 kg.) El consumo anual de arroz de dos personas suele ser de unos tres dan. Era mucho más de lo necesario para una sola persona, pero como el arroz podía usarse como una sólida moneda de cambio en el mercado, la boticaria no puso objeción alguna. La madame contrajo así una deuda de gratitud con ella. Para que el equilibrio fuera justo, el arrendamiento de su botica debería serle condonado durante el próximo medio siglo.
Respecto al contrato de arrendamiento con los artesanos, este se preservó en sus términos originales. El hecho de que se descubriera que fabricaban alcohol ilegalmente pesó mucho. Los campesinos, amedrentados ante la sola mención de una inspección oficial, no volvieron a proferir protesta alguna. Asimismo, se hizo circular la noticia de que el matasanos se hallaba bajo el amparo directo de la corte, salvaguardando así la dignidad del facultativo ante sus paisanos.
Si en el futuro persistían en la elusión de impuestos o si abandonaban tal práctica, era una cuestión que a Maomao le resultaba indiferente. Del mismo modo, el destino del idilio entre el primogénito del artesano y la hija del terrateniente ni lo conocía ni despertaba en ella el más mínimo interés. Seguramente las relaciones con los campesinos serían más fluidas si partían peras. Maomao llegó a concebir con cierta malicia la idea de atraer al joven al distrito del placer para precipitar el fin de aquel romance, pero desechó el pensamiento por puro tedio.
Y así fue como, tras las peripecias rurales, Maomao retornó de nuevo al barrio del placer. No obstante...
—¡Miau!
¡¿Qué hacía el gato allí?! Durante el trayecto de vuelta, el felino se había mostrado inusualmente inquieto, correteando por el interior del carruaje. Se había ocultado entre el equipaje donde Maomao custodiaba el papel de calidad suprema que le entregaron como presente. El animal había empleado la hoja superior para afilar sus garras, dejándola reducida a jirones.
—¡Anda! ¡Si has traído de vuelta a Miaumiau!
El avispado Chue apareció enseguida y se puso a jugar con el gato agitando los cordones de su faja. El matasanos había regresado al palacio interior a toda prisa, y aunque Maomao albergaba la intención de devolverle a Miaumiau, tenía la habitación llena de peticiones de recetas de medicinas. La boticaria exhaló un suspiro de resignación y comenzó a escrutar sus anaqueles en busca de los ingredientes necesarios para los preparados.
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