
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
—¿De la señora Ah-Duo?
Se trataba de la antigua Consorte Superior. Intrigada por la naturaleza del llamamiento, Maomao se abandonó al rítmico traqueteo del carruaje. Sin embargo, su destino no fue el palacio de recreo de la dama, sino el palacio exterior. La condujeron a un pabellón fronterizo, situado justo en el confín con el palacio interior. Aguardando el desarrollo de los acontecimientos, la boticaria balanceaba sus piernas con la impaciencia contenida de una niña.
En la vasta estancia donde fue recibida, había un oficial militar custodiando la entrada. Maomao reconoció sus facciones; lo había visto anteriormente en los dominios del palacio interior. En efecto, se trataba de un eunuco. «¿Por qué hay un eunuco aquí?», se preguntó. Fuera de la jurisdicción del palacio interior, lo protocolario habría sido emplear a militares corrientes.
La incógnita se disipó de inmediato al escuchar una voz de matices casi varoniles:
—Siento haberte hecho esperar.
Quien entró en la habitación fue Ah-Duo. Vestía ropas de corte occidental que realzaban su silueta alta y esbelta. Tras su imponente presencia, se adivinaba una pequeña figura que buscaba refugio.
—Hola, Señora Ah-Duo. Oh, usted también...
Allí estaba la consorte Lishu, con el ánimo quebrantado y al borde del llanto.
—Esta es una ocasión especial. He decidido tomar prestada por un tiempo a esta flor del palacio interior —explicó Ah-Duo con una presencia tan digna como la de un actor de teatro de tragedia.
Así fue como Maomao terminó en el pabellón de Ah-Duo en compañía de la consorte Lishu, a quien se le había otorgado una dispensa especial para salir del palacio interior. La boticaria se sentía ligeramente abrumada por la atmósfera de la merienda que se estaba celebrando en el cenador.
«Este aroma... ¡Es de té de rosas! —analizó mediante el olfato—. A las chicas de la Casa Verdegris les encantaría». Se trataba de una infusión de escaramujo, de fragancia y sabor agridulce. Pese a llamarse té de rosas, su matiz rojo no provenía de las rosas, sino de una flor roja de origen tropical. Poseía efectos beneficiosos para la piel y la salud general, pero dada la rareza de dicha especie, era un lujo que Maomao no podía degustar fuera de los muros del palacio. Como de costumbre, pensó en pedir que le dieran un poco para llevarse después; no obstante, incluso un artículo tan refinado parecía fuera de lugar en aquel entorno caótico.
—¡Eh, eso es mío!
—¡Mentira! ¡Yo lo cogí primero, así que es mío!
A su alrededor, el aire se llenaba con las risas y gritos de los niños que residían en el pabellón. No eran los supervivientes del Clan Shi; al parecer, la excéntrica anfitriona se consagraba a la acogida de huérfanos por pura filantropía. Los del Clan Shi no se encontraban allí, como tampoco lo hacía Suirei; probablemente habitaban en algún lugar más reservado. La consorte Lishu ignoraba su existencia, pero, por cautela, era preferible evitar cualquier encuentro.
En cualquier caso, aquellos infantes trataban el té de alta calidad como si fuera pigmento para mancillar el mantel. La mesa aparecía sembrada de migajas de los dulces servidos. Al ver cómo los niños agarraban los pastelitos con las manos cubiertas de barro, la consorte Lishu, joven de noble cuna y modales exquisitos, se mostraba presa del horror, mientras que Ah-Duo intentaba reprenderlos con una expresión de apuro.
«¿Debería darles un par de guantazos para que aprendan?», pensó Maomao. Por desgracia, aunque Ah-Duo dominaba el arte de la apariencia masculina, su temperamento era bondadoso y difícilmente consentiría que nadie empleara métodos de instrucción tan severos con los infantes
Quien se sentía aún más desplazada que la propia boticaria, a quien los niños no despertaban simpatía alguna, era la consorte Lishu. Rodeada de pequeños de menor edad que ella, permanecía asustada como una criatura indefensa.
—Vamos, vamos, id a jugar por allí —intervino finalmente Ah-Duo, y las criadas se llevaron a los niños de la mano.
Ah-Duo y la consorte Lishu compartían un vínculo desde hacía mucho tiempo. ¿Cuál sería el motivo de que la antigua consorte hubiera extraído a la chica del palacio interior y convocado a Maomao? La razón no tardó en revelarse:
—He oído que hace tiempo diste unas clases en el palacio interior. ¿Podrías hacer lo mismo por esta joven?
—¿Eh?
Ante la respuesta atónita de Maomao, la consorte Lishu volvió a temblar como un ratoncito.
Lishu cumplía dieciséis este año; aunque no despertara el interés del Emperador, era una edad en la que el protocolo exigía que fuera visitada formalmente. Tras la desaparición de Loulan y dado que tanto la Emperatriz Gyokujou como la consorte Lihua acababan de alumbrar príncipes, resultaba imperativo que Lishu compartiera el lecho con el soberano, ya fuera que él tuviera su corazón puesto en ella o no. De lo contrario, la estabilidad política y la posición del propio Emperador se verían comprometidas, con independencia de sus afectos personales.
Maomao asintió para sus adentros. Conocedora del carácter de Ah-Duo, no dudaba de que esta había obtenido el permiso del Emperador. Seguramente actuaba más movida por el bienestar de Lishu que por su antigua jerarquía. No obstante, percibía que aquello estaba generando un enredo innecesario. En la mirada vacilante de la consorte Lishu se amalgamaba el pavor con una melancolía preñada de remordimiento. Por desgracia, Ah-Duo no parecía percatarse de tal conflicto.
«Ah, ya veo... —reflexionó Maomao—. Ah-Duo debe de ser esa clase de personas...». Ella no era quién para hablar de los demás, mas concluyó que Ah-Duo poseía una suerte de ceguera emocional: una incapacidad para percibir los sentimientos ajenos en situaciones donde lo habitual sería hacerlo. Por ello, observando la escena con la frialdad de un tercero, la boticaria sentenció:
—En ese caso, ¿podría dejarme a solas con la consorte Lishu?
Ante esa petición, Lishu se estremeció de terror, mientras que Ah-Duo, interpretando que Maomao albergaba un gran entusiasmo por la tarea, asintió con satisfacción.
Tras la partida de Ah-Duo, Maomao observó a la consorte Lishu mientras exhalaba un suspiro cargado de escepticismo. Las pupilas de la joven se hallaban nubladas, sumidas en una melancolía que parecía no tener fondo.
—El resto de las consortes ya han cumplido con su deber de dar descendencia. Usted no puede ser la excepción —murmuró Maomao con una cadencia monótona—. La corona de Emperatriz es hoy una cumbre inalcanzable; no hay nada que hacer. En este instante, tu única prioridad es dar a luz a un varón cuanto antes. Debes concebir pronto. ¿Cuál crees que es, si no, el propósito de tu estancia en el palacio interior?
La vida de los infantes es un hilo quebradizo que la parca puede cortar en cualquier instante. Lishu se cubrió los oídos con desesperación, como si pretendiera sellar su entendimiento ante las palabras de la boticaria. Sin embargo, la voz de Maomao, gélida y precisa, debía de filtrarse con nitidez a través de sus dedos.
No resultaba insólito que una doncella virgen albergara pavor hacia el género masculino. Xeniaxen: Pero esta chica no es virgen, ¿no? ¿No fue consorte del anterior Emperador depravado? ¿O me estoy equivocando? Maomao, cuya infancia transcurrió en un entorno donde dicho temor se cultivaba como un valor añadido para el comercio carnal, lo comprendía con una claridad meridiana. Había visto a niñas vendidas a los burdeles antes de alcanzar la pubertad, instruidas en las artes del deleite y agasajadas con sedas y manjares a cambio de atender a los clientes. A la prostituta que recibía a su primer hombre, se le servía a la mañana siguiente un plato de carne de primera calidad; incluso la madame, cuya avaricia era legendaria, tenía ese tipo de detalles.
Como pretendiente, el Emperador poseía virtudes irreprochables. Pese a la brecha generacional, se trataba del soberano: un hombre de porte imponente y barba aristocrática. Y aunque tuviera demasiada vitalidad nocturna, no era de los que cometían atrocidades. Ahora bien, en el pánico que Lishu profesaba ante su inminente noche de pasión, Maomao percibía algo que trascendía el previsible reparo de una doncella. ¿Cuántas personas se habrían dado cuenta? Era probable que el propio Emperador fuera consciente de ello, y de ahí su benevolencia al postergar el encuentro. Sin embargo, existía una figura clave que, en su ceguera emocional, persistía en una injerencia tan bienintencionada como desastrosa.
Maomao tomó asiento y sorbió el té, que ya había perdido todo vestigio de calor.
—Si la señora Ah-Duo es como una madre para ti, ¿podría decirse que Su Majestad ocupa el lugar de un padre en tu corazón?
Tales palabras rozaban la linde del desacato, pero allí solo estaban Maomao y la consorte Lishu. La boticaria tenía constancia de que la madre de Lishu había fallecido hacía largo tiempo y que su padre no veía en ella más que una herramienta política, ya que la envió al palacio interior siendo apenas una niña. En aquel entonces, Ah-Duo, como consorte del Príncipe Heredero, se erigió sin duda en el único refugio emocional para la pequeña.
Las facciones de Lishu se contrajeron en una mueca de dolor, preludio de un llanto inminente. No obstante, mediante un esfuerzo de voluntad, clavó su mirada en Maomao mientras intentaba contener el flujo de su desdicha.
—En realidad... Yo no debería... Mi regreso al palacio interior jamás debió producirse.
Lishu hilaba su confesión de forma entrecortada, con la voz rota. Tras el deceso del anterior Emperador, su padre pretendió instrumentalizarla de nuevo tras su breve retiro en un convento. Su intención inicial consistía en entregarla en nupcias al gobernador del sur, un hombre que, por edad, podría haber sido su abuelo y que, pese a carecer de esposa legítima, era un libertino que mantenía a una decena de concubinas a su servicio.
Lishu pertenecía al clan U, un linaje que antaño recibió su denominación de la propia familia imperial. Sin embargo, desde la instauración de la meritocracia en la época de la Mujer Emperador, el prestigio del apellido se había desvanecido. Por ello, el consenso de un clan en decadencia era asegurar su prosperidad a cualquier precio, incluso el sacrificio de una hija.
—Quienes detuvieron mi destino fueron Ah-Duo y Su Majestad.
Al parecer, al tener noticia del compromiso de Lishu a través de los rumores que corrían en la corte, Ah-Duo intercedió ante el Emperador. Reflexionando sobre ello, Maomao sospechó que aquello pudo ser una maniobra estratégica. El compromiso era casi un hecho consumado y, para invalidarlo, se requería una justificación de peso que solo la autoridad imperial podía proporcionar.
«Ahora todo cobra sentido», se dijo Maomao. Comparada con las otras Consortes Superiores, Lishu se quedaba corta. No se trataba de su aspecto físico, sino de una falta de sagacidad y la entereza necesarias para el cargo. Ante la disyuntiva de que la niña se convirtiera en el trofeo de un anciano depravado o que hallara refugio como una flor en el palacio interior, Ah-Duo optó por la segunda vía.
—Supongo que mi reticencia nace de que de pequeña le tenía tanto afecto a Su Majestad que incluso me sentaba en sus rodillas.
—Comprendo.
Si bien en la infancia tal gesto carecía de malicia, de repetirse en el presente, esta muchacha de corazón quebradizo probablemente dejaría de respirar del susto. En el mundo abundaban las uniones con disparidad de edades; si la mujer era la mayor, el escándalo estaba servido, oeri si era el hombre, la sociedad lo aceptaba como norma. No era extraño preguntar a un hombre por la niña que cargaba a su espalda y recibir por respuesta que no era su hija, sino su esposa. En este sentido, Ah-Duo debió de confiar en que, con el transcurso de los años, Lishu florecería como una mujer adulta capaz de aceptar su destino al lado de la figura con más poder del país.
«Un dilema de difícil resolución», meditó Maomao. Los planes de Ah-Duo habían fallado. Lishu seguía siendo una niña, y la razón de tal inmovilismo era la propia Ah-Duo. Aunque su mentora ya no ostentara el rango de consorte, en la mente de Lishu ella seguía siendo la única mujer legítima para ocupar el lugar junto a Su Majestad.
—Entiendo que no sea fácil de asimilar, pero es tu trabajo.
En el palacio interior, todos los rangos percibían un estipendio, incluidas las consortes. No obstante, Lishu estrujaba el tejido de su túnica con las manos trémulas y los ojos anegados en lágrimas.
—...
Maomao no pudo evitar compadecer al Emperador por la dificultad de lidiar con una consorte de tal naturaleza. Probablemente el soberano compartía la misma desazón, habiendo pospuesto sus visitas por un respeto casi fraternal. Ojalá Ah-Duo poseyera la sensibilidad necesaria para descifrar tales sentimientos... Maomao se llevó las manos a la cabeza, sumida en una profunda cavilación sobre el siguiente paso a seguir.
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