25/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 16




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 16
Cúmulo de problemas

En el cielo, una luna solitaria pendía como un centinela de plata. Aunque la nieve había cesado en su caída persistente, la ausencia de nubes auguraba una noche de un frío lacerante. En la estancia, el calor emanaba de un brasero de bronce, y Suiren, su dama de confianza, le había servido una infusión de jengibre con el propósito de templar su cuerpo.

Sentado sobre su lecho, Jinshi bebió un sorbo de la bebida. «¿Hasta cuándo me seguirá tratando como a un niño?», divagó. El dulzor de la miel era excesivo; recordaba vívidamente que la última vez que él protestó por el picante del jengibre fue a la tierna edad de siete años. A decir verdad, habría preferido algo que despejara sus sentidos, pero comprendió que aquel cuenco representaba una sutil pero firme presión por parte de Suiren. Sin duda, ella había advertido que no había dormido lo suficiente últimamente. Para la nodriza que lo había acunado desde su nacimiento, los disimulos de Jinshi eran tan transparentes como el cristal.

No obstante, mientras la carga de sus deberes no hallara reposo, la realidad era que no tenía más remedio que seguir trabajando. «Qué difícil es todo», pensó mientras exhalaba un suspiro que pareció pesar más que la misma noche.

Es imperativo que quienes detentan el poder asuman la responsabilidad que conlleva. Resultaría infinitamente más sencillo renunciar a tan tediosa carga y abandonarse a la molicie de un necio: saciar el apetito a voluntad, pernoctar sin horarios y actuar según el capricho del momento. Y si en tal existencia hubiera algo a lo que amar, la dicha sería completa.

Al hilo de estos pensamientos, suspiró de nuevo, consciente de la futilidad de sus anhelos. En este plano terrenal, apenas nada se ajusta a los deseos del hombre. Por mucho que fantaseara con que la necedad le otorgaría la paz, una parte intrínseca de su ser se rebelaba contra la ignorancia.

Bajo la luz vacilante de los farolillos, Jinshi extrajo un pliego de un cajón custodiado bajo llave. Extendió la hoja, cuya superficie aparecía ajada y surcada de pliegues. Era el legado que le había dejado Loulan, la hija del líder del Clan Shi.

«Entonces, dejará ir a aquellos que han muerto una vez, ¿verdad?», le dijo ella. Aquella promesa, que a oídos de Jinshi en ese momento sonó a un despropósito absurdo, fue el precio exigido a cambio de entregarle aquel documento.

¿Cuál era el grado de veracidad en lo escrito por la dama? ¿O acaso pretendía Loulan seguir manipulando los hilos de su destino incluso después de haberse desvanecido de la faz de la tierra? El contenido del escrito alimentaba, precisamente, esa sospecha.

—La plaga de langostas... —murmuró con voz queda.

Un desastre natural de tal magnitud poseía el potencial de resquebrajar los cimientos de una nación. Loulan había colaborado en dicha investigación, mas, por desgracia, el erudito que la encabezaba se hallaba ahora en un estado vegetativo. Fue por los efectos secundarios de aquella medicina para la resurrección.

Lo que Loulan había trazado en el papel era un mapa cartográfico. En él destacaban diversas flechas que señalaban la trayectoria de las corrientes de aire procedentes del oeste. Aquel antiguo médico de la corte era un hombre que, tiempo atrás, había cursado estudios en occidente. Precisamente por su conocimiento de la geografía de aquellas latitudes, sus deducciones resultaban tan audaces que jamás habrían brotado en la mente de Jinshi.

Las plagas de langostas solían originarse cuando los enjambres migratorios llegaban transportados por los vientos. Recorrían distancias vastas, superando en ocasiones los mil li. (NT: 500 km.) Estos insectos criaban en las tierras del imperio, engendrando inicialmente un brote de menor escala. Si se ignoraba tal señal, al año siguiente la devastación alcanzaba proporciones catastróficas.

Esto guardaba una armonía inquietante con las advertencias de Maomao, la hija del boticario. Como medidas de prevención, este año ya se habían implementado acciones directas: el incremento de los impuestos en regiones donde parecía haber menos riesgo de plaga, la veda temporal de la caza de gorriones y la instrucción en las aldeas sobre la manufactura de pesticidas. No existía certeza sobre si la plaga se manifestaría con toda su crudeza, pero Jinshi resolvió que, aun si no ocurría, tales estrategias no eran sino un modo loable de optimizar el rendimiento agrícola.

Dado que ni el agudo ingenio de Maomao parecía hallar más soluciones, Jinshi consideraba que el camino trazado era el correcto. Sin embargo, en el manuscrito de Loulan subyacía otra cuestión que le provocaba una profunda cefalea.

Mencionaba la posibilidad de que las langostas procedieran de otras regiones, o mejor dicho, desde otros países. Las plagas no conocían fronteras, y la historia daba fe de cómo la hambruna en un reino solía ser el preludio de una conflagración bélica.

El noble extrajo otro documento: una ilustración detallada de las langostas migratorias que habían proliferado el año anterior. Comparó el dibujo con el legado de Loulan. Junto al mapa, aparecían esbozados varios tipos de langostas, indicando qué especie predominaba en cada demarcación geográfica.

—...

Incapaz de contener su zozobra, Jinshi se revolvió el cabello con frustración. Las conjeturas más aciagas no hacían sino cobrar fuerza. ¡Qué feliz sería si todo esto fuera un error! Cuánta satisfacción hallaría si las investigaciones del antiguo médico carecieran de madurez y no fueran más que una teoría vacía.

Si se analizaba a qué región se asemejaban más los especímenes que infestaron el territorio el año pasado, la respuesta apuntaba al noroeste del país de Li, donde se extendía una nación con vastos recursos graneros y zonas forestales a la que en la corte denominaban Hokuaren. (NT: El nombre de Hokuaren, en japonés, significa «conjunto de países inferiores en el norte».) El motivo por el cual las tribus nómadas hostigaban las fronteras con tal asiduidad residía, precisamente, en Hokuaren. Podría decirse que la diplomacia entre ambos estados distaba mucho de ser cordial.

La última gran guerra contra dicha nación se libró durante el mandato del abuelo del actual Emperador. Fue tras aquella guerra cuando el soberano cayó enfermo y su hijo, el anterior Emperador, ascendió al trono. En los registros constaba que, en el año en que estallaron las hostilidades, las plagas de langostas asolaron tanto a Li como a Hokuaren.

Cuando la penuria extrema se instala en un pueblo, este no halla más salida que arrebatar el sustento al vecino. Aquello derivó en una hambruna atroz; las crónicas oficiales hablaban de decenas de miles de fallecidos por inanición. No obstante, Jinshi sospechaba que la cifra real era muy superior, pues en aquel entonces no se distinguía con precisión entre los caídos en combate y las víctimas del hambre, sumado a una corrupción política mucho más enraizada que la actual.

En los tiempos presentes, el nombre de la anterior Emperatriz Viuda, conocida como la Mujer Emperador, se empleaba como epíteto de la maldad pura. Sin embargo, no se podía sino admirar la sagacidad con la que sostuvo al anterior Emperador tras su investidura, extirpando de raíz la podredumbre administrativa.

«Parece una broma pesada...», pensó Jinshi. Al reflexionar que el actual soberano gozaba de la reputación de ser un hombre sabio gracias al legado de la Mujer Emperador y a la existencia de un villano como Shishou, uno comprendía hasta qué punto los poderosos no eran sino títeres danzando sobre un tablado. «Vaya herencia nos dejó», fulminó hacia sus adentros.

Jinshi cerró el cajón y echó la llave, albergando la esperanza de que tales temores no fueran sino sombras infundadas. Si el desastre no llegaba a materializarse, la fortuna les sonreiría. Pero no podía permitirse el lujo del optimismo si ello implicaba precipitar el peor de los escenarios. No es que profesara amor por la guerra, mas había deberes que no admitían dilación.

—Eso también fue un regalo de despedida, supongo —declaró en voz alta, dejando que las palabras escaparan a su control.

Jinshi evocó el fuerte que el Clan Shi empleaba como bastión. Aunque la edificación había quedado sepultada bajo un alud de nieve, en sus profundidades aguardaba un arsenal de pólvora y feifas. Aquellas piezas, tras ser sometidas a múltiples refinamientos, resultaban superiores a las que poseía el Ejército Imperial. Por desgracia, los diagramas de fabricación se perdieron en el incendio, pero mientras conservaran los modelos originales, el ingenio de sus armeros podría reconstruir los dibujos de los planos.

Se había decidido emplear el fuerte tal cual como centro de producción de pólvora. No obstante, el método de manufactura anterior conllevaba un riesgo de incendio extremadamente elevado, un punto que los estrategas aún se hallaban meditando.

En cuanto a la forja de las feifas, la producción se había trasladado a un emplazamiento distinto. Contaban con la riqueza maderera de Shibei (NT: Región del norte de Li, cuyos dominios pertenecían antes al Clan Shi.) y, al verse privados de su uso directo, fue necesario aguzar el ingenio. Para la siderurgia no solo se requería la materia prima, sino también una ingente cantidad de combustible. (NT: La siderurgia es la rama de la metalurgia dedicada a la extracción y procesamiento del mineral de hierro para obtener hierro puro, fundición y, principalmente, acero; que se usa para la fabricación de las feifas.)

La pesadez en sus sienes no remitía, y la jornada aún aguardaba su clausura. Jinshi debía examinar con minuciosidad los asuntos que, con toda probabilidad, emergerían durante la audiencia imperial matutina.

A pesar de que el alto funcionariado había mantenido una quietud aparente tras el desmembramiento del Clan Shi, resultaba ilusorio pretender que la podredumbre se hubiera extirpado por completo. No se trataba meramente de una maniobra de distracción, como la lagartija que desprende su cola para huir, pero lo cierto era que la purga se había limitado casi exclusivamente a los Shi. Sin duda, persistían numerosos dignatarios cuyos vínculos con la corrupción permanecían intactos. ¿Durante cuánto tiempo preservarían este silencio? Casi preferiría que se quedaran callados para siempre.

Por el contrario, aquellos que habían comenzado a alzar la voz con inusitada firmeza eran, o bien sujetos ajenos a las intrigas del Clan Shi, o bien individuos dotados de una audacia imperturbable, capaces de actuar con total frialdad a pesar del clima de sospecha. Entre estos últimos, existía una figura que le inspiraba una profunda inquietud: un hombre que, en comparación, hacía que la malicia de Shishou pareciera la de un actor de reparto. Tras la desaparición de sus superiores jerárquicos, la influencia de este individuo se había dilatado de forma abrupta.

Pese a que su condición de eunuco pertenecía ya al pasado, las responsabilidades de Jinshi seguían siendo, en la práctica, idénticas a las de antaño.

En la actualidad, el palacio interior albergaba a dos consortes de alto rango. Una de ellas era Lihua, pariente lejana del Emperador y, por ende, del propio Jinshi, quien acababa de alumbrar a su segundo hijo. (NT: Recordemos que el primero murió debido al incidente de los polvos de maquillaje tóxicos.) Aunque se trataba de un varón, la elevación de Gyokujou, que siempre había sido la consorte predilecta del Emperador, al rango de Emperatriz consagraba a su propio hijo como el heredero legítimo al trono. A menos que una desgracia inefable aconteciera a la Emperatriz Gyokujou, las posibilidades de que Lihua ascendiera a la posición de esposa principal eran exiguas, una contingencia que el Emperador no tenía intención de propiciar. Además, el reintegrado ya en sus funciones como médico oficial Luomen advirtió que el exceso de consanguinidad solía derivar en una descendencia de salud precaria; un conocimiento que la casa imperial ya manejaba con cautela.

Al mismo tiempo, la Emperatriz Gyokujou era originaria del oeste, concretamente de la Provincia de Isei. Ante la eventualidad de futuras disputas fronterizas con las naciones occidentales, dicha región se erigía como un enclave geoestratégico fundamental. Jinshi había juzgado prematura la designación de una Emperatriz, mas tras considerar la importancia de asegurar la lealtad de las provincias fronterizas mediante este vínculo, no tuvo más opción que claudicar. Por su parte, la Consorte Lihua, dotada de una inteligencia notable, comprendió la situación sin ambages. Ahora bien, en lo referente a la otra consorte...

La consorte Lishu alcanzaba este año los dieciséis, edad que permitía ya considerarla una mujer adulta, pero... Jinshi exhaló un nuevo suspiro de frustración. Conocía íntimamente las preferencias del Emperador: su inclinación se decantaba por mujeres de anatomía generosa y feminidad acentuada. Ignoraba si esta predilección nacía de una reacción instintiva de rechazo hacia las parafilias de su padre, el anterior Emperador, o si se trataba de su gusto genuino.

Sin embargo, Jinshi se vio obligado a recordar que el papel de consorte no era sino un oficio y que, al mismo tiempo, servía para mantener el equilibrio político. Considerar que bastaría con que el soberano cumpliera con la visita nocturna a sus aposentos, aunque solo fuera por salvaguardar las apariencias, ¿no sería acaso el razonamiento de un hombre desprovisto de toda sensibilidad? (NT: Jinshi se cuestiona su propia falta de tacto. Considera que pedirle al Emperador que fuerce una intimidad física sin afecto por pura política es una exigencia carente de delicadeza hacia ambas partes.)

Para el Emperador, existía un motivo adicional que trascendía la falta de atracción física. Y es que Ah-Duo, quien fue su consorte desde su época de Príncipe Heredero, profesaba a Lishu un afecto casi materno. Al parecer, en esos tiempos, los tres compartían con frecuencia la hora del té, conformando una suerte de familia ficticia que hacía que el soberano viera ahora en Lishu a una hija o hermana menor.

Aquel argumento sobre la preferencia por mujeres prominentes comenzaba a antojársele una excusa. Antes de perder su capacidad reproductiva, incluso Ah-Duo poseía una constitución grácil y esbelta. Y mientras ostentó el título de Príncipe Heredero, el soberano no deseó a ninguna otra mujer a su lado. ¿Qué verdad se ocultaba tras aquel vacío hacia Lishu?

Jinshi solo había alcanzado a comprender la magnitud de aquellos hechos en años recientes, mientras que Gaoshun los conocía desde hacía décadas. El Jinshi que ignoraba tales complejidades terminó asumiendo el rol de eunuco en el palacio interior. Con el fin de eludir su propia posición como sucesor al trono y no entorpecer el linaje de su hermano, se ofreció voluntario para la tarea de seleccionar y administrar las esposas del soberano. Evocándolo ahora, se percataba de la crueldad intrínseca de aquel destino autoimpuesto.

Exhaló un último suspiro y cerró los documentos destinados a la audiencia matinal. Se retiró al lecho y apagó la luz. Mientras lamentaba haber descuidado su entrenamiento físico nocturno, decidió entregarse al sueño. Mañana debería dar cuenta de este delicado asunto al Emperador.

Si lograba que el soberano realizara una visita a Lishu, aunque fuera por mero compromiso protocolario, quizá los funcionarios que ahora ganaban terreno se apaciguarían. Cabía la posibilidad de que el efecto fuera el opuesto, pero eso sería otro asunto que atender.

Aquel hombre que se perfilaba como una versión más peligrosa y refinada de Shishou no era otro que el padre de la consorte Lishu: Uryuu, quien ahora ejercía una presión asfixiante sobre la corte debido a la falta de atención marital que el Emperador dispensaba a su hija.



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