
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 3
«Se ha desatado una auténtica carnicería. Qué barbaridad», pensó Lihaku. Frente a él, los soldados de Shishou estaban sumidos en pánico, incapaces de reaccionar a la repentina invasión. Aunque se apresuraron a empuñar sus lanzas, no eran rivales para Lihaku y sus hombres, que estaban totalmente preparados.
Su misión consistía en capturar a los traidores: el Clan Shi. Se hallaban a quinientos li al norte de la capital. El hecho de que una fortaleza supuestamente abandonada hubiera sido restaurada y albergara guarniciones de soldados solo podía significar una cosa: se habían alzado como enemigos del Emperador.
Pese a que era una fortaleza de tamaño considerable, resultaba una temeridad pretender una rebelión con tan escasos medios. Según los informes, se había producido una fractura interna entre los conspiradores, siendo el Clan Shi el único que optó por la línea más intransigente. El jefe del clan, Shishou, era una figura de gran peso en la corte, un hombre al que el Emperador no podía contrariar, hasta el punto de haber forzado el retiro de la anterior Consorte Superior para entronizar a su propia hija, Loulan.
Al blandir su bastón, Lihaku ladeó la cabeza con extrañeza. Ignoraba si el hombre estaba cegado por la codicia o si había perdido el juicio. Al verse acorralado, ¿no era un suicidio político abandonar la capital y atrincherarse en un lugar así, reclamando a gritos ser tildado de traidor? ¿Por qué el «viejo mapache» cometería tal insensatez?
Sin embargo, Lihaku era un militar. Dejaría las cábalas para otros y se consagraría a su deber. Barrió las piernas de un adversario con su bastón y lo abatió con presteza. Tras él, sus subordinados, ataviados con abrigos blancos, maniataban a los caídos.
Él también vestía un abrigo blanco, pero se lo acababa de quitar porque le estorbaba. Aquella indumentaria delataba con crueldad cualquier salpicadura de sangre. Originalmente, no era un atuendo apropiado para la batalla, pero se consideró el color idóneo para camuflarse con el blanco de la nieve. Resultaba perfecto para pasar inadvertidos; en una noche sin luna, se volvían prácticamente invisibles.
Lihaku y sus hombres avanzaron sin antorchas. La unidad se había dividido en dos de camino a la fortaleza: una vanguardia de infantería, compuesta por hombres acostumbrados a la nieve y diestros en el combate, y el resto del contingente en la retaguardia. Ambas secciones operaban separadas por decenas de li. El resultado fue que los centinelas de la fortaleza, distraídos por las luces de la unidad trasera durante la noche, no se dieron cuenta de la avanzada que se aproximaba sigilosa. Erraron al suponer que el enemigo aún se hallaba lejos. No obstante, esto también les acarreó dificultades: caminar durante decenas de li por una llanura blanca y yerma, bajo nubarrones que ocultaban la luna, les hacía perder el sentido de la orientación a cada paso.
El joven oficial contuvo la respiración una vez que terminaron de capturar a los enemigos. Algo se le cayó del cuello. «Menuda idea más ingeniosa», se mofó para sus adentros. Recogió una talla de madera en forma de pez que había caído sobre la nieve. Gracias a ese artilugio habían podido localizar la fortaleza. La talla ocultaba una brújula; al hacerla flotar en un cuenco de agua, señalaba el rumbo con precisión. Era una herramienta propia de marineros, cuya superficie había sido frotada con un polvo fosforescente —obtenido, al parecer, de hongos nocturnos— que permitía consultar la dirección incluso en la negrura más absoluta. Y aquel ataque sorpresa guardaba un as bajo la manga. Lihaku contempló con estupefacción la nieve que se había desplomado desde el acantilado y pensó: «¿Qué le pasaba por la cabeza al que ideó esta estrategia?».
Una de las razones por las que esta fortaleza fue abandonada antaño era su inestabilidad: los sismos eran frecuentes en las zonas de aguas termales. Décadas atrás, un gran terremoto alteró la orografía del terreno, provocando que la ladera de la montaña se derrumbara y diera pie a constantes avalanchas. Aunque solían ser de escasa magnitud, el lugar era vulnerable. Al caer directamente sobre el baluarte de piedra, aceleraban su erosión. Esto coincidió con la reestructuración del ejército y el abandono de la plaza. Ahora, aprovechando que el invierno era inusualmente gélido y las precipitaciones copiosas, habían provocado la avalancha de forma artificial.
Habían integrado en la vanguardia a hombres curtidos en la montaña. Era evidente su propósito al portar aquellas lanzas de fuego: provocar el derrumbe. A su alrededor, la sangre mancillaba la pureza de la nieve con manchas escarlatas. Uno de los subordinados de Lihaku, que forcejeaba con un enemigo que se estaba resistiendo, le hundió la hoja en el pecho cuando este, creyéndose impune, intentó desenvainar una daga. Al ver cómo la sangre espumosa brotaba de sus labios, la vida se extinguió en el hombre hasta quedar inerte.
Se les había ordenado respetar la vida de quienes se rindieran. Aquel soldado debería haber obedecido, pero quizá el miedo no le dio tregua. Ante tal escena, los hombres circundantes se serenaron. Mientras exista el riesgo de perder la vida, uno debe ser implacable. Esa era la lección que Lihaku había aprendido y la que ahora infundía a sus subordinados.
Caminando sobre la nieve sucia y pisoteada, divisó una silueta entrar en la fortaleza. Su larga cabellera azabache destacaba con nitidez sobre el abrigo blanco. Lihaku esbozó una sonrisa cargada de ironía ante tal estampa, admitiendo para sus adentros que jamás se le habría ocurrido un pensamiento tan poético referido a un hombre. Aquel individuo no debería hallarse en un campo de batalla. Su rostro apuesto lo convertía en una de las flores del jardín del palacio interior, a pesar de que oficialmente solo oficiaba de jardinero. No obstante, no era solo una flor, sino la primavera misma. (NT: Aquí el original hace un juego de palabras con el carácter "花" (hana) y "華" (hua), que ambos significan flor; algo que ya se ha explicado anteriormente.)
Llevaba un pasador de plata en el moño, que lucía medio suelto y medio recogido. Al darse cuenta del diseño, resultaba imposible no postrarse. En la nación de Li, él era la persona situada por encima de las tres espadas. Solo dos almas en todo el reino portaban el carácter "華" en su nombre, y él era una de ellas.
Por su linaje, su presencia allí era improcedente. Había marchado toda la noche junto a ellos, cubriendo decenas de li en un silencio absoluto. Aunque Lihaku había convocado a sus hombres más aguerridos, el agotamiento era palpable en sus rostros. Sin embargo, el poseedor de aquel semblante delicado, propio de una doncella celestial, empuñaba una espada liu yue dao que contrastaba violentamente con su apariencia. (NT: La espada liu yue dao, que significa «hoja de sauce», es un tipo de sable chino tradicional, de un solo filo y con una hoja curva que se ensancha hacia la punta, simulando una hoja de sauce, ideal para cortes potentes y de gran alcance. Es una variante de la dao, la más popular de todas las armas chinas, pero se distingue de ella por su diseño ligero y equilibrado para movimientos dinámicos.) Ataviado con una armadura de un púrpura profundo, su sola presencia irradiaba una autoridad que se imponía en el entorno.
El eunuco Jinshi; tal había sido su identidad oficial. El joven eunuco predilecto del Emperador, poseedor de una belleza tan extrema que en ocasiones suscitaba rumores indecorosos. ¿Cuántos habrían quedado estupefactos al verlo dar un paso al frente para asumir el mando? Algunos militares habían mudado el color de sus rostros al descubrir su propósito.
Aquel hombre, capaz de cautivar tanto a varones como a mujeres, había sido objeto de pretensiones incluso por parte de otros oficiales. Lihaku no fue una excepción. En los últimos días, Gaoshun, el asistente de Jinshi, le había encomendado diversos favores. En esta ocasión, le instó a reunir a los subordinados y camaradas más resistentes al frío y de mayor fortaleza física. Todo aquel despliegue tenía un único fin.
Jinshi se adentró en la fortaleza. Aunque ya no empleaba su nombre de eunuco, Lihaku se sentía incapaz de llamarlo por el apelativo que contenía el carácter "華". A excepción del Emperador, nadie poseía la potestad de pronunciar directamente ese nombre, ni siquiera si constaba por escrito en documentos oficiales. Lihaku le siguió de cerca para no perder su estela. Gaoshun no se hallaba a su lado; en su lugar, un joven oficial militar se mantenía firme en la retaguardia. Lihaku se unió a la comitiva.
Había un olor nauseabundo flotando en el fuerte. El desagradable hedor a huevo podrido le picó la nariz. (NT: Se refiere al dióxido de azufre o al sulfuro de hidrógeno generado por la combustión de la pólvora de mala calidad o por la reacción química en el sótano donde fabricaban explosivos.) Mientras se preguntaba el origen de tal pestilencia, Lihaku divisó a varios hombres que acarreaban bloques de nieve hacia el sótano. «¿Habrá estallado un incendio o algo semejante?», se cuestionó. Sujetó a uno de los hombres que se afanaban con premura y le inquirió al respecto. El individuo confirmó que se había producido una explosión.
—T-Tenemos que limpiarlo rápido, o la S-Señora... —balbuceó el hombre, que se estremeció y desvió la mirada.
Lihaku le soltó. No sabía si el hombre estaba pálido por el humo o si le tenía miedo esa tal Señora. Con todo, la escasez de soldados en la fortaleza quizá fuera consecuencia de aquel error de cálculo. (NT: Lihaku se da cuenta de que la defensa es mucho más débil de lo que debería ser para una fortaleza de ese tamaño. Deduce que el Clan Shi calculó mal la estabilidad de su propia producción de armas, y ese accidente interno les sirvió en bandeja de plata la entrada al Ejército Imperial, ya que sus enemigos estaban divididos, asfixiados por el humo y distraídos por el desastre. Es una ironía cruel: el clan que pretendía usar armas de fuego para rebelarse contra el Emperador terminó diezmado por su propia impericia antes de disparar el primer cañón.) Se tapó la boca con la manga y se arrodilló detrás de Jinshi, que encabezaba la marcha.
—¿Puedo hacer una sugerencia? —solicitó, aun pensando que le resultaría más sencillo si él mismo se hubiera adelantado a preguntar.
—Permitido.
—Entonces, aprovechando su amabilidad... —trató de emplear un registro formal. Se lamentaba, como de costumbre, de no haber cultivado más su elocuencia—. Creo que no es buena idea quedarse mucho tiempo con este humo. Los que están dentro no tardarán en salir.
—Lo sé.
«Mierda. He dicho algo obvio», se reprochó. Jinshi desvió la mirada con algo de nostalgia hacia el interior de la fortaleza.
—Sin embargo, puede haber gente dentro que no pueda escapar por su propio pie.
—En ese caso, ordenaré a mis hombres que los busquen, para que usted pueda salir.
—Eso no será posible.
Ante las palabras de Jinshi, el joven oficial estuvo a punto de torcer el gesto. Menos mal que mantenía la cabeza agachada. No deseaba que Jinshi sufriera el más mínimo rasguño. Quería que saliera pronto para supervisar la situación desde una posición segura. Mas, por una cuestión de decoro y en su condición de miembro del Ejército Imperial, Jinshi debía permanecer en la vanguardia. Tal vez, tras haber recurrido a una maniobra de ataque sorpresa, aquello resultaba innegociable.
Presentarse abiertamente y con esa dignidad significaba renunciar a ser el eunuco Jinshi. Significaba que, en adelante, viviría no como un ocioso Hermano Imperial recluido, sino como quien realmente era. Si aquello sucedía, la armonía del palacio interior y de la corte se desmoronaría al instante. El Clan Shi, que antaño fuera un pilar del reino, se hallaba en este estado de ruina. Sus miembros acabarían mezclados entre los soldados enemigos capturados. Aun cuando solo hubieran sido apresados, su traición era manifiesta. Atentar contra el Emperador acarreaba la aniquilación de toda la estirpe. Todo dependería de la clemencia del soberano actual, pero había pocas esperanzas.
—La hija del Comandante Kan está cautiva aquí.
Se refería al excéntrico estratega militar. A Lihaku le habían informado de ello antes de irrumpir. Le sorprendía que ese hombre hubiera tenido descendencia y también el motivo de su encierro, mas lo único que acertó a decir fue:
—Eso... ¿Se la puede abandonar?
No podían. Sabía que no.
—Nacerá un nuevo enemigo político —se le escapó al oficial. (NT: Si Maomao moría bajo la supervisión de Jinshi, Lakan, que es el estratega más brillante y poderoso del imperio, culparía al Emperador y a Jinshi personalmente. Perder el apoyo de Lakan o convertirlo en enemigo significaría la desestabilización total del país.)
Creyó vislumbrar un destello de agitación en el rostro tenso de Jinshi.
—Sí, así es —confirmó con amargura.
Jinshi prosiguió el avance, con una expresión de dolor que se antojaba desgarradora. Lihaku se incorporó y se rascó la nuca. En aquella coyuntura, su único deber era concluir su tarea lo antes posible.
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