
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4
(NT: El huoshu, que significa rata o ratón de fuego, es una bestia fantástica en la tradición china. Se dice que habita dentro del fuego, dentro de árboles incombustibles que crecen en las montañas del sur de China.)
Jinshi se marchó al declinar la tarde, antes de que se pusiera el sol. Quizá gracias a la siesta, tenía mejor cara y lucía una vitalidad renovada. Tanto fue así que, nada más despertar, se comió de tres cuencos de gachas con apetito. «¿Se enfadará Suiren si vuelve y no tiene hambre para cenar?», se preguntó Maomao. Suiren, la veterana y eficiente jefa de las damas de compañía de Jinshi, se tomaba el bienestar y la nutrición de su señor como una misión personal, y su severidad era bien conocida. No obstante, Maomao desechó el pensamiento, consciente de que tales desvelos domésticos no le concernían.
Con el rostro debidamente oculto tras la máscara, Maomao observó cómo el carruaje de Jinshi se alejaba. En ese instante, percibió una mirada punzante clavada en su nuca. Al volverse, descubrió a una cortesana de aire indolente apoyada contra la barandilla de la galería superior, sosteniendo con elegancia su pipa de plata. Se trataba de Pai Lin, una de las Tres Princesas, las cortesanas de más alto rango y belleza de la Casa Verdigris. Su figura exuberante, que desafiaba la compostura de las sedas de su quimono, quedaba parcialmente expuesta en los pliegues de su vestidura.
—¿Cuándo piensas rendirte de una vez?
—No sé de qué me hablas.
Maomao ignoró la sonrisa cargada de ironía de su hermana mayor, un término de cortesía usado entre las integrantes del burdel, y se refugió en la quietud de su botica.
La botica clausuraba sus puertas en el instante preciso en que los faroles de la Casa Verdigris comenzaban a titilar en la penumbra. El ejercicio de la boticaria durante las horas nocturnas no atraía sino a una clientela turbia y conflictiva, y el consumo de aceite para las lámparas se antojaba un despilfarro innecesario. Tras realizar el cómputo de los beneficios diarios, Maomao los confiaba a la vieja madame; custodiar tal suma en su humilde morada la convertiría en un objetivo vulnerable para los amigos de lo ajeno. Resultaba más prudente satisfacer una pequeña exacción a cambio de que su capital permaneciera a buen recaudo bajo el ala de la regenta. Maomao recogió los avíos para el fuego, ordenó sus especias y echó el cerrojo al angosto establecimiento.
—¡Eh, tú! Muévete, que nos vamos.
—¡Jo! ¿Ya?
Maomao agarró al reacio Chue por el cuello de su vestidura y emprendieron el regreso a la choza. Situada justo detrás de la Casa Verdigris, era un habitáculo muy frío y estaba llena de corrientes de aire. Prendió el papel para el fuego en el fogón y, una vez que la llama hubo cobrado vigor, alimentó el fuego con leña. Chue, cuyos miembros tiritaban ante el rigor del clima, se ovilló en su jergón de paja, guareciéndose bajo una manta. Maomao, mientras tanto, removía el contenido de la olla, calentando un caldo enriquecido con carne seca para dotarlo de carácter, verduras recolectadas de su propio huerto y una pizca de arrurruz para espesar la mezcla. Ante la inclemencia del frío, ralló un poco de jengibre, buscando con ello estimular la circulación y calentar el cuerpo desde su interior.
—Oye, ¿no vas a comer?
—¡Claro que sí!
Chue intentó desplazarse envuelto en la manta, como si fuera una oruga; Maomao le propinó un coscorrón, le despojó del cobertor y le arrojó una túnica acolchada. «Necesita otra prenda de abrigo para el invierno, esta ya le viene pequeña», meditó. Aunque percibía estipendios suficientes para su manutención, no pensaba malgastarlos. Pese a las quejas constantes del pequeño, Maomao estaba resuelta a aplicar la máxima de que quien no trabaja, no come.
Sirvió el caldo en un cuenco con los bordes desconchados y se lo entregó. Chue se acomodó en la silla, con las rodillas pegadas al pecho, y sorbió el líquido con avidez.
—¡Ponme más carne, tacaña!
—No te la has ganado.
Maomao bebió un sorbo de su ración. No había gachas; en su lugar, comerían pan. Calentó los panecillos que guardaba en reserva suspendiéndolos junto al calor de la olla, para luego partirlos por la mitad y rellenarlos con el guiso de hortalizas.
—Oye, pecosa... Ganas bastante dinero, ¿por qué no comes cosas mejores?
A pesar de su impertinencia, Chue ya alargaba la mano hacia su segundo panecillo.
—Idiota, le tengo que pagar el alquiler del local a esa vieja. ¡¿Tienes idea de cuánto cuesta?!
—Pues trasládate a otro sitio.
—Escucha bien: montar un negocio en otra parte conlleva muchas complicaciones.
Dicho esto, Maomao empapó el resto de su pan en el caldo y lo ingirió. Podría haberse permitido ciertos lujos si así lo deseara, mas poseía razones de peso para mantener un perfil austero y no atraer miradas innecesarias.
—Mañana iré a comprar ropa, y tú me acompañarás. Te vas a helar si sigues así.
—¡Toma ya! —gritó Chue, estirando sus extremidades con tal ímpetu que terminó por precipitarse de la silla. Debido a la parálisis que afectaba a la mitad de su cuerpo, secuela de su traumático regreso a la vida, no pudo amortiguar la caída y quedó revolcándose sobre el suelo.
Maomao guardó silencio y procedió a recoger la vajilla. Observó la escena con una indiferencia absoluta mientras sumergía los cuencos en el cubo de agua para su limpieza.
Al día siguiente, fueron al mercado. En la gran avenida que dividía la capital de este a oeste, el comercio palpitaba con ritmo diario. Existía una jerarquía implícita en su geografía: conforme el viajero se desplazaba hacia el norte, los establecimientos adquirían más sofisticación; hacia el sur, por el contrario, el nivel de las mercancías declinaba sensiblemente. Dado que el distrito del placer se ubicaba en el extremo sur, el mercado se iniciaba allí con puestos de una humildad palmaria, donde los productos se exhibían sobre rudimentarias esteras de paja, desprovistos de carpas que los resguardaran del clima. Si uno se aventuraba por las callejuelas adyacentes, afloraba un sinfín de tenderetes de dudosa reputación. Acaso por la proximidad de los burdeles, proliferaban los comercios dedicados a la venta de brebajes y fármacos de naturaleza arcana. Por descontado, una boticaria de la sagacidad de Maomao era inmune a tales imposturas; los mercaderes, reconociendo en ella a una experta que jamás sería su víctima, ni siquiera se daban a la tarea de interpelarla.
Tras agarrar a Chue por el cuello de la túnica cada vez que el endemoniado intentaba entregarse a sus impulsos erráticos, se encaminaron hacia el centro de la capital. Maomao se sabía bien el dicho de que lo barato sale caro. Las vestiduras de los puestos ambulantes poseían un precio irrisorio, mas la calidad del tejido era mediocre. Con lo que correteaba ese granuja, se romperían en un abrir y cerrar de ojos. Pese a que el desembolso fuera superior, las piezas de los establecimientos más al norte ofrecían una mayor fiabilidad. Al ser negocios arraigados en la zona, cuidaban mucho su reputación.
Entraron en una de las tiendas de confianza de Maomao, una de ropa que también vendía prendas de segunda mano. Tras cruzar el toldo, se adentraron en el local, donde las túnicas de seda y algodón pendían del techo. Al fondo, el propietario bostezaba mientras remendaba una vestidura. Junto a él, se oía un brasero con el chisporroteo del carbón. Tenía una rejilla protectora para que las chispas no saltaran a las telas.
—Jo... ¿En serio? ¿Ropa usada?
—No seas caprichoso.
Chue aún era pequeño y crecería rápido. Era más práctico comprar ropa que pudiera reemplazarse pronto conforme su talla cambiara. Mientras Maomao se disponía a buscar túnicas acolchadas para niños, un objeto singular cautivó su atención.
—¿Qué es esto?
El siempre atento Chue se acercó de inmediato. Se trataba de una vestidura suspendida en la pared: un chang-ao-qun. (NT: Conjunto tradicional de vestimenta china antigua que consiste en una chaqueta larga, sobre una falda larga. Es una vestimenta formal popular en épocas históricas, especialmente como parte del hanfu, una vestimenta tradicional de la etnia Han.) Tanto la parte superior como la inferior eran de un blanco inmaculado y, por ende, carecían de la ornamentación cromática habitual, lo que les confería un aire austero pero enigmático. Su diseño recordaba a las indumentarias de ciertas etnias de las regiones fronterizas; lo que realmente atraía la mirada era el delicado bordado de una enredadera que trepaba por las mangas.
—Parece un poco andrajoso.
Como buen mocoso impertinente, el niño verbalizaba cada pensamiento sin filtro alguno. Maomao le propinó un coscorrón, temiendo que el dueño se ofendiera, mas lo que obtuvo como respuesta fue una carcajada jovial.
—Ja, ja. ¿Te parece andrajoso?
—Pues claro. Si es ropa para chica, ¿no debería tener colores más alegres?
—Seguramente tengas razón.
El propietario de la tienda clavó la aguja en el acerico y se acercó mientras masajeaba su hombro agarrotado por la postura. Contempló la vestimenta entornando los ojos con una mezcla de nostalgia y picardía.
—Verás, esta es la túnica que vistió una doncella celestial.
—¿Una doncella celestial?
Chue se inclinó hacia delante, fascinado por la revelación. Como se cansaba de estar mucho tiempo de pie por su parálisis, se había sentado sobre un baúl sin que Maomao se diera cuenta. Ella continuó examinando el género con resignación; sabía que el dueño solía tejer relatos fantásticos para amenizar la jornada de los clientes. Recordaba con claridad cómo su padre adoptivo solía quedar atrapado en tales disquisiciones, malgastando horas de provecho. «Elegiré algo rápido y nos iremos», se prometió a sí misma. El hecho de que Chue estuviera absorto en la narración le otorgaba la tregua necesaria para seleccionar la prenda ideal. Sin embargo, en el estrecho local, resultaba imposible sustraerse al relato que el mercader comenzó a desgranar.
❁❁❁
—Verás, esta vestimenta me la trajeron desde el Oeste.
El mercader comenzó a relatar que, en una aldea de aquellas latitudes, los lugareños brindaron auxilio a una joven que se había perdido. Su belleza era de tal magnitud que un aldeano sucumbió a un amor tan profundo como irrefrenable por ella. La doncella, sin embargo, albergaba un aura de misterio: el hilo que surgía de su rueca poseía una naturaleza ignota, y con él tejió diversas túnicas para corresponder a la hospitalidad del hombre que la había socorrido. Aquellas prendas, ornadas con patrones de una geometría extraña, alcanzaron en el mercado un valor muy superior al de cualquier tejido convencional.
La joven manifestaba de forma incesante su anhelo de retornar a su hogar, mas nadie lograba desentrañar el paradero de su linaje. El aldeano, movido por el deseo, le imploró matrimonio en repetidas ocasiones hasta que, finalmente, ella accedió a su petición. No obstante, los hilos del destino se mostraron caprichosos: en vísperas del enlace, los parientes de la doncella arribaron a la aldea en su búsqueda. El aldeano, temeroso de perder la joya que tanto esfuerzo le había costado retener, optó por ocultarla y, en complicidad con el resto de los lugareños, fingió ignorar cualquier detalle sobre su rastro.
A pesar de que la familia partió, la sombra de la sospecha no se disipó. Ante el temor de una nueva incursión, el hombre decidió precipitar la ceremonia nupcial para formalizar el vínculo. En aquel sistema legal, una vez consumado el matrimonio, la mujer dejaba de pertenecer a su familia de origen para quedar bajo la potestad absoluta del esposo.
La joven se opuso con vehemencia, mas sus ruegos cayeron en oídos sordos. Siguiendo el rito de purificación, el aldeano la obligó a sumergirse en el manantial de la aldea antes de proceder al altar. Ella cumplió con el mandato bañada en un mar de lágrimas. Como último consuelo, decidió vestir para el enlace las galas que ella misma había confeccionado siguiendo la estética de su patria lejana. ¿Cuán abismal sería la amargura de su espíritu? Pese a lucir el traje nupcial, sus sollozos no remitieron, empapando sus vestiduras con las lágrimas de su desdicha.
Mientras los invitados se entregaban a la celebración, la joven avanzó hacia el altar para sellar el juramento. Sin embargo, el recuerdo de sus seres queridos permanecía incrustado en su alma; suplicó una última vez que se le permitiera el regreso y, ante la negativa rotunda, la joven se ungió con el aceite de las lámparas ceremoniales que allí ardían. Acto seguido, aproximó una antorcha a su cuerpo. Envuelta en un sudario de llamas, corrió entre la multitud consternada y se precipitó en las profundidades del manantial, desapareciendo bajo las aguas.
En el lugar de la tragedia solo hallaron una pieza de tela: el velo de gasa que había cubierto su cabeza, el cual permanecía intacto. Al no encontrar rastro alguno de sus restos calcinados, los aldeanos se convencieron de que la joven no era de este mundo y que había ascendido a los cielos. Dado que su familia también se había evaporado sin dejar rastro, se propagó la creencia de que todos se habían desvanecido al unísono en la inmensidad del firmamento.
❁❁❁
—Esta es una de las túnicas tejidas por la doncella celestial.
—¡Hala!
Chue permanecía cautivado por la narración, pero Maomao, ajena al embrujo del relato, seleccionó diversas túnicas acolchadas y las presentó sobre la espalda del muchacho para verificar el tallaje.
—Oye, pecosa. Esto es increíble. ¡Es alucinante! ¿Por qué no te la compras? —dijo el infante, con los ojos brillantes.
—Ciertamente. Tú, jovencita, debes de tener más o menos la edad que tenía la doncella celestial. Por esa coincidencia, te la dejaré barata.
El comerciante intentó desplegar sus artes de persuasión, mas ella advirtió de inmediato que la cifra que marcó en el ábaco ostentaba un dígito excesivo. Maomao estuvo a punto de proferir una sutil risotada de escarnio.
—Vaya, vaya. ¿Es que no crees en la leyenda de la doncella celestial? ¿No tienes nada de romanticismo?
El propietario del establecimiento extendió los brazos y sacudió la cabeza con un gesto de: «Pues qué se le va a hacer». Maomao entornó los ojos y sometió la supuesta relíquia tejida por la doncella misteriosa a un escrutinio minucioso.
—¿Puedo tocarla un momento?
—Claro, pero no la ensucies.
Comprobó el tacto del tejido y desentrañó la estructura de los patrones en las mangas; entonces, una sonrisa cargada de malicia afloró en sus labios.
—Dígame, dueño, ¿de verdad cree que podrá venderla por ese precio?
—¿C-Cómo osas? Por supuesto que se venderá.
A pesar de sus palabras, era evidente que se la había intentado encasquetar a ella. Si fuera realmente la túnica de una doncella celestial, su valor debería incrementarse, cuando menos, en diez veces la cifra propuesta. Ella asió con firmeza las túnicas que ya había seleccionado para Chue.
—¿Qué haría si yo fuera capaz de venderla por diez veces ese precio?
—¿Diez veces? ¡Já! Pues me pondría bien contento. Si lo consigues, te regalo todo lo que llevas en la mano —afirmó, en tono de broma.
—Vaya, vaya. ¿De veras? Chue, ¿has oído eso?
—Lo he oído, pero es imposible que lo vendamos por diez veces más, ¿no? ¿Qué tonterías dices, pecosa?
Incluso el niño le habló como si estuviera loca. Maomao torció los labios y, haciendo uso de unas pinzas de hierro, extrajo un fragmento de carbón incandescente del brasero.
—Dueño, le tomo prestada la túnica y el carbón un momento.
—¡¿Eh?! ¡¿Pero qué vas a hacer?!
Maomao extrajo su bolsa de caudales y la depositó con un golpe seco sobre el mostrador. Aquella suma representaba la totalidad de sus ahorros, pero debía ser suficiente para garantizar el valor de la prenda. Ignorando al mercader, que había quedado mudo, abandonó el local con la vestidura y el carbón. Ante la mirada atónita de los transeúntes, arrojó la túnica al suelo, en pleno corazón del camino.
—¡O-Oye! ¡Que eso vale mucho dinero!
El propietario de la tienda palideció de espanto, pero la boticaria permaneció imperturbable. Acto seguido, liberó el carbón ardiente de las pinzas, dejándolo caer directamente sobre el tejido inmaculado.
—Pecosa... tengo un poco de calor —se quejó Chue. Llevaba puestas todas las túnicas acolchadas que habían acabado adquiriendo en la tienda, una encima de otra. De tantas capas que vestía, parecía un muñeco Daruma. (NT: Muñeco tradicional japonés, amuleto de la suerte y símbolo de perseverancia, que representa al monje budista Bodhidharma, inspirando a cumplir metas a través de la motivación: se le pinta un ojo al fijar un deseo y el otro al lograrlo, recordándote que debes levantarte sin importar cuántas veces caigas, como su forma basculante sugiere.)
—Pues quítatelas.
El infante se las había puesto todas una sobre otra con tal desorden por la mera desidia de no cargar con ellas. Maomao, por su parte, portaba diestra un quimono nuevo; aunque la tonalidad era más austera de lo que dictaban sus preferencias, no albergaba intención de menospreciar un artículo obtenido sin desembolso alguno.
—Oye, pecosa, ¿por qué no se quemó aquella túnica? —inquirió Chue, ladeando la cabeza con genuina curiosidad.
Maomao esbozó una sonrisa de sutil escarnio al evocar la insistencia del mercader en atribuir la prenda a una doncella celestial. Ella conocía una denominación mucho más precisa para aquel fenómeno.
—Era una túnica de piel de huoshu —proclamó con solemnidad.
Aquel fue el término que susurró al oído del propietario para que él lo pregonara como propio. La prenda no solo había resistido el contacto con el carbón incandescente, sino que ni siquiera conservaba el menor rastro de chamuscamiento o mácula.
—Chue, ¿sabes de qué suele estar hecha la ropa?
—¿De algodón o lino? La tela se hace con hilos que se obtienen de las plantas, ¿no?
—Pues la de antes estaba hecha de piedra.
La expresión de Chue mudó hacia un asombro hilarante.
—¡¿De piedra?! ¡¿Como los guijarros del suelo?! ¡¿Se puede hacer ropa con eso?!
—Hay piedras de naturaleza fibrosa. Y como es piedra, no arde.
En efecto, existían piedras compuestas por fibras minerales que pueden transformarse en tela. Era algo raro, pero se hacía desde la antigüedad y se llamaba asbesto. (NT: El asbesto, más conocido como amianto, es un grupo de minerales naturales fibrosos, resistentes al calor y la corrosión. Se usaron ampliamente en construcción por su durabilidad y aislamiento, pero son extremadamente tóxicas, cosa que, en la época en la que transcurre la obra, seguramente se desconocía. La inhalación de fibras de asbesto puede conducir a varias afecciones pulmonares graves. Sin embargo, las enfermedades que generan generalmente aparecen muchos años después de la exposición inicial. Se usó ampliamente durante el siglo XX hasta la década de 1970, cuando el reconocimiento público de los peligros para la salud del polvo de asbesto llevó a su ilegalización.) Dado que tal nombre resultaba excesivamente técnico y carente de mística, Maomao prefirió adoptar el apelativo utilizado en las islas del Este: piel de huoshu.
Sin embargo, ¿qué pensaría la gente al presenciarlo? Incluso si alguien poseyera nociones sobre la existencia del asbesto, la mayoría jamás habría contemplado su resistencia en persona. Sumado a la rareza del material, siempre habría un coleccionista excéntrico dispuesto a sufragar una fortuna por el artículo. Fue precisamente esa demostración de invulnerabilidad lo que permitió a Maomao obtener sus adquisiciones de forma gratuita.
—Anda. Qué lista eres. ¿Y qué hay de la historia de la doncella celestial?
—Eso...
Seguramente sería mitad verdad y mitad mentira. A Maomao le resultaba sumamente familiar el bordado de los puños; se trataba de caracteres del Oeste, idénticos a los que su padre adoptivo, Luomen, solía trazar en sus escritos. Para un profano, aquellos signos no eran sino caprichosos patrones de enredaderas. Era lícito suponer que la joven fuera una viajera extranjera. En las aldeas recónditas, donde la consanguinidad debilitaba el linaje, la llegada de sangre nueva era ansiada con desesperación. Resultaba imposible discernir si la muchacha se extravió por azar o si fue víctima de un rapto, mas una vez en su poder, los aldeanos no habrían permitido su partida.
La doncella debió de tejer aquellas túnicas con el único anhelo de retornar a su hogar. Utilizó el asbesto como material y bordó caracteres inteligibles únicamente para sus compatriotas, cifrando en ellos una petición de auxilio. Para la ceremonia nupcial, es probable que la joven vistiera ropajes empapados bajo la túnica, humedeciendo también su cabello bajo el velo de gasa para protegerse.
—¿Sabíais que es posible someter un cuenco de madera al fuego sin que se queme?
Bastaba con mantenerlo colmado de agua. La madera no ardería mientras el líquido no se evaporaa por completo, pues el agua actúa como un regulador térmico que impide que el material alcance su punto de ignición.
Bajo la túnica de asbesto, ella portaba prendas mojadas, y sobre estas, otras de fácil combustión para crear el efecto visual del fuego. Solo precisaba precipitarse al lago antes de que el calor llegara a provocarle quemaduras. Si logró plasmar su plan de huida en los bordados, era muy posible que fuera rescatada conforme a lo planeado. Aunque el éxito no estaba garantizado, el relato del mercader sugería que la estratagema dio sus frutos.
—¡Hala! —exclamó Chue, que se quedó impresionado con cara de tonto—. ¿Y por qué no se lo dijiste al señor de la tienda?
—Porque para él, el romanticismo de la historia era lo más importante, ¿no?
En cuanto Maomao sentenció que no era lícito despojar al hombre de su ilusión, Chue estalló en una carcajada, debatiéndose entre la diversión y la incredulidad ante la pragmática sabiduría de la boticaria.
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