27/01/2026

Los diarios de la boticaria 4 - 18




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 4



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 18
El plan de Ah-Duo

Puesto que Ah-Duo se lo había encomendado de forma explícita, Maomao cumplió su cometido con meticulosidad. Ante la carencia de los instrumentos necesarios en aquel pabellón, despachó a un emisario al galope hacia la Casa Verdigris con el encargo de recolectar el material... didáctico.

En tiempos recientes, quizá como consecuencia del denodado esfuerzo invertido en la popularización de la imprenta y la difusión de las letras, el precio de los ejemplares de temática erótica, las llamadas «estampas de primavera», parecía experimentar un paulatino descenso. Pese a ello, era de prever que la madame, siempre fiel a su naturaleza mercantil, exigiría una suma desorbitada por el préstamo de tales volúmenes.

En esta ocasión, además de la bibliografía habitual, Maomao solicitó que le fuera entregado un objeto de naturaleza singular. Preferiría no mancillar el relato describiendo con precisión la identidad de dicho artículo. Se trataba de un artefacto de gusto cuestionable, o más bien, de una ordinariez manifiesta. En cuanto la boticaria lo extrajo para exhibirlo ante la consorte Lishu, esta mudó el semblante por la repulsión absoluta, como si ante sus ojos hubiera aparecido un insecto rastrero, y retrocedió hasta que sus espaldas hallaron el frío límite de la pared.

Aprovechando la coyuntura, Maomao resolvió convocar también a Ah-Duo para participar en la instrucción, mas resultó evidente que el material gráfico y los objetos presentados provocaban en la dama una incomodidad palpable. Al parecer, durante sus años de intimidad con el entonces Príncipe Heredero, sus encuentros nocturnos se habían regido por la más estricta y previsible convencionalidad, alejados de las excentricidades del mercado carnal.

Dado que los infantes que correteaban por el pabellón intentaban irrumpir en la estancia de forma intermitente, Maomao se veía obligada a interceptarlos, cubriendo sus ojos con las palmas de las manos mientras les dedicaba advertencias tajantes:

—¡Marchaos! Aún es pronto para vosotros. No debéis mirar esto.

Resultaba ciertamente problemático que la consorte Lishu sufriera constantes síncopes y sofocos durante el transcurso de la lección. En cada una de estas crisis, la dama de compañía principal que integraba su séquito se apresuraba a asistirla con sales y abanicos para devolverle la compostura.

Por cautela, Maomao decidió instruirla también en los preparativos que las cortesanas de alto rango acometían antes de la desfloración con su primer cliente. En ocasiones, supeditado a las preferencias estéticas o los caprichos del caballero, se somete a la cortesana a ciertos tratamientos previos de carácter higiénico o cosmético. Se deja a la imaginación de cada lector el pensar en de qué clase de tratamiento se trataban. (NT: Es probable que Maomao se refiera a la depilación integral del vello púbico mediante cera o hilos, así como al uso de dilatadores vaginales de seda o marfil para reducir el dolor de la primera unión, prácticas habituales en los burdeles de lujo para garantizar la comodidad del cliente y la integridad de la joven.)

—¿Es de su deseo poner en práctica este procedimiento?

En cuanto se lo propuso a Lishu, esta sacudió la cabeza de forma frenética, presa de un pavor renovado.



Al concluir las lecciones, el sol iniciaba ya su declive tras el horizonte, por lo que Maomao juzgó oportuno aceptar la invitación para quedarse a cenar. Llegado ese punto, Ah-Duo le sugirió que pernoctara en sus dependencias, pues la hora era ya demasiado tardía para emprender el regreso con seguridad. «¿Debería rechazar su invitación?», se cuestionó. Puesto que la propuesta carecía de preaviso, sin duda respetarían su voluntad si decidía marcharse. Tenía pendiente la elaboración de diversos compuestos medicinales y, con cada una de sus ausencias, Chue se tornaba en un individuo insoportable en extremo. Ya había manifestado sus quejas con suficiencia el otro día, cuando ella se desplazó a la aldea natal del matasanos. «Sin embargo...», caviló que podría ser una coyuntura inmejorable para conversar de aquello con Ah-Duo. Así pues, Maomao resolvió aceptar la hospitalidad ofrecida.



La cena resultó exquisita, el baño de una amplitud generosa y las sábanas de una calidez reconfortante. Maomao se cuestionó si los futones estarían rellenos de algodón de la mejor calidad; en nada se semejaban a los que ella solía emplear, consistentes en meros lienzos extendidos sobre esteras de paja toscamente entrelazadas.

Sentía que estaba a punto de sumirse en el mundo de los sueños, pero sacudió la cabeza para espabilarse. Se revistió con una chaqueta sobre la túnica de dormir que le habían proporcionado y abandonó la estancia. Al guardia que custodiaba la puerta se limitó a comunicarle su intención de realizar un breve paseo. Si su conducta le resultaba sospechosa, no dudaría en seguirla, contingencia que a Maomao no le inspiraba preocupación alguna.

Caminó por los corredores, mientras sus pasos arrancaban un rítmico eco a la madera. Tratándose de un pabellón de retiro destinado al asueto del soberano, la suntuosidad resultaba abrumadora. Aunque le asaltó la duda de por qué erigir tal construcción hallándose el palacio imperial a tan escasa distancia, dedujo que el motivo residía en la atmósfera del enclave. Aquí el aire fluía con una quietud sosegada, ajena a las intrigas del palacio interior o a la rigidez de la corte exterior. Los infantes que tanto estrépito habían causado durante la jornada no emitían ahora más sonido que el de su propia respiración acompasada.

El jardín interior aparecía bañado por la argenta luz de la luna. Maomao no terminaba de descifrar las veleidades estéticas de la aristocracia, puesto que en el epicentro del jardín se erguía una roca de proporciones considerables. Había oído que estos elementos decorativos tenían muchos agujeros y que, cuantos más poseían, más augurios de buena fortuna traían. (NT: Se refiere a las rocas Taihu, o rocas del lago Tai, que son famosas en la cultura china por su belleza natural, formas únicas y su uso en jardines tradicionales como elementos que simbolizan longevidad y armonía, a menudo asociados con la buena suerte y el feng shui. También se venden como piezas decorativas para acuarios y terrarios, ya que sus agujeros son refugios naturales para los animales.)

Apoyada en dicho monolito, halló a una figura entregada a la libación solitaria, sirviéndose su propio licor. «Tan incorregible como de costumbre», pensó mientras exhalaba un suspiro. Ya se había producido un encuentro similar a este en el pasado: en aquella ocasión fue sobre los muros del palacio interior, y la dama lucía el mismo aspecto andrógino que ahora.

—Vaya, me has descubierto.

Ah-Duo, con el cabello recogido con sencillez en la nuca, bien podría haber pasado por un joven de porte gallardo. Su anatomía, carente de curvas pronunciadas, realzaba aún más su apostura varonil.

—Sí. ¿No tiene frío?

Como única respuesta, la dama le ofreció el licor. Parecía poseer una graduación alcohólica elevada, por lo que bastaría una pequeña dosis para entrar en calor. Acto seguido, dio unas palmadas en el espacio a su lado, invitándola a compartir su asiento. Tuvo la delicadeza de disponer una pequeña toalla para que la boticaria se acomodara.

—Con su permiso.

Maomao tomó asiento sin mostrar el menor reparo. No creía que Ah-Duo fuera a ofenderse por tal franqueza y, primordialmente, aquel encuentro fortuito era la razón por la cual había forzado a sus ojos a permanecer abiertos.

Tal vez debido a la proximidad de la señora del pabellón, los guardias mantenían una distancia prudencial. Desde tan lejos, a menos que estuvieran dotados de un oído prodigioso, les resultaría imposible captar sus voces. Ah-Duo parecía compartir tal certeza.

—Y bien... ¿Deseas hablar de algo?

—Me alivia que vaya tan directa al grano.

A decir verdad, habría preferido mantener la charla en un ambiente más cálido, pero mediando el alcohol, la situación se tornaba tolerable. Ah-Duo escanció una copa para Maomao mientras que ella continó bebiendo directamente de su petaca.

—¿Me permite plantearle una hipótesis?

—Adelante.

—¿Cómo reaccionaría si se le revelara que su padre es, en realidad, un absoluto desconocido con el que no comparte ningún lazo de sangre?

Ah-Duo se rascó la nuca con despreocupación.

—Mi padre murió antes de que yo naciera. No tuve un padrastro, y mi madre me crió trabajando como nodriza de Su Majestad.

—Es solo una suposición. ¿Cómo se sentiría si, un buen día, le dijeran que debe casarse con ese hombre a quien considera su padre?

Maomao se preguntaba si Ah-Duo alcanzaría a comprender la identidad del sujeto al que aludía. Sus dudas se disiparon con presteza; la dama parecía haber captado la analogía, pues se frotó la punta de la nariz y, de inmediato, se revolvió el cabello.

—Conque es eso...

—Así es. Exactamente eso.

—No considero que la figura de un padre posea una autoridad tan imponente.

Para Maomao (y para otros), al menos en lo que concernía a su padre adoptivo, Luomen, se trataba de alguien digno de la mayor reverencia. En este mundo abundaban quienes consideraban la unión carnal entre hombre y mujer como el vínculo supremo, pero ella era de las que sostenían que tal nexo no lo era todo. Y existía un matiz adicional. Maomao creía que a Ah-Duo le faltaba asimilar este punto fundamental:

—Es posible que para Su Majestad la situación sea idéntica.

Ante estas palabras, Ah-Duo parpadeó con evidente asombro.

—Él es plenamente capaz de aparearse incluso con un ser que no considera sino una hermana mayor.

«¿Aparearse...?», se reprendió a sí misma. Lo había dicho con una seguridad tajante y una carencia absoluta de decoro. Pero, naturalmente, tratándose de Ah-Duo, que era hermana de leche del soberano, podía permitirse tal licencia lingüística. Para la dama, el Emperador no era más que un hermano menor. Poco importaba que ahora luciera una barba majestuosa o que se alzara en la cúspide del país; en su corazón seguía siendo el niño pequeño al que había cuidado.

Aquella belleza andrógina, que en su día fue la guía y mentora del joven príncipe, debió de aceptar aquella realidad con naturalidad. Y al haberlo asimilado ella, presuponía que los demás poseían la misma capacidad. El ser humano incurre con frecuencia en el error de juzgar la capacidad ajena bajo el prisma de la propia.

«Su hermano menor, ¿eh?», recordó Maomao de pronto. En el tiempo en que Su Majestad ostentaba el rango de Príncipe Heredero, no tomó a ninguna otra consorte que no fuera Ah-Duo. E incluso después de que ella perdiera la facultad de otorgarle un heredero, persistió en mantenerla a su lado en el palacio interior.

—...

—¿Qué sucede?

—No, no es nada.

Ah-Duo ladeó la cabeza, confusa. Maomao pensó que no existía nada más amargo que la ignorancia. Y que fingir desconocimiento era, de igual modo, un acto de crueldad.

—Si para mí es como una hija, supongo que para Su Majestad también lo será —declaró Ah-Duo con una breve risa. Como para ahogar el pensamiento, volvió a beber de su petaca—. Sin embargo, no quiero que esa niña siga en una posición tan vulnerable dentro del palacio interior.

«En eso tiene toda la razón», convino Maomao para sus adentros. Aunque el número de detractoras se había reducido, la corte seguía menospreciando a la consorte Lishu por ostentar un rango superior que carecía de sustento real. Resulta arduo satisfacer a todas las facciones; es una constante universal.

—Aun así, si la situación llegara a ser insoportable, todavía queda otro recurso.

Ah-Duo miró de reojo a Maomao y esbozó una sonrisa pícara, con un matiz algo malintencionado. La boticaria decidió que no tenía nada más que añadir, pero se aseguró de apurar hasta la última gota de su copa.



Transcurrieron varios días desde su regreso del pabellón de retiro de Ah-Duo. Se hallaba sentada a la orilla del río, , permitiendo que su mirada se perdiera en el verdor balsámico que comenzaba a reclamar el paisaje. «Hmm... Tienen buen aspecto», reflexionó con satisfacción.

Con ademán pausado, la joven arrancaba los brotes de ajenjo que prosperaban en los márgenes del sendero. En el interior de su cesta ya reposaban algunos ejemplares de fuki y perejil japonés. Respecto a los tallos de cola de caballo, dado que apenas comenzaban a despuntar en la superficie, decuduñi postergar su recolección para otro día. «La próxima vez traeré a Bashin para que me ayude, aunque me temo que ese atolondrado sería capaz de confundir el perejil con la cicuta. Tendré que instruirlo a conciencia», pensó. (NT: El ajenjo es una hierba amarga usada en bebidas como la absenta y el vermut, y en medicina tradicional por sus beneficios digestivos. Se usa en infusiones para afecciones estomacales, fiebres, parásitos y problemas hepáticos, y también como insecticida. // El fuki es una hierba perenne japonesa con tallos y brotes florales comestibles de sabor ligeramente amargo y fragancia única. // El perejil japonés es una hierba aromática apreciada en la cocina japonesa por su sabor refrescante, entre el apio y el perejil, y su distintiva forma de tres hojas. // La cola de caballo es una planta medicinal muy valorada por sus propiedades diuréticas, remineralizantes y cicatrizantes, que se usa en infusiones para la retención de líquidos y la salud ósea, así como del cabello y la piel. // La cicuta es una planta extremadamente venenosa de la familia del perejil, con flores blancas y tallo manchado de púrpura. Es conocida por ser el veneno que se usó para ejecutar a Sócrates en la antigua Grecia. En apariencia, puede confundirse con el perejil, pero lo que más los diferencia es su olor característico.)

Las riberas fluviales gozaban de una fertilidad exuberante. De vez en cuando, Maomao se aventuraba por los aledaños de la capital dando un paseo y aprovechaba la coyuntura para acopiar hierbas silvestres. En cierta ocasión, su entusiasmo la condujo a alejarse en exceso de la seguridad del camino, fatalidad que terminó con su venta a unos tratantes de mujeres; por ello, en el presente, debía andarse con pies de plomo para no reincidir en tal desventura.

La capital estaba protegida por una imponente muralla exterior, si bien el tránsito peatonal solía gozar de una relativa libertad. Las extensiones de cultivo se dilataban a lo largo de las carreteras que rodeaban la urbe. Puesto que diariamente debían transportarse víveres para sustentar a los cientos de miles de habitantes de la capital, imponer restricciones severas al paso resultaría una medida de una ineficiencia flagrante.

Mientras que los grandes carruajes eran sometidos a las inspecciones de carga de rigor, Maomao franqueaba el acceso a la ciudad con una mera inclinación de cabeza. La puerta del sur, al lindar directamente con el barrio del placer, observaba unas regulaciones especialmente laxas. Los carros que transportaban pesados sacos de cáñamo repletos de arroz lograban el acceso tras exhibir sus tablillas de madera ante la guardia.

La boticaria meditaba sobre el destino de su botín vegetal. El perejil y los brotes de fuki enriquecerían el menú de esa noche, pero el ajenjo le ofrecía diversas posibilidades: podía procesarlo como moxa para la moxibustión o bien emplearlo en la elaboración de pastelillos de arroz.

Absorta en sus cavilaciones y manteniendo un paso grácil, sintió de improviso cómo una mano apresaba su hombro con una firmeza imperativa. Sin mediar palabra, fue arrastrada hacia un callejón oscuro. Pese a que la luz diurna aún reinaba, se hallaba en los confines del barrio del placer, una demarcación donde el índice de criminalidad alcanzaba cotas alarmantes. Reaccionando con la celeridad que otorga la experiencia, Maomao extrajo una pequeña pella de un compuesto medicinal cáustico que ocultaba en su cuello y la restregó con violencia contra los ojos de su captor.

—¡¡¡Ay...!!!

El fármaco dio en el blanco. El hombre que la había interceptado se llevó las manos a la cara y se tiró al suelo, revolviéndose con estrépito. Su indumentaria resultaba excesivamente refinada para pertenecer a un maleante de baja estofa y, además, su silueta le resultaba familiar.

—¡¿Se puede saber qué estás haciendo, Bashin?!

—¡Eso mismo es lo que yo querría preguntarte!

Mientras se contorsionaba víctima del escozor, Bashin profería maldiciones sin solución de continuidad.


Tras desplazarse a otro lugar, Bashin aún se estaba presionando los ojos con un paño húmedo. Maomao sugirió como refugio la Casa Verdigris, mas el joven declinó la propuesta de forma categórica; no albergaba deseo alguno de que se repitiera el incidente de su anterior visita. Pese a que el paño ocultaba sus facciones, la urgencia que teñía su voz resultaba reveladora. Al parecer, el pavor a que la hermana Pai Lin, cuya exuberancia y falta de escrúpulos le eran de sobra conocidas, intentara de nuevo arrebatarle su tesoro más preciado seguía muy presente en su ánimo. «Al igual que sucede con la consorte Lishu, este hombre también resulta un sujeto bastante problemático a su manera», reflexionó Maomao. A su padre, Gaoshun, tal cuestión no parecía inquietarle en demasía, habida cuenta de que ya poseía otros descendientes que le habían dado nietos.

Bashin retiró finalmente el paño, pareciendo haberse librado del picor.

—¿Pero qué lugar es este? ¿Un establo?

—Es mi casa.

—...

Puesto que la Casa Verdigris estaba descartada, no restaba otra alternativa. Bashin la escrutó con una mirada imbuida de una profunda lástima, cuestionándose si era verdad que habitaba en semejante tugurio.

—Dime... ¿No estarás sumida en deudas por un casual?

—E-Esto... No te preocupes por eso.

De haberlo invitado a pasar, la compasión del joven se habría dilatado ante la austeridad casi monacal del interior. Maomao resolvió que el exterior resultaría suficiente y dispuso el tocón que solían emplear para la tala de leña, ofreciéndoselo a Bashin como asiento improvisado mientras ella se acomodaba sobre una piedra de gran tamaño que encontró por allí. Al tratarse de una zona poco transitada, la discreción estaba asegurada.

—¿A qué se debe tu visita?

En condiciones ordinarias, Jinshi habría comparecido al día siguiente o al otro. El hecho de que Bashin se presentara con tal celeridad, habiéndose tomado la molestia de rastrear su paradero fuera de sus dominios, sugería un asunto de una urgencia ineludible.

—Verás...

El semblante del joven era una amalgama de confusión y reticencia; parecía no hallar los términos precisos para articular su discurso.

—Si no es nada importante, tengo que hacer la colada.

—¡No! ¡Espera un momento! —exclamó Bashin con ímpetu. Exhaló un hondo suspiro y aproximó su rostro al de Maomao con aire confidencial—. Dime, ¿podrías explicarme qué clase de persona es la consorte Lishu?

—Si ese es el motivo, creo que harías mejor en consultarlo con Gaoshun.

Gaoshun, cuya sombra acompañaba siempre a Jinshi, debía conocer los pormenores de la joven consorte con una precisión técnica muy superior a la suya. Resultaba ciertamente singular que el tema emergiera en una coyuntura tan oportuna.

—Es precisamente por no poder hacer tal cosa que me hallo en este aprieto —sentenció Bashin, apartando la mirada con gravedad.

Para ella, Gaoshun se presentaba como un hombre de apariencia taciturna y estoica, pero en su fuero interno ocultaba a un ser encantador y curtido por las tribulaciones. Sin embargo, ante su hijo, jamás revelaba tal vulnerabilidad, proyectando únicamente la efigie del servidor eficiente y leal del hermano del Emperador.

—No sé qué decirte.

La personalidad de la chica era asustadiza y propensa al llanto; todavía era inmadura en muchos aspectos, aunque, dicho de forma amable, se podría decir que su espíritu no había sido aún maleado por las asperezas del mundo. Esa puerilidad podía gustar o no, pero básicamente era adorable y despertaba el instinto de protección.

—¿Estás segura...?

—¿Por qué muestras tal escepticismo?

Con la mirada sombría y los brazos cruzados sobre el pecho, Bashin instó a Maomao a aproximarse mediante un gesto imperativo.

—Tanto el señor Jinshi como mi padre se mostraron reacios al escuchar su nombre.

—¿Reacios a qué?

Maomao ladeó la cabeza, incapaz de seguir el hilo de la conversación.

—En cuanto a su linaje, resulta inquietante que pertenezca al Clan U, cuya ambición se ha tornado desmedida en los últimos tiempos, pero no es razón suficiente para una negativa tan tajante. Es más, diría que...

—Si hablas tan hacia adentro no te entiendo —le reconvino Maomao al cavilante Bashin, obviando que ella misma incurría con frecuencia en ese idéntico hábito.

—Mmm... ¿Me juras que no se lo dirás a nadie?

—¡Uf! Si es así, prefiero que no me lo cuentes.

—¡Oye! Ahora que he llegado hasta aquí, ¡deja que te lo comparta! —insistió Bashin. Acto seguido, aproximó sus labios al oído de la boticaria y le susurró—. Se rumorea en las altas esferas la posibilidad de conceder la mano de la consorte Lishu. Y el pretendiente propuesto no es otro que el señor Jinshi.

—Qué inesperado.

«¡Conque ese era el motivo de la maliciosa alegría de Ah-Duo el otro día!», reconoció Maomao. En un gesto de comprensión, chocó el puño contra la palma de su mano.



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