
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 9
Traducido por: Xeniaxen
Capítulo 8
El fin de las vacaciones
A la jornada siguiente, nada más despuntar el alba, Maomao acudió a inspeccionar el pesado balde de agua que habían preparado para la sedimentación. El líquido, que lucía una tonalidad parda y turbia el día anterior, se había oscurecido ostensiblemente hasta volverse de un matiz casi negro. El tiempo había hecho su trabajo.
—Echa un vistazo a esto, Sazen —indicó la boticaria.
Maomao inclinó el recipiente con suma delicadeza para no alterar la tranquilidad del fluido. A medida que el agua turbia de la superficie escurría lentamente hacia el exterior, un sedimento extraordinariamente blanco y denso se revelaba depositado en el fondo.
—¿Qué demonios es esto? —inquirió Sazen, curioseando con los ojos de par en par.
A su lado se hallaba asimismo Chou, que no debía de tener mejor ocupación que estorbar en las labores matutinas de la botica.
—Esta sustancia pastosa depositada en el fondo es el almidón de kuzu —explicó Maomao—. Puesto que su densidad y peso son superiores a los del agua, termina por asentarse en el fondo con el paso de las horas. Dado que el agua estancada de la superficie contiene las impurezas y los restos vegetales sobrantes, esta debe desecharse por completo. Repitiendo el proceso de lavar la masa con agua limpia y descartar la capa superior cuantas veces sea preciso, se obtiene finalmente un almidón de kuzu purificado de mayor calidad.
—¿Conque este barro blanco se transforma en el delicioso pastel de ayer? —preguntó Chou fascinado.
—¡Eh! ¡No metas tus dedos sucios ahí! —le reprendió Maomao—. Vas a enturbiar toda la mezcla.
La joven apartó de un firme empujón al chiquillo, que entorpecía la delicada faena con sus imprudentes ademanes.
—A fuerza de repetir pacientemente esta operación de filtrado, el sedimento cobra una blancura cada vez más pura —prosiguió la boticaria—. Conviene retirar minuciosamente las virutas de madera que aún permanecen mezcladas mientras se descarta el agua de la parte superior.
—Entendido —asintió Sazen atento.
—Al cabo de cuatro o cinco repeticiones del lavado, se reduce gradualmente la cantidad de agua y la masa concentrada se trasvasa a otro recipiente limpio. Una vez retirada la última capa líquida sobrante, se deja secar el poso a la sombra.
—E-Espera un momento, por favor —interrumpió el aprendiz—. Tomaré notas detalladas de toda la explicación.
Sazen se apresuró a buscar algunos útiles de escritura en la mesa de trabajo. Aun cuando Maomao ya le había dejado el procedimiento redactado por escrito de su propio puño y letra, el muchacho fijaría sensiblemente mejor los conceptos si ejecutaba sus propias anotaciones a medida que observaba el proceso.
—Puesto que tu presencia aquí no entraña más que una molestia constante, ve a jugar a otra parte —instó Maomao, despachando al niño que aún permanecía a su lado cual si ahuyentara a un perro vagabundo.
—Te estoy prestando mi valiosa ayuda, pecosa —protestó Chou inflando los mofletes—. Deberías mostrarte agradecida por mi compañía.
—La propia pata de un gato resultaría de mayor utilidad que tú, niño mimado —repuso ella—. ¡Fuchi! ¡Vete de aquí!
—¡Miau! —protestó el gato Miaumiau, al ser sobresaltado.
Al darse cuenta de que rondaba por ahí, Chou asió con rapidez al gato entre sus brazos y le administró un inocente puñetazo a Maomao sirviéndose de la suave almohadilla del animal. La boticaria liberó de inmediato al felino de sus inexpertas manos.
—¡¿Puedes parar de una vez?! —bramó Maomao perdiendo la paciencia—. ¡Vas a hacer que caigan pelos de animal en la mezcla! Si tanto quieres ayudar, ve a traer más agua fresca. Ayer le arrebataste la porción de pastel de kuzu a Ukyou para comértela tú, ¿no es así?
El veterano capataz de los sirvientes varones del prostíbulo, Ukyou, sentía una gran devoción por los niños y consentía a Chou a todas horas, perdonándole cualquier travesura.
—Vaya... ¿De nuevo me mandas a labores forzadas? —se quejó Chou con aire apesadumbrado—. ¿De verdad no hay nada más entretenido que pueda hacer por aquí...?
Pese a sus lamentos y al desgana de sus pasos, el muchacho asió el balde de madera y partió con resignación hacia el pozo. Antes de alejarse lo suficiente...
—¡Por cierto, pecosa...! —exclamó Chou, deteniendo repentinamente el paso.
—¿Qué ocurre ahora? —respondió Maomao sin alzar la cabeza, concentrada mientras descartaba con tiento el agua de la superficie del recipiente.
—Hoy regresas a tu puesto, ¿no? ¿Cuándo volverás de nuevo por aquí?
—Mmm...
La boticaria meditó la respuesta unos instantes. A los funcionarios de la corte se les concedía por norma una jornada de asueto cada diez días. Las sirvientas y asistentes médicas adaptaban sus descansos a dicho régimen oficial. Al ostentar responsabilidades de menor gravedad que las de los altos magistrados, disfrutaban en la práctica de un número sensiblemente superior de jornadas libres. Si bien a ello se sumaban las festividades religiosas de cada estación, tras las dilatadas vacaciones de año nuevo, los días festivos resultaban escasos en el calendario.
«Supongo que volveré a tener el próximo descanso ordinario dentro de diez días... Pero regresar a la Casa Verdigris por una sola jornada es un rollo», pensó Maomao en su fuero interno. Puesto que el aprendiz Sazen demostraba un comportamiento mucho más firme e independiente de lo previsto en la botica, una presencia demasiado frecuente por parte de ella terminaría por resultar contraproducente para su desarrollo. Le había encomendado que le enviara de inmediato una misiva ante cualquier contingencia grave, de modo que no debían surgir mayores contratiempos en su ausencia.
Asimismo, en sus breves jornadas de descanso, Maomao debía atender en la choza las laboriosas tareas de colada que no podía ejecutar durante el servicio palaciego, así como la minuciosa preparación de remedios personales y el riguroso repaso de las lecciones médicas aprendidas. Por si fuera poco, desde hacía un tiempo, Yao y Enen también habían adoptado el hábito de invitarla a salir de compras por el mercado de la capital, así que no andaba precisamente sobrada de tiempo libre.
Una sombra de duda cruzó su mente. «Y no debo perder de vista el asunto de Yao con ese libro de disecciones...», se instó a sí misma mientras entrecerraba la mirada con preocupación. Ojalá no sobreviniera ningún percance aciago o escándalo a cuenta del manuscrito prohibido hallado en la pared de la morada del estrafalario estratega Lakan, pero...
—Calculo que regresaré en un mes, aproximadamente —anunció Maomao.
—¡¿Cómo?! —protestó el mocoso—. ¡Pero si para eso falta una eternidad...!
Chou puso cara de muy pocos amigos. Asió el balde de madera con brusquedad y partió hacia el pozo, visiblemente cabizbajo, cruzándose en el camino con Sazen, que regresaba a la estancia con los útiles de escritura.
—Oye, Maomao... ¿Ya has vuelto a enfadar al pequeño Chou? —inquirió el aprendiz.
Tiempo atrás, Sazen dispensaba a Chou el respetuoso trato reservado a un joven señorito de la nobleza, mas en el presente parecía desenvolverse con él con naturalidad y sin contratiempos. Pese a tratarse de una de las pocas personas vivas conocedoras del oscuro secreto de la rebelión del Clan Shi, por lo pronto el chiquillo no parecía correr el riesgo inminente de ser ejecutado en la penumbra por la guardia.
—En absoluto —aclaró la boticaria—. Únicamente le manifesté la verdad: que no regresaría pronto por hallarme harto atareada en la corte.
—Vaya... Qué lástima me da el pobre muchacho —comentó el aprendiz.
Exhibiendo un leve gesto de consternación, Sazen procedió a consignar en un listón de madera pulida las instrucciones técnicas recibidas. Aunque en su origen fuera un vulgar y tosco campesino del norte de Li, el muchacho poseía la instrucción suficiente para leer y escribir los caracteres básicos con soltura.
—Los chiquillos, aun cuando aparenten fortaleza, no dejan de anhelar el afecto sincero de los adultos —observó Sazen con voz pausada—. En particular Chou, que... carece por completo de familia y ni tan siquiera conserva recuerdos de aquella temprana época.
—Ignoro lo tocante a sutrágica familia, pero se aprovecha del apego emocional de las cortesanas a más no poder —replicó la joven.
—Con todo, es natural que guarde afecto a la primera persona que cuidó de él en sus primeros tiempos, cuando carecía de memoria e identidad. Su conducta funciona del mismo modo instintivo que la de las anadejas.
—¿Anadejas? Yo no soy su madre... —aclaró Maomao.
Los polluelos de ánade, recién salidos del cascarón, toman instintivamente por progenitor a la primera criatura viva que se cruza ante sus ojos al nacer. (NT: Un ánade es el nombre formal, zoológico, que se utiliza para referirse al pato. El término anadeja anadeja es una palabra antigua que se usaba para referirse a aves acuáticas de menor tamaño que el pato común.)
—Eso lo comprende el propio Chou de sobra —sonrió Sazen—. Pero no deja de ser un chiquillo necesitado de amparo.
Tras concluir las atentas anotaciones en el listón de madera, Sazen comenzó a verter con extrema parsimonia el agua del balde sobre el recipiente del almidón.
—A su misma edad, yo ya me ganaba el sustento diario con mi propio esfuerzo —agregó la boticaria con su habitual pragmatismo.
—Ese es el típico pensamiento de quien, al gozar de una gran capacidad e inteligencia natural, resulta incapaz de ponerse en la piel de los menos dotados... —reflexionó Sazen—. Las personas verdaderamente capaces alcanzan a comprender hasta qué punto llega la torpeza de los demás.
Aquel razonamiento sonaba a lección moral bien elaborada, una apreciación filosófica impropia de Sazen, quien solía atolondrarse con enorme facilidad ante las dificultades.
—Sazen... ¿Acaso no estarás repitiendo al pie de la letra las palabras del veterano Ukyou? —inquirió Maomao enarcando una ceja.
—¡¿Cómo lo has sabido?! —exclamó el aprendiz, sobresaltado.
Al parecer, la boticaria había dado de lleno en el clavo. Aquel sirviente de espíritu sereno y juicio ecuánime solía soltarle a Maomao sermones de parecida índole desde que era una niña en la Casa Verdigris.
—Está bien, lo he entendido —zanjó ella—. Voy a explicarte la siguiente fase del proceso, de modo que presta atención y toma nota.
Maomao retiró con la yema de los dedos las diminutas virutas de madera que aún permanecían flotando en el balde y las desechó a un lado mientras continuaba con la lección médica.
—Echa un vistazo a esto, Sazen —indicó la boticaria.
Maomao inclinó el recipiente con suma delicadeza para no alterar la tranquilidad del fluido. A medida que el agua turbia de la superficie escurría lentamente hacia el exterior, un sedimento extraordinariamente blanco y denso se revelaba depositado en el fondo.
—¿Qué demonios es esto? —inquirió Sazen, curioseando con los ojos de par en par.
A su lado se hallaba asimismo Chou, que no debía de tener mejor ocupación que estorbar en las labores matutinas de la botica.
—Esta sustancia pastosa depositada en el fondo es el almidón de kuzu —explicó Maomao—. Puesto que su densidad y peso son superiores a los del agua, termina por asentarse en el fondo con el paso de las horas. Dado que el agua estancada de la superficie contiene las impurezas y los restos vegetales sobrantes, esta debe desecharse por completo. Repitiendo el proceso de lavar la masa con agua limpia y descartar la capa superior cuantas veces sea preciso, se obtiene finalmente un almidón de kuzu purificado de mayor calidad.
—¿Conque este barro blanco se transforma en el delicioso pastel de ayer? —preguntó Chou fascinado.
—¡Eh! ¡No metas tus dedos sucios ahí! —le reprendió Maomao—. Vas a enturbiar toda la mezcla.
La joven apartó de un firme empujón al chiquillo, que entorpecía la delicada faena con sus imprudentes ademanes.
—A fuerza de repetir pacientemente esta operación de filtrado, el sedimento cobra una blancura cada vez más pura —prosiguió la boticaria—. Conviene retirar minuciosamente las virutas de madera que aún permanecen mezcladas mientras se descarta el agua de la parte superior.
—Entendido —asintió Sazen atento.
—Al cabo de cuatro o cinco repeticiones del lavado, se reduce gradualmente la cantidad de agua y la masa concentrada se trasvasa a otro recipiente limpio. Una vez retirada la última capa líquida sobrante, se deja secar el poso a la sombra.
—E-Espera un momento, por favor —interrumpió el aprendiz—. Tomaré notas detalladas de toda la explicación.
Sazen se apresuró a buscar algunos útiles de escritura en la mesa de trabajo. Aun cuando Maomao ya le había dejado el procedimiento redactado por escrito de su propio puño y letra, el muchacho fijaría sensiblemente mejor los conceptos si ejecutaba sus propias anotaciones a medida que observaba el proceso.
—Puesto que tu presencia aquí no entraña más que una molestia constante, ve a jugar a otra parte —instó Maomao, despachando al niño que aún permanecía a su lado cual si ahuyentara a un perro vagabundo.
—Te estoy prestando mi valiosa ayuda, pecosa —protestó Chou inflando los mofletes—. Deberías mostrarte agradecida por mi compañía.
—La propia pata de un gato resultaría de mayor utilidad que tú, niño mimado —repuso ella—. ¡Fuchi! ¡Vete de aquí!
—¡Miau! —protestó el gato Miaumiau, al ser sobresaltado.
Al darse cuenta de que rondaba por ahí, Chou asió con rapidez al gato entre sus brazos y le administró un inocente puñetazo a Maomao sirviéndose de la suave almohadilla del animal. La boticaria liberó de inmediato al felino de sus inexpertas manos.
—¡¿Puedes parar de una vez?! —bramó Maomao perdiendo la paciencia—. ¡Vas a hacer que caigan pelos de animal en la mezcla! Si tanto quieres ayudar, ve a traer más agua fresca. Ayer le arrebataste la porción de pastel de kuzu a Ukyou para comértela tú, ¿no es así?
El veterano capataz de los sirvientes varones del prostíbulo, Ukyou, sentía una gran devoción por los niños y consentía a Chou a todas horas, perdonándole cualquier travesura.
—Vaya... ¿De nuevo me mandas a labores forzadas? —se quejó Chou con aire apesadumbrado—. ¿De verdad no hay nada más entretenido que pueda hacer por aquí...?
Pese a sus lamentos y al desgana de sus pasos, el muchacho asió el balde de madera y partió con resignación hacia el pozo. Antes de alejarse lo suficiente...
—¡Por cierto, pecosa...! —exclamó Chou, deteniendo repentinamente el paso.
—¿Qué ocurre ahora? —respondió Maomao sin alzar la cabeza, concentrada mientras descartaba con tiento el agua de la superficie del recipiente.
—Hoy regresas a tu puesto, ¿no? ¿Cuándo volverás de nuevo por aquí?
—Mmm...
La boticaria meditó la respuesta unos instantes. A los funcionarios de la corte se les concedía por norma una jornada de asueto cada diez días. Las sirvientas y asistentes médicas adaptaban sus descansos a dicho régimen oficial. Al ostentar responsabilidades de menor gravedad que las de los altos magistrados, disfrutaban en la práctica de un número sensiblemente superior de jornadas libres. Si bien a ello se sumaban las festividades religiosas de cada estación, tras las dilatadas vacaciones de año nuevo, los días festivos resultaban escasos en el calendario.
«Supongo que volveré a tener el próximo descanso ordinario dentro de diez días... Pero regresar a la Casa Verdigris por una sola jornada es un rollo», pensó Maomao en su fuero interno. Puesto que el aprendiz Sazen demostraba un comportamiento mucho más firme e independiente de lo previsto en la botica, una presencia demasiado frecuente por parte de ella terminaría por resultar contraproducente para su desarrollo. Le había encomendado que le enviara de inmediato una misiva ante cualquier contingencia grave, de modo que no debían surgir mayores contratiempos en su ausencia.
Asimismo, en sus breves jornadas de descanso, Maomao debía atender en la choza las laboriosas tareas de colada que no podía ejecutar durante el servicio palaciego, así como la minuciosa preparación de remedios personales y el riguroso repaso de las lecciones médicas aprendidas. Por si fuera poco, desde hacía un tiempo, Yao y Enen también habían adoptado el hábito de invitarla a salir de compras por el mercado de la capital, así que no andaba precisamente sobrada de tiempo libre.
Una sombra de duda cruzó su mente. «Y no debo perder de vista el asunto de Yao con ese libro de disecciones...», se instó a sí misma mientras entrecerraba la mirada con preocupación. Ojalá no sobreviniera ningún percance aciago o escándalo a cuenta del manuscrito prohibido hallado en la pared de la morada del estrafalario estratega Lakan, pero...
—Calculo que regresaré en un mes, aproximadamente —anunció Maomao.
—¡¿Cómo?! —protestó el mocoso—. ¡Pero si para eso falta una eternidad...!
Chou puso cara de muy pocos amigos. Asió el balde de madera con brusquedad y partió hacia el pozo, visiblemente cabizbajo, cruzándose en el camino con Sazen, que regresaba a la estancia con los útiles de escritura.
—Oye, Maomao... ¿Ya has vuelto a enfadar al pequeño Chou? —inquirió el aprendiz.
Tiempo atrás, Sazen dispensaba a Chou el respetuoso trato reservado a un joven señorito de la nobleza, mas en el presente parecía desenvolverse con él con naturalidad y sin contratiempos. Pese a tratarse de una de las pocas personas vivas conocedoras del oscuro secreto de la rebelión del Clan Shi, por lo pronto el chiquillo no parecía correr el riesgo inminente de ser ejecutado en la penumbra por la guardia.
—En absoluto —aclaró la boticaria—. Únicamente le manifesté la verdad: que no regresaría pronto por hallarme harto atareada en la corte.
—Vaya... Qué lástima me da el pobre muchacho —comentó el aprendiz.
Exhibiendo un leve gesto de consternación, Sazen procedió a consignar en un listón de madera pulida las instrucciones técnicas recibidas. Aunque en su origen fuera un vulgar y tosco campesino del norte de Li, el muchacho poseía la instrucción suficiente para leer y escribir los caracteres básicos con soltura.
—Los chiquillos, aun cuando aparenten fortaleza, no dejan de anhelar el afecto sincero de los adultos —observó Sazen con voz pausada—. En particular Chou, que... carece por completo de familia y ni tan siquiera conserva recuerdos de aquella temprana época.
—Ignoro lo tocante a sutrágica familia, pero se aprovecha del apego emocional de las cortesanas a más no poder —replicó la joven.
—Con todo, es natural que guarde afecto a la primera persona que cuidó de él en sus primeros tiempos, cuando carecía de memoria e identidad. Su conducta funciona del mismo modo instintivo que la de las anadejas.
—¿Anadejas? Yo no soy su madre... —aclaró Maomao.
Los polluelos de ánade, recién salidos del cascarón, toman instintivamente por progenitor a la primera criatura viva que se cruza ante sus ojos al nacer. (NT: Un ánade es el nombre formal, zoológico, que se utiliza para referirse al pato. El término anadeja anadeja es una palabra antigua que se usaba para referirse a aves acuáticas de menor tamaño que el pato común.)
—Eso lo comprende el propio Chou de sobra —sonrió Sazen—. Pero no deja de ser un chiquillo necesitado de amparo.
Tras concluir las atentas anotaciones en el listón de madera, Sazen comenzó a verter con extrema parsimonia el agua del balde sobre el recipiente del almidón.
—A su misma edad, yo ya me ganaba el sustento diario con mi propio esfuerzo —agregó la boticaria con su habitual pragmatismo.
—Ese es el típico pensamiento de quien, al gozar de una gran capacidad e inteligencia natural, resulta incapaz de ponerse en la piel de los menos dotados... —reflexionó Sazen—. Las personas verdaderamente capaces alcanzan a comprender hasta qué punto llega la torpeza de los demás.
Aquel razonamiento sonaba a lección moral bien elaborada, una apreciación filosófica impropia de Sazen, quien solía atolondrarse con enorme facilidad ante las dificultades.
—Sazen... ¿Acaso no estarás repitiendo al pie de la letra las palabras del veterano Ukyou? —inquirió Maomao enarcando una ceja.
—¡¿Cómo lo has sabido?! —exclamó el aprendiz, sobresaltado.
Al parecer, la boticaria había dado de lleno en el clavo. Aquel sirviente de espíritu sereno y juicio ecuánime solía soltarle a Maomao sermones de parecida índole desde que era una niña en la Casa Verdigris.
—Está bien, lo he entendido —zanjó ella—. Voy a explicarte la siguiente fase del proceso, de modo que presta atención y toma nota.
Maomao retiró con la yema de los dedos las diminutas virutas de madera que aún permanecían flotando en el balde y las desechó a un lado mientras continuaba con la lección médica.
La primera jornada de trabajo tras la conclusión de las vacaciones festivas resultaba verdaderamente soporífera para los sentidos. Maomao se frotaba los ojos somnolientos con pesadumbre mientras tomaba el desayuno matutino en la mesa. El cansancio acumulado le nublaba la vista.
—Qué falta de educación —espetó Yao, mostrando un gesto ligeramente contrariado en su rostro.
En aquel momento estaba comiendo unas abundantes gachas preparadas con exquisita oreja de mar. El plato lucía un matiz verdoso muy singular y característico, una preparación sumamente poco común en la capital imperial, situada en la próspera provincia de Kaou, lugar donde se encontraban las dependencias del palacio.
«La oreja de mar posee extraordinarias virtudes embellecedoras y nutritivas para la piel», sopesó Maomao en su fuero interno, ignorando por completo la leve reprimenda de Yao, mientras contemplaba con calma el plato de la joven noble. La elaboración era obra de Enen, quien tomaba su propia ración con un ademán sereno y profesional. A buen seguro la atenta sirvienta había considerado con riguroso cuidado las propiedades curativas de cada ingrediente antes de la cocción.
Dicho sea de paso, Maomao estaba degustando también unas reconfortantes gachas elaboradas por la propia Enen, aunque no contenían la preciada oreja de mar, sino que se trataba de una sencilla preparación de arroz blanco sazonada simplemente con vinagre negro. Dado que la oreja de mar constituía un ingrediente de alta gastronomía, selecto y muy costoso en los mercados, al parecer la cantidad adquirida solo había alcanzado para la justa ración de la señorita Yao.
Tal vez incómoda por el hecho de ser la única de la estancia en disfrutar de un plato de superior categoría, Yao insistía de vez en cuando en que se preparara exactamente la misma vianda para todas las presentes. Con todo, puesto que Maomao se limitaba a aceptar la generosa hospitalidad de sus compañeras, no requería en absoluto semejantes miramientos o sacrificios financieros. Consciente de dicha circunstancia y de las costumbres de la boticaria, Enen disponía para Maomao viandas sencillas pero nutritivas que no le causaran el menor apuro ni compromiso moral.
Concluido por fin el desayuno, la boticaria se dirigió con diligencia a fregar la vajilla empleada, y Enen se apostó de inmediato a su lado para colaborar en la faena.
—Muchas gracias por estos días —dijo Enen en tono bajo—. Gracias a ti, logramos pasar las vacaciones sin tropezarnos con cierto individuo de dudosa calaña.
—Al contrario —repuso la joven—. Diría que permanecisteis en la morada del individuo que precisamente ocupa el podio absoluto de la estrafalariedad...
Maomao respondió considerando para sus adentros que difícilmente se hallaría en toda la extensión del territorio una residencia más estrambótica y caótica que aquella fortificación del Clan Luo.
—Al mismo tiempo que tú abandonabas el recinto, el señor de la casa hizo su oficial regreso —explicó Enen—. Aunque a su muy particular manera, nos dispensó a ambas una acogida sumamente atenta. Además, nos hizo entrega de un presente ceremonial al despedirnos.
Que Enen empleara aquella cautelosa expresión daba a entender que la hospitalidad del exótico estratega Lakan debió de pecar, cuanto menos, de extravagante, desmedida y ajena a cualquier protocolo ordinario.
Enen extrajo con sigilo de entre sus ropas una vara ornamental cuya forma y acabados revelaban una devastadora y rotunda falta de gusto estético. Puesto que a Maomao le habían entregado objetos de idéntica manufactura en más de una ocasión de parte de su padre biológico, identificó al punto que se trataba de un estrambótico pasador de pelo. Ignoraba si el estratega lo habría adquirido en un puesto callejero del mercado o si lo habría elaborado él mismo con sus propias manos, mas cualquiera diría que lucir una simple rama seca clavada en la cabeza resultaría sensiblemente más elegante.
—¿Por qué no lo desechas sin más? —inquirió Maomao.
—En efecto, es un objeto que de ningún modo se ajusta a la refinada dignidad de la señorita Yao —admitió Enen en voz baja—. Aun así, dado que la materia prima empleada en su confección es de buena calidad, contemplo la posibilidad de desarmarlo para reutilizar sus componentes o bien venderlo por piezas a un joyero.
—Sí, me parece la mejor opción —asintió la boticaria.
Maomao solía recurrir exactamente a procedimientos parecidos para dar salida rentable a semejantes e indeseados regalos familiares.
—Me encomendó asimismo que te entregara este otro pasador a ti —añadió Enen—. Puedes hacer exactamente lo mismo con él, pero tómalo, por favor.
La sirvienta extrajo un segundo pasador de adorno. Comparado con la pieza de Enen, este lucía un aspecto aún más ostentoso, recargado y abiertamente estrafalario.
—Entendido, me hago cargo —aceptó Maomao.
Tratándose de una mujer de criterios fríos y prácticos, Maomao se lo guardó sin vacilar en la abertura de su ropaje, sin poner más objeciones ni aspavientos. Tras el intercambio, ambas se entregaron en silencio al concienzudo lavado de los platos.
—En lo tocante a la señorita Yao... Puedes guardar absoluta tranquilidad; asumo la entera responsabilidad de sus actos —aseguró Enen con firmeza.
—Muchas gracias, Enen —respondió Maomao.
Aunque durante su breve estancia en la Casa Verdigris procuró no mortificarse en exceso con la materia, al reanudar sus deberes profesionales no pudo evitar la inquietud por el modo en que obraría Yao tras el hallazgo. Con todo, aun en el supuesto de que la joven noble desempeñara sus tareas cotidianas de asistente médica como si nada hubiera acontecido en la residencia, cierta sospecha comenzaba a turbar el ánimo de Maomao de cara al futuro. Era del todo imposible que una mujer de agudo e instintivo ingenio como Enen no lo hubiera advertido también.
—Maomao... ¿puedo hacerte una pregunta? —inquirió Enen en tono reservado.
—Claro, dime.
—¿Cuál es la diferencia entre un médico oficial y un médico en prácticas en este país?
Ante la precisa inquisición de Enen, Maomao meditó en silencio unos instantes antes de articular la respuesta.
—Mhm... Tengo entendido que el médico en prácticas, tras superar con éxito el examen público correspondiente, debe servir durante un tiempo bajo el tutelaje directo de un médico oficial antes de obtener la promoción definitiva.
—En efecto. Por ende, indagué por mi cuenta qué clase de prueba se exige para ingresar formalmente como médico en prácticas —explicó Enen en voz baja—. Resulta que las cuestiones del temario equivalen casi en su totalidad a las del examen de selección que nosotras mismas superamos para ser asistentes.
—¿Las mismas...? —inquirió Maomao enarcando una ceja.
A juicio de la boticaria, aquella prueba de ingreso únicamente abarcaba nociones bastante elementales de la ciencia médica.
—Así es —asintió Enen—. Por añadidura, entre el puesto de médico en prácticas y el de asistente médica... Aunque nuestras labores diarias entrañan un mayor volumen de tareas domésticas, en lo sustancial desempeñamos casi la misma función técnica. Si no se tratara más que de un mero cambio de denominación de cara al exterior siendo en verdad la misma dignidad profesional...
—¿Acaso sugieres que en el futuro se nos podría abrir la posibilidad legal de alcanzar el rango de médicas oficiales?
—Efectivamente. Podría ser perfectamente esa la intención oculta de la corte.
No constituía en absoluto una deducción tan descabellada como para tildarla de extravagante; salvo por el obstáculo en apariencia insalvable de las leyes vigentes sobre las mujeres. «Resulta inconcebible que la abnegada Enen albergue para sí misma la ambición de convertirse en médica oficial», se dijo Maomao, sacudiendo levemente la cabeza. De existir semejante anhelo de ascenso y prestigio, correspondería a su respetada señorita, Yao, ser quien abanderara esa meta, pues Enen supeditaba siempre sus propias aspiraciones a las de la joven noble.
Y si la superación de aquel requisito intermedio entre el médico en prácticas y el médico oficial abriera de verdad las puertas a dicho rango superior... «En lo referente a la naturaleza de dicho requisito...», sopesó Maomao con creciente inquietud.
—No puedo desprenderme de la sospecha de que la condición indispensable para erigirse como médico oficial guarda relación directa con aquel libro prohibido —musitó Enen.
El estremecedor tratado de anatomía humana que su padre adoptivo Luomen custodiaba en secreto en el hueco del muro de sus aposentos, en el pabellón anexo a la morada principal del Clan Luo. A buen seguro aquel texto de disecciones guardaba algún tipo de vínculo crucial con la materia. La lógica deducción de Enen había alcanzado tan acertado extremo. Y la razón por la cual abordaba la delicada cuestión con Maomao a solas, al margen de los oídos de Yao, no era otra que su ferviente afán protector...
—No deseo que la señorita Yao... No quiero que se convierta en médica oficial si para lograrlo debe pasar por una experiencia tan atroz como esa —confesó Enen con amargura.
Maomao juzgaba que, por razones de estricta índole moral y sensibilidad, la ejecución de disecar un cadáver resultaría de buen grado inasumible para la refinada joven noble. Ahora bien, Yao poseía una insospechada inclinación a asimilar los acontecimientos más duros con una flexibilidad sensiblemente mayor de la que aparentaba a simple vista, siendo de un temperamento orgulloso que se esforzaba al máximo por encajar las cosas con tal de no mostrar debilidad.
Las cautelosas palabras de Enen no constituían más que una advertencia por pura prudencia.
Maomao sacudió las gotas de agua que restaban en una de las escudillas de madera donde acababan de comer las gachas instantes antes. El futuro continuaba incierto.
—Comprendo... No diré palabra alguna sobre este asunto a Yao —aseguró Maomao—. No obstante... si ella toma esa decisión por su propia voluntad, me temo que ni tú ni yo podríamos hacer absolutamente nada para impedírselo.
Fue cuanto atinó a transmitirle a la leal sirvienta antes de dar por concluida la conversación y regresar a sus quehaceres.
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