
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 9
Maomao estaba tendida cuan larga era sobre el suelo en uno de los aposentos secundarios de la Casa Verdigris. La mitad de aquella estancia se hallaba abigarrada de baúles de madera y viejos estantes, sirviendo en la práctica como un mero almacén. Cuando el prostíbulo acogía a nuevas y jóvenes cortesanas, apartaban los enseres acumulados para emplear dicho espacio provisional como yacija.
«Qué fatiga...», se dijo Maomao a sí misma, tocándose la zona lumbar con un gesto adolorido. Una molestia física la atormentaba. De las vacaciones concedidas tras las festividades del cambio de año, únicamente le restaban dos breves jornadas para disfrutar de su anhelado regreso al distrito del placer. Aun cuando los días transcurridos en el bastión del indeseable y excéntrico Clan Luo resultaron sumamente provechosos para su formación, le ocasionaron no pocas penalidades y quebraderos de cabeza.
Le movía el deseo de terminar la minuciosa copia de los manuscritos médicos, así como de verificar con prudencia la conducta de Yao tras el perturbador hallazgo del libro prohibido. Juzgando que la delicada situación se hallaba por fin bajo control entre sus compañeras, la boticaria decidió retornar a la Casa Verdigris; pero las cosas no salieron como esperaba...
—Paga el alquiler —espetó la madame, sosteniendo la pipa de opio entre los labios, mientras contemplaba desde lo alto y con mirada severa a Maomao tumbada.
La modesta vivienda habitualmente ocupada por Maomao estaba habitada en el presente por Sazen, el aplicado aprendiz de boticario. El mocoso Chou solía pernoctar en aquella choza tiempo atrás, pero terminó por trasladarse a la propia Casa Verdigris por evidentes razones de seguridad y por pura comodidad. Dado que este último contaba con la protección oficial de un poderoso y rico mecenas, nadie en el establecimiento ponía el menor reparo a su permanente estancia.
Sazen pernoctaba anteriormente en la humilde estancia reservada a los sirvientes varones del prostíbulo, mas dicho recinto resultaba poco propicio para la elaboración de brebajes y medicinas. Por tal motivo, el aprendiz de boticario pasó a vivir en la choza de Maomao y su padre adoptivo Luomen, al hallarse dicha finca provisionalmente deshabitada.
Por su parte, a la boticaria no le habría importado lo más mínimo compartir el espacio de su propio aposento y tumbarse en el mismo suelo junto aél; pero Sazen, con el rostro mudado en palidez, le rogó con vehemencia que desistiera de tal improcedente propósito para evitar habladurías. Y así fue cómo Maomao optó por alojarse temporalmente en la Casa Verdigris. Y cómo la avaricia de la madame no tardó en hacer acto de presencia...
—¿A cuánto asciende la suma...? —inquirió Maomao, avecinando la puñalada.
—¿Qué te parece esta modesta cantidad? —repuso la madame, mostrando los dedos de la mano.
—¡Eso es un robo!
Al contemplar la abultada cifra indicada por los dedos alzados de la anciana, a Maomao se le desencajó el rostro de pura indignación.
—Vaya, vaya... Pretender alquilar un aposento en una institución de ilustre solera como la Casa Verdigris y quejarse por el precio... ¿No te parece acaso una ganga insuperable para alguien de tu ralea?
—¡¿A esto lo llamas aposento?! ¡Si la mitad del espacio es un simple almacén de trastos viejos!
—Si no resulta de tu agrado, eres libre de marcharte. con tus enseres a otra parte. ¿Acaso pretendes desalojar sin contemplaciones a Sazen, que se afana en su trabajo boticario día tras día mientras tú estás por ahí ganduleando con la nobleza? ¿O prefieres pernoctar a la intemperie en mitad de la calle? Si es así, te prestaré una vieja estera de paja, como muestra de mi abnegada caridad.
«Vieja codiciosa y miserable...», la insultó Maomao en el secreto de sus adentros. Al final, se consumó el regateo implacable. La boticaria se resignó y extrajo su pesada bolsa de monedas. La anciana contó la suma metálica no sin dejar escapar una escalofriante carcajada, propia de quien remueve los calderos del mismísimo infierno, y abandonó la estancia con el botín en la mano.
«Aunque solo sea un aprendiz, me daría verdadera pena echar a Sazen», se dijo, dejando escapar un hondo suspiro. Hizo de tripas corazón y se puso en pie con esfuerzo. Abrigaba el sincero deseo de permanecer tumbada descansando un poco más, pero le convenía inspeccionar primero el estado real de la botica. Extrajo un volumen manuscrito de entre sus enseres personales y abandonó el almacén.
Al dirigirse a la pequeña estancia que tenía alquilada en la planta baja de la Casa Verdigris, percibió varias voces animadas procedentes del interior.
—¡Ah! ¡Es una labor excelente! Una mezcla soberbia, en verdad. Muy hábil. Has mejorado sensiblemente desde mi última visita —comentaba una voz extremadamente emocionada.
—¿D-De verdad te lo parece? —respondió otra voz, con timidez.
—Sí, sí. ¡Ya lo creo! Al principio tus preparados eran tan toscos e imprecisos que no sabía qué rumbo tomarías.
—Me esmeré en ellos gracias a tus pacientes explicaciones.
—¿Ah, sí? En tal caso, ¿me podrías enseñar cómo lo haces ahora?
—¿Cómo? ¿Quieres ver cómo mezclo las hierbas medicinales?
Maomao identificó a los dueños de las voces al instante: se trataba de Sazen y Kokuyou. Este último era un boticario muy experimentado que tiempo atrás encontró asentado en una aldea vecina de los alrededores. Si bien la viruela dejó marcas indelebles en la mitad de su rostro, la porción restante conservaba un innegable atractivo.
Pese a la inocencia de la labor, la presencia de dos varones dialogando en un recinto cerrado atrajo de inmediato la desmedida curiosidad de varias cortesanas ociosas que prestaban oído tras la puerta de madera. El sigilo reinaba en el pasillo.
—¿Qué hacéis aquí reunidas? —inquirió Maomao.
—¡Uy...! Je, je, je... —murmuraron las doncellas.
Exhibiendo un rostro ruborizado cruzado por la turbación, las mujeres se retiraron a toda prisa por el corredor. A buen seguro se hallaban entregadas a extraviadas y pintorescas fantasías románticas.
—¡Voy a entrar! —anunció Maomao.
Al abrir la puerta de golpe, contempló a Sazen majando con ahínco un manojo de hierbas. Kokuyou se hallaba peligrosamente inclinado sobre Sazen, rodeándolo por la espalda con una proximidad excesiva. Su rostro rozaba prácticamente la mejilla del joven aprendiz mientras seguía con una mirada de profundo interés el vaivén rítmico del mortero. Con la respiración entrecortada por el esfuerzo y las manos temblorosas aferradas a la maza de madera, Sazen majaba las hierbas bajo la envolvente presión de esa presencia tan cercana. La escena exudaba una intensidad tan equívoca que cualquiera habría jurado presenciar un momento de entrega, si no fuera porque el único idilio real en aquella estancia era la pura fascinación por el oficio.
—¡Oh! ¡Eres tú! Nos dijiste que vendrías a pasar aquí todas las vacaciones, ¡y te presentas ahora! —exclamó Sazen.
—Surgieron diversos contratiempos que requirieron mi atención —explicó la boticaria—. Y por cierto, aunque apriete el frío, no cerréis la estancia a cal y canto cuando os halléis los dos dentro a solas.
—Vaya, es que el frío resulta verdaderamente insoportable... —intervino Kokuyou.
El joven viroloso fingió un leve estremecimiento con exageración dramática. Conservaba, como de costumbre, ese carácter indolente y despreocupado que le era tan propio.
Maomao inspeccionó con agudeza el interior de la botica. «Tienen las hierbas medicinales debidamente conservadas en sus frascos y el libro de registro muestra las anotaciones en perfecta regla», anotó mentalmente. No estaba nada mal el resultado; el aprendiz había progresado a pasos agigantados desde la última vez que se vieron. El trabajo daba sus frutos.
La joven entregó a Sazen el volumen manuscrito que traía consigo.
—Hoy cerraremos la tienda por un momento. Como no es plan de tenerte elaborando únicamente brebajes sencillos para el resfriado y analgésicos comunes eternamente, prepararemos hoy un nuevo remedio más complejo.
El libro en cuestión era el ejemplar especializado que ella misma había transcrito la jornada anterior en el pabellón anexo del excéntrico estratega. Aunque contenía algunos preparados que la propia Maomao desconocía y pensaba elaborar a modo de prueba, una planta medicinal en particular había captado su atención en las fórmulas, de modo que le daría prioridad absoluta.
—¡Vaya! ¡Qué divertido! ¡Dejadme participar, dejadme verlo! —exclamó Kokuyou con entusiasmo.
El exótico joven aproximó el rostro a ella con curiosidad, pero Maomao lo apartó de un seco empujón en el pecho. Puesto que la fuerza física de un varón siempre resultaba de gran utilidad para las labores pesadas, no le impidió que los acompañara en la excursión. Pero le dejó claro que debía mantener las distancias. No quería presenciar en sus propias carnes una escena como la que acababa de ver entre aquellos dos hombres.
«En cuanto a los ingredientes, mi padre adoptivo cultivaba un huerto a las afueras de la ciudad», pensó Maomao. Pese a sus dificultades para caminar tras la antigua mutilación de su rodilla, el sanador había dispuesto por su cuenta un arriate de plantas medicinales al otro lado de la muralla exterior de la capital. Su arraigada costumbre de plantar hierbas en cuanto divisaba un terreno baldío se remontaba a sus lejanos días de servicio profesional en el palacio interior. Aunque por lo general se conducía con suma y noble sensatez, el hecho de mostrar de vez en cuando semejantes extravagancias agrícolas tal vez fuera una ineludible cuestión de sangre familiar. «En cierto modo, guarda semejanza con el verdadero padre de Lahan», observó Maomao. (NT: Se refiere a Lakou, el medio hermano menor de Lakan. Es un agricultor con gran entusiasmo y muy habilidoso. Nació de una concubina después de que su padre se sintiera insatisfecho con su primer hijo, quien no podía reconocer los rostros de sus padres. Fue nombrado heredero del Clan Luo pero, más adelante, Lakan le usurpó ese título y lo desterró de su propia casa, obligándolo a mudarse a una finca rural a las afueras de la capital.) Supuso que, al fin y al cabo, ambos compartían la misma estirpe del Clan Luo. Recordó a aquel hombre de mediana edad, carente del menor anhelo de ambición política o posición social, cultivando incansablemente su vasto campo de batatas con el brillo de la más pura pasión en la mirada.
—Bien, iremos a recoger los ingredientes al huerto, así que cargad con los pertrechos necesarios —dispuso la boticaria.
—E-Entendido —asintió Sazen.
—¿De qué se trata exactamente? ¿Qué es lo que vamos a recoger al exterior? —inquirió Kokuyou medio canturreando mientras curioseaba las herramientas.
Sazen colocó el cartel de cerrado sobre el mostrador de madera de la botica. Kokuyou mostraba un entusiasmo a todas luces desmedido por una cuestión de tan poca monta. Maomao extrajo varias hierbas secas del estante, las sometió a una leve decocción sobre el fuego y apuró el brebaje caliente de un solo trago.
—¡¿Eh?! ¡¿Qué clase de mejunje acabas de tomarte?! —inquirió Sazen, contemplándola con genuino asombro.
—Un estimulante amargo para despejar el sopor y un tónico reconstituyente —aclaró la boticaria—. Estoy verdaderamente cansada tras los últimos días.
—Entiendo... Pero vamos a ver, ¿acaso crecen plantas medicinales útiles en esta época helada del año? —dudó Sazen—. Además, ese huerto del que hablas se encuentra junto a la gran muralla exterior, ¿no es así? Me dijeron tiempo atrás que había hierbas allí, pero como no divisé nada parecido al pasar, lo dejé estar.
—Ah... No te preocupes. Tampoco es que mi padre adoptivo haya plantado nada extraño o peligroso... Lo entenderás perfectamente en cuanto lleguemos al lugar.
Maomao se cubrió la cabeza y los hombros con el abrigo. Una brisa gélida aguardaba afuera. Los tres abandonaron la Casa Verdigris en dirección a las afueras de la capital.
—Vaya, vaya... ¿Sales de paseo escoltada por dos apuestos galanes? ¡Qué aires te das! —exclamó una voz guasona.
—Nada más lejos de la realidad —repuso la boticaria con sobriedad.
Una joven cortesana de su misma edad le lanzó la pulla desde una ventana. Puesto que Maomao la conocía muy bien desde sus tiempos de sirvienta infantil en el prostíbulo, el trato diario entre ambas pechaba de una absoluta e informal familiaridad.
Los tres dejaron atrás el bullicioso distrito rojo en dirección sur durante las horas del mediodía, cuando el tránsito cotidiano de transeúntes resultaba aún sumamente escaso en las avenidas. Un paseo invernal comenzaba. En las callejuelas secundarias y menos transitadas se divisaban mendigos que sopesaban con la mirada si el modesto grupo constituía una presa propicia para pedir caridad o alimento.
El guardia de servicio en el gran portón de la muralla dejaba escapar un bostezo aburrido por la monotonía del turno. Kokuyou, que al parecer era un rostro familiar en la zona, le saludó de paso con una radiante sonrisa y un amistoso gesto con la mano. El hombre del puesto le devolvió la cortesía con una mueca de evidente disgusto, claro signo de que el excéntrico boticario le habría causado severos contratiempos en más de una ocasión previa.
—¿Qué fechoría has cometido con los guardias? —inquirió Maomao.
—No he hecho nada malo, de verdad —aseguró Kokuyou con voz inocente.
Semejante respuesta olía a chamusquina. a parte exterior de la monumental muralla estaba rodeada por un profundo foso defensivo lleno de agua. La estructura arquitectónica guardaba una notable semejanza visual con la del célebre palacio interior de la capital. Dado que el palacio interior fue erigido siglos atrás sobre las ruinas del antiguo castillo de la dinastía antecedente a la fundación del Imperio de Li, Maomao se preguntó si la muralla exterior de este recinto urbano habría aprovechado de igual modo los viejos vestigios de la antigua ciudad fortificada.
Salieron finalmente por el pesado portón y se dirigieron sin demora hacia la derecha, es decir, con rumbo directo al oeste.
—Mira eso de ahí —indicó Maomao, deteniendo el paso.
—¿Eso? —preguntó Sazen.
Maomao señaló con el dedo la vasta superficie de la muralla exterior. Una suerte de intrincados sarmientos trepaba con tenacidad por el lienzo de piedra gris. Dado que se hallaban en pleno e inclemente invierno, la vegetación lucía desguarnecida y marchita a simple vista, mas en los meses estivales a buen seguro exhibía un espeso follaje de vivo verdor. La asombrosa pujanza vital con la que se extendían aquellas plantas silvestres cruzando el canal de agua resultaba sencillamente pasmosa.
—Parecen simples ramas secas e inútiles, pero... ¿de qué planta medicinal se trata en realidad? —inquirió Sazen examinando el muro.
—La parte utilizable no es el tallo —aclaró Maomao.
La menuda joven asió una de las ramas secas con firmeza y rastreó con paciencia su origen hasta llegar a la base terrosa. Acto seguido, comenzó a remover con afán la helada tierra, sirviéndose de una pequeña herramienta de excavación que traían entre los pertrechos.
—¡Vaya! Conque se trata de la valiosa raíz de kuzu... —asintió Kokuyou con aprobación, prestándose al punto a colaborar en la labor.
—¿Raíz de kuzu? ¿Te refieres al arrurruz? —inquirió Sazen.
—En efecto, son la misma especie —respondió Maomao—. No te quedes ahí pasmado mirando y echa de una vez una mano.
—¡Ah! De acuerdo.
Los tres se entregaron con esfuerzo a la minuciosa tarea de excavar el duro terreno para desenterrar las gruesas raíces.
—A todo esto, ¿me permites hacerte una pregunta antes de continuar, Maomao? —interrumpió Sazen.
—Adelante.
—El guardia del portón no deja de observarnos desde la distancia con un gesto mosqueado.
—No te preocupes. La presencia invasiva del kuzu en la estructura de la muralla exterior deteriora la piedra y, por añadidura, brinda un firme punto de apoyo para escalar a posibles invasores enemigos. Por ende, que extraigamos sus raíces cuenta con el pleno beneplácito de las autoridades imperiales... según tengo entendido.
—¿Según tienes entendido, dices...? —repitieron los dos hombres al unísono, detectando la incertidumbre en sus palabras.
Al parecer, su sabio padre adoptivo fue severamente reprendido por los centinelas de la muralla en diversas ocasiones pasadas hasta que finalmente logró persuadirlos de la utilidad pública de su labor agrícola. Por consiguiente, en principio, la metódica extracción de la raíz no entrañaba falta ni delito alguno ante la ley.
—El kuzu crece con una vitalidad asombrosa, pero resulta insólito que prolifere en un paraje así —comentó Kokuyou, exhibiendo una sonrisa de franca admiración ante el hallazgo.
—Por lo que me han contado los ancianos del lugar, la planta comenzó a brotar aquí desde hace cosa de medio siglo —explicó la joven.
Maomao rememoró con nitidez las palabras que le transmitió tiempo atrás un veterano centinela del portón, un anciano de la guardia imperial que desempeñaba allí su servicio a modo de retiro.
—Mmm... ¿Puedo preguntarte otra cosa, Maomao...? —interrumpió Sazen, deteniendo la pala.
—Claro, habla.
—Antes has dicho que este huerto lo plantó Luomen, ¿no es así?
—...
—¡¿Cómo?! —exclamó Kokuyou abriendo los ojos—. ¡¿Acaso pretendes sugerir que quien plantó todo este kuzu fue...?!
—¡Vamos! No os despistéis en habladurías y poned de una vez vuestras manos a trabajar —reprendió la boticaria—. ¡Venga, excavad!
Maomao comenzó a raer con energía renovada una raíz de proporciones verdaderamente descomunales. La tarea requería un esfuerzo colosal. Vino entonces a su memoria el lejano recuerdo de su padre adoptivo contemplando la muralla exterior con ademán apenado en tiempos remotos. Su partida sobrevenida para cursar estudios médicos en las tierras del oeste, sucedida más tarde por su fulgurante incorporación al servicio del palacio interior, interrumpió abruptamente su labor agrícola. Durante aquellas largas décadas de obligada ausencia, el kuzu prosperó a sus anchas hasta convertirse en una frondosa e inexpugnable espesura de vegetación.
Dado que su padre adoptivo había reanudado por fin sus funciones médicas en la corte y la propia Maomao ejercía en el presente como oficial adscrita con cometido de asistente, la planta continuaría extendiéndose de manera descontrolada si nadie le ponía freno. Puesto que contaban en esta ocasión con la oportuna presencia de un hombre vigoroso como Sazen, convenía aprovechar su valioso físico para extraer las profundas raíces de kuzu con absoluta diligencia.
—Hemos recogido ya un enorme montón de raíces gruesas —observó Sazen secándose el sudor de la frente—. ¿Seremos capaces de dar un uso provechoso a toda esta ingente remesa?
—Venderemos en la botica el almidón de kuzu purificado para prevenir los resfriados invernales, así que ninguna cantidad resultará excesiva —respondió ella.
—El almidón de kuzu es un buen remedio excelente, sin duda —intervino Kokuyou pensativo—. Sin embargo, su elaboración artesanal requiere un proceso sumamente laborioso, ¿no te parece? Por lo general, a los boticarios nos resultaría mucho más conveniente adquirirlo ya preparado...
—Vuelvo a ver tus manos ociosas —zanjó Maomao señalándolo con la herramienta—. ¡A trabajar se ha dicho!
Maomao impuso un firme silencio a Kokuyou para atajar sus constantes e impertinentes objeciones. A fin de acallar eficazmente al charlatán, la boticaria se vio obligada a conducirse con una locuacidad bastante mayor de la que le era habitual. «Sazen, lamento sinceramente las molestias que te ocasiono», se disculpó en el secreto de su fuero interno. Aunque no se tratara propiamente de enmendar los antiguos descuidos agrícolas de su venerable padre adoptivo, no quedaba más remedio que requerir el auxilio del muchacho para erradicar el kuzu de la piedra.
Dado que la meticulosa elaboración del almidón de kuzu rebasaría con creces el estrecho margen de una o dos jornadas de trabajo, le correspondería a ella instruir al aprendiz con todo pormenor más adelante. Además, también tendría que imponer un estricto silencio a Kokuyou para evitar que divulgara la materia entre otros comerciantes. Las obligaciones se le acumulaban sin tregua. «¡Ah...! El tiempo apremia...», se instó a sí misma mientras continuaba la excavación. Aun abrumada por la constante acumulación de quehaceres cotidianos, el mero hecho de mantener la mente ocupada en esta labor física le permitía orillar temporalmente otras amargas tribulaciones sobre la corte, lo cual constituía para ella un alivio insuperable.
Así, con gesto resuelto y constante, Maomao prosiguió con su incansable tesón, desenterrando una a una las gruesas raíces de kuzu afianzadas con extraordinaria firmeza en las entrañas de la helada tierra.
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