09/09/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 26




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 26
El ladrón de horquillas (parte II)

Decir que había resuelto el misterio quizás fuera exagerar. Al menos, Maomao ya tenía una idea bastante clara de cómo había desaparecido la horquilla. Sin embargo...

«Esto también plantea un problema», caviló. Al cotejar la información proporcionada por Yinghua con sus propias deducciones, todo apuntaba a una conclusión inquietante. Deseaba tranquilizar a la Emperatriz Gyokujou, mas se debatía sobre la conveniencia de revelarle sus sospechas. Mientras daba vueltas al asunto, despuntó el alba.

Frotándose los ojos, aún adormilada, Maomao contempló una vez más la alhaja de plata sobre la mesa. Tras el exhaustivo interrogatorio al que había sometido a Yinghua, ya no resultaba factible guardar silencio.

—¡Maomao, vamos, acude a desayunar! —la requirió Yinghua, que fue a buscarla a primera hora.

La boticaria aceptó encantada la invitación. En el comedor aguardaban también Guiyuan y Ailan. Guiyuan seguía transmitiendo aquella misma sensación tranquila de siempre, si bien su figura parecía haber cobrado cierto volumen. Ailan, por su parte, daba la impresión de haber espigado un poco. Maomao percibía que ahora la miraba desde una posición más elevada que en el pasado. Siendo ella de corta estatura, siempre había envidiado el porte de Ailan. Al contemplar reunido a aquel grupo tan familiar, la boticaria esbozó una leve sonrisa.

—¡Hoy nos hemos dado un capricho! ¡Las gachas de arroz llevan abalón seco!

—¡Oh!

Hasta la propia Maomao batió palmas de forma instintiva. Se preguntó si habrían dispuesto de parte de los géneros reservados para el yantar de la soberana. Constituía un guiso sencillo, sazonado con un caldo de profundo sabor y un mero toque de sal. Con todo, la excelencia del marisco hablaba por sí sola. El arroz también resultaba ser de primera categoría. Quedaba de manifiesto que, al servir a la Emperatriz, incluso la manutención de las doncellas alcanzaba un rango superior.

Mientras las cuatro parlamentaban con animación durante el desayuno, Maomao examinó discretamente el entorno.

—¿Qué ocurre? —inquirió Guiyuan al reparar en que no cesaba de mirar de un lado a otro.

—Nada... Me preguntaba si las demás doncellan no desayunan.

Aparte de Hakuu y sus dos hermanas, tras la elevación de la consorte a la dignidad de Emperatriz, se habían incorporado diversas sirvientas adicionales al séquito.

—¡Ah! Ellas comen en otro sitio, no desayunan aquí.

—Sí —añadió Ailan con un suspiro—. Me gustaría llevarme mejor con ellas, pero son muy serias.

«Más bien sois vosotras tres las que sois demasiado relajadas», dictaminó Maomao para sus adentros. Precisamente por esa índole resultaba tan afable su compañía.

Yinghua y sus dos compañeras acumulaban mayor antigüedad al servicio de Gyokujou, habiéndose incorporado durante su etapa en el palacio interior. Sin embargo, Hakuu y sus hermanas conocían a la Emperatriz desde su provincia de origen. Por tal motivo, probablemente mantenían una distancia protocolaria distinta. Aun cuando Hongnyang era la jefa de las doncellas, Maomao no podía evitar la impresión de que, por linaje y cercanía previa, Hakuu ocupaba una posición jerárquica un peldaño por encima de Yinghua y las demás.

—Oye, Maomao, ¿ya sabes quién fue el culpable? —preguntó Yinghua.

—Hmm... Es complicado —repuso la boticaria con evasivas.

Las tres doncellas inclinaron el rostro, sumidas en una patente decepción.

—Si todavía no lo sabes, vuelve a trabajar aquí con nosotras, Maomao. Igual lo de preparar medicinas es más difícil, pero seguro que encontramos alguna excusa para conseguirte el permiso.

—¡Eso! —secundó Guiyuan—. Además, este palacio tiene muchas más habitaciones que el Pabellón de Jade. Y un montón de fogones.

—Y seguramente también podrías conseguir medicamentos importados —añadió Ailan.

«¡¿Medicamentos importados?!», la mirada de la boticaria cobró un fulgor instantáneo. Estuvo a punto de morder el anzuelo. Con todo, debía mantener la templanza y no ceder ante semejante tentación. Maomao paladeó un sorbo de té para recobrar la serenidad.

—Ahora mismo estoy aprendiendo el oficio de mi padre adoptivo y de los demás médicos. Además, mi partida ocasionaría no pocos contratiempos a mis compañeras. No puedo cambiar de trabajo así como así.

Sabía perfectamente que servir a la Emperatriz entrañaba notables privilegios. Sin embargo, si accedía a reincorporarse a su séquito, brotarían complicaciones de muy diversa índole. «Sobre todo por la intromisión de aquel personaje...», razonó estrechando la mirada. Aquel estratega del monóculo podría comenzar a frecuentar los aledaños del palacio de la Emperatriz. Para él no constituiría más que un vil pretexto para aproximarse a su persona. No obstante, la servidumbre y los cortesanos extraerían conclusiones harto distorsionadas.

A esas alturas, resultaba del todo imposible que Gyokujou ignorase la presunta vinculación sanguínea entre Maomao y aquel excéntrico militar. «Únicamente ese insensato abriga la certeza de nuestro parentesco. En rigor, nada nos une», se dijo a sí misma. Ella perseveraba en la firme convicción de ser en realidad hija de algún otro cliente de su madre. Anhelaba mantener intacta esa certidumbre, aun cuando las probabilidades matemáticas resultaran escasas.

Le habría supuesto un alivio juzgar que la soberana solo la estimaba en calidad de instrumento útil. Ahora bien, la realidad distaba de ser tan simple. Gyokujou apreciaba de corazón sus virtudes y conocimientos. «No puedo declinar su favor sin más...», meditó Maomao. Por añadidura, las miradas suplicantes de Yinghua y las otras dos no hacían sino acrecentar su dilema.

Mientras discurría el modo de eludir el compromiso, hizo su aparición una joven engalanada con una cinta roja en el pelo. Guardaba un extraordinario parecido con Hakuu, si bien sus facciones denotaban una frescura algo más juvenil.

—¿Qué ocurre, Sekiu? —inquirió Yinghua.

Si la memoria no le fallaba, la boticaria sabía que la doncella contaba su misma edad. Tratábase de la hermana menor de Hakuu y la benjamina de las tres. A diferencia del trato dispensado a la primogénita, Yinghua parecía dirigirse a ella de manera bastante más relajada.

—Su Majestad la Emperatriz requiere la presencia de Maomao —anunció la recién llegada con sobriedad imperturbable.

Maomao tomó el cuenco de las gachas ya apurado.

—Déjalo, por favor. Ya lo recogeremos nosotras —se ofreció Guiyuan.

La boticaria aceptó la gentileza y dejó la vajilla en su sitio sobre la mesa.

—¡Esperamos una respuesta favorable a nuestros deseos! —se despidieron las tres agitando las manos.

Maomao les correspondió con una deferente inclinación de cabeza. A continuación, encaminó sus pasos hacia la sala donde la aguardaba la Emperatriz Gyokujou.



En la estancia privada de la Emperatriz aguardaban Hongnyang, Hakuu y los dos pequeños vástagos imperiales, la princesa y el Príncipe Heredero. La princesa entretenía al lactante, que gateaba por el tapiz, mostrándole diversos sonajeros de ebanistería. A juzgar por su empeño, juzgaba estar dispensándole un eficaz esparcimiento. Al advertir la llegada de Maomao, Hakuu tomó de inmediato al infante en sus brazos.

—Sekiu, llévate a la princesa —ordenó la primogénita.

—Entendido —asintió la recién llegada.

Sekiu, que había escoltado a Maomao hasta el recinto, tomó con delicadeza de la mano a la pequeña princesa Lingli.

—¡Quiero seguir jugando! —protestó la niña.

Debió de haber alcanzado los tres años de edad, según el cómputo tradicional. Expresábase ya con notable fluidez. Sin embargo, no parecía guardar memoria de la boticaria. La observó con infantil curiosidad, como si tratara con una perfecta desconocida. Semejante olvido causó en Maomao una leve punzada de melancolía. Con todo, comprendió que constituía la reacción natural a su temprana edad. Se limitó a despedirla con una discreta inclinación de cabeza.

Hakuu hizo ademán de retirarse también llevando al heredero en brazos. De forma instintiva, Maomao la asió con firmeza por el dobladillo de la manga.

—¿Qué ocurre? —inquirió.

Aun habiendo coincidido en el pasado, apenas habían cruzado palabra. Ante aquella inesperada falta de etiqueta, Hakuu mudó el semblante hacia un rictus de evidente rigidez.

—¿Podrías quedarte, por favor? —pidió Maomao.

—¿Por qué?

—Creo que sería conveniente que también escucharas esta conversación.

El rostro de Hakuu permaneció inalterable. Advirtiendo la contingencia, Hongnyang se asomó al pasillo y requirió la presencia de Ailan, que transitaba por el corredor.

—Ocúpate tú del infante, Aylan —dispuso.

Hongnyang tomó al Príncipe Heredero de los brazos de Hakuu y se lo confió a Ailan. El niño, prorrumpiendo en risotadas, comenzó a tirar de los mechones de la doncella. Esta se retiró del lugar luciendo una sonrisa de resignada paciencia.

—Maomao, ¿qué querías contarnos? —inquirió la soberana.

Ni Gyokujou ni Hongnyang formularon objeción alguna ante la permanencia de Hakuu en la sala. Parecían juzgar prioritario abordar el núcleo del asunto sin dilaciones protocolarias.

—Se trata de esto —declaró Maomao, en lo que extrajo con parsimonia la horquilla que había sometido a examen durante la noche.

—¿Has descubierto quién fue el culpable? —interrogó Gyokujou.

—No. Pero creo que puedo explicar por qué la plata se ennegreció y por qué desapareció la piedra que llevaba dentro.

—¿De verdad?

—Sí.

Maomao extendió el plano que Yinghua había dibujado la noche anterior.

—Su Majestad se dirigió al palacio para cambiarse de ropa. Fue en ese instante cuando advirtió que el ornamento ya no estaba en su tocado.

—Así es —asintió la soberana—. La premura del tiempo nos acuciaba. Prioricé cambiarme de ropa antes de disponer una búsqueda minuciosa.

«Tal como imaginaba», se reafirmó Maomao. En aquel momento, la pérdida de la joya no había suscitado aún alarma alguna.

—¿No juzgó vuestra merced que la horquilla simplemente se le había caído?

—Sí. Íbamos con mucha prisa. Además, por el camino se me enredó el cabello en la rama de un árbol. Columbré que acaso la habría extraviado allí.

—¿Fue por esta zona... más o menos?

Maomao señaló un lugar concreto en el mapa.

—Efectivamente. Había un carro estacionado al lado. Al intentar sortearlo, rocé sin querer una rama baja.

El carro... es decir, el carruaje logístico donde el servicio había dispuesto el gran caldero de la sopa. Maomao lanzó una fugaz mirada hacia Hakuu. La expresión de la doncella permanecía del todo inescrutable. «Quizá me equivoque...», se dijo la boticaria. Con todo, perseveraba en la certidumbre de que su presencia en la estancia resultaba idónea.

—En resumidas cuentas, creo que la horquilla no fue robada. Creo que simplemente se cayó.

—¿Qué quieres decir...? —inquirió Hongnyang.

—Exactamente eso. La razón por la que Su Majestad está tan inquieta es porque cree que alguien robó la horquilla sin que se diera cuenta para devolvérsela después a modo de velada amenaza, ¿no es así?

La plata lucía ennegrecida y la gema había desaparecido de la jaula. Todo sugería que el quien se la había devuelto pretendía advertirle de un peligro idéntico para su persona. La pátina oscura del metal evocaba de inmediato un veneno.

—Si el ennegrecimiento de la plata y la desaparición de la piedra no fueron intencionados, ¿no aportaría eso cierta serenidad a su ánimo?

—Eso... —musitó la soberana.

—Por añadidura... juzgo que Su Majestad conoce de antemano la razón exacta por la cual la piedra desapareció.

Gyokujou comenzó a enroscarse un mechón de cabello alrededor del dedo. Su mirada denotaba una cierta vacilación.

—Resultará más conveniente que expongas la causa de una vez —intervino Hongnyang—. ¿Por qué motivo desapareció la gema?

—Su Majestad... ¿Conserva acaso alguna pieza adicional en su haber? —inquirió Maomao.

—Supongo que no me resta más alternativa que ofrecer las debidas explicaciones...

Con gesto de resignación, la Emperatriz se levantó del diván y abandonó la estancia. Las presentes en la sala se cruzaron miradas impregnadas de inquietud, si bien se impusieron la disciplina de aguardar su retorno con firme paciencia. Gyokujou regresó al cabo de unos instantes. Traía consigo un pequeño cofre. De su interior extrajo un cristal hexagonal de perfecta transparencia.

—¿Me es permitido emplearlo? —inquirió Maomao.

—Al fin y al cabo, fuiste tú quien me lo ofreció como obsequio —repuso la soberana.

Maomao tomó el cristal. A continuación, asió una jarra de agua.

—¿Podríais prestarme un cuenco?

Hakuu le ofreció un recipiente de cerámica. Maomao depositó el cristal en su interior. Vertió agua sobre la gema.

—¿Se está... deshaciendo? —inquirió Hongnyang.

—Porque es sal.

—¡¿Sal?!

Tal y como imaginaba Maomao, Hongnyang ignoraba la verdadera naturaleza de la piedra. De haber poseído tal pormenor, jamás habría permitido que una alhaja destinada a la Fiesta del Jardín albergara semejante compuesto.

—S-Señora Gyokujou... ¿A qué responde esta extravagancia? —balbució la dama de compañía principal.

—Je, je, je... Es que era precioso. Y nadie se dio cuenta, ¿verdad? Dudo que aun el cristal de sal gema más puro adopte una geometría tan perfecta.

Aquella sonrisa pícara retrataba con fidelidad la índole de la Emperatriz... Hakuu contemplaba la gema mientras se disolvía de forma paulatina.

—Dediqué paciente esmero en acrecer su masa. Tan solo seleccioné las piezas que cristalizaron con mayor refinamiento —explicó Maomao.

—Maomao... ¿Me estás diciendo que te dedicabas a urdir tales artefactos durante tu estancia en el Pabellón de Jade? —interrogó Hongnyang.

—...

Maomao guardó silencio. A estas alturas, la falta ya había prescrito.

—Entonces la piedra desapareció porque se disolvió en agua. ¿Y el ennegrecimiento? —requirió Hongnyang.

—Hay muchos agentes que poseen la virtud de empañar la plata. Por ejemplo...

Maomao dibujó un óvalo en un extremo del plano.

—Un huevo.

—¡¿Un huevo?!

Las tres mujeres la contemplaron con patente desconcierto.

—Sí, un huevo. ¿Conocen el olor de un huevo podrido?

Las tres denegaron con la cabeza. Las sirvientas de menor rango asumían la retirada de los desperdicios. Ellas jamás habrían tenido ocasión de percibir semejante efluvio. «Me lo ponen difícil de explicar...», se resignó Maomao. Buscó una analogía más accesible.

—Entonces, al menos conocerán el olor de un huevo cocido.

—Eso sí —asintió la soberana.

—Tiene un olor muy característico. Pues bien, en algunos balnearios de aguas termales se percibe exactamente el mismo olor.

—Las aguas termales... Ah, es verdad.

Al parecer, Gyokujou había frecuentado dichos parajes en el pasado. En su comitiva desde los confines del oeste hasta la capital imperial, a buen seguro transitaron por enclaves de tal naturaleza.

—Ciertas aguas termales albergan azufre en su composición. Los huevos cocidos también lo contienen. Cuando entran en contacto con la plata, pueden hacer que esta se ennegrezca.

—Es verdad... —musitó Hongnyang.

Hongnyang tenía una expresión que parecía decir: «¿Cómo no caí en ello?». Conociendo el menú que se había servido durante la Fiesta del Jardín, debería haber podido deducir fácilmente la causa del fenómeno.

—La horquilla debió de precipitase, por alguna peripecia, en el interior de la olla donde se cocían los huevos. El cristal de sal se disolvió en el caldo. Y el azufre de los huevos empañó la plata.

La sopa exageradamente salada de la que había hablado Lihaku seguramente debía su potencia a la disolución de la sal.

—Aclarado ese extremo, ¿de qué modo vino a parar la alhaja al fondo del caldero? —inquirió Hakuu.

—Eso no lo sé. Puede que cayera por mero accidente... o bien alguien la introdujo de forma deliberada.

—¿Y para qué iba alguien a hacer eso?

Hakuu entrecerró la mirada con severidad.

—Supongamos que alguien encargado de servir la comida encuentra una horquilla. Y justo en ese momento aparece una doncella preguntando por el paradero de una joya de la Emperatriz extraviada. ¿Qué conducta adoptaría?

Podría responder inmediatamente: «¿Se refiere a esta?». Podría fingir ignorancia. O bien...

—Asustarse y ocultarla con premura en el primer sitio que tuviera su alcance —completó Gyokujou.

—Embargado por los nervios... ¿alguien la arrojó al interior de la olla...? —puntualizó Hongnyang.

—Exacto —asintió Maomao.

Maomao continuó hablando con cierto sentimiento de culpa por lo poco concluyente de su explicación.

—El autor de la maniobra debía recuperar la pieza tarde o temprano. Tanto si cayó por mero infortunio como si la depositó allí a modo de escondite temporal. Sin embargo, al extraerla del recipiente, la plata lucía empañada y la gema se había esfumado.

En semejante estado, resultaba del todo imposible restituir la alhaja simulando un hallazgo fortuito.

—Espera un momento —intervino Hongnyang—. Aunque quien la encontrara fuera alguien del servicio, ¿no le habría resultado difícil devolverla?

Entonces, ¿cómo había vuelto finalmente la horquilla a manos de la Emperatriz?

—Sí, desde luego —asintió Maomao—. Resulta improbable que una simple sirvienta lograra infiltrarla entre los obsequios destinados a Su Majestad. Juzgo que precisó de la ayuda de un tercero.

Fue precisamente esa tortuosa forma de devolverla la que transformó una simple pérdida en algo parecido a una amenaza. Maomao carecía de pruebas. Solo albergaba sospechas.

Por esa precisa razón había requerido la presencia de Hakuu en la estancia. Sin embargo, al examinar su rostro, no discernía ninguna reacción sospechosa. Tal vez supiera disimular muy bien. O tal vez fuera completamente ajena a todo aquel entramado.

Si una doncella del séquito íntimo de la soberana hubiera hallado la joya cerca del pabellón, ¿qué conducta habría seguido? Para una sirvienta de alto rango resultaba sencillo deslizarla entre las ofrendas. Pero también habría conocido de sobra la perturbación que causaría presentarla en semejante estado.

De haber sido Hongnyang, la habría entregado inmediatamente, informado de los pormenores de lo sucedido. Conociendo la benevolencia del carácter de Gyokujou, jamás habría pensado que castigaría a nadie por ello. ¿Y qué conducta habrían adoptado Yinghua y las otras dos? Las tres conocían perfectamente el secreto del cristal de sal. Habrían ofrecido la explicación sin ambages. No albergaban motivo alguno para el sigilo.

En tal caso... ¿qué juicio merecían Hakuu y sus hermanas? Por su forma de ser, Maomao estimaba que habrían informado con idéntica lealtad. Salvo por un matiz singular.

—Hay personas realmente torpes —expuso Maomao—. Si simplemente la hubieran devuelto, todo habría terminado ahí. Ahora bien, tal y como se han desarrollado los hechos, cualquiera diría que un enemigo pretende amedrentar a Su Majestad dando a entender un futuro envenenamiento.

Y, para la Emperatriz Gyokujou, ¿quiénes eran sus enemigos políticos? ¿La consorte Lihua, que había dado a luz a un príncipe de la misma edad que el heredero? ¿O acaso... Jinshi, el antiguo Príncipe Heredero y hermano menor del soberano?

No estribaba el asunto en que Hakuu y sus hermanas carecieran de fidelidad hacia Gyokujou. No obstante, mediaba una franca divergencia entre su perspectiva y la de las doncellas veteranas.

—Hakuu, permíteme hacerte una pregunta. ¿No pensaste que el autor del hurto y la devolución de la horquilla pudiera ser el señor Jinshi?

—Si se pondera el asunto con frialdad... esa constituiría la conclusión más razonable, ¿no? —repuso Hakuu.

—Hakuu, ya te he dicho en múltiples ocasiones que eso carece de fundamento —intervino Gyokujou.

La Emperatriz esbozó una sonrisa teñida de amargura. Ella conocía con certeza que Jinshi jamás había codiciado los derechos sucesorios al trono. Hongnyang, Yinghua y las demás también le profesaban afecto. Jamás le habrían juzgado capaz de semejante perfidia. Y Maomao conocía mejor que nadie cuánto aborrecía Jinshi la posición de alta dignidad en que se hallaba confinado.

Precisamente por ello, decidió amoldarse deliberadamente al razonamiento de Hakuu.

—Viendo lo preocupada que está Su Majestad, cualquiera diría que es posible que se haya infiltrado alguien sospechoso entre las personas de su entorno inmediato —manifestó Maomao.

—Me temo que tienes razón... —asintió Hakuu.

Por alguna razón, Hakuu fijó la mirada intensamente en Maomao. Hongnyang abrió los ojos con desmesura, como si alcanzara una repentina comprensión. «¿Y esa reacción?», la boticaria comenzó a experimentar una honda incomodidad.

—Su Majestad debería ser más consciente e interponer una mayor cautela ante la multitud de enemigos que la acechan —sentenció Hakuu.

—Lo sé —repuso Gyokujou—. Mas eso no implica que deba mostrar los colmillos a quien no profesa enemistad hacia mi persona. Dime, Hakuu... ¿esos juicios provienen de la autoridad de mi padre?

—No... Es mi opinión personal —declaró la doncella.

—Entonces, tú no has tenido nada que ver con esto, ¿verdad? —inquirió la soberana.

—¡¿Cómo puede decir eso?! —reclamó Hakuu.

Por primera vez, Hakuu elevó ligeramente el tono de su voz. Hongnyang no apartó la vista de ella, observándola con severa fijación.

—Solo espero... Tampoco ha sido Gyokuou, ¿no? No estarás actuando siguiendo las indicaciones de mi hermano mayor, ¿verdad? —preguntó Gyokujou, como si quisiera asegurarse.

«¿Gyokuou?», se extrañó Maomao. Semejante nombre no había resonado jamás en sus oídos. Recordaba haber oído que el primogénito de la familia de la soberana regía en la actualidad los dominios del oeste en sustitución del patriarca, su padre Gyokuen. En calidad de asesor principal a su servicio, hallábase allí destinado Rickson, el antiguo segundo al mando del estratega excéntrico.

—No... Yo... —balbució la sirvienta, cuyo semblante mudó de forma drástica.

Con esa sola vacilación, Maomao creyó comprender la trama en su totalidad. Las doncellas Kokuu y Sekiu eran las hermanas menores de Hakuu. A buen seguro las tres actuaban en connivencia.

Los rostros de Gyokujou y Hongnyang reflejaban un complejo pesar. Ni siquiera la facción afín a la Emperatriz constituía un bloque homogéneo. Todos sus integrantes perseguían la preservación de la soberana, aunque discrepaban en los medios para alcanzar tal fin. «Al menos, la maniobra ha infundido en Gyokujou una mayor cautela ante los peligros», reflexionó la boticaria.

Con todo, un pormenor inquietaba la mente de Maomao: la figura de Gyokuou. Gyokujou, por sus rasgos fisonómicos, denotaba su linaje extranjero. Su padre, el anciano Gyokuen, contaba ya con una edad muy avanzada, así que era muy posible que ese hermano fuera hijo de otra madre, fruto de un matrimonio distinto. ¿Acaso el destino de Rickson en el oeste respondía a esa intriga familiar? «Ignoro el alcance real de este entramado», se dijo Maomao, devanándose los sesos. 

Hakuu se ausentó para requerir la presencia de sus dos hermanas. Mientras tanto, la boticaria se quedó jugueteando distraídamente con la horquilla entre las manos.Todo indicaba que la jornada le permitiría retornar a sus cometidos en la enfermería. Sin embargo, más que el desenlace de la intriga, lo que comenzó a ensombrecer su ánimo fue la inminente llegada de su turno de trabajo...





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