
Los libros precisan de continuos cuidados. Tras desplegar un volumen cuajado de perforaciones causadas por los lepismas, esos voraces insectos de la madera y el papel, Maomao se entregó a la tarea de copiarlo con devota entrega.
A causa de la humedad y la inclemencia del sol, las letras de ciertos tomos estaban emborronadas. Otros, en cambio, se desmenuzaban con el mero contacto de los dedos por la acción implacable del tiempo. Prevalecían las hojas de papel frente a las tradicionales tablillas de madera. Se adivinaba la intención de tal elección: de haber recurrido a las gruesas tablillas, el volumen de la obra habría desbordado la modesta capacidad de la estancia. Por tal motivo, no había más remedio que transcribir de nuevo los manuscritos ejecutados sobre papel de inferior calidad para preservar su contenido.
—Maomao, ¿qué te apetece cenar? —inquirió Enen al aproximarse con paso silencioso.
—No comeré nada. Gracias.
Le merecía mayor urgencia la asimilación de los escritos.
«Este detalle no hace falta que lo copie... Se demostró en fechas posteriores que no es así», iba decidiendo el criterio mientras transcribía con minuciosidad. A fin de instruir a Maomao, su padre adoptivo redactó en el pasado diversos manuales de aprendizaje. Sin embargo, el sabio Luomen no llegó a copiar la totalidad de los tratados que poseía. Por ende, el fondo bibliográfico reunido en aquel recinto custodiaba multitud de nociones médicas que Maomao no había contemplado jamás. Aunque la elegante grafía delataba sin sombra de duda la autoría de Luomen, la materia tratada exhibía un grado de precisión técnica sumamente superior. Halló lecciones que le habían sido impartidas en su infancia, otras que jamás había recibido, e incluso pasajes cuyo contenido divergía diametralmente de cuanto aprendió. Fruto del constante e imparable progreso técnico, no resultaba inusual que los preceptos considerados válidos en el pasado resultaran del todo erróneos en el presente. Aquel apartado recinto debió de haber sido habitado por Luomen unos veinte años atrás. Tras el transcurso de más de dos décadas, los conocimientos médicos de su padre adoptivo se habían visto lógicamente remozados y corregidos con la experiencia.
Con el pincel sujeto entre los dientes, Maomao pasó la página con reverencia. La sabiduría constituía el verdadero y único sustento para ella. Mientras permanecía absorta en semejante cometido, no experimentaba necesidad alguna de alimento terrenal... Sin embargo...
—¡La cena está en la mesa! —vociferó Yao junto a su oído.
Maomao adoptó una postura tan erizada y sobresaltada que, de haber sido un felino, habría levantado todo su pelaje en respuesta al susto.
—No tengo...
—A comer.
Yao mostraba una mirada tan severa que no admitía réplica alguna. La aferró con firmeza por el cuello del ropaje y la arrastró consigo fuera de la estancia. Maomao pretendió al menos llevarse el volumen que estaba leyendo, mas la joven noble la despojó también de él con presteza.
—Enen, asegúrate de que Maomao coma lo que le toca.
—Disculpa, señorita. Juzgué que, como Maomao estaba tan absorta en sus libros, resultaría de mala consideración importunarla. Y estimé que cenar contigo a solas de vez en cuando no estaba mal...
«La segunda razón es el motivo principal de su descuido, sin duda alguna», protestó Maomao hacia sus adentros mientras percibía el leve y sutil restallido de la lengua de Enen.
Las viandas que preparaba esta última resultaban cada vez más apetitosas, convirtiendo cada cena en un auténtico y refinado banquete.
—No estamos solas —puntualizó Yao—. Mientras acudías a las dependencias traseras a por los víveres para la cena, se presentó el señor Lahan.
—¡¿Q-Qué?! ¡N-No me lo habías dicho!
La perspectiva de que su señorita hubiera conversado a solas con un hombre ajeno a la familia debió de causarle un hondo impacto. El rostro de Enen se contrajo por la más absoluta turbación. Aquello era intolerable y una afrenta al decoro.
En contraste, Yao no le otorgaba la menor trascendencia al encuentro. Por lo común, la joven se mostraba esquiva ante los varones, en su afán de no verse postergada en sus cometidos profesionales, pero Lahan no parecía suscitarle esa desconfianza. A fuerza de recibir sus estrambóticas encomiendas en la corte, tal vez terminó por amoldarse a su peculiar presencia.
—Aseguró que se había encargado de proveer al servicio de víveres suficientes para cuatro comensales, por lo que di por sentado que lo habías invitado a la mesa.
Yao señaló los manjares dispuestos sobre la mesa circular del comedor. La cantidad resultaba a todas luces excesiva para dos personas, e incluso para tres. Además, la mesa lucía acomodada con cuatro asientos. En el centro reposaba la vianda principal: un magnífico pato asado de cuerpo entero, con la piel crujiente que relucía con un brillo tentador. Un chasquido involuntario de saliva acudió de pronto a la garganta de Maomao.
—Voy a dorar unas cuantas obleas finas más, pues... Maomao, hazme el favor de picar las hortalizas.
Enen se mostraba manifiestamente contrariada por la intrusión del joven de la familia Han.
—Yo también puedo ayudarte —se ofreció Yao con entusiasmo.
—Ni hablar, señorita —declinó Enen con una actitud tajante y sobreprotectora—. Espera aquí, no tardaremos mucho.
«Vaya, vaya...», se rió en silencio Maomao. Yao frunció el ceño con ligera frustración. La boticaria comprendía la abnegada devoción de Enen hacia su señorita, mas la sirvienta erraba por completo el tiro en lo tocante a entender los verdaderos anhelos de la joven noble. Yao ansiaba valerse por sí misma, aprender a desenvolverse sin muletas y ser tratada como una mujer independiente y capaz, mientras que Enen persistía en infantilizarla y sobreprotegerla de cualquier tarea manual o contacto social. La excesiva cercanía le impedía percibir lo evidente: que su devoción, llevada al extremo, terminaba por asfixiar el crecimiento personal que Yao tanto perseguía.
Maomao picó los cebollinos con diestra celeridad y los dispuso pulcramente en una fuente de cerámica. A continuación, envolvió una jugosa tajada de carne de pato junto a los aderezos en una oblea fina, la sumergió en la espesa salsa y se la llevó a la boca de un solo bocado. ¡Una verdadera delicia! Debía mostrar una sincera gratitud hacia Yao por haber interrumpido su absorbente sesión de lectura. Aquel pato asado resultaba estar ciertamente exquisito.
En las dependencias culinarias, el menaje parecía hallarse dispuesto con estudiada precisión desde un buen principio, exhibiendo en la totalidad de sus útiles una cantidad divisible por cuatro. Maomao observó las vajillas entrecerrando la mirada con creciente sospecha.
—Al entornar los ojos de ese modo, aunque no lo quieras admitir, te pareces más a Lahan.
Las inesperadas palabras de Enen hicieron que Maomao abriera los ojos de par en par.
—Somos personas ajenas por completo. Resulta del todo imposible que guardemos el menor parecido —soltó con absoluta firmeza.
Respecto a las gachas de arroz, Enen había preparado cantidad más que suficiente para la recena, de modo que no precisaban elaborar más. En cuanto al refinado postre de frutas, advirtieron con sutileza que solo se habían dispuesto tres raciones individuales desde un inicio, y acordaron entre susurros degustarlo únicamente cuando Lahan se hubiera retirado a sus propios aposentos.
—Por si acaso, me permito consultarte: creo que no pasaría nada si decides irte a tu casa antes de que caiga la noche.
Maomao formuló la sugerencia a la celosa sirvienta por pura cautela. A fin de cuentas, quien necesitaba desesperadamente un escondite para huir de las exigencias matrimoniales de su insistente tío era Yao. Por su parte, no pesaba sobre Enen ninguna persecución familiar y no tenía obligación estricta de pasar la noche fuera de su propio hogar.
—No, ya te dije que prefería quedarme —repuso Enen sin vacilar—. Por encima de todo, la señorita se muestra plenamente predispuesta a pasar la noche en este recinto.
—He ahí el detalle que escapa a mi comprensión.
Maomao no lograba descifrar por qué una joven de tan ilustre cuna como Yao mostraba tanta determinación por dormir en una residencia tan estrambótica.
—La señorita ya demostraba una inteligencia precoz y experimentó un desarrollo físico prematuro desde su más temprana infancia —dijo Enen, evocando con la mirada el prominente busto de Yao al tiempo que fijaba los ojos en el horizonte con nostalgia—, así que las demás jóvenes de su misma edad se le antojaban criaturas vanales.
Enen hablaba con una vehemente firmeza mientras continuaba dorando las finas obleas en la sartén sin pausa. Maomao las dejaba atemperar con paciencia para evitar que el calor las adhiriera entre sí antes de acomodarlas en la fuente.
—Se entregó con afán al estudio de las artes y las ciencias, afirmando con orgullo que no se dejaría aventajar por ningún hombre. Así pues, al verse superada por ti en las pruebas de acceso a la corte, experimentó una honda pesadumbre que la llevó a adoptar una conducta impropia de su distinción.
Aludía, sin duda, a los pequeños tropiezos y zancadillas que Maomao sufrió en sus primeros días de servicio en la oficina médica. Dado que la mayor parte de tales tretas corrieron a cargo del séquito de doncellas que rodeaban a la joven noble sin su consentimiento directo, a la boticaria le resultaba ya un asunto de escasa trascendencia.
—En tal caso, lamento haber ocasionado ese lance.
La boticaria jamás columbró que alcanzaría una calificación tan aventajada en los exámenes. De hecho, tras el extenuante esfuerzo que le supuso memorizar las materias que para ella carecían del menor interés, Maomao estaba convencida de que su bajo rendimiento en tales disciplinas no podría compensarse ni con las altísimas notas de sus materias de predilección, por lo que daba por seguro que suspendería la prueba.
—Aun cuando el asedio de su tío constituya la causa principal, ¿por qué razón anhela Yao alcanzar tan alta dignidad en la corte por sus propios méritos? —inquirió Maomao de improviso, impulsada por la curiosidad.
—La razón... es por su madre —expuso Enen tras una breve y apesadumbrada vacilación—. Para la señorita, su madre también murió, a todos los efectos. Desapareció de su vida en el preciso e instante en que su padre falleció.
—¿Por qué motivo? ¿No sabéis nada de ella?
En lo tocante a la figura materna, Maomao carecía casi por entero de afecto. Su madre, una célebre cortesana de la Casa Verdigris, cayó en la ruina tras quedarse embarazada. Degradada a prostituta de calle por la madame para pagar la deuda que le produjo al burdel, Fengxian contrajo una enfermedad que devoró su salud física y mental. Sumida en la demencia, apartaron a Maomao de ella para ser criada por Luomen, las demás cortesanas y la madame. El entorno en que se crió Yao divergía sobremanera del suyo...
—Acontecido el deceso del cabeza de familia, puedes imaginar qué destino le aguardaba a una señora incapaz de regir la hacienda por sí sola.
—El tío asumió la jefatura de la casa.
—Pero la señora debía mantener la condición de señora de la morada.
La esposa del antiguo señor continuaba siendo la señora legítima de la casa. Así pues, la madre de Yao contrajo de nuevo matrimonio con su propio cuñado, el hermano menor de su difunto marido, a fin de preservar el patrimonio y el linaje familiar. Se trataba de un lance demasiado común en las altas esferas, por desgracia. No obstante, para una hija joven y orgullosa, semejante unión constituía un asunto de sumamente compleja digestión. En multitud de ocasiones, resultaba motivo de aborrecimiento hacia la figura materna.
—Ya veo...
Maomao se limitó a ofrecer esa escueta respuesta. Tomó entre sus manos las fuentes de cerámica cargadas con las hortalizas picadas, junto con las obleas finas recién doradas, para retornar a la mesa.
—Qué gentileza haberme convidado a vuestra mesa. Muchas gracias.
Quien se presentó luciendo una descarada sonrisa de oreja a oreja fue aquel hombrecillo de gafas desajustadas y cabellera del todo insufrible. «Nadie te ha convidado en absoluto», protestó Maomao para sus adentros con severo desagrado. Sus pensamientos y los de Enen coincidían de forma categórica. No era más que un intruso indeseado, pese a que aquella fuera su casa, en rigor.
Lahan tuvo el sutil detalle de traer consigo un valioso obsequio, el cual resultó ser, curiosamente, un exótico dulce elaborado a base de grasilla de rana. Era la delicia favorita de Yao, lo que delataba sin margen de duda que el joven no había escatimado en gastos para agasajarla. Dicho sea de paso, en el preciso instante en que Yao pretendió inspeccionar con entusiasmo el interior del paquete, Enen lo puso a buen recaudo de inmediato. La señorita aún ignoraba por completo que su manjar predilecto se preparaba con partes de semejante anfibio.
«A juzgar por el elevado gasto, debió de ganar una fortuna en el torneo de Go», intuyó la boticaria. Aparentemente, el muchacho también comerciaba con batatas en el mercado nacional, además de atender otros cuantiosos negocios principales en la capital. Aunque no le alcanzaran las horas del día ni las manos para atender tanta empresa, no había más remedio que reconocerle el mérito de abarcarlo todo con innegable éxito.
—Qué delicia compartir mesa rodeado de tan bellas flores. Una rosa, un lirio y... ¿una acedera?
Resultaba innecesario aclarar a qué persona correspondía la denominación de la acedera. (NT: Planta silvestre y perenne. Destaca por sus hojas alargadas y su característico sabor fresco, ácido y cítrico, parecido al del limón o el vinagre. A veces sus tallos pueden tener tonos rojizos. Las hojas pequeñas se usan en ensaladas, y las grandes, más amargas, se pueden hervir o saltear, y luego triturar en crema. No compite con plantas de jardín clásicas; su atractivo es botánico o culinario por sus hojas.)
—Había oído multitud de elogios sobre tus notables dotes culinarias, Enen. Anhelaba probar tus guisos desde hace tiempo.
—Qué honor.
El semblante de Enen permanecía de lo más gélido y distante ante la lisonja. Ahora bien, merecía la mayor alabanza por no desatender en ningún instante el esmerado servicio de la mesa. «¿Y dónde demonios habrá oído esos rumores sobre la cocina de Enen?», se preguntó Maomao. Su inquietante duda halló respuesta al instante.
—La célebre fonda de tu buen hermano mayor goza de gran renombre en la ciudad, y me consta de buena fuente que la cocina de su hermana no le va en absoluto a la zaga.
—Efectivamente. La comida de Enen es exquisita. No tiene nada que envidiar a las elevadas facultades de un reputado jefe de cocina —añadió Yao, deshaciéndose en elogios hacia su sirvienta con total naturalidad.
Maomao recordaba haber oído en el pasado que el hermano de Enen fue favorecido por Yao en sus inicios. En su día ejerció como cocinero privado en la amplia residencia familiar de Yao, mas tiempo después logró independizarse y abrió su propio y próspero negocio de restauración. «¿Se debería acaso dicho cambio a la repentina sucesión en la cabeza de familia?», se cuestionó la boticaria. Si fuera así, aquel detalle permitía comprender una de las razones fundamentales por las cuales Enen solo guardaba una completa aversión hacia el tío de Yao.
—He tenido la enorme fortuna de comer en tres ocasiones distintas en la fonda de tu hermano y, ciertamente, estas viandas de hoy resultan de idéntica excelencia.
—¿En tres ocasiones? ¿Y en qué estación del año acudiste? La carta de la fonda cambia en cada época del año, ¿verdad, Enen?
—Así es, señorita. En el establecimiento de mi hermano disponen ingredientes de temporada distintos cada mes.
Al sacar a colación la figura de su hermano, Yao mordió el anzuelo al punto. Dado que la joven noble llevaba la voz cantante de la mesa, Enen no tuvo más remedio que sumarse a la plática con educada resignación. Maomao, entretanto, se entregó con devota concentración a saborear el crujiente de la tostada piel del pato.
La jugosa piel y la viva frescura de las hortalizas aderezadas quedaban perfectamente prendidas en el interior de la fina oblea de trigo. A continuación, la sumergía ligeramente en la salsa agridulce antes de llevársela con fruición a la boca. A cada paciente bocado, la suculencia de la carne, el profundo aroma tostado, la textura firme de los cebollinos y la sobriedad de la masa se fundían en una armonía exquisita que estimulaba enormemente el paladar. En pocas palabras: constituía un auténtico manjar terrenal.
—Ciertamente, resulta un manjar exquisito.
Lahan compartía idéntico juicio. A decir verdad, el muchacho atesoraba otra destacada virtud digna de mención: poseía una singular destreza para el arte de la conversación. El mero hecho de lograr que Yao, una joven tirando a arisca con los desconocidos, se mostrara tan abierta y comunicativa permitía comprender la razón exacta por la cual Enen experimentaba tal grado de contrariedad.
Mientras comía en silencio, Maomao se sintió plenamente satisfecha. Puesto que habían acordado no servir el postre todavía, echó varias miradas furtivas hacia la estancia donde se hallaba la librería, preguntándose si ya podía retomar su atenta lectura. Su impaciencia era latente.
—Maomao, no estarás pensando en irte corriendo a leer, ¿verdad?
Yao la miró con manifiesta severidad desde su asiento. Aunque la boticaria no estuviera interviniendo activamente en la conversación, la joven noble parecía exigir su presencia física en la mesa.
—...
Maomao permaneció sentada obedientemente y, para entretenerse, se dedicó a mordisquear unos cebollinos. «Por cierto...», pensó en medio de su particular ensimismamiento. Había un curioso pormenor en la disposición de la librería que le llamaba poderosamente la atención.
—Lahan, ¿no habrás cambiado de sitio algún libro de los estantes?
El joven con mirada de zorro ladeó la cabeza, extrañado.
—¿De la librería? Yo no he tocado nada. Mi ilustre padre adoptivo tampoco suele entrometerse en las pertenencias del tío abuelo. De hecho, lo único que hacía era ordenar a la servidumbre que limpiara esa estancia de forma periódica.
Se trataba de una consideración insólita en el excéntrico estratega. Con razón el pabellón anexo lucía tan impecable y libre de polvo.
—¿Insinúas que faltan volúmenes en la colección? De ser así, la servidumbre encargada de la limpieza resultaría sospechosa, pero dudo que mi padre contratara a gente de dudosa reputación. Tener a ese hombre por enemigo resulta una verdadera pesadilla.
Los libros constituían bienes de gran valor mercantil, por lo que no era raro que fueran objeto de hurto. No obstante, cabía dudar de que los sirvientes que trabajaban para el excéntrico estratega se atrevieran a semejante audacia. «Resulta del todo improbable...», se dijo Maomao.
—¿Qué es exactamente lo que falta?
—Más que faltar algo, hay un detalle en el orden que me resulta chocante.
Se levantó de la mesa, fue a la librería y regresó al cabo de un instante con dos volúmenes, acompañados del papel y los pertrechos de escritura que estaba utilizando para las transcripciones.
—Examinad los lomos, por favor.
—¿Qué significa esto?
Yao ladeó la cabeza, confundida. En ellos figuraban las siguientes inscripciones: «[3]-VI-1», «[4]-II-3».
NT: Un pequeño matiz, pero bastante importante para la trama. En el original, el primer número corresponde al sistema de escritura kanji (一, 二, 三, 四, 五, etc.). Los hemos escrito con números arábigos entre corchetes (“[X]”) para diferenciarlos de la última secuencia. El segundo número está escrito en números romanos (I, II, III, IV, V, etc.), lo hemos mantenido tal cual. Y el tercer número está escrito en números arábigos (1, 2, 3, 4, 5, etc.), que también los hemos mantenido tal cual.
Eran el primer volumen del sexto libro del tercer tomo, y el tercer volumen del segundo libro del cuarto tomo. Aunque el sistema resultara incomprensible a primera vista para los no iniciados, respondía a una clasificación pormenorizada donde los números se incrementaban a medida que se añadían anotaciones complementarias a cada sección. En la librería se custodiaban al menos varios cientos de volúmenes ordenados bajo esa misma numeración.
NT: Por aclarar lo que significa esta clasificación de Tomo - Libro - Volumen, el primer número (Tomo) indica la materia o temática. Por ejemplo, «el tomo relativo a la medicina occidental». El segundo número (Libro) es el orden del libro físico. A veces, un solo tomo temático era tan denso que no cabía en un solo libro, por lo que se dividía en varios libros. Y el tercer número (Volumen) es la edición o versión. A medida que los conocimientos avanzan o se adquieren nuevos detalles, los libros se editan para corregir o complementar el texto.
—El primer número se comprende con claridad, mas...
—Corresponde a la grafía numérica de las tierras del oeste —precisó Enen, quien poseía nociones del idioma occidental.
—Efectivamente.
Maomao trazó los números sobre el papel: «1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9» y «I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX». Ante la sola mención de guarismos, la mirada de Lahan cobró un fulgor instantáneo. Yao, por su parte, mostró interés al contemplar la serie «I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX» trazada en la hoja.
—¿Acaso el número siguiente se representa mediante la grafía «X»? —inquirió Yao, dibujando el trazo en la mesa con la yema del dedo.
—Correcto. Como era de esperar de tu fina inteligencia, señorita —repuso Enen, en lugar de Maomao.
—Mi padre adoptivo disponía los tomos con riguroso orden según su numeración. Sin embargo, he advertido la ausencia de ciertos volúmenes del primer y segundo tomo.
—¿En serio?
—Columbré que alguien de tu devoción por las cifras lo habría advertido al primer golpe de vista —señaló Maomao.
—Por desdicha, rara vez me encamino a este pabellón anexo. Mis ocupaciones me acucian —repuso Lahan.
—En tal caso, no te entregues con tanta parsimonia a estas comilonas —se le escapó a Maomao sin poder reprimir sus verdaderos pensamientos.
—Maomao, te ruego que evapores semejantes expresiones de mal gusto en presencia de la señorita —intervino Enen a modo de corrección pedagógica.
—Si los tomos albergan esa numeración, ¿significa que cada volumen aborda una materia sistematizada? —interrogó Yao.
—Así es —asintió Maomao—. El primer tomo custodia las nociones fundamentales relativas a la anatomía humana, mientras que el segundo versa sobre los procedimientos quirúrgicos.
Aun cuando la especialidad de Maomao se centraba en las virtudes de las sustancias farmacológicas, el arte de la sanación exigía el dominio de tales conocimientos.
—Por desdicha, tal materia escapa a mi competencia, pero el detalle aviva mi curiosidad. Procederé a consultar al servicio sobre el paradero de esos volúmenes —declaró Lahan acomodándose las gafas antes de incorporarse de la silla.
Los platos lucían limpios por entero y el muchacho daba muestras de plena satisfacción.
—Mañana me esperan en ciertos compromisos fuera de casa, de modo que, si precisáis cualquier menester, requerid a los criados que halléis en su turno.
—De acuerdo. Gracias —repuso Enen con displicencia.
—Agradezco el convite. Las viandas resultaron de una excelencia soberbia. Estaréis cansadas, así que dejad la vajilla en la mesa y yo me encargaré de requerir a la servidumbre para su inmediata recogida.
Maomao abrigaba la intención de colaborar en la recogida, mas, de ser exonerada de tal deber, mucho mejor. Anhelaba retomar con premura la transcripción de los volúmenes. Apenas Lahan cruzó el umbral, hizo ademán de encaminarse a toda prisa hacia la estancia de la librería, mas sintió una firme mano sujetándole el hombro.
—¿Adónde crees que vas? —la interceptó Enen.
—Aún nos resta degustar el postre de frutas —sentenció Yao, exhibiendo una sonrisa que rehusaba concederle escapatoria alguna.
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