02/09/2026

Los diarios de la boticaria 8 - 23




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 8



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 23
Un plato horrible

El firmamento se hallaba cubierto por un espeso y plomizo manto de nubes. La nieve comenzaba a precipitarse lentamente sobre la tierra, copo a copo.

—Ya me parecía a mí que hacía un frío horrible —farfulló Yao, entornando los ojos—. Al final, se ha puesto a nevar.

Yao soplaba un aliento tibio sobre la yema de sus dedos, cuyos extremos lucían encendidos en un vivo tono rosado a causa del prolongado contacto con el agua helada durante la colada. De haber presenciado la escena Enen, a buen seguro habría acudido de inmediato a ungirle las manos con una generosa porción de bálsamo, prodigándole el máximo de los cuidados.

—Con razón anoche el cielo estaba completamente despejado.

Maomao rememoró la nítida brillantez con que las estrellas habían fulgurado en la bóveda nocturna la noche anterior. En la estación invernal, las jornadas desprovistas de nues resultaban paradójicamente las más gélidas. Su padre adoptivo le había instruido tiempo atrás sobre aquel fenómeno. Al carecer el cielo de la cubierta protectora que brindan las nubes, el calor acumulado en la superficie terrestre durante el día se disipaba en la atmósfera con suma celeridad.

—Con esta intemperie, la Fiesta del Jardín va a ser un suplicio para los asistentes —sopesó Yao.

—Ciertamente... —asintió Maomao.

Sosteniendo la conversación con la indiferencia de quien contempla un asunto ajeno, ambas cargaron con la pesada tina de madera que albergaba la colada limpia y encaminaron sus pasos de regreso a la enfermería.

—¿Eh? Hoy hay muchísima gente por aquí, ¿no? —observó Yao al aproximarse.

Por las inmediaciones transitaban en número nutrido tanto oficiales de la facción militar como funcionarios de la administración civil. Estos últimos, por norma general, rara vez dejaban caer sus pasos por los aledaños de la enfermería. Cuando la boticaria advirtió que la masa de hombres dirigía sus pasos de forma unánime hacia el pabellón de las letrinas, dio una suave palmada sobre su mano, comprendiendo al instante la naturaleza del fenómeno.

—Se trata de los asistentes a la Fiesta del Jardín —aclaró la joven—. Antes de que dé comienzo la ceremonia formal, querrán aprovechar la ocasión para evacuar sus necesidades.

—Pero las instalaciones de aquí les quedan bastante lejos, ¿no? —inquirió Yao.

—Las letrinas más próximas al jardín principal se reservan en exclusiva para las dignidades de alto rango —explicó Maomao—. Tras ellos, vendrán los pabellones destinados al uso de las sirvientas y damas de compañía, supongo.

Maomao evocó en su memoria las vicisitudes acaecidas en aquel mismo festejo dos años atrás.

—Entonces, ¿cuáles usa Su Majestad? —curioseó la joven noble.

—Tengo entendido que mandan erigir instalaciones nuevas, de uso exclusivo para la ocasión —precisó Maomao.

El supremo monarca de la nación jamás se degradaría a emplear una letrina por la que hubiese transitado el común de los mortales. Semejantes privilegios constituían la prerrogativa ineludible de quien ocupaba la cúspide misma del Imperio.

De pronto, Yao se detuvo en seco.

—¿Pasa algo? —inquirió Maomao.

—Maomao, será mejor que no continuemos por esta senda —musitó la joven noble.

Acto seguido, le tiró suavemente de la manga de la vestidura para frenar su avance.

—¿Quieres dar un rodeo?

—Hay cierto individuo con el que bajo ningún concepto deseo cruzarme —declaró Yao con firmeza.

Constituía una aclaración de lo más clara y contundente. Entre la heterogénea muchedumbre de funcionarios civiles y oficiales militares que encaminaban sus pasos hacia el pabellón de las letrinas debía de hallarse alguien cuya mera presencia resultaba insufrible para Yao. Maomao comprendía a la perfección que su compañera prefiriera evitar un encuentro fortuito y sumamente incómodo. «¿De quién se tratará...?», se cuestionó en su fuero interno.

Si Yao guardaba trato o conocimiento de algún dignatario de la corte, lo más probable era que se tratara de su tío paterno, quien ejercía como su tutor legal tras la pérdida de sus progenitores. O acaso fuera alguno de aquellos pretendientes de avanzada edad y dudosa moralidad, a quienes Enen catalogaba abiertamente como viejos verdes con predilección por las muchachas jóvenes, con los que dicho tutor había pretendido concertarle un matrimonio de conveniencia en el pasado. En cualquier caso, por más que la curiosidad aguijoneara la mente de la boticaria, la cuestión resultaba ajena a sus incumbencias, de modo que se limitó a seguir los pasos de Yao sin formular interrogante alguno.

Apenas pusieron un pie de regreso en la enfermería, Enen las abordó al instante, visiblemente solícita.

—¡Señorita! —exclamó al verlas entrar.

—Enen... Tengo un poco de frío —se quejó la joven noble.

Al advertir que las mejillas y el lóbulo de las orejas de Yao lucían encendidos en un vivo tono carmesí, Enen le dispuso de inmediato una manta de abrigo sobre los hombros y le tendió un cuenco con una humeante infusión de jengibre. Asimismo, le sirvió una porción equivalente a Maomao.

La boticaria sopló con pausa sobre el borde del recipiente de porcelana antes de dar un discreto sorbo. El agradable calor del brebaje comenzó a difundirse de forma gradual por la totalidad de su cuerpo. El preparado parecía integrar en su elaboración ralladura de corteza de algún cítrico, lo cual le confería un aroma francamente gratificante.

En el interior del recinto de sanidad se mantenía el brasero encendido de forma ininterrumpida para cobijar dignamente a los heridos y convalecientes. La estancia disfrutaba de una temperatura tan plácida que invitaba a dejarse vencer por el sopor. Durante la estación invernal resultaba harto habitual atestiguar cómo los soldados de la guardia militar que acudían allí, con el subterfugio de escaquearse de sus deberes, terminaban siendo reprendidos por el cuello y arrastrados sin miramientos de vuelta a los campos de instrucción por sus inflexibles superiores.

Aquel día, no obstante, los médicos de mayor jerarquía se hallaban ausentes debido a sus compromisos oficiales con la Fiesta del Jardón. En el recinto, tan solo permanecían los facultativos más jóvenes, quienes solían profesar una actitud considerablemente benévola e indulgente hacia las tres muchachas. Libres de la rigurosa supervisión de sus jefes, todos los presentes denotaban una postura visiblemente más distendida de lo habitual.

—¡Ah...! Ya he entrado en calor —suspiró Yao con alivio—. En fin, reanudemos nuestras obligaciones.

—Señorita, hoy quédate a resguardo en este recinto, por favor —la atajó Enen con tono suplicante—. Maomao y yo nos encargaremos de despachar todos los menesteres que requieran salir al exterior.

—N-No, de ninguna manera puedo consentirlo... —protestó Yao, demudando el rostro—. Por tu tono, deduzco que mi tío ha dejado caer sus pasos por aquí... ¿no es cierto?

—Señorita... —murmuró Enen, bajando la mirada.

Tal y como Maomao había conjeturado, el individuo a quien Yao pretendía esquivar a toda costa era, en efecto, su tutor y tío paterno.

—Y bien, ¿cómo ha sido? ¿No habrá causado problemas al resto del personal? —inquirió Yao con fundada inquietud.

—S-Sí... Bueno, mostraba una firme disposición a permanecer aquí esperando, pero... —explicó Enen.

La sirvienta dirigió una elocuente mirada hacia la parte posterior de la estancia. Uno de los facultativos más jóvenes, que hasta ese instante se hallaba sentado junto a un escritorio, se puso en pie haciendo gala de una resuelta actitud.

—He sido yo quien le ha expuesto las reglas del recinto —intervino el médico con cortesía—. Le previne de que esta dependencia se halla consagrada de manera exclusiva a la atención de heridos y dolientes, no a ejercer como sala de espera. Asimismo, le advertí de que, de obstinarse en permanecer allí, terminaría por demorar su asistencia a la Fiesta del Jardín. Tras escuchar tales razones, resolvió finalmente marchar.

—¿De verdad? Muchas gracias —manifestó Yao, inclinando la cabeza en señal de sincero reconocimiento.

Enen descerrajó una mirada impregnada de soterrados celos sobre el joven facultativo. «Puede estar tranquila... Ese muchacho no abriga interés alguno por la señorita Yao... sino por ella», caviló Maomao en su fuero interno. Para una mente tan enfermiza y obsesivamente volcada en la protección de su señora como la de Enen, cualquier varón que osara aproximarse a Yao debía de antojársele poco menos que una criatura repulsiva.

Entre tanto, Maomao trasladó la profusión de vendas recién lavadas al interior de una olla de cobre para proceder a su esterilización hirviéndolas. Ciertamente, le habría complacido entregarse al confort de la estancia un poco más, pero la prioridad ineludible dictaba concluir en primer término las labores asignadas.

—¡Maomao! Toma esto. Úsalo como leña para el fuego —la requirió Enen.

Al escuchar la llamada de su compañera, la boticaria se volvió. Lo que la sirvienta le ofrecía era una suntuosa tablilla de madera forrada en fina tela. La pieza se hallaba compuesta por dos tapas articuladas entre sí que, al desplegarse, sacaban a la luz en su interior el retrato minuciosamente pintado de un varón.

—Ese hombre no se rinde nunca... —suspiró Yao con amarga resignación, al tiempo que tomaba unas tenazas con brasas del brasero central para prender la lumbre del fogón.

A esas alturas del lance, Maomao comprendía con perfecta claridad el propósito que había motivado la inoportuna visita de su tutor. Se trataba de la efigie de un nuevo pretendiente seleccionado para un eventual matrimonio de conveniencia. Resultaba del todo imposible determinar hasta qué extremo la mano del artista habría embellecido los rasgos del sujeto. A decir verdad, la estampa asemejaba el retrato idealizado y adulador de un cotizado actor de teatro.

El joven médico, por su parte, lanzaba miradas acusadas que alternaban de forma nerviosa entre Maomao y Yao, como si en el silencio de sus ojos les estuviera implorando un desesperado: «Despejad la estancia para que pueda quedarme a solas con Enen, por todos los cielos». Sin embargo, pese a que el muchacho lograra el cometido, la boticaria albergaba serias dudas de que eso le sirviera para recortar distancias con la chica. El resto de los facultativos noveles del recinto habían capitulado tiempo atrás en sus tentativas de cortejo, tanto para con Enen como para con Yao, dado que esta última se hallaba de forma permanente escudada por el celo feroz e inexpugnable de su servidora. Únicamente aquel joven persistía en el intento. Por descontado, la figura de Maomao jamás había llegado a figurar siquiera en las aspiraciones románticas de nadie.

«Aunque... quizá ya hayan logrado sostener alguna confidencia a solas en el pasado y por tal motivo el muchacho albergue aún ciertas esperanzas», caviló Maomao. Semejante deducción entrañaba una ingenua inquietud. Aquel joven facultativo daba muestras de ser sensiblemente más astuto e ingenioso de lo que aparentaba a simple vista. En cuanto Maomao y Yao hicieron ademán de abandonar la dependencia, el médico volvió a encarar a Enen con presteza.

—Enen, más tarde reanudaremos la conversación que dejamos pendiente. Apuesto a que tras escucharla no dudarás en relatársela a Yao.

—...

Enen guardó un tenso e imperturbable silencio. Si con semejante subterfugio el muchacho lograba espolear la curiosidad o el interés de Yao, sin duda Enen se hallaría dispuesta a sobrellevar no pocas molestias e impertinencias. «Aunque albergo la certeza de que no llegará a contemplarlo como nada más que un conveniente suministrador de información», conjeturó en su fuero interno la boticaria. Con la firme convicción de que el joven médico se topaba con una contendiente harto infranqueable, Maomao encaminó sus pasos hacia la galería exterior, donde se ubicaba el fogón de mampostería.



Transcurrida aproximadamente una hora, cuando las sombras de la tarde comenzaban a alargarse de forma acusada, concluyeron por fin la ebullición de las vendas y procedieron a disponer la profusión para su debido secado al aire. En ese punto, tan solo restaba retornar al resguardo de la enfermería para tomar un ligero refrigerio. La comitiva de la Fiesta del Jardín debía de haber decretado asimismo un receso en el desarrollo de los festejos oficiales, a juzgar por el nutrido contingente de personas que avanzaba con prisa hacia el área de los letrinas.

—Yao, ¿no necesitas ir al servicio? —inquirió la boticaria.

—N-No, estoy bien... ¿Y tú, Maomao? —repuso la joven noble.

—Yo ya he ido hace un rato —aclaró ella.

Yao le lanzó una mirada impregnada de una singular sensación de traición. Al atestiguar tiempo atrás cómo el flujo de concurrentes comenzaba a incrementarse de forma alarmante, Maomao había ganado valiosos minutos desplazándose a las dependencias con presteza mientras Yao se ocupaba en extender las vendas sobre los cordeles.

—¿De verdad que no necesitas ir? —insistió.

—¡Te he dicho que no! —exclamó Yao con el rostro encendido.

Aun cuando las instalaciones sanitarias se hallaban debidamente segregadas para el uso independiente de hombres y mujeres, se precisaba de una dosis no insignificante de entereza para encaminar los pasos hasta allí en medio de semejante muchedumbre. Por añadidura, nunca faltaba algún concurrente falto de contención que, acuciado por la urgencia del momento, terminaba por irrumpir en los retretes reservados a las damas. De ahí que las sirvientas y funcionarias que frecuentaban diariamente dichas dependencias no guardaran un recuerdo precisamente grato de tales aglomeraciones.

—Ha llegado a mis oídos que en cierta ocasión tuviste la oportunidad de asistir a la Fiesta del Jardín, Maomao —cambió de tema Yao.

—¿Te lo ha contado Enen? —inquirió la boticaria.

—Sí —asintió la joven.

«Desde luego, está al tanto de todo», profesó Maomao en su fuero interno.

—Dime, ¿cómo es? —preguntó Yao con curiosidad.

—Hace mucho frío. Y, a decir verdad, la solemnidad del festejo no atesora las maravillas que una pudiera figurarse en un principio.

Sobre el papel, la Fiesta del Jardín constituía un acontecimiento deslumbrante. No obstante, ella había acudido a la cita dos años atrás desempeñándose como sirvienta y catadora oficial del Pabellón de Jade, y lo rememoraba ante todo como una encarnizada lucha contra las inclemencias del tiempo. En aquella oportunidad, la princesa Lingli no era más que un retoño. La boticaria había permanecido en todo momento desvelada por procurar que el severo viento no terminara por resfriar a la pequeña.

Y luego estaba la comida. La totalidad de los catadores de veneno asignados debían mantener una faz imperturbable y desprovista de emoción. No podían siquiera deleitarse con el auténtico sabor de las viandas que degustaban. Les correspondía en suerte llevarse al paladar suculentas sopas por entero heladas a causa del dilatado protocolo. «Por añadidura, las ocasiones en que un conspirador osa introducir veneno en los caldos resultan ser francamente insignificantes», reprochó en su fuero interno a modo de amarga queja. En la estricta realidad de la corte, atosigar de toxinas un plato entrañaba un riesgo en exceso elevado. Quien se aventuraba a ejecutar semejante villanía debía hallarse plenamente apercibido para asumir las devastadoras consecuencias de su traición. Y, pese a todo, siempre emergían mentes osadas dispuestas a correr el riesgo. Por tal motivo, en aquel festejo pretérito, Maomao había terminado por ingerir la célebre sopa emponzoñada con veneno de adelfa. «¡Ojalá pudiera volver a probar semejante manjar de los dioses...!», anheló en el más recóndito de sus pensamientos.

—Maomao... ¿No estás sonriendo demasiado? —advirtió Yao, observándola fijamente con el ceño fruncido.

—¡Ah! Perdón —se disculpó la boticaria, recobrando la compostura.

Había vuelto a evocar en su memoria el exquisito matiz de aquel plato. La norma general dictaba asociar cualquier sustancia ponzoñosa con un amargor repulsivo o un astringente regusto en la garganta. Sin embargo, en la naturaleza existían abundantes manjares de un gusto sublime que resultaban ser, al propio tiempo, mortíferos. El pez globo constituía un claro ejemplo de ello. O ciertas especies de hongos de exquisita carne.

En el preciso instante en que se disponían a transitar por delante del pabellón de las letrinas, se escuchó un estentóreo y descompuesto:

—¡Buaaagh...!

Al volver la vista hacia el origen de semejante estruendo, divisaron a un nutrido contingente de oficiales militares arremolinados junto al brocal del pozo de la enfermería. Los hombres se llenaban la boca de agua fresca y la escupían de manera compulsiva una y otra vez contra el empedrado.

—¿Qué les pasa a esos oficiales? —inquirió Yao, perpleja.

A juzgar por la refinada factura y la distinguida calidad de sus prendas de gala, aquellos hombres no figuraban como tropa rasa o común. A todas luces debían de ostentar la condición de invitados oficiales a la Fiesta del Jardín. Entre los uniformes, emergió de pronto un rostro que Maomao identificó en el acto.

—Si te pica la curiosidad, ¿por qué no se lo preguntamos? —propuso la boticaria.

—¿Eh? ¡Espera un momento...! —protestó Yao, intentando frenar sus pasos.

Sin dilación, Maomao encaminó sus pasos hacia el pozo. Entre aquel grupo de fornidos y corpulentos guerreros sobresalía una figura que destacaba sobre el resto por evocar la estampa de un imponente y leal perro guardián.

—¡Ey! Cuánto tiempo —lo saludó la boticaria con voz pausada.

—¿Eh? ¡Ah! ¡Pero si eres tú! ¡Hola! —reaccionó el oficial, mudando la expresión de náusea a un gesto de franco alborozo.

Se trataba de Lihaku, el prometedor oficial de la guardia a quien Maomao había conocido precisamente durante la celebración de la Fiesta del Jardín dos años atrás. No mediaba extrañeza alguna en el hecho de que su presencia hubiera sido requerida de nuevo para integrar la comitiva de la presente edición.

—¿Ha pasado algo? —inquirió Maomao—. Daba la impresión de que esos oficiales estaban escupiendo alguna sustancia con violencia.

—¡Ah...! Perdona si te hemos preocupado —se disculpó Lihaku, rascándose la nuca—. No se trata de nada grave. Es solo que la comida estaba malísima. ¿A que sí? —el oficial se volvió hacia el resto de los mandos militares reunidos junto al pozo.

—A fe mía que sí —asintió un oficial de imponente presencia—. Se nos había anunciado que el banquete integraría las excelencias de la altísima cocina imperial. Si me apremias, el rancho cotidiano de nuestro comedor militar resulta infinitamente más sabroso.

—También influye que estuviera fría —añadió otro de los presentes—, pero esa sopa no había por dónde cogerla. A juzgar por el regusto, juraría que los cocineros se han equivocado gravemente con la proporción de sal. No le habrán servido lo mismo también a Su Majestad, ¿verdad...?

—Ni hablar —zanjó Lihaku con firmeza—. Las viandas destinadas al Emperador se elaboran por separado. Jamás le servirían una porción extraída del mismo caldero que el nuestro.

—Ah, claro. Es verdad —concedieron los presentes, rompiendo a reír en estentóreas carcajadas para disipar la tensión.

—¿Tan mala estaba la comida? —intervino Maomao—. ¿Qué os han servido exactamente? Esa sopa de la que habláis.

Ella poseía un conocimiento exhaustivo sobre la tipología de guisos que solían servirse en tales solemnidades. Las porciones podían resentirse del frío de la intemperie, mas la sazón y el gusto debían resultar siempre impecables. De habérsele servido a Su Majestad o a alguna dignidad de alto rango un manjar en malas condiciones, más de un cocinero habría pagado la negligencia perdiendo la cabeza en el cadalso. Y si un conspirador hubiese contaminado la olla con alguna sustancia extraña, la gravedad se elevaba a cotas alarmantes.

—Estaba exageradamente salada —detalló Lihaku—. No sé si pretendían sorprendernos con alguna receta exótica propia de las comarcas del sur. Llevaba un huevo cocido decorado como ingrediente y, a simple vista, presentaba un aspecto francamente apetecible.

Ahora bien, al hincarle el diente, el relleno interno ya reveló un regusto excesivamente salado. Y en lo tocante al caldo... los oficiales debieron contener con penoso esfuerzo la imperiosa necesidad de escupirlo al instante sobre el mantón.

—Hice un esfuerzo supremo por tragarme el bocado por pura etiqueta —manifestó Lihaku—, y a partir de ese instante me embargó el pavor de que el resto de los platos estuviesen del mismo modo alterados. Se me comenzaron a retorcer las entrañas por pura sugestión.

—¡Eso mismo experimenté yo! —secundó otro militar—. Lo que no atino a comprender es de qué modo el resto de los comensales continuaba engullendo con tanta placidez. Mi propio superior no paraba de repetir: «¡Qué bueno está! ¡Qué manjar tan exquisito!», mientras se relamía los labios con deleite. Yo creo que tiene el paladar completamente atrofiado.

Los oficiales allí congregados habían llegado a albergar la certeza de que el defecto residía en sus propias personas, temiendo que se les hubiese alterado de forma repentina la capacidad gustativa. Sin embargo, al constatar que varios camaradas compartían de forma unánime su tan desagradable impresión, concluyeron que era la vianda lo que contenía algún elemento anómalo.

—¿Y cuánto tiempo ha pasado desde que habéis tomado esa sopa? —inquirió Maomao con tono analítico.

—Mmm... Aproximadamente media hora —estimó Lihaku—. Hemos aguantado las ganas de vomitar y, en cuanto han dado el receso protocolario, hemos venido corriendo hasta aquí.

Reparando en el detalle, Maomao se dio cuenta de que, tanto Lihaku como sus compañeros, mostraban la frente cubierta por un leve sudor frío.

—¿Media hora...? De momento, no parece que vuestro estado sea de gravedad inminente —dictaminó Maomao—. Ninguno muestra signos de desfallecimiento o indigestión severa.

—Oye, no te expreses con esa frialdad tan inquietante —protestó Lihaku—. No pretenderás insinuar que la sopa estaba envenenada, ¿verdad? Mírame, estoy perfectamente.

—Hay venenos cuyos efectos letales se dilatan considerablemente en el tiempo antes de manifestarse —advirtió una voz a sus espaldas.

Yao se aproximó con paso lento. Articulaba sus palabras embargada por una profunda sensibilidad, habida cuenta de que ella misma había sobrevivido tiempo atrás a las pavorosas consecuencias de un envenenamiento de efecto tardío.

—N-No me asustéis así... —suplicó Lihaku, mudando el rostro a una mueca de evidente perturbación.

—Si notáis cualquier síntoma anómalo en vuestro organismo, acudid de inmediato a la enfermería —dispuso Maomao con calma—. Lo tendremos todo preparado para que podáis vomitar hasta las entrañas.

—¡Las entrañas no se vomitan! —exclamó Lihaku, horrorizado.

Mientras el oficial palidecía ante la perspectiva de semejante tratamiento, Maomao y Yao emprendieron el camino de regreso a sus menesteres imperiales.

—Maomao, ¿qué te ha parecido todo eso? —inquirió Yao en voz baja.

—Si pensamos en la explicación más sencilla —reflexionó la boticaria—, quizá la sal se apelmazó en el fondo del recipiente sin llegar a disolverse. Aunque, a decir verdad, cuesta creer que, en una sopa caliente, la sal permanezca en estado sólido.

¿Acaso los cocineros habrían empleado un bloque compacto de sal gema sin pulverizar? ¿O habrían vertido el sazonador a última hora sin removerlo? Fuera como fuese, si alguno de los comensales comenzaba a dar muestras de malestar, no restaría más alternativa que conminarlo a regresar al recinto de sanidad.

—Supongo que esa debe de ser la razón... —convino Yao, ladeando la cabeza con perplejidad, aunque resolvió dar por válida de manera provisional la conjetura de Maomao.





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