14/09/2026

Los diarios de la boticaria 9 - 2




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 9



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 2
La residencia del Clan Luo

Yao y Enen pasarían unos días en casa de Lahan. Las condiciones de la propuesta resultaban ideales. No obstante, la empresa conllevaba sus propios inconvenientes no menores. El primero: se trataba del hogar del estratega excéntrico. El segundo: implicaba pernoctar en la morada de un hombre ajeno a la familia. Iban a hospedarse, por así decirlo, en la casa de un viudo. En términos de decoro social, resultaba del todo inconcebible que dos jóvenes solteras desearan pasar allí las veladas. Sin embargo...

—¡Qué alegría! No hay regalo comparable a la presencia de un par de bellas damas.

Quien acababa de personarse acomodándose los lentes con un rápido y refinado ademán no era otro que Lahan. Apenas concluida la conversación con Maomao en la jornada anterior, ambas redactaron una misiva sin perder un solo instante. Encomendaron a un criado la entrega inmediata del pliego al muchacho.

—En rigor, no deja de responder a la condición de varón. ¿No entraña esto cierto peligro? —inquirió Maomao. La pasmosa celeridad de sus movimientos la dejó sumida en el más absoluto desconcierto.

—No creo que haya de qué preocuparse, ¿no? A fin de cuentas, no atesora una mirada desenfrenada —repuso Yao con total despreocupación.

A decir verdad, no... Yao haría bien en reflexionar con superior cautela. En lo tocante a la condición femenina, Lahan no escatimaba en repasar a las mujeres de arriba abajo con minucioso celo. La única diferencia estribaba en que su prisma divergía por entero del del común de los hombres. Al percibir cada elemento del mundo bajo el absoluto dominio de las cifras, observaba a las damas con una inclinación semejante a la de quien deleita la mirada ante una valiosa pieza de arte.

—Juzgo que no suscitará inconveniente alguno tratándose de Lahan.

Incluso Enen, de quien Maomao aguardaba una oposición tajante y férrea, se mostró de lo más predispuesta. Al inquirir la causa de su actitud...

—Él jamás deja cabos sueltos en sus asuntos sentimentales y sus conquistas atesoran siempre una edad superior a la suya.

«Ojalá jamás me hubiera enterado de ese pormenor», protestó la boticaria para sus adentros.

A pesar de su estampa de segundón, el joven escondía la faceta de un refinado libertino. Semejante preferencia no respondía al mero capricho, sino a un cálculo estrictamente pragmático: las mujeres de mayor edad solían gozar de una posición social consolidada y atesoraban caudales de superior cuantía que las jóvenes debutantes. Maomao acababa de descubrir una de esas amargas verdades que habría preferido mantener para siempre en la penumbra.

Siendo así las cosas, el asunto se encauzó sobre ruedas. Se dispuso que, desde el mismísimo primer día de receso, Yao y Enen se alojaran bajo el techo de Lahan. El muchacho, haciendo gala de una cortesía llevada al extremo, se había tomado la molestia de acudir en persona a su residencia para escoltarlas.

—Vaya despliegue de cortesía disponer un carruaje... ¿De qué arcas pretendes extraer los caudales para el pago? ¿Acaso nos exigirás a nosotras el sufragio del hospedaje?

—Afliges mi reputación con tal juicio. Dispensar un trato solícito a las damas constituye una regla de elemental urbanidad, ¿no es así?

Para las muchachas, aquello aromaba a engaño a todas luces... Era una maniobra de lo más sospechosa.

—¿Y la verdadera razón cuál es?

—...

Él guardó un silencio sepulcral. No parecía dispuesto a soltar prenda. Daba la impresión de albergar una segunda intención de lo más inquietante.

—En fin, como quieras.

Maomao planeaba retornar al distrito del placer en cuanto se despidiera de ellas. Conocida la extravagante índole del estratega, no le merecería la menor importancia que se incorporaran nuevos huéspedes a su morada.

—¿Maomao?

—¿Qué ocurre?

—Tú también vienes a casa de tu hermano mayor, ¿no...? ¿Eh? ¿A qué viene esa cara?

Al parecer, su rostro había adoptado una mueca de profundo desagrado. Enen se aproximó, le pellizcó suavemente las facciones para destensarla y se alejó. ¿A qué venía semejante maniobra?

—Ni lo sueñes.

Maomao rehusó de plano. Se retiró un momento a su estancia y regresó provista de su escaso equipaje.

—Me despido.

Agitó la mano en dirección a Yao y Enen a modo de despedida, mas sintió un repentino tirón en el ropaje. Al volver el rostro, descubrió a Yao aferrando el dobladillo de su vestimenta con fuerza.

—Ven tú también, Maomao...

—A mí no me incumbe este asunto.

Acataba el deber de manifestarlo con firmeza. Sin embargo, Yao mudó el semblante hacia un rictus de amarga pesadumbre. Reflejaba la traza de un infante descarriado, incapaz de comprender por qué Maomao no las escoltaba en la travesía.

—Maomao... —la apedreó Enen con una mirada recriminatoria.

¿No resultaba desmedido el celo de esta sirvienta?

—Descuidad. Me he asegurado de urdir las cosas para que mi ilustre padre adoptivo se ausentara unos días y no pueda emprender el retorno —sentenció Lahan, haciendo destellar el cristal de sus gafas con satisfacción.

—¿No os preocupa acaso que terminen por desatarse rumores extraños por esto? —inquirió Maomao a sus dos compañeras en la penumbra del carruaje.

El hecho de que dos jóvenes solteras pernoctaran bajo el techo de una vivienda habitada únicamente por varones implicaba, a fin de cuentas, la imposibilidad de evitar que las gentes de la ciudad sospecharan de la auténtica naturaleza de semejante relación. Una quiebra de la decencia.

—...

Yao contempló a Maomao con un gesto de turbación. Parecía dispuesta a manifestar un pensamiento, mas no acababa de dar el paso decisivo. Incapaz de continuar presenciando la escena con impavidez, Enen tomó la palabra para salir al paso.

—Considero que acogerse de visita en el hogar de una amiga no suscitará sospecha de ninguna índole.

—¡¿Cómo dices?! —exclamó Maomao, dejando escapar un tono de voz involuntariamente adusto.

—S-Si lo planteamos en esos términos, nuestra reputación quedará a salvo de toda maledicencia. Por esa razón, resulta imprescindible que tú también permanezcas con nosotras, Maomao —añadió Yao con cierto tartamudeo.

—Me niego rotundamente. Además, me da la impresión de que allí debe de flotar el hedor característico de un anciano senil.

Al tiempo que la sola perspectiva acudía a su mente, el rostro de Maomao se contrajo en una mueca de hondo e inocultable disgusto. Entornó la mirada con glacial recelo, frunció la nariz cual si ya estuviera percibiendo la rancia efluvia y deformó los labios en un rictus de abierta aversión que desfiguraba por completo su habitual compostura.

—Maomao, para la edad que atesora, mi ilustre padre adoptivo no desprende semejante tufo —intervino Lahan, terciando en la disputa.

—¡¿Cómo?!

—Maomao, sosiégate.

Enen volvió a sujetarle el rostro entre las manos para destensarle las facciones. Yao las observaba a ambas con una expresión de todo punto indescifrable.

—En cualquier caso, mi ilustre padre no se halla en la morada, así que muda esa estampa. Mirad, ya hemos alcanzado nuestro destino.

El emplazamiento se situaba en los confines orientales de la capital. Resultaba ser un enclave un tanto excesivamente popular y modesto para las pretensiones de la alta aristocracia, si bien la extensión del terreno alcanzaba unas proporciones de notable consideración. Advertíase que la edificación original gozó de una fina y noble factura en sus años mozos, mas el implacable paso del tiempo resultaba del todo evidente en la fachada.

El jardín se hallaba desprovisto de adorno alguno, mostrando una disposición puramente funcional. Sin duda, obra de Lahan. Para mayor inquietud, los pilares de madera, las balaustradas y los muros del inmueble exhibían por doquier extrañas marcas de combustión y profundas hendiduras producidas por cortes de hoja. Una estampa desoladora.

A decir verdad, constituía la primera ocasión en que Maomao ponía el pie en la residencia oficial del estratega excéntrico. En su temprana infancia, aquel sujeto pretendió llevarla consigo a dicho recinto en repetidas oportunidades, mas en cada ocasión la anciana madame lo emprendió a escobazos hasta liberarla de sus garras.

—¿Acaso este lugar es un nido de salteadores de caminos? —inquirió Maomao al tiempo que acariciaba el pilar chamuscado.

(NT: Un salteador de caminos es un bandido o ladrón que aguarda emboscado en los senderos para asaltar a los viajeros por la fuerza.)

El pilar, despojado de su primigenio barniz carmesí, denotaba la absoluta resignación de quien juzga del todo inútil emprender reparación alguna.

—Afliges mi reputación con semejantes juicios. Examínalo con mayor detenimiento: las marcas de combustión obedecen a los desatinos e imprudencias de mi ilustre padre, mientras que los cortes de hoja datan de fechas remotas. La irrupción de desalmados ha ido en franco declive desde hace ya una década.

«Lo que equivale a admitir abiertamente que de cuando en cuando acontece algún asalto», comprendió ella entre líneas. Las marcas de combustión bien podían obedecer a alguna temeridad perpetrada con pólvora por el estratega. La vasta extensión del terreno y el hecho de no emplazarse en un barrio distinguido respondían a motivos bastante bien fundados.

—Confía en tu hermano mayor. Me he asegurado de encomendar la debida guardia.

«Por tanto, estoy en lo cierto; los asaltantes terminarán por hacer acto de presencia tarde o temprano», se dijo resignada.

Lahan dejó atrás la edificación principal y encaminó sus pasos hacia un pabellón anexo. Se trataba de una construcción de dos plantas, de proporciones reducidas en comparación con la casa matriz, mas de grata y cuidada presencia. El interior no pecaba de ostentoso, si bien distaba de resultar austero. A juzgar por los ademanes de reservada aprobación con los que Enen examinaba el entorno, la estancia alcanzaba su nota de corte.

—El recinto resulta un tanto angosto, ¿suscitará esto algún inconveniente? Ciertamente, no puedo instalaros en la edificación principal. Por lo tocante a la servidumbre... Haced uso de sus prestaciones sin reservas. Atenderá de buen grado cualquier mandato que formuléis dentro de los límites del común entendimiento.

Lahan requirió la presencia de una sirvienta de mediana edad que transitaba en ese instante por el corredor. Sus facciones no destacaban por rasgo alguno en particular, mas el mero hecho de prestar servicios en aquella extravagante residencia le confería un aura del todo indescifrable.

«Habría que precisar dónde fijan ellos los límites del común entendimiento... A saber qué clase de extravagancias han intentado que ejecute esta pobre mujer», reflexionó Maomao para sus adentros.

—Quedo a vuestra disposición —expresó la criada, ejecutando una reverente inclinación de cabeza.

Acto seguido, la mujer se retiró con notable celeridad a fin de no entorpecer el paso ni la comodidad de las huéspedes.

A la vista de la extensión del inmueble, el número de sirvientes resultaba exiguo. Los únicos que se dejaban ver por aquellos contornos eran un modesto criado ocupado en despejar los cascotes del jardín y tres muchachos de unos diez años de los que no se se sabía a ciencia cierta si desempeñaban tareas de servidumbre o se entregaban al juego.

—Por lo tocante a la manutención, nos encargaremos de facilitárosla desde esta casa, mas si preferís guisar vosotras mismas, podéis serviros libremente de la cocina dispuesta en este pabellón. Hallaréis los víveres en las dependencias culinarias situadas tras la edificación principal. Es probable que encontréis allí a la sirvienta de antes, de modo que podéis encomendarle cualquier encargo a ella.

—Entendido. Muchas gracias —expresó Enen con una reverente inclinación de cabeza.

Yao manifestó asimismo su gratitud.

—Lamento que la acomodación resulte tan austera.

—¡En absoluto! Es más que suficiente.

Para Enen, al ser capaz de atender las necesidades de Yao por sus propios medios, la disposición no planteaba inconveniente alguno. Con disponer de un refugio seguro tenían más que de sobra.

—Esto... —intervino Yao alzando la mano con tímida reserva—. ¿Cuándo está prevista la llegada del señor Lakan, el señor de la casa?

—No debería hacer acto de presencia por aquí en tres días como mínimo. Se halla disputando un tenaz lance contra el maestro imperial de Go —repuso Lahan, dirigiendo la vista un instante hacia Maomao antes de ofrecer su respuesta—. Aunque carece de carácter oficial, la contienda concita a una gran multitud de espectadores. Por esa razón, han alquilado un inmueble para la ocasión y permanecen allí concentrados.

—¿Y has dispuesto todo esto a propósito por nosotras? —inquirió Yao, visiblemente sorprendida.

—¡De ninguna manera! Se trata de un acontecimiento fijado de forma anual en el calendario. ¿Acaso no merezco librarme yo también unos tres días de la agobiante custodia de mi ilustre padre adoptivo? Precisamente en medio de tales circunstancias recibí vuestra misiva. Juzgué que el momento resultaba idóneo.

—¿Y qué hay de nuestra estancia aquí?

—Descuidad por entero. Siempre que no alberguéis intenciones funestas, a mi ilustre padre no le merecerá la menor importancia vuestra presencia.

Al parecer, el excéntrico estratega poseía cierta facultad singular e insondable para discernir en un solo instante entre aliados y adversarios.

—Bien, dado que mi presencia aquí no hará sino resultar un estorbo para vuestro acomodo, procederé a retirarme. Podría mostraros mi propia estancia, mas, en atención a la estricta mirada de Maomao, adoptaré una conducta intachablemente sobria. Si precisáis cualquier menester, no tenéis más que requerirlo al servicio

Lahan se dispuso a abandonar el pabellón anexo con paso firme.

—¡Ah, por cierto, Maomao!

—...

—Te recomiendo que pernoctes aquí al menos esta noche. Resultaría de ruin factura abandonar a dos amigas en un hogar desconocido... Yo mismo me encargaré de enviar el oportuno aviso a la Casa Verdigris para justificar tu ausencia.

—Este hogar me resulta tan desconocido a mí como a ellas.

—¡De desconocido nada! No tienes más que asomarte a la estancia del fondo. Comprenderás al punto a quién perteneció en el pasado. A buen seguro que una sola noche se te antojará insuficiente —sentenció Lahan con un aire de profundo misterio antes de alejarse definitivamente.

«¿A quién perteneció...?», se preguntó la boticaria, dubitativa de si verdaderamente le merecía la pena saberlo.

Maomao recorrió con la mirada la totalidad del interior del pabellón anexo. Era una edificación de factura añeja. Avanzó en silencio por el corredor de madera. La cocina quedaba a mano derecha y un pequeño aposento a la izquierda. Se encaminó al fondo del pasillo y abrió la puerta.

—...

Un denso aroma a papel antiguo e incensario impregnó el ambiente al punto. Los estantes albergaban un nutrido y valioso repertorio de tratados médicos de época, mientras que en el costado opuesto descansaba un antiguo mueble boticario de múltiples cajones.

«¡Ah! Ya lo entiendo», ató cabos. Tratándose de la residencia principal del Clan Luo, dicho espacio debió de ser en su origen la morada de su propio padre adoptivo, Luomen. Y, dado que el primogénito aborrecía a su hermano menor, a Luomen no se le concedieron aposentos de honor en la edificación principal, sino que le fue asignado este espacio apartado y discreto.

Maomao tiró con suavidad del cajón del mueble boticario. Aunque se hallaba desprovisto de contenido, la fragancia impregnada de los antiguos remedios medicinales le acarició las fosas nasales con viva nostalgia.

—Qué prodigio... ¿Qué es todo esto?

Yao y Enen manifestaron idéntica fascinación al contemplar la colección. Maomao abrió con cautela uno de los volúmenes. Los estragos causados por los lepismas en las hojas de papel resultaban del todo evidentes.

A fin de criar a Maomao en sus primeros años, su padre adoptivo se vio en la amarga necesidad de trasladar su residencia al distrito del placer. Tras ser castigado y expulsado del palacio interior, aquel antiguo eunuco fue despojado de la morada familiar casi con lo puesto.

Ante sus ojos se desplegaba ahora una multitud de tomos y saberes que Maomao, en su más temprana infancia, pretendió hojear en vano, cosechando en cada intento la oportuna reprimenda del afable anciano.

—Toda esta lectura jamás podría agotarse en una sola noche... —contempló Yao, dando voz al sentir de Maomao.

«Es verdad. Ese gafotas dijo que una sola noche se me antojaría insuficiente...», se dijo a sí misma la boticaria. A pesar del profundo despecho que le producía darle la razón a Lahan, las palabras del muchacho habían resultado ser la pura verdad.





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