
Un martilleo constante resonaba junto a la modesta vivienda de madera, cual si alguien estuviera asestando golpes violentos contra algún objeto de dureza considerable. El estrépito quebraba la calma. Atraído por el estruendo, el mocoso curioso de la Casa Verdigris hizo acto de presencia con andares ligeros.
—¿Qué demonios hacéis aquí afuera? —exclamó con sorpresa—. ¡Oh! ¡Pecosa! ¡Por fin has vuelto!
Se trataba del joven Chou. LLucía las mejillas pintadas con manchas de vivos colores. A tenor de las noticias que circulaban por el establecimiento, el infante continuaba recibiendo lecciones de arte de un maestro pintor. La afición aún le duraba con notable entusiasmo.
Maomao empuñaba con firmeza un pesado mazo de madera con el que percutía sin descanso una gruesa raíz. Se trataba de la raíz de arrurruz, recién lavada con agua tibia para retirar la capa terrosa. A su lado, Sazen empuñaba asimismo un mazo, entregado a la misma agotadora labor. A la boticaria le hubiera complacido requerir también la valiosa ayuda de Kokuyou, mas la inesperada llegada de un cliente en busca de medicinas la obligó a encomendarle el cuidado provisional de la botica. Dejar el puesto de atención desierto por largo tiempo solía despertar las más agrias reprimendas de la implacable madame. El negocio era el negocio, y requería vigilancia constante.
«Aunque no custodiamos prendas ni objetos de valo, esa vieja arrugada no pierde ojo de cuanto acontece», reflexionó Maomao con pragmatismo. Lo verdaderamente apremiante en el presente estribaba en adiestrar a Sazen en el artesanal y delicado arte de elaborar el almidón de kuzu.
—¿Qué ocurre, pecosa? —inquirió Chou ladeando la cabeza—. ¿Acaso estás de mal humor y lo pagas arremetiendo a palos contra una simple raíz seca?
—En absoluto —respondió la boticaria sin detener el brazo—. Estamos elaborando un preciado remedio medicinal.
—Vaya... Tiene un aspecto de lo más asqueroso.
—Si vas a permanecer ahí parado observando, ayúdanos: ve al pozo y trae un cubo lleno de agua.
—¡¿Cómo?! ¡Yo no soy ningún sirviente! —protestó el muchacho.
El pequeño no mostraba nunca el menor entusiasmo por el trabajo físico. Verdad era que le quedaban algunas secuelas físicas debido a la atrocidad cometida contra él y más niños por el Clan Shi, pero ya estaba acostumbrado a la ligera cojera. Su carácter radicaba en que era un muchacho impertinente y caprichoso, y jamás movería un solo dedo sin el incentivo de una recompensa tangible.
—Si nos ayudas, te prepararé un dulce que no sabe a nada que hayas probado nunca —sugirió Maomao.
—¡Vale! ¡Os ayudaré! —ofreció Chou, sin rechistar y con los ojos centelleantes de entusiasmo.
El chico partió a toda prisa en dirección al pozo.
—Qué envidia me da la incansable vitalidad de la juventud... —murmuró Sazen con voz ahogada.
Condenado a esgrimir el pesado mazo tras la paliza física de excavar el duro terreno a las afueras de la ciudad, el boticario en ciernes se hallaba extenuado por entero. Sus desorbitados ojos carecían ya de todo vestigio de energía vital.
—¿Qué destino le aguarda a esta raíz una vez reducida a jirones? —inquirió Sazen, alzando ante la luz el despojo de kuzu aplastado por los golpes.
—Tenemos que lavarla concienzudamente y tamizarla de forma reiterada —explicó Maomao.
La boticaria dispuso en el suelo los baldes de madera y los amplios cedazos. Eran una especie de coladores de gran tamaño. Se trataba de un instrumento tradicional formado por un aro rígido y una fina tela o malla que sirve para separar con precisión las partes más puras y finas de las gruesas en diversos materiales.
—¡Ya estoy de vuelta con el agua! —anunció Chou, que regresó con paso vacilante y torpe bajo el pesado volumen del barreño colmado.
—Bien hecho.
Maomao lavó la fibra de la raíz de kuzu con exquisita solicitud en el balde colmado de agua fresca. Tras el lavado inicial, procedió a filtrarla con la malla del cedazo. La joven soportaba con estoicismo la frialdad del agua invernal, que lastimaba la piel de las manos cual hoja afilada, reanudando la paciente operación una y otra vez para extraer todo el almidón.
—A decir verdad, su aspecto continúa siendo bastante asqueroso —comentó Chou observando el cuenco.
Un líquido turbio de una tonalidad parda y densa se escurría a través del cedazo, reteniendo en la malla las fibras estériles de la raíz.
—No te detengas —ordenó la boticaria sin alzarse—. Aún no lo hemos pasado suficientes veces por agua. Anda, ve a por más.
—Pecosa... Acarrear baldes de agua es cansado, ¿sabes? —se quejó el muchacho.
—A tu edad, yo hacía al menos cincuenta trayectos en una sola jornada.
—...
Puesto que el orgullo propio no le permitía amilanarse ante la exigencia de Maomao, el chico partió de nuevo en busca de más agua.
—Cincuenta trayectos es una labor desmedida para un chiquillo, ¿no te parece? —comentó Sazen mientras machacaba la siguiente porción de kuzu con el mazo.
—Te juro que me obligaban a hacerlo día tras día —repuso la joven.
—Me pregunto qué fechoría habrías cometido...
—...
«Fue el castigo impuesto por introducir víboras en todos los recipientes de licor de la Casa Verdigris», rememoró Maomao, en silencio. La madame, montando en una cólera atronadora con la mirada encendida, la privó por completo de comer hasta que cumplió con el agotador encargo. Dicho sea de paso, la astuta anciana se las apañó más tarde para vender todo aquel licor a la adinerada clientela con notables ganancias, asegurando que el extracto poseía extraordinarias virtudes vigorizantes.
Se dividieron el trabajo. Sazen desmenuzaba la dura raíz de kuzu, Chou traía el agua fresca del pozo y Maomao lavaba con exquisito esmero la materia para filtrarla a través de la malla del cedazo. Pese a su temperamento competitivo, Chou no dejaba de ser un niño consentido. En cuanto la boticaria se despistó un instante, el astuto muchacho reclutó a varios sirvientes varones del prostíbulo que andaban ociosos para que le auxiliaran con la tarea.
«Maldito mocoso...», se resignó ella en su fuero interno. Si empleaban sin permiso a los sirvientes varones para su beneficio personal, vete a saber qué diría la madame cuando los descubriera. Habría de disponer alguna modesta compensación a modo de salario para los mozos.
—Oye, Maomao... Aparta a tu... tocayo de encima mía, por favor —rogó el aprendiz.
Sazen dejó escapar un ahogado gemido de angustia. Sin que nadie lo advirtiera en la estancia, el gato Miaumiau se había encaramado sigilosamente a su espalda mientras este se afanaba en su labor.
—¿A quién llamas tocayo? —inquirió ella.
Maomao introdujo las manos bajo las axilas del felino y lo alzó en el aire con destreza. El animal dejó escapar un perezoso maullido mientras su elástico cuerpo se estiraba, luciendo una longitud verdaderamente desmedida.
—Vamos, no molestes.
El gato Miaumiau, al ser también un animal consentido y mimado por los moradores de la Casa Verdigris, mostraba cierta inclinación a mirar a los humanos por encima del hombro, en particular a los subordinados de menor rango como el humilde Sazen. Con gesto visiblemente contrariado por la interrupción, el felino propinó leves manotazos al aire hacia Maomao.
—Si continúas entorpeciendo la tarea, te convertiré en un pincel para la tienda.
El gato Maomao pareció sobresaltarse por un instante tras escuchar la fría amenaza. Acto seguido, procedió a rascarse la nuca con la pata trasera y se retiró con parsimonia a otra parte de la casa.
—Dejando a un lado el maltrato felino, he terminado de aplastar toda la remesa de raíces —anunció el aprendiz—. ¿De qué modo se transforma esto en harina?
Sazen rotó los agarrotados hombros para aliviar la fatiga. Lo que tomaba entre sus dedos no era sino la raíz de kuzu reducida a jirones, habiendo sido sometida ya al primer ciclo de lavado en agua.
—La parte utilizable no es esa —aclaró la joven.
—¿Cómo dices? —inquirió Sazen con perplejidad.
—Lo útil es esto de aquí —Maomao señaló con el dedo el agua turbia y deslucida que reposaba en el barreño.
—¡¿Esto?! Pero si es agua sucia, ¿no? ¿No la vamos a tirar por el desagüe?
—¡Qué poca vista tienes! ¡Ni se te ocurra tirarla!
Sin poder remediarlo, la boticaria alzó la voz con inusual severidad. En la compleja elaboración del almidón de kuzu, el elemento de mayor significación y valor residía precisamente en el agua turbia filtrada a través de la malla del cedazo.
—La razón por la cual redujimos la raíz de kuzu a jirones con el mazo es porque el alimento y sus principios medicinales se hallan ocultos en su interior —explicó Maomao.
—Entiendo, entiendo —asintió Sazen, aunque sus ojos denotaban confusión.
—Dicho alimento almidonado se disuelve por completo en el agua durante el lavado. Por consiguiente, una vez lavada a conciencia la raíz desmenuzada, el resto de la materia fibrosa carece de toda utilidad práctica y puede desecharse.
Maomao procuró ofrecer la explicación técnica con la mayor claridad posible, pero diríase que la comprensión simple de Sazen no alcanzaba aún a asimilar la materia con soltura.
—En cualquier caso, este agua filtrada debe reposar durante una noche en el interior de la vivienda —instruyó la boticaria—. Procura no agitar los recipientes en la medida de lo posible para permitir la sedimentación.
—A decir verdad, sigo sin comprender del todo la magia del proceso... —admitió el aprendiz rasgándose la nuca.
—Lo entenderás mañana.
—Ya veo...
Aun cuando la respuesta de Maomao pecaba de ambigüedad, bastaría con mostrarle el resultado tangible y sólido a la jornada siguiente para despejar de golpe todas sus dudas. Tras filtrar el último resto de raíz de kuzu en el cedazo, Maomao dejó escapar un hondo y prolongado suspiro de alivio, satisfecha por el deber cumplido.
Una vez concluida la labor de excavación y tamizado, a la agotada boticaria no le aguardaba descanso alguno, por lo que requirió sin demora el uso de las amplias cocinas de la Casa Verdigris. Un aroma dulzón inundó el aire. Tal como era de prever, la intransigente madame acudió sin dilación a exigir la paga correspondiente a la mano de obra de los sirvientes.
—Oye, pecosa... ¿En qué consiste ese dulce tan insólito que vas a preparar? —inquirió Chou curioseando junto a los fogones.
—¡Ah...! Qué pesado resultas a veces —respondió la joven—. Guarda silencio mientras lo preparo y observa con atención el proceso.
Maomao extrajo el almidón de kuzu sobrante y lo introdujo en un caldero de bronce de gran tamaño. Tras disolverlo con meticulosidad en agua tibia, añadió también una generosa porción de melaza oscura. (NT: La melaza es un líquido espeso, viscoso y de color pardo oscuro que se obtiene como residuo en el proceso de fabricación del azúcar a partir de la caña de azúcar o de la remolacha.)
«A decir verdad, la densa melaza oscurece en exceso la preparación, por lo que resultaría preferible emplear azúcar refinado de alta calidad o miel pura...», reflexionó Maomao en su fuero interno, aunque no tenía otra opción. Al tratarse de ingredientes sumamente costosos en el mercado, habría constituido un absoluto despilfarro para una simple golosina. La propia melaza ya entrañaba en sí misma un lujo considerable para el prostíbulo.
—Tiene un color bastante poco apetecible... —observó Chou con una mueca de duda.
—Calla la boca —le espetó la boticaria.
Tras disponer el recipiente de bronce sobre el fogón encendido, Maomao se entregó a remover la mezcla sin descanso sirviéndose de una firme paleta de madera.
—Va cobrando una consistencia como viscosa y brillante, ¿no es así? —comentó Sazen asomándose.
—Sigue exactamente el mismo principio que la medicina tradicional de kuzu —explicó Maomao.
Al aplicar calor constante sobre el recipiente, el almidón de kuzu cobra una rápida viscosidad. Una vez evaporada la mayor parte del agua, la masa transparente adoptaría una consistencia elástica muy similar a la del pastel de arroz.
—A decir verdad, seguro que la madame nos dirá que esto es una merienda insuficiente para los sirvientes... —pensó en voz alta la boticaria.
La receta exigía complementos. Añadió entonces una puñada de nueces picadas a la masa en cocción. Las nueces también disfrutaban de amplio uso como reconstituyente en la medicina tradicional, de modo que resultaban idóneas para revitalizar el cansado cuerpo de los sirvientes y las cortesanas.
—¿Bastará con esto...? —inquirió el aprendiz.
Maomao espolvoreó un fino polvo amarillento sobre una amplia fuente de madera y vertió encima la masa de kuzu recién cocida. Dado que la preparación no conservaba la forma seca de harina, sino la de una pasta tierna y maleable, resultaba más adecuado denominarla pastel de kuzu.
—¿Qué es este polvo amarillento? —preguntó Chou olfateando el plato.
—Es soja. Es decir, harina de soja tostada.
En la farmacopea tradicional solía recibir la denominación de koushi. Por lo general, en los brebajes se empleaba la legumbre de la soja cocida y fermentada, de consistencia viscosa. Esta harina aromática, por el contrario, procedía de granos de soja cuidadosamente tostados y molidos en el mortero. Asimismo, Maomao había añadido una pizca imperceptible de azúcar y sal al polvo. Un leve sazón potenciaba por contraste la dulzura natural de la preparación. Bañó por entero el caliente pastel de kuzu recién vertido con la harina de soja tostada para rebozarlo de forma perfectamente uniforme.
—¡Vaya...! Ahora sí que tiene una pinta estupenda —intervino una voz seductora.
Atraída por el exquisito aroma de la cocina, Pai Lin hizo su graciosa aparición en la estancia. «A ella le convendría no incrementar aún más su ya desbordante vitalidad...», se dijo Maomao en su fuero interno, aguantándose las ganas de comentarlo en voz alta. Ahora bien, habiendo sido descubierta con las manos en la masa, no cabía otra opción que convidarla al festín.
—Hermana Pai Lin, pronto estará listo para servirse —advirtió la boticaria—. No tomes ningún bocado a hurtadillas antes de tiempo.
—Ya lo sé, ya lo sé... —repitió la hermosa cortesana con voz traviesa.
Pese a sus palabras, Pai Lin dejó asomar la lengua con un ademán pícaro y divertido.
—Chou, dispón los platos en la mesa —ordenó Maomao—. Asegúrate de reunir la suma suficiente para todos los presentes en la casa.
—Entendido —asintió el muchacho.
Aun tratándose de un remanente, el almidón de kuzu entrañaba un valor económico elevado en la capital, a lo que se sumaba el refinado empleo de nueces, azúcar, sal, melaza e incluso harina de soja tostada. Puesto que la golosina se distribuiría generosamente entre todas las cortesanas y sirvientes de la Casa Verdigris, la codiciosa dueña difícilmente pondría el menor reparo al gasto de ingredientes. No obstante...
Su presencia intimidante irrumpió. La anciana madame se aproximó con paso cansino y examinó los humeantes pastelillos de kuzu con mirada escéptica y calculadora.
—Conque esta es la golosina que suple la paga de los muchachos por su trabajo, ¿eh? —gruñó la anciana—. Tienen un aspecto cuanto menos desagradable...
—¡¿Qué dices, vieja tacaña?! —repuso Maomao con altivez—. ¿Acaso dudas de la autenticidad de la receta culinaria que aprendí en las cocinas del palacio interior?
—¡Ja, ja, ja! —soltó una carcajada la madame—. Antes de servir en palacio te adiestraste en este burdel, de modo que difícilmente possees maestría culinaria de ninguna clase.
Pese a sus iniciales reticencias y a su gesto adusto, la anciana tomó un plato de barro, asió con destreza una porción con los palillos de madera y se la llevó a la boca para juzgarla. Un silencio expectante reinó en la sala durante unos segundos mientras masticaba.
—Contiene nueces picadas en su interior... Resulta sensiblemente más tierno y maleable que el pastel de arroz común —analizó la madame mientras rumiaba el bocado—. ¿No le convendría acaso exhibir una mayor firmeza al tacto de los palillos?
—En circunstancias ordinarias, y en época estival, esta delicada vianda se consume tras haber sido refrigerada adecuadamente —explicó Maomao con tono sobrio.
—¡¿Acaso pretendes que tome alimentos fríos en pleno invierno?! —reprochó la vieja con tono amargo, arrugando el entrecejo.
«Ogh... ¿No podría atragantársele en la garganta?», deseó Maomao con fervor en el secreto de su fuero interno. Aquella vieja de lengua viperina y avaricia insaciable prometía alcanzar los cien años de vida sin perder un ápice de rigor.
Enfriando con paciencia la base de la fuente sobre el agua helada recién traída del pozo, Maomao diluyó el resto de la melaza con un chorro de agua caliente para confeccionar un jarabe denso que sirviera de salsa dulce para los comensales.
Por tratarse de una codiciada golosina, las cortesanas que se hallaban en sus respectivos aposentos ensayando con los instrumentos musicales o durmiendo la siesta fueron apareciendo paulatinamente en la planta baja. Puesto que el comedor principal no albergaba espacio suficiente para todas ellas, las cortesanas de menor rango se acomodaron a comer con resignada naturalidad en el amplio recibidor de la entrada. Por fortuna, la habitual ausencia de clientes adinerados a esas tranquilas horas del mediodía resultaba del todo ideal. La quietud reinaba en el prostíbulo.
Henchido de un gozo desbordante, Chou sostenía su propio plato de madera mientras comía en el recibidor en compañía de su inseparable sirvienta infantil.
—¡Mmm...! Qué rico —exclamó el muchacho con la boca llena.
La hermosa Pai Lin suavizó el rostro en una cálida sonrisa. Añadir un fino hilo de melaza diluida sobre la harina de soja tostada realzaba aún más el contraste de sabores de la preparación.
—No está nada mal la receta, la verdad —opinó una voz madura.
Quien expresaba su parecer con cierto aire distante de superioridad era Joka. Tratándose de una mujer tan adusta y exigente en sus juicios, semejantes palabras de aprobación constituían un verdadero elogio para Maomao.
—¿Así que se elabora únicamente a partir de almidón de kuzu...? —comentó Meimei—. Ojalá pudiera prepararse habitualmente con una harina sensiblemente más económica para la casa.
La tercera de las Princesas Cortesanas formuló la acertada observación mientras examinaba el bocado elástico, sujetándolo con los palillos de madera.
—Es verdad... ¿No podría hacerse acaso con harina de trigo común? ¿O tal vez con arroz machacado? —propuso Joka, sumándose al análisis financiero.
Pai Lin, por su parte, estaba demasiado entregada al deleite del yantar como para prestar el menor oído a la conversación teórica sobre ingredientes.
—Con harina de trigo solo se obtienen panecillos, mientras que la harina de arroz se transforma en pasteles de arroz tradicionales —explicó Maomao.
—Oh... Y eso que disponemos de trigo y arroz en verdadera abundancia en el almacén... —añadió Joka, consternada.
Aún conservaban el trigo y el arroz que le fueron obsequiados a Maomao cuando fue de visita a la aldea original del matasanos, el torpe médico eunuco oficial del palacio interior. Fue un copioso botín agrícola que la joven obtuvo al vencer en un arriesgado desafío de bebidas alcohólicas.
—El kuzu procede de una gruesa raíz subterránea, ¿no es así? —inquirió Joka. La fría cortesana entornó la mirada con fijeza analítica, mientras reclinaba lánguidamente el busto sobre el respaldo del asiento con un ademán pulcro y aristocrático—. Dado su parecido, ¿no podría elaborarse este almidón a partir de la raíz de alguna otra planta de nuestro entorno?
Maomao dibujó una rotunda cruz cruzando ambos antebrazos en el aire, acompañando el gesto con una seria mueca de negativa en sus labios. La química vegetal tenía sus reglas.
—La raíz de kuzu acumula reservas de nutrientes en su interior durante el invierno —aclaró la boticaria de forma pedagógica—. Puesto que el almidón purificado no es sino el extracto decantado de dicha sustancia nutricional...
Maomao ladeó la cabeza con expresión pensativa y la mirada fija en el tazón. «Acumula nutrientes en la raíz...», se repitió a sí misma. En otras palabras, la planta funcionaba exactamente del mismo modo biológico que un tubérculo. Y respecto a la familia de los tubérculos, ¡se le ocurrió una prometedora idea!
—¡Ahm...! Tal vez sería una buena idea intentar replicar el proceso empleando batata —sugirió en voz alta.
—¿Batata? Si se trata de batata, ¿no resultaría infinitamente preferible consumirla simplemente asada tal cual? —intervino Pai Lin, quien ya había dejado su plato de madera impoluto.
—Coincido plenamente. Lo natural sería consumirla de forma ordinaria —asintió Meimei de igual modo—. Además, el procedimiento artesanal del almidón requiere demasiado trabajo físico, ¿no crees?
Las objeciones de las cortesanas eran comprensibles.
—Sin embargo, reducirla a harina resulta incomparablemente más propicio para su conservación a largo plazo —señaló Joka. Dotada de una agilidad mental verdaderamente descollante, la adusta cortesana examinó la materia desde una perspectiva pragmática y comercial bien distinta.
—La conservación, claro... Por no mencionar que, al volverse polvo, ocuparía un espacio de almacenamiento sensiblemente menor en los graneros —complementó Meimei.
«Ciertamente. La harina soporta mejor el paso del tiempo que los tubérculos en su estado original», argumentó Maomao para sí. Los tubérculos frescos no resultaban tan idóneos para el almacenamiento prolongado como el arroz o el trigo. Brotaban con suma rapidez bajo la humedad y corrían el grave riesgo de pudrirse en poco tiempo. Sin embargo, al transformarlos en harina procesada, su aptitud para la conservación se incrementaba de forma notable. No echaban brotes destructivos, presentaban una resistencia muy superior y, por encima de todo, reducían drásticamente el espacio de almacenamiento requerido.
«Tal vez convenga transmitir esta sugerencia técnica a quien corresponda en el gobierno», se le ocurrió entonces a la boticaria. Una estrategia para la provincia cobraba forma... En las regiones donde habían empezado a implementar el cultivo de la batata por decreto imperial, los tubérculos corrían el riesgo de echarse a perder por exceso de producción agrícola. La transformación de la materia prima en harina no solo evitaría la pérdida de los alimentos, sino que podría generar nuevos puestos de trabajo para los campesinos de la zona.
Puesto que Maomao carecía de experiencia y conocimientos profundos en materia de gestión de cultivos e industria agrícola, la ejecución práctica y la puesta en marcha de esta idea corresponderían a un tercero con autoridad y recursos. Aun así, resolvió que valía la pena escalar la sugerencia.
—Tanto Joka como tú, Maomao, poseéis un entendimiento prodigioso para estas cuestiones —comentó Pai Lin con leve pesadumbre—. En lo que a mí respecta, no alcanzo a comprender el uso de las batatas más allá de llevármelas a la boca...
—A ti nunca te han apasionado los estudios ajenos a la danza y el contoneo... ¿verdad, hermana? —bromeó Meimei, no sin mostrar un leve ademán de simpática consternación.
—Así es, no me avergüenzo de ello —admitió Pai Lin con naturalidad—. Desde hace tiempo, cierto cliente adinerado que acude con frecuencia a visitarme aborda conmigo materias de suma complejidad. No logro asimilar ni una sola palabra de lo que dice.
—Yo a eso lo llamo un privilegio sumamente envidiable —intervino Joka suspirando—. Te basta con exhibir una dulce sonrisa para complacer al cliente. En mi caso, aun respondiendo con precisión a cuanta duda erudita me formulan, no pocas veces terminan por mostrarse consternados.
Algunos clientes letrados acudían a la perspicaz Joka con el deliberado propósito de plantearle cuestiones políticas intrincadas. Decíase en el barrio que la vasta erudición de la cortesana habría dejado en evidencia a los propios aspirantes que aprobaban los exultantes exámenes imperiales. Los eruditos y letrados acudían de forma reiterada a su aposento con la vana esperanza de quebrantar el orgullo intelectual de la mujer.
—Vaya, ¿y cuáles son esas dudas tan difíciles que te plantean? —inquirió Meimei—. A todo esto, en estas semanas se advierte una afluencia notable de clientes procedentes del oeste, ¿verdad?
—En efecto, son clientes procedentes en su mayoría de la mismísima capital del oeste —confirmó Pai Lin, sumándose a la conversación—. Mencionan a menudo asuntos referentes a la estricta censura oficial o al inminente incremento de los tributos. Al parecer se les ha impuesto una orden rigurosa de guardar reserva sobre la materia, pero tras un par de copas todos terminan por soltar la lengua. A mí me da exactamente lo mismo, dado que olvido sus tediosas palabras al instante.
«¿Censura? ¿Tributos?», se preguntó la boticaria. Un chispazo de alarma se encendió en su mente. La capital del oeste constituía el lugar nativo de la Emperatriz Gyokuyou. En el presente, el influyente padre de la soberana se hallaba de visita oficial en la capital imperial, lo que volvía la situación regional sumamente delicada, pero...
Puesto que Jinshi se disponía a incrementar de forma preventiva los tributos con vistas a almacenar grano y prevenir la hambruna prevista debido a las plagas de langostas, ¿acaso los comerciantes del oeste aludían a dicho asunto? De ser así, ¿a qué obedecía la inquietante mención a la censura de información? La advertencia de guardar reserva debía de referirse, sin duda, a una orden imperial de silencio impuesta en la frontera. «Este asunto entraña un tufo ciertamente sospechoso... ¡Una no puede descansar tranquila ni un solo día de vacaciones!», bufó la boticaria hacia sus adentros. Maomao enarcó las cejas con leve recelo mientras se llevaba una última porción de pastel de kuzu a la boca.
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