
Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6
(NT: El título original, «Hebigami-sama no iu toori» (蛇神さまのいうとおり), es una construcción paródica de la popular rima infantil japonesa «Kamisama no iu toori», cuya traducción literal sería «Según dicte el Dios». Esta frase se utiliza en juegos de azar infantiles, de modo equivalente a nuestro «Pito, pito, gorgorito», para tomar una decisión de forma aleatoria. En este capítulo, la autora sustituye a «Dios» por la «Diosa Serpiente», aludiendo a algo que se contará en este capítulo. Por eso hemos localizado la traducción del título al español como: «Pito, pito... pitón».)
Se aproximó a uno de los anaqueles de la botica y, tras abrir un cajón, comprobó con alivio que el contenido no se había humedecido en exceso. «El año anterior por estas mismas fechas, hice esto mismo en la consulta médica», rememoró con cierta nostalgia. Recordó cómo se entregó a la limpieza del lugar mientras profería sutiles reprimendas al matasanos, aquel eunuco de buen corazón pero nula capacidad organizativa, debido a su negligente gestión del inventario. Se preguntó si, en su ausencia, aquel hombre no habría permitido que el moho reclamara de nuevo sus estantes.
Mientras organizaba la estantería, Miaumiau se desplomó a sus pies, exponiendo la panza en un gesto de absoluta molicie. Ante aquella estampa indolente, en la que no restaba vestigio alguno de instinto depredador, Maomao la apartó hacia un rincón con la punta del pie, pues su presencia entorpecía sus movimientos. La gata irguió la cabeza con una chispa de fastidio, pero, vencida por la pereza, optó por permanecer allí, ovillada contra la pared.
La boticaria procedió a descartar las hierbas que habían perdido su esencia y comenzó a consignar en una tablilla de madera las carencias de su botiquín. Algunas especies eran fáciles de encontrar en los mercados de la capital, pero otras requerirían el encargo específico a algún mercader de caravana. «Afortunadamente, estas podré obtenerlas yo misma», se dijo. Diversas plantas medicinales florecían precisamente en esta estación; solo precisaba alejarse un suspiro de la ciudad para recolectarlas en su estado más puro.
«Parece que el cielo nos concede un armisticio», reflexionó al advertir que la lluvia amainaba. Aunque la atmósfera permanecía saturada de humedad, no parecía que las nubes fueran a descargar de inmediato. Fiel al aforismo que dicta no postergar lo que el presente permite, Maomao decidió no aguardar al sol para avanzar en su labor. Observó el exterior: a esa hora, la mayoría de las cortesanas de la Casa Verdigris se entregaban al descanso para prepararse para el servicio nocturno, dejando las estancias en manos de los mozos y de las pequeñas aprendizas, afanadas estas últimas en sus lecciones de caligrafía.
Se encaminó hacia la estancia destinada a los guardias del burdel. Al abrir la puerta corredera con un estruendo seco, se encontró a varios de los hombres desparramados en posturas poco decorosas. Entre ellos estaba Sazen.
—Oye, quédate al cargo de la tienda.
—¿Eh? ¿Así, de sopetón?
Sazen se incorporó rascándose la cabeza con aire de desgana.
—Volveré antes del atardecer. Solo voy hasta un pueblo cercano.
—Vale, vale. ¿Y solo tengo que vigilar?
Parecía que, a fuerza de recibir el entrenamiento de Maomao, el hombre había comenzado a asimilar los rudimentos del oficio y a mostrar una diligencia inusual.
—Bueno, ya que estás... Hay hierbas que están colgadas del techo para secar. Muele las que ya estén listas hasta hacerlas polvo. Guárdalas como hacemos siempre.
—Entendido.
Sazen se puso en pie soltando un quejido de fatiga y deslizó la mano bajo el cuello de su túnica para rascarse el abdomen. Maomao lo observó con los ojos entrecerrados; vio que tenía mugre acumulada bajo las uñas.
—Lávate bien las manos.
—Que sí, ya lo sé.
Si bien el mozo no carecía de memoria para el aprendizaje, su falta de rigor en la higiene personal era una mácula que Maomao no podía tolerar; muchos de los clientes del barrio del placer eran caballeros de gustos refinados que se ofendían ante la menor desprolijidad. Tendría que instruirlo con mayor severidad en otra ocasión.
«Si salgo ahora, llegaré a tiempo para el carro de línea», calculó. El alquiler de un carruaje privado resultaba oneroso. Para desplazarse a las aldeas circundantes, solían emplearse los carros que transportaban víveres a la capital. Puesto que emprendían el regreso vacíos, servían como transporte colectivo por un módico precio. La comodidad era nula, pero su economía resultaba imbatible.
Al salir de la habitación de los mozos con intención de darse prisa, se topó con una mirada centelleante que la acechaba.
—Pecosa, ¿te vas a alguna parte? —preguntó Chue, enseñando sus incisivos, que finalmente habían completado su crecimiento.
A su lado, Zulin permanecía apostada como si fuera su sombra o su secuaz. Maomao puso una mueca de desagrado evidente. Se abrió paso entre los dos críos, regresó a la botica y dispuso los útiles de recolección en un hatillo de tela.
—¡Oyeee! ¿Te vas de viaje? ¿Vas al mercado? Si vas de compras, ¡llévame contigo!
Chue irrumpió en la estancia y alzó en brazos a Miaumiau, que seguía sumida en su letargo. Empezó a manipular las patas de la gata para propinar leves toques a Maomao, insistiendo en su petición. El animal se limitó a emitir un maullido lánguido de protesta.
—Voy al bosque. Va a ser aburrido, no te gustaría.
—¡¿Al bosque?! ¡Quiero ir! ¡Llévame, llévame, llévame!
Empezó a golpearla rítmicamente con las extremidades de la gata. Al final, incluso el animal agotó su paciencia; agitó las patas traseras para zafarse del niño y huyó hacia la seguridad de su rincón favorito. Privado de su juguete, Chue comenzó a patalear en el suelo. Maomao reflexionó que, a sus diez años, ya debería haber abandonado tales berrinches, mas supuso que aquel comportamiento era el fruto de una crianza excesivamente permisiva. Se llevó la mano a la frente, asombrada de que, en otros aspectos de la vida, aquel muchacho mostrara una precocidad casi inquietante. Zulin intentó emular la rabieta de su referente, pero Maomao la agarró por el cuello de la túnica para obligarla a recuperar la compostura.
—Se lo voy a decir a la madame.
Ante la mención de la regenta, la niña se cuadró con un gesto mecánico de sumisión.
—¿A qué viene tanto alboroto?
La susodicha apareció con su habitual expresión de hastío. Zulin dio un respingo de terror.
—Quiero ir a recolectar hierbas antes de que llueva. Llevar a este solo me servirá de estorbo —declaró Maomao, señalando con desdén a Chue, quien permanecía postrado en el suelo haciendo el número.
La regenta de la Casa Verdigris entornó los párpados, fijando una mirada gélida sobre el muchacho. Tras exhalar un suspiro cargado de una pesada resignación, se dirigió a Maomao.
—Lévatelo.
—¿Cómo?
A la boticaria le resultaba incomprensible que la madame, cuya existencia era la personificación misma del empirismo más descarnado, pretendiera que un infante tan molesto se convirtiera en un lastre para su jornada de trabajo.
—¡¿Eh?! ¡¿En serio?! ¡¿De verdad, vieja?! ¡Bieeeen! —exclamó Chue mientras se incorporaba de un salto y comenzaba a brincar con un entusiasmo desmedido.
Zulin intentó emular aquel júbilo, pero la mano de la regenta se posó sobre su cabeza, deteniendo el movimiento con firmeza.
—Tú no puedes ir.
Ante tal veredicto, la pequeña hundió los hombros, decepcionada. A diferencia de Chue, quien por razones que Maomao no terminaba de entender recibía un trato privilegiado, Zulin era una kamuro; una aprendiz de cortesana cuya vida estaba sujeta a una disciplina férrea. Si se le permitiera tal esparcimiento, el resto de las niñas se alzarían en una marea de celos e indignación. Con un aire de condescendencia protectora, Chue dio unas palmaditas en el hombro de su compañera.
—Te traeré un regalo, no te preocupes.
—¿Y quién va a pagarlo? —intervino Maomao al instante, sospechando que la bolsa de la que saldría el dinero sería la suya.
—Si quieres salir de aquí, aguanta un poco más —continuó el niño, ignorando a la boticaria—. Ya verás cómo algún día pagaré tu rescate.
—¡¿...?!
¡¿De qué oscuro rincón del burdel sacaría ese niño semejantes frases?! Aquellas promesas de redención solían brotar de los labios de los clientes más impresentables, esos que alimentaban falsas esperanzas en las cortesanas. Dejando a un lado el alboroto infantil, la madame llamó la atención de Maomao con un gesto seco.
—¿Por qué quieres que me lo lleve? —preguntó la joven con hostilidad.
La anciana se rascó la clavícula, observando a los pequeños con una expresión indescifrable.
—Tú estuviste fuera hace poco, ¿verdad? ¿Sabes cómo estuvo Chue durante ese tiempo?
Maomao no poseía noticia alguna al respecto. Imaginaba que el muchacho se habría dedicado a armar sus habituales escándalos. Puesto que se llevaba bien con Ukyou, el jefe de los guardias del burdel, debería haber sido capaz de subsistir sin su presencia.
—Pues estaba de lo más alicaído —sentenció la madame—. Al fin y al cabo, está aquí metido sin sus padres; el simple hecho de que falte alguien como tú ya le hace sentirse solo.
—No parece que esas palabras vengan de la misma vieja que regatea con los tratantes de niñas para comprarlas al precio más bajo —replicó Maomao con una ironía afilada.
Había oído que, hasta que Luomen, su padre adoptivo y mentor en las artes medicinales, se hiciera cargo de ella, solían dejarla confinada en la soledad de una estancia por mucho que montara dramas. Según decían, siendo apenas un bebé, comprendió con una madurez antinatural que llorar no servía de nada y dejó de hacerlo. Quizá aquel fue el origen de su actual incapacidad para derramar lágrimas.
No guardaba rencor por aquel pasado, pues carecía de recuerdos que lo alimentaran. La mujer que le dio la vida estaba sujeta a las servidumbres de su oficio, y Pai Lin, quien la amamantó, también debía atender sus obligaciones. En aquella época de penuria para la Casa Verdigris, la existencia de Maomao debió de ser percibida como una carga onerosa. Se consideraba afortunada por el simple hecho de que no la hubieran estrangulado al nacer.
La madame se metió ambas manos en sus mangas.
—Que la gente venda a sus hijas a los tratantes es inevitable, es el karma de los padres. A mí no me incumbe. Pero bajo mi techo no se crían seres inútiles que holgazanean sin oficio ni beneficio. Creo que es una amabilidad por mi parte educarlos para que eso no ocurra, ¿no te parece?
—¿Y qué pasa con Chue?
—Encargarte de él es cosa tuya. Yo solo lo vigilo lo justo para que no se muera. Es lo mínimo por el dinero que me pagan, ¿no crees?
«Desde luego. Me pregunto qué suma astronómica estará sablando la vieja esta», pensó Maomao para sus adentros. Haciendo gala de su maestría en el arte de la indiferencia, la tacaña madame se dio la vuelta y se alejó hacia sus aposentos.
Tras media hora de traqueteo en el carro de línea, llegaron a una aldea situada cerca de un bosque. Se hallaba junto a un río y desprendía una atmósfera similar a la de la tierra natal del matasanos, si bien en este paraje el cultivo predominante no eran las hierbas medicinales, sino el arroz y las hortalizas. Los arrozales, cuyos brotes habían sido trasplantados recientemente, se extendían como una sucesión de espejos líquidos que devolvían el reflejo del firmamento con una nitidez asombrosa.
—¡¡¡Hala!!! ¡Qué guay!
Chue se asomó por el borde del carro para contemplar el paisaje. Ciertamente, los arrozales en esta estación ofrecían una vista de una belleza sobrecogedora. Por el momento, la lluvia se mantenía en tregua y el cielo lucía un azul impoluto. Aquel firmamento reflejado en el arrozal proyectaba una sensación de lo más inquietante, como si la realidad se hubiera duplicado.
—Oye, pecosa. ¿Qué es eso?
Chue tiró con insistencia de la manga de Maomao. Al dirigir la mirada hacia donde el muchacho señalaba, divisó dos montículos de arena en los que se hallaban hincados sendos postes, unidos por una cuerda de paja trenzada que pendía entre ambos. Estos marcadores estaban dispuestos siguiendo el curso del río que flanqueaba los cultivos.
—¿No es una shimenawa?
(NT: En japonés significa «cuerda que encierra». Es una cuerda sagrada de paja de arroz trenzada, fundamental en la religión sintoísta de Japón, utilizada para delimitar espacios sagrados o puros. Actúa como barrera contra los malos espíritus y marca la separación entre el mundo terrenal y el divino, comúnmente encontrándose en santuarios, árboles, rocas, torii o dentro de casas.)
Maomao no era una experta en ritos sagrados, pero recordaba que era un tipo de amuleto. Su propósito era establecer un límite espiritual para impedir que las malas influencias o las deidades menores de la desgracia penetraran en en un lugar, o algo por el estilo. La forma de la cuerda le resultó un tanto singular; supuso que las creencias populares de la zona habrían hibridado el rito ortodoxo con sus propias supersticiones.
«¿Eh?», se percató al escrutarla con mayor atención. La morfología del objeto difería notablemente de las shimenawa que habitaban en su memoria. Recordaba cordeles de una simplicidad austera, pero estos presentaban un trenzado más complejo, con retales de papel blanco entrelazados entre las fibras. Daban la impresión de haber sido elaborados con un esmero inusual, lo cual la indujo a preguntarse si acaso la tradición local dictaba alterar el diseño de tales protecciones.
—Ya casi hemos llegado —anunció el campesino que conducía el tiro.
Pese a tratarse de un transporte de uso colectivo, por el momento Maomao y el infante eran los únicos pasajeros. La virtud de este servicio radicaba en que el precio era el mismo independientemente de la concurrencia. Existían otros carros cuyo precio decrecía proporcionalmente al número de viajeros, pero la boticaria detestaba las aglomeraciones y, además, el peso adicional ralentizaba el paso del animal; por ello, siempre que su bolsa lo permitía, prefería la celeridad de los transportes como este.
Al descender del carro, su mirada se perdió en la frondosidad de la arboleda. Aquel bosque no era propiedad de la aldea, pero ella siempre hablaba con el alcalde para obtener el permiso de entrada. Con la entrega de algunas monedas de cobre, el hombre no solía oponer resistencia. Para asegurar una relación duradera y exenta de contratiempos, eran necesarios esos detalles de cortesía; si el patriarca reconocía su rostro, la hospitalidad estaría garantizada.
Tomó la mano de Chue y se dirigieron a la casa del alcalde.
—...
—Vaya aldea más sosa. No tiene nada —comentó Chue con su habitual falta de tacto.
Maomao le propinó un correctivo en la cabeza para indicarle que, aunque fuera verdad, no había necesidad de decirlo. Continuaron hacia la vivienda situada en el extremo más alejado de la aldea.
Bajo el alero de aquella construcción modesta, pendían hortalizas puestas a secar para su conservación invernal; no obstante, en esta estación tan proclive a las lluvias, si no se extremaban las precauciones, el moho no tardaría en reclamarlas. Junto a las vituallas colgaba otra cuerda, una versión abreviada de la shimenawa que habían avistado en el camino.
Debían de haber transcurrido unos tres años desde la última visita de Maomao a este paraje. Su prolongada estancia en el servicio del palacio interior le había impedido regresar; solo restaba confiar en que el alcalde aún conservara un recuerdo nítido de su rostro.
—¡Hola! ¿Hay alguien?
Maomao llamó a la puerta con mesura, mientras Chue la emulaba golpeando la madera con una vehemencia innecesaria. Mientras ella, irritada, sujetaba la cabeza del muchacho para forzarlo a detenerse, una mujer joven emergió del interior.
—¿Quiénes sois y qué os trae por aquí?
Para tratarse de una aldea tan apartada de la civilización, la mujer poseía una belleza notable. Vestía ropas funcionales, de un tejido que denotaba resistencia y laboriosidad.
—Me gustaría ver al alcalde. Si le dice que soy la discípula del boticario Luomen, me reconocerá enseguida.
Usó el nombre de su padre adoptivo en lugar del suyo propio, consciente de que gozaba de un mayor prestigio y facilidad de identificación. A menudo encontraba escépticos que dudaban de sus facultades como boticaria debido a su juventud; quizá con el transcurso de los años aquel estigma se desvanecería, pero, careciendo de ambiciones de gloria personal, prefería emplear los términos que mejor facilitaran el entendimiento.
La mujer convocó desde la penumbra del interior a un varón de mediana edad. Si la memoria de Maomao no la traicionaba, aquel hombre debía de ser el hijo del alcalde. Él también pareció rescatar su imagen del olvido, pues asintió con un murmullo de reconocimiento.
—Mi padre se complicó de un resfriado el año pasado y...
—Entiendo. Lo siento mucho —replicó Maomao con sobriedad.
Ciertamente, no es prudente subestimar la levedad de un resfriado. Si se ignora su avance, la dolencia puede derivar con presteza en una neumonía, segando el aliento de un hombre en un abrir y cerrar de ojos. Maomao recordaba que el anterior alcalde profesaba un desdén absoluto hacia las medicinas. Poseía un temperamento impetuoso y sostenía la creencia de que cualquier mal podía ser purgado mediante el consumo de alcohol y un breve reposo; no era, desde luego, un cliente provechoso, pero ella le guardaba cierto afecto por su franqueza.
—Le dije que viera a un médico de verdad, pero bueno, no hubo nada que hacer. En fin, dejemos los temas tristes. ¿Vienes a entrar al bosque?
—Sí.
Maomao extendió hacia el nuevo alcalce las monedas que, por costumbre, servían de peaje. No obstante, el hombre declinó el pago con un gesto de cabeza.
—No las quiero. Entrad rápido o se os echarán las nubes encima.
—Si lo dice así... Se lo agradezco.
Se preguntó a qué se debería aquel súbito cambio de proceder. Cuando se disponía a reintegrar el metal a su bolsa, Chue estiró la mano con avidez.
—¡Pecosa! ¡Cómprame caramelos con eso! ¡Cómprame, cómprame!
—Tú ya ganas tu propio dinero —le espetó ella con sequedad.
Aseguró las monedas en su faltriquera y ambos se encaminaron hacia la linde del bosque.
—Tened cuidado, que en esta época salen las serpientes.
—Ya lo sé. Son excelentes ingredientes —comentó Maomao, cuya mente ya tasaba el valor medicinal de los reptiles.
—No... No me refiero a eso —el alcalde negó con una sonrisa triste y asió entre sus dedos la shimenawa que pendía del alero.
Al fijarse bien, Maomao vio que los dos extremos de la cuerda eran asimétricos. Mientras que uno de ellos se aguzaba en una punta afilada, el opuesto ganaba grosor y terminaba en una bífida división. Poseía, con una fidelidad inquietante, la anatomía de una serpiente.
—Si matáis a una serpiente, puede que los aldeanos se os echen encima.
—¿Cómo dice...?
Aquella advertencia colisionaba frontalmente con la filosofía de Maomao, para quien cualquier serpiente avistada se transformaba, por lógica deductiva, en un manjar asado a la parrilla. Antaño, no importaba cuántos reptiles capturara; los aldeanos incluso la colmaban de elogios por «hacer limpieza» en los senderos de tales peligros. El hombre esbozó una mueca de amargura.
—Fue por el testamento de mi padre. Antes de que sus fuerzas lo abandonaran, buscó el consuelo de una sacerdotisa.
Según relató, a cambio de un incienso capaz de mitigar su sufrimiento, el anciano se comprometió a propagar las enseñanzas de aquella mujer por toda la aldea. «De modo que este es el origen de estas singulares shimenawa», comprendió Maomao.
—En realidad, por esta zona siempre se ha rendido culto a la Diosa Serpiente. Así que hemos vuelto a eso. A adorarla.
El nuevo alcalde volvió a sonreír con amargura. Su rostro decía que, al tratarse de una creencia arraigada en el pasado del clan, no tenía más opción que acatarla, pero a Maomao aquel fervor repentino le resultaba disonante.
—¿Pero qué hacen con las serpientes venenosas?
Las víboras son el enemigo de las labores agrícolas. Si a uno le pican, se acabó lo que se daba. El alcalde susurró entonces con una complicidad casi furtiva:
—A esas las matamos cuando nadie mira. Hay algunos muy devotos, pero no tenemos más remedio.
Se veía forzado a guardar las apariencias frente a su comunidad. Una mujer joven, probablemente su nuera, los observaba con una severidad que cortaba el aire. Quizá no le resultaba grato ver a su suegro compartiendo confidencias con una extranjera de aspecto sospechoso.
—Bueno, ¿nos vamos?
—¡Sí!
Maomao decidió internarse en el bosque junto a Chue antes de que las nubes taparan la luz del día.
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