08/02/2026

Los diarios de la boticaria 6 - 3




Webnovel original en japonés por: 日向夏 (Natsu Hyūga)
Los diarios de la boticaria
Volumen 6



Traducido por: Xeniaxen


Capítulo 3
El tesoro enterrado

—Parece que por fin le ha llegado la primavera a Maomao —comentó Pai Lin con una risita cantarina, mientras se cubría con elegancia la comisura de los labios con la manga de su quimono.

La cortesana acababa de levantarse de su siesta de media tarde; lucía el cabello levemente desordenado y el cuello de su prenda se abría con una relajación calculada, pues en ella la desidia en el vestir no era sino una estudiada forma de seducción. Se adentró en la botica con paso grácil y comenzó a examinar las misivas que aguardaban sobre la mesa. Aquellas que portaban la caligrafía de Jinshi, el enigmático noble al que todos llamaban el caballero enmascarado, habían sido puestas a buen recaudo por Maomao en un pequeño costurero, lejos de miradas indiscretas. Del resto, dos compartían un trazo idéntico y las otras presentaban caracteres dispares. Aquello significaba que cuatro varones habían tenido la osadía de enviarle correspondencia.

«Ya son ganas de perder el tiempo», reflexionó Maomao con su habitual pragmatismo. Estaba convencida de que aquellos pretendientes ni siquiera conocían su nombre, y mucho menos las facciones de su rostro. Precisamente por ello entregaban sus mensajes a las kamuro, asumiendo erróneamente que la supuesta hija del estratega demente no sería una cortesana en activo, sino una joven de alcurnia protegida por los muros de aquella casa de lenocinio.

En realidad, no era inusual que una joven de un burdel resultara ser el fruto de la unión entre una cortesana y un alto dignatario. El barrio del placer era un lugar donde se ofrecían servicios que podían culminar en una concepción imprevista. En ocasiones, una cortesana de mente fría decidía llevar el embarazo a término sin recurrir al aborto para, tras el parto, presentarse ante el progenitor con una reclamación de paternidad. Había hombres que, movidos por la fe o la culpa, aceptaban el vínculo y aseguraban la crianza del vástago; de ese modo, incluso un hijo ilegítimo podía aspirar a una vida digna y, con fortuna, al reconocimiento oficial si era varón. No obstante, la mayoría de los caballeros renegaban de cualquier lazo de sangre, condenando al infante al olvido. No eran extrañas las crónicas de jóvenes que clamaban ser linaje directo del anterior Emperador y terminaban sus días consumidos por la peste o alguna enfermedad venérea sobre un humilde jergón de paja. Conocedora de los arcanos del palacio interior, Maomao sabía que la posibilidad de que tales desdichados compartieran la sangre de cualquier soberano era prácticamente nula.

«Deberían considerar todo este asunto como un simple desvarío», pensó. Pero dado que fue el propio Lakan, el estratega demente, quien pregonó su parentesco a los cuatro vientos, la situación había derivado en este farragoso contratiempo. Y ella empezaba a vislumbrar el motivo por el cual aquel excéntrico del monóculo había decidido actuar con tal vehemencia en ese preciso instante.

Abrió el costurero y extrajo la misiva que exhalaba un sutil y distinguido aroma a incienso. La caligrafía, sin duda, pertenecía a Jinshi, pero había algo que le inquietaba: el estilo era inusualmente rígido, con una ejecución que rayaba en lo torpe. Por lo común, los trazos del noble eran tan fluidos y armoniosos como su propia apostura, pero en esta ocasión algunos caracteres se mostraban deformes y presentaban espacios en blanco del todo anómalos.

Además, otro detalle capturó su atención. «¿Qué significa este patrón?», caviló. Habitualmente, la correspondencia de Jinshi llegaba doblada en tres secciones y envuelta en fina seda. Sin embargo, este pliego era distinto: el papel, un cuadrado perfecto, exhibía unos dobleces muy singulares. Maomao ladeó la cabeza, intrigada; todas las hojas presentaban la misma impronta, un patrón que no guardaba relación alguna con el plegado convencional de una carta.

Se asomó por la puerta de la botica y, al ver a Chue entregado a sus juegos con las pequeñas aprendizas, le hizo una seña imperativa para que se aproximara.

—¿Qué pasa?

—¿Has estado jugando a hacer papiroflexia con esto?

Doblar papel cuadrado para crear figuras o flores era algo que requería material de alta calidad, por lo que no era un pasatiempo habitual entre las clases humildes. Si bien en la Casa Verdigris se utilizaban a menudo adornos de papel plegado en sustitución de las flores frescas, nadie doblaría jamás una carta de ese modo. Maomao dedujo que, de haber un responsable, no podía ser otro que aquel revoltoso mocoso.

—Pecosa, ¿estás sospechando de mí?

—¡¿Y quién más iba a ser si no?!

—¡Pues te equivocas! ¡Yo no he sido! Es posible que haya tocado otras cartas, pero si estropeo algo del joven enmascarado, ¡la vieja me mata del susto! Esta ya venía así —eplicó Chue mientras se alejaba con un bufido de indignación, seguido por el séquito de niñas que imitaban, con burlona exactitud, su caminar altivo.

«Tiene razón», admitió Maomao para sus adentros. Entonces, ¿de qué se trataba? Espoleada por la curiosidad, comenzó a seguir con meticulosidad las dobleces del papel.

—¿...?

Había cuatro piezas de forma idéntica. Tras observar fijamente aquellas puntas que recordaban al filo de una daga, advirtió una anomalía sutil. Desplegó el papel una vez más para volver a plegarlo acto seguido; fue entonces cuando comprendió que los caracteres que antes había juzgado deformes guardaban una correlación exacta con las aristas de los pliegues.

«No me digas que...», aventuró en su fuero interno. La razón de la irregular caligrafía de Jinshi no era otra que el papel ya se encontraba plegado en el momento de la escritura. El noble no había doblado la misiva tras redactarla, sino que había marcado las guías de antemano. Maomao comenzó a superponer los cuatro pliegos, ensamblándolos entre sí con la precisión de un orfebre. Al unir dos de ellos, el radical de un carácter distorsionado encajó a la perfección con el trazo de una letra en la hoja adyacente. «Ya entiendo...», reflexionó con asombro. Al completar el ensamblaje de las cuatro hojas, emergió ante sus ojos una estructura similar a un molinillo de viento y, sobre ella, se reveló un mensaje oculto.

Esa era la explicación de la extraña grafía: el texto secreto había sido trazado sobre la estructura ya montada de las cuatro piezas. Posteriormente, al desplegarlas, se había redactado un mensaje banal sobre la superficie plana para camuflar el misterio, otorgando a los espacios en blanco un propósito funcional en el engaño. Y lo que allí se leía era...

Maomao abandonó la estancia y se dirigió a la zona posterior de la Casa Verdigris, donde se erguía una magnolia de pétalos purpúreos. Al examinar la base del tronco, advirtió que la tierra se hallaba levemente removida, siendo aquel el único punto donde la maleza no había osado brotar. Valiéndose de una rama caída, comenzó a horadar el suelo hasta que sus dedos toparon con un bulto envuelto en tela.

—¡...!

Tras despojarlo de la tierra y retirar el envoltorio, apareció ante ella un pequeño cofre de madera. Al levantar la tapa, descubrió un espécimen que, a simple vista, recordaba a la textura de un hongo. Se llamaba terciopelo de ciervo; aunque su apariencia fuera la de un hongo desecado, era en realidad la cornamenta temprana de un ciervo joven antes de su osificación. Se trataba de un ingrediente de una valía incalculable, apreciado como un tónico reconstituyente y vigorizante. (NT: El terciopelo de cuerno de ciervo, o asta joven de ciervo, son los cuernos tiernos, recubiertos de vello y aún no osificados del ciervo rojo macho, utilizados en la medicina tradicional china como un potente tónico natural para nutrir el riñón, fortalecer la esencia y aumentar la energía vital.)

«¿Qué pensaba hacer si no me daba cuenta?», criticó al noble en su fuero interno. Aunque sus labios esbozaron una sonrisa de indisimulada complacencia, el entrecejo de Maomao se contrajo en un gesto contradictorio. No podía ocultar su alborozo ante el hallazgo de un remedio tan preciado, mas le producía cierta desazón que él lo hubiera ocultado en un paraje donde el olvido podría haberlo sepultado para siempre. Le resultaba exasperante imaginar el rostro de aquel hombre, sonriendo con la certeza absoluta de que ella descifraría el enigma y sería capaz de dar con el escondite.

«Y además, precisamente terciopelo de ciervo...», pensó. Ladeó la cabeza, preguntándose si Jinshi habría escogido tal obsequio con pleno conocimiento de todas sus aplicaciones, pues además de fortalecer el cuerpo, era un remedio célebre por potenciar el vigor masculino.

Cubrió de nuevo el agujero donde estaba enterrada la caja y regresó a la botica acariciando el pequeño cofre. Le irritaba sentir que, de un modo u otro, él siempre poseía la llave de sus pensamientos, pero la valiosa cornamenta de ciervo no era responsable de las flaquezas de su dueño.


○ ● ○


—Parece que, finalmente, la joven ha regresado —dijo Bashin mientras depositaba un fajo de documentos adicionales sobre el escritorio.

Jinshi escuchaba con semblante distraído mientras apartaba con desdén varios pliegos que contenían peticiones absurdas. Había transcurrido aproximadamente un mes desde que la boticaria del barrio del placer partiera hacia el oeste. Si bien él albergaba la esperanza de que ella le dedicara unas palabras antes de su partida, no recibió más que un sucinto recado.

Puesto que se había ausentado en compañía de aquel hombre que ejercía como su hermano mayor, Jinshi podía conjeturar el devenir de su viaje, mas la ausencia se había dilatado más allá de lo previsto. Tanto fue así que, en un arrebato de impaciencia, no pudo evitar prepararle una pequeña e ingeniosa travesura.

Bashin observaba fijamente a Jinshi con una mirada que, por su severidad, recordaba inevitablemente a la de Gaoshun.

—¿Qué ocurre?

—Nada. Solo que parece que está de buen humor.

—No es para tanto.

Viendo la montaña de documentos que sepultaba la mesa, resultaba paradójico hablar de buen humor. Además, más de la mitad carecía de contenido sustancial; no eran sino pura y tediosa burocracia. No obstante, Jinshi no podía sino esbozar una sonrisa irónica al evocar a la figura que se hallaba tras tales impertinencias.

—Proceden del estratega —indicó Bashin.

Casi todos los escritos carentes de sentido emanaban del hombre más excéntrico de la corte. Jinshi ya estaba habituado a recibir este tipo de hostigamiento periódico. De vez en cuando, aparecían adornos grotescos en su despacho o ciertas superficies amanecían manchadas con manteca de cerdo, ofensas que él solía pasar por alto. Se preguntaba cómo lograba el estratega burlar la seguridad, pero puesto que no dejaba nada de valor cuando se ausentaba, prefería creer que no supondría un problema mayor. Al menos, eso esperaba.

Al mirar a Bashin, Jinshi percibió que su mirada se tornaba especialmente inquisitiva. Aunque carecía de la madurez de Gaoshun, su aire de estar a punto de proferir un sermón era idéntico al de su progenitor.

—¿Qué es lo que se propone? —inquirió Bashin, al fin.

—¿A qué te refieres?

—El asunto que le comentó al estratega el otro día.

Jinshi era consciente de que el aumento del hostigamiento era la respuesta directa a aquel envite, y Bashin no era ajeno a ello.

—Es mejor así. Prefiero lidiar con sus excentricidades que recibir constantes propuestas matrimoniales de todos los rincones del Imperio.

—Pero el oponente que ha elegido es de lo peor, ¿no le parece?

Lo que Bashin intentaba señalar era la asfixiante presión que el entorno de Jinshi ejercía sobre él: debido a su elevada posición, se le instaba constantemente a desposar a una mujer. Le asediaban con las hijas de los altos funcionarios, propuestas sobre princesas de reinos extranjeros e incluso sugerencias de recibir como gracia a alguna dama del palacio interior de parte del Emperador.

—Es perfecto como medida de disuasión.

Y tal disuasión tenía una razón de ser: habitualmente, Suiren, su nodriza, era la única mujer con permiso para entrar en el pabellón de Jinshi. Sin embargo, recientemente habían aparecido damas de compañía apostadas frente a sus aposentos de manera ostentosa, alegando que acababan de ser asignadas. Eran mujeres de belleza llamativa que embriagaban el aire con un excesivo olor a incienso. Incluso durante su jornada laboral, el trasiego de damas de la corte se había vuelto insoportable; dejaban caer fardos pesados a propósito para que sus faldas se agitaran mientras le dirigían miradas lánguidas y parpadeos excesivos. Así era imposible avanzar en sus tareas.

Antaño ya recibía miradas insinuantes, pero en aquel entonces todavía imperaba el estigma de su supuesta condición de eunuco. Había quienes mantenían las distancias por ese motivo, una situación que Jinshi prefería mil veces a la actual.

—¿Para qué crees que me hice esta cicatriz? —murmuró, acariciando con los dedos la marca de su mejilla derecha casi por instinto.

—¡Señor Jinshi! No diga esas cosas, por favor.

—Lo siento.

Aquella cicatriz era una marca que Jinshi había aceptado por voluntad propia, sin intentar esquivarla. No sentía arrepentimiento alguno; de hecho, la atesoraba. Sin embargo, Bashin había sufrido el castigo de Gaoshun por permitir que su señor resultara herido. A diferencia de la serenidad de Jinshi, el joven oficial se había mostrado profundamente abatido por el incidente.

Últimamente parecía haber recuperado la entereza, pero sus suspiros eran cada vez más frecuentes. Parecía albergar nuevas cuitas que se negaba a revelar. De presionarlo, terminaría por confesarlas, pero Jinshi no consideraba necesario llegar a tal extremo. Bashin también había heredado de su padre esa naturaleza abnegada de cargar con el peso del mundo sobre sus espaldas sin quejarse.

El joven oficial recogió los documentos rechazados y los depositó en una cesta.

—¿No había otro método? Ese remedio ha resultado ser un veneno fulminante.

—Tienes razón.

El ardid que Jinshi había empleado para aplacar la persistencia de quienes lo rodeaban era, ciertamente, audaz: había sacado a colación el tema de la hija del estratega frente a numerosos testigos. Puesto que Jinshi jamás había mostrado interés por ninguna mujer, mencionar explícitamente que Lakan tenía una hija y simular un interés romántico hacia ella fue suficiente para silenciar a los oportunistas. A cambio, claro estaba, la ira del padre no se había hecho esperar.

—Incluso si es solo una farsa, os traerá problemas.

—...

Jinshi vaciló sobre si corregir la afirmación de Bashin, pero optó por guardar silencio. En su lugar, lanzó una pregunta que descolocó por completo al oficial:

—Dime, ¿qué pensarías si la persona a la que has besado no mostrara reacción alguna?

—¡¿Un... b-b-beso?! —Bashin abrió los ojos de par en par y su rostro se encendió en un carmín violento. Los documentos que custodiaba resbalaron de sus manos, esparciéndose por el suelo—. ¡¿C-Cómo piensa hacerse responsable tras cometer semejante acto?!

Al ver al hijo de Gaoshun, a quien consideraba casi un hermano, golpeando el escritorio con indignación moral, Jinshi sintió una punzada de superioridad. Le reconfortaba comprobar que, al menos, él no se hallaba tan ofuscado por el decoro.

—Para empezar, tales lances deben iniciarse con un intercambio de cartas...

—¿Ah, sí? ¿Cartas?

—¡Naturalmente! ¡Esa es la forma correcta de cortejar a una dama!

«No puede ser así de simple...», reflexionó Jinshi. Antes de seguir interviniendo en los asuntos de Gaoshun, Jinshi pensó que su fiel escudero quizá debería ocuparse primero de la educación sentimental de su hijo, pues Bashin parecía creer ciegamente en un protocolo de cortejo caballeroso que nada tenía que ver con la realidad impulsiva y cargada de tensión que Jinshi vivía con Maomao.



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